Algún día en alguna parte

Aire de Dylan. Enrique Vila-Matas.

Posted in Libros by Alguien on 10 marzo 2012

Diatribas literarias.

Posted in Artículos by Alguien on 9 marzo 2012

El escritor inglés H. G. Wells definió alguna vez a su colega George Bernard Shaw como «un niño idiota gritando en un hospital». Algún tiempo después, el estadounidense William Faulkner dijo de Ernest Hemingway que no había sido «nunca conocido por usar una palabra que remitiese al lector a un diccionario»; el autor de París era una fiesta respondió: «Pobre Faulkner, ¿de verdad cree que las grandes emociones las provocan las grandes palabras?» (Por cierto, en su afirmación no hay ninguna palabra que sea necesario buscar en el diccionario, así que es posible que Faulkner tuviera razón.) Joseph Conrad escribió sobre D. H. Lawrence: «Mugre, nada más que obscenidades», pero también recibió golpes, de Vladimir Nabokov en su caso, quien dijo: «No puedo soportar ese estilo de Conrad como de tienda de suvenires y sus clichés románticos de barcos en botellas y collares de conchas». El escritor ruso nunca se caracterizó por la ecuanimidad de sus juicios sobre sus colegas (de hecho, sobre Hemingway opinó que era «un escritor de campanas, cojones y toros» y de Fiódor Dostoievski afirmó que «su falta de buen gusto, sus monótonos tratos con personas que sufren de complejos prefreudianos y la manera que tiene de revolcarse en las desgracias trágicas de la dignidad humana, todo eso es difícil de admirar»), pero apenas puede rivalizar con los grandes maestros del insulto literario en inglés: Dorothy Parker (quien opinó alguna vez que «esta no es una novela para dejarla a un lado con ligereza: hay que tirarla con mucha fuerza» y dijo, sobre The Autobiography of Margot Asquith, «la historia de amor entre Margot Asquith y Margot Asquith vivirá para siempre en las páginas de la literatura romántica»); Gore Vidal (autor de las siguientes opiniones: «Truman Capote ha convertido la novela en una forma de arte, una forma de arte menor» y «Las tres palabras más desalentadoras en el idioma inglés son: ‘Joyce Carol Oates’» y que, al ser golpeado por Norman Mailer en una fiesta, le dijo antes de desmayarse: «Veo que las palabras te han fallado una vez más, Norman»); Ezra Pound y Oscar Wilde: el primero dijo sobre William Wordsworth que era «un hombre estúpido que hasta ahora no ha arruinado la moral de nadie, excepto, quizá, la de aquellas personas susceptibles a las que haya conducido al crimen en la mismísima furia de su aburrimiento». Oscar Wilde opinó sobre Alexander Pope: «Hay dos maneras de sentir aversión hacia la poesía; la primera es tener aversión hacia ella, la segunda es leer a Pope». Ninguno de ellos fue dejado sin castigo, sin embargo: Conrad Aiken afirmó sobre el primero que «en cuanto a estilo o forma, es difícil imaginar algo mucho peor que la prosa del señor Pound. Se trata de la fealdad y la torpeza encarnadas» y Gertrude Stein lo describió sardónicamente como «alguien que describía un pueblo. Excelente si eras un pueblo, pero si no lo eras, no». Noel Coward, a su vez, definió a Wilde como un «cabrón pesado y afectado».

Estos y otros ejemplos son parte de ese género tan denostado (y tan popular, sin embargo) que es el insulto en literatura. Surgido en los comienzos mismos de esta como actividad social (véanse, por ejemplo, los epigramas de Marco Valerio Marcial y de Catulo), el insulto en literatura (ya fuese como apotegma, como juicio irónico o franco o como diatriba) ha existido siempre como parte esencial de la economía de la literatura, dando cuenta de las preferencias y de los rechazos de sus autores, pero también manteniendo a raya a los eventuales competidores, redistribuyendo el capital simbólico, trazando las líneas de trinchera de movimientos y tendencias, atrayendo la atención pública hacia quien insulta y quien es insultado y contribuyendo a la renovación de la escena literaria; también (y desafortunadamente) ha sido utilizado durante siglos para desestimar la aportación de las mujeres escritoras a una escena dominada por hombres: sobre Jane Austen, por ejemplo, Ralph Waldo Emerson dijo que sus novelas eran «vulgares en su tono, estériles en invención artística, prisioneras de las despreciables convenciones de la sociedad inglesa, sin genio, mordacidad ni conocimiento del mundo» y Mark Twain afirmó que «la sola omisión de los libros de Jane Austen convertiría en bastante buena a una biblioteca sin un solo libro» y agregó que «cada vez que leo Orgullo y prejuicio desearía desenterrarla y pegarle en el cráneo con su propia espinilla» (por cierto, Twain reunió tantos argumentos en contra de la obra de cierto colega que le dedicó un ensayo, «Los delitos literarios de Fenimore Cooper», y recibió a su vez el rapapolvo de William Faulkner, quien lo definió como «un escritorzuelo que no habría sido considerado de cuarta categoría en Europa, que engañó a algunos de los viejos esqueletos literarios a prueba de balas con suficiente color local para intrigar al superficial y al vago».

2

Al igual que en el último ejemplo, una de las razones para establecer la importancia de la diatriba para la historia de la literatura puede hallarse en el hecho de que el insulto manifiesta el estado de cosas del momento en que es formulado y señala los límites de lo que puede ser dicho (y de quiénes pueden hacerlo) en literatura; en ese sentido, no sorprende que uno de los autores más despreciados por sus colegas en la historia de la literatura haya sido James Joyce, del mismo modo que tampoco sorprende que esos insultos hayan provenido en su mayoría de los autores que monopolizaban la escena literaria de su época y, por lo tanto, veían la radical novedad de Ulises como una provocación y una amenaza. Así, D. H. Lawrence exclamó: «¡Dios mío, qué torpe olla podrida es James Joyce! Nada más que colillas viejas y los pedazos de col de citas de la Biblia y lo demás estofado en el jugo de la deliberada obscenidad periodística»; George Bernard Shaw llamó a Ulises «un registro repugnante de una fase desagradable de la civilización», y Virginia Woolf fue incluso más explícita: «Ulises es el esfuerzo de un estudiante asqueroso reventándose los granos».

3

¿Por qué nos gustan los insultos literarios? Una respuesta parcialmente incompleta es que nos gustan por su economía y por su calidad, que resulta de la familiaridad que los escritores tienen con el uso del lenguaje por la naturaleza misma de su trabajo. Una diatriba como la que Mary McCarthy le dedicó a Lillian Hellman («Cada palabra que escribe es una mentira, incluyendo los ‘y’ y los ‘el’ y ‘la’»), la opinión de Louis-Ferdinand Céline sobre El amante de Lady Chatterley de D. H. Lawrence («seiscientas páginas por la polla de un guardabosque son demasiadas páginas») o la forma en que H. G. Wells describió a Henry James («Un hipopótamo tratando de coger un guisante») nos parecen tan perfectos que tendemos a aceptarlos y a disfrutar de ellos incluso aunque no estemos de acuerdo con su contenido. Pero también (y especialmente) disfrutamos de los insultos literarios por el hecho de que nos demuestran que incluso los grandes escritores pueden estar equivocados: Charles Baudelaire definiendo a Voltaire como «el rey de los zoquetes, el príncipe de lo superficial, el antiartista, el vocero de las porteras», Evelyn Waugh comentando su primera lectura de Marcel Proust («un material muy pobre: pienso que Proust tenía algún defecto mental»), Gore Vidal diciendo que Truman Capote era «un ama de casa de Kansas hecha y derecha y con todos su prejuicios» (por cierto, también opinó sobre su muerte que era «un excelente giro a su carrera») y Capote opinando que la escritura de Jack Kerouac no era «escritura, sino mecanografía», demuestran que las opiniones literarias y la formación del gusto participan y resultan de batallas que siempre dejan el campo sembrado de cadáveres: de inocentes, principalmente.

4

Aun cuando podría parecer lo contrario, el entusiasmo por el tipo de insulto literario del que escribimos aquí parece haberse agotado en algún momento de las últimas décadas, cuando la multiplicación de los medios de comunicación a disposición (incluyendo los digitales) y la consiguiente generalización de la opinión asociada a la concesión a esta de una importancia desusada han agotado la fuente de que solía fluir el insulto literario; nuestra memoria solo retiene una invectiva reciente de Harold Bloom sobre la creadora de Harry Potter («Si no puedes ser persuadido de leer algo mejor, pues entonces lee a [J. K.] Rowling»), un ataque de David Foster Wallace a Bret Easton Ellis y una cierta cantidad de reseñas de Satanás de Mario Mendoza (Premio Biblioteca Breve de 2002) cuya contundencia las aproximaba al género: «interminables diálogos de teleserie y una prosa casi escolar» (Ignacio Echevarría, Babelia), «mínima complejidad estructural, adjetivación de anuncio televisivo, diálogos ociosos, personajes de cartón piedra apenas concebidos, escenitas de sexo dibujadas con la maestría de un grafiti en un lavabo público; lectura epidérmica de Stevenson, irrisorio amago de crítica social» (Carlos Guzmán Moncada, Lateral), «una falta de expresividad que se hace sonrojante cuando el autor se aventura en descripciones de tipo erótico, pobladas de lugares comunes» (Elena Hevia, El Periódico), «una profundidad de Reader’s Digest» (Milo J. Krmpoti´c, Qué Leer), entre otras.

5

Quizás una de las razones que explican la paulatina desaparición del insulto como género literario (y su práctica inexistencia en el ámbito hispanohablante, donde apenas pueden mencionarse las pullas entre Francisco de Quevedo y Luis de Góngora durante el Siglo de Oro, artículos de Francisco Umbral y Camilo José Cela y las magníficas y brutales ironías de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares) deba buscarse precisamente en esa multiplicación de la posibilidad de opinar y la facilidad con que la opinión es emitida en los últimos tiempos; también, en el hecho de que el insulto literario se ha trasladado del ámbito de las obras al de las preferencias sexuales y políticas de sus autores, un tipo de desplazamiento que tiene su antecedente en el período previo (T. S. Eliot informando que era posible que Robert Browning «no fuera muy bueno en la cama. Probablemente su mujer no le prestaba mucha atención, así que él roncaba y tenía fantasías con niñas de doce años»; Hemingway diciendo sobre Wyndham Lewis que tenía «los ojos de un violador sin éxito», etcétera), pero ha alcanzado una nueva dimensión en nuestros días con la aparición de portales específicamente destinados a dar cabida al insulto del lector anónimo decepcionado con un autor y con su obra, al del escritor descontento con su posición y la de un colega o (y esto parece lo más frecuente) a la del lector que nunca ha leído nada de un escritor específico, ni lo hará, pero rechaza su forma de vestirse o de hablar o sus simpatías sexuales o políticas, aspectos estos que (como puede imaginarse) tienen poco que ver con lo específicamente literario.

La recurrencia al anonimato o a heterónimos y avatares para vehicular esas opiniones constituye un tipo de prueba para el insulto literario que este no parece en condiciones de superar, y esto por varias razones, la primera y más importante de las cuales es que ese anonimato devalúa las opiniones emitidas poniéndolas al nivel de la mera rabieta insustancial para la formación del gusto literario por no estar basada en juicios literarios, sino puramente morales. También, porque sustrae al insulto literario su principal atractivo: cuando leemos ese intercambio de insultos y denostaciones que fueron las relaciones no solo personales entre Gore Vidal y Norman Mailer y entre Tom Wolfe y John Irving (o cuando leemos a V. S. Naipaul despreciando a todo el mundo y particularmente a las mujeres), la razón por la que esos insultos nos interesan (además de su calidad literaria, si la tienen) es que han sido pronunciados por Gore Vidal y Norman Mailer y Tom Wolfe y John Irving y V. S. Naipaul, no por alguien anónimo o carente de autoridad en el tema: el valor del insulto literario depende tanto de quién lo realiza y de su validez como de la del sujeto insultado. Aun aquellos que carecemos de todo tipo de nostalgia no podemos dejar de pensar que algo parece haberse torcido entre los tiempos en que H. L. Mencken escribía sobre Gertrude Stein que «un gran logro de la señora Stein es haber hecho el idioma inglés más fácil de escribir y más difícil de leer», o D. H. Lawrence afirmaba: «Nadie puede ser más grosero, más torpe y sentenciosamente de mal gusto que Herman Melville, incluso en un gran libro como Moby Dick […]. Uno se cansa de tanta gran sérieux: hay algo falso en ello, y eso es Melville. Dios mío, cuando el asno solemne rebuzna, ¡rebuzna y rebuzna!», y los actuales, en los que (independientemente del hecho de que exista una Gertrude Stein y un Herman Melville contemporáneos o no, lo que puede discutirse) las diatribas contra un escritor están dirigidas a la elección de una camisa o su acento. Que el tipo de insulto literario (si es que aún puede denominárselo literario) esté orientado en estos días a la difusión del rumor infundado y la denuncia carente de evidencia (ya que, al parecer, los vicios y pecados de los escritores son tan grandes que su obra está contaminada de ellos y no merece ser leída) da buena cuenta de un cierto estado de los asuntos literarios que se caracteriza por la supuesta importancia de los autores por delante de los libros; es decir, de una literatura que ya no importa a nadie, excepto quizás a quienes la observan (decir que la leen sería erróneo en muchos casos) con la virulencia y la supuesta superioridad moral que otorgan la ignorancia y el anonimato y también la posición marginal en el sistema literario que detenta deliberada o involuntariamente quien insulta. No creo que en ese contexto pueda subestimarse la importancia del anonimato en la Red, uno de esos errores que se producen en el uso social de toda nueva tecnología, y a la propia dinámica de los intercambios en ese marco: en la medida en que la identidad se articula en la Red en torno a la atención que se consiga atraer (para lo que se requiere generar simpatía o rechazo), el insulto, y particularmente el insulto literario, resultan herramientas eficaces porque producen ambas cosas con cierta facilidad y sin necesidad de argumentos muy elaborados (por el contrario, un argumento demasiado elaborado sería sujeto de discusión y pondría a prueba la competencia intelectual de quien insulta, mientras que las emociones requieren una competencia menor y pueden ser mejor manipuladas).

6

Aun cuando sean principalmente los autores emergentes quienes parecen utilizar más sistemáticamente la diatriba como forma de penetración en la escena literaria y para atraer la atención sobre sí mismos, el problema del insulto literario (y probablemente la razón por la que una vez que empiezas con ellos ya no puedes parar) es que, a diferencia de otras formas de intervención literaria, esta no genera ningún tipo de rédito, ya que, ¿cómo podría construirse una carrera literaria a partir de la ridiculización de los colegas? Más aún, el problema del insulto literario es que, bien se articula en torno a una idea moral de lo que la literatura debería ser (y, por cierto, no parece haber sido nunca), bien apunta a un cuestionamiento de los valores dominantes que determinan qué autor recibe atención por parte de los lectores y cuál no: en el primero, no puede hacerse nada con la atención pública obtenida por el insulto debido a que un cambio en el «estatus de quien insulta (por ejemplo, su incorporación al catálogo de una editorial de esas que otorgan premios de forma heterodoxa) lo convertiría en sujeto de su propia agresividad; en el segundo caso, porque existe una obvia contradicción entre el rechazo de los valores dominantes y el deseo de ingresar en una escena literaria presidida por esos valores. Cuando Dylan Thomas escribía que «El señor [Rudyard] Kipling defiende todo aquello que yo desearía que fuera de otra manera en este mundo podrido» lo hacía como resultado de una discusión más amplia sobre la función del exotismo en literatura (y el imperialismo marítimo británico que lo hacía materialmente posible) y la impulsaba hacia adelante; cuando lo que se discute es si X pone los cuernos a su mujer (cosa que posiblemente haga), no hay posibilidad de avance alguno: por el contrario, el retroceso es evidente y la miseria de la literatura, más obvia aun.

Otras veinticinco diatribas literarias

Gustave Flaubert sobre George Sand: «Una gran vaca rellena de tinta».
C. S. Lewis leyendo la obra de J. R. R. Tolkien: «¡Oh, no! ¡No otro elfo de mierda!».
Lawrence Durrell sobre Henry James: «Si tuviera que elegir entre leer a Henry James y que apretaran mi cabeza entre dos piedras, elegiría lo segundo».
James Dickey sobre Robert Frost: «Si alguien dijera que alguna cosa que escribí se había visto influida por Robert Frost, cogería esa obra mía, la trituraría y la tiraría por el inodoro con la esperanza de no obstruir las tuberías».
James Gould Cozzens sobre John Steinbeck: «No puedo leer diez páginas de Steinbeck sin vomitar».
La obra magna de Miguel de Cervantes vista por Martin Amis: «La lectura de El Quijote puede compararse con la visita por tiempo indefinido del más inaguantable de tus parientes viejos, con sus bromas, sus sucios hábitos, sus reminiscencias imparables y sus espantosos amigotes».
Edgar Allan Poe según Henry James: «El entusiasmo por Poe es la marca de un estadio decididamente primitivo de reflexión».
Nathaniel Hawthorne sobre Edward Bulwer-Lytton: «Bulwer me produce asco: es el grano mismo de las patrañas de la época. No hay esperanza para el público en tanto que siga teniendo un admirador, un lector o un editor».
El vicario de Wakefield, de Oliver Goldsmith, según Mark Twain: «Un extraño batiburrillo de hipócritas complacientes e idiotas, de héroes y heroínas de teatro barato que siempre están alardeando, de malas personas que no son interesantes y de buena gente que provoca cansancio».
Samuel Taylor Coleridge sobre el historiador Edward Gibbon: «Su estilo es detestable, pero no es lo peor de él».
Émile Zola según Oscar Wilde: «Monsieur Zola está decidido a mostrar que, si carece de genio, al menos puede ser aburrido».
Evelyn Waugh sobre Stephen Spender: «Verlo haciendo malabares con nuestro rico y delicado lenguaje es experimentar el mismo horror que ver un jarrón de Sèvres en manos de un chimpancé».
Lev Tolstói a Antón Chéjov: «Ya sabes que no puedo soportar las obras de [William] Shakespeare, pero las tuyas son aún peores».
Edward Abbey sobre Tom Wolfe: «Un pretencioso cazador de tendencias. La chica del pompón de las letras estadounidenses».
El crítico literario John Churton Collins según Alfred, Lord Tennyson: «Un piojo en los rizos de la literatura».
George Bernard Shaw visto por Roger Scruton: «Ni siquiera el accidente poco relevante de la completa ignorancia lo disuadiría de redactar una opinión definitiva sobre cualquier tema».
Oscar Wilde sobre George Bernard Shaw: «No tiene ningún enemigo en este mundo, y ninguno de sus amigos lo quiere».
Robert Yelverton Tyrrell sobre una traducción de Robert Browning: «El original griego es de gran utilidad para desentrañar la traducción de Browning».
Samuel Butler sobre Johann Wolfgang von Goethe: «He estado leyendo una traducción de Wilhelm Meister. ¿Es bueno? A mí me parece posiblemente el peor libro que he leído. Ningún inglés podría haber escrito un libro así. No puedo recordar ni una sola página o idea… ¿Es todo una broma? Si lo que realmente he estado leyendo es Wilhelm Meister de Goethe, me alegro de no haberme tomado nunca la molestia de aprender alemán».
Gertrude Stein, en opinión de Wyndham Lewis: «La prosa de Gertrude Stein es un budín de sebo negro y frío. Podemos representarla como un frío rollito de sebo de longitud increíblemente reptiliana. Si lo cortas en cualquier lugar, es siempre lo mismo: la misma masa pesada, pegajosa y opaca, a lo largo y a lo ancho».
Anatole France sobre Émile Zola: «Su trabajo es malo, y él es uno de esos seres infelices de los que puede decirse que sería mejor si no hubieran nacido nunca».
J. D. Salinger valorado por Mary McCarthy: «No me gusta Salinger, en absoluto. Lo último que ha escrito ni siquiera es una novela, sea lo que sea. No me gusta, en absoluto. Sufre de esa especie de sentimentalismo metropolitano terrible y es tan narcisista. Y para mí, también, parece tan falso, tan calculado: combinar al hombre sencillo con el egoísmo megalómano. Simplemente no puedo soportarlo».
Lord Byron sobre John Keats: «Aquí está la poesía de pis en la cama de Keats y tres novelas de dios sabe quién. No más Keats, se lo ruego: desóllenlo vivo, y si alguno de ustedes no lo hace, lo haré yo mismo: no es necesario aguantar el idiotismo babeante de la Humanidad».
Elizabeth Bishop sobre J. D. Salinger: «Odié [El guardián entre el centeno]. Me llevó días abrirme paso a través de él, cautelosamente, una página cada vez y él ruborizándome de vergüenza ajena con cada frase ridícula que me encontraba en el camino. ¿Cómo pudieron dejarle hacer eso?».
Jane Austen según juicio de Charlotte Brontë: «No altera al lector con nada vehemente ni lo molesta con nada profundo: las pasiones le son perfectamente desconocidas».
Walt Whitman según Henry David Thoreau: «No solo estaba ansioso por hablar sobre sí mismo, sino que también era reacio a que la conversación se apartase de ese tema durante demasiado rato».

Texto: Los frutos amargos de la dulce ira. Patricio Pron. Publicado en Revista de Libros. nº 180 diciembre 2011.

En Alguna Parte: Literatura y veneno (Claudio Magris)

J. D. Salinger: cómo se engendra un monstruo.

Posted in Artículos by Alguien on 7 diciembre 2011

No todos los escritores tienen la suerte de que un asesino, que acaba de cometer un crimen histórico, esté leyendo tu mejor novela en el momento de ser detenido. Es más. Hay que ser un autor privilegiado, bendecido por los dioses, para que el famoso asesino se llame Mark David Chapman, quien disparó cinco balas de punta hueca por la espalda a John Lennon, después de pedirle un autógrafo, en el vestíbulo del edificio Dakota de NY, el 8 de diciembre de 1980 y una vez vaciado el cargador del revólver 38 especial se siente tranquilamente en un bordillo de la acera a leer El guardián entre el centeno, esperando a que llegue la policía y en su descargo confiese que él no había hecho otra cosa que acomodar su vida a la de Holden Caulfield, protagonista de la novela. “Esta es mi confesión”, exclamó Chapman exhibiendo el libro, mientras era esposado.

Las ventas dela novela de J. D. Salinger, ya de por sí millonarias, se dispararon una vez más. Una nueva oleada de lectores asaltó masivamente las librerías al saber quela historia llevabauna carga suficiente como para borrar del mapa a John Lennon, héroe de una rebeldía enla que sereconocían varias generaciones de jóvenes. En ese momento J. D. Salinger había hecho de su fuga y anonimato una de las obras de arte que consagran definitivamente a un escritor. Vivía refugiado en una granja de Cornish y llegar hasta él era una misión tan difícil como encontrar un mono en Marte, siempre que el explorador fuera un periodista, biógrafo, crítico literario o editor, pero no una jovencita admiradora o una becaria dispuesta a ser pasada por las armas. Mark David Chapman había asesinado a Lennon buscandola fama; en cambio J. D. Salinger se había hecho extremadamente famoso por no querer serlo y haberse convertido en un ser invisible.

El escritor Salinger, el asesino Chapman e incluso el asesinado John Lennon tenían algo en común con Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, un chaval de buena familia, que se movía como un tornillo suelto en el engranaje de la sociedad neoyorquina de aquella época, cuando la gente se sentía feliz en medio de la plétora de tartas de frambuesa que trajo la victoria enla Segunda Guerra Mundial. Salinger, Chapman, Lennon, Holden, los cuatro habían sido adolescentes sarcásticos, rebeldes, inconformistas e inadaptados y se habían comportado con un desparpajo irreverente con los mayores, ya fueran padres, profesores o simples predicadores de la moral de consumo. Los cuatro fueron expulsados del colegio. Los cuatro odiaban los ritos, las costumbres y los gestos del orden constituido, para ellos todo el mundo era idiota, una actitud que en algunos acaba cuando desaparece el acné para convertirse en señores respetables, a otros les incita a escribir o a tocar la guitarra hasta transformarse en artistas y a otros les lleva a encargar un revólver por correo y usarlo contra el héroe de sus sueños. Los cuatro habían pasado por YMCA, la organización religiosa juvenil. Allí Marc David Chapman estuvo encargado de cuidar de los niños, un trabajo que ejercía a la perfección, hasta el punto de que le pusieron Nemo de sobrenombre; la misma y única aspiración manifestó también Holden Caulfield al final del relato, la de vigilar a unos niños mientras jugaban entre el centeno. En el YMCA un amigo le dio a leer a Chapman la novela de Salinger y el futuro asesino decidió ordenar su vida según la del protagonista mientras en Chicago tocaba la guitarra en iglesias y locales nocturnos cristianos.

Salinger nació en NY el 1 de enero de 1919, hijo de un judío llamado Salomón, descendiente a su vez de un rabino que, según las malas lenguas, se hizo rico importando jamones. En realidad Salomón Salinger fue un honrado importador de carnes y quesos de Europa. La compañía Hoffman para la que trabajaba estuvo envuelta en un escándalo, acusada de falsificar agujeros en los quesos de bola, pero de ese lío salió indemne Salomón quien acabó viviendo en un lujoso apartamento de Park Avenue entre la alta burguesía neoyorquina. Allí el adolescente Jerome David Salinger comenzó a sacar las plumas. Después de ser expulsado del colegio McBurney entró como cadete en la academia militar de Valley Forge donde empezó a escribir iluminando el cuaderno con una linterna bajo las sábanas unos relatos cortos que durante años mandó sin éxito a las revistas satinadas. Después ingresó enla Universidadde NY y siguió escribiendo, seduciendo a chicas adolescentes a las que a la vez despreciaba. Era un joven elástico, rico, inteligente, esnob y sarcástico. Se comportaba como el propio protagonista de su novela, el Holden Caulfield enfundado en un abrigo negro Chesterfield que envidiaban sus compañeros. Las chicas se volvían locas con él, mientras luchaba denodadamente por ser famoso, pero hubo una que le fue esquiva, Oona O’Neill, la hija del famoso dramaturgo, a la que escribió mil cartas de amor hasta de Charles Chaplin, 40 años mayor que ella, se la birló para hacerle seis hijos.

El caso de Salinger es sintomático. Ningún aprendiz de escritor luchó tanto por sacar cabeza buscando el éxito, nadie como él realizó tanto esfuerzo por colocar los relatos cortos en las revistas que habían consagrado a otros famosos escritores en cuyo espejo Salinger se miraba, Fitzgerald, Hemingway, Capote. A la vez nadie era tan quisquilloso y peleaba hasta la agonía con los directores de esos medios, The Story, Saturday Evening Post, Bazzar’s, y sobre todo The New Yorker. Nadie buscó con tanto ahínco la fama y a continuación, al verse aplastado por ella, buscó refugio bajo tierra como si se tratara de un bombardeo cruel de una guerra ganada.

Antes de este tormento del éxito Salinger viajó a Europa pensando en hacerse mercader de quesos. Después se alistó en la Segunda Guerra Mundial. Participó en el desembarco de Normandía, mientras todo su carácter y experiencia se lo iba transfiriendo en la imaginación al personaje de ficción que lo haría célebre. En 1951 publicó El guardián entre el centeno, paradigma del desasosiego juvenil y cuatro años después vino al mundo el monstruo que engendró la novela, cuando Salinger ya había huido del mundo, se había metido en un agujero y se había hecho discípulo de Jesús, de Gotama, de Lao-Tse y de Shankaracharya hasta convertir su anonimato en una leyenda, una fuga que no le impedía degustar en secreto de mujeres cada vez más jóvenes.

Chapman nació en Fort Worth, Texas en 1955, cuando el protagonista Holden Caulfield empezaba a arrasar en todas las librerías. El padre de Chapman era un sargento de la Fuerza Aéreade Estados Unidos, y su madre, Kathryn Elizabeth Pease, era una enfermera. Él dijo que vivía con miedo de su padre cuando era niño. En la mañana del 8 de diciembre de 1980 Chapman salió del hotel Sheraton donde estaba hospedado, dejó su documentación en la habitación para facilitar el trabajo a la policía, se dirigió a una librería de la Quinta Avenida, compró la novela de Salinger y bajo el título añadió su firma a la del autor. La mañana del crimen el asesino había visitado el lago de Central Park, que estaba helado, y como Holden Caulfield, se había preguntado adónde habrían ido a parar los patos. Con el crimen no trataba sino de escenificar escenas de El guardián entre el centeno. Fue sentenciado a prisión entre los veinte años y la perpetuidad. Sigue encarcelado en Attica Correctional Facility, en Attica, Nueva York, después de haber sido denegada la libertad condicional en seis ocasiones. El monstruo en la cárcel y el autor de la ficción condenado por la fama a vivir bajo tierra hasta la muerte. Esta es la historia.

J. D. Salinger: cómo se engendra un monstruo. Texto: Manuel Vicent. Babelia. El Pais.com. 24.09.2011.

En Algún Día:

El guardián entre el centeno.

J. D. Salinger: 90 años de vida y 40 de silencio literario.
Dossier Salinger. La periódica Revisión Dominical.
Un escritor en el silencio. Diario Sur.
J.D. Salinger o el suicido en abonos. Milenio.
Dulce y desconocido señor Boletus. El País.
J.D. Salinger: el guardián al descubierto.La Jornada.
Cartas inéditas de Salinger. EFE
Salinger no dejó de escribir ni un solo día de su vida. Público.

Algo por lo que recordarme. Saul Bellow.

Posted in Artículos by Alguien on 17 septiembre 2011

Texto: Enrique Vila-Matas. El País.com. Babelia. 17/09/2011.

Cada día convivimos más con el ruido de fondo de crisis económicas, invasiones de países árabes, sorpresas de grandes gigantes farmacéuticos, reclamos de la industria del automóvil, tortugas Ninja, crímenes horrendos, pavorosos terremotos devastadores, bolsas europeas que caen y caen y vuelven a caer, episodios de estupidez humana transmitidos día tras día como si fueran una serie televisiva sin guionista.

En semejante ambiente nuestra agitada vida de víctimas de lo mediático nos recuerda a un fragmento irónico de El caballero inexistente de Italo Calvino: “Debéis disculpar: somos muchachas del campo (…) fuera de funciones religiosas, triduos, novenas, trabajos en el campo, trillas, vendimias, fustigaciones de siervos, incestos, incendios, ahorcamientos, invasiones de ejércitos, saqueos, violaciones, pestilencias, no hemos visto nada

Es difícil en estas circunstancias  de información masiva reparar en algo tan antiguo como una buena historia de ficción. Nos da la impresión de que no tenemos tiempo para atender a ella. No en vano hay un escaparate infinito en las nubes con todos los grandes libros olvidados.

Pero aún así, a pesar de situación tan difícil para los buenos libros, ¿hay que empujar a los escritores a que emparenten sus ficciones con los mil y un asuntos que baraja el gran espectáculo mediático? No es una pregunta extravagante. Entre tantas incertezas, una certitud parece que está arraigando peligrosamente entre nosotros: no se concibe una novela recién publicada que no permita un titular de prensa ligado a la más rabiosa actualidad periodística. Para entendernos: hoy en día los movimientos de la conciencia de un anodino ciudadano portugués de la época del dictador Salazar no tendrían cabida como noticia relacionada con la aparición de un libro, salvo que se la pudiera relacionar con el último rescate económico de Portugal, o algo por el estilo.

Por eso quizá hay tantos periodistas que, en su búsqueda desesperada del titular,  no quieren admitir que una novela pueda estar estricta y únicamente vinculada al mundo de la ficción, lo que, dicho sea de paso, en realidad no deja de ser lo más normal del mundo, puesto que ficción y vida se repelen, esa al menos es mi experiencia. John Banville (en una divertida entrevista con Mauricio Montiel que no desentonaría en Dublineses, de Joyce) dice haber descubierto que jamás se puede mezclar ficción y realidad, pues cuando uno trata de insertar en la ficción nociones directas, nociones científicas, no encajan por ningún motivo: “Aún no comprendo cuál es el proceso, pero es cómo someterse a un trasplante de hígado: el cuerpo lo rechaza. La ficción, al menos la mía, repudia las ideas tomadas directamente del mundo”

Todo esto me recuerda que cuando uno comienza a escribir cree que es posible expresar la realidad. Si ha nacido en territorio español, todavía lo cree más, porque aquí en literatura todo el mundo es realista. Sin embargo, creo que lleva un cierto tiempo aprender, descubrir que lo único que se puede hacer es fabricar una realidad alterna y esperar que de alguna forma reproduzca, o parezca reproducir, la vida tal como la vivimos. Esta infantil frase de Banville la suscribo con entusiasmo: “El arte no es para nada la vida, sólo se le parece”.

Aunque nos encontremos ante la novela más realista de la historia, esa realidad nunca puede ser la famosa realidad. Es algo tan simple como discutido hoy en día por algo más de la mitad de las mejores mentes de mi generación. Qué se le va a hacer. Lo mismo digo sobre la cuestión de los millones de novelas y el escaparate infinito de los grandes libros olvidados. ¿Qué hacer ante semejante drama? Queda, de entrada, el consuelo de saber que nuestra conciencia es inmensamente más grande que todo el espacio mental que creen abarcar los responsables del gran lavado de cerebro colectivo. Porque en realidad el gigantesco espacio del Gran Lavado jamás podrá competir con todo aquello que es capaz de percibir, en su espacio natural de libertad, una conciencia humana. Todavía nos quedan, creo, focos de libertad en nuestras mentes, los suficientes para tratar de escapar de la banal representación sin tregua del gran teatro de Oklahoma. Y sirva esto, de paso, para decir que sospecho que ese secreto éxodo trágico, esa gran huída del terror mediático, se está convirtiendo en la verdadera odisea moderna y que alguien debería novelarla, porque a fin de cuentas es tan sigilosa como apasionante.

Ayer, por cierto, releí la odisea tan singular que narra Bellow en Algo por lo que recordarme, relato perfecto, incluido en la gran antología de sus cuentos. El argumento es algo complejo pero, a grandes rasgos, trata de un narrador, ya viejo, que recuerda un solo día de su adolescencia, en el Chicago de la Depresión. En el día que recuerda y que sabe que no olvidará nunca, una mujer le atrajo hasta su dormitorio, y una vez allí huyó dejándole desnudo, pues para robarle  tiró toda su ropa (incluso el libro religioso que él estaba leyendo tan religiosamente) por la ventana. Le tocó entonces volver a su casa, a una hora de distancia, atravesando el helado Chicago. Su odisea, cuando hubo conseguido que le prestaran unos harapos para el regreso, incluyó la idea de volver a comprar el libro –sagrado para él- que le habían robado. Pero, eso sí, para volver a comprarlo tenía que robar a su madre, que escondía su dinero en otro libro sagrado. Según el crítico Robin Seymour, esta historia que no pierde de vista el carácter sagrado de las escrituras que meditan sobre el mundo sitúa en primer plano preguntas que deberíamos hacernos más a menudo; preguntas tan profanas como religiosas, preguntas a nuestra conciencia. ¿Cuáles son los días de nuestra vida que no olvidamos y por  qué los recordamos siempre? ¿Cuáles fueron nuestros días de conmoción y reflexión? ¿Cuántas veces recordamos que la actividad de la lectura  puede tener un carácter profano o religioso, pero en cualquier caso sagrado?

Llevo escritas 981 palabras y me temo que  no conseguiré el efecto de brevedad que pretendía ofrecer en esta divagación literaria que seguramente, por falta de espacio (menuda contrariedad, incluso para el escritor de brevedades), se dirige hacia el final. Pero da igual, voy a terminar, no importa que me sienta como un fardo que tuviera toda una eternidad para arrepentirse de su escasa capacidad para la rapidez.

Ahora recuerdo que Bellow, en el divertido epílogo que escribió para su antología de cuentos, sugiere combatir la invisibilidad de los libros incorporando la brevedad a ellos. Cita a Chejov, por supuesto., y aquella frase maravillosa en su diario: “Es extraño, ahora me ha entrado la manía de la brevedad. De todo lo que leo –obras mías y de otras personas- nada me parece lo suficientemente breve”. Y luego  se acuerda Bellow de un sabio japonés que recomendaba a sus alumnos la mayor brevedad posible y que me ha hecho pensar en un sabio chino que solía decir que hay que hacer rápido lo que no nos corre ninguna prisa y así poder hacer lentamente lo que urge. Se acuerda también Bellow de un clérigo inglés del XIX, un tal Smith, que sólo sabía decir: “¡Opiniones cortas, por Dios, opiniones cortas!”.

En efecto, la brevedad puede ser una solución  para, con sentido del humor, resistir los embates de lo extraliterario. En lo último que hay que caer, por otra parte, es en aquello en lo que cayera una destacada dama de las letras inglesas el día en que la vimos hojear enojada en Segovia el periódico en la mesa de un café y quejarse de pronto “No hay más que deportes, corrupción y disparos. ¡Y nada sobre mi novela!”.

Ese es el gran error, ¿no? Creer que un libro tiene que competir con el asesino en serie o el último emperador mundial de los helados. O lo que es lo mismo: creer que se pueden mezclar las ficciones con ese gran reino del extrañamiento que inventan –una realidad, por cierto, bien falsa y perversa- en el gran teatro de Oklahoma.

Sitio oficial │www.enriquevilamatas.com
Relecturas en Babelia.

En Algún Día │Enrique Vila-Matas.

Montgomery Clift: combate contra la máscara.

Posted in Cine, Personajes by Alguien on 27 agosto 2011

Tenía los ojos grandes, grises, hipnóticos. Con una sola mirada podía expresar inteligencia, desesperación, cualquier anhelo o íntimo deseo en sucesiones rápidas, a veces superpuestas. Ese fue su poder. Hay que recordar la forma con que fijó sus ojos en Shelley Winters antes de asesinarla o la mirada de reojo llena de fascinación y de asombro al ver por primera vez a Elizabeth Taylor en la película Un lugar en el sol. Montgomery Clift era aquel soldado yanqui de Los ángeles perdidos, que salvó a un niño alemán extraviado entre los escombros de Berlín para devolverlo a la civilización, como una metáfora de la paz. Era aquel cura de Yo confieso, dispuesto a guardar contra la propia condena el nombre del asesino que le fue revelado bajo el secreto de confesión. Era aquel joven elegante y suave, que esperaba a Olivia de Havilland con una expresión ambigua de cazadotes enamorado al pie de la escalera de su mansión de Washington Square, en la película La Heredera. Era aquel marine obstinado que se negaba a boxear y que hizo sonar su corneta en un estremecedor toque de silencio en De aquí a la eternidad. No había en Hollyvood ningún actor al que le sentara tan bien el esmoquin, la sonrisa hermética y un whisky en la mano. Monty era tan condenadamente real en la pantalla -decía Fred Zinnemann- que la gente no creía que fuese un actor profesional. Todas las convulsiones del espíritu siguieron aflorando en sus ojos, aun después del accidente de automóvil que destruyó su bello e impenetrable rostro, pero el feroz combate entre su alma y la máscara había comenzado.

En aquel tiempo era el actor que disputaba el primer puesto a Marlon Brando. Los dos habían pasado por Actor’s Studio. Cuando coincidían en las reuniones se creaba una gran expectación -decían las muchachas de la academia-. No sabían a quien de los dos mirar primero. “Marlon poseía un magnetismo animal y las conversaciones cesaban cuando se acercaba a un grupo; Monty, por su parte, era la elegancia personificada”. Los dos se vigilaban de cerca, se admiraban. Monty fue el primero en negarse a las normas de Hollywood que pretendían encasillarlo como un héroe romántico convencional.

El éxito suele ir acompañado primero de ansiedad, después llegan el insomnio, las pastillas, Nembutal, Doriden, Luminal, Seconal, las drogas potenciadas por el alcohol y finalmente aparece la atracción del abismo, que es la adicción más potente. Este trayecto lo recorrió Montgomery Clift a conciencia. Exhibía su homosexualidad como una sofisticada herida. “No lo entiendo, en la cama quiero a los hombres, pero realmente amo a las mujeres”, decía. Con Elizabeth Taylor mantenía una relación íntima, en absoluto sexual. Al principio era suavemente alcohólico, suavemente drogadicto, con el control suficiente para atemperar la presión de la fama. Y estaba en la cumbre cuando se le atravesaron los dioses en su camino. Sucedió en el amanecer del 12 de julio de 1956, después de una cena en la mansión de Liz Taylor en Coldwater Canyon, Malibú, adonde Monty había acudido con desgana, sin afeitarse siquiera, después de haber recibido cinco llamadas de su amiga que insistía en verle aquella noche. Había muchos amigos. Allí estaba Rock Hudson, Kevin McCarthy, Jack Larson. Bebieron. Pusieron discos de Sinatra y de Nat King Cole. Bailaron. De madrugada la bruma que ascendía del océano hasta las colinas de Bell Air se enroscaba en la tortuosa carretera de bajada hasta Sunset Boulevard. Después de la fiesta Monty, bastante bebido, se sentía incapacitado para llegar a casa si el coche de Kevin McCarthy no iba delante para guiarlo. Hubo un momento en que su amigo vio por el retrovisor una nube de polvo. Monty había tenido un accidente. Kevin retrocedió en su ayuda. Llamó a Liz Taylor. Cuando llegaron los amigos al lugar del siniestro, a la luz de los faros encontraron la carretera llena de vidrios, el coche empotrado en un poste de teléfonos y el rostro de Monty aplastado contra el salpicadero. Liz Taylor trepó hasta el interior del vehículo, puso la cabeza de Monty sobre su regazo y la sangre le manchó el vestido de seda. Estaba vivo, pero tenía la nariz rota, la mandíbula destrozada, una profunda herida en la mejilla izquierda y el labio superior partido. Le habían saltado varias muelas y Liz tuvo que extraerle el resto de la dentadura incrustada en la garganta para que no se asfixiara.

Montgomery Clift sobrevivió al accidente y aun vivió diez años más, incluso un día le regaló a su amiga uno de aquellos dientes como recuerdo, pero realmente su muerte se produjo aquella noche mientras se desangraba en el regazo de Liz Taylor. En ese tiempo estaban rodando juntos El árbol de la vida, una película sobre la guerra de Secesión, en la que la Metro había invertido cinco millones de dólares, su presupuesto más elevado hasta entonces. El rodaje iba ya por la mitad cuando ocurrió el accidente. Monty se convenció a sí mismo de que podía seguir. Si había perdido su hermoso aspecto, tendría que acomodarse a su nuevo rostro, eso era todo. La película se terminó ocultando las cicatrices de la frente, la parálisis de su mejilla izquierda, el labio superior partido. Toda la magia había pasado a poder de los maquilladores. En algunos planos aparecía todavía el antiguo ángel, en otros asomaba ya el futuro demonio. Seguiría siendo un excelente actor. Después rodó otras películas de éxito, El baile de los malditos, Río salvaje, Vencedores y vencidos, Vidas rebeldes. Al principio se consoló pensando que todos los dioses de mármol extraídos de cualquier ruina también tenían la nariz rota, la boca partida y la mandíbula destrozada y, no obstante, seguían siendo dioses.

El bello Monty Clift vivió hasta su muerte sin espejos, en casas con cortinas negras en las ventanas. En su camino hacia la destrucción necesitaba el alcohol cada día más duro, las drogas más fuertes, los amantes más perversos y también los cirujanos plásticos más diabólicos. En la bajada al infierno tuvo dos guías. Uno era Giles, un joven francés de 26 años, esbelto, de ojos rasgados, diseñador, modelo, que le proporcionaba chicos del coro y atendía todos sus vicios hasta llevarlo al final de un largo camino de depravación al Dirty Dick’s, un antro de la calle Christopher, famoso entre homosexuales portuarios, marineros y matarifes del mercado de la carne. En el Dirty Dick’s había que apartar una cortina pesada, grasienta para entrar en un cuartucho oscuro donde sobre una mesa de quirófano se tendía Montgomery Clift para que unos rufianes, travestis con trajes de cuero, le escupieran, lo golpearan y orinaran sobre su rostro. Había una confusión de gritos como de pelea de gallos con apuestas, a la que solo le faltaba una llamarada partida por una carcajada del diablo. La policía acudía a alguno de sus amigos. “Sáquenlo de ahí. Nosotros no podemos hacer nada sin un mandamiento judicial”. Cuando los amigos llegaban para rescatarlo, los curiosos que asistían a aquella representación gritaban que no se lo llevaran.

Otro conductor hacia el infierno se llamaba Manfred Von Linde, un cirujano sospechoso de haber matado a su mujer, un miembro falsario de la nobleza, barbilampiño, acompañante de viudas millonarias a bailes de sociedad, quien proporcionaba cadáveres a un famoso gabinete funeral de homosexuales de la Sexta Avenida. Allí por 50 dólares se podía tener relaciones íntimas con un fiambre exquisito. Este cirujano plástico operó el rostro de Monty en distintas sesiones en busca de su alma. No la encontró. Freud, dirigida por John Huston, fue una de sus últimas películas. Nunca nadie interpretó como este actor la lucha del inconsciente contra la propia máscara.

Montgomery Clift: combate contra la máscara. Texto: Manuel Vicent. Babelia. El Pais.com. 27.08.2011.

Mientras los demás duermen.

Posted in Artículos by Alguien on 4 agosto 2011

El título de un cuento de Ernest Hemingway, Mientras los demás duermen, sugiere en su plural que el insomne es alguien que está solo. El insomne sale de una circulación cotidiana, aunque sueñe con los ojos cerrados o para dormir despierto, si queremos usar el título de Jean-Bertrand Pontalis, bajo la forma de esa contradicción flagrante. ¿Habría que diferenciar la duermevela del insomnio? ¿Es lo mismo estar desvelado y no poder dormir que despertar en medio de la noche y no volver a conciliar el sueño?

El insomne. El plural, los demás, arrojan al insomne a una tierra de nadie habitada por el insomne y los otros. Porque el insomnio es de una singularidad absoluta. Es lo que afirma Scott Fitzgerald cuando afirma que “el insomnio de cada persona es tan diferente al de su vecino.” Esta extrañeza de los otros, esta segregación del mundo diurno, no como producto de la propia voluntad sino como un trastorno del sueño. Por eso, el insomnio escapa a las leyes de la noche. Se puede no poder dormir de día. Por otro lado, el adverbio mientras indica una temporalidad suspendida de la que ignoramos su duración. Leemos en los diarios de Franz Kafka: “Insomne, ni el menor contacto con seres humanos, excepto el establecido por ellos mismos, lo cual me convence por el momento, como todo lo que ellos hacen.”

¿Qué es lo que no duerme? La pregunta está formulada en el novedoso y exhaustivo libro de Pablo Chacón titulado Historia universal del insomnio. Tiempo y miedo en Occidente (Ediciones B). Develar semejante interrogante sólo es posible si la empresa está conducida por alguien que reivindica su condición de insomne. Algunos fragmentos de la antología que acompaña este artículo fueron extraídos de este libro.

La obra plantea preguntas cruciales tales como: ¿De qué huye el insomne? ¿Qué es lo que no duerme? El intento del libro es arrancar al insomnio del territorio de la psicopatología, los profesionales sanitarios, los trasnochados, para situarlo en una zona de indeterminación.

El autor reivindica el derecho del insomne. Cuando se lo pretende definir como una enfermedad, como una anomalía pierde su carácter de excepción. El insomnio va en contra de cualquier política de adaptación. Esa parte maldita, definida por Bataille como no perteneciente ni a lo animal ni a lo humano.

Incluso en su elogio del insomnio, el autor inventa la teoría del vigía, que sería una decisión voluntaria, de avanzada, de no dormir. Pero habría en el libro una idea de reintegrar el insomnio a la clase de los insomnes.

Un pequeño ensayo de Juan Molina, El mal dormir, es también revelador por las preguntas que plantea. ¿Cuándo comenzó el mal dormir? ¿Cuándo el hombre perdió el sueño dulce, reparador o profundo? “¿Cómo el dormir se extrañó de los hombres? ¿Cómo hemos pasado del sueño al insomnio?”

El autor arriesga una respuesta y la sitúa en dos obras de Shakespeare. Un indicio proviene de Macbeth: “Hemos asesinado al sueño”; otra verdad proviene de Hamlet, cuyo padre ha sido asesinado mientras dormía.

Es posible pensar que estos dos asesinatos crean problemas de conciencia y con ello nace el héroe moderno. El hombre ha perdido el sueño por lo que significa el peso de los actos sobre su conciencia.

El sueño es cada vez más liviano, las cosas suceden como en el cuento de Scott Fitzgerald llamado Dormir y despertar, donde el vuelo, el zumbido, o la picadura de un mosquito bastan para quitarnos el sueño: “Como ya dije, creo que aquella noche de hace dos años, fue la del comienzo de mi insomnio, pues me hizo conocer la sensación de que el sueño puede ser echado a perder por un infinitesimal elemento imprevisible.” Esta frase que conlleva la pérdida del sueño nos revela el carácter efímero y frágil del sueño moderno.

Pareciera que el insomnio fuera la representación ominosa de la eternidad: nunca más voy a poder dormir y el tiempo que parece estar detenido hace sentir su densidad en cada segundo que pasa. Hay algo temible en el insomnio, una condena, una maldición. El insomnio es una de las figuras que Dante reservó para los círculos del infierno: la repetición.

El miedo a la muerte. o poder cerrar los ojos porque cerrarlos equivaldría a no despertar más. Es una especie de insomnio forzado, casi su figura invertida.

En Mientras los demás duermen, el personaje de Hemingway espera el día siguiente: “Yo no quería dormir porque vivía hacía mucho tiempo sabiendo que, si cerraba los ojos alguna vez en la oscuridad y me dejaba llevar, mi alma saldría de su cuerpo. Había estado así durante mucho tiempo desde que una vez estallé en la noche y la sentí separarse, alejarse de mí, y luego volver. Trataba de no pensar en ello pero por la noche empezaba a sentirlo en el momento que me iba a dormir y sólo podía retenerla haciendo un gran esfuerzo.”

Es una abolición de la convención del tiempo que no estaría determinada por el huso horario sino que el insomne, al tener algo pendiente de una lista interminable que va tachando mentalmente, está ya instalado en el día siguiente.

El insomne no dependería ya de su necesidad de dormir, el sueño no lo vence, porque lo que determina su descanso es la luz del día apaciguadora respecto a lo ominoso de la noche.

Hemingway confiesa que rezar lleva mucho tiempo y deja de rezar cuando ve la luz del día. Ricardo Zelarayán escribió que recién se dormía cuando veía entrar por debajo de la puerta el diario de la mañana. No dejarse vencer por el sueño es un insomnio voluntario: “Estoy seguro que muchas veces me dormí sin darme cuenta, pero nunca sabiendo”, confiesa el narrador de Mientras los demás duermen.

La utilidad.¿Dónde situar el tiempo del insomnio? ¿En qué dimensión sucede? Lo cierto es que es un tiempo perdido que el insomne quiere recuperar, aprovechar con el pretexto de conciliar el sueño. Leer, mirar una película, escribir, estudiar, que ese tiempo del insomnio expulsado de lo productivo reingrese de alguna manera a la cadena interrumpida del hábito de dormir.

La pastilla inductora del sueño de aquel que no puede dormir, es diferente a la de la persona que se duerme y lo despierta vaya a saber qué cosa. Las pastillas, a veces hasta con su mismo nombre: Insomnium, se llama una de las tantas, pretenden funcionar como conjuro del insomnio.

El insomnio se vuelve esa cosa densa que es alimentada por pensamientos tortuosos. El sueño no puede interrumpirlos sino que son ellos los que interrumpen el sueño.

Si, como decía Freud, el sueño es el guardián del dormir, por alguna razón ha fracasado. Como Monsieur Teste, el personaje de Paul Valéry, al insomne se lo ha definido como un enfermo del pensamiento.

Es un tiempo en el cual las fantasías, los ensueños de amor, los sueños de ambición, los hechos heroicos, hacen que el vértigo de la imaginación impida conciliar el sueño. En este caso, podríamos hablar de un insomne voluntario que se resiste a dormir para soñar despierto.

Los humores. No se puede vencer al insomnio. Los psicofármacos resultan inútiles, también las tisanas naturales tales como el tilo, la valeriana; las ocupaciones inventadas parecen estúpidas. Es un combate desigual, la luz del día o el reloj despertador son la promesa de que mañana será diferente.

Es el tiempo de la vejez, el reloj biológico, el desarreglo hormonal, el catálogo de distintos desórdenes funcionales que tienen nombres médicos, es decir la medicalización del insomnio como síntoma patológico. En tiempos de Fitzgerald, éste lo situaba alrededor de los cuarenta años.
Quizás la pregunta sea la única salida. ¿Qué me impide dormir? En la soledad de la noche, la pregunta se puede multiplicar al infinito.

El insomne asocia, se desplaza en la superficie de una lengua sin fin. Es posible que exista una respuesta. Sí, pero para ello, es necesaria antes la pregunta. En la fatalidad de la lengua… ¿cómo saber cuál es la pregunta correcta?

El insomnio feliz.¿Y si no fuera un síntoma? ¿Y si fuera un tiempo que el hombre le resta a lo útil que implica cualquier actividad humana? Un tiempo que le pertenece sólo al insomne, un tiempo fuera del tiempo, un insomnio feliz. Es posible que en esta figura se refugien el conjuro y el exorcismo.

El insomne es como un muerto-vivo, ni despierto ni dormido, no pertenece al resto de los mortales que son durmientes. Está en la lengua.
Cuando alguien no duerme al día siguiente está hecho un zombie. Porque ese mientras, es el tiempo del insomne pero un tiempo que no le es propio porque es insomne mientras los demás duermen o sea cuando él también debería estar durmiendo.

Como bien señala Pablo Chacón, parafraseando la célebre frase de Rimbaud, (yo es otro): El insomne es otro.

La arquitectura del insomnio. El insomnio como la memoria necesita de reglas nemotécnicas. Reglas que se conocían como “los teatros de la memoria” o la arquitectura sacra que funcionaba como reservorio y tenía distintos lugares destinados para memorizar las partes del discurso.

En esa dispositio: el altar recordaba tal cosa, el atrio tal otra. El insomne es una especie de Funes el memorioso: “Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada sombra se figuraba cada grieta y cada moldura de las cosas precisas que lo rodeaban… Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea, en esa dirección volvía la cara para dormir.”

La inutilidad. Quizás el insomnio no puede ser reintegrado a la continuidad del tiempo lineal. Sería un destiempo, una interrupción en la cadena cronológica de la convención. Hay una necesidad humana de reintegrarlo incluso a la categoría de lo indeterminado.

¿Y si el insomnio fuese pura pérdida, algo inasimilable? Un tiempo perdido para el cual no existe un tiempo recobrado.

Mil noches en blanco. Texto: Luis Gusman. Publicado en Revista Ñ.26.07.2011.

Hedy Lamarr: el éxtasis y la aguja.

Posted in Personajes by Alguien on 31 julio 2011

Hedwig Eva Maria Kiesler, conocida como Hedy Lamarr, fue tenida en su tiempo como la mujer más bella del mundo y ha pasado a la historia del cine por ser la primera actriz que se exhibió totalmente desnuda en la pantalla e interpretó un orgasmo con el rostro en primer plano. La película se llamaba Éxtasis. Fue rodada en Praga por el director Gustav Machaty, en 1932. Hedwig tenía 16 años. Éxtasis y yo es también el título de sus memorias eróticas, un libro escrito desde la inteligente amoralidad de una mujer fascinante, más allá del bien y del mal, donde cuenta uno a uno la cantidad de cuerpos masculinos, espléndidos, borrachos, idiotas, que rolaron sobre su alma a lo largo de su vida.

Hedy Lamarr, nacida en Viena en noviembre de 1914, hija de padre banquero y de madre pianista, ambos judíos, fue una chica superdotada que estudió ingeniería, pero atraída por la fascinación del teatro a los 16 años dejó las ciencias y se fue a Berlín a trabajar con el famoso director Max Reinhardt. Su extraordinaria belleza comenzó muy pronto a causarle más problemas que ventajas. Cuando de niña salía de casa para ir al colegio cada mañana le esperaba un exhibicionista distinto detrás de un arbusto con el gabán abierto y siendo adolescente soportó varios intentos de violación, alguno de ellos consumado, por ejemplo el realizado por el novio de una amiga al que la propia amiga incitó para poder contemplar la violación mientras se fumaba un cigarrillo egipcio. Poseía un alma hipersexuada, según propia confesión, sin ningún complejo frente al placer, pese a todo no comprendía por qué despertaba en los hombres sólo deseos carnales perentorios y ninguna admiración por su talento, que al parecer iba más allá de la belleza de su cuerpo. Aunque lo odió hasta la muerte, Hedy Lamarr siempre recordó que Hitler fue casi el único que le besó con delicadeza la punta de los dedos en aquellos salones donde esta inquietante judía se movía en los años treinta.

El rodaje de la película Éxtasis incluía una secuencia de 10 minutos en que la protagonista debía atravesar desnuda la floresta de un bosque hasta sumergirse en un lago. El director le había prometido que las cámaras la tomarían de lejos, desde el alto de una colina, con una imagen esfumada. Hedwig Kiesler después de algunas dudas aceptó, pero su cuerpo fue captado con teleobjetivo y apareció en pantalla a pocos metros de distancia. Después tuvo que interpretar la expresión de un orgasmo mientras el actor Aribert encima de ella la besaba. En esta escena el director solo consiguió un resultado aceptable apostándose debajo de la pareja y pinchándole las nalgas a la chica con un alfiler, de forma que el dolor le liberara un grito y un espasmo en el rostro que el espectador confundía con el éxtasis. Este orgasmo la hizo mundialmente famosa.

El magnate Fritz Mandl, uno de los hombres más ricos del mundo, propietario de las Hirtenberger Patronenfabrik Industries, una siderurgia que fabricaba municiones de guerra, comparable a la de Krupp, abducido por la belleza de la Hedwig pidió permiso a su progenitor para cortejarla, aunque de hecho la compró mediante una descarga erótica de joyas y oro macizo. Poco después se produjo el pase de Éxtasis en el festival de Venecia. Mussolini exigió ver la película en privado por el morbo que la acompañaba y precedida del escándalo se estrenó después en Viena ante un público cuajado de personalidades. En el patio de butacas estaban los padres de la estrella y Fritz Mandl, su flamante marido. Cuando empezó la proyección ninguno de ellos daba crédito a lo que veían sus ojos.

Rodeados de amistades de la más alta alcurnia austriaca los padres contemplaban a su adorada criatura corriendo desnuda por un bosque hacia un lago donde se zambullía y luego nadaba de espaldas dejando sus pechos a flor de agua. Su marido, cuya prepotencia era similar al veneno de sus velos, asistía a esta función rodeado de los socios de su empresa, con la protagonista sentada a su lado. Todos podían ver a su joven y bellísima esposa interpretando el papel de una muchacha de 17 años, llamada Eva, que se había casado con un hombre mayor, que no conseguía consumar el matrimonio en la noche de bodas. Una mañana un joven ingeniero llamado Adán espió a Eva mientras se bañaba en el lago. Ella había dejado las ropas atadas a la silla de una yegua, junto a otro caballo. Se destapa de repente una tormenta, los dos animales se desbocan, Adán trata de ayudar a Eva y ambos se refugian en una cabaña. Hacen el amor y en el orgasmo simbólicamente ella rompe su collar de perlas, el humo del cigarrillo trazaba una espiral alrededor de su cuello y ella simula gritar de placer porque en ese momento el director le pinchaba las nalgas con un imperdible. Los padres abandonaron el patio de butacas. A partir de ese día su marido encerró a Hedwig en casa bajo llave que guardaba la criada, solo permitía que se bañara en su presencia y cuando no la llevaba de fiesta, a las reuniones sociales donde la exhibía como una pieza de caza, la dejaba atada al pie de la cama como a una perra.

Durante los dos años que duró este secuestro Hedwig Eva Maria tuvo tiempo de reemprender los estudios de ingeniería y puesto que asistía con su marido a reuniones, cenas y viajes en los que se trataba de nuevas tecnologías para armamentos ella por su cuenta inventó una fórmula, el llamado espectro expandido, una técnica de conmutación de frecuencias que posteriormente se usó para proteger la dirección de los misiles. Este invento de Hedy Lamarr fue patentado en 1940 y todavía hoy tiene aplicación. Hizo posible por primera vez la trasmisión de señales secretas sin poder ser interferidas, se utilizó en Vietnam y en la crisis de los misiles en Cuba.

Para huir de su secuestro Hedwig tuvo que seducir y acostarse con la criada, quien le facilitó la salida del palacio una noche mientras el prepotente Fritz Mandl estaba de viaje. Llegó a París en automóvil, con un solo vestido, con los bolsillos llenos de joyas, perseguida por los guardaespaldas de su marido. Logró escabullirse hasta refugiarse en Londres y embarcarse en el trasatlántico Normandie rumbo a Nueva York y durante la travesía conoció y sedujo al productor de Hollywood Louis B. Mayer, de la Metro, y con él pactó su futuro. La protegió, la bautizó con el nombre Hedy Lamarr y la convirtió en una estrella.

Muchos la recuerdan por la película Sansón y Dalila, la única que le dio fama. Tuvo mala suerte. Rechazó el papel de protagonista en Luz de gas y en Casablanca. También estuvo a punto de rodar Lo que el viento se llevó. Aunque apareciera en pantalla siempre envuelta en sedas era la primera mujer que los espectadores siempre veían desnuda. Se casó tres veces. Tuvo tres hijos. Atravesó innumerables cuerpos masculinos y femeninos, de maridos y amantes, galanes y productores. Uno le disparaba con el revólver sobre sus pendientes cuando estaba borracho; otro se fabricó una muñeca hinchable que era la réplica exacta de Hedy y la usaba cuando ella se negaba a complacerle, otro se acostó con la criada en la misma cama mientras Hedy dormía. Siempre era más inteligente que el hombre que la acompañaba y más hermosa que la mujer de su amigo. Fue la señorita más bella y rica de Viena, pasó a ser el animal más deseado de Hollywood, pero no la mejor actriz debido al lastre de su belleza. La cleptomanía la llevó varias veces a la cárcel. Tenía a sus pies a todos los millonarios del mundo, pero no podía evitar robar un cepillo de dientes en unos grandes almacenes. Algunos misiles disparan hoy bajo su nombre. Era aquella chica que le cortó el pelo a Sansón.

Hedy Lamarr. el éstasis y la aguja. Texto: Manuel Vicent. Babelia. El Pais.com. 30.07.2011.

Preguntas de un obrero ante un libro.

Posted in Poesía by Alguien on 28 julio 2011

Tebas, la de las Siete Puertas, ¿quién la construyó?
En los libros figuran los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los grandes bloques de piedra?
Y Babilonia, destruida tantas veces,
¿quién la volvió a construir otras tantas? ¿En qué casas
de la dorada Lima vivían los obreros que la construyeron?
La noche en que fue terminada la Muralla china,
¿a dónde fueron los albañiles? Roma la Grande
está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió?
¿Sobre quiénes triunfaron los Césares? Bizancio, tan cantada,
¿tenía sólo palacios para sus habitantes? Hasta en la fabulosa Atlántida,
la noche en que el mar se la tragaba, los habitantes clamaban
pidiendo ayuda a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿El sólo?
César venció a los galos.
¿No llevaba consigo ni siquiera un cocinero?
Felipe II lloró al hundirse
su flota. ¿No lloró nadie más?
Federico II ganó la Guerra de los Siete Años.
¿Quién la ganó, además?
Una victoria en cada página.
¿Quién cocinaba los banquetes de la victoria?
Un gran hombre cada diez años.
¿Quién paga sus gastos?
Una pregunta para cada historia.

Poema: Preguntas de un obrero ante un libro. [YouTube]
Autor: Bertolt Brecht.

Selección de poemas de Bertolt Brecht.

Dibujado por Kafka.

Posted in Libros by Alguien on 26 julio 2011

Dibujos. Franz Kafka. Edición de Niels Bokhove y Marijke van Dorst. Traducción de Fruela Fernández. Editorial Sexto Piso. Madrid, 2011. 144 páginas. 19,90 euros.

Franz Kafka (Praga, 1883-Kierling, Austria, 1924) fue, qué duda cabe, uno de los más grandes creadores de todos los tiempos. Lo que pocos saben es que, además de escribir, dibujaba y que sus trabajos expresan, de manera sugestiva, el mismo sentimiento atormentado que define sus ficciones. Antes de morir, el escritor checo encargó a su amigo Max Brod que destruyera sus textos y se deshiciera también de los dibujos que había empezado a bocetar a los 15 años. Lejos estaba entonces de imaginar que la historia de la cultura universal le reservaría un lugar privilegiado. Su amigo y albacea, para fortuna de la humanidad, desobedeció el mandato; gracias a él sobreviven las obras literarias y los dibujos del autor de El proceso, que por estos días se publican, por primera vez, reunidos en un mismo volumen.

Franz Kafka. Dibujos, que lanzó este mes la editorial Sexto Piso, incluye 41 imágenes recuperadas de cuadernos de clase, libretas personales y diarios del escritor, hasta ahora dispersos.

Se presume que habría más dibujos, celosamente guardados en cajas de seguridad en Israel y Suiza; pero quien conoce el secreto, Esther Hoffe, asistenta de Max Brod y heredera de su legado, no ha querido aportar detalles al respecto.

En el libro hay algunos dibujos difundidos anteriormente (los que Brod llamó “marionetas de hilos invisibles”, utilizados en las portadas de diversas obras de Kafka) y otros, la gran mayoría, inéditos hasta ahora, que aportan una nueva perspectiva sobre la personalidad del autor de La metamorfosis, El castillo y América . ¿Es Kafka ese hombrecito delineado en tinta negra que aparece en varios de ellos? ¿Representan esos otros personajes sombríos el universo emocional del checo? Muy probablemente. Estas obras causan impacto porque permiten profundizar el conocimiento de una figura clave de la cultura e instan al lector a asomarse a ese abismo de dudas y temores que lo acosaban.

Se presume que la pieza titulada El pensador, una de las que abre el libro, es un autorretrato.

Niels Bokhove y Marijke van Dorst, editores del volumen, presentan los dibujos de Kafka junto con fragmentos de sus novelas, relatos, cartas y diarios. Algunos de los dibujos recuperados estaban originalmente acompañados por reflexiones o comentarios. Otros pasajes kafkianos fueron seleccionados por los editores para integrarse con los dibujos elegidos. Como se desconocen las fechas precisas en que fueron realizados, no es posible analizar de forma clara una posible evolución de su línea. De todas formas, la mayoría corresponde a los años en que el joven Franz -que había tomado clases elementales de dibujo en la escuela primaria- cursaba Derecho en la universidad (1903-1905) y se entretenía garabateando figuras y caras en los márgenes de sus cuadernos.

El arte del dibujo parece haber sido para él, por un lado, una expresión de su amor por las artes plásticas, y por otro, una forma alternativa de composición de relatos, como él mismo admitía. “Mis dibujos no son imágenes, sino una escritura privada“, dijo en cierta oportunidad. “La pasión está en mí. Desearía ser capaz de dibujar. Quiero ver y aferrar lo visto. Ése es mi deseo.”Brod declaró en este sentido: “Su pensamiento se construía en forma de imágenes”.

La temprana vocación por el dibujo de Kafka se remonta a su adolescencia; fue entonces cuando dos cuadros en el escaparate de una tienda le produjeron un fuerte impacto. La figura del pintor Titorelli en El proceso podría ser una proyección de esa veta artística que el escritor checo no desarrolló profesionalmente, pero que lo cautivaba en la intimidad. En la madurez admiraba el arte japonés y las pinturas de Van Gogh.

Su amigo, el artista Fritz Feigl, definía las obras de Franz como expresionistas, mientras que Brod -que siempre expresó su intención de publicar un libro como éste, pero no llegó a hacerlo- entendía que respondían a un escrupuloso realismo.

Hay quienes argumentan que los dibujos complementan la obra literaria y hay quienes desestiman la posibilidad de que esos experimentos de novato puedan compararse con la literatura de Kafka. Sea como fuere, vale la pena verlos, desoyendo la visión del autor, que desestimaba su propio talento. En 1922, dos años antes de su muerte, Kafka dijo:

No son dibujos para mostrar a nadie. Tan sólo son jeroglíficos muy personales y, por tanto, ilegibles. [...] Mis figuras carecen de las proporciones espaciales adecuadas. No tienen un verdadero horizonte. Los dibujos son rastros de una pasión antigua, anclada muy hondo. [?] Vienen de la oscuridad para desvanecerse en la oscuridad.

Al parecer, se equivocaba.

Ficha del libro: Editorial Sexto Piso.

Leer un Fragmento del libro. (PDF)

En Algún día: Franz Kafka.

Barbecho.

Posted in Pareceres by Alguien on 30 mayo 2011

barbechar.

(De barbecho).

1. tr. Arar o labrar la tierra disponiéndola para la siembra.

2. tr. Arar la tierra para que se meteorice y descanse.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados

Tagged with: ,

14 Mayo: La Noche en Blanco Málaga 2011.

Posted in Andanzas by Alguien on 13 mayo 2011

La Noche en Blanco de Málaga 2011  se celebra mañana Sábado 14 de mayo desde las 20.00 h a las 3.00 h., Otro año más, nuevos museos, salas de exposiciones, cines, galerías, hoteles, monumentos e importantes edificios de la ciudad se incorporan a este encuentro nocturno del arte y la cultura gratuita. Frente a los 90 espacios de la edición anterior, esta Noche en Blanco contará en total un total de 100 espacios diferentes, de los que 22 son de nueva incorporación. Las principales novedades para esta edición es la inclusión de monumentos y edificios emblemáticos como el Teatro Romano y el Cementerio Inglés, y museos de reciente apertura como el Museo Carmen Thyssen, el Museo Revello de Toro, el Museo del Automóvil y el Museo de Ciencias Naturales del IES Nuestra Señora de la Victoria, en Martiricos. Además, se estrenan otras salas de exposiciones como las que albergan las muestras temporales en el Museo Picasso, el nuevo espacio expositivo de Unicaja de la plaza del Siglo y la Galería Colectivo Espacio Tres.

Otros escenarios culturales de importancia que se han sumado al evento son el teatro-cine Albéniz, el Auditorio de la Diputación Provincial de Málaga, el Centro de Interpretación del Teatro Romano, la Ludoteca Municipal y la Capilla Saint George del Cementerio Inglés. Asimismo, entre las diversas sedes que se estrenan este año también están establecimientos como los hoteles NH y Room Mate Lola, Miss Noruega, Re-Crea SCA, Centro de Bienestar Rubayat, Taller de Diseño Fabric y La Magia del Melón.

Un total de 130 actividades gratuitas se van a desarrollar de manera simultánea en el transcurso de las siete horas de la Noche en Blanco, que tendrá lugar el sábado 14 de mayo. Este programa, marcado por el espíritu participativo y de gratuidad, incluye una gran variedad de actividades agrupadas en diferentes categorías. En el apartado de Arte se realizarán 46; en la sección de Arte en la calle, 24; en la categoría Artes visuales se desarrollarán 11 actividades, y otras 11 en Artes escénicas; en la temática de Música, 27; y en Visitas extraordinarias, 11.

Con respecto al año anterior, esta cuarta edición de la Noche en Blanco ofrece a la ciudadanía 130 actividades gratuitas, mientras que en 2010 fueron en total 111. En cuanto a los espacios, esta edición contará con 100 espacios, frente a los 90 del año anterior. En la pasada edición, un total de 153.546 personas participaron en la Noche en Blanco 2010, y estuvieron implicadas más de 60 instituciones y entidades tanto del sector público como del privado de la ciudad.

La Noche en Blanco es una propuesta cultural que sigue tendencias contemporáneas marcadas por el espíritu participativo. Su objetivo es que los ciudadanos vivan y participen de estos principios, siguiendo las premisas del Plan Estratégico de Málaga como ciudad moderna, mediterránea, emprendedora y cosmopolita, y como ciudad del conocimiento y de la cultura


Programación de La Noche en Blanco. Málaga 2011 – Catálogo de actividades (PDF)
Resumen Programación y Plano Localizador de Actividades (PDF)

Sitio Oficial: www.lanocheenblancomalaga.com/

CartelFacebook │ twitter

Josep Pla, a 30 años de su muerte.

Posted in Andanzas by Alguien on 11 mayo 2011

La figura del escritor catalán Josep Pla ha sido objeto de análisis en el espacio Imprescindibles (La 2 de TVE). Pla fue un autor cuya obra fue esencial para la modernización de la lengua catalana. La emisión coincidió con el 30 aniversario de la muerte del escritor catalán y con la víspera del Día de Libro.

La original y extensa obra literaria de Josep Pla abarca de forma ininterrumpida seis décadas. Un total de 30.000 páginas que fueron esenciales en la modernización de la lengua catalana. Sus artículos periodísticos, crónicas y reportajes constituyen un singular testimonio de la historia y la cultura del siglo XX.

El documental “Josep Pla se divide en cuatro apartados, a través de los que se analizan las distintas fases de su vida y su obra.

La primera parte aborda su etapa como corresponsal de prensa, diputado, articulista y corresponsal parlamentario en Madrid. En la segunda narra su huida a Francia al estallar la Guerra Civil, su regreso a Barcelona y su reclusión voluntaria en el Ampurdán.

En la tercera veremos su etapa como autor de reportajes para la revista Destino, donde elaborará su obra completa. La cuarta y última, la del quadern gris, es la síntesis de su obra, y la del reconocimiento de su literatura como una de las aportaciones más valiosas a la literatura catalana, española y universal.

Una ocasión de acercarnos a la vida y la extensa obra de quien 30 años después de su muerte sigue siendo el autor en prosa más importante de la literatura catalana contemporánea, y en el que constatamos su vigencia y el peso que sigue teniendo en el ámbito de la cultura.

Ver el documental “Josep Pla, a 30 años de su muerte” (Imprescindibles.RTVE)

Las invasiones bárbaras.

Posted in Pareceres by Alguien on 8 mayo 2011

Las invasiones bárbaras. Texto: Antonio Soler. Diario Sur.08.05.2011.

“Entre la pesadumbre y el espanto uno observa la fotografía y si fuese beato se santiguaría para dar gracias por no haber estado allí. La plaza de la Constitución convertida en un escenario de baile de salón para cruceristas. Momias, jóvenes con el cerebro en alquiler, trenzados en un baile feliz acabando de convertir el centro de una ciudad que se soñaba moderna en un parque temático. Ya no basta con que la calle Larios tenga esa vocación ni que muchas de las calles adyacentes se hayan convertido en una especie de Carihuela tomada por sombrillas, mesas y parafernalia del buen turista. Ahora se ensaya ese último toque para convertir en Disneylandia lo que debería ser el dinámico centro de una ciudad con algo más de futuro que el de la pachanga.

El turismo como fuente de riqueza, inevitable. Pero hay diferentes turismos, diferentes calidades que van desde la ganadería fina al turismo de élite, pasando por el cultural. Vender baratijas y dos cocacolas a cambio de convertir la ciudad en escenario para el esperpento no significa invertir de cara al futuro. Es un modo de abaratar el concepto turístico y sobre todo el concepto del ciudadano que ha de ver convertidas las calles supuestamente más nobles de su ciudad en un espectáculo hortera. «Bienvenido mister Marshall» again. Cualquier cosa para seducir un turismo de bajo perfil que se lo traga todo. Las ciudades se crean identidades, sellos que, por arriba o por abajo, las distinguen.

El planeta globalizado ha acotado las posibilidades del viajero -aquel ser inquieto que explora el mundo en busca de lo distinto para ensanchar sus horizontes-. El viajero ha sido sustituido por un turista que al viajar solo busca lo conocido. El turista no viaja, simplemente se traslada, para comer lo que ya conoce y estar en lugares neutros en los que la decoración cambia pero la esencia es la misma que dejó en su casa. Una musiquilla de mariachis, zíngaros o cantantes aflamencados y un sello en el pasaporte además de unas fotos al lado de un monumento es lo que va a distinguir un lugar de otro. Parece que, esgrimiendo unas supuestas prioridades económicas a cortísimo plazo, hay mucha gente interesada en que Málaga luzca ese marchamo barato, material previsible y facilón para visitantes poco exigentes. No basta con inaugurar un museo cada día. Hay que dotarlos de un espíritu que no es compatible con el baile de pasodobles en la plaza del pueblo. En ‘Aprendiendo de Las Vegas’, un viejo libro que ilumina este fenómeno, se dice que «está muy bien decorar una construcción, pero nunca construyamos la decoración». Pues eso, intentemos vender lo que somos, no lo que se piensan que debemos ser. Porque en el fondo, esto último encierra un gran complejo, el de creer que no somos nada y que nada tenemos que ofrecer”.

En Algún Día: Antonio Soler.

Quedarme en casa…

Posted in Poesía by Alguien on 7 mayo 2011

Quedarme en casa,
sumergida en los pliegues de las horas,
y no esperar a nadie.

Que los ojos escuchen
y se olviden del mundo.

Que me arrope el silencio
y respire en mi nuca
su suave indiferencia.

Que vivir sea esto,
sin palabras de aguja
ni rodillas de llanto,

con el tiempo desnudo al borde de la cama
y mi boca dormida en su tímido beso.

Autora: Ana Merino. De “Los días gemelos” 1997.

La estela de Rabindranath Tagore.

Posted in Memorias by Alguien on 2 mayo 2011

Famoso por sus proverbios, admirado por sus poemas, la estela de Tagore, cuyo 150 aniversario se celebra ahora, nunca ha cesado. De Oriente a Occidente.

Rabindranath Tagore (Calcuta, 7 de mayo de 1861-Santiniketan, 7 de agosto de 1941) ocupa un lugar decisivo en la cultura bengalí de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Fue poeta, músico, filósofo, autor teatral, pintor: un espíritu creador y reformador que convivió de manera crítica con el auge del nacionalismo hindú. En realidad, fue crítico con la exaltación del nacionalismo en cualquier país, en cuya manifestación detectó uno de los peores males de su tiempo, opuesto al universalismo al que aspiraba.

Sin dejar de ser hindú, fue cosmopolita en el sentido en que buscó el diálogo entre las culturas. Al igual que Gandhi, se opuso al determinismo de las castas; pero, a diferencia del gran líder hindú, estuvo lejos de profesar desdén u odio por la cultura occidental. Estaba a favor de la independencia de su pueblo, pero eso no le llevó a infravalorar la cultura inglesa; todo lo contrario: amaba a Shakespeare, a los poetas románticos y el liberalismo inglés. Fue un pacifista y odió toda violencia. Eso le emparentó con Tolstói y con Romain Rolland. No fue un santón, ni héroe ni mártir; no fue un asceta ni promulgó el tradicionalismo religioso y sus costumbres, así que su lugar es ambiguo en un mundo lleno de extremos. Buscó la simplicidad y la moderación.

Nacido en el seno de una familia rica e instruida de Calcuta, Tagore fue el menor de catorce hermanos. En Mis recuerdos (DeBolsillo) cuenta su iniciación a la música y a la poesía, también a los misterios de la naturaleza y del entorno en el que creció. Aunque perdió a su madre cuando era pequeño, apenas si se vislumbran dramas. A su padre lo trató cuando ya era un muchacho, pero fue una presencia positiva. Hombre contemplativo y reflexivo, crítico con muchos aspectos del hinduismo, de él aprendió Tagore que la educación no consiste en juzgar, sino en permitir que fluya y se haga cargo de sí misma. «Es el maestro más que el pupilo quien tiene que evitar comportarse de manera incorrecta», escribió el poeta. Al igual que Tolstói, dedicó muchos años de trabajo y dinero a la educación, creando la escuela de Shantiniketan, en Bengala, donde años más tarde estudiaría Amartya Sen, quien ha escrito esta bella definición de Rabindranath: «En la soberanía del razonamiento, del razonamiento sin miedo y en libertad, es donde podemos encontrar su voz más perdurable.

Tagore viajó a Inglaterra en 1887, donde estudió durante un año. Poco después, en 1883, se casó con una niña de diez años, con la que tuvo cinco hijos, varios de los cuales murieron pronto –ella falleció en 1902–. Tagore no se volvió a casar, pero no renunció al amor. Su tarea creativa fue incesante, y en 1912 despertó en Europa el interés por sus obras, especialmente en Yeats, que colaboró en la traducción de Gitanjali, cuya primera edición inglesa lleva un elogioso prólogo del gran lírico irlandés. Por este libro Tagore recibió el Premio Nobel de Literatura en 1913. Otro de sus admiradores tempranos fue Ezra Pound, aunque más tarde llegó a detestarlo. Fue notable su influencia en el primer Neruda.

Entre nosotros, hay que mencionar las numerosas y bellas traducciones que Juan Ramón Jiménez llevó a cabo, en colaboración con su mujer, Zenobia Camprubí. Traducciones de traducciones del bengalí, probablemente no sean muy fieles, pero hay una cierta afinidad en la sensibilidad de ambos autores. La poesía, decía Paz, es lo más universal y lo más intraducible. Mucho después, en los años 60, numerosos versos fueron vertidos al ruso por Anna Ajmatóva.

Tagore renovó la poesía y la prosa bengalíes: tanto La casa y el mundo como Gora, una juventud en la India (Akal) son una buena muestra de cierto tono resuelto, sin perder la resonancia espiritual. En 1924, mientras viajaba por Hispanoamérica, enfermó y fue hospedado durante dos meses en la quinta Miralrío, propiedad de Victoria OcampoAlgo pasó entre ellos; probablemente Victoria se enamoró de él, aunque Tagore mantuvo cierta distancia física. La amistad, de la cual hay una amplia correspondencia, continuó hasta la muerte del escritor. Durante esa estancia escribió el poemario Purabi, dedicado a la autora argentina. En relación a nosotros, debemos recordar su crítica a los políticos ingleses, que se «apresuraron a aceptar la destrucción de la República Española», al tiempo que elogió a los voluntarios británicos que dieron su vida por España.

Tagore escribió también ensayos, regidos por la idea (que también es un sentimiento) de la «unidad en la diversidad». No cerró los ojos ante la ciencia y la tecnología, aunque puso el acento en el progreso moral de la humanidad. Trató de favorecer esta diversidad en su propio mundo bengalí, en el que confluyen las culturas hindú, mahometana y británica. Esto es lo que dice su personaje Gora, sin duda coincidiendo con el autor: «Ya no hay en mí lucha entre hindúes, mahometanos y cristianos. Hoy toda casta de la India es mi casta y la comida de todos es mi comida».

No aceptó la economía de la rueca (la charka), el rechazo de los intercambios culturales ni el odio de Gandhi a la democracia occidental. Gandhi pensaba, a su vez, que Tagore debía también tejer. Los dos se admiraban, pero no pensaban en la misma India ni en el mismo mundo político. Tagore era religioso, mas no sectario, y profesó una activa reticencia ante el irracionalismo del hinduismo. Se opuso al apego excesivo al pasado en lo religioso y en lo histórico, y rechazó el legendario modelo social de las castas, ajeno a sus aspiraciones morales. Quiso favorecer la dignidad en las relaciones humanas y procuró no olvidar las lecciones de generosidad del liberalismo ilustrado inglés.

¿Qué nos queda hoy de su obra y de su vida? Por un lado, un ejemplo de moderación no basado en la indiferencia sino en una pasión integradora; el rechazo del nacionalismo como un dios déspota; su amor a la naturaleza, y algo que es más difícil de nombrar: una sensibilidad.

Texto: El influjo hipnótico de Tagore. Juan Malpartida. Publicado en ABC.es. 30.04.2011.

In Memoriam: Ernesto Sábato.

Posted in Memorias by Alguien on 1 mayo 2011

El escritor argentino Ernesto Sábato ha muerto este sábado a los 99 años en su casa de las afueras de Buenos Aires, donde permanecía recluido desde hacía años a raíz de sus problemas de salud. En los últimos días una bronquitis había complicado su salud.

Sábato, quien fue el último superviviente de los escritores con mayúscula de la literatura argentina, estaba ya prácticamente ciego, lo que lo mantenía retirado en su residencia de Santos Lugares. Debido a su ceguera, el autor se había visto obligado en los últimos años a abandonar la lectura y la escritura, y a llenar su tiempo con la pintura y otras aficiones que practicaba en su vivienda. Según contó su hijo Mario Sábato, autor de un documental sobre la vida de su padre, el escritor ya no salía de casa, estaba al cuidado de enfermeras y apenas hablaba, aunque ocasionalmente rompía su silencio para mantener algún breve diálogo con la familia.

Nacido en la localidad bonaerense de Rojas el 24 de junio de 1911, este año hubiese cumplido 100 años, abandonó su carrera científica en los años 40 para volcarse en la literatura con la publicación de la recopilación de ensayos Uno y el Universo. El reconocimiento internacional le llegó en 1961 con Sobre héroes y tumbas y la consagración en 1974 con Abaddón el exterminador, que completan la trilogía iniciada con El túnel (1948), adaptada al cine en 2006.

Galardonado con el Premio Cervantes en 1984 y propuesto como candidato al Nobel de Literatura de 2007, Ernesto Sábato no sólo fue reconocido por su oficio de escritor, sino que además presidió en 1984 la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (Conadep).

Este grupo redactó el informe Nunca más, una obra clave que relata los horrores de la última dictadura militar argentina (1976-1983). La última obra publicada de Sábato, que también recibió los premios Gabriela Mistral (1983) y Menéndez Pelayo (1997), fue “España en los diarios de mi vejez“, fruto de sus viajes al país en 2002, mientras Argentina se sumergía en la más feroz crisis económica de su historia.

In Memoriam:

John Huston: escapar y no volver nunca a casa.

Posted in Cine, Personajes by Alguien on 30 abril 2011

Su vida fue esnob y salvaje, llena de talento y de fascinación. Su momento estelar fue haber dado la cara para salvar a sus amigos a costa de jugarse el pellejo. La mitología entre la literatura y el cine hizo síntesis con este cineasta en Vidas rebeldes.

En la biografía de un escritor hay un momento en que la fascinación por la literatura se une e incluso se rinde a la mitología del cine. A los 16 años un día me escapé de casa en tren a Valencia. Fue una huida corta, un vuelo gallináceo que duró 24 horas con una sola noche. Después de perderme por las calles nocturnas de la ciudad, de colarme en algunos garitos, de ir al circo americano en la plaza de toros me metí en el cine cuya fachada tenía los cartelones más grandes y en ellos a todo color aparecía un enano con monóculo de cordoncillo y unas bailarinas de cancán con los pololos encabritados en el aire. Era Moulin Rouge, de John Huston. Desde entonces este director se erigió en uno de los fantasmas de mi libertad. Lo llevo asociado a un sabor de fugitivo, de estar fuera de la autoridad moral del padre y al castigo que me esperaba al volver al hogar. Con el tiempo adoré también a Toulouse-Lautrec, interpretado por José Ferrer, como el pintor que sirvió de gozne a la pintura moderna, a quien Picasso le robó la inspiración. Son experiencias que solo se aprenden en pecado. Ninguna Isla del Tesoro me proporcionó tantos latidos convulsos en las sienes como aquella fuga que recaló de madrugada en la cama de una pensión maloliente de la calle Pelayo, junto a la estación, donde dormí en la misma habitación con un borracho que era un viajero de paso.

La terraza de casa en el pueblo daba a un jardín de balneario donde se había instalado el cine de verano. En aquellas noches calmas de los años cincuenta bajo las estrellas la sonoridad era perfecta, todas las pasiones, los tiros, los gritos, los susurros de amor de los personajes me llegaban muy nítidos, pero subido a un pequeño pilón desde la terraza solo se podía ver poco más de media pantalla. Todas las películas prohibidas por la censura para los menores de edad las vi agazapado, una mitad con imágenes y otra mitad con la imaginación. Cuando Glenn Ford le arrea la bofetada a Gilda me quedé sin ver la mano, solo pude intuir su chasquido cuando ella vuelve el rostro y nada más. Otro filme que marcó uno de aquellos veranos en que tumbado en una hamaca leía Crimen y castigo fue Un lugar en el sol, también desde la terraza de casa. Montgomery Clift, en esmoquin, jugaba al billar a solas en un salón y Elizabeth Taylor rondando la mesa trataba de seducirlo. Ella se sumergía alternativamente en la mitad invisible de la pantalla y yo oía su voz insinuante que me obligaba a recrear su boca, sus ojos, su rostro pronunciando cada palabra y él pasaba a la oscuridad de la celda antes de ir a la silla eléctrica. A la luz del día leía a los rusos, a Camus, a Gide, pero ninguna fantasmagoría literaria me proporcionaba el morbo de saltar de la cama de noche cuando mis padres ya estaban dormidos y en pijama con pasos blandos esconderme en la terraza para ver partidas en dos todas las películas prohibidas, los gritos ensangrentados de Jennifer Jones en Duelo al sol, las metralletas de la noche de San Valentín, el huracán de Cayo Largo. Otra vez John Huston. Me fascina todavía la vida apasionante de este cineasta. Cuenta en sus memorias: “Tuve cinco esposas: muchos enredos, algunos más memorables que los matrimonios. Me casé con una colegiala, una dama, una actriz de cine, una bailarina y con un cocodrilo“. Se dedicó a la caza, a apostar en el hipódromo, a criar caballos de pura raza, a coleccionar pintura, a boxear, a escribir, a interpretar y dirigir más de setenta películas. De hecho en mi mitología, antes de comprarme una trinchera parecida a la de Albert Camus yo quería ser como John Huston hasta el punto de que recién llegado a Madrid, antes de recalar en el café Gijón fui a la Escuela de Cinematografía de la calle Montesquinza para inscribirme en el examen para director de cine. Me recibió un ser con babuchas a cuadros que se estaba comiendo un bocadillo de tortilla. Nunca sería John Huston si permanecía un minuto más en aquel lugar.

Llegó un momento en que no tenía claro si debía gustarme más leer El extranjero de Camus o Santuario de Faulkner que ver El Halcón Maltés, La Reina de África, El tesoro de Sierra Madre o El juez de la horca en el cineclub. Sabía que un director de cine conocía a sus personajes de carne y hueso, mandaba sobre ellos, los manipulaba, los soportaba o admiraba, sabía de sus pasiones dentro y fuera de la pantalla. El cine se había apoderado de los sueños de la sociedad. Cuando en una película Clark Gable se quita la camisa y aparece con el torso desnudo se hundieron las empresas que fabricaban camisetas interiores. Hubo de sacar a Marlon Brando con una camiseta ceñida y sudada para que pudiera recuperarse la bolsa textil. Eso nunca lo hará un libro, pensé.

Pero sobre todo estaba John Huston. La mitología entre la literatura y el cine hizo síntesis con este cineasta cuando dirigió Vidas rebeldes. Marilyn Monroe ya era una muñeca derruida. Venía de los brazos cada vez más cansados de Arthur Miller. Llegaba al rodaje atiborrada de pastillas, sin ducharse, con el pelo grasiento y todo daba a entender que estaba en el tramo final con vistas ya al abismo. Arthur Miller había escrito el guión de aquella película para salvar su amor. Fue inútil. Bajo la dirección de John Huston estaba también Montgomery Clift con el rostro partido por la cicatriz de un accidente de automóvil, neurótico, alcoholizado, a punto de reventar como los caballos salvajes que llenaban la pantalla. Pero el primero en morir, apenas terminado el rodaje, fue Clark Gable, al que se le reventó el corazón. Poco después el nembutal terminó con Marilyn mientras se balanceaba hasta el pie de la cama el cordón del teléfono de la última llamada sin respuesta, que dio origen a la leyenda del asesinato. Montgomery no tardó en acompañarles. John Huston les sobrevivió solo para poder dirigir ya en silla de ruedas y con un gotero en el antebrazo su obra maestra en homenaje a un genio de la literatura, su paisano irlandés James Joyce, su cuento ‘Los muertos‘, de la obra Dublineses. Aquella cena de Navidad. Aquella canción que removió los posos del sentimiento de Greta. Su recuerdo de su primer amor de aquel adolescente en Galway. Los celos de su marido Gabriel en la habitación del hotel Gresham. La nieve que caía sobre toda Irlanda. Sobre todos los vivos y los muertos. La vida de John Huston había sido esnob y salvaje, llena de talento y de fascinación. Su momento estelar fue el haberse plantado ante la comisión del senador y haber dado la cara para salvar a sus amigos a costa de jugarse el pellejo. Después de dirigir La Noche de la Iguana con Ava Gardner en Puerto Vallarta, en México, se quedó a vivir en medio de la selva entre boas y mosquitos en una cabaña solitaria adonde no se podía acceder sino en canoa. Prometo que en la otra vida, si me vuelvo a escapar y veo Moulin Rouge, ya no volveré a casa. Haré lo imposible por parecerme siquiera al dedo gordo del pie de John Huston aunque solo sea porque fue el primer contacto que produjo en mi imaginación entre los fantasmas que nacen de la psicosis del escritor y los personajes reales que se vuelven fantasmas en la pantalla.

Jonh Houston: escapar y no colver nunca a casa. Texto: Manuel Vicent. Babelia. El Pais.com. 30.04.2011.


29 Abril: Día Internacional de la Danza 2011.

Posted in Andanzas by Alguien on 29 abril 2011

  • El “Día Internacional de la Danza” fue establecido por el CID en 1982 con el fin de atraer la atención sobre el arte de la danza el 29 de Abril de cada año.
  • Ese día, compañías, escuelas de danza, instituciones y personas son invitadas a organizar actividades relacionadas con la danza y enfocadas hacia el publico que generalmente no frecuenta este tipo de espectáculos.
  • El Consejo Internacional de la Danza (Conseil International de la Danse – CID) es la organización oficial para todas las formas de danza en todos los países del mundo.
  • El CID es reconocido por la UNESCO, los gobiernos nacionales y locales, las organizaciones internacionales y las instituciones.
  • Entre sus miembros se encuentran las más destacadas federaciones, asociaciones, escuelas, compañías y personas en más de 150 países.
  • Fue fundada en 1973 en la sede de la UNESCO en París, en el que se basa.
  • La UNESCO es la organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

International Dance Council – CID – Conseil International de la Danse
UNESCO, 1 rue Miollis, FR-75732 Paris 15, France
www.cid-unesco.org

Mensaje oficial del Día de la Danza 2011. Anne Teresa De Keersmaeker.

“Creo que la danza es la celebración de lo que nos hace humanos. Cuando bailamos, usamos de una forma muy natural, los mecanismos de nuestro cuerpo y todos nuestros sentidos para expresar alegría, tristeza, aquello que nos toca el corazón. La gente baila para celebrar los momentos cruciales de sus vidas y nuestros cuerpos llevan el peso de la memoria de todas las experiencias humanas posibles.

style=”font-size: 9pt; color: #000000; font-family: Georgia;”>Podemos bailar en solitario y podemos bailar en grupo. Podemos compartir lo que nos une, lo que nos diferencia a unos de otros. Para mí, bailar es una forma de pensar. A través de la danza podemos encarnar las ideas más abstractas e incluso revelar lo que no podemos ver, lo que no podemos nombrar.

La danza es un vínculo entre personas, un puente entre el cielo y la tierra. Llevamos el mundo en nuestros cuerpos. A fin de cuentas, pienso que cada instante de danza forma parte de una función más vasta, de una coreografía que no tiene principio ni fin”.

Sitio Oficial │ITI WorldwideCID-UNESCO

En Algún Día | Día internacional de la Danza.

Danza Ballet.

Fina García Marruz. Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2011.

Posted in Noticias by Alguien on 28 abril 2011

La poeta cubana Fina García Marruz (La Habana, 1923) ha ganado el XX Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, que reconoce el conjunto de una obra de un autor vivo que por su valor literario constituye una aportación relevante al patrimonio cultural de Iberoamérica y España.

El Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, uno de los galardones más importantes y prestigiosos de este género, dotado con 42.100 euros y que convoca conjuntamente Patrimonio Nacional y la Universidad de Salamanca, sigue, al igual que el Premio Cervantes, una ley no escrita por la que un año se premia a un escritor de España y otro de Iberoamérica.

Fina García Marruz nació en La Habana el 28 de abril de 1923. Graduada en Ciencias Sociales, perteneció al grupo de poetas de la revista «Orígenes» (1944-1956) junto a su esposo Cintio Vitier. Desde 1962 trabajó como investigadora literaria en la Biblioteca Nacional José Martí y desde su fundación en 1977 hasta 1987 perteneció al Centro de Estudios Martianos, donde alcanzó la categoría de Investigador Literario, integrada en el equipo realizador de la edición crítica de las «Obras Completas» de José Martí.

Fina García publicó sus primeros poemas en los cuarenta con el grupo Orígenes. En 1961 obtuvo el doctorado en Ciencias Sociales dedicándose desde entonces a la investigación literaria, colaborando con distintos medios en el campo de la poesía, el ensayo y la crítica literaria.

Entre la obra poética de Fina García figura libros como Las miradas perdidas (1951), Visitaciones (1970), Poesías escogidas (1984), Viaje a Nicaragua con Cintio Vitier (1987), Créditos de Charlot (1990) con el que obtuvo el Premio Nacional de la Crítica en 1991, Los Rembrandt de l’Hermitage (1992), Viejas melodías (1993), Habana del centro (1997). En España sólo se han publicado dos antologías, una del Fondo de Cultura de México y otra, casi completa de su obra, publicada por Pretextos.

Discurso de Ana María Matute en la entrega del Premio Cervantes.

Posted in Andanzas by Alguien on 27 abril 2011

Desde muy niña, quizá desde que oyó por primera vez la “mágica frase” de “érase una vez…”, Ana María Matute supo que entregaría su vida a la Literatura, una pasión de la que ha hablado hoy en su discurso de agradecimiento del Premio Cervantes, en el que ha evocado su infancia y sus comienzos como escritora.

Ha sido un discurso intimista, sincero y emotivo, muy distinto al de otros galardonados, en parte porque, como ella ha confesado, no se le da bien este tipo de intervenciones y prefiere “escribir tres novelas seguidas y veinticinco cuentos, sin respiro, a tener que pronunciar un discurso”, y también porque el estilo de Matute es único y hoy no tenía que demostrar nada: ahí están su obra y su inmensa capacidad de fabulación.

Leer el discurso íntegro de Ana María Matute en la entrega del Premio Cervantes 2010 (PDF).

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 260 seguidores