Algún día en alguna parte

Se lee lo que se come.

Posted in Artículos by Alguien on 30 abril 2009

Se es lo que se come. Texto: Alberto Majoral.

 

Un escritor mexicano que murió en el temblor del 85 escribió un cuento sobre un tipo que se alimentaba de lo que leía. Ya no me acuerdo bien, lo leí cuando su autor aún estaba vivo. El personaje del cuento, por ejemplo, se podía desayunar con unos cuentos de Arreola, algo ligerito y nutritivo. Para comer se leería Paradiso de José Lezama Lima, o una comedia de Calderón, acompañada de unos sonetos metafísicos de Quevedo; y para beber, algo fresquito de Garcilaso. Unas chuletitas de poesía no le vienen mal a nadie; a mí me gustan mucho las de Wallace Stevens. Para merendar, yo le recomiendo algo sabroso pero que no pudra la dentadura, tal vez unos textos cortos de Alvaro Cunqueiro. Algunas editoriales venden tapas por cien o doscientas pesetas. Todo el mundo sabe que no se debe cenar en exceso, a mí me ocurre que luego no puedo dormir. Los gastrónomos más avezados insisten en preparar sus menús únicamente con productos de temporada. Es buena idea porque se suelen evitar las hormonas y sustancias post-genéticas que necesitan las cosechas para sobrevivir lejos de su época. Así, según la temporada, yo le sugeriría al personaje de aquel cuento la Sonata de primavera (Valle-Inclán), el Sueño de una noche de verano (Shakespeare), El otoño del patriarca (García-Márquez) o el Libro del Frío (Antonio Gamoneda).

De vez en cuando, uno es débil y llama a la pizzería para que le traigan un best-seller. Conozco a quien se levanta a medianoche, va al frigorífico y se lee un par de capítulos del Quijote a escondidas, teme que le tomen por glotón. Hay gente que se atraganta de pasteles y poemas de amor de Neruda, después llegan a su casa con el apetito diezmado. Resulta repugnante ver a un gordo por la calle tragándose una novela de John Grisham; se sabe perfectamente que la población norteamericana padece de obesidad porque leen grasas de crimen y misterio y glucosas de Danielle Steel en exceso.

Nosotros, la gente que comemos en español, en cambio, estamos algo desnutridos, y conozco a gente que está anémica de lo poco que lee. Pero podemos confeccionar un menú barato y nutritivo para ayudar a estas personas a recuperar su salud. El Ómnibus de poesía mexicana de Gabriel Zaid incluye las letras de canciones populares y de algunos corridos. No está mal para empezar. También se puede leer uno que otro poema del resto de la antología, pero sin excederse; tampoco me interesa dañarle el aparato digestivo a nadie. Los cuentos de Juan Rulfo contienen una sana cantidad de calorías y no caen pesados, son buenos para leer en verano. Cuando vamos de picnic siempre hay que llevar algo de Kafka, lo digo porque un poco de claustrofobia no viene mal cuando se pasan tantas horas al aire libre.

Comidas más sustanciosas pueden incluir algo de Julio Cortázar o de Borges, aunque debo avisar que la lectura sin medida de éste último puede causar estreñimiento. Si de verdad queremos recuperar la salud debemos leer a los novelistas del siglo diecinueve, excelentes para ayudarnos a afrontar los rigores del invierno. Yo, como la hormiga de la fábula, tengo bien abastecida mi biblioteca con libros de un alto nivel calórico: Dostievsky, Tolstoi, Dickens, Clarín y Pérez Galdós, además de la poesía completa de Robert Browning. No pienso pasar ni hambre ni frío.

No crean que soy tan trabajador ni previsor. También tengo algo de cigarra y leo cosas recién publicadas. Aquí no recomiendo nada porque depende del hedonismo y las glándulas salivares de cada quien.

El que se quiera poner a dieta debe leer únicamente cosas de Samuel Beckett, no cabe duda de que para adelgazar hay que sufrir, aunque tampoco se trata de morirse de inanición. Tengo un amigo que se puso en huelga de hambre y dejó de comprar libros. Los médicos lo conectaron a una botella de suero llena de aforismos de Nietzsche, lo que a mí me pareció de una violencia terapéutica excesiva. Con todo, tardó varios meses en recuperarse, pobrecito. A otro conocido mío le dio por leerse una novela entera de Mujica Laínez, creo que Bomarzo, ¡en una sola noche! Por suerte lo encontramos a tiempo, un par de párrafos más y se nos va; lo llevamos rápidamente al hospital, donde le practicaron un lavado de estómago y en pocas horas quedó como nuevo. Esto lo menciono a modo de aviso para que nadie piense que se me paga por promover el pecado la gula, me han dicho que hay otros más interesantes. Por ejemplo, no he dicho nada de Proust en todo el artículo, los interesados pueden encontrar sus obras en cualquier Boutique del Gourmet.

A mi me da envidia la gente que puede leer lo que le dé la gana, incluso en exceso, y no engorda. El otro día vi a una señora en el autobús que leía una novela de Rosa Montero; me parecieron sumamente desagradables los ruidos que hacía al masticar, la gente que lee esas cosas parece toda comer con la boca abierta. Otros padecen de bulimia, una enfermedad muy seria que requiere tratamiento psiquiátrico: leen mucho y luego te lo cuentan. Lo malo es que su memoria retiene poco, ya que no llegan a digerir lo leído. Algo parecido ocurre con los anoréxicos, personas que no pueden ni acercarse a un libro. Siempre piensan que les sobra cultura, o sea que están gordos. Pero vistos de perfil son casi invisibles. Mal asunto.

Otros padecen de gastritis, leen una página y la acidez de estómago los obliga a encender el televisor inmediatamente. Queda claro que la alta cocina no es para ellos. Los desdentados leen sólo papilla, comics y cosas por el estilo. Conocí a un tipo que le habían operado la quijada y no podía abrir la boca, tenía unos hierros que le mantenían la mandíbula inmóvil de manera que su madre le tenía que pasar todos los alimentos por la licuadora. Así se pasó seis semanas leyendo libros de autoayuda.

La última vez que estuve enfermo, no podía leer nada. No se trataba de nada grave, pero leía cuatro líneas y me mareaba. Así que Carmen, mi señora, me trajo unos libros en casette. Mientras convalecía, escuché toda la Ilíada, en voz de Derek Jacobi. Cuando se está enfermo hay que comer bien para poder volver a las andadas lo antes posible.

Ya ven ustedes que no soy un gran gourmet, ni siquiera un experto en nutrición, pero tengo una lista de lecturas bien equilibrada, una mezcla dieta mediterránea, que los expertos dicen es tan saludable, y de distintas cocinas europeas y americanas, sobretodo de la mexicana. Como buen mexicano está claro que seré aficionado al picante, pero esas lecturas las guardo debajo del colchón.

Por cierto, el personaje del cuento que mencioné al principio murió de indigestión después de leer Terra Nostra, de Carlos Fuentes. Espero que a ustedes no les haga falta un alka-seltzer después de leer este plagio.

Bon apetit.

Si Dios fuera Mujer. Mario Benedetti.

Posted in Poesía by Alguien on 30 abril 2009

 

Si Dios fuera Mujer

Mario Benedetti

 

¿Y si Dios fuera mujer?
pregunta Juan sin inmutarse,
vaya, vaya si Dios fuera mujer
es posible que agnósticos y ateos
no dijéramos no con la cabeza
y dijéramos sí con las entrañas.

 

Tal vez nos acercáramos a su divina desnudez
para besar sus pies no de bronce,
su pubis no de piedra,
sus pechos no de mármol,
sus labios no de yeso.

 

Si Dios fuera mujer la abrazaríamos
para arrancarla de su lontananza
y no habría que jurar
hasta que la muerte nos separe
ya que sería inmortal por antonomasia
y en vez de transmitirnos SIDA o pánico
nos contagiaría su inmortalidad.

 

Si Dios fuera mujer no se instalaría
lejana en el reino de los cielos,
sino que nos aguardaría en el zaguán del infierno,
con sus brazos no cerrados,
su rosa no de plástico
y su amor no de ángeles.

 

Ay Dios mío, Dios mío
si hasta siempre y desde siempre
fueras una mujer
qué lindo escándalo sería,
qué venturosa, espléndida, imposible,
prodigiosa blasfemia.

 

El comercio del libro entre España y América Latina.

Posted in Andanzas by Alguien on 29 abril 2009

Estudio de Elena Enríquez Fuentes para la Alianza Internacional de Editores Independientes.

 

 

“El presente trabajo demuestra que existe una notable asimetría en el intercambio comercial de libros entre España y America Latina. Esta afirmación se sustenta en el comparativo que involucra exportaciones e importaciones de España y América Latina durante 2006 y 2007. Para explicar algunas de las causas mas  evidentes de este desequilibrio, se presenta un panorama general de la situación de la industria editorial en los  países  latinoamericanos:  debilidades  mas  visibles, índices  de  lectura  y  el  poder  adquisitivo  de  su población. Cada uno de estos aspectos se contrasta con la situación en España, con el fin de aproximarnos a la comprensión de por qué el país ibérico domina el comercio internacional del libro en castellano. Al final  se presenta una serie de medidas de realización inmediata que buscan atenuar el desequilibrio y fomentar, con base en la libre circulación del libro, el intercambio comercial entre los países de America Latina”.

  

Descargar estudio completo. (PDF)

 

Fuente │Tramas & Texturas.

 

In Memoriam: Idea Vilariño.

Posted in Memorias, Poesía by Alguien on 29 abril 2009

Muere la poeta uruguaya Idea Vilariño (18 agosto 1920, Montevideo – 28 abril 2009).

 

 

Quiero morir

Idea Vilariño

 

Quiero morir. No quiero oír ya más campanas.
La noche se deshace, el silencio se agrieta.
Si ahora un coro sombrío en un bajo imposible,
si un órgano imposible descendiera hasta donde.

Quiero morir, y entonces me grita estás muriendo,
quiero cerrar los ojos porque estoy tan cansada.
Si no hay una mirada ni un don que me sostengan,
si se vuelven, si toman, qué espero de la noche.

Quiero morir ahora que se hielan las flores,
que en vano se fatigan las calladas estrellas,
que el reloj detenido no atormenta el silencio.

Quiero morir. No muero.

No me muero. Tal vez
tantos, tantos derrumbes, tantas muertes, tal vez,
tanto olvido, rechazos,
tantos dioses que huyeron con palabras queridas
no me dejan morir definitivamente.

 

29 Abril: Día Internacional de la Danza 2009.

Posted in Andanzas by Alguien on 29 abril 2009

El Día Internacional de la Danza fue instituido por el Comité Internacional de la Danza del Instituto Internacional de Teatro (ITI-UNESCO) en 1982. La fecha seleccionada, 29 de abril, fue sugerida por Piotr Gussev, en conmemoración del nacimiento de Jean Jacques Noverre, revolucionario coreógrafo francés (1727-1810).

La intención del Día Internacional de la Danza es reunir a todos los géneros dancísticos para celebrar esta manifestación artística y su universalidad, remontando todas las barreras y uniendo al mundo en aras de la paz y la amistad con un lenguaje común: la danza. La idea de conmemorar el Día Internacional de la danza fue acogida prácticamente en todo el mundo y cada año se da a conocer en esa fecha un mensaje especial firmado por alguna personalidad de renombre mundial en la danza. Este año el Día de la Danza 2009 se dedica a la danza integradora. A continuación transcribimos el mensaje oficial 2009 a cargo del bailarín y correógrafo Akram Khan.  

Mensaje oficial del Día de la Danza 2009. Akram Khan.

 

“Este día tan particular, el Día internacional de la danza, se dedica  al único lenguaje que cada uno de nosotros en este mundo puede hablar, el lenguaje inherente a nuestros cuerpos y nuestras almas, a nuestros ancestros y a nuestros hijos.

Este día está dedicado a cada dios, gurú  y  abuelo que siempre nos han enseñado e inspirado.

A cada canción, cada impulso y cada momento que nos han enseñado e inspirado.

Está dedicado  a cada niño que desearía poder moverse como una estrella. Y a la madre que dice, “Tú puedes hacerlo ya”.

Este día está dedicado a cada persona de no importa que creencia, color y cultura que transforme las tradiciones de su pasado en historias del presente y en sueños del futuro.

Este día está dedicado a la Danza, a su indefinida cantidad de dialectos y a su inmenso poder de expresión, de transformación, de unidad y júbilo”.

Sitio Oficial │ ITI Worldwide CID-UNESCO
2009 International Dance Day Message (doc) por Akram Khan │ PDF Formato

En Algún Día | Día internacional de la Danza.

 

Cajero automático de Libros.

Posted in Noticias by Alguien on 28 abril 2009

Con una base de datos de más de un millón de títulos de más de 6500 editores, La Espresso Book Machine es una fotocopiadora capaz de imprimir y encuadernar libros en menos de cinco minutos.

Se asegura que el invento revolucionará el mundo de la edición y distribución de libros ampliando los límites de los mismos.

La Espresso Book Machine es para su propietario, On Demand Books, esencialmente un cajero automático de libros que imprime y encuaderna de forma automática, sobre la demanda en el punto de venta. Un libro de 300 páginas se puede producir en cuatro minutos (en serie, en tres minutos). Según On Demand Books el software, protegido por derechos de autor, garantiza la seguridad de los títulos. En última instancia, la Espresso Book Machine permitirá distribuir prácticamente todos los libros publicados hasta la fecha, en cualquier idioma, en cualquier lugar de la tierra, de forma fácil y rápida.

Fuente │ Revista de Letras.

Más información │ El País.com

Sitio Oficial | OnDemandBooks

 

Correspondencia entre Hesse y Zweig.

Posted in Fragmentos, Libros by Alguien on 28 abril 2009

Treinta y cinco años duró la correspondencia entre Hermann Hesse y Stefan Zweig. Sus cartas, que ahora se publican en español (disponible a partir del 1 de mayo en editorial Acantilado), son piezas literarias de primera magnitud que permiten seguir la grandeza de ambos escritores.

Trastienda de dos autores. Texto: Stefan Zweig. ABCD.es. nº 900. 26.04.2009.

 

Basilea, enero de 1903

Muy estimado señor:

¡No se asuste usted porque, ahora, de repente, le aborde con un saludo y una petición!

Adjunto a esta carta encontrará usted mi librito Gedichte [Poemas], que contiene, entre otras cosas, una traducción de Verlaine. Si algo en este libro resultara de su agrado, le ruego encarecidamente que me regale en reciprocidad su libro sobre Verlaine (los poemas suyos ya los tengo). Me haría muy feliz poseer ese hermoso volumen con una línea de dedicatoria escrita de su puño y letra.

Me proporcionará usted una alegría enorme. Soy ridículamente pauvre y me veo obligado a ir mendigando mis contentos acá o acullá. En esa empresa, sin embargo, he encontrado siempre, por azar, muchos amigos queridos [...]. ¿Tendré la misma suerte con usted?

¿O no?

Le saluda afectuosamente, su devoto servidor,

Hermann Hesse.

Viena, 2 de febrero de 1903

Muy apreciado señor Hesse:

[...] su libro me ha deparado una gran alegría. Se lo agradezco de verdad, desde lo más hondo, y tengo que pedirle también que crea lo que voy a decirle: hace mucho tiempo que tenía la intención de dirigirme a usted [...] He creído siempre en aquella «Liga secreta de los melancólicos» de la que habla Jacobsen en su Maria Grubbe; sostengo también que los que sentimos, en lo íntimo de nuestro ser, cierta afinidad del alma, no debemos permanecer desconocidos los unos para los otros. Conocerle ahora personalmente a usted, a quien estimo mucho desde hace tiempo por algunos versos aislados leídos en revistas, me depara una alegría sincera.

¿Me permite decirle algo sobre su libro? [...] lo he tomado en mis manos y, guiándome por mi sensibilidad más clara y viva, se lo he llevado a algunos amigos para leerles pasajes en voz alta. Con toda sinceridad, me doy cuenta de que, junto a El libro de las imágenes de Rilke, a Der Spiegel [El espejo] de Wilhelm von Scholz y al Adagio stiller Abende [Adagio de atardeceres apacibles], obra de mi querido amigo Camill Hoffmann -libro que, además, siento extraordinariamente cercano-, éste es [para mí] el más querido poemario de este año. Con satisfacción puedo colocarlo junto a los otros libros que me han sido dedicados; y la compañía allí, por cierto, no es nada despreciable [...]. También me gustaría, en cuanto se preste la ocasión, hacer algo por su libro, y hacerlo en una gran publicación, donde sepa que mis palabras no se las llevará el viento.

Recibirá mi Verlaine en unos ocho días. Le pediré hoy mismo a mi editor algunos ejemplares nuevos; he tenido, por cierto, muchas satisfacciones con él, se vende magníficamente bien y espero que, para el otoño, vea la luz una segunda edición, con una tirada de tres mil ejemplares. Quiero, para entonces, añadir su magnífico poema, y le pido que eventualmente me haga llegar otras pruebas.

Y una cosa más: en vista de que ha sido usted, con su fuerza y su desenfado, quien ha roto el hielo, no quisiera que perdamos del todo el contacto. Me gustaría conocer más de usted [...]. No soy un autor de cartas muy fiable [...]. Sin embargo, siempre constituye para mí una dicha poder decirle a algún amigo al que aprecio cosas más íntimas y personales, esas que nos mueven y nos ocupan en lo más profundo; sólo que, en mi caso, esas cartas surgen de manera espontánea: no salen nunca con el próximo correo, sino que tardan a menudo tres semanas o más. Si se atreve usted, en tales circunstancias, a referirme muchas más cosas acerca de su persona, me sentiré satisfecho y hondamente agradecido, y creo que, en ese caso, podrá contar conmigo. Como poeta no me tengo en muy alta estima, y es ésa la razón por la que no dudo jamás en considerarme un ser totalmente superfluo para el mundo, a menos que me valore en mi virtud de ser «amigo de mis amigos». Y tengo la impresión de que podré contarle a usted entre ellos. [...]

Stefan Zweig.

Basilea, 5 de febrero de 1903

Muy estimado señor:

[...] Debido a mi naturaleza inconstante, me resulta imposible establecer acuerdos u obligaciones. Por otra parte, no siento ninguna inclinación hacia los intercambios epistolares de corte literario. A ello se añade que mis ojos, normalmente tan claros e incansables, se muestran muy débiles ante el papel (durante el último año pasé meses sin poder leer ni escribir). Pero, a fin de cuentas, ¡ni usted ni yo pretendemos contraer matrimonio! Aunque no suelo escribir cartas, siempre contará con mi gratitud por cualquier saludo amistoso o cualquier forma de acercamiento personal, y en algunas ocasiones también compartiré con usted, con sumo gusto, alguna pena o alegría. ¡Pero sin regularidad ni reglamentos! ¿Me entiende usted?

De mí hay poco que contar. Aparte de algunos amoríos, mi corazón jamás ha pertenecido a los hombres, sino únicamente a la naturaleza y a los libros. Adoro a los antiguos novelistas italianos y a los románticos alemanes, pero estimo aún más las ciudades de Italia y, mucho más que todo eso, amo las montañas, los ríos, los desfiladeros, el mar, el cielo, las nubes, las flores, los árboles y los animales. Andar, remar, nadar y pescar están para mí por encima de todo. Sólo que no practico nada de eso como deportista, sino como un soñador [...].

[...] Me gusta tratar con los niños, con los campesinos, con la gente de mar, etcétera, y siempre se me puede encontrar empinando el codo en las tabernas de marineros. Siento un horror enorme ante esos lugares a los que se entra con guantes blancos o palabras selectas y, desde hace dos años, me mantengo estrictamente alejado de toda «vida social». Durante la semana trabajo en una pequeña tienda de libros viejos; por las noches leo o juego al billar, y los domingos me pierdo en alguna que otra montaña o valle, siempre en solitario. [...]

Hasta ahora me he librado totalmente de cualquier éxito literario. [...] Para convertirme en folletinista soy en parte demasiado torpe, en parte demasiado orgulloso y, en parte también, demasiado perezoso. La creación, para mí, es siempre goce, nunca trabajo. No obstante, de vez en cuando tengo que hacer cosas de ese tipo para ganarme la vida.

No sé si con esto tiene usted una imagen de mí, ¡uno se conoce tan poco! Por lo demás, no estoy acostumbrado a hablar de mí mismo, y mucho menos a tenerme como tema de conversación. ¡De modo que dese usted por satisfecho! [...]

Hermann Hesse.

Viena, 2 de marzo de 1903

Estimado señor Hesse:

[...] Yo, aquí, también suelo apartarme de los caminos de la literatura. Creo [...] que en el extranjero se imaginan la literatura austriaca como una enorme mesa de café alrededor de la cual permanecemos sentados todos, día tras día. Ahora bien, yo, por ejemplo, no mantengo una relación estrecha ni con Schnitzler, ni con Bahr, ni con Hofmannsthal, ni con Altenberg; es más, a los tres primeros ni siquiera los conozco. Recorro mis caminos por el campo con algunos autores más silenciosos: Camill Hoffmann, Hans Müller, Franz Karl Ginzkey, un poeta franco-turco, el doctor Abdullah Djaddet Bey, y algunos pintores y músicos. Creo que, en el fondo, todos nosotros -y con «nosotros» me refiero a los que sentimos esta afinidad- vivimos de un modo parecido. Yo también he prodigado, y no poco, la vida, sólo me falta ese último desbordamiento: el de la embriaguez. [...]

¡Y para colmo tengo que practicar la ciencia! Ahora trabajo como un demente para acabar el año que viene, de una vez por todas, con lo del título de Doctor philosophiae, y así poder arrojarlo a mis espaldas como si se tratase de unos molestos harapos. Ésta es, tal vez, la única cosa que hago para complacer a mis padres, en contra de mi propio yo. Me siento totalmente aniquilado de tanto quemarme las cejas, algo que sólo interrumpo de vez en cuando para pasar alguna noche de locura, pero nunca para divertirme o liberarme; espero poder imponer en casa el consentimiento para ir en Pascua por diez días a Italia. He aprendido italiano y estoy ávido por ver los cuadros de Leonardo, que sé que me encantarán [...].

Suyo.

Stefan Zweig.

 

Cómo se fabrica un best seller.

Posted in Artículos by Alguien on 27 abril 2009

No hay reglas ni recetas mágicas para que un libro se convierta en éxito de ventas. Pero ‘bombazos’ literarios como los de Stieg Larsson o Stephenie Meyer revitalizan el fenómeno ‘best seller’. ¿Por qué?

Texto: Manuel Rodríguez Rivero. El Pais Semanal. 26.04.09

Qué tienen en común El extranjero, Los cipreses creen en Dios, Los hombres que no amaban a las mujeres, La Biblia, El club Dumas, Diez negritos, Juan Salvador Gaviota, Corazón tan blanco y las Citas del presidente Mao? Probablemente sólo su condición de best sellers. Todos ellos son libros que en un instante o a lo largo del tiempo, en un territorio o en varios, en sólo una lengua o traducidos a muchas, han conseguido una especial notoriedad –más allá de cualquier consideración literaria– por el hecho de haber sido adquiridos –y leídos, aunque las dos cosas no siempre coinciden– por un gran número de personas. ¿Cuántos ejemplares se necesitan para hacer un best seller? Depende: las cifras varían desde el millardo atribuido a todas las ediciones de la Biblia o del Libro rojo a los 10 millones de ejemplares vendidos del más popular de los misterios de Agatha Christie, o a los casi 2 millones de la séptima novela de Javier Marías. Aunque las cantidades de siete cifras no son imprescindibles: 20.000 o 30.000 ejemplares son suficientes para que una novela en euskera se convierta en superventas en el País Vasco, un número casi despreciable si tomamos como referencia la canónica y codiciada lista de best sellers de The New York Times, donde, quizá, ese hipotético libro, un día traducido al inglés, podría convertirse en un millonario éxito internacional.

El concepto de best seller (o “superventas”, como prefiere el DRAE) encierra una categoría perfectamente neutra que, sin embargo, ha acabado designando realidades muy heterogéneas. En sus orígenes se refería simplemente a lo que la expresión denota: los (libros) que se venden más. Luego vino la confusión: puesto que los títulos que se vendían mejor coincidían habitualmente con los de tirón más popular, y éstos no siempre se adecuaban a los estándares estéticos de la “alta” cultura, el adjetivo-sustantivo pasó a calificar también a aquellos libros que, precisamente por venderse bien, eran sospechosos de insuficiencias literarias.

Ahora ya sabemos que hay unos best sellers –desde El Quijote o el Werther hasta El guardián en el centeno o Cien años de soledad – que tuvieron su “momento” y supieron prolongarlo, reviviendo incluso tras “purgatorios” críticos y olvidos generacionales: son los long sellers, a los que la pátina del tiempo ha dotado de un estatuto más prestigioso. Y también sabemos que hay otros de éxito fulminante que no consiguen superar la prueba de su primer cuarto de siglo porque su popularidad no esconde más que complicidad con el inmediato y efímero Zeitgeist en que aparecieron. Son los fast sellers: meteoros que irrumpen con estrépito porque son de alguna manera esperados y se hacen cómplices de la sensibilidad o de ciertas ansiedades del instante. Claro que hay fast sellers que saben convertirse en long sellers: como el Cándido de Voltaire o el Tristram Shandy de Sterne (ambos de 1759) o la Lolita de Nabokov (1955).

Best Seller. Expresión inglesa (“mejor vendido”) con la que en la década de los años veinte de este siglo comenzó a denominarse al libro que, en determinado periodo de tiempo, había conseguido una mayor venta y difusión nacional o internacional. Los sociólogos que investigan el hecho de la difusión de la cultura destacan la complejidad y relatividad de libro concreto. Puede haber razones lingüísticas (una obra en inglés tiene más difusión, por contar con un mercado más amplio de hablantes y conocedores de ese idioma), económicas y culturales: alto nivel de vida y alfabetización del público al que se dirige.. Sin embargo, pueden contribuir especialmente a dicho éxito las condiciones del canal elegido para su transmisión y distribución. Así, con la llegada de la radio, el cine y la televisión, la propaganda, que antes se reducía a la prensa, amplia poderosamente sus medios de influencia en la masa, lo que ha motivado que obras como Tarzan, de E. R. Burroughs o Love Story, de E. Segal, hayan tenido una acogida inospechada. No obstante, puede haber razones no meramente propagandísticas, sino de raíz ideológica, ya sea religiosa, política o social, que explican el hecho de que, por ejemplo, la Biblia sea un best seller permanente, o que, en su tiempo, lo hayan sido El Manifiesto del Partido Comunista, de Marx-Engels, Mein Kampf, de Adolf Hitler, El libro rojo, de Mao. Por otra parte, los best seller han coincidido frecuentemente con obras representativas de la cultura popular o de masas, de escasa calidad estética, como ocurre con determinadas novelas policíacas del tipo de las de Agatha Christie, a las que se engloba bajo el rótulo de paraliteratura. No obstante, determinados libros de indudable valor artístico han logrado una inesperada acogida del público, como ha ocurrido con El nombre de la rosa, de U. Eco, o las Memorias de Adriano, de M. Yourcenar. De todas formas, una buena parte de los best seller contemporáneos ha llegado a serlo como consecuencia de una bien organizada promoción propagandística dirigida por las industrias editoriales que ha tenido en cuenta los gustos, exigencias de consumo y expectativas de un público de masas.”

Demetrio Estébanez Calderón, Diccionario de términos literarios

 

De manera que no hay reglas inamovibles: cualquier libro puede convertirse en best seller. Por razones elementales de mercado, los grandes superventas suelen ser novelas: en la lista avalada por la Federación de Gremios de Editores de España sólo 1 de los 25 libros más leídos en 2008 (El secreto, de Rhonda Byrne) responde a lo que los anglófonos designan como non fiction. Aunque no es infrecuente encontrar “ensayos” entre los más vendidos: La Reina muy de cerca, de Pilar Urbano; Por qué somos como somos, de Eduardo Punset, o Gomorra, de Roberto Saviano, son algunos de los que se han posicionado en los últimos meses en las listas españolas de superventas.

Un best seller es prácticamente impredecible. Los editores de los grandes grupos españoles rechazaron el primer Harry Potter porque les resultaba excesivamente british para nuestros niños, un tren del que se aprovecharon los independientes de Salamandra. No ha sido el único resbalón sufrido por los más grandes de la edición: ahí tienen El código Da Vinci (2003), del que se han vendido más de 60 millones de ejemplares en todo el mundo, y que en España publicó Umbriel.

Los best sellers más llamativos son los más inesperados. Soldados de Salamina, de Javier Cercas, se publicó en marzo de 2001 con una tirada en torno a los 5.000 ejemplares. Las primeras críticas fueron positivas, pero no tuvieron mucho que ver en el apabullante éxito de la novela, alentado por un frenético “boca a oreja” (la más imbatible herramienta promocional) que la convirtió rápidamente en un auténtico bombazo. La novela de Cercas –de la que se han vendido más de un millón de ejemplares– había logrado transgredir el espacio al que teóricamente parecía destinada. Se produce así ese (feliz) “malentendido” al que se han referido los escritores cuando pulverizan su umbral previsible de ventas. Algo que, dicho sea de paso, suele suceder cuando sus obras admiten una pluralidad de lecturas susceptible de interesar a públicos muy diversos y cuyos gustos se encuentran habitualmente segmentados.

La crítica influye poco en la creación de un best seller: quizá debido a que en nuestro tiempo participa de la misma crisis de auctoritas que ha afectado a los intelectuales y a las llamadas “grandes narraciones” ideológicas. Pero existen otras formas de auctoritas que pueden hacer mucho por la venta de un libro: la de los políticos, por ejemplo. El presidente Kennedy no ocultaba su debilidad por las novelas de James Bond, lo que contribuyó a su extraordinaria difusión en EE UU. Felipe González convirtió a las Memorias de Adriano (Marguerite Yourcenar, 1951) en un leve seísmo editorial; y las alabanzas de Joschka Fischer a La sombra del viento, de Ruiz Zafón, ayudaron a que se dispararan sus ventas en Alemania.

También influyen en el éxito de un libro la opinión de otros personajes mediáticos, con tal de que se hallen investidos de esa forma contemporánea de auctoritas que confiere el espectáculo. El gran ejemplo, pero no el único, es Oprah Winfrey, la gran comunicadora estadounidense. Marcel Reich-Ranicki, uno de los más influyentes y polémicos (y cascarrabias) críticos literarios alemanes de posguerra, consiguió, desde su programa televisivo, convertir la muy literaria Corazón tan blanco, de Javier Marías, en uno de esos “malentendidos” comerciales. La novela, publicada inicialmente con una tirada más bien corta, ha vendido en Alemania 1,3 millones de ejemplares: más de la mitad del total de ventas conseguidas en el resto de las 33 lenguas (incluida el castellano).

Desde que, a principios del siglo XX, se popularizaron en Estados Unidos las listas de best sellers no han faltado los intentos editoriales de fabricar éxitos instantáneos: libros de encargo basados en fórmulas estereotipadas o miméticas (como los innumerables clones surgidos al calor de El código Da Vinci) y muy pegados a las aspiraciones, angustias o curiosidades que se atribuyen a un determinado público en un momento dado. O, en sus modalidades más chabacanas y contemporáneas, que explotan el tirón mediático de ciertos famosos-por-ser-famosos que ponen en letra impresa las mismas inanidades y desparpajos que los han hecho populares en las pantallas de la tele. Convertidos de la noche a la mañana en “escritores” a cambio de un nada despreciable anticipo, sus libros (“de usar y tirar”) suelen ser auténticas burbujas que estallan sin dejar más huella que la de su propia futilidad.

En otros casos –que revisten mayor interés literario y logran mejores resultados comerciales– son los propios escritores quienes se plantean escribir un best seller, algo nada fácil, en todo caso, y cuyo éxito no está garantizado. Umberto Eco, autor de uno de los más duraderos superventas de finales del siglo XX (El nombre de la rosa, 1980), se ha referido en alguna ocasión a la enorme atracción que sobre él ejercía la idea de participar en un juego del que se conocen bien las reglas y las piezas, pero cuyo resultado es siempre incierto. Frederick Forsyth (Chacal, Odessa) y el tándem formado por Dominique Lapierre y Larry Collins (¿Arde París?, Oh, Jerusalén), autores que planificaban e investigaban cuidadosamente argumentos y tramas de interés popular, utilizando la siempre rentable mixtura de realidad histórica y ficción, modificaron sustancialmente el concepto de best seller durante los años sesenta y setenta. Luego vinieron los grandes nombres del fin de siglo, rápidamente convertidos en la más preciosa posesión y objeto de deseo de las megacorporaciones de la edición, e inquilinos permanentes de esa rentabilísima finca que es la lista de superventas: Ken Follet, Stephen King, Danielle Steel, Tom Clancy, Anne Rice, John Grisham, Mary Higgins Clark, Michael Crichton, Patricia Cornwell. Su fama y prestigio mediático han contribuido a que la lista de superventas haya terminado por convertirse para los públicos más amplios y mediatizados (y, lo que es peor, para muchos editores) en la mejor visualización no ya del éxito mercantil, sino del valor literario: tanto vendes, tan bueno eres.

Un ‘best seller’ de masas –una categoría en la que podrían incluirse algunos de los grandes éxitos de los últimos años, desde la serie de Harry Potter o El código Da Vinci hasta la saga Crepúsculo, de Stephenie Meyer– es un fenómeno sociológico. La publicación de cada libro, más allá de sus contenidos, se convierte en un acontecimiento por sí mismo. Sólo así se explica, por ejemplo, el gran show global que se organizó el 16 de julio de 2005 cuando, tras el riguroso y astuto embargo al que había sido sometido, se puso a la venta Harry Potter y el misterio del príncipe, sexta entrega de la saga. En sólo 24 horas se vendieron un millón de ejemplares en el Reino Unido y un total de nueve millones en todo el mundo. ¿Fue sólo curiosidad por saber qué le iba a pasar al joven mago?

El best seller cambia al ritmo vertiginoso de las nuevas sensibilidades e intereses. Habrá best sellers mientras haya lectores. Y sobrevivirán incluso al libro: ese artefacto que el DRAE caracteriza en su primera acepción como “conjunto de muchas hojas de papel que, encuadernadas, forman un volumen”. Una definición que tiene muy poco que ver, por ejemplo, con la realidad más virtual de las keitai shosetsu, esas novelas de tramas sencillísimas escritas para ser descargadas y leídas en los teléfonos móviles y que han conseguido conectar con la sensibilidad de un amplísimo sector de los adolescentes japoneses. Quizá, más pronto que tarde, las listas de los más vendidos sea sustituida por la de los “más descargados”. En todo caso, los resultados (y no sólo los comerciales) serán muy parecidos. 

Hedonismo.

Posted in Fragmentos, Pareceres by Alguien on 26 abril 2009

Se cree que el hedonista es aquel que hace el elogio de la propiedad, de la riqueza, del tener, que es un consumidor. Ese es un hedonismo vulgar que propicia la sociedad. Yo propongo un hedonismo filosófico que es gran medida lo contrario, del ser en vez del tener, que no pasa por el dinero, pero sí por la modificación del comportamiento. Lograr una presencia real en el mundo, y disfrutar jubilosamente de la existencia: oler mejor, gustar, escuchar mejor, no estar enojado con el cuerpo y considerar las pasiones y pulsiones como amigos y no como adversariosMichel Onfray.

 

 

El estilo de vida hedonista

Walter Riso

 

No creo que hayamos venido al planeta para sufrir ni para exaltar el dolor como una forma de expiación. Pienso que podríamos pasarlo psicológicamente mejor, si seguimos algunos preceptos para darnos gusto sin sentir culpa. Es cuestión de tener una actitud abierta a las posibilidades que la vida nos brinda, tomarlas y hacerlas nuestras, expropiarlas.

 

Para comenzar a modificar ciertos hábitos insanos promotores de sufrimiento y estrés, hay que desarrollar comportamientos orientados a crear y potenciar nuevos reforzadores, romper la autoperpetuación y crear un ambiente motivacional menos negativo; salir del nicho y darse gusto. Vemos cuatro opciones.

 

1. Sacar tiempo para el disfrute. Los momentos de descanso, la recreación y las vacaciones no son un “desperdicio de tiempo”, sino una inversión para la salud mental. No posterguemos tanto la satisfacción esperando el día: la autoestima es para todos los días. No hagamos de la responsabilidad una obligación extenuante y dogmática; es mejor echarle una pizca de diversión.

 

2. Decidir darse gusto. La búsqueda del placer es una condición del ser humano. Forma parte de nosotros como algo natural. No es algo malo y sucio, primitivo y sórdido. Ser hedonista no es promulgar la vagancia, la irresponsabilidad o los vicios que afecten la salud. Es vivir intensamente y ejercer el derecho a sentirnos bien, vibrar con las cosas que nos gustan y exaltar un poco más la sensibilidad. A veces, irracionalmente, pensamos que no merecemos la alegría y que la actitud ascética es necesaria para crecer como ser humano, y nada hay más falso. Intentar estar bien es una responsabilidad vital ineludible.

 

3. Explorar, buscar, indagar. Si la fe mueve montañas, la curiosidad mueve al universo. No hay bienestar psicológico sin curiosidad, por eso, cuando le quitamos alas a la capacidad de fisgonear, de indagar y escudriñar el ambiente externo e interno, perdemos el motor. El hedonista responsable es un incansable investigador de lo increíble… de lo prodigioso… (que no necesariamente debe ser un récord Guinnes); tiene muy claro que lo inaudito puede estar en la gente más sencilla y en las cosas aparentemente más simples. Los aspectos placenteros de la realidad están a la espera para que los aprovechemos, no hagamos como las personas encapsuladas que se asfixian a sí mismas.

 

4. No racionalizar tanto las emociones agradables. No me refiero a subestimar la importancia del pensamiento, de hecho, la manera de pensar tiene influencia sobre el tono afectivo. El problema ocurre cuando sobrestimamos la razón. Si intentamos racionalizar más de la cuenta los sentimientos, obstaculizamos su fluidez, los inhibimos, les quitamos su valor funcional. En nuestra cultura, el culto al análisis es tanto que no somos capaces de oír, mirar o tocar, “sin pensar”. Hay una tendencia clara a “ubicar” la emoción en categorías conceptuales, juicios de valor y opiniones. Cuando estemos bien y contentos, no nos enfrasquemos tanto en los por qué. Si no es dañino para uno ni para los demás, simplemente aceptemos el disfrute con agradecimiento.

 

El estilo de vida hedonista inteligente, donde el placer sano se incluye como un aspecto vital de lo cotidiano, crea inmunidad psicológica. Las defensas se incrementan, las endorfinas se activan, la piel mejora, el pelo brilla más, la gastritis molesta menos, el humor se convierte en “buen humor”, el sexo se exacerba más y la mirada se hace más vasta y profunda.

 

Cada día por la mañana, cuando abramos los ojos y veamos la inmensidad del día que nos espera, no nos quedemos con el sombrío pronóstico de la amargura anticipada. Es mejor hacer un pacto con el lado derecho del corazón, estimular un poco la taquicardia, y decir: Hoy voy a tratar de aprovechar cada minuto agradable, lo voy a degustar con la avidez de quien devora el último sorbo de alegría, hoy me voy a recostar descaradamente en las cosas buenas y no en las malas. Eso es hedonismo.

 

Una tierra para dos pueblos.

Posted in Artículos, Fragmentos by Alguien on 26 abril 2009

 

Italo Svevo y La conciencia de Zeno – Annunziata Rossi.

 

Una comisión angloamericana conformada por expertos en el tema acordaron con Buber, Magnes (presidente de la Universidad Hebrea de Jerusalén) el Prof. Smilanski (miembros del movimiento Ijud) en la no partición de Palestina. El gobierno británico desoyó dicho dictamen favorable al movimiento de Buber. Rápidamente se convocó a un congreso del movimiento Ijud en el que Magnes dijo que antes de constituir el Estado binacional recomendado por la Comisión es necesario crear instituciones y formas de administración, que produzcan las condiciones para la fundación del Estado binacional por medio del cultivo del sentimiento de cooperación entre judíos y árabes. Buber habló tras él y sostuvo -en el texto que sigue- el significado político de una empresa que surge de tal necesidad. (Extractos de la introducción de PMF adaptados por SR) Tomado de Una tierra para dos pueblos, UNAM/ Editorial Sígueme, 2009.

Israel-Palestina: una tierra para dos pueblos. (Fragmento).  Martin Buber.

“A menudo se dice que el problema judeo-árabe de esta tierra es un dilema, un conflicto trágico que no tiene verdadera solución, que no hay forma de llegar a una situación que no sea ambigua. Incluso era posible escuchar en las palabras de algunos de los miembros de la Comisión de investigación ese mismo temor. Este error fatal radica en que las exigencias de la vida se fueron ocultando a la vista de los interesados por las demandas de la política.

Entre todos los grupos del mundo que conviven, grupos nacionales, religiosos, económicos, sociales, hay conflictos de intereses [que son] reales en cierta medida. Mientras estos conflictos son tratados en la esfera de la vida, se encuentran soluciones concretas. Estas soluciones pueden tomar la forma de un acuerdo negativo para con ambas partes al limitar sus demandas; pero también puede adoptar una forma positiva, sintética, creativa, por medio de la creación de nuevas condiciones de vida que posibiliten y requieran cooperación. Esto cambia si los conflictos pasan del terreno de la vida al de la política, y difiere en la medida en que la política se impone sobre la vida. Porque entonces se transforma en lo que yo llamo excedente del conflicto político. Desde esta perspectiva, la política que quiere retener su dominio sobre la vida, tiene interés en tratar los intereses de los diversos grupos como si fuesen irreconciliables. Y como de hecho no es así, ella provoca que así sea. Lo logra al agudizar el conflicto de intereses real hasta volverlo irreal, pertrechándolo con toda la terrible fuerza de ilusión política. La política de un grupo produce entre sus miembros una sensación de que el conflicto tiene dimensiones que superan en mucho a las del conflicto real e incluso le atribuye un carácter supuestamente absoluto. La brecha entre el conflicto real y el conflicto aparente políticamente inducido es lo que llamé excedente del conflicto político. Este excedente sólo influye de manera real vital sobre la parte políticamente activa del grupo, sin embargo, a través de la propaganda por diferentes medios vuelve a esta parte absolutamente hegemónica sobre las otras; en otras palabras: se logra el dominio de la política sobre la vida.

La presente situación judeo-árabe, que aparentemente no tiene salida, surgió a partir de un proceso de este tipo en ambos lados. Hace ocho años, cuando inmigré, un gran comerciante árabe durante una conversación, caracterizó la situación con una formulación algo ingenua pero básicamente correcta. “Ambos” dijo “tus amigos y los míos, hubiésemos podido llegar a un acuerdo, porque queremos desarrollar esta tierra. Podríamos haberlo logrado más exitosamente juntos que trabajando de manera separada. Podríamos haber acordado la unión de las fuerzas a fin de desarrollar este país. Pero entre nosotros y entre ustedes hay gente interesada en evitar este acuerdo. Éstos son los políticos. Y quién sabe si no nos llevan a una situación tal que ya no podamos hablar entre nosotros como lo estamos haciendo ahora”. Y ciertamente a eso nos llevaron rápidamente.

¿Qué debemos hacer nosotros, que conocemos la situación y deseamos cambiarla? ¿No debemos renunciar al trabajo político siendo que la naturaleza de la actividad política es insidiosa? Esto significa abandonar completamente la vida en manos de la política. No, debemos lanzar una política de despolitización. Debemos hacer un trabajo político, para dar lugar a la cura de la actual relación enfermiza entre la vida y la política. Debemos luchar contra la hipertrofia de la política, esto es luchar desde adentro, mientras nos encontramos dentro del dominio de la política. Nuestro objetivo es eliminar el excedente político del conflicto -el conflicto imaginario- para tener presentes los intereses reales y dar a conocer los verdaderos límites de los conflictos de intereses. No obstante, nosotros sabemos que no vamos a cumplir esto sólo en aras del esclarecimiento de la verdad; ella sola no tiene la fuerza capaz de anular la campaña de propaganda política ni de romper la fuerza sugestiva de la ilusión. No hay esperanza si no es por el establecimiento de instituciones, que concedan la supremacía de las demandas de la vida por sobre las de la política, dando así una gran base concreta para la aclaración de la verdad. El Dr. Magnes aludió a estas instituciones. Por este camino será posible llegar a un acuerdo positivo, sintético, creativo. (…) “

El color prohibido. Yukio Mishima.

Posted in Libros by Alguien on 25 abril 2009

Título: El color prohibido.

Autor: Yukio Mishima.

Traductor: Jordi Fibla Feito y Keiko Takahashi

Colección: Alianza Literaria (AL).

15,50 x 23,00 cm.

560 páginas

Cartonado

I.S.B.N.: 978-84-206-4901-6

Código: 3472230

21,90 (IVA incluido)

Marzo 2009.

Primer capítulo de “El color prohibido”, de Yukio Mishima. (PDF – 71,05Kb)

Con una estética de calendario de bomberos para gays sensibles —los estudios de mercadotecnia de la editorial sabrán por qué han optado por esa portada— Alianza traduce al español por primera vez la obra más explícitamente homosexual de Mishima. Más allá del escaso morbo que a los lectores habituales de Mishima esto pueda generarles, los devotos de su obra habrán de hacer un considerable esfuerzo por no dejar este libro en el montón de los medio empezados. Así de terribles son sus primeras 30 páginas. Ya lo anuncia la nota de los traductores: es inmadura, irregular, y necesita ser podada, como al parecer el propio Mishima reconoció. Ellos optan por no hacerlo (a diferencia de lo que hiciera Alfred H. Marks en su tradución al inglés) y hacen bien. Porque este libro, como cualquier otro escrito por Mishima, merece una oportunidad, a pesar de su inicio pedante y aparentemente previsible, y de los soliloquios intelectualoides del personaje de Shunsuké, motor de la trama. Sáltenselos sin pudor, poden a su gusto. Porque, aunque no nos encontramos ante el mejor Mishima, sí nos encontramos ante un Mishima en estado puro representado en sus dos personajes masculinos principales. Shunsuké, el escritor viejo y depravado, es el Mishima feo y enfermizo de su adolescencia, misógino y extremo, culto hasta la extenuación. Yuichi, el bello efebo de cejas perfectas, es el cuerpo que Mishima deseo para sí mismo, que se construyó a base de gimnasio y kendo, y que exhibió, primero, literariamente en su relato Yukoku (Patriotismo) y, luego, en el corto que realizó de éste con él mismo como protagonista. Así que, saltándose las innecesarias y típicamente griegas reflexiones sobre la ausencia de alma de las mujeres, cuyo castigo parece el nudo de la obra, o aquéllas sobre lo bello y lo perverso, entramos en la verdadera novela dentro de la novela: el narciso insensible objeto universal de deseo del ambiente gay (él lo llama “gremio”) del Tokio de la posguerra y la maldad que encierra la fealdad. Ahí encontramos, al fin, a Mishima.

Véase también │Más allá de Murakami. Paloma Llaneza. Babelia. El Pais.com. 25.04.09.

Ernest Hemingway: tener o no tener la foto.

Posted in Personajes by Alguien on 25 abril 2009

Vivió oportunamente grandes momentos de la historia del siglo XX y terminó en punta su sentido de la existencia. El viejo y el mar fue su obra maestra. Al leerla, Faulkner dijo que, de pronto, el escritor había encontrado a Dios.

Tenía el don de estar en el sitio exacto en el momento oportuno, siempre que hubiera cerca un fotógrafo, hasta el punto de que parece que la Primera Guerra Mundial se hizo sólo para que Hemingway fuera conductor de ambulancia en el frente de Italia, cayera herido por una granada de mortero y en el hospital de Milán se enamorara de la enfermera Agnes H. von Kurowski que le serviría luego de modelo para la protagonista de Adiós a las armas. París de los años veinte tampoco sería una fiesta si uno no imaginara al joven periodista Hemingway viviendo encima de una serrería o escribiendo en un cafetín de la Place Saint Michel o sentado en la terraza de la Closerie des Lilas en compañía de Scott Fitzgerald o en casa de Gertrude Stein con Ezra Pound, o en la librería Shakespeare & Company, en Odeón, 12, cruzándose con James Joyce en la puerta que también acudía a pedir libros prestados a Sylvia Beach o en el Harry’s bar donde dejó colgados sobre la barra sus guantes de boxeo. Ya entonces presumía de gran macho de la tribu, pero cuenta Zelda Fitzgerald que un día su marido volvió a casa con Hemingway después de una borrachera y se desmayó. En sueños dijo: “Ya basta, mi pequeño”. Y Zelda lo interpretó como prueba de que Scott y Hemingway mantenían una relación homosexual.

Los sanfermines dejaron de ser una brutalidad racial desconocida cuando este escritor, enamorado de la violencia castiza, bajó por primera vez, en 1925, a Pamplona desde París con su mujer Hadley y unos amigos norteamericanos a correr los encierros y a exponerse como un icono en el café Iruña con un pañuelo rojo en el cuello antes de escribir esa novela mediocre titulada Fiesta, que lo llevaría a la fama. A partir de aquel año sucesivamente la figura de Hemingway iría asociada a las corridas de toros y a los veranos sangrientos en España y su literatura se llenaría de los tópicos que se tragaba en el callejón y en el patio de caballos servidos por pícaros y flamencos.

En otro momento oportuno de la Historia, en 1937, aparecerá Hemingway en el hotel Florida de la plaza del Callao durante el asedio de Madrid en la Guerra Civil, alternando el bar de Chicote con el frente del Jarama, lo justo para saciarse de violencia y escribir Por quién doblan las campanas, otra novela mediocre. Años después describirá el desembarco de Normandía desde el hotel Savoy de Londres con una botella de whisky a los pies, aunque su genio para la crónica te hará creer que va a bordo de una tanqueta acuática bajo una tupida lluvia de hierro alemán en la playa de Omaha. Una vez saciado de heroísmo literario, en compañía del fotógrafo Robert Capa llegó a París a remolque de los carros de Leclerq y durante el camino, al ser atacados por una escuadrilla de aviones enemigos, Hemingway saltó del convoy, se echó cuerpo a tierra en la cuneta con las manos en la cabeza y con el trasero muy subido. Capa le hizo una fotografía en esta postura poco airosa, que fue motivo suficiente para que le retirara la palabra hasta el final de sus días. Tenía una consigna: a este mundo se ha venido a todo menos a parecer un cobarde y hacer el ridículo. Llegado a París, ya liberado, depositó una caja de bombas de piña en la puerta del estudio de Picasso en la Rue des Grands Augustins y a continuación se fue a hotel Ritz a beberse el champán que habían dejado los nazis en la nevera.

Durante uno de sus regresos de Europa había hecho escala por primera vez en La Habana en 1928. En los años treinta, durante la Ley Seca, Hemingway bajaba regularmente a la isla a beber y a pescar. Se instalaba en el hotel Ambos Mundos cerca del puerto y cada mañana recorría la bulliciosa calle Obispo llena de negritos de tripa hinchada, aventureros y traficantes, entre andares espesos de mulatas, gritos de buhoneros y el olor meloso que exhumaban las guaraperías, hasta desembarcar su cuerpo en el Floridita donde tomaba un daiquiri doble sin azúcar, puesto que ya tenía demasiado azúcar en la sangre. Esa botillería con el tiempo se convirtió también en otro lugar de peregrinación donde hoy se rinde a Hemingway un culto desmesurado. En aquel tiempo el escritor alternaba cacerías en Kenia y Tanzania con sucesivos matrimonios, Pauline Pfeiffer, Martha Gellhorn. Mary Welsh, de los que le fueron naciendo hijos y trofeos de leones, impalas y guepardos muertos. En diciembre de 1940 compró la Finca Vigía en el poblado de San Francisco de Paula, cerca de La Habana. En 1954 se le concedió el Premio Nobel y vivió una historia romántica crepuscular con la joven condesa veneciana Adriana Ivancich. En 1960 se fotografió con el joven barbudo Fidel Castro, otra de sus grandes piezas de caza, para colocarse en lo que parecía en ese momento el lado bueno de la historia y un año después, viéndose muy enfermo, el 2 de julio de 1961, se pegó un escopetazo en el paladar y terminó en punta su sentido de la existencia. Si uno no puede vivir como quiere, mejor largarse por el escotillón.

Un día en La Habana, a un moreno jabao, llamado Mayedo, marinero que faenaba la cherna con palangre en la corriente del Golfo, le pregunté si Hemingway sabía de qué hablaba cuando escribió El viejo y el mar. Me dijo que sí, que ese libro era verdadero. Según su criterio, las cacerías de Hemingway en África tenían el aire de los safaris que proporcionan las agencias de viajes, pero, al parecer, los pescadores de Cojímar le enseñaron a no mentir y la leyenda que corría en ese pueblo acerca de un viejo que peleó inútilmente en medio de la soledad del mar en su pequeño bote con un gran pez le inspiró esta obra maestra de la literatura contemporánea.

Lo más profundo de este relato parte de una licencia literaria. Un pez aguja, tan pronto se siente trincado por las agallas, sale a la superficie a ver qué ha sucedido allí arriba y en seguida presenta pelea. Hemingway decide que el pez permanezca un día entero, incluyendo la noche, en el abismo sin manifestar su presencia a flor de agua para que el viejo pescador, unido a él con el sedal, pueda imaginarlo y hacerlo introspectivo mediante una lucha tenaz hasta incorporarlo a su espíritu.

Cuando escribió este relato Hemingway pasaba por un mal momento. La crítica había vilipendiado hasta la crueldad el romanticismo hueco de su última novela Al otro lado del río y entre los árboles. Sus personajes se habían movido en el vacío y carecían de pasado, opinaba Faulkner, pero este borracho del Sur, al leer el cuento de ese pescador, dijo que, de pronto, Hemingway había encontrado a Dios. “Ahí está el gran pez: Dios hizo el gran pez que tiene que ser capturado; Dios hizo al viejo que tiene que capturar al gran pez; Dios hizo a los tiburones que tienen que comerse al pez, y Dios los ama a todos ellos”. Pero no se sabe si Hemingway los amaba de verdad puesto que en alguna ocasión pescó tiburones con un rifle automático sin distinguir peces de leones, repartiendo a ambos el mismo plomo a mansalva.

Aunque el malvado Borges dijo que Hemingway se suicidó el día en que, por fin, se dio cuenta de que era un mal escritor, la tensión con que cada palabra tira de la acción en cualquiera de sus crónicas, cuentos cortos e historias es suficiente para quedar redimido de su obscena pasión por ocupar el centro de la fotografía allí por donde su cuerpo pasaba. Buscó siempre que sus frases fueran sencillas y verdaderas, como fue también de verdad el escopetazo que se pegó en la boca para guardar el silencio auténtico, que lo haría inmortal.

Texto: Manuel Vicent. Babelia. El Pais.com. 25.04.09.

Los Libros invisibles.

Posted in Artículos by Alguien on 24 abril 2009

Texto: Constantino Bértolo, crítico y editor. Dominio Público.es. 22.04.09.

Tranquiliza saber que el libro perfecto es el libro que no existe. Lo saben los críticos que con uñas y dientes pregonan cada semana el arribo de cien nuevas obras maestras. Lo sabe el autor que se disculpa afirmando que su mejor libro será el siguiente. Lo saben los lectores que cierran uno y como Tántalos acercan su sed hacia aquel que a bombo y entrevista anuncia su llegada. Lo saben las 11.000 agentes literarias y los tres agentes literarios que con cariños de celador o madrastra animan a su cuadra a galopar en busca de ganador o colocado. Lo saben los distribuidores (en teoría, si el editor es la cabeza, ellos son los pies y en estos tiempos, para gloria del comercio cultural, las editoriales piensan con los pies) que calibran el producto con ojos de alpinista de montaña: un 5.000 (ejemplares), un 8.000, un 50.000, ¡un 100.000!, y echan cuentas y sueñan con que la cumbre más alta inflame sus ganancias.

Lo sabemos todos porque, aunque todos vamos de platónicos por la vida, buscando cobijo a la sombra de la belleza prometida, luego resulta que hay lo que hay, y lo perfecto, nos decimos aristotélicos, es enemigo de lo bueno y sabemos también (Lara dixit), que ni los libros ni los niños ni los premios literarios vienen de París. Así que salga usted y escoja. Que mañana los libros volarán en busca del lector perdido y hallado en el templo. Día del Libro. Que un libro al año no hace daño.

España es un mercado editorial con más de 80.000 títulos anuales (según las últimas estadísticas). 80.000 títulos que se escriben, editan, se revuelven e incorporan, circulan, se venden, se regalan o se leen. O se mueren, porque muchos son los llamados y pocos los escogidos, y la tendencia de los últimos años refuerza esa dirección: crecen los títulos publicados y mengua la tirada media; es decir, cada vez hay más títulos pero se venden menos títulos. Y lo que parece una contradicción, no lo es: la venta se concentra en algunos pocos de entre todos los publicados, mientras que el resto son claros candidatos al saldo o a la guillotina.

Desde fuera, los profanos no acaban de entender que España, siendo uno de los países europeos donde relativamente se lee menos, sea sin embargo uno de los que más títulos edita. La cosa tiene sus explicaciones. El mercado editorial, como desterrado en desierta playa, lanza cada vez más botellas al océano con la esperanza de que la cantidad amplíe las posibilidades de victoria. Un título que venda 10.000 es salud para una editorial de tamaño discreto; un éxito de 20.000 deja respirar a las medianas y uno de 50.000 es agua de mayo incluso para las grandes. Ya se sabe: a mayor precariedad, mayor gasto en loterías; a menor renta, mayor índice de natalidad.

“Este lugar [El cementerio de los libros olvidados] es un misterio, Daniel, es un santuario. Cada libro, cada uno que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. Hace ya muchos años, cuando mi padre me trajo por primera vez aquí, este lugar ya era viejo. Quizá tan viejo como la misma ciudad. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo existe, o quiénes lo crearon. Te diré lo que mi padre me dijo a mí. Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes, nos aseguramos de que llegue aquí. En este lugar, los libros que ya nadie recuerda, los libros que se han perdido en el tiempo viven para siempre, esperando llegar algún día a las manos de un nuevo lector, de un nuevo espíritu. En la tienda nosotros los vendemos y los compramos, pero en realidad los libros no tienen dueño. Cada libro que ves aquí ha sido el mejor amigo de alguien. Ahora sólo nos tienen a nosotros, Daniel.” (Carlos Ruiz Zafón. La sombra del viento).

Alguien dijo que un libro es una isla en espera de un náufrago o un náufrago que espera la llegada de una isla. Sea como sea, los libros serán mañana un archipiélago de papel en medio de la urbe. Y se oirá el canto de las sirenas; es decir, los mil y un reclamos y altavoces de los medios de producción de necesidades: publicidad directa o indirecta, suplementos especiales, noches de libros, firmas de autores y autoras, coloquios, informativos, entrevistas, rosas, performances, lecturas, concursos, obsequios, saltimbanquis de la crítica y tesis doctorales. El reino del marketing. Y al final, lo de siempre: todos atentos para ver si la crisis deja o no su huella sobre el monto económico y el morbo de chequear quiénes han sido los autores más vendidos. Los más vendidos.

España es una librería con más de un millón de obras maestras, según las últimas reseñas. Si leer, como dicen, nos hace más libres y comprar, insisten, nos hace más felices, el libro es la mercancía perfecta. Hay que elegir, claro, y elegir agota, decía Rilke, pero no nos preocupemos tontamente, pues el mercado elige por nosotros. La lista de los libros más vendidos está al alcance de todos los españoles, incluso de los que están hartos de ser españoles. La lista como criterio, el mercado como inteligencia.

Con un poco de suerte, hasta estarán en los mostradores, del salón en el ángulo oscuro, los libros invisibles. Islas ignotas, lejos de las rutas literarias más frecuentadas. Islas en la niebla, con escasos atractivos para el turista, sin playas fotogénicas ni simetrías narrativas, sin misterio ni descubrimientos del Mediterráneo, sin detectives sabihondos, escépticos o salvajes. Náufragos sin botella en medio del oleaje de la promoción de novedades. Insólitos. Invisibles, casi inexistentes, casi, por tanto, ellos sí, perfectos. Inesperados. Bueno será, propongo, taparse con cera los oídos, sujetarse al mástil y hurgar en esa imprescindible lista de los libros menos vendidos que nunca vemos publicada.

Una lista en la que no deberían faltar títulos como La palabra quebrada, de Martín Cerda (Editorial Veintisiete letras), La fuerza de la gravedad, de Francesc Serés (Alpha Bucay), Mamadú va a morir, de Gabriele de Grande (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo), Panfleto para seguir viviendo, de Fernando Díaz (Bruguera), Introducción a la Guerra Civil, del Colectivo Tiqqum (Melusina), Libro de las derrotas, de Antonio Orihuela (La oveja roja), Ropa tendida, de Eva Puyó (Xordica), España, de Manuel Vilas (DVD), Crónica del 6, de David Fernández (Virus), Perdóname, pero te amo, de David González (Baile del sol), Estado de necesidad y legítima defensa, de Günther Anders (Centro de documentanción crítica), Soy apache, de Gerónimo (Mono azul), El hombre risa, de Javier Maqua (KRK), o La presencia de las cosas, de Pablo Sastre ( Hiru). Feliz Sant Jordi. Y el Dragón. No se olviden del Dragón.

De vuelta a Kafka.

Posted in Artículos by Alguien on 24 abril 2009

Texto: Carlos Yusti. Hermano Cerdo Nº 23. Abril 2009. Ver contenidos.

 

Soy un caso en eso de traspapelar ficción y realidad. Por ese motivo Don Quijote me resulta a ratos un ser real y Kafka se me antoja como un elaborado personaje de ficción. No soy kafkólogo ni nada parecido, pero las distintas anotaciones biográficas ante su fantasmal figura así lo confirman.

Desde que Max Brod, desechando su propia carrera como escritor, se dedicó durante más de veinte años a no cumplir el último deseo de su amigo y carnal Kafka -”Quema todos mis escritos, sin leerlos antes. Quiero que se me olvide”-, desde que se dedicó a traerlo hacia la luz, preservar su memoria y publicar todo lo que había escrito, desde ese momento, tanto la obra como el escritor entraron en ese paraíso perdido del mito, en ese jabonoso laberinto donde la realidad deja de tener peso para darle paso a lo ficticio.

Con Kafka y sus novelas o cuentos (especie de borradores no acabados del todo) el mundo resulta como frotado de espejos. Novelas como El castillo, El proceso, o ese cuento largo que es “La metamorfosis”, parecen escritos desde ese paraje donde la literatura se interroga sobre sus posibilidades y sus aportes para retratar la condición humana.

Uno de los libros más singulares sobre Franz Kafka es el de Marte Roberta titulado “Lo viejo y lo nuevo. De Don Quijote a Franz Kafka. Exploración ensayística de ese empeño quijotesco del hombre por conocer qué tan real es la literatura y qué tan ficticio puede llegar a ser la realidad. Robert escribe: “¿Cuál es el lugar de los libros en la realidad? ¿En qué su existencia es importante para la vida? ¿Son absolutamente verdaderos o de una manera muy relativa, y si lo son, cómo demuestran su verdad? Esas preguntas, y todas las demás relacionadas con ellas, constituyen el punto de partida y el fin de la novela quijotesca que toman esas preguntas no como debate teórico, sino como el tema mismo del drama. Pues si los libros son verdaderos, no pueden serlo sin acarrear consecuencias; de una manera o de otra tienen que hacer triunfar su verdad y demostrarlo cambiando la vida. Sin son falsos, su misma seducción los vuelve inútiles o dañinos, y es necesario entonces considerarlos nulos y sin valor, o mejor aún, quemarlos”. De manera sorprendente la quema de los libros de Don Quijote, efectuadas por el cura y el barbero, se enlaza con ese deseo último de Kafka.

Muchos kafkólogos lo han leído buscando esa parábola (o para utilizar una palabra más rimbombante, “alegoría”) de la condición del hombre, de su desamparo y su absurdo existencial. Yo lo leí buscando una buena historia, pero con Kafka la literatura depara insospechadas sorpresas y sus novelas (o relatos) conducen al lector por los entresijos de la imaginación salpicada de cotidianidad. El personaje de El Proceso se despierta una mañana a la espera que la casera le traiga el desayuno. El protagonista de “La Metamorfosis” es un empleaducho de oficina. Por su literatura cruzan trapecistas, policías, emperadores y una galería de sucesos y hechos bastantes curiosos narrados con un precisión de relojero: “El animal arranca la fusta de las manos de su dueño y se castiga hasta convertirse en el dueño y no comprende que no es más que una ilusión producida por un nuevo nudo en la fusta”. Su escritura es lenta pero efectiva a la hora de urdir pesadillas poco comunes.

Isaac Bashevis Singer, en su relato “Un amigo de Kafka”, habla de su amigo Jacques Kohn, especie de actor derrotado y en declive, que conoció en persona a Kafka: “No hay defecto que se oculte a mi vista. Y esto es impotencia. Los vestidos y los corsés son transparentes para mí. No hay perfume ni colorete que me engañe. No me queda ni un diente, pero cuando una mujer abre la boca veo el más leve empaste. Lo cual, dicho sea incidentalmente, era el gran problema de Kafka en cuanto escritor. Kafka veía todos los defectos, los ajenos y los propios. En su mayor parte, la literatura es obra de plebeyos y chapuceros tales como Zola y D’Annunzio”. Kafka se exigió mucho como escritor, lo que le llevó estar inseguro sobre lo que había escrito, y si Cervantes motorizó su Qujote echando mano a un género menor como las novelas de caballerías, Kafka hizo lo propio con otros géneros. Así, su novela América es una novela juvenil; El proceso es una novela policial, y El castillo sugiere la novelas épicas y de aventuras. Con Kafka la literatura pasa por un proceso de revisión, por otra vuelta de tuerca para obtener de géneros menores todas sus posibilidades hasta el paroxismo.

Esto de Kafka personaje de ficción es verificable en un incidente que Elías Canetti escribe en detalle en un texto titulado “El otro proceso de Kafka”. Al parecer, a punto de contraer matrimonio con Felice Bauer, el compromiso se disuelve. Sus cartas a otra mujer, Grete Bloch, fueron decisivas para que fuese citado en un hotel. Felice, la acusadora, fue fulminante. Kafka apenas pronunció palabra y la culminación de todo fue la anulación del futuro enlace con su prometida Felice. Canetti argumenta que todo este incidente doméstico le proporcionó el incentivo necesario para escribir El proceso.

Con el devenir del tiempo Kafka se ha convertido en un personaje más de su absurda y morosa literatura: nervioso, hipocondríaco, hosco, inseguro como escritor, con una existencia grisácea tiranizada por el padre. Viene a conformar todo un perfil sicológico ideal para novelar.

Don Quijote se admira y se mosquea al pasar por una imprenta y encontrar que su historia ya se encuentra escrita en un libro. Kafka sentiría un poco de suspicacia si se enterara que tiene más piel de personaje de ficción. En todo caso, el fracaso es para Cervantes escritor, para Kafka escritor, y el triunfo es indiscutible para la literatura. Uno de sus aforismos puede darnos la clave de su visión: “Una jaula fue a buscar un pájaro”.

Carlos Yusti nació en Valencia, Estado Carabobo, Venezuela, en 1959. Escritor, ensayista, artista visual. Fue cofundador de la revista Zikeh y del grupo literario Animales Krakers. Formó parte del equipo de redacción de la desaparecida revista Predios de Upata.

 

 

En Algún día: Franz Kafka.

 

El talento del lector.

Posted in Artículos by Alguien on 23 abril 2009

Texto: Enrique Vila-Matas. El Pais.com. 23.04.2009.

 

“Cuando despertaron del ensueño de las hipotecas y de aquel poderío económico que habían creído eterno, cuando despertaron en pleno centro del torbellino que lo arrasaba todo, el libro seguía ahí. Era asombroso, nada ni nadie había conseguido alterarlo, nadie lo había movido del lugar de siempre. Miraron incrédulos, parecía mentira. Allí estaba, totalmente imperturbable. Años de barbarie no habían podido con él, y ahora, a principios de aquel siglo que había comenzado con la gran borrasca, el libro estaba allí para recordarles o simplemente informarles, por si no lo sabían, que la literatura habla un lenguaje distinto, no opresor, muy diferente al resto de los lenguajes perversos que nos esclavizan con sus tiranías cotidianas: el lenguaje económico, político, religioso, familiar, televisivo.

 

Todo esto no ocurrió en otro tiempo, sino que está sucediendo ahora mismo, 23 de abril de 2009. Parece como si el Cervantes que se entrega a Juan Marsé hubiera abierto horizontes y todos ahora regresáramos a la vieja costumbre del buen libro y a recordar que ese gran libro siempre ha estado ahí y es la distracción por excelencia, porque nos permite la ilusión de un dominio del tiempo, más allá de las catástrofes y crisis. Esa ilusión nos sustrae al devenir implacable que conduce a esa muerte que se esconde en los relojes en una novela de Laurence Sterne. Heredero legítimo de Cervantes, Sterne renovó la relación del escritor con el lector, esa relación que últimamente parece regresar a un primer plano, pues existe la impresión de que algo empieza a moverse. En pleno ensueño de las hipotecas y del becerro de oro de la novela gótica, se forjó la estúpida leyenda del lector pasivo. La caída del monstruo está dando paso a la reaparición del lector con talento y se replantean los términos del contrato moral entre autor y público. Respiran de nuevo los escritores que se desviven por un lector activo, por un lector lo suficientemente abierto como para permitir en su mente el dibujo de una conciencia radicalmente diferente a la suya propia.

 

Si se exige talento a un escritor, debe exigírsele también al lector. Porque no hay que engañarse: el viaje de la lectura pasa muchas veces por terrenos difíciles que exigen tolerancia, espíritu libre, capacidad de emoción inteligente, deseos de comprender al otro y de acercarse a un lenguaje distinto al de nuestras tiranías cotidianas. Como dice Vilém Vok, no es tan sencillo sentir el mundo como lo sintió Kafka, un mundo en el que se niega el movimiento y resulta imposible siquiera ir de un poblado a otro. Las mismas habilidades que se necesitan para escribir se necesitan para leer. Los escritores fallan a los lectores, pero también ocurre al revés y los lectores les fallan a los escritores cuando sólo buscan en estos la confirmación de que el mundo es como lo ven ellos. Los nuevos tiempos traen esa revisión y renovación del pacto exigente entre escritores y lectores. Vuelve el lector con talento. Y hoy, además, premian a Juan Marsé. Sorprendente felicidad doble en un mundo sin alegrías”.

 

Cuando el libro era una amenaza.

Posted in Artículos by Alguien on 23 abril 2009

Al inventar Gutenberg la imprenta en el siglo XV, algunas voces se alzaron contra los peligros de que un técnico potenciara la democratización del conocimiento, una sospecha que se cierne hoy también sobre la web.

“Jamás se han visto tales desmanes entre los estudiantes y todo ello es debido a los malditos inventos modernos que echan todo a perder (…) sobre todo la imprenta, esa peste llegada de Alemania. Ya no se hacen libros ni manuscritos, la imprenta hunde a la librería. Esto es el fin del mundo“, ponía en boca de uno de sus personajes Víctor Hugo en “Nuestra Señora de París” (1831).

 

La sensación de amenaza por el cambio no es nueva y los argumentos que se dieron entonces no distan mucho de los que se esgrimen ahora contra el rumbo incierto que las nuevas tecnologías de la información reservan a la industria editorial, a los medios de comunicación y a la industria del entretenimiento.

 

Hieronimo Squarciafico, en 1477, aseguró que “la abundancia de libros hace menos estudiosos a los hombres“. En diciembre de 2008, la Universidad de Columbia publicaba en su revista “Journalism Review” un artículo titulado “¡Sobrecarga! La batalla del periodismo por la relevancia en una época de demasiada información” y aseguraba que la abundancia de recursos crea insatisfacción y pasividad.

 

José Manuel Trabado Cabado, desde la Universidad de León, afirma en su estudio “Saturación informativa y los nuevos cronotopos de lectura” que el sistema de hipertextos -los enlaces de la web- “amenaza con no dejarnos regresar nunca, prometiéndonos maravillas aquí y allá y tesoros camuflados en selvas demasiado grandes para los mapas del hombre”. En esa búsqueda en la llamada “Sociedad del Conocimiento”, muchos usuarios de la web, no obstante, se pierden, se enganchan y acaban siendo considerados “netadictos”. Pero esta gula internauta también tiene su paralelismo.

 

“La curiosidad de Bencio es insaciable, es orgullo del intelecto, un medio como cualquier de los otros de que dispone un monje para transformar y calmar los deseos de su carne”,

 

escribía Umberto Eco en “El nombre de la Rosa” (1980), novela en la que trazaba una intriga medieval alrededor de la gestión censora del conocimiento por parte de unos monjes italianos.

 

Y es que el argumento de que el lector -igual que el internauta- no puede enfrentarse a infinidad de temas sin un criterio de búsqueda o sin guía moral, también es algo que han compartido la democratización del libro y la extensión de Internet.

 

Sin embargo, hoy nadie sospecha de una inmensa biblioteca y nadie discute el papel cultural fundamental del libro. ¿Sucederá lo mismo en el presumible caso de que la web y los derechos de autor se pongan de acuerdo para poner a disposición del navegante todas las obras editadas?

 

Desde la perspectiva empresarial, el nuevo invento allá por 1450 también convertía en caduco a todo un oficio, el de los escribas, cuya tarea de veinte años quedaba automatizada por los tipos móviles de Gutenberg. Hoy se ven amenazados los periodistas, las discográficas o los editores, entre otros.

 

Los intermediarios, como igualmente refleja “El nombre de la Rosa“, tenían un papel fundamental también en la religión, una de las principales afectadas por el nuevo invento al poner las sagradas escrituras al alcance de todo el mundo.

No en vano, la Biblia de 42 líneas de Gutenberg inició “la edad de la imprenta” y en su época, muchos consideraron la novedad como un invento protestante, aunque pronto el Papa de Roma se encargó de utilizarla también como instrumento de difusión católica.

 

“Antes de la imprenta, la reforma no hubiera sido más que un cisma, pero la imprenta la convierte en revolución. Suprimid la prensa y la herejía quedará abatida. Fatal o providencial, Gutenberg es el precursor de Lutero”,

 

Escribía de nuevo Víctor Hugo también en “Nuestra Señora de París“.

 

Pero el propio autor de “Los miserables” reflexionaba en el capítulo “Esto matará aquello” de la obra protagonizada por el campanero Quasimodo sobre cómo, además del gremio editorial y el religioso, la democratización del libro se llevaba por delante una víctima colateral: la arquitectura.

 

“Desde la más remota pagoda del Indostán hasta la catedral de Colonia, la arquitectura ha representado la escritura del género humano. Y esto es tan cierto que no sólo cualquier pensamiento religioso sino cualquier pensamiento humano tienen en este inmenso libro su página y su monumento”.

 

“El pensamiento humano descubre (ahora) un medio de perpetuarse no sólo más duradero y más resistente que la arquitectura, sino también más fácil y más sencillo. La arquitectura queda destronada. A las letras de piedra de Orfeo van a suceder las letras de plomo de Gutenberg”, reflexionaba Hugo.

 

Texto: Mateo Sancho Cardiel – EFE.

 

El Soñador [V].

Posted in Pareceres by Alguien on 23 abril 2009

El Roto

EDICIÓN IMPRESA – 23 – 04 – 2009

 

En Algún Día │El Soñador

 

23 Abril: Día Mundial del libro y del derecho de autor 2009.

Posted in Andanzas, Libros by Alguien on 23 abril 2009

Proclamación del 23 de abril como “Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor” 

Resolución de la 28.a Conferencia General (París, 25 de octubre-16 de noviembre de 1995)

 

La Conferencia General,

 

“Considerando que el libro ha sido, históricamente, el elemento más poderoso de difusión del  conocimiento y el medio más eficaz para su conservación,

 

Considerando, por consiguiente, que toda iniciativa que promueva su divulgación redundará oportunamente no sólo en el enriquecimiento cultural de cuantos tengan acceso a él, sino en el máximo desarrollo de las sensibilidades colectivas respecto de los acervos culturales mundiales y la inspiración de comportamientos de entendimiento, tolerancia y diálogo, Considerando que una de las maneras más eficaces para la promoción y difusión del libro – como lo demuestra la experiencia de varios países miembros de la UNESCO – es el establecimiento de un  “día del libro”, con la correspondiente organización de ferias y exposiciones, Observando que no se ha adoptado una medida similar a nivel mundial,

 

Suscribe la idea y proclama “Día Mundial del Libro  y del Derecho de Autor” el 23 de abril de cada año, fecha en que coincidieron, en 1616, los decesos de Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Gacilaso de la Vega“.

 

 

Página oficial del Día Mundial del libro 2009. UNESCO

Cartel del Día Mundial del Libro 2009 (PDF: 2.398 Kb)

Mensaje del Director General de la UNESCO con motivo del día Mundial del Libro 2009. (PDF)

Día del libro 2009- Ministerio de Cultura.

Sitio Oficial | Sant Jordi 09

Sant Jordi, la rosa y el libro – Revista de Letras.

La noche de los libros 2009. (Madrid)

 

Especial Sant Jordi 2009 – La Vanguardia

Especial Sant Jordi 2009 – El Periódico.

Especial Día del Libro 2009 – El Pais.

Especial Día del Libro 2009 – El Mundo.

Especial Día del Libro 2009 – Diario Sur Málaga.

 

En Algún Día | Día del Libro.

 

Literatura de las aceras.

Posted in Artículos by Alguien on 22 abril 2009

Texto: Kiko Amat. La Vanguardia.es –  22/04/2009.

 

Existe una tradición silenciada, un fantasma que no recorre Europa, y es la literatura de clase obrera, entendida como narrativa escrita sobre, para y por gente de clase obrera. Pues en el pasado, las vidas y barrios y empleos de la gente común han sido visitadas por turistas, voyeurs y taxidermistas culturales de todo tipo, pero siempre con pasaportes de otras clases, nunca con intención de quedarse, y menos aún esperando que los protagonistas de sus instantáneas fueran el público de sus obras.

 

Hasta no hace tanto, lo habitual era que las novelas sobre la clase trabajadora no estuviesen escritas por sus representantes legítimos, sino por autores de clase media-alta que decidían contarle al mundo “cómo vive la otra mitad”; repletos de buenas intenciones, eso sí.

Es un poco delicado, esto de definir quién es un autor de clase obrera y quién no. En mi opinión no es sólo el linaje, el bagaje, lo que cuenta, sino también tu público y la forma en que cuentas lo que cuentas. Por ejemplo: ¿Entras en el sorteo si eres un autor joven nacido en el extrarradio proletario de Barcelona pero escribes como una octogenaria rica de Salamanca? ¿Qué pasa si, habiéndote criado en el Vallecas de 1973, optas por ambientar tus novelas en el Belsen del 45? ¿Y qué pasa si tu padre era fontanero, pero el tono de tu debut oscila entre Matías Prats senior y La regenta? Una de esas novelas llenas de palabras que nadie en la calle pronuncia desde hace cien años, como espejo de azogue o, qué se yo, brasero.

Todas estas dudas evidencian que etiquetar a un autor con el sello de clase obrera es un embrollo infernal. Con todo, algunas claves para la clasificación de esta literatura sí pueden aventurarse: debe haber nacido en un entorno humilde (del lumpen a la baja clase media), debe utilizar un lenguaje sin pretensiones (nada pomposo, jamás buscando la aceptación de la alta cultura) y centrar su temática en el medio que la rodea, así como aspirar a ser leída/comprendida por su propia clase. Quizás estas características no formen un sólido axioma, pero es de cajón que si un autor ambienta sus novelas en la Francia de Napoleón o su prosa parece escrita en mandarín no puede considerarse literatura obrera o marginal. Esta última acepción sirve para subrayar que, independientemente de si sus protagonistas trabajan o no, deben haber crecido en un entorno de clase desposeído y suburbial, sin la capacidad pecuniaria o las influencias sociales imprescindibles para alterar el curso de sus vidas; en la clasificación, por tanto, entran también criminales y secretas, cholos y vagabundos, punks y skins.

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22 Abril: Día de la Tierra 2009.

Posted in Andanzas by Alguien on 22 abril 2009
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