Gertrud Kolmar ante el destino.
1. Leyendo en una terraza veraniega Susanna, novela de Gertrud Kolmar. De pronto, escucho en la mesa de al lado, dicha con cierta violencia, una frase que creo haber oído mil veces: “No estoy aquí para que me insulten”.
“¿Y para qué crees que estás?”, pienso.
No tardo en darme cuenta de que, por muy remota que a primera vista parezca, es posible que exista una relación entre la frase del vecino de mesa y Susanna; más concretamente, entre la frase y el estado de ánimo de Kolmar cuando escribió su novela: un estado que conocen bien cuantos consideran que la vida sólo empieza a tener sentido cuando se comprende que para una monstruosa vejación es para lo que hemos viajado hasta este mundo.
Me atrae la fuerza interior que en el Berlín nazi demostró tener Kolmar cuando percibió que estaba cayendo su alma por debajo de la dignidad que se merecía. Fue percibirlo y ante semejante adversidad reaccionar de forma peculiar, de un modo marcadamente kafkiano. ¿Llegó a conocer la obra de Kafka? Ella murió en 1943 y era judía y prima hermana de Walter Benjamin y pudo perfectamente haber llegado a conocerla. De hecho, su obra respira kafkianamente.
2. A Mr. Philip Roth una forma muy plausible de definirlo sería decir que conoce como la palma de su mano esa línea de nuestro destino que dibuja un agravio tan grande como una casa para siempre. No en vano, a Roth, que siempre fue un buen experto en comentar toda la ancha gama de humillaciones que configuran la esencia de la condición humana, le recuerdo diciendo en una entrevista que en obras como El proceso o La metamorfosis traza Kafka “la crónica de cómo alguien es educado para aceptar que todo aquello que parece fuera de lugar y ridículo e increíble, muy por debajo de la dignidad y de los intereses de una persona, es de hecho lo que está sucediéndole a uno: esto que se sitúa por debajo de mi dignidad resulta ser mi destino”.
En efecto, uno es un buen hijo y un esforzado oficinista de cuyo trabajo vive toda su encantadora familia y de pronto descubre que es una asquerosa alimaña. Tras semejante descubrimiento, puede que la única gran opción sea saber ser libre en medio de la más absoluta falta de albedrío.
3. Recuerdo siempre un artículo de hace años de Berta Vias Mahou hablando de Gertrud Kolmar y de la fortaleza interior que la convirtió en un ejemplo moral en una era de abismo. Nacida en Berlín en 1894, en el seno de una familia de la burguesía judía de origen polaco, Gertrud Kolmar, a diferencia de la mayoría de sus familiares y conocidos, no huyó de la Alemania nazi, sino que, a pesar de las oportunidades que tuvo para escapar, eligió permanecer en su ciudad natal cuidando a su anciano padre. Para Kolmar (a la que, dicho sea nada de paso, Walter Benjamin admiraba por su notable talento poético), la estabilidad sólo podía llegarle a través de una fuerza interna muy espiritual, como si todo -hasta lo peor- pudiera sobrellevarse y como si en el fondo el secreto de esa fuerza consistiera en recordar unas palabras de Hamlet (que Kolmar conocía bien): “Todo consiste en estar preparado”.
Novela de extrema energía, que refleja días de angustia y límite, Susanna inaugura en la editorial Errata Naturae Los Papeles de Sefarad, que dirige Mercedes Monmany. Es un libro de final algo abrupto, casi normal, dado que la historia fue escrita en condiciones abruptas durante el invierno de 1939. Habla del inquietante encuentro entre dos mujeres: una institutriz judía que está esperando huir de la amenaza del nazismo (es decir, alguien en la misma situación en la que se hallaba la propia Kolmar) y su alumna, una bellísima joven mentalmente perturbada. En la geografía mental de la joven loca están todas las cumbres de las cumbres borrascosas que ha habido y habrá, las cimas de la poesía del amor eterno y del abismo. Por unos momentos, esa mente me recordó a Emily Dickinson cuando veía personificada a la Muerte en un hombre, en un Caballero: “Puesto que no podía esperar a mi Morir/ Él esperó por mí con gentileza”.
4. Historia de pasión y locura, historia de un amor acompañado por un deseo sexual arrollador que nada quiere saber de una sociedad represiva que excluye a la poesía, pero que Kolmar sabe hallar en los lugares más insólitos. La autora pasó sus últimos meses en Berlín dedicada a trabajos forzados y, habiendo comprendido que su destino se había situado en el callejón de la indignidad, esperaba todos los días la hora del amanecer en la que le tocaría a ir a trabajar a la sala de máquinas, cuyo ruido le atraía más que los seres humanos con los que convivía. En carta conmovedora a su hermana Hilde, habló de las fundamentales enseñanzas de Spinoza acerca de la libertad de la voluntad humana en medio de su falta de libertad: “Desde el momento en que lo acepté en mi corazón (el trabajo forzado diario), desapareció la presión que pesaba sobre mí. Estaba decidida a considerarlo como una enseñanza y a aprender tanto como fuera posible. De ese modo soy libre en medio de mi falta de libertad. Así quiero presentarme también ante mi destino, aunque sea alto como una torre, aunque sea negro como una nube amenazadora”.En 1943 fue deportada a Auschwitz, donde murió, aunque no se sabe la fecha exacta ni bajo qué circunstancias. Dejó una obra intensa (entre nosotros, Acantilado en 2005 publicó Mundos, gran libro de poesía) y el recuerdo de una memorable grandeza de espíritu y de libertad interior en medio del horror. Acapara actualmente Kolmar a lectores en el sentido más literal de la palabra, lectores con verdadero fuste de tales, quizás porque, en turbadora gran paradoja de hoy y de siempre, se acerca a unas verdades -la monstruosidad de la vida y de nuestro natural estado de escarnio en convivencia con lo más antagónico, la delirante belleza del mundo- que preferiríamos no haber leído nunca, pero que leemos.
Texto: Enrique Vila-Matas. El Pais.com. 27.06.2010.
Ficha del Libro: Errata Naturae.
En Algún Día │Enrique Vila-Matas.
El peso de los recuerdos.
El peso de los recuerdos. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 27.06.2010.
Entonces hablaba con los soldados de plomo, con los amigos imaginarios y con los ausentes. Yo estaba solo rodeado de voces. Era ventrílocuo. Me colaba en el alma y la mente de las personas, los animales y las cosas. Veía lo invisible. Oía el silencio. Me había construido un mundo a la escala de mis sueños.
Al cabo de los años, ese mundo se esfumó. La edad y las mudanzas fueron los verdugos. Sus habitantes se fueron quedando en el camino, igual que ocurre con los seres queridos de carne y hueso. De vez en cuando los recordaba y era como resucitarlos un instante para luego volver a enterrarlos en el olvido, como relámpagos de luz en un mundo apagado.
Yo era dios. Mi voluntad reinaba en el universo de juguete. Poseía la facultad de otorgar y quitar la vida a un ejército de hombres que luchaban, morían y después resucitaban cuando acababa la batalla. Mis héroes eran inmortales. Los siguen siendo todavía hoy en mi pensamiento. Porque sigo jugando con los habitantes que pueblan mi universo particular. Un mundo aparte. Un lugar necesario para sobrevivir en el mundo real.
Desde hace algún tiempo, he descubierto que el mundo de la infancia no desaparece para siempre sino que permanece oculto, en periodo de hibernación, hasta que de pronto recobra la vida. Me fijo en los ancianos y descubro que también ellos mantienen largos diálogos con los vivos y con los muertos. Se desahogan a solas con los personajes que pueblan su imaginación. Estamos todos solos y estamos muertos desde incluso antes de nacer. Eso pienso ahora que he llegado a esa edad en que el pasado regresa y el olvido recobra su lugar en la vida.
Paso el día en las nubes. La vida cotidiana se ha convertido en una especie de accidente en el que son otros los que están implicados. La vida de los otros me produce alegría y tristeza, pero, sobre todo, perplejidad. El presente es algo ajeno y distante. A menudo, tengo la sensación de que estoy en una sala de cine en cuya pantalla se proyecta el noticiario de la realidad. Yo simplemente soy un espectador que luego vuelve a casa y habla con sus fantasmas. Ellos, los fantasmas, son mi familia, mi vida, mi hogar.
La vida es un pasaje de ida y vuelta a la infancia. Me encierro en mi cuarto y vuelvo a jugar con los recuerdos de plomo. El peso de los recuerdos. Fuera está el ruido y la furia. He llegado a la conclusión de que los viejos se recluyen en su mundo particular porque el real hace tiempo que ha dejado de interesarles. No es una cuestión de vehemencia senil sino de supervivencia. Últimamente he regresado al paraíso de la infancia. Aquella época milagrosa en la que los recuerdos, los objetos y los fantasmas tenían voz y se comunicaban conmigo en secreto, como hacen ahora.
En Algún Día│ José Antonio Garriga Vela.
La vuelta a la historia en cincuenta frases. Helge Hesse.
Muchas frases célebres que leemos, oímos y pronunciamos a diario son milenarias. Nacieron en momentos cruciales de la historia mundial, porque alguien las pronunció o las escribió. Algunas de ellas son incluso más antiguas que nuestro idioma. Todas ellas nos cuentan algo sobre nuestra cultura y nuestra historia.
Si nos fijamos en las citas célebres de la historia, echamos un vistazo a los personajes que las acuñaron e investigamos las circunstancias en las que nacieron, constataremos que no sólo nos permiten realizar un viaje al pasado, sino también una sucesión de visitas relámpago a los momentos decisivos de la historia de la humanidad.
Este libro es una invitación a ese viaje, a través de cincuenta frases célebres, personajes y momentos de gran relevancia histórica. Desde «Conócete a ti mismo» hasta «El eje del mal», median ni más ni menos que dos mil seiscientos años.
Detrás de cada cita que se estudia en este libro se esconde por lo menos un episodio crucial de la historia. Cada una de ellas abre una puerta a un período y un espacio propios, desvela sorprendentes huellas de épocas pasadas y muestra a sus autores y su personal visión del mundo.
Como en todo viaje, uno debe tomar siempre la decisión de dónde se detiene, qué visita y qué deja de lado. Como este libro trata de la historia de la humanidad, he incorporado citas literarias sólo cuando éstas remitían a un acontecimiento político o social relevante. Es probable que haya lugares en los que desearían permanecer más tiempo, a pesar de que nuestros pasos nos lleven ya por otros derroteros. Este viaje no pretende ser exhaustivo ni equilibrado, lo que, por otro lado, tampoco sería posible, entre otras cosas porque no todos los acontecimientos importantes de la historia mundial han dado lugar a alguna cita célebre.(…)
Sólo sé que no sé nada.
Sócrates (hacia 470-399 a. C.)
Cuando el año 400 a. C. se acercaba a su fin, un tal Meletos presentó en Atenas un escrito de acusación. Su argumentación parecía algo traída por los pelos, y la pena solicitada, ridículamente exagerada. Meletos acusaba al filósofo Sócrates, de setenta años, de no reconocer los viejos dioses e incluso introducir dioses nuevos y de corromper a la juventud; y por ello había que aplicarle nada menos que la pena de muerte.
Sócrates era por aquel entonces el filósofo más conocido de Atenas. Sin embargo, y por grande que fuera su fama, no se le tenía en absoluto por un ideal de su tiempo. Muchos de sus conciudadanos consideraban su actitud, su aspecto y su estilo de vida como una afrenta. A menudo, abordaba a desconocidos en medio de la calle y entablaba con ellos conversaciones filosóficas que no siempre terminaban de forma agradable. Al que quisiera ir por la tarde a comprar al ágora, la plaza del mercado de Atenas, podía sucederle que no pudiera llevar a cabo su deseo porque un hombrecillo sucio y desaliñado, de nariz aguileña, cabezón, de pelo ralo y frente ancha y pronunciada, le clavaba la mirada y, sin que viniese a cuento, le preguntaba qué era la sabiduría o qué podía considerarse bueno y justo. Si el otro respondía, Sócrates le formulaba inmediatamente la siguiente pregunta, que generalmente ponía en duda la respuesta anterior. Si el incauto ensayaba otra respuesta, ahora más meditada, recibía al instante otra pregunta de Sócrates, que abordaba de forma aún más incisiva las debilidades de su argumentación y que lo dejaba aún más perplejo y dubitativo. Al cabo de un rato, la mayoría pensaba seguramente que Sócrates sólo quería ponerles en ridículo. Ése no era, sin embargo, su objetivo: Sócrates preguntaba para adquirir conocimiento. Interrogaba de esa forma no sólo a los demás, sino también a sí mismo, poniendo constantemente en duda sus ideas y conclusiones. Esa forma de conversación en la que el maestro plantea siempre otra pregunta y anima al alumno a meditar sobre las preguntas que le son formuladas y sobre lo que quiere decir en las respuestas que da, para así alcanzar el verdadero saber, recibe en filosofía el nombre de método socrático; era el instrumento más valioso de Sócrates en su pugna por alcanzar el verdadero conocimiento y la actitud correcta que se desprende de éste.
(…) El argumento socrático “Sólo sé que no sé nada” fue esencial para la filosofía, pues toda búsqueda de conocimiento debe comenzar con la confesión de que hay algo que se ignora. Sócrates quería poner de manifiesto la ignorancia y la creencia errónea de que se conoce algo y, mediante un razonamiento lógico (que Sócrates equiparaba a la virtud), guiar a los individuos hacia la actitud correcta.
El fin justifica los medios.
Nicolás Maquiavelo (1469-1527)
Un retrato de Maquiavelo, realizado mientras aún vivía, nos muestra a un hombre pálido, envuelto en una elegante y regia túnica de paño grueso que parece esconder, y casi aplastar, un débil cuerpo enjuto. Al posar para el pintor, el retratado era todavía un hombre joven. Los ojos oscuros y despiertos transmiten curiosidad y astucia. La boca, de labios finos y prietos, parece sonreír dentro del rostro angosto. ¿Es ésta la sonrisa de un astuto hombre de poder? ¿O simplemente muestra la melancolía de un hombre que ha visto los abismos del ser humano? ¿Y la postura? La cabeza ligeramente ladeada hacia delante, con el pelo moreno y corto, aunque algo más largo en la nuca. ¿Se agacha a la espera de realizar un ataque artero, o es el gesto de Maquiavelo el de un hombre que suspira desilusionado?
Quien conozca la interpretación usual de la obra más conocida de Maquiavelo, Il principe (El príncipe), reconocerá en el retrato descrito a un cínico hombre de poder alejado de cualquier tipo de moral. No en vano, el texto consiste en un manual práctico en el que Maquiavelo explica de qué modo llega el soberano al poder y cómo, acto seguido, logra afianzarse en él. Y todavía resulta más asombroso el lenguaje práctico, analítico y claro con el que describe los, a veces, monstruosos métodos que posibilitan una exitosa subida al poder, y que hasta incluso parecen ser requeridos para lograr tal fin. Para él no cabía duda: quien desee obtener éxito político no debe arredrarse ante la mentira, la traición y la maquinación, y en ocasiones deberá recurrir incluso al homicidio. Lo decisivo es únicamente alcanzar el poder político. La máxima “El fin justifica los medios” no aparece de forma literal en la obra de Maquiavelo. Lo que ocurre es que, al establecerse como hilo conductor del libro El príncipe y al ser allí donde por primera vez en la historia es objeto de un amplio debate, se la suele asociar, por regla general, a Maquiavelo y a su obra más difundida.
(…) Maquiavelo deseaba la unidad de su quebrantado país natal, y El príncipe era su visión de cómo podía lograrse esa unidad en la forma de un seguro sistema estatal. Esta unidad tenía que ser llevada a cabo por un “hombre fuerte” y El príncipe debía ser su guía práctica. En sus viajes conoció al ambicioso César Borgia (1475-1507), personaje que le causó una profunda impresión. La divisa de Borgia era: “Aut Caesar aut nihil” (“O César o nada”). ¿Fue Borgia un modelo para El príncipe? Teniendo en cuenta la descripción que Maquiavelo hace de la obtención y la conservación del poder, parece que la forma de actuar de Borgia sea su modelo en todo momento. Éste logró, gracias a la fuerza de su ejército mercenario, tener temporalmente una extensa parte de Italia bajo su control; además, supo quebrantar, o al menos refrenar, tanto el poder del Estado pontificio como el de numerosos príncipes de provincias. Hasta parecía que podía someter a toda Italia. César Borgia no se arredraba ni ante la crueldad ni ante la violencia. No sólo fue un tirano como gobernador de las regiones que había conquistado, sino que también asesinó a numerosos adversarios por medio de sus cómplices o con sus propias manos. Esto nos recuerda el consejo que Maquiavelo brinda en El príncipe: el gobernador debe intentar ser clemente, pero en caso de duda no debe amedrentarse ante la crueldad y la violencia.
Sangre, sudor y lágrimas.
Winston Churchill (1874-1965)
¡Menuda entrada en funciones! No se esperaba menos de Winston Churchill en Gran Bretaña, donde hacía tiempo que era conocido como un orador de verbo poderoso, cuando el 13 de mayo de 1940, en una de las horas más graves de la historia británica, se dirigió a la nación con las siguientes palabras, poco antes de ser nombrado primer ministro: “I have nothing to offer but blood, tears, toil and sweat” (“No tengo nada más que ofrecer que sangre, lágrimas, fatigas y sudor”). Abreviadas y cambiadas de orden en aras del ritmo, estas palabras se hicieron célebres en la fórmula “Blood, sweat and tears” (“Sangre, sudor y lágrimas”).
Europa estaba en guerra. Tras la invasión de Polonia por la Wehrmacht, el Reino Unido y Francia habían declarado la guerra a Alemania. Durante años, Chamberlain, el predecesor de Churchill, había intentado evitar esa guerra, mientras que Hitler, desde su llegada al poder en 1933, no había escatimado esfuerzos para provocarla. Después de que Chamberlain hubiese tolerado las ofensivas de Alemania contra Austria, los Sudetes y Checoslovaquia, se había llegado a un punto en que la guerra ya no se podía evitar: la estrategia del apaciguamiento había fracasado. Con el comienzo de la guerra, los focos volvieron a alumbrar a una figura que durante años había quedado en la sombra y cuyas exhortaciones a que se actuara militarmente contra el gran peligro que representaba Hitler habían sido una prédica en el desierto: Winston Churchill. Este descendiente del famoso duque John Churchill von Marlborough, quien en el siglo XVII había defendido los intereses de Inglaterra frente a las ambiciones de poder europeas de Luis XIV, había sido en las últimas décadas la figura más controvertida de la política británica. Se había hecho famoso cuando, en calidad de corresponsal en la guerra de los Bóers de 1899-1900, protagonizó una huida espectacular después de haber sido hecho prisionero. Luego fue elegido diputado parlamentario y llegó a ocupar diversos cargos ministeriales. A finales de los años veinte, tras haber fracasado como canciller del Tesoro, fue condenado al ostracismo político. La carrera de Churchill parecía finiquitada, y su situación se volvía más precaria cada vez que tomaba la palabra para exigir una política consecuente de mano dura: primero contra Mahatma Gandhi, quien aspiraba a lograr la independencia de la India y con ello ponía en peligro el núcleo del imperialismo británico, y después, a partir de 1933, contra Adolf Hitler.
(…) La tenacidad de Churchill y el modo inflexible con que persiguió el objetivo de vencer a Hitler -de quien incluso rechazó una oferta de paz- hicieron de él la figura clave de la resistencia de la Europa libre frente al dominio de la Alemania nazi. Con la entrada en guerra de Estados Unidos y la oposición cada vez mayor del Ejército Rojo soviético a la ofensiva de la Wehrmacht, la influencia de Churchill menguó. Al tiempo que fue quedando claro que Alemania y sus aliados perderían la guerra, Churchill se fue viendo cada vez más relegado al papel de socio menor de Estados Unidos.
Tengo un sueño.
Martin Luther King (1929-1968)
El 28 de agosto de 1963, un domingo soleado, se reunió una inmensa multitud al pie del Lincoln Memorial. Que el lugar de reunión fuera precisamente el monumento a ese presidente era algo muy adecuado al propósito de aquel día. No en vano, cien años antes Abraham Lincoln había liberado a millones de personas de la esclavitud con la Proclamación de Emancipación de 1862 y la victoria de las tropas de la Unión en la guerra civil americana (1861-1865). Ahora los descendientes de esos antiguos esclavos venían a reclamar lo que Lincoln había declarado en su célebre discurso del 19 de noviembre de 1863 en el campo de batalla de Gettysburg; esto es, que la nación norteamericana se había fundado sobre la idea de la igualdad de todos los seres humanos. En 1963, esta igualdad todavía quedaba muy lejos para la gran mayoría de los afroamericanos. La mayoría de ellos vivían en la pobreza y en el sur del país sufrían una rigurosa segregación racial. El que en las escuelas, las estaciones de tren, los teatros y cines se colgara el excluyente cartel de “For whites only” (“Sólo para blancos”) sólo era una parte del problema. Era impensable la posibilidad de desempeñar cargos públicos.
Cien años después de las palabras de Lincoln, entre los 250.000 congregados ante su monumento no sólo había personas de piel negra; más de 60.000 blancos se habían adherido a la marcha a Washington. (…) Después de numerosos discursos, comunicados y cantos a la libertad y la igualdad de todas las personas, apareció ante la multitud, justo después de que la cantante de blues Mahalia Jackson interpretase un espiritual negro, un hombre de color: Martin Luther King Jr., ministro de la Iglesia bautista nacido en Georgia y jefe del Movimiento por los Derechos Civiles en Estados Unidos. Ese instante se convirtió en uno de los momentos estelares de su vida.
(…) Al comienzo de su discurso, Luther King invocó a Lincoln: “Hace cien años, un gran americano, bajo cuya simbólica sombra nos encontramos hoy, firmó la Proclamación de Emancipación”. Sin embargo, hoy -continuó- todavía no existe esta igualdad. (…) Su discurso fue una obra maestra en la elección de las palabras y el ritmo, y no sólo iba a ser inolvidable para las personas que lo oyeron ese día de verano en la capital estadounidense, sino que, incluso como texto leído, las palabras de Luther King no han perdido su capacidad de emocionar. (…) Terminó con una serie de frases, pronunciadas con un tono de voz variable y que comenzaron todas ellas con las palabras “I have a dream” (“Tengo un sueño”): “Tengo un sueño, el sueño de que un día mis cuatro hijos pequeños vivan en una nación que no los juzgue por el color de su piel, sino por su carácter… ¡Hoy tengo un sueño!”.
Luther King concluyó su discurso exhortando a todos los presentes a hacer “que repicase la libertad” por todo el país. “Cuando repique la libertad y la hagamos repicar en cada aldea y en cada caserío, en cada Estado y en cada ciudad, podremos acelerar la llegada del día en que todos los hijos de Dios, negros y blancos, judíos y cristianos, protestantes y católicos, puedan unir sus manos y cantar las palabras del viejo espiritual negro: ‘¡Libres al fin! ¡Libres al fin! Gracias a Dios omnipotente, ¡somos libres al fin!”.
(…) La marcha no sólo provocó rechazo entre los blancos conservadores. Los dirigentes radicales del movimiento negro reprocharon a Luther King que hubiera suavizado el conflicto racial y que hubiese representado una “versión de clase media” del verdadero Black Movement. Haciendo un juego de palabras, Malcolm X llamó a la manifestación Farce on Washington (Farsa de Washington). Con todo, aquella manifestación tuvo mayor influencia en la política y la opinión pública que cualquier otro acto anterior del Movimiento por los Derechos Civiles, y la marcha se convirtió en un modelo para los activistas de todos los demás movimientos de emancipación y liberación. En la década de 1960, estos movimientos, no sólo en Occidente, tuvieron una influencia cada vez mayor en el progreso de las sociedades.
Fuente: Frases históricas. Domingo. El Pais.com. 21.06.2009.
Ficha del Libro: Ediciones Destino.
In Memoriam: 75 años sin Carlos Galdel.
Volver. Carlos Gardel.
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Yo adivino el parpadeo Y aunque no quise el regreso, Volver… con la frente marchita, |
Tengo miedo del encuentro Pero el viajero que huye Volver… con la frente marchita, |
Turner y los maestros en el Museo del Prado.
El Museo del Prado presenta una exposición temporal del artista inglés Joseph Mallord William Turner junto a sus maestros holandeses, venecianos y franceses.

Organizada por la Tate Britain, en colaboración con la Réunion des Musées Nationaux y Galeries Nationales du Grand Palais y el Museo Nacional del Prado.
El Museo del Prado abre al público la gran exposición Turner y los Maestros, procedente de Londres (Tate Britain, del 23 de septiembre de 2009 al 31 de enero de 2010) y París (Grand Palais, del 22 de febrero al 24 de mayo). La exposición pone de manifiesto que el artista británico realizó su obra con perfecta conciencia de la pintura de los maestros antiguos, a los que estudió en profundidad, sin dejar de prestar atención a la aportación de algunos de sus contemporáneos.
La exposición plantea por primera vez un diálogo entre las obras más relevantes del artista, las de los maestros de otras épocas y los de la suya propia. En el Museo del Prado, donde se expondrán un total de 80 obras procedentes de instituciones y colecciones europeas y norteamericanas, se incluirán algunas novedades con respecto a las muestras de Londres y París como Sombra y oscuridad. La víspera del Diluvio, Luz y color. La mañana después del Diluvio y Paz. Entierro en el mar, tres obras maestras que Turner realizó al final de su carrera.
Unas obras necesarias para entender a este hijo de un barbero y fabricante de pelucas, que ejerció una gran influencia en el siglo XIX pero que supo aprender de sus maestros holandeses, flamencos, venecianos, franceses e incluso británicos como Gainsborough y Wilkie.
Con voluntad de totalidad, Turner y los Maestros pretende que el visitante pueda percibir el alcance de los vínculos de artista con otros pintores muy destacados como Rembrandt, Rubens o Claudio de Lorena, entre otros, y el modo profundamente original en que asimiló su influencia desde el período inicial de su carrera a sus últimas composiciones.
Los habitantes de la Soledad.
Solo. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 20.06.2010.
“De pronto, los amigos dejaron de llamarme por teléfono. Tampoco nadie me visitaba. A mí no me gusta molestar y raras veces descuelgo el teléfono ni me presento por sorpresa en la casa de nadie, así que me dediqué a sobrevivir en soledad. Cuando salía a la calle, en vez de ir pensando en mis cosas me mostraba atento a todo lo que me rodeaba. Buscaba entre los transeúntes una cara conocida, una sensación familiar, pero no encontré más que la mirada huidiza de los desconocidos. Al llegar la noche, me tumbaba en la cama y miraba el techo con los ojos abiertos. Me preguntaba qué error había cometido para que me hicieran el vacío de esa manera, pero no encontraba respuesta.
No soy un hombre obsesivo ni paranoico, al contrario, la experiencia me ha enseñado a que no hay que preocuparse demasiado por las reacciones de las personas, porque cada una de ellas es un mundo repleto de pensamientos y yo no puedo colarme en la cabeza de nadie. Pero en este caso, el aislamiento al que me estaban sometiendo era tan absurdo como cruel. Por las noches revisaba mi conducta de las últimas semanas, hasta que las semanas se convirtieron en meses y los meses en años y yo seguía paseando solo por las calles buscando en vano una mirada cómplice.
Al cabo de cinco años, yo continuaba encerrado en un calvario plagado de sospechas. Durante ese largo periodo de tiempo no me había desahogado con nadie. Entonces se me ocurrió pensar que los demás podían opinar de mí lo mismo que yo de ellos. Creer que los había abandonado, que algún detalle me había molestado enormemente y que no deseaba volver a reanudar las relaciones amistosas. Tal vez me respetaban tanto que no se atrevían a interrumpir mi querida soledad. Esa soledad que yo me había forjado y que me estaba devorando por dentro como una termita. Pensé que la actitud de los demás no era fruto del resentimiento, ni tenía nada que ver con ningún castigo ni venganza. No era olvido ni desdén sino respeto. Nada más y nada menos. Como si supieran algo de mí mismo que yo aún ignoraba. Que necesitaba estar solo, descansar o no descansar, pero estar solo, tan solo como un muerto.
Desde entonces han pasado, como digo, más de cinco años. Ahora me trato con otras personas que he ido conociendo en las calles de las ciudades vacías. Sé que llegará el día en que también ellos desaparecerán como pasa con todo: que brota, vive y se extingue. Y yo no haré nada por remediarlo. Me quedaré mirando el horizonte por el que huyen los fantasmas. Luego volverán otros que ocuparán el espacio que aquellos dejaron. Así es la vida. Una sucesión de días y fantasmas que al final se acaban difuminando en la soledad. De vez en cuando suena el teléfono. Suena el timbre de la puerta. Sonrío, como suelo hacer al cruzarme por el pasillo con los habitantes de la soledad”.
En Algún Día│ José Antonio Garriga Vela.
Las intermitencias de la Muerte. Saramago.
“Al día siguiente no murió nadie. El hecho, por absolutamente contrario a las normas de la vida, causó en los espíritus una perturbación enorme, efecto a todas luces justificado, basta recordar que no existe noticia en los cuarenta volúmenes de la historia universal, ni siquiera un caso para muestra, de que alguna vez haya ocurrido un fenómeno semejante, que pasara un día completo, con todas sus pródigas veinticuatro horas, contadas entre diurnas y nocturnas, matutinas y vespertinas, sin que se produjera un fallecimiento por enfermedad, una caída mortal, un suicidio conducido hasta el final, nada de nada, como la palabra nada.”
“… Antes, en el tiempo en que se moría, las pocas veces que me encontré delante de personas que habían fallecido, nunca imaginé que la muerte de ellas fuese la misma de la que yo un día vendría a morir, Porque cada uno de vosotros tenéis vuestra propia muerte, la transportáis en algún lugar secreto desde que nacéis, ella te pertenece, tu le perteneces.”
“…a decir verdad, nosotros, los humanos, no podemos hacer mucho mas que sacarle la lengua al verdugo que nos va a cortar la cabeza, será por eso que siento una enorme curiosidad por saber cómo va a salir del lío en que está metida, con esa carta que va y viene y de ese violonchelista que ya no podrá morir a los cuarenta y nueve porque ya ha cumplido los cincuenta. La muerte hizo un gesto de impaciencia, se sacudió bruscamente del hombro la mano fraternal con la que la consolábamos y se levantó de la silla. Ahora parecía mas alta, con mas cuerpo, una señora muerte como debe ser, capaz de hacer temblar el suelo bajo sus pies, con la mortaja arrastrando y levantando humo a cada paso. La muerte está enfadada. Es el momento de sacarle la lengua.”
“Las intermitencias de la muerte”, de José Saramago.
En Algún día | José Saramago.
In Memoriam: Carlos Monsiváis.

El escritor mexicano Carlos Monsiváis, un lúcido e irónico analista de la sociedad y la política del país, falleció ayer sábado, a los 72 años, debido a una fibrosis pulmonar. El escritor permanecía internado desde el 2 de abril en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición “Salvador Zubirán” de la ciudad de México por problemas respiratorios.
Monsiváis, identificado con la izquierda, fue un ácido crítico de la clase política de su país, sobre todo del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobernó al país por 71 años consecutivos.
Monsiváis, nacido el 4 de mayo de 1938, es conocido por una carrera de más de 50 años dedicada a hacer la crónica de los cambios históricos, las tendencias sociales, la cultura popular y la literatura mexicana. También conocido como ensayista y periodista, Monsiváis estudió Economía y Filosofía y en sus escritos tocó temas muy diversos, desde la pobreza y la represión política hasta textos biográficos de ídolos populares. Fue, igualmente, autor de numerosas crónicas y columnas en los principales periódicos de la historia reciente, activista e irónico crítico del Gobierno mexicano.
Entre sus obras representativas se encuentran Días de guardar (1970), Notas sobre la cultura mexicana en el siglo XX en Historia General de México (1976), Amor Perdido (1976); El crimen en el cine (1977). Y las antologías La poesía mexicana del siglo XX (1966), Poesía Mexicana II, 1915-1979 (1979); A ustedes les consta. Antología de la Crónica en México (1980), Lo fugitivo permanece. 21 cuentos mexicanos (1984), La poesía mexicana II, 1915-1985 (1985). In Memoriam.
Anthony Blunt, el traidor más elegante.
El juego comenzó con la fascinación secreta de sentirse izquierdista, culto y antipatriota. El historiador de arte inglés que llegó a ser asesor de Isabel II, y también uno de Los cinco de Cambridge, llevó al límite el juego de la impostura y la arrogancia.
Nunca nadie como este hombre, Anthony Blunt, nacido el 26 de septiembre de 1907, en Bournemouth, hijo de un vicario anglicano, graduado en el Trinity College de Cambridge, llevó tan lejos el juego fascinante de la impostura. En su juventud formó parte del Grupo de Bloomsbury, una cuadra exquisita de seres vestidos con telas color barquillo, diletantes, escépticos, cazadores de mariposas con sombreros blandos, que en los años treinta del siglo pasado establecieron su existencia entre la inteligencia y la neurosis, más allá del bien y del mal. Anthony Blunt fue entre ellos el que más se arriesgó a la hora de lucir con elegancia una doble o triple vida, sin la cual nadie se podía considerar en su medio un hombre interesante.
En la casa de Virginia Woolf, en 46 Gordon Square de Londres, barrio de Bloomsbury, se reunían en las tertulias de los jueves los filósofos Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein, el economista John Maynard Keynes, el escritor Gerald Brenan, el novelista E. M. Forster, la escritora Katherine Mansfield y los pintores Dora Carrington y Duncan Grant y otra gente dorada. Hablaban de arte, de filosofía, de la nueva economía, de psicoanálisis, de teoría cuántica, de los fabianos, de Cézanne, Gauguin, Van Gogh y Picasso; se ponían ciegos de peyote y celebraban fiestas disfrazados de sultanes.
¿A quién no le gustaría tener en el árbol genealógico a un vicario evangelista y haber heredado un dinero purificado por varias generaciones para poder ser un rico y divertido esnob, estéticamente malvado e ingresar en la aristocracia de la inteligencia después de pasar por el Trinity College? A Anthony Blunt le acompañaba además un físico elegante, el esqueleto que a los elegidos regalan los dioses. Era profesor de Arte en Cambridge, especialista en el pintor barroco Nicolas Poussin y en el arquitecto Borromini; ejercía con gran éxito la crítica en el periódico The Spectator; era miembro del Instituto Warburg, un centro especializado en los estudios de iconología renacentista, se había formado en la doctrina marxista durante su etapa universitaria y en cualquier controversia sobre estética tenía la última palabra. Era homosexual y cripto-comunista, dos formas de sentirse al margen del orden victoriano.
Mientras otros miembros del Grupo de Bloomsbury y compañeros de Cambridge en ese tiempo viajaron a Grecia y a Constantinopla con muchos baúles forrados de loneta para compaginar la visión del Partenón o de la Mezquita Azul con la contemplación de niños andrajosos, lo que les permitía ser a la vez elegantes y compasivos, Anthony Blunt en 1933 prefirió visitar Rusia, que estaba en plena ebullición revolucionaria y allí, después de extasiarse en la vanguardia de los constructivistas, en las nuevas técnicas de la imagen y en el espíritu de fraternidad universal que parecía estar germinando, la NKVD antecesora de la KGB, aprovechó su emoción para introducirlo en sus redes. El juego comenzó con la fascinación secreta de sentirse izquierdista, culto y antipatriota, unas características que lo llevaban al vértigo del abismo, pero Blunt siguió enredándose aún más en esta baraja cuando después se unió al ejército británico en 1939 e ingresó en la M-15 como espía al servicio de la Corona.
Aunque hoy nos parezca incomprensible, hubo un momento en que la revolución soviética calentó la parte más noble del corazón de muchos estetas, que habían cultivado una rebeldía natural en los colegios de élite en Inglaterra. Creían que el arte también iba a ser liberado de las cadenas de la burguesía y comenzaría a cabalgar en la grupa del mismo caballo de la igualdad entre los hombres más allá de la clase social y del límite de las fronteras. Los más esnobs vivían este ideal con la excitación de una pasión clandestina e inconfesable.
Este historiador de arte inglés fue uno de Los cinco de Cambridge, con Donald Maclean, Guy Burgess, John Cairncross y Kim Philby, un grupo de espías al servicio de la Unión Soviética desde los años treinta y durante la guerra fría, pero sus compañeros ya habían sido desenmascarados y Blunt, que había trabajado para los servicios secretos soviéticos durante cuatro décadas, era el cuarto hombre, un ser misterioso que permanecía en la oscuridad. Kim Philby, que sólo quería ser espía y no tenía otro horizonte, apareció un día refugiado en Moscú; en cambio Blunt amparaba su existencia como historiador de arte.
Sodomita, comunista críptico y espía doble. Para llevar al límite la excitación dentro de una evanescente decadencia a Blunt sólo le faltaba otro paso de rosca: recibir más honores, cargos y medallas de la Corona a medida que se sentía más traidor a su patria. En 1945 fue designado conservador de la colección de las pinturas reales inglesas, posteriormente llegó a ser asesor personal de la reina Isabel y fue nombrado sir de la Corona Real. Esta era la parte visible de su personalidad con su ineludible presencia en el palacio de Buckingham por donde ambulaba como si fuera su casa con un gato en los brazos.
Los honores continuaron hasta el 15 de noviembre de 1979 en que Margaret Thatcher, en respuesta a una pregunta insidiosa y preparada, lo desenmascaró públicamente en el Parlamento cuando Blunt ya era un anciano. A partir de ese momento comenzaron a salir ratas por debajo de la estética como siempre sucede cuando el culto de la belleza coquetea con el mal. ¿Cómo era posible que un ser tan elegante hubiera cometido tantas villanías? Es uno de los misterios insondables del alma humana. Por otra parte la cacería que a partir de ese día sufrió este personaje siguió el mismo rito del venado viejo que ofrece los ijares a una jauría de perros. Resulta que este profesor sodomita había seducido a algunos alumnos en la universidad, era responsable de la muerte de 49 agentes holandeses, tenía una fortuna en el extranjero, había provocado el suicidio de Virginia Lee, alumna suya; había practicado la pedofilia en el orfanato de Kincora en Irlanda del Norte, había chantajeado al duque de Windsor acusándolo de haber colaborado con los nazis, dio autenticidad con su dictamen a varias falsificaciones de pintura, se confabuló con el marchante Wildenstein para vender un cuadro falso de Georges de la Tour al Metropolitan Museum de Nueva York, le había robado la autoría de un libro sobre Picasso a su alumna Phoebe Pool, le había pedido dinero al barón de Rothschild para comprar un Poussin y no se lo había devuelto, le había sacado un Poussin por una miseria a su amigo Duncan Grant, anciano y desvalido, antiguo compañero de Bloomsbury y lo había revendido por un precio astronómico a una galería de Canadá. Esta retahíla de cargos comenzó a sonar como mantras en todos los tabloides y han sido recogidas por muchos historiadores.
Anthony Blunt renunció a defenderse. Elevó la hipocresía a una categoría estética y se limitó a soportar el abandono de sus amigos y la degradación pública con la mayor desenvoltura como si se tratara de otro juego, de otra ficción. Cuando en 1979, sentado ante un tribunal, el fiscal le preguntó: “¿Es usted consciente de que ha sido traidor a la patria?”, el elegante anciano Anthony Blunt carraspeó ligeramente y con el mejor acento de Cambridge contestó: “Me temo que sí“. No es posible concebir una respuesta más arrogante. Y así hasta su muerte, que sucedió en 1983, en medio de las cenizas del olvido.
Texto: Anthony Blunt, el traidor más elegante – Manuel Vicent. Babelia. 19/06/2010.
19 Junio: Día del Español 2010.

El Instituto Cervantes celebra hoy, sábado 19 de junio, el segundo Día del Español en los más de 70 centros que posee en 42 países de los cinco continentes. El encuentro comenzará con el lanzamiento de una “Lluvia de palabras” desde todos los centros, a las 11 de la mañana (hora local de cada país) y se prolongará a lo largo de toda la jornada con un completo programa de actividades culturales.
La iniciativa del Día del Español se puso en marcha en el 2009 lanzando la pregunta de cuál era nuestra palabra favorita. Entonces el vocablo elegido fue “malevo“, seguido por “chapuza” y “albricias”. Este año, a través de la página web www.eldiae.es los internautas podrán hacer llegar su palabra preferida y explicar por escrito, en vídeo o con un pictograma por qué les gusta ese vocablo concreto, incluyendo un “ficcionario” de vocablos inventados con más de 2.120 términos. Como novedad, la página incorpora “El juego del español“, que permite medir el grado del conocimiento de la lengua de una manera lúdica tanto en solitario como conectados con otros jugadores en cualquier lugar del planeta.
El español es la segunda lengua materna del mundo por número de hablantes, el segundo idioma de comunicación internacional y el tercero más utilizado en internet, donde el uso de este idioma se ha incrementado en la última década en un 651%.
Más información en http://www.eldiae.es/
Sitio Oficial: El Día E. ¦ Instituto Cervantes ¦ Facebook
In Memoriam: José Saramago.

Hoy viernes 18 de Junio, José Saramago ha fallecido a las 12:30 horas en su domicilio de Lanzarote, a los 87 años de edad, a consecuencia de un fallo multiorgánico después de una larga enfermedad. El escritor murió acompañado de su familia, despidiéndose de una forma serena y plácida.
Fundación José Saramago
18 de junio de 2010
Se va Saramago, el hombre que nos previno contra una destructora epidemia de ceguera. Y en estos tiempos su adiós parece un símbolo. El primer Premio Nobel que recibió la lengua portuguesa ha sido un referente para toda la izquierda del planeta. Afiliado al Partido Comunista, y a pesar de sus éxitos literarios, Saramago no dejó jamás de implicarse en todos los asuntos sociales y políticos. Quizá por su activismo eligió como compañera desde hace 25 años a la también periodista sevillana Pilar del Río. España y Portugal unidos en un matrimonio que a Saramago le habría gustado llevar hasta el altar de lo político.”El hombre que se atrevió a decir no”, ése podría ser un buen epitafio para él. En estos tiempos en los que, más que nunca, nos obligan a decir que sí. In Memoriam:
Sobre la escritura
- “Yo no escribo para agradar ni tampoco para desagradar. Escribo para desasosegar”. (2009).
- “Sigo escribiendo, intentándolas comprender (las cosas), porque no tengo nada mejor que hacer y sabiendo que llegaré al final sabiendo lo mismo que sabía antes, es decir poco o casi nada”. (2007)
- “El triunfo nunca ha sido un objetivo para mí”. (2007)
- “En un tiempo como el de ahora, en el que tan fácilmente se desprecia a los mayores, creo que soy un ejemplo muy bueno. Entre los 60 y los 84 he hecho una obra. Por tanto ¡ojo con los viejos!” (2007)
- “Antes de empezar a escribir, tengo que escuchar lo que suena en mi cabeza, porque si acabo una frase con todo sentido, pero a esa frase le faltan armonía y melodía, es que aún sigue incompleta”. (2007)
- “No es que sea pesimista, es que el mundo es pésimo”. (2005)
- “El escritor es sólo un pobre diablo que trabaja”. (2004)
- “Yo no escribo por amor, sino por desasosiego; escribo porque no me gusta el mundo donde estoy viviendo”. (2003)
- “Si la literatura pudiera cambiar el mundo, ya lo habría hecho”. (2004)

Especial José Saramago en el Mundo.es.
Especial José Saramago en RTVE.es.
Especial José Saramago en El País.com.
Especial José Saramago en Diario Sur.
Especial José Saramago en La Jornada Semanal.
En Algún día | José Saramago.
La mayor necesidad. Rose George.
Título: La mayor necesidad. Un paseo por las cloacas del mundo. Autor: Rose George. Ediciones Turner. Precio: 22 euros.
“Dos mil seiscientos millones de personas viven sin saneamiento. No me refiero a que no dispongan de retrete en sus casas y tengan que usar uno público con sus filas y sus tarifas. Ni a que tengan un excusado en el exterior de su vivienda, o una caseta destartalada que desagua en un sumidero inmundo o en una pocilga. Todo eso se consideran instalaciones sanitarias, aunque no de las saludables. Quienes disponen de esta clase de instalaciones son los afortunados. Me refiero a que cuatro de cada diez habitantes del planeta no tienen acceso a ninguna letrina, inodoro, cubo ni cubículo. Nada. Por el contrario, defecan junto a las vías del tren y en los bosques; evacuan en bolsas de plástico y las arrojan por la ventana a los angostos callejones de los barrios de chabolas.
El peaje patológico que se cobra este proceso es apabullante. Un gramo de heces puede contener diez millones de virus, un millón de bacterias, mil quistes parásitos y cien huevos de lombriz. (…) Los niños son los que más sufren. La diarrea -que casi en un 90% de los casos es consecuencia de agua o alimentos contaminados por heces- mata a un niño cada quince segundos. En la última década han muerto más niños por diarrea que personas en conflictos armados desde la II Guerra Mundial.
(…) Hoy día, el estilo de vida moderno ofrece a casi todo el mundo uno o varios instrumentos mágicos de eliminación de residuos corporales que hacen desaparecer los excrementos y constituyen una barrera entre los seres humanos y sus desechos, potencialmente tóxicos. Todas las ciudades cuentan con una red de alcantarillado que se lleva los residuos a Dios sabe dónde, para que una unidad de eliminación más grande haga con ellos lo que tenga que hacer, sin que nadie tenga que verlo ni, esperemos, olerlo. El saneamiento es el fundamento de las modernas ciudades, lo que permite que tanta gente pueda compartir un espacio tan reducido sin sufrir las consecuencias que tan bien conocen, pues inutilizan sus intestinos y acaban con la vida de sus hijos, esos que tienen que defecar en bolsas de plástico.
(…) Más de dos millones de personas -principalmente niños- mueren de una dolencia que para la mayoría de occidentales es una simple molestia provocada por un plato en mal estado en un restaurante de comida rápida. Los médicos hablan de enfermedades relacionadas con el agua, pero la expresión es un eufemismo: en realidad son enfermedades relacionadas con la mierda. En 2007, el British Medical Journal pidió a sus lectores que eligiesen el mayor hito médico de los últimos doscientos años. Las opciones de la encuesta eran amplias: los antibióticos, la penicilina, la anestesia, la píldora anticonceptiva. El vencedor de la votación fue el saneamiento. En el Londres decimonónico, con su deficiente alcantarillado, la mitad de los niños moría prematuramente. Tras la introducción de los retretes, las cloacas y el lavado de manos con jabón, la mortalidad infantil se redujo a una quinta parte, la mayor reducción en toda la historia de Gran Bretaña.
(…) En la primavera de 2007, la ciudad de Galway, en la costa occidental de Irlanda, celebró como todos los años su desfile de las artes. La ciudad gasta fama de centro cultural: tiene una buena universidad y parques muy agradables con unos bancos estupendos, en uno de los cuales me senté una tarde, toda embobada, mientras una mano sigilosa me robaba la mochila, para acto seguido escuchar el griterío de una horda de lugareños que, procedentes de un pub cercano, salían inmediatamente en pos del ladrón, tanta era la bondad de aquellos hombres rebosantes de cerveza Guinness. Tengo buenos recuerdos de Galway, pero me alegré de no haber estado allí esa primavera de 2007, porque la gran novedad del desfile de las artes fue un hombre embutido en un disfraz peludo de color verde, con muchos brazos y un solo ojo. Le habían puesto de nombre Cripto, y cualquiera que hubiese pasado por la ciudad durante los cinco meses anteriores no habría necesitado más pistas, porque Cripto era el culpable de que una urbe de rica vida cultural y rango internacional como Galway estuviese padeciendo condiciones propias de los peores poblados chabolistas del planeta. (…) La cosa había empezado a comienzos de marzo, cuando surgieron las primeras noticias sobre dolores estomacales y diarreas persistentes. Hubo hospitalizaciones entre los más vulnerables -los ancianos, los niños, los inmunodeficientes-, y bastante perplejidad en cuanto a las causas. Algo había contaminado el suministro de agua potable del lago Corrib. (…) Las primeras pruebas revelaron que casi todas las infecciones se debían al Cryptosporidium hominis, que se transmite de un ser humano a otro. Un programa de investigación de la radio pública irlandesa descubrió que las aguas residuales que se vertían en el lago procedentes del alcantarillado de la pequeña ciudad ribereña de Oughterard presentaban un nivel de criptosporidios seiscientas veces superior al permitido en la vecina Irlanda del Norte.
(…) Milán, la capital cultural de Italia, cuenta con un teatro de ópera de prestigio mundial, La Scala, y es una meca de la alta costura, pero hasta fechas vergonzosamente recientes no era capaz de hacer otra cosa con sus aguas residuales que verterlas tal cual al sufrido río Lambro. El Ayuntamiento por fin construyó una estación depuradora, probablemente en respuesta a la amenaza por parte de la Unión Europea de imponerle una multa de quince millones de dólares diarios por infringir una ley de eliminación de residuos. El incidente resulta paradójico, habida cuenta de que Bruselas, la próspera y poderosa sede administrativa de la UE, no se decidió a construir su depuradora de aguas negras hasta 2003. Hasta entonces, los residuos producidos por ese sinfín de diplomáticos, burócratas e inteligentes y competentes funcionarios se vertían en un río, sin que todos esos inteligentes y competentes individuos dijesen ni mu. En Estados Unidos -donde, por cierto, 1,7 millones de personas carecen de instalaciones sanitarias-, una contaminación por criptosporidio en el suministro de agua de Milwaukee hizo caer enfermas a 400.000 personas y causó más de cien muertes. Fue la mayor epidemia por agua contaminada de la historia de Estados Unidos y tuvo lugar en 1993, más de un siglo después de que los fundadores de las ciudades estadounidenses instalasen tuberías para proporcionar agua limpia a sus conciudadanos y cloacas y plantas de tratamiento para llevarse sus residuos.
(…) El 90% de las aguas residuales de los países en vías de desarrollo va a parar, sin tratamiento alguno, a mares, ríos y lagos; pero una cantidad sorprendente también procede de ciudades provistas de alcantarillado y plantas de tratamiento. En el mundo occidental, el saneamiento depende de las tuberías… y de la presunción de inocencia. A pesar de la tecnología, de los ingenieros y de lo ingenioso de los modernos sistemas sanitarios; a pesar del rutilante progreso y de los inodoros de cisterna, los seres humanos, aun los más ricos y mejor equipados, no saben qué hacer con sus aguas fecales, salvo llevárselas a otra parte y confiar en que nadie se entere de que se vierten sin tratar en alguna fuente de agua potable. Y lo cierto es que nadie se entera”.
Ficha del Libro: Ediciones Turner.
Un asunto escato-lógico – Antonia Nájar Ruiz.
Fragmento extraído de El Pais.com.
Bloomsday 2010.
Desde 1954 se celebra, cada 16 de junio, el Bloomsday en honor a Leopold Bloom, personaje principal del «Ulises» de James Joyce.

Leopold Bloom va al funeral de su amigo Paddy Dignam. La temática del capítulo es la muerte. Mirando al sepulturero, Leopold se pierde en sus pensamientos.
“Ya ha visto una buena cantidad de gente ir bajo tierra en su momento, tirados a su alrededor campo tras campo. Camposantos. Más lugar si se los entierra parados. Sentados o de rodillas no se podría. ¿Parados? La cabeza podría asomar un día en algún terremoto con la mano señalando. Todo el campo debe estar panalizado: celdas oblongas. Y lo mantiene muy prolijo también: corta el pasto y los bordes. El intendente Gamble llama Monte Jerome a su jardín. Y lo es. Deben ser flores del sueño. Los cementerios chinos donde crecen tulipanes gigantes producen el mejor opio, me dijo Mastiansky. Los Jardines Botánicos están ahí mismo. Es la sangre que se hunde en la tierra la que da nueva vida. La misma idea esos judíos que dijeron haber matado al niño cristiano. Todo hombre su precio. El grueso cadáver bien preservado de un caballero, epicúreo, invaluable para un jardín frutal. Una ganga. Por la carcasa de William Wilkinson, auditor y contador, recientemente fallecido, tres libras, trece chelines con seis. Agradecido.
Me animo a decir que el suelo engordaría con el abono de cadáveres, huesos, carne, uñas, osarios. Horribles. Se vuelven verdes y rosas, se descomponen. Se pudren rápido en la húmeda tierra. Los flacos viejos son más duros. Luego como ceroso con aspecto de queso. Luego se empieza a poner negro, una melaza que se les rezuma. Luego se secan. Mariposas de la muerte. Claro que las células o lo que sean siguen viviendo. Van cambiando. Viven prácticamente para siempre. Nada para comer se comen ellas mismas.
Pero deben criar un infierno de gusanos. El suelo debe formar remolinos con ellos. Se le arremolina la cabeza a uno. Esas lindas chicas en la playa. El parece bastante contento con esto. Le da una sensación de poder ver a los demás ir bajo tierra primero. Me pregunto cuál es su mirada sobre la vida. Cuenta sus chistes, además: lo pone de lo más feliz. Aquel del boletín. Spurgeon se fue al cielo a las 4 AM esta mañana. Las 11 AM (hora de cerrar). No llegó todavía. Pedro. Los mismos muertos los tipos de alguna manera querrían oír algún chiste o las mujeres saber qué está de moda. Una pera jugosa, o un jugo de frutas para damas, caliente, fuerte y dulce. La humedad, afuera. Hay que reírse a veces así que mejor hacerlo así. Los sepultureros en Hamlet. Muestra el profundo conocimiento del corazón humano. No se anima a contar un chiste de muertos por dos años, al menos. De mortuis nil nisi prius. Primero hay que salir del duelo. Difícil imaginarse su funeral. Parece como un chiste. Leer el propio obituario dicen que uno vive más. Como que da nuevos ímpetus. Un nuevo contrato para vivir”.
Fragmento de “Ulysses” (“Ulises”), de James Joyce (Traducción de Leandro Fanzone)
La Orden del Finnegans.
«La Orden del Finnegans», compendio de lecturas joyceanas que publica ediciones Afabia.
La vida de Rubén Darío escrita por él mismo.


“Tengo más años, desde hace cuatro, que los que exige Benvenuto para la empresa. Así doy comienzo a estos apuntamientos que más tarde han de desenvolverse mayor y más detalladamente.
En la catedral de León, de Nicaragua, en la América Central, se encuentra la fe de bautismo de Félix Rubén, hijo legítimo de Manuel García y Rosa Sarmiento. En realidad, mi nombre debía ser Félix Rubén García Sarmiento. ¿Cómo llegó a usarse en mi familia el apellido Darío? Según lo que algunos ancianos de aquella ciudad de mi infancia me han referido, un mi tatarabuelo tenía por nombre Darío. En la pequeña población conocíale todo el mundo por Don Darío; a sus hijos e hijas por los Daríos, las Daríos. Fue así desapareciendo el primer apellido, a punto de que mi bisabuela paterna firmaba ya Rita Darío; y ello convertido en patronímico llegó a adquirir valor legal, pues mi padre, que era comerciante, realizó todos sus negocios ya con el nombre de Manuel Darío; y en la catedral a que me he referido, en los cuadros donados por mi tía Doña Rita Darío de Alvarado, se ve escrito su nombre de tal manera”.
(…) “¿A qué edad escribí los primeros versos? No lo recuerdo precisamente, pero ello fue harto temprano. Por la puerta de mi casa -en las Cuatro Esquinas- pasaban las procesiones de la Semana Santa, una Semana Santa famosa: «Semana Santa en León y Corpus en Guatemala»; -y las calles se adornaban con arcos de ramas verdes, palmas de cocotero, flores de corozo, matas de plátanos o bananos, disecadas aves de colores, papel de China picado con mucha labor; y sobre el suelo se dibujaban alfombras que se coloreaban expresamente, con aserrín de rojo brasil o cedro, o amarillo «mora»; con trigo reventado, con hojas, con flores, con desgranada flor de «coyol». Del centro de uno de los arcos, en la esquina de mi casa, pendía una granada dorada. Cuando pasaba la procesión del Señor del Triunfo, el domingo de Ramos, la granada se abría y caía una lluvia de versos. Yo era el autor de ellos. No he podido recordar ninguno… pero sí sé que eran versos, versos brotados instintivamente. Yo nunca aprendí a hacer versos. Ello fue en mi orgánico, natural, nacido. Acontecía que se usaba entonces -y creo que aun persiste- la costumbre de imprimir y repartir, en los entierros, «epitafios», en que los deudos lamentaban los fallecimientos, en verso por lo general. Los que sabían mi rítmico don, llegaban a encargarme pusiese su duelo en estrofas”.![]()
“La vida de Rubén Darío escrita por él mismo“. Ruben Darío. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
Escritores en la sombra.
Autores como Salinger o Pynchon, de quien acaba de publicarse en España «Contraluz», comparten el afán por permanecer ocultos y ceder todo el protagonismo a sus obras.

Si se piensa un poco, tal vez el verdadero misterio resida no en que un escritor decida desaparecer, sino en que haya tantos escritores mostrándose demasiado. Y es que en un principio no era así: en un principio el cuerpo – el corpus – eran los libros, y sus autores una suerte de fantasmas en vida, pero fantasmas al fin. El asunto se complica con la llegada de Charles Dickens. Es él quien descubre y patenta la industria del escritor como producto: se lanza a largas giras, ofrece conferencias, cobra por lecturas que son mucho más que eso. Los que estuvieron allí dejaron testimonio del alto dramatismo de las veladas. Freud lo hubiera calificado de histérico y sus biógrafos aseguran que semejante esfuerzo live fue lo que llevó a Dickens a la muerte.
En cualquier caso, a partir de entonces se le exige al escritor una vida social y no-ficción que compense la soledad de sus ficciones. No importa que en las raíces de la vocación se encuentre la obviedad incuestionable de un «escribo porque me gusta estar solo». Ahí están los cada vez más numerosos festivales, los programas de radio y televisión, la obligación de opinar sobe cualquier cosa y hasta la cláusula en los contratos con la editorial donde se estipula que el padre de la criatura deberá promocionarla con entrega y, si es posible, alegría. De ahí también que la decisión de esconderse – de dejar el juego – cause extrañeza primero y en seguida fascinación.
El especimen paradigmático –el ejemplo que siempre se invoca– es el del norteamericano Jerome David Salinger. Salinger publicó por última vez un texto (al menos bajo su nombre, pues se han llegado a detectar varios alias nunca confirmados y hasta se llegó a pensar erróneamente que él era quien se ocultaba detrás de William Wharton, otro hombre esquivo, autor del noble best seller Birdy) en 1965, en las páginas de The New Yorker. Se presume que siguió escribiendo, aunque ya no le interesara publicar y sus esporádicos avistamientos –entrando o saliendo de su casa de New Hampshire– fueron reportados como si se trataran de los de un ovni. Los motivos para esfumarse nunca fueron explicitados, pero se tiende a pensar que Salinger se cansó de todo, de sus detractores y de sus fans, y que frente al temor comprensible a acabar como Fitzgerald y Hemingway y Kerouac, convertidos más en personajes de sí mismos que en propias personas, decidiera decir adiós a todo eso.
Thomas Pynchon (de quien en un principio se dijo que era Salinger y hasta se lo acusó de ser el Unabomber) aprendió demasiado bien la lección y decidió empezar siendo una ausencia más que una presencia. Y ahí está: prestando su voz pero apareciendo con una bolsa de papel en la cabeza en episodios de Los Simpsons y afirmando que «el término ermitaño es algo que inventa el periodismo para castigarte por no querer dar entrevistas».
Don DeLillo –discípulo de Pynchon– no se prodiga mucho y, a modo de explicación, escribió toda una novela sobre el síndrome de Salinger. En Mao II, de 1991, Bill Gray, un escritor recluso, no soporta la idea de que «el futuro pertenezca a las multitudes».



Cormac McCarthy – superventas de calidad y hasta hace muy poco escritor de culto – es el último de los grandes solitarios: casi no ha otorgado entrevistas; lo poco que se sabe de él sale de una vieja entrevista en The New York Times y de un perfil en Vanity Fair, y ya varios se preguntan si irá a recibir tarde o temprano un para muchos inevitable Nobel hacia el que cabalga lento pero seguro. Es posible que sí, ya que, no hace tanto, McCarthy apareció sorpresivamente en el show televisivo de Oprah Winfrey, cuando la muy popular conductora escogió “La carretera” – lo que equivale a muchos ejemplares vendidos – para su Club del Libro.
Una cosa queda clara: la industria de la invisibilidad es viable en Estados Unidos, donde la rareza y el freak siempre pueden ser más o menos explotados en sus propios términos desde que Emily Dickinson se encerró a hacer lo suyo y Nathaniel Hawthorne se perdiera encontrándose en solitarias caminatas por la playa de Salem mientras escribía en voz alta para luego regresar a su «pieza embrujada», donde pasaba todo eso a una página en blanco y al día de hoy.
Esto no quiere decir que se trate de un fenómeno exclusivamente norteamericano: el adicto-social Marcel Proust decidió dejarlo todo (o casi todo: siempre tuvo su mesa en el Ritz) para acostarse a escribir su obra magna y Pascal Quignard y Julien Gracq siguieron su estela de privacidad. En su momento, Juan Rulfo se levantó de su escritorio para ya no volver a sentarse a escribir y Juan Carlos Onetti se metió en la cama con lapicera en mano. Haruki Murakami huyó durante varios años de Japón tras el descomunal éxito de Tokio Blues/Madera noruega y ahora entra y sale, pero desde entonces mantiene un perfil saludablemente bajo. Al día de hoy, nadie está del todo seguro acerca de quién fue Bruno Traven. Y ¿alguien ha visto a Antoni Casas Ros?
Los alias fueron, en ocasiones, forma de desaparecer: porque no estaba bien visto, las hermanas Brontë comenzaron siendo los hermanos Bell, Jane Austen comenzó firmando como «A Lady», y son pocos quienes recuerdan los verdaderos y femeninos apelativos de George Eliot o George Sand. Más juguetones fueron Romain Gary y Stephen King, quienes se pusieron las máscaras de Émile Ajar y Richard Bachman, intrigados por ver si podían recomenzar de cero y triunfar de nuevo.
En 1893, Henry James propuso en uno de sus relatos, «La vida privada», una posible solución al problema del ser o no ser y del estar o no estar. Una variante que conjugara lo mejor de ambos mundos. Allí, se nos cuenta la existencia de un escritor capaz de iluminar profundas obras maestras sin por ello tener que renunciar a una existencia frívola de fiestas y jardines. Sobre el final, el narrador/lector descubre la verdad: el escritor en cuestión tiene el raro poder de desdoblarse físicamente y así vivir, simultáneamente, tanto en el salón como en el estudio. «La vida privada», está claro, es un cuento fantástico.
Texto: Rodrigo Fresán. ABCD.es. 12.06.2010 – Número: 953.
El amante de Lady Chatterley.
“Y cuando él dijo con una especie de ligero gemido: «¡Eres maravillosa!», algo en ella se estremeció y algo en su mente se endureció resistiéndole: endurecimiento ante la horrible intimidad física, ante el extraño vértigo de su posesión. Y aquella vez el agudo éxtasis de su propia pasión no pudo con ella; permaneció con las manos inertes sobre el cuerpo agitado de él; por mucho que lo intentara, su espíritu parecía estar observando al margen, desde una posición por encima de su cabeza, y las sacudidas de las caderas del hombre le parecían ridículas, y la especie de ansiedad de su pene para llegar a una crisis que se resolvería en una pequeña evacuación parecía una farsa. Sí, aquello era el amor, aquel meneo ridículo de los carrillos del culo y el decaimiento del pobre, insignificante, húmedo y diminuto pene. ¡Aquél era el divino amor! Después de todo, los modernos tenían razón al sentir el desprecio que sentían contra aquella representación; porque no era más que una representación. Era más que cierto, como decían algunos poetas, que el Dios que había creado al hombre debía tener un sentido siniestro del humor al crearlo como ser racional y forzarlo sin embargo a tomar aquella postura ridícula y dotarlo de un hambre ciega por aquella representación ridícula. Incluso un Maupassant veía en ello un anticlímax humillante. Los hombres despreciaban el contacto sexual y sin embargo caían en él.
Fría y despreciativa, su extraña mente femenina se mantuvo al margen, y aunque adoptó una perfecta inmovilidad, sentía el impulso de levantar las caderas y expulsar al hombre, de escapar a su siniestra garra, a la embestida y al cabalgamiento de sus absurdas nalgas. Su cuerpo era algo desquiciado, impúdico, imperfecto, un tanto repugnante, inacabado, patoso. Porque, sin duda, una evolución plena de los seres humanos acabaría con aquella comedia, aquella «función».
Fragmento de “El amante de Lady Chatterly” de David Herbert Lawrence.
Lady Chatterley’s Lover. (Original en Inglés)
Amin Maalouf. Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2010.

El novelista y ensayista libanés Amin Maalouf, crítico implacable tanto del mundo occidental como del árabe, ha sido reconocido este año con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, tras un reñido proceso de selección en el que tuvo de adversarios a literatos como el Nobel portugués José Saramago, Ana María Matute, John Le Carré y Nicanor Parra.
Amin Maalouf nació en Beirut en febrero de 1949 y siendo un bebé se fue con sus padres a vivir a Egipto. Apenas tenía 3 años cuando la revolución triunfó en El Cairo, las propiedades de su familia fueron nacionalizadas y todos emprendieron el camino de regreso a Líbano. En 1976, cuando estalló la guerra civil en su país, Maalouf marchó de nuevo al exilio, esta vez hacia París. Sin haber cumplido los 30 años, Maalouf era un experto en desgarros vitales, políticos y culturales. A nadie debe extrañar que su literatura esté teñida por el afán de explicar que la convivencia entre culturas es posible e imprescindible. Y que el pasado ha marcado a fuego el presente.
El autor de “León el africano” nació en el seno de una familia acomodada y tuvo la mejor educación. Su padre era un periodista que fundó un par de diarios en el próspero Líbano de mitad del siglo XX, cuando durante un tiempo feliz su país fue la Suiza de Oriente Próximo. Junto a su carácter de hombre de empresa, su progenitor cultivaba una faceta artística muy notable que le hizo ser reconocido en ambientes culturales como un importante pintor y poeta. Además, en su hogar el islamismo se vivía con intensidad pero sin radicalismos.
En la Universidad francesa de Beirut, Amin Maalouf estudió Economía y Sociología, una formación muy útil para la crítica del mundo actual que realiza en libros y periódicos desde hace décadas. Porque al final se inclinaría por el periodismo como actividad principal, una vez que hubo de abandonar su país, ensangrentado por una guerra civil que de forma larvada se ha prolongado hasta hoy. En París trabajó como redactor jefe de “Jeune Afrique” y pronto publicó su primer libro: “Las cruzadas vistas por los árabes”, una verdadera declaración de intenciones, porque contaba un episodio histórico muy conocido, pero dando voz a la otra parte. A partir de ahí, toda su literatura ha sido una exploración de la historia, las religiones, las culturas y las identidades. Así sucedió con “León el Africano”, su novela más conocida en España. En ella, el protagonista, que ha nacido en la Granada nazarí poco antes de su caída en manos cristianas, vive una gran aventura en la que dos mundos se disputan el dominio del Mediterráneo.
Los personajes de profundo significado histórico pueblan la mayor parte de sus títulos. En “Samarcanda”, se trata del poeta Omar Khayyam, el autor de “Rubaiyat”, que estará acompañado del creador de la secta de los Asesinos. En “Los jardines de luz”, en fin, presenta a un hombre nacido en las orillas del Tigris y bautizado con el nombre de Mani, que fundará una doctrina capaz de aunar las tres grandes religiones con una visión tan humana que terminará siendo perseguido por todos los imperios de aquel tiempo. No es su novela más conocida, al menos en España, pero quizá sea la más ambiciosa ya que tras la historia narrada hay un verdadero planteamiento político, ético y religioso, que ha sido desarrollado de manera más argumentativa en sus ensayos y textos periodísticos.
En Identidades asesinas (1999) hace un repaso general de la historia de las religiones, de la filosofía y de las culturas para apuntar soluciones a los enfrentamientos por motivos de identidad, sea ésta nacional, religiosa o cultural. En El desajuste del mundo. Cuando las civilizaciones se agotan (2009), el autor libanés reconocía que el sueño de un panarabismo tolerante está muy lejos.
Además, ha escrito el libreto de la ópera L’amour de loin, de la compositora finlandesa Kaija Saariaho, estrenada en el Festival de Salzburgo del año 2000. Ha recibido, entre otros galardones, el Premio Goncourt por La roca de Tanios (1993), el Prix Mediterranée y la Medalla de Oro de Andalucía. Es doctor honoris causa por la Universitat Rovira i Virgili de Tarragona.
Discurso del Método.


“El buen sentido es lo que mejor repartido está entre todo el mundo, pues cada cual piensa que posee tan buena provisión de él, que aun los más descontentadizos respecto a cualquier otra cosa, no suelen apetecer más del que ya tienen. En lo cual no es verosímil que todos se engañen, sino que más bien esto demuestra que la facultad de juzgar y distinguir lo verdadero de lo falso, que es propiamente lo que llamamos buen sentido o razón, es naturalmente igual en todos los hombres; y, por lo tanto, que la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que unos sean más razonables que otros, sino tan sólo de que dirigimos nuestros pensamientos por derroteros diferentes y no consideramos las mismas cosas. No basta, en efecto, tener el ingenio bueno; lo principal es aplicarlo bien. Las almas más grandes son capaces de los mayores vicios, como de las mayores virtudes; y los que andan muy despacio pueden llegar mucho más lejos, si van siempre por el camino recto, que los que corren, pero se apartan de él. Por mi parte, nunca he presumido de poseer un ingenio más perfecto que los ingenios comunes; hasta he deseado muchas veces tener el pensamiento tan rápido, o la imaginación tan clara y distinta, o la memoria tan amplia y presente como algunos otros. Y no sé de otras cualidades sino ésas, que contribuyan a la perfección del ingenio; pues en lo que toca a la razón o al sentido, siendo, como es, la única cosa que nos hace hombres y nos distingue de los animales, quiero creer que está entera en cada uno de nosotros y seguir en esto la común opinión de los filósofos, que dicen que el más o el menos es sólo de los accidentes, mas no de las formas o naturalezas de los individuos de una misma especie. Pero, sin temor, puedo decir, que creo que fue una gran ventura para mí el haberme metido desde joven por ciertos caminos, que me han llevado a ciertas consideraciones y máximas, con las que he formado un método, en el cual paréceme que tengo un medio para aumentar gradualmente mi conocimiento y elevarlo poco a poco hasta el punto más alto a que la mediocridad de mi ingenio y la brevedad de mi vida puedan permitirle llegar. Pues tales frutos he recogido ya de ese método, que, aun cuando, en el juicio que sobre mí mismo hago, procuro siempre inclinarme del lado de la desconfianza mejor que del de la presunción, y aunque, al mirar con ánimo filosófico las distintas acciones y empresas de los hombres, no hallo casi ninguna que no me parezca vana e inútil, sin embargo no deja de producir en mí una extremada satisfacción el progreso que pienso haber realizado ya en la investigación de la verdad, y concibo tales esperanzas para el porvenir, que si entre las ocupaciones que embargan a los hombres, puramente hombres, hay alguna que sea sólidamente buena e importante, me atrevo a creer que es la que yo he elegido por mía. Puede ser, no obstante, que me engañe; y acaso lo que me parece oro puro y diamante fino, no sea sino un poco de cobre y de vidrio. Sé cuán expuestos estamos a equivocar nos, cuando de nosotros mismos se trata, y cuán sospechosos deben sernos también los juicios de los amigos, que se pronuncian en nuestro favor. Pero me gustaría dar a conocer, en el presente discurso, el camino que he seguido y representar en él mi vida, como en un cuadro, para que cada cual pueda formar su juicio, y así, tomando luego conocimiento, por el rumor público, de las opiniones emitidas, sea este un nuevo medio de instruirme, que añadiré a los que acostumbro emplear. Mi propósito, pues, no es el de enseñar aquí el método que cada cual ha de seguir para dirigir bien su razón, sino sólo exponer el modo como yo he procurado conducir la mía. Los que se meten a dar preceptos deben de estimarse más hábiles que aquellos a quienes los dan, y son muy censurables, si faltan en la cosa más mínima. Pero como yo no propongo este escrito, sino a modo de historia o, si preferís, de fábula, en la que, entre ejemplos que podrán imitarse, irán acaso otros también que con razón no serán seguidos, espero que tendrá utilidad para algunos, sin ser nocivo para nadie, y que todo el mundo agradecerá mi franqueza”.
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Discurso del Método. René Descartes. Traducción y prólogo de Manuel García Morente. Bibliotecas Virtuales.




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