Algún día en alguna parte

Pareceres varios del mundo del Arte y la Literatura.

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El mito del escritor infeliz.

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Texto: Rosa Montero. El País Semanal.15.11.2009.

“Me aburren profundamente los numerosos tópicos y malentendidos que se generan en torno a la figura del artista, y en concreto de los escritores, que es lo que me atañe más de cerca. Por un lado se supone que el escritor es un ser distinto y especial, una persona iluminada y sabia siempre acariciada por el aleteo fulgurante de las Musas. Esta idea ridículamente sublime del creador es el origen de muchas decepciones, como cuando un buen novelista resulta ser en persona un miserable (ocurre) o cuando se les pide a los literatos opiniones sobre cualquier cosa cual si fueran el oráculo de Delfos, y al abrir la boca dichos literatos empiezan a soltar mentecateces, porque nadie puede ser un experto al mismo tiempo en economía, sindicalismo agrario, rock progresivo, apicultura e incursiones bélicas, por poner un ejemplo.

Otro lugar común ampliamente extendido dicta que el artista ha de ser desgraciado hasta las cachas y que no puedes escribir nada medianamente bueno si no estás sufriendo como un perro. De hecho se suele mencionar una dicotomía totalmente falsa entre la vida y la obra, como si escoger la escritura fuera renunciar a vivir y meterse en un destino de anacoreta, cuando en realidad es justo al contrario, en realidad escribir es vivir, y hablo de una vida de primera calidad. Una buena vida, una actividad por lo general gratificante, incluso si eres un mal novelista.

Porque esa es otra de las confusiones: la gente piensa que sólo los buenos escritores son escritores, pero no es así, de la misma manera que también son abogados los malos abogados. Quiero decir que escribir es una forma de ser, una manera de vivir, pero también un oficio que se pule y se aprende y se desarrolla. Ser novelista, especialmente, es un trabajo modesto y fabril, una actividad tenaz de picapedrero. Las Musas no existen y la inspiración es un fogonazo del inconsciente que se suele conseguir con mucho esfuerzo. Como decía Picasso, que la inspiración te pille trabajando. Y también decía (Picasso fue una mina de citas célebres): “El arte es un 1% de inspiración y un 99% de perspiración”. Aunque creo que esta última frase era originalmente de Edison y se refería a la invención. Los artistas, en fin, déjenme decir una obviedad, no son gente distinta a los demás.

Pero si por un lado existen todos estos tópicos rutilantes sobre los creadores, luego resulta que en la realidad a los autores se les trata como una basurilla. Como bufones de la sociedad, esclavos sin sueldo para el placer del público. Realmente no me explico cómo al personal le cuesta tantísimo entender que los derechos de autor son una cuestión de justicia elemental. La gente, cuando habla de cultura, se suele llenar la boca de grandes palabras, y al hacerlo habitualmente confunde el derecho al acceso a la cultura, con el que todos estamos de acuerdo, con la idea de cultura gratis, un concepto vidrioso que siempre acaban pagando los autores. Qué curioso que, en este mundo en el que todo se mide por lo económico, resulte tan difícil entender que las actividades creativas son un trabajo que también debe pagarse. A veces pienso que se fomenta esa idea ridícula del creador como ser especial justamente para despojarle de sus derechos laborales. Como si el sucio dinero manchara las níveas vestiduras de las Musas. Pero no nos parece que el dinero pervierta la vocación hipocrática de los médicos, por ejemplo (comprendemos que cobren). Y además, ya hemos dicho que las Musas no existen.

Resulta que el 3,5% del PIB español viene de actividades relacionadas con la propiedad intelectual. Y de eso, el 1,21% procede del sector del libro. Quiero decir que es algo que mueve muchísimo dinero. ¿Y van a ser los primeros generadores de todo ese caudal quienes queden esquilmados? Cuando algunos piden la gratuidad de los contenidos culturales, ¿por qué ni se les ocurre exigir que sean gratis los bienes y servicios que te permiten llegar a esos contenidos? Es decir: queremos que la novela que nos descargamos no cueste ni un duro, pero pagamos religiosamente nuestros ordenadores, o la hora de enganche en un cibercafé. Las nuevas tecnologías posibilitan el acceso a los textos de muchas maneras: por el escaneo, con las fotocopias… Es simplemente elemental, un evidente derecho del autor, que se regule ese acceso, que se estipule un precio, unas licencias, una forma de respetar la propiedad intelectual. De la misma manera que se respeta cualquier otro trabajo. El derecho al acceso a la cultura nunca puede ser ejercido cabalgando en los riñones de los autores (normalmente magros, dicho sea de paso). Como es natural, los artistas quieren poder vivir de su oficio. Ya está dicho que son gente como los demás. También en eso”.

En Minúscula: El mito del escritor sufrido.

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27 Noviembre 2009 a 8:43

Este culebrón es puro Kafka.

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Texto: Juan Miguel Muñoz Y Joseba Elola. El País.com. 15/11/2009.

Traiciones, contrabandos frustrados y exitosos, amoríos ocultos, testamentos violados. Subastas que proporcionaron pingües beneficios a una mujer codiciosa, Esther Hoffe, la depositaria de los papeles ocultos de Kafka. Demandas judiciales del Estado sionista contra Hoffe, broncas a gritos en el tribunal para reclamar la entrega del preciado tesoro. Y para rematar la faena, una disputa soterrada entre Alemania e Israel por ese archivo secreto y por el manuscrito de El proceso, la emblemática novela del escritor checo. Son los ingredientes de esta historia rocambolesca, en ocasiones kafkiana, plagada de intrigas. ¿Y todo este lío, para adueñarse de qué? Ésa es la gran incógnita.

Dos ancianas israelíes, Ruth y Eva Hoffe, conocen el contenido del archivo oculto de Kafka. En estos días esperan a que la justicia israelí les permita recuperar los preciados papeles que su madre, Esther, recibió del albacea de Kafka.

Esther Hoffe, que falleció en 2007 a los 102 años, fue secretaria e íntima amiga de Max Brod, el agente literario que recopiló los manuscritos del genial escritor checo y los trasladó a Israel en su apresurada escapada de los nazis. Hoffe heredó su archivo, que incluye papeles de Kafka. Un archivo que fue vendiendo por entregas, pero cuya mayor parte está celosamente guardada en cinco cajas fuertes de un banco. Dicen que una parte estuvo durante un tiempo en la apestosa vivienda de Eva Hoffe. Bajo la ventana enrejada del apartamento 1 del número 23 de la calle de Espinosa, en Tel Aviv, lo que hay es platos repletos de comida para gatos.

El peregrinar del codiciado tesoro comienza con la muerte del enfermizo autor, el 3 de junio de 1924. Kafka dejó escrito a su gran amigo Brod: “Querido Max. Mi última petición: todo lo que dejo debe ser quemado sin ser leído…“. Brod desobedeció. Una traición de la que el mundo obtuvo gran provecho. De haber cumplido el deseo póstumo, nadie habría leído nunca El proceso, El castillo o América. Publicó las obras y en 1939, cuando el Ejército de Hitler invadía Praga, el agente literario, fervoroso sionista, emigró a Tel Aviv. En la ciudad mediterránea falleció su esposa, en 1942, y a partir de ese instante entra en escena Esther Hoffe para convertirse en la más dura guardiana de los papeles. Desde entonces, sólo algún investigador tuvo acceso a los documentos. Y a veces con nocturnidad, porque Brod tenía que eludir la vigilancia de Esther.

El legado de Kafka comenzó a desmembrarse paulatinamente en vida de Brod, que al menos se preocupaba por su conservación. En 1956 envió a Suiza los manuscritos de las tres famosas novelas: la guerra -la campaña de Suez- amenazaba con extenderse por Oriente Próximo. Años más tarde, los manuscritos de América y de El castillo viajarían, donados, a la Universidad de Oxford. Allí permanecen hoy por hoy. Sin embargo, El proceso siguió bajo su custodia hasta su muerte, en 1968. Es ésta la fecha en que arranca el incesante trasiego y mercadeo de los papeles de Kafka.

Por mucho que el testamento de Brod permitiera a Esther Hoffe gestionar los documentos del difunto y de Kafka, una precisión era explícita: los papeles debían ser entregados “a la Biblioteca Nacional de Jerusalén, a la Biblioteca Municipal de Tel Aviv o a otro archivo público en Israel o en el extranjero”. Los alemanes sostienen que tanto Brod como Hoffe mencionaron el Archivo de Literatura Alemana de Marbach como uno de los destinos para los papeles.

Al pasar de Brod a Hoffe, el preciado patrimonio deja de estar en manos de un hombre erudito para convertirse en potencial negocio para la ambiciosa Hoffe. Los documentos comienzan a ser vendidos al mejor postor. “Durante años, cartas del legado de Brod aparecen en subastas en Europa. La identidad del vendedor, como es costumbre, no es revelada, pero las evidencias apuntan a Esther Hoffe”, asegura Ofer Aderet, el periodista de Haaretz que persigue el rastro de ese patrimonio cultural. Las últimas evidencias del desmembramiento: en 2006 se subasta una carta de Kafka a Brod por 60.000 euros; en 2008, cartas de amor del escritor checo se venden por 25.000 euros.

Las trampas de Hoffe no eran cosa nueva. En 1974, fue pillada in fraganti en el aeropuerto Ben Gurión de Tel Aviv cuando intentaba volar a Suiza con manuscritos de Brod y correspondencia del venerado escritor checo. El desprecio a la legalidad ha sido nota distintiva de Esther. La Ley de Archivos del Estado prohíbe el contrabando de documentos valiosos sin depositar previamente una copia. Hoffe y las autoridades israelíes llegaron a un acuerdo para fotocopiar el legado, pero la mujer nunca cumplió su compromiso y sólo una pequeña porción fue fotocopiada. También se las apañó para violar, en la década de los ochenta, el pacto que suscribió para traspasar el tesoro de Brod a la Biblioteca Nacional.

Esther Hoffe se hizo rica. La joya más preciada de la herencia, el original de El proceso, reposa hoy en el Archivo de Literatura Alemana de Marbach. Batió el récord mundial del precio abonado en una puja por un manuscrito: Sotheby’s lo adjudicó por 1,98 millones de dólares (1,32 millones de euros) en 1998.

Las peripecias y los detalles del legado se van conociendo poco a poco, después de que el diario Haaretz lograra que se levantara la censura que se impone sobre tantos asuntos en Israel. Así rezaba el testamento de Esther, redactado en 1970: “Los borradores, las cartas y los dibujos de Kafka que me fueron donados por Max Brod los cedí a mis dos hijas en porciones iguales. Los libros de Kafka de la biblioteca de Brod permanecen en posesión de mis dos hijas. Cada una de mis hijas y mis nietas tienen derecho a recibir 40 cartas del legado de Brod”.

No parece que vaya a ser así. Un tribunal de Tel Aviv congeló a finales de octubre millonarias cuentas corrientes de las Hoffe y ordenó la entrega de las llaves de las cinco cajas fuertes bancarias. Allí se conserva el legado para los albaceas que designe la justicia. “El testamento de Esther”, apunta Oderet, “es ilegal porque no podía legar a sus hijas los documentos, ya que incumplió la voluntad de Brod de donarlos a una institución pública”.

¿Cuál es el contenido del patrimonio? Nurit Pagi está escribiendo una tesis doctoral sobre el legado del agente literario checo. “Brod”, explica a este diario, “era un escritor obsesivo. Siempre escribió un diario, por lo que supongo que en ese archivo se pueden hallar los diarios que comenzó al menos desde 1939, el año en que emigró a Palestina, si no antes. Podremos encontrar correspondencia de personalidades bien conocidas de la cultura de su época y notas sobre sus proyectos nunca realizados. Estoy segura de que en la maleta que se llevó desde Praga conservó dibujos de Kafka, sus trabajos literarios originales, cartas y quizá esquemas preliminares de sus futuras novelas”.

Desde Praga, el profesor Josep Cermak, gran experto checo en Kafka, considera que lo más importante es poner a disposición de los estudiosos esos diarios de Brod. “Aportarán información sobre principios del siglo pasado, la época de Kafka en la que hay más lagunas”, explica. Brod y Kafka tuvieron una relación muy honesta, cuenta. Y asegura que esos diarios y esa correspondencia secreta desvelarán nuevos detalles de la “vida erótica” de ambos personajes. Ulrich von Büllow, jefe de departamento del Archivo de Literatura Alemana de Marbach, señala que es posible que también haya fotografías del escritor checo. Y debe de estar, según cuenta en conversación telefónica, el manuscrito de una de las novelas inacabadas de Kafka, Preparativos de una boda en el campo. “La familia Hoffe dispone de grandes tesoros”, resume Cermak, que lleva 45 años estudiando al autor de La metamorfosis.

El contenido del legado de Brod podría haberse conocido si Esther Hoffe hubiera cumplido su acuerdo con una editorial suiza, a la que estafó, en la década de los ochenta. La empresa pagó una suma millonaria por los diarios de Brod. Esther jamás los entregó.

El serial sobre el destino final del legado de Brod se complica ahora por la disputa entre instituciones israelíes y alemanas por el manuscrito de El proceso, que el Archivo de Marbach adquirió en Sotheby’s en 1988. Meir Heller, abogado de la Biblioteca Nacional de Israel, defiende el retorno a Jerusalén del texto original. “La Biblioteca Nacional no ignora el hecho de que el Archivo de Marbach debería ser compensado por el dinero que pagó a Hoffe”, afirma Heller, que considera la dispersión de la obra de Kafka un “error histórico”. “La Biblioteca Nacional de Israel, que es también la biblioteca del pueblo judío, entiende que Brod pide en su testamento que los documentos deberían depositarse en un archivo público, y el nombre de la Biblioteca Nacional es su primera opción”, añade el letrado. Heller explica haber llegado a un pacto de silencio con las autoridades alemanas para no perjudicar la negociación.

El enfrentamiento entre ambas instituciones se suavizó el pasado 22 de octubre, cuando Ulrich Raulff, director del Archivo de Literatura Alemana de Marbach, dirigió una carta a su homólogo en la Biblioteca Nacional Israelí para abrir la puerta al diálogo. En su respuesta del 28 de octubre, el israelí Shmuel Har Noy se alegraba de que los alemanes acepten el veredicto de la justicia israelí y estuvieran dispuestos a dialogar “en vez de que el asunto sea resuelto en los medios”, según reza textualmente esa carta, a la que ha tenido acceso EL PAÍS.

El periodista Ofer Oderet intenta explicar la posición de la parte israelí: “La Biblioteca Nacional considera que Brod era judío y sionista, y que si no hubiera emigrado a Israel habría sido trasladado a Auschwitz. Es un escritor judío que escapó del Holocausto, por eso lo consideran parte de la cultura judía. En su opinión, no es un escritor alemán, sino israelí. Éste es un argumento moral, no legal. La Biblioteca también estima que Brod designó en primer lugar Jerusalén como destino de la obra de Kafka; después, Tel Aviv, y en tercer lugar, un archivo público en el extranjero, y alega que es ilegal traficar con documentos de gran significado para el pueblo judío o el Estado de Israel”.

Los alemanes reclaman que Brod y Kafka escribían en alemán, y no en hebreo, que son parte de la cultura alemana, no de la hebrea. Ulrich Raulff, director del Archivo de Marbach, considerado el más importante de Europa central, lo tiene muy claro: “No hay posibilidad alguna de que devolvamos el manuscrito de El proceso”, afirma en conversación telefónica desde Marbach. Considera que la compra del original en la subasta de Sotheby’s no pudo ser más transparente. “El manuscrito estuvo expuesto durante semanas, hicimos una compra ante los ojos de la opinión pública mundial. Si nadie discutió la legitimidad de aquella compra entonces, no comprendo por qué se cuestiona ahora”. Raulff considera que Esther Hoffe, como legítima propietaria del legado, tenía derecho a vender el manuscrito. En términos legales, estima que aquella operación fue nítida. “La parte israelí a veces confunde los términos legales de esta cuestión con el aspecto moral o histórico”. Otra cosa es la cuestión del legado de Max Brod, cuyo control las hermanas Hoffe esperan recobrar en cuanto se produzca el fallo de la justicia israelí. En este campo, Ulrich Raulff se muestra flexible. “Creemos en la independencia de los tribunales israelíes. Si aceptan que las hermanas Hoffe puedan disponer del legado y ellas nos lo quieren vender, estaremos en disposición de comprar”.

Las hermanas Hoffe tienen una relación muy fluida con Marbach. Suele ser Eva la que habla con Raulff. “Hablé hace poco con ella. Creo que las hermanas estarían dispuestas a vendernos los papeles, y nosotros aceptaríamos que se entregaran copias a la Biblioteca Nacional israelí”.

El jefe del archivo en Marbach, Ulrich von Bülow, destaca que están interesados en todos los papeles que hay de Kafka a lo largo y ancho del mundo. “Pero no para quedarnos mirándolos. Para que investigadores y estudiosos los puedan consultar”, puntualiza. En este sentido, Cermak, el experto checo que publicó esta misma semana La lucha que supone escribir, su cuarto libro sobre Kafka, considera que el archivo alemán es un destino excelente para los archivos de Brod y Kafka: “Como profesional, creo que deben estar en los mejores archivos. Y Marbach es el mejor archivo de Europa central. El mejor y el más rico: son capaces de comprar a precios muy altos”.

Marbach posee 1.200 legados de literatura en alemán del siglo XX. Es el segundo archivo que más documentos de Kafka posee tras la biblioteca Bodleiana de Oxford.

Marieta Malisova, directora de la Franz Kafka Society, confiesa desde Praga que a ella le gustaría que los papeles estuvieran allí: “Él pasó toda su vida en Praga. Lo mejor sería que los papeles volvieran aquí”.

Sospechan los expertos que los documentos pueden haber sido dañados. Es posible que durante largo tiempo hayan sufrido condiciones pésimas de conservación. Los gatos siguen acudiendo puntuales a su cita en el apartamento de Eva Hoffe, que llena religiosamente sus platos de comida. Ésa es una de las obsesiones de esta mujer. Otra: el celo por esconder los documentos y sacar tajada. Sus vecinos ni siquiera saben si reside en esa vivienda. “Sólo viene a dar de comer a los gatos”, comenta escueto el anciano Dov Avner, que se lleva una mano a la nariz. “Nos mantenemos alejados de ella. Nos crea muchos problemas. La odio”, comenta otro hombre que reside en el inmueble desde hace 40 años.

“Existe el riesgo de que desaparezca el legado de Kafka”, concluye Aderet. “Se ignora si Eva Hoffe posee los papeles y en qué estado se hallan. Es importante que se conserven en un archivo público. No importa que sea en Alemania”.

El culebrón de los papeles secretos de Kafka sigue vivo. Para enero se espera una resolución de la justicia israelí que desatasque la situación. Entonces se empezará a conocer el contenido de ese tesoro que vive atrapado en un proceso kafkiano.

En Algún día: Franz Kafka.

Escrito por Alguien

15 Noviembre 2009 a 14:16

Finnegans Wake. El último Joyce.

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Finnegans Wake, que el escritor publicó dos años antes de su muerte, no es una novela para leerla de un tirón, sino para abrirla en cualquier parte y sumergirse en su fascinante pluralidad, ambigüedad y lúdica riqueza. El lector teme que llegue el colapso y no estar a la altura que espera el libro: alguien en radical contacto con lo incomprensible y, por tanto, con el arte verdadero

Texto: Enrique Vila-Matas. El País.com. 14.01.2009.

Como tengo insomnio, pasaré la noche con mi lenguaje nocturno. Me entretengo imaginando que soy un crítico, un especialista en ficción crítica. Y también imagino que me he pasado media vida leyendo Finnegans Wake en una edición de Faber and Faber de 1939, siempre acercándome a ella con cautelosos sorbos, porque esta última novela de James Joyce no es para leerla de un tirón, sino para abrirla en cualquier parte y sumergirse en su fascinante pluralidad, ambigüedad y lúdica riqueza. Siempre que me acerco al Finnegans lo hago sabiendo que estoy ante el más denso de los tapices y con el temor de que una vez más, como lector, me llegue una sensación, primero, de estar al borde del colapso y, después, el colapso mismo.

Imagino también que soy descubierto, pero no temo que alguien pueda hacerme confesar que no he leído el Finnegans. Y es que, de entrada, se supone que nadie ha sido tan idiota como para leerlo de corrido. Y, además, se sospecha que en realidad es ilegible y se dice -es pintoresca la leyenda- que nadie ha podido leerlo nunca.

Me quedo recordando que siempre me acerqué al Finnegans con esa impresión de que no tardaría en llegar el inefable y puntual colapso y, además, con el temor a no estar a la altura de la clase de lector que espera este libro: alguien en radical contacto con lo incomprensible y, por tanto, con el arte verdadero, con esa “hora segunda insondable sin estrellas” de los textos más próximos a nuestra gran verdad, a la realidad brutal y muda, sin significado, de las cosas.

Sea como fuere, nunca me faltaron los estímulos para regresar al libro de Joyce y a los prudentes sorbos. No sé cuántas veces me animé a releerlo diciéndome que no había nada de peligroso en volver al libro y que a fin de cuentas se trataba de una de las novelas favoritas de John Lennon. En más de una entrevista el músico dijo que el libro le parecía “so way out and so different” (excéntrico y diferente) y nunca, además, negó que no hubiera podido influenciarle a la hora de escribir la psicodélica letra de I’m the Walrus, composición (seguramente la mejor canción de Lennon) donde las palabras “Goo goo g’joob” podrían ser una referencia al “googoo goosth” que encontramos ya hacia el final del Finnegans.

Pero el hecho es que hasta ahora, siempre que he emprendido la lectura de este libro admirable, he acabado golpeado, tarde o temprano, primero por una sensación de colapso que se mezclaba con el pasmo por tan lúcido trabajo con el lenguaje, y luego por el colapso mismo, por ya ni hablar del consiguiente rubor al sentirme un negado para descifrar con precisión la espectacular exploración que hizo Joyce de los límites de la literatura.

Se me ocurre en pleno insomnio que en mi próxima relectura de algún fragmento del Finnegans podría contar con un método para atajar la llegada de esa onda extraña y horrible que siempre me anticipa mi desastre como lector del libro. El método podría parecerse al que empleo cuando leo el vaticinio de mi horóscopo y, por muy indescifrable y desconectado de mí que éste me parezca, siempre me las arreglo para que el párrafo oracular que me corresponde me acabe diciendo algo.

Se trataría de un método que me haría incluso más digeribles los fragmentos del Finnegans que decida abordar. ¿Abordo alguno ya esta misma noche? ¿Enlazo mi insomnio con el Finnegans en un viaje circular perfecto, adecuado a la estructura también circular del libro?

Mientras lo pienso, leo el pronóstico para el signo Aries que apareció en el periódico de ayer (por la hora no tengo otro a mi alcance): “Gran comprensión y apoyo de un colaborador en un proyecto que responde a sus ambiciones”. Ya lo puedo leer las veces que quiera que, como no utilice mi particular método, no descifraré qué quiso decirme ayer el horóscopo. Porque, de entrada, no tengo “colaborador”, de modo que difícilmente pude contar ayer con su apoyo para el supuesto proyecto.

“Comprensión y apoyo”, termino escribiéndole en un email muy escueto a Eduardo Lago, que es caballero de la Orden del Finnegans y vive en Nueva York, donde ahora son las siete de la tarde y, por tanto, es probable que no tarde en leer mi mensaje. Es tal vez, por mi parte, la conmovedora petición de auxilio de quien teme ahora naufragar ante su inmediato reabordaje del Finnegans. Lo cierto es que, gracias al descarnado y escueto y en parte emotivo mensaje, el pronóstico del horóscopo ha cobrado sentido. Y hasta creo que yo he salido ganando. Porque donde antes no había nada, ahora hay un pronóstico y una petición de comprensión y apoyo. Y un colaborador (un lector en la noche).

No queriendo dar muchos rodeos, elijo el primer párrafo del Finnegans. No pienso que sea tan desatinado aplicar técnicas de horóscopo (de Whoroscope, de Puthoroscopo, que diría Beckett) a la lectura del temible libro. Después de todo, el propio Finnegans (durante mucho tiempo Work in Progress fue su título provisional) anunció, de forma no deliberada, palabras que luego cobraron inesperada vida y sentido. Como Quark, por ejemplo, que no significaba nada en concreto cuando a su autor le dio por incluirlo en su libro (“three quarks for muster mark”), pero que acabó relacionándose con la física cuántica a través del profesor Murray Gell-Mann, que extrajo directamente del Finnegans esa palabra, rompiendo así con la tradición de bautizar los descubrimientos de partículas con palabras derivadas de raíces griegas.

Sin más dilación, recomienzo, releo el primer párrafo del Finnegans profético y encuentro ahí mi augurio para esta noche:

“Correrrío, pasada Eve and Adam, desde el viraje de la ribera hasta el recodo de la bahía, nos trae por un vicio comodicio de recirculación de vuelta al Howth Castle y Enrededores”.

En cursiva quedan las palabras que no existieron nunca hasta que no abrí este libro por primera vez y leí su primer párrafo. Desde entonces han pasado tantos años que incluso tiempo hubo para un gran correrrío muy comodicio por los Enrededores. De hecho, he acomodado comodiciamente mi mente, estos dos últimos años, por los alrededores del Liffey. Y es que la ciudad de Dublín, que nunca pensé que podría siquiera algún día llegar a ver, he terminado por visitarla cuatro veces en el último año. Han sido cuatro correrríos siempre cerca del río Liffey, cuatro riocorridos, como los llama el mexicano Salvador Elizondo en su traducción joyceana.

El riocorrido o correrrío -el riverrun para la mayoría de lectores de Joyce y una clara referencia al curso del río Liffey a través de Dublín- es antesala de la referencia a Giambattista Vico (vicio comodicio), quien concibió la evolución histórica como un viaje circular, exactamente lo que es el Finnegans, cuyo inicio -ahí está vicio (por Vico) operando como señal o advertencia – se halla enlazado con el final de la novela.

Mi lectura oracular de este fragmento dice sencillamente que me espera para esta noche – que es metáfora de toda mi vida – un riverrun de insomnio, un trayecto que irá desde el viraje de la ribera hasta el recodo de la bahía, en travesía semejante a la de aquel viaje iniciático que hice en mi primera visita a Dublín, cuando fui de Pearse Station hasta el pueblo de Howth donde, desde lo alto de su castillo, vi el territorio en ruinas por el que se extendían los Enrededores de este libro excéntrico y diferente, que habría podido acabar con la literatura. Después de todo, tras el terremoto que desató en el lenguaje, los más lúcidos sucesores de Joyce nos parecen hoy sobrevivientes caminando entre los cascotes, bajo un cielo insondable sin estrellas, deteniéndose ante las pocas hogueras -y aún gracias- que arden.

El País, Babelia, 14 de noviembre de 2009.

Sitio oficial │www.enriquevilamatas.com
Relecturas en Babelia.

En Algún Día │Enrique Vila-Matas.

 

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14 Noviembre 2009 a 7:16

In Memoriam: 20 años de la caída del Muro de Berlín.

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El Estado reaccionario: Nietzsche y Platón.

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Texto: Nicolás González Varela. Rebelion.org. 04.11.2009

La influencia de más largo aliento en el Nietzsche totus politicus, en su pensamiento político, además de Wagner y el bismarckismo genérico, es sin lugar a dudas el divino Platón. Numerosas pero a veces difíciles de detectar son las referencias a la teoría reaccionaria platónica del Estado e incluso se pueden encontrar anotaciones e interpretaciones e intentos de su aplicación a otros temas, entre ellos el de la educación, la concepción y rol de la mujer en la sociedad, el valor productivo del instinto y del amor, la pederastia, la función de la clase trabajadora y la cultura del Genio. Platón puede definirse como el arquitecto de la anti-Polis, una versión idealista de la reacción aristocrática.

El estado-ideal de Platón está totalmente enfrentado y es reactivo a los fundamentos políticos democráticos de la Atenas de su época. Coincidimos esta vez con Colli quién reconoce que “Platón es uno de los pocos filósofos a los que Nietzsche ha leído ampliamente (y él ha adivinado muchas cosas que nadie antes había descubierto)”. También Maurer ha revalorizado este nexo poco considerado en el Nietzschéisme: que la relación de Nietzsche con Platón no constituye una clave más sino más bien “la” clave para la comprensión del sentido político-filosófico de su obra. Si Nietzsche confronta una y otra vez contra el Platonismus, es a su vez innegable la fascinación que ejerce el Platón histórico y político, no sólo en las lecciones sobre educación que estamos analizando, sino por ejemplo en dos escritos de comienzos de los años 1870’s: la Enciclopedia de la filología clásica y la Introducción al estudio de los diálogos platónicos. Ambos escritos coinciden en subrayar la centralidad de la vocación política del Platón filósofo por sobre el hombre puramente teorético. Nietzsche había proyectado realizar un trabajo sobre filosofía antigua centrado exclusivamente en La República de Platón (HGK W/4, p. 123).

Además de su entusiasmo adolescente, Nietzsche impartió cursos monográficos sobre Platón en los semestres invernales 1871-1872 y 1873-1874 y en el semestre estival de 1876. Se han conservado gracias a la costumbre de los profesores alemanes de escribir sus propias lecciones y que han sido publicadas bajo el título de Einleitung in das Studium der platonischen Dialogue. Encabeza estos manuscritos un motto sugestivo que indica la actitud ambivalente de Nietzsche hacia el filósofo griego: Plato amicus sed, Platón es un amigo, pero… Debemos dejar constancia que el Nietzschéisme y la hagiografía no ha tomado en cuenta estos textos, en la mayoría de los casos (de Jaspers a Löwith pasando por Heidegger y Deleuze hasta Vattimo) ni siquiera se los menciona (raras excepciones: el biógrafo Andler, el estudioso de Platón Paul Friedländer y el discípulo de Gundolf, Kurt Hildebrandt). Hasta Heidegger mismo subestima estos textos afirmando que “son ciertamente un auxilio, pero no es la vía decisiva para la penetración filosófica de Nietzsche y para confrontarse con ella…”.

Lo cierto es que en estas lecciones universitarias de Basilea Nietzsche no se limita a una mera aproximación filológica o meramente historiográfica, ni siquiera a calcar sobre Platón las ideas-fuerza de su maestro Schopenhauer ,sino que propone una comprensión total de la personalidad y la obra de Platón, con algunas intuiciones de interpretación novedosas que mantendrá a lo largo de su vida intelectual. La originalidad nietzscheana está más en el radical ángulo ético-político de su visión totalizadora de Platón, un Grundeinsichten, más que en el detalle de exposición de su filosofía. Todo Platón es leído, interpretado y asimilado en clave ético-política, en especial desde su praxis de agitador y reformador. La Persönlichkeit, la personalidad de un pensador debe siempre privilegiarse por sobre sus libros: “el hombre es más notable que sus libros”. En un sentido más radical y extremo que incluso en Marx, para Nietzsche el ser (Persönlichkeit) tiene primacía absoluta sobre la conciencia (System). Esta notable sintonía entre la Vida (no cualquiera sino la de un große Mensch, la de un verdadero gran hombre) y filosofía se opone a la doxografía habitual y es la única forma de establecer una relación entre necesidad y verdad. El System de un pensador sólo tiene sentido cuando es resultado de un precipitado que se produce como efecto de una reacción con fundamento en la existencia real (no teórica, no académica) del pensador, de manera que la Theorie deviene símbolo de “un determinado modo de vivir y de considerar las cosas humanas”.

Los intereses personales de un filósofo (parcialmente reconocibles en sus obras escritas) son lo ewig Unwiderlegbare, eternamente irrefutables y por ello clave interpretativa. Nietzsche reconoce en Platón una constitutiva complejidad y que el núcleo íntimo tanto de la personalidad como del pensamiento platónico es un cemento de tipo ético-político. El centro hermenéutico para Nietzsche, incluso cuando aborde a cualquier otro autor, será la dimensión unificante y recompositiva de la Voluntad y la Vida: “Platón no debe ser considerado como un sistemático in vida umbratica, sino como un político revolucionario que desea subvertir el mundo entero y que con este objetivo es, también, escritor”. La misma fundación de la Academia es para Nietzsche un paso organizativo para “reforzar en la lucha” los compañeros y amigos del proyecto político platónico (y no a un “público de lectores”). Por otro lado se burla de aquellas corrientes de la historia de la filosofía que presentan a Platón como “un profesor universitario con su Sistema”. La denostada “filosofía de la universidad” (un concepto de Schopenhauer) es para Nietzsche existencialmente estéril, un ejercicio intelectual privado de nexo vital tanto en lo personal como en lo político. De tal manera que el Platón escritor será siempre una sombra del Platón maestro, su obra una mala copia mutilada de su vida, tanto de sus discursos en los jardines de la Academia como de sus viajes políticos (donde según Nietzsche puede tenerse “una auténtica imagen del carácter fundamental de Platón”). Los escritos platónicos, so pena de incomprenderse, deben ser leídos intentando recuperar y reconstituir el espíritu de aquel escenario vital-filosófico, y en la composición entre el Platón escritor y el Platón maestro, es donde lograremos ver la auténtica imagen del hombre político. No es casualidad que Nietzsche destaque como la fuente más importante para entender a Platón sea no tanto los testimonios de contemporáneos o reconstrucciones a posteriori (a la Aristóteles) sino sus cartas.

El retrato nietzscheano de Platón es el de un admirador: destaca su ascendencia de linaje aristócrata, el ser un típico joven noble helénico, tipischer Hellenischer Jungling, un representante ideal del hombre griego de la edad trágica. Recordemos que el padre de Platón decía descender por sangre del último rey coronado de Atenas, Codro. A esta rancia y venerable genealogía Nietzsche le suma su amor instintivo por la cultura doria: “inclinación espartana”. Además subraya puntos salientes de la vida activa de Platón, en especial su relación con Critias (su tío carnal) y su proyecto de restauración oligárquica fracasado. Recordemos que Critias fue miembro principal de la dictadura oligárquica de los Treinta Tiranos, cuyo reinado de terror brutal en los años 404–403 a. C. fue vivamente relatado por Jenofonte en Helénicas.

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En Algún Día│Friedrich Nietzsche.

Ray Bradbury. La biblioteca es la respuesta.

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El amor en el centro de la vida. Con esta premisa, el escritor de Crónicas marcianas hace un elogio de los libros, de las librerías y las bibliotecas, donde el lector se descubre a sí mismo y con frecuencia encuentra la felicidad en la imaginación, espejo en el que puede mirarse con el rostro de los personajes de los que se ha enamorado.

En 1950, Ray Bradbury publicó Crónicas marcianas y tres años después Farenheit 451, sin duda sus libros más conocidos. Nació en Illinois el 22 de agosto de 1920 y desde niño mostró una gran afición por la lectura. Entre sus obras también se encuentran los relatos de Remedio para melancólicos (1960), El signo del gato (2005) y Ahora y siempre, y las novelas La muerte es un asunto solitario (1985) y El verano de la despedida (2006). Varios de sus textos han sido adaptados para el cine, entre ellos Fahrenheit 451 filmado en 1966 por François Truffaut, con Oskar Werner y Julie Christie. Amante y defensor de las bibliotecas, en una entrevista reciente con The New York Times expresó un tajante rechazo a internet. “Es una gran distracción —le dijo a su interlocutor—. Yahoo me llamó hace 8 semanas. ¡Querían poner un libro mío en Yahoo! ¿Saben qué les dije? Al demonio con ustedes. Al demonio con ustedes y con internet. Es una distracción. No tiene significado; ¡no es real! Está en el aire, en algún lugar”

*Transcripción del video realizado por el National Endowment for the Arts, para promocionar The big read, campaña en favor del libro y la lectura. Traducción de Elisa Montesinos. Publicado en Milenio. 31.10.2009.

Dinosaurios y espejos

“Debes tener curiosidad en saber cómo fue que me enamoré de los libros. Recuerda esto: el amor es el centro de tu vida. Las cosas que haces, deben ser cosas que amas. Y las cosas que amas deben ser las cosas que haces. Eso lo aprendes de los libros. Aprendí a leer cuando tenía tres años, me encantaban las tiras cómicas, los dibujos animados los domingos; tuve un libro de cuentos cuando tenía cinco años y me enamoró leer todas esas historias maravillosas como La bella y la bestia, Juanito y los frijoles mágicos. Y así empecé con la imaginación. Cuando tenía tres años vi mi primera película y me enamoré de las imágenes en movimiento: El jorobado de Notre Dame; anhelaba crecer para ser un jorobado. A los cinco vi El fantasma de la ópera con Lon Chaney, quedé embobado. Vi una película de dinosaurios y los dinosaurios llenaron mi vida. Y entonces, a la edad de seis años comencé a leer sobre los dinosaurios.

Si llegué a trabajar en Moby Dick (Bradbury escribió el guión de la película cuando se filmó en 1953) fue porque me había enamorado de los dinosaurios cuando tenía seis años. Puedes ver cómo funcionan las cosas, cómo algo que comienza cuando tienes tres o seis o diez o doce años, llega a convertirse en tus ficciones cuando tienes treinta. Las cosas que haces deben ser cosas que amas, y las cosas que amas deben ser las que haces.

Cuando tenía seis años viajé con mi familia desde Illinois a Tucson, Arizona. Cada vez que parábamos en un hotel de ruta a descansar, yo corría a la biblioteca acompañado por las hojas de octubre silbando conmigo. Esperaba encontrar El maravilloso mago de Oz de Frank Baum, y Tarzán de Edgar Rice Burroughs, o cualquier libro que hablara de magia. Abría la puerta de la biblioteca, miraba alrededor, y toda esa gente estaba ahí esperándome. Las librerías son personas, no libros. Cada vez que abres un libro, la persona salta afuera y se convierte en ti. Miras a Charles Dickens y tú eres Charles Dickens, y él eres tú. Así que vas a la biblioteca y sacas un libro del estante y lo abres, ¿y que estás buscando? Un espejo. De improvisto hay un espejo ahí y puedes verte a ti mismo, pero tu nombre es ahora Charles Dickens. Eso es una biblioteca. Si el libro es de Shakespeare te conviertes en William Shakespeare, o te conviertes en Emily Dickinson o en Robert Frost o en cualquiera de los grandes poetas. Así que encuentras al autor que pueda guiarte en la oscuridad. Shakespeare comenzó conmigo, con Hamlet y Ricardo III. Y Emily Dickinson me condujo después, y Edgar Allan Poe dijo, “Por aquí, aquí está la luz.” Así es que vas a la biblioteca y te descubres a ti mismo.

La primera máquina de escribir

Mi mayor influencia es John Steinbeck. Leí Las viñas de la ira cuando tenía 19 años. Cuando escribí Crónicas marcianas necesitaba una estructura. No me di cuenta que había recurrido a Las viñas de la ira; Crónicas marcianas es completamente la estructura de Las viñas de la ira. De noche, solo, cuando tenía 12 y miraba al planeta Marte yo pedía “llévenme a casa”. Y el planeta Marte me llevó a casa y nunca regresé. Lo importante es que cuando salí de la escuela no teníamos dinero. Yo no podía ir a la universidad y lo mejor que ocurrió fue que fui a la biblioteca. La biblioteca educa. Los profesores inspiran, pero la biblioteca te satisface.

Tuve un trabajo vendiendo periódicos en una esquina y hacía diez dólares a la semana, y cada mañana me levantaba y escribía historias, y en las tardes me iba a la biblioteca. A los 19 pude expresarme acerca de mis pasiones en la vida y las puse en mis libros. Y ése es el secreto de mi vida. Gracias a Dios seguí mi camino y no el camino que la gente me dijo. Son tus ideas las que cuentan, y una biblioteca te puede ayudar con tus ideas, porque están todos esos grandes maestros, esos escritores te están enseñando cuando te sientas en medio de la biblioteca y los dejas irradiarte. ¿Es así, o no? Tienes que ir a la biblioteca para educarte. La biblioteca es la respuesta.

Cuando tenía doce años vi los pelos en el dorso de mi mano y dije, “Dios, estoy vivo. ¿Por qué nadie me dijo que yo estaba vivo?” Un mes después, un hombre llegó para el carnaval a la orilla del lago. Se sentó en una silla con electricidad, sacó una espada que tenía fuego. Me vio entre el público. Apuntó con su espada y me tocó la punta de la nariz y dijo, “Vive por siempre, vive por siempre”.

Por qué dijo eso, no lo sé, pero fui a buscarlo al día siguiente porque quería preguntarle ¿cómo puedo vivir por siempre? Y me llevó a una tienda donde estaban todos los freaks. Me encontré con El hombre ilustrado (el libro que publicó en 1951). ¿No es maravilloso? Supe que mi vida había cambiado, y regresé a casa; al llegar me dieron una máquina de escribir de juguete. Escribí mi primera historia. Descubrí que tal vez podía vivir por siempre si me convertía en escritor. Así que he estado escribiendo cada día desde esa vez en Tucson, Arizona. En los últimos 75 años nunca he dejado de escribir.

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31 Octubre 2009 a 18:35

Arte, genio y locura. Cesare Lombroso.

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Traducción: Inés Bértolo. Selección R. M. Publicado en Revista Minerva 11.

El estudio de la relación entre arte, locura e inadaptación social tiene una historia no siempre honorable y compasiva. Uno de sus hitos fundamentales es la obra de Cesare Lombroso (Verona, 1835-Turín, 1909), padre de la criminología e inspirador de distintas corrientes intelectuales reaccionarias y antidemocráticas de principios del siglo XX. Lombroso fue pionero en el estudio de las derivas estéticas de la enfermedad mental. Muy en particular, realizó un importante esfuerzo por recopilar el arte producido en asilos y manicomios, lo que luego dio en llamarse art brut. A continuación, proponemos una antología fragmentaria del análisis lombrosiano de la tríada arte, genio y locura procedente de dos obras inéditas en castellano: Genio e follia (Brigola, Milán, 1872 y 1882) y L’uomo di genio in rapporto alla psichiatria, alla storia ed all’estetica (Bocca, Turín, 1894).

[...] Leer artículo completo en Revista Minerva.

Brandes y Nietszche: un diálogo en la cima.

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Texto: Augusto Isla. La Jornada Semanal. Domingo 25 de octubre de 2009. Num: 764.

Ya se sabe que antes de hundirse en las sombras de la megalomanía y verse como el más incomprendido de los hombres, como el crucificado, Nietszche se conformaba con unos cuantos lectores selectos: Jacob Burckhardt, Hyppolyte Taine, Richard Wagner… Uno de ellos, poco conocido pero brillante y certero, fue Georg Brandes (1842-1927). Este intelectual danés fue no sólo un lector del genio alemán, sino también su interlocutor; con él, sostuvo una amistad epistolar, amén de haber asumido con rara modestia el desempeño de difusor de su obra en Dinamarca. Y digo con modestia porque Brandes no era un cualquiera; contaba con un prestigio como estudioso del movimiento romántico y atrayente conferencista. Escribía en danés y en alemán, disertaba en francés. Pero sobre todo pensaba críticamente en los asuntos humanos que entonces estaban en el centro de los debates: el matrimonio, la propiedad, la monarquía, la Iglesia; instituciones éstas que, a su parecer, había que cambiar para respirar libremente. Como Nietszche, era un solitario, pero poseía un sentido del equilibrio que lo ponía a salvo de los vendavales furiosos que azotaban el alma del autor de Zaratustra: “Usted no se parece a mí, es otro y tan otro que no me siento tranquilo en su presencia”, le dice en una de sus cartas. Nietszche lo inquieta, pero no lo seduce; lo admira, pero toma su distancia: está a su altura. La correspondencia entre ellos discurre en un tú por tú; disienten pero se respetan: comparten el espacio de la élite de una Europa que pronto estallaría.

La correspondencia entre Brandes y Nietzsche, constituida por veintidós cartas, abarca poco más de un año, entre noviembre de 1887 hasta enero de 1889. Y transcurre en diferentes niveles: afectivo e intelectual; el primero nos revela a dos seres humanos interesados el uno por el otro: intercambian saludos corteses, buenos deseos, retratos; el segundo se despliega en una dialéctica concisa en la que uno y otro intentan autodefinirse y también definir cada uno a su interlocutor, ambos inscritos en “una época crítica para los valores morales”, con reacciones paralelas y al propio tiempo distantes entre sí. Brandes se antoja más abierto y generoso; el alemán, más cerrado, con la mirada más fija en su camino, más obstinado en su rebeldía, levemente desdeñoso pese a su provincianismo germano – Brandes es para Niezsche un “buen europeo y misionero de la cultura”. El danés, en cambio, busca puentes comunes: cesarismo, odio a los pedantes y a la pedantería; a veces pregunta sin obtener respuesta, pero ese silencio no obsta para que, en reconocimiento sincero del genio, lo difunda por los medios a su alcance –artículos, conferencias – en una Escandinavia que nada sabe acerca del exótico alemán.

Tal vez para asimilar lo que hasta entonces había bebido de las fuentes del genio, escribe un hermoso texto: Nietszche, un ensayo sobre el radicalismo aristocrático, que a Federico le agrada desde el título mismo, pues “es lo más fuerte que de mí se ha dicho”. Dos temas llaman la atención de quien fue apasionado adversario de todo “misionero moralizante”: la historia y la moral. Y su presentación del gigante transcurre más o menos así: la historia y, por ende, las civilizaciones que fragua, es obra de las grandes personalidades; son ellas las que le imprimen sus rasgos esenciales, su “unidad de estilo”, las que logran vencer el filisteísmo intelectual, ese yugo forjado por la doxa impersonal, guía de las masas, que no son sino copias defectuosas de los hombres sobresalientes, ánforas de resentimiento con respecto a todo lo que es genial. Por eso, la educación histórica no sólo es estéril, sino peligrosa, pues amén de consagrar la inerte mediocridad, es la ruina de las fuerzas creadoras, aunque no deja de ayudar a quien busca en el pasado ejemplos deslumbrantes que alientan la energía del hombre.

En consecuencia, la tarea de la humanidad no es atender la felicidad de los más u ocuparse del destino del rebaño, sino producir grandes hombres, abonar el terreno para la creación de personalidades donde habiten la bondad y la pureza, pues solamente ellas se constituirán en fermento de la elevación humana. Vástago de Schopenhauer, el autor de Ecce hommo se aleja de él tan pronto descubre que en el corazón de su ethos está la piedad cristiana, un ethos para esclavos, para quienes se suman al cúmulo del sufrimiento humano; por el contrario, los amos viven en libertad y en alegría: escriben su propia moral. Brandes asocia a Nietszche con Renan, con su esperanza en una nobleza intelectual, enemiga del populacho.

Brandes presenta a Nietszche con su propia visión crítica. En su ensayo destaca la importancia de Así habló Zaratustra; sin embargo, no comparte la opinión del autor en cuanto a valorarla como su obra maestra, pues le parece que no tiene la suficiente plasticidad; es monótono su discurso, aunque su estilo es sonoro; si algo admira en él es ese entreveramiento de logos y poesía. Es un libro claro por su alegría, pero oscuro por su lenguaje enigmático; un libro para temerarios, para “escaladores de montañas morales”.

No tenemos por qué dudar del buen juicio de Brandes, pero Zaratustra señala un momento decisivo en el pensamiento de Nietzsche: el de “sí” a la vida, a ésta y a ninguna otra, a lo que ofrece como posibilidad, como inventiva, allende la moral con su tumulto asfixiante de deberes; a la vida que irrumpe con su alegría, sus horrores, en las convenciones sepulcrales, en la rutina de un vivir con sus falsas certezas.

¿Qué atrajo a Brandes de la obra nietzscheana? Me atrevo a afirmar que su aliento romántico, pues, a despecho de su crítica al romanticismo, el discurso del alemán fluye dentro de esa gran corriente espiritual, aunque, como lo apunta Safransky, “Nietzsche de ninguna manera era un romántico en el sentido de un retorno al cristianismo, pero lo era por la forma en que entendía lo dionisíaco como centro de incitación de lo real. Lo mismo que los románticos, empeña su lanza contra la somnolencia de la moral convencional […] se siente impulsado también por la aspiración romántica de lo salvaje, a lo monstruoso […] no va en la dirección de la gran quietud, sino que se dirige a la aventura…”

¿Qué agradecerle a Brandes? Su lectura inteligente y serena que nos abre la puerta de la casa de los enigmas nietszcheanos, hecha de razón y sinrazón, de poesía y profecía; casa habitada por un Nietszche desgarrado en su aislamiento, en una misantropía de la que emana, paradójicamente, su grande amor a la humanidad, a ratos despectivo respecto de la plebe y de lo plebeyo, pero obstinado en su confianza de que la humana criatura sabrá, con su inmenso potencial, alcanzar otros horizontes, los del superhombre, no en un sentido biológico, sino moral, semilla de una civilización postcristiana, que, siendo futuro, a la par regresa a la comarca donde rigen los ideales de Dionisos, a ese reino de los sueños de su amada Grecia, la suya, pues que no hay una sola Grecia, sino tantas como las que cada quien elabora en su imaginación, aunque siempre sensual, alegre, trágica, la Grecia de los inconformes con una Europa que prepara sus armas para el sacrificio más cruento de la historia.

Y también hemos de agradecerle a Brandes haber dado pie a que Niezsche se mostrara de cuerpo entero, humano, en toda su grandeza y con sus debilidades, enfermizo, inseguro, pero también afable, agradecido, sencillo, capaz de dialogar, aunque sólo hasta cierto punto, con alguien que, en muchos aspectos, se perfila como superior a él, más cosmopolita, dispuesto siempre a aprender de los demás; un Nietzsche cuya lucidez se extravía en la noche de su propio desorden interior y llega a creer que pronto “el mundo se estremecerá convulsionado ante la gran debacle de la que soy factótum”, después de haberse definido a sí mismo como vir oscurissimus, como “bestia valiente” que navega a contracorriente, ignorado justamente porque intenta no sólo comprender, con pasión y angustia, una cultura enferma, decadente y, sin embargo, segura de sí misma, del progreso que representa.

Progreso falso, pues, dice Brandes, para él, “la magnitud de un progreso se mide por la importancia de los sacrificios que exige. Una higiene que mantiene vivos a millones de seres débiles e inútiles que hubieron debido morir, no es un progreso verdadero”.

La empresa editorial Sexto Piso ha puesto a nuestra disposición, en castellano, el ensayo de Brandes, las veintidós cartas que testimonian la amistad entre el erudito danés y el genio alemán, amén de un artículo necrológico de Brandes, fechado en 1900, año de la muerte de Niezsche, y una nota aclaratoria sobre los síntomas de los desvaríos nietzscheanos: defensa contra quienes pretendían ofuscar la gloria del genio y lamento: “¡Era terriblemente triste ver cómo en algunas semanas se había apagado la última chispa de su razón, y observar la manera en que un hombre genial, que no tiene semejante, se ha transformado en una pobre y lastimosa criatura”.

Brandes era sólo dos años mayor que Nietzsche y le sobrevivió veintisiete. Con seguridad esa breve amistad, lejana pero cálida, con el portento, deja en él una profunda huella espiritual, un dolor imborrable que inferimos del tono mismo de su “artículo necrológico”, alusivo a la tragedia de Nietzsche, a la ironía de su destino, pues “llegó la felicidad ansiada, golpeó su puerta, pero el desgraciado no respondió al encontrarse preso de sus alucinaciones”. ¿Qué fue lo que más admiró Brandes? “La grandiosidad de un estilo al que dedicó toda su vida”. Pero ¿en qué consistió tal grandiosidad? Me parece que no se refiere tanto a la escritura como a algo que está más allá, a ese fuego en el que se autoinmoló aquel hombre genial en su combate imposible contra toda una civilización envenenada por el espíritu cristiano; grandiosidad que es sacrificio, tan personal que sólo un iniciado pudo asumir.

Dudo, sin embargo, que Brandes se haya dejado tocar por ese fuego. Ya en sus cartas dejó constancia de aquello que lo apartaba de su amigo. Brandes era un librepensador, anticlerical, pero no un misógino; le chocaban ciertas filípicas nietzscheanas y se rehusaba a aceptar consideraciones que apenas valoraba como hipotéticas, pero expuestas con tal fuerza que podían seducir a algunas almas ya distraídas, ya desesperadamente anhelantes de una renovación moral. Mas a despecho de sus firmes convicciones intelectuales y políticas, Brandes se dio a la tarea de comprender y difundir una presencia que merecía la atención del mundo.

En Algún Día│Friedrich Nietzsche.

Escrito por Alguien

26 Octubre 2009 a 8:41

A vueltas con Darwin.

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A vueltas con Darwin. Texto: Carlos López-Fanjul. Revista de Libros. Nº 153. Septiembre 2009.

La conmemoración del doble aniversario de la publicación de El origen de las especies (1859) y del nacimiento de su autor (1809) ha generado un amplio surtido de publicaciones de calidad muy desigual. En primer lugar, traducciones al castellano de diversas obras de Darwin, algunas reimpresas, como las del Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo y El origen, y otras de nueva factura. Entre las últimas, dos textos cortos, La fecundación de las orquídeas y Plantas carnívoras, y uno muy largo, La variación de los animales y las plantas bajo domesticación; todos ellos acompañados de una breve introducción, adecuada en los dos primeros casos y detestable en el último. El interés comercial de esta operación se me escapa, puesto que el especialista, bien sea en evolución o en historia y filosofía de la ciencia, preferirá sin duda su propia interpretación del texto original, y el resto de los lectores apreciará más una puesta al día de los temas mencionados que su exposición decimonónica, aunque venga de la pluma del mismísimo Darwin. En cualquier caso, toda la obra impresa de éste, junto con alguna manuscrita y gran parte de su correspondencia, puede consultarse gratuitamente en Internet.

Sólo el recurso a las antaño motejadas de «bajas pasiones» puede explicar una propaganda editorial que califica a la carencia de traducciones previas de «desatención escandalosa, fruto sin duda del tradicional recelo hispánico por las ciencias», y, para añadir más leña al fuego, se anuncia a bombo y platillo la oferta de la Autobiografía de Darwin «sin censuras». Si bien es cierto –y, en mi opinión, comprensible– que Francis Darwin suprimió del escrito más personal de su padre aquellos párrafos que, en el momento (1887), aún pudieran herir susceptibilidades, también lo es que Nora Barlow dio a la imprenta el texto completo de su abuelo hace nada menos que cincuenta años (1958). Quisiera contrarrestar la reincidente apelación al morbo ibérico indicando que la traducción de los manuscritos preparatorios de El origen –el Borrador de 1842 y el Ensayo de 1844 – y de las comunicaciones de Darwin y Wallace que fueron leídas en la famosa sesión de la Linnaean Society del 1 de julio de 1858 –considerada como la presentación en sociedad de la teoría de evolución por selección natural – se han publicado precedidas de un largo y excelente estudio de Fernando Pardos.

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Literatura y Erotismo.

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El Museo Thyssen abrirá las puertas a Eros en una de las citas ineludibles de la temporada. Pero Eros siempre ha estado ahí, desde el principio de los tiempos, en todas las partes y artes, de la literatura al cine.

La erótica de Eros. Texto: Andrés Ibáñez.  ABCD.es. 10.10.2009 – Número: 919.

Solemos caracterizar un libro comercial y muy vendible como uno lleno de «sexo y violencia». Pero lo cierto es que los libros muy comerciales, los famosos best sellers, los libros de entretenimiento, raramente contienen escenas de sexo. La violencia abunda en todos los géneros literarios, pero especialmente en los que buscan el interés inmediato de los lectores: las novelas negras suelen comenzar (a veces ya en la primera frase) con un horrendo asesinato, y las narraciones históricas son pródigas en torturas, matanzas y ejecuciones. El sexo, por el contrario, brilla por su ausencia. Hay excepciones, claro. Por ejemplo, uno de los atractivos de “Crepúsculo”, de S. Meyer, es la sensualidad perezosa y contenida de esas escenas entre los dos adolescentes que no pueden tocarse (porque él es un vampiro, es decir, porque desea demasiado a su pálida amiga). Y están aquellos libros de Harold Robbins de los setenta. Pero en general, la famosa descripción «un libro lleno de sexo y violencia» es una frase vacía.

¿Deberemos entender, entonces, que en realidad, y pese a lo que todos nos hemos acostumbrado a pensar, el sexo interesa poco a los lectores? Esa es la impresión que da. No sólo el sexo y las escenas de sexo, sino la simple sensualidad, el erotismo e incluso el amor son ingredientes más bien raros en la literatura contemporánea, y muy especialmente en la literatura «comercial» cuya intención debería ser, supuestamente, la titilación del lector. ¿Las causas de esto? Probablemente dos: la inmensa dificultad que entraña la pintura de encuentros y sensaciones eróticas y el hecho de que la mayor parte de la literatura la escriben hombres.

Escribir escenas eróticas debe de ser muy difícil, como bien sabe cualquier lector que haya tenido que enfrentarse a la embarazosa cursilería o, casi sin grados intermedios, al desagradable fisiologismo en que suelen desembocar este tipo de episodios. Incluso un maestro exquisito del lenguaje como Rainer Maria Rilke se convierte en un zafio y en un torpe cuando pretende, en sus célebres «poemas fálicos», hacer una poesía directamente erótica. La cursilería de las metáforas fálicas de Rilke recuerda a los «relatos eróticos» que llenan las revistas llamadas «para hombres».

Una de las dificultades de escribir literatura erótica está en el carácter fisiológico que tiene la sexualidad. Pensemos, por ejemplo, que el caviar es un alimento delicioso y un canapé de caviar algo altamente deseable para muchos de nosotros. Pero una descripción detallada de cómo las minúsculas esferas estallan en la lengua derramando un líquido viscoso que se mezcla con la saliva tibia y se desliza a continuación garganta abajo puede resultar francamente repugnante. Es lo mismo que decía Jeremy Irons de la dificultad de las escenas eróticas de “Herida”: son cosas que se hacen, pero que nunca vemos hacer a otros. A pesar de todo, tenemos, claro que sí, grandes escenas eróticas en la literatura: el cuento “Inocencia”, de Harold Brodkey (en Historias casi a la manera clásica); las épicas escenas de sexo de “La crucifixión rosada”, de Henry Miller; el encuentro erótico que ocupa gran parte de “La noche en casa”, de José María Guelbenzu; las escenas llenas de términos latinos de “La versión de Roger”, de John Updike? Y “Ada o el ardor”. Claro está, probablemente la cima de la literatura erótica de todos los tiempos.

En cuanto al segundo tema, me gustaría no haberlo sacado a colación, porque es el típico lío peliagudo del que es difícil salir bien parado. ¿Es la literatura erótica más cosa de hombres o de mujeres, más de lectoras o de lectores, más de autores o de autoras? Una leyenda bien conocida dice que el «amor romántico» lo inventaron unas damas de Provenza. Pero vean estos versos de la poetisa ecuatoriana Márgara Sáenz: «Me tocabas probándome y fui un durazno de esos que se abren con la mano». ¿Corresponde esa maravillosa imagen a un psiquismo masculino o femenino? Yo no sabría decirlo, y no me parece que la diferenciación por sexos acabe de funcionar en este asunto. Arundhati Roy tiene un erotismo visual y fisiológico tan «masculino» como el de Norman Mailer. Los relatos de Bénédicte Martin (que aparece en la portada de su “Warm up” levantando su vestidito blanco y mostrando unas actractivas bragas rojas) suelen estar escritos desde un punto de vista masculino. Dejando atrás a Simone de Beauvoir y “El segundo sexo” y a Bataille y sus pintorescas teorías sobre el sexo, el mal y la «transgresión», la gran teórica moderna del erotismo en la literatura es Camille Paglia, a la que podríamos definir como «anti-feminista» y que es además una curiosa defensora de la pornografía. Claro que ella ve pornografía hasta en Miguel Ángel. También es pornógrafa Ovidie, autora de un “Porno manifesto” donde afirma que el concepto de «transgresión» de Bataille está transnochado y resulta hoy en día burgués.

Lo cierto es que el país que más interés muestra por la literatura erótica es Francia, y que la mayoría de los autores de libros verdes de este país son mujeres, muchas de las cuales cuentan sus propias experiencias, cómo la célebre Catherine Millet, o la ex actriz porno Sylvia Bourdon, autora de “El amor es una fiesta”, o la joven y bellísima Vanessa Duriès, que contaba en “La atadura” sus propias vivencias como esclava y que murió con 21 años (en 1993) en un accidente de tráfico. La lista podría seguir y seguir.

Lo último es la recién llegada Charlotte Roche, británica que escribe en alemán, cuya novela “Zonas húmedas”, que ha sido calificada por The Sunday Times como «el libro más osado que se haya escrito jamás sobre el cuerpo de la mujer», está llena de sexo, intervenciones quirúrgicas y procesos fisiológicos detalladamente descritos. Pero la sensación principal que produce su lectura es asco. Hay, por ejemplo, largas, insoportables descripciones de hemorroides. Lo cual nos hace preguntarnos a qué responde en realidad la «osadía» de Charlotte Roche. Más osados son los manuales médicos. Pero esos no queremos ni verlos.

En Algún Día:

Sexo sin libros, libros sin sexo.
Literatura, Moda, Erotismo y Amores.
Erótica de la lectura.
Narrativas Nº 10: Monográfico sobre Literatura y Erotismo.
Cinco Cartas apasionadas ¦ Amores Literarios ¦ Carta de amor de Françoise Sagan a Jean Paul Sartre.

El Apocalipsis según Kafka.

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Texto: Mercedes Monmany. ABCD.es. 10.10.2009 – Número: 919.

Veinte años después del fallecimiento de Kafka, en 1924, el poeta angloamericano W. H. Auden condensó a la perfección lo que se convertiría en el espíritu de toda una época: «Si hubiera de citar al autor que más se aproxima a nosotros con aquella misma relación que con sus contemporáneos tuvieron Dante, Shakespeare y Goethe, el primero en que se pensaría sería indudablemente Kafka».

A la vez que esta hoy incuestionable premonición, el crítico y ensayista George Steiner también advertiría en su lúcido ensayo «K», de 1963 (perteneciente a su libro Lenguaje y silencio), que a partir de entonces «una inmensa montaña de literatura» se levantaría en torno a un hombre que en toda su vida no había publicado más que media docena de relatos y bocetos. Su solo nombre se convertiría en santo y seña para entrar en la gran casa común de la cultura y de la educación del europeo moderno de nuestros días. Una, en ocasiones, pavorosa «kafkología», como la llamaría Kundera, o si se prefiere, unos frecuentes y no extraños «casos flagrantes de sobreinterpretación», como los definiría Umberto Eco.

Con el provocador -por anacrónico y no simultáneo en el tiempo- título de “Kakfa y el Holocausto”, el crítico y profesor de Teoría Literaria y Literatura Comparada Álvaro de la Rica (Madrid, 1965) rompe con el tabú que significa para cualquier joven estudioso de nuestros días acercarse al sobrecogedor laberinto, a ese mundo entendido como inmensa institución laberíntica, que es la enigmática obra de Kafka. Enfrentarse, sobre todo, al apabullante rastro de trilladas y popularizadas versiones de lo «kafkiano».

A través de una brillante, densa y nada rutinaria ni habitual multiplicidad disciplinar, Álvaro de la Rica sale más que airoso. Todo en su libro pasa a formar parte de un dinámico e indisoluble diálogo: la revisión de mitos y textos religiosos tanto cristianos como judíos; el análisis de autores -como Flaubert- que influirán de forma determinante en Kafka; el repaso y síntesis de la más importante crítica kafkiana, desde Scholem, Benjamin, Canetti, Calasso o Steiner a Blanchot; las diversas influencias en el arte del siglo XX y, sobre todo, lo más llamativo y original de este ensayo, la importancia de la obra de Kafka como prefiguración del Holocausto y de los regímenes totalitarios en general.

De la Rica se adentra «como un pequeño Talmud» -así lo explica Magris en su elogioso prólogo, a medio camino del comentario y la narración- en ese torbellino contradictorio y circular que es la obra y existencia kafkianas, con sus recurrentes y obsesivos puntos sensibles: el matrimonio, la ley, las víctimas, el poder, la metamorfosis y la revelación.

Kafka prefiguró y grabó a sangre y fuego en sus libros, en la forma de figuras del exterminio, «antes de que sucedieran», genocidios masivos y posteriores, que sacudirían a su más cercana familia, ya que sus tres hermanas morirían años después en Auschwitz.

Como dirá el autor de este ensayo: «Ninguna [...] de sus ficciones, [...] ni las agudas reflexiones que las acompañan, escapan a un momento de la Historia europea que se puede calificar de apocalíptico». Un apocalipsis que le hace convertirse en el gran testigo de cargo del totalitarismo político del siglo XX, tanto en la forma de «alfabeto» detallado del nazismo, como en la casi exacta descripción del sistema político comunista. Sin haber llegado a tiempo al destino que probablemente le esperaba, lo mismo que a sus hermanas, nadie como él, sostiene De la Rica, fue capaz de retratar la degeneración de aquellos sistemas políticos y la monstruosidad tantas veces inconcebible del Holocausto.

Igualmente, con el título de El mundo formidable de Franz Kafka, el escritor estadounidense Louis Begley compone un interesante ensayo biográfico para hacer comprensible y accesible el drama de ese «ermitaño y hombre sabio, al que la vida aterraba», como lo definió la inteligente Milena Jesenská («la mujer que mejor entendió a Kafka y ante la que más completamente se desnudó», como dirá Begley). Todo un empeño, narrar el atolladero claustrofóbico y angustioso de una vida, en apariencia, carente de sucesos reseñables. Escasos sucesos que por supuesto se verían marcados por la tragedia de la otra cara de su sufrimiento, aparte del espiritual, que siempre le acompañó: los hitos que señalarían, sin darle apenas respiro, el progreso de su enfermedad, esa temprana tuberculosis que lo llevaría a la tumba poco antes de cumplir los cuarenta

En Algún día: Franz Kafka.

El otro Kafka.

con 2 comentarios

Stanley Corngold, Jack Greenberg y Benno Wagner (eds.)
FRANZ KAFKA: THE OFFICE WRITINGS
Trad. inglesa de Eric Patton y Ruth Hein
Princeton University Press, Princeton y Oxford

El otro Kafka. Artículo de Julio Baquero Cruz. Publicado en Revista de Libros. Nº 154 octubre 2009.

La escritura y el trabajo no pueden conciliarse», escribió Kafka en 1913 a su novia, Felice Bauer, «porque el centro de gravedad de la escritura se sitúa en lo profundo, mientras que la oficina se queda en la superficie de las cosas. Entre esos dos mundos hay un vaivén continuo, un proceso que acabará conmigo» (carta citada en el libro reseñado, p. X). Para Kafka, el universo de la ficción era el paraíso y el mundo burocrático, el infierno; la mesa de trabajo en casa era su hábitat natural, mientras que el escritorio de la oficina era «un horror» (ibídem), si no el verdadero Horror conradiano.

Esa es, al menos, la imagen que se desprende de sus cartas, la imagen que hemos recibido y que podemos deducir con toda naturalidad de su obra literaria. Kafka nos parece igual de alienado en la oficina que Joseph K. recorriendo los amenazantes trámites judiciales de El proceso o que K. intentando obtener la confirmación de su nombramiento como agrimensor en El castillo. Pensamos que la única forma de escapar de esa pesadilla era su escritura literaria, otra pesadilla de naturaleza muy distinta, en la soledad de la noche y del hogar. Intuimos que esa doble vida era la causa de un malestar y de una tensión que constituyeron el verdadero punto de partida de su obra. Esta imagen casa tan bien con los datos que poseemos, con lo que queremos que Kafka represente, que nunca sentimos la necesidad de cuestionarla.

Aparte de presentar por primera vez en traducción a cualquier idioma una selección de los escritos jurídicos de Kafka, antes publicados en el original alemán en 2004 (1), la obra comentada trata de desbancar esa imagen convencional que tenemos del escritor. Los tres ensayos introductorios –en especial el que firma Stanley Corngold (pp. 1-18) – y los comentarios que siguen a cada uno de los textos de Kafka presentan una tesis fuerte que encontramos resumida en el prefacio del volumen. Franz Kafka, se nos dice allí, no era un «oficinista insignificante», como pudieron serlo Svevo o Pessoa, sino un «jurista joven y brillante» con un «puesto muy importante» en la Agencia de Seguros de Accidente de los Trabajadores del Reino de Bohemia en Praga (que formaba parte de una red de institutos similares establecidos en las distintas regiones del Imperio Austro-Húngaro), y en ese contexto llegó a ser «un innovador notable en el marco de la reforma social y jurídica moderna» (p. IX). Sus escritos jurídicos y su obra literaria no serían compartimentos estancos, sino que guardarían una relación muy estrecha. En el fondo, su obra literaria sería un intento de conciliar la escritura con el trabajo burocrático, la práctica del derecho de seguros con la literatura. Así pues, los escritos profesionales de Kafka deberían verse como «parte integral de su obra literaria» (p. X). Habría una influencia recíproca entre ambas dimensiones: «los escritos del Kafka publicista y experto en derecho de seguros muestran que el Kafka escritor empleó estrategias del Kafka jurista, de la misma forma que el Kafka jurista empleó estrategias del Kafka escritor» (p. X). En consecuencia, los responsables de la edición encuentran en la narrativa de Kafka gran cantidad de ecos de los escritos jurídicos de Kafka. Habría paralelismos en cuanto a los temas, los argumentos lógicos y la retórica. No sería fácil dar con ellos, confiesan, pero ahí están, esperando a ser descubiertos y a revelarnos una comprensión más profunda de la obra de Kafka. En resumen, «el mundo de la escritura de Kafka, la literaria y la de la oficina, es una institución única en la que el factor burocrático siempre está presente, pues se trata de un mundo que se alimenta de un flujo incesante de signos escritos, unos signos que circulan sin cesar y cuyo origen acaba por perderse» (p. XV).

Habiendo leído eso y los tres ensayos introductorios, tenía grandes expectativas para lo que anticipaba como una lectura extraordinaria y un descubrimiento formidable. Porque, pensaba, ese Kafka «conciliado» y «unificado» no podría escribir algo aburrido en la oficina, teniendo en cuenta lo que escribía al volver a casa. Lo que encontré en el libro me defraudó. Los escritos jurídicos de Kafka me parecieron secos, a menudo tediosos. Y al principio poco a poco y, más adelante, muy deprisa a medida que avanzaba por las páginas de la obra, fue precisamente la imagen convencional de Kafka la que fue volviendo a ganar terreno en mi mente en todos los aspectos de la tesis que se suponía que esos textos debían probar.

El objetivo de los responsables de la edición es superar la idea ortodoxa de un Kafka alienado en el trabajo y más auténtico en su vida literaria en casa pero, en mi opinión, los escritos jurídicos de Kafka confirman la visión ortodoxa. Si los leemos y luego abrimos El proceso o El castillo, las novelas con las que supuestamente deberían tener más que ver, no podremos evitar tener una impresión reforzada de la disociación radical entre la rutina de la oficina, un esfuerzo ingrato e inevitable para Kafka, y la vida real que para él sólo podía estar en la ficción. La disociación era tan grande que no había solución ni conciliación posible. Tampoco podía vivirla sin problemas, porque la vida literaria de alguien como Kafka impone grandes sacrificios y sigue su propia lógica. Se trata de una vida que quiere más y más del escritor. A la postre lo quiere absolutamente todo, y no puede dejar espacio para las demás dimensiones de la vida, para las otras identidades del escritor. Por eso Kafka no podía conciliar su escritura o su «ser escritor» con el resto de sus actividades e identidades. Estaba condenado a esa disociación, y su condición esquizofrénica –término que, en su caso, tal vez podamos usar en un sentido clínico pleno y no sólo como metáfora– era la principal condición de posibilidad de su literatura. En efecto, Franz Kafka habría sido más feliz o menos infeliz si hubiera conseguido conciliar los dos mundos que habitaba, pero no habría escrito lo que escribió.

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12 Octubre 2009 a 11:08

Quim…rico Polanski.

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Texto: Antonio Soler. Diario Sur. 11.10.2009.

El enano polaco al que había que apretarle las tuercas. Así se referían a Polanski en el 78 por los pasillos de la corte de justicia, cuando ya había alcanzado con el juez Rittenband un pacto -el de autoinculparse en un delito menor del que se le acusaba- tal como permite la justicia norteamericana a cualquier ciudadano. Algo falló. Algo falló siempre en la vida de aquel chico de origen judío. Desde el día de su nacimiento. Mala época para nacer bajo la estrella de David en Europa. 1933, el año en el que Adolf Hitler toma las riendas del poder y el viejo continente empieza a estremecerse desde lo más hondo de sus cimientos. La ingenuidad de sus padres los llevó en busca de refugio a la boca del lobo. Cracovia, Polonia. Su madre murió en un campo de exterminio. Su padre pasó años en otro.

Después los escombros, la restitución de la dignidad o algo parecido. Un joven inquieto enrolado en una compañía de teatro. Actor. Y el cine. Uno de los grandes talentos que ha dado este arte. “Cul-de-Sac”, «El cuchillo en el agua», las absolutamente inquietantes «El quimérico inquilino», «Repulsión» o «La semilla del diablo», pasando por una adaptación ejemplar de «Macbeth» hasta llegar a «El pianista», una de las más profundas, hermosas y reveladoras historias sobre el nazismo que se hayan hecho nunca. Y en medio de todo eso todavía más desgracias, más eslabones rotos, más cosas que fallaban. En 1969 el asesinato de su mujer embarazada, Sharon Tate, a manos de una banda de sádicos exaltados. Unos años después era el propio Polanski quien fallaba estrepitosamente y acarreaba más desgracia a su vida intentando seducir y después violando a una menor de edad.

Ahora viene el debate ético, la pugna de la moral y los privilegios. Pero en muchas mesas y cabezas el debate se plantea torcido. La defensa de Polanski no pasa por darle trato de favor por ser quien es. Su defensa tiene que ver con otra cadena de fallos. Con un juez que se retractó de la condena pactada, una evaluación psiquiátrica que tuvo a Polanski sólo 42 días en prisión cuando lo habitual habría sido que estuviera allí un par de semanas más (ese fue su auténtico privilegio pues nunca se suelen cumplir los 90 días prescritos), un fiscal que ahora reconoce haber mentido en sus declaraciones, y si se quiere llegar hasta el final de la cadena de fallos tal vez daríamos con la propia madre de la menor, una presunta mamá de estrellas deseosa de que su hija triunfara a toda costa. Polanski cometió un delito infame, pero siguió los conductos que marcaba la justicia norteamericana hasta que ésta comenzó a titubear. Han pasado 31 años. Aquella adolescente lo perdonó hace tiempo. La mancha quedará siempre sobre la historia del cineasta, pero quizá sea hora de dejarlo en paz. No por ser el gran Polanski, sino aquel enano polaco al que había que atajar.

En Algún Día: Antonio Soler.

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11 Octubre 2009 a 17:50

Autoengaño: la eterna compulsión a hacernos trampa.

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Basándose en la filosofía, la literatura y la psicología, la ensayista Diana Cohen Agrest analiza este mecanismo psíquico contradictorio que impulsa muchos de nuestros actos.

Texto: Diana Cohen Agrest | ADN Cultura | Sábado 10 de octubre de 2009.

(…) El ser y la nada , Jean-Paul Sartre acusaría a la teoría freudiana de defender un determinismo que postula la existencia de procesos inconscientes que explicarían el autoengaño. En lugar de la dualidad diacrónica del engañador y del engañado, el psicoanálisis, piensa Sartre, postula una ficción sincrónica de “una mentira sin mentiroso”. Y dándole un giro a la explicación freudiana, el filósofo existencialista alude a la libertad, a esa condición que hace del ser humano, el único “condenado a elegir”. Sartre denomina al autoengaño, la mala fe. Y la mala fe es un antídoto inauténtico, la huída cobarde frente a la responsabilidad de tener que jugarse por los valores según los cuales uno podría elegir vivir.

Sartre nos muestra la mala fe en una escena donde una mujer simula ignorar las insinuaciones sexuales de su acompañante porque teme romper el hechizo del juego de la seducción. Hasta parece no advertir cuando el seductor toma su mano. Disociada de su corporalidad, en ese instante la mujer se siente “puro espíritu”. Ella “sabe muy bien las intenciones del hombre”, nos advierte Sartre, “también sabe que tendrá que tomar una decisión tarde o temprano”. Pero se resiste a decidir, ocultándose a sí misma los objetivos de su acompañante. Y pretendiendo desconocer su propio deseo, la mujer posterga el momento de la decisión, interrogándose una y otra vez: ¿qué quiere hacer con su cuerpo? ¿abandonarse a su deseo transitoriamente eclipsado y tener sexo? ¿o antes bien no ceder a las insinuaciones del seductor? Estas dudas, concluye Sartre, no son sino un ejercicio de la mala fe, porque la mujer hace uso de su libertad como de una excusa con la cual evade su responsabilidad de tener que elegir.

Sartre nos presenta una segunda figura de la mala fe, encarnada esta vez en un mozo de café que juega a ser mozo de café con el fin de persuadirse a sí mismo de que su existencia se reduce, precisamente, a ser mozo de café, cumpliendo con el papel con el que los otros y la sociedad lo han investido: el pobre diablo que barre a las cuatro de la mañana el local es el mismo que apenas un par de horas más tarde se engalana con chaleco de un blanco purísimo y moño de satén, luciendo su sonrisa inalterable ante la clientela. Como en un juego de rol, el mozo de café se abandona a la impostura para poder ser lo único que cree poder ser: su actitud servil, su complacencia excesiva, sus gestos sospechosamente redundantes, no son más que un ritual que lo definen y confirman en lo que cree que debe y sólo puede ser.

A través de estas ilustraciones, Sartre aspira a mostrar que ni siquiera hace falta apelar a la estrategia del psicoanálisis para mostrar que la tiranía del deseo o la fuerza de las emociones condicionan nuestras creencias, ya que es posible creer y, conscientemente, descreer de la misma cosa. En lugar de mecanismos inconscientes, Sartre postula una atención selectiva que incorpora los aspectos de la realidad que se integran en el sistema de creencias aprobado por la conciencia y hace a un lado aquellos aspectos que la misma conciencia censura. La mujer es una buena ilustración: “Dado que la mujer conoce las intenciones” de su interlocutor, continúa Sartre, ella hace uso de este saber para prestar atención sólo a “lo discreto y respetuoso de la actitud de su acompañante”, relegando la conciencia que ella tiene de su propio saber.

Pero su peso existencial, al fin de cuentas, radica en que el autoengaño pone en juego, nada más y nada menos, aquello que somos. Estrategia privilegiada ejercida en el campo de la conciencia, sin ese mecanismo de autoprotección podríamos ser condenados a revivir infinitamente los recuerdos más intolerables. No sólo puede ser la expresión de la renuncia a confrontarnos con un pasado traumático, sino también de la huida ante una realidad angustiante presente, cuando no de disociarnos de proyectos sumidos en el autorreproche pero que deseamos continuar, y hasta perseveramos en ellos.

Si prefiero detenerme deliberadamente en un período de la vida, negándome a admitir todo lo que luego cambié, me digo: “Soy lo que fui”. Pero puedo barajar y dar de nuevo, confiado en que el naipe exculpatorio del “no soy lo que fui” podrá ser exhibido triunfalmente cuando me desolidarizo de mi pasado, insistiendo en mi recreación perpetua. Sin embargo, en nuestro descargo, sugiere Sartre, más que una patología o un vicio de carácter, y al igual que la vigilia o el sueño, la mala fe es un modo de ser en el mundo.

Leer artículo completo en ADN Cultura.

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10 Octubre 2009 a 23:54

Doctor Finnegans y Monsieur Hire.

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El argentino Sergio Chejfec se debate entre las estrategias novelísticas presumiblemente antagónicas de Joyce y de Simenon. Entre la narración como arte y como discurso. El mundo interior y el exterior. En su novela Mis dos mundos se muestra cómplice de ambas tendencias y las combina abriéndose a prometedores territorios literarios

Texto: Enrique Vila-Matas. Babelia. 12.10.2009.

Es medianoche y suena de fondo Bela Lugosi’s Dead y ni siquiera la música me impide pensar en esa realidad “bárbara, brutal, muda, sin significado, de las cosas” de la que hablaba Ortega. Miro por la ventana y veo la vida inerte y me parece que ese tipo de realidad bárbara y muda es especialmente percibida hoy por quienes piensan que en el mundo ya no existe la simplicidad inherente al orden narrativo, ese simple orden que consiste en poder decir a veces: “Cuando hubo pasado aquello, pasó esto, y luego pasó lo otro, etcétera”.

Nos tranquiliza la simple secuencia, la ilusoria sucesión de hechos. Sin embargo, hay una gran divergencia entre una confortable narración y la realidad brutal del mundo. “Todo se ha vuelto ahora no narrativo”, decía Musil, frecuentador de un universo multidimensional, fragmentario, de un mundo sin posibilidades reales de acceder a un orden como el que acaso pudo alguna vez existir y que Rilke creyó entrever en Apuntes de Malte Laurids Brigge: “Que se narrara, lo que se dice narrar, esto debió hacerse en otros días. Yo nunca he oído narrar a nadie”.

Soy consciente de que a lo sumo -hijo de mi tiempo- no he alcanzado a oír más que simples balbuceos pretendidamente cabales, y quizás por eso siempre me pareció sumamente cínico o irónico oír hablar, por ejemplo, de “nueva narrativa” o de pendejadas por el estilo. Sin embargo, estoy tan convencido del divorcio entre la confortable narración de algo y esa realidad no narrativa del mundo actual como del progresivo resurgimiento de la narración en la escena central de la cultura. Es decir, que del mismo modo que creo que la no narratividad (al menos desde el punto de vista convencional) de Finnegans Wake de Joyce es puro arte, también considero sumamente artístico, por ejemplo, un libro con tanto ingenio narrativo como Monsieur Hire de Simenon.

¿Me contradigo? ¿Acaso Joyce y Simenon son tan compatibles? Que Finnegans Wake es puro arte me parece una evidencia. He vivido en variadas ocasiones, en mis obstinadas relecturas parciales de este libro, la sensación inenarrable (y nunca mejor dicho) de percibir que estaba ante el tipo de escritura que mejor se relaciona con la verdad de la vida incomprensible. Y aquí ahora sólo recordaré que Beckett decía que los escritores realistas engendran obras discursivas porque se centran en hablar sobre las cosas, sobre un asunto, mientras que el arte auténtico no hace eso: el arte auténtico es la cosa y no algo sobre las cosas: “Finnegans Wake no es arte sobre algo, es el arte en sí”.

¿Y Monsieur Hire? Quizás se aleje ligeramente del “arte en sí” y sea una obra discursiva, sí, pero en ella todo es narrado con una enigmática sencillez fácil (valga la redundancia), precisamente con la simplicidad inherente al orden que echamos tan en falta en la realidad de hoy, tan poco solidaria con aquellas antiguas estructuras narrativas que Rilke sospechó que alguna vez existieron.

Siempre me he forzado a la contradicción para evitar conformarme con mi propio gusto. Y por eso no puedo más que admirar a John Banville que siempre ha defendido el estilo por encima de la trama, pero permite que a Benjamin Black, el seudónimo con el que se desdobla, le preocupen cosas como argumento, personajes, diálogo. A veces Banville se refiere a Black, que es admirador de Simenon, como mi “gemelo idiota”, pero cuando le preguntan cómo cree que Black califica a Banville, responde: “Sé que le llama el pretencioso”.

En cierto sentido, los libros esencialmente narrativos puede que sean los gemelos idiotas de los pretenciosos libros que tratan de acercarse al arte verdadero. Pero está en el fondo todo entrelazado y no tiene por qué haber una división radical, tan sólo una lábil frontera. Por esa frontera se pasean precisamente dos de los muchos “dos mundos” que aparecen en Mis dos mundos, la novela de Sergio Chejfec que despertó poderosamente mi atención hace unos meses y que acabo de releer.

Alguien ha insinuado con malicia que algún día lo que quede de Banville sean tan sólo las novelas que publicó con el seudónimo de Black. A nadie, en cambio, se le ha ocurrido sugerir lo contrario, lo que demuestra que todo el mundo sospecha que la vía Finnegans -por llamarla de algún modo- tiene menos posibilidades de subsistir en el tiempo que la vía Hire. Y, sin embargo, eso no evita que para algunos la ruta Finnegans sea la más noble y la más afín al lenguaje caótico de la realidad y a ese vago flotar de nuestras vidas del que hablaba Kafka; es decir, la más afín a la realidad bárbara y muda, sin significado, de las cosas.

Chejfec está más cerca de la ruta Finnegans, pero aborda la historia de su novela mediante un hilo Hire, es decir, que se atiene a las convenciones de lo narrativo, aunque al mismo tiempo pone en marcha desde dentro -como dinamita pura- un mecanismo narrativo que, por su lectura implacable de la realidad, nos acerca a la verdad muda del vago flotar kafkiano. Leemos la trama al mismo tiempo que ésta se va creando. Los mismos pensamientos parecen surgir condicionados por la prisión de sentido que crean las propias palabras, tal como ha explicado el propio Chejfec al decir que en su libro las frases están empujadas hacia la expansión, porque existe un mensaje, pero está constreñido por la fórmula, por la ecuación de la propia frase.

Recuerdo q ue hoy, hacia el final de mi relectura, hacia el final de mi nuevo paseo meditativo por los mundos variables del parque brasileño en el que se esconde una decepción -éste sería un resumen aceptable del argumento del libro de Chejfec -, he visto reaparecer de golpe la disociación entre una confortable narración y la realidad bárbara, y la he vuelto a ver justo cuando el narrador dice que, al contrario del pasado, está seguro ahora de que si se pusiera a escribir en el Café do Lago nada temblaría ni cambiaría a su alrededor y que a lo mejor esa sería la prueba de que “la realidad ya no es solidaria con su actividad”. Ahí están los dos mundos de Chejfec, que no son sólo -como tanto se ha dicho- el mundo interior y el exterior, sino también el mundo de esa realidad muda e inenarrable que hoy en día tan disociada está ya de la actividad de la escritura. Y también el mundo del momento, asociado al del pasado: un mundo narrativo que parece comentar el tono lento de la luz en las sombras de ese parque o laberinto brasileño, ese tono apagado que parece pertenecer a un misterio en realidad inútil, inenarrable; un misterio tan grande como la propia novela, que avanza como subrayando estas palabras de Edmond Jabès: “Mirad, no tengo rostro, lo que exhibo es la cara del instante”.

Chejfec se decanta más por el lado Finnegans que por el Hire, aunque adopta la actitud de hábil cómplice de las dos tendencias. Ha tenido que divertirse mucho simulando narratividad para emitir un discurso que, a diferencia de otros autores con los que se le relaciona (Sebald, Saer, Aira, Handke), no pretende transmitir nada que no sea una temeraria trama que, al igual que nuestras vidas, se construye instante a instante, siempre perseguida por el pasado. Es desde luego admirable su coraje de escritor, ya que, al situarse con Mis dos mundos tan cerca del arte en sí y tan cerca de la verdad descarnada de la vida sin sentido, se arriesga una vez más a no disfrutar de la inmediata aceptación de la que gozan el resto de sus colegas más contemporizadores. Mis dos mundos es Finnegans con el rostro de Hire, lo que abre un espacio muy interesante para la novela del futuro.

Ficha del Libro.
Algunos fragmentos de Mis dos mundos.
Dosier de prensa (PDF)

Sitio oficial │www.enriquevilamatas.com
Relecturas en Babelia.

En Algún Día │Enrique Vila-Matas.

La leyenda de Hipatia.

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Hipatia, filósofa en la Alejandría del siglo V, es una figura atrayente por su calidad intelectual, su rectitud de vida y por su trágica muerte. A partir del siglo XVIII, su imagen ha sido vestida con diversos ropajes, según las tendencias de la época: en la Ilustración, como heroína de la razón frente a la religión revelada; en el romanticismo, como idealización del paganismo contrapuesto a la civilización cristiana; y, últimamente, como víctima de la misoginia. Ahora vuelve a la actualidad con la película Ágora, del director español Alejandro Amenábar.

Texto: Luis Alberto de Cuenca. ABCD.es. 04.10.2009- Número:918

Por obra y gracia de la película Ágora, de Alejandro Amenábar (que tanto está dando que hablar por su elevado presupuesto), hay una dama de la Antigüedad que está a punto de colarse en los cuartos de estar de todos los españoles. Poco sabemos de ella, aunque existen libros sesudos al respecto publicados en español que desmenuzan cuantos datos, por mínimos que sean, han llegado a nosotros sobre su biografía, como el de Maria Dzielska (“Hipatia de Alejandría”, Siruela, 2004; mucho antes, pues, de la moda amenabariana) o el recentísimo Hipatia, de Clelia Martínez Maza, profesora de historia antigua de la Universidad de Málaga (La Esfera de los Libros, 2009), del que ya me he ocupado hace unos meses en estas mismas páginas en compañía de La conspiración Piscis, la bonita novela de Magdalena Lasala basada en la protagonista de Ágora.

Hija de Teón. Ya en el terreno de la pura ficción literaria, citaré, sin pretensión alguna de exhaustividad, las semblanzas biográficas de la filósofa alejandrina que tengo encima de la mesa: Hypatia (1853), novela del autor victoriano Charles Kingsley (sí, el autor de Los niños del agua, un auténtico crack de la literatura infantil accesible ahora en castellano gracias a Rey Lear), que fuera traducida al español como “Hipatia o los últimos esfuerzos del paganismo en Alejandría” (1857), rara edición, enriquecida con grabados, que no hacía constar nombre de autor en portada; “La perra de Alejandría” (2003), de la estupenda novelista valenciana Pilar Pedraza (Valdemar), o la sugerente novela “La última noche de Hipatia” (2009), de Eduardo Vaquerizo (Alamut), aparecida en librerías hace unas semanas.

La tal Hipatia fue una dama nacida hacia 355 después de Cristo en Alejandría e hija de un famoso matemático llamado Teón, cuyo floruit puede datarse en los años sesenta del siglo IV y del que se nos han transmitido, parcialmente, unos célebres “Comentarios al Almagesto” de Ptolomeo. Hipatia, que sabía tantas matemáticas, astronomía y filosofía como su padre, llegó a colaborar con su progenitor en la revisión del tercer libro de los citados Comentarios, y redactó otros, ya en solitario, sobre la obra de Diofanto de Alejandría y de Apolonio de Pérgamo que no se han conservado. Junto a su tarea investigadora, desarrolló una labor pedagógica muy intensa, ejerciendo en Alejandría como maestra de filosofía en una escuela pagana neoplatónica por ella regentada y muy concurrida.

Glosas eruditas. Oigamos lo que dice de Hipatia el gran Edward Gibbon, a finales del siglo XVIII, en el capítulo XLVII de su inmortal “Decline and Fall of the Roman Empire”: «Hipatia, hija de Teón el matemático, se impuso en los estudios del padre, despejando con sus glosas eruditas la geometría de Apolonio y Diofanto, y estuvo enseñando públicamente en Alejandría la filosofía de Platón y de Aristóteles. Hermosa y lozana, y cabal en su sabiduría, su recato se desentendió de amadores y se dedicó por entero a sus discípulos, entre los que se contaba Sinesio de Cirene, futuro obispo de Ptolemaida; todos los ricos de Alejandría querían aprender de la filósofa, y el futuro San Cirilo, patriarca por aquel entonces de Alejandría, envidiaba el boato de la comitiva que se agolpaba con caballos y esclavos en los umbrales de la escuela que Hipatia regentaba. De manera que un día de Cuaresma de 415 A. D. arrebatan a Hipatia del carruaje, la desnudan, la arrastran a la iglesia y, una vez allí, las manos de Pedro el lector y las de una gavilla de fanáticos forajidos la atenacean y la descuartizan, raspando la carne de sus huesos con cantos agudos de conchas de ostras, y arrojan sus miembros palpitantes a las llamas» (cito por la traducción decimonónica de José Mor de Fuentes).

No eran aquellos tiempos de especial buen entendimiento entre paganos en decadencia y cristianos al alza, lo que facilitó el tránsito de la sapientísima y paganísima Hipatia al Olimpo de los «otros» mártires. Gibbon se inspira en la Historia Ecclesiastica de Sócrates Escolástico, que nos cuenta cómo una enloquecida muchedumbre de progreso de la época (no olvidemos que los cristianos eran entonces los «modernos» de la película) hizo todo tipo de barbaridades con Hipatia. No sabemos a ciencia cierta el papel desempeñado por San Cirilo en el poco edificante comportamiento de las hordas. Tal vez fuese el cerebro de la operación, como postula Gibbon siguiendo a Sócrates Escolástico. Tal vez no tuvo nada que ver. Lo cierto es que se le ha colgado el sambenito de la culpa en la horrible muerte de Hipatia.

Discípulo enamorado. Hay que decir que la historiografía e iconografía nos presentan a la filósofa rozagante y en la flor de la juventud en el momento de su muerte, para dar más glamour a su asesinato, pero lo más probable es que muriese con cerca de sesenta años, una edad lo suficientemente provecta como para no ir por ahí despertando pasiones. Antes del sádico destrozo, y si hemos de atenernos al retrato que de ella traza Rafael en su celebérrimo fresco vaticano La escuela de Atenas o a la maravillosa recreación del prerrafaelita Charles William Mitchell, Hipatia era una treintañera guapísima, tan rubia y tan estilizada como la Venus de Botticelli. En un relato de un tal Toland, publicado en Londres en 1720 y pomposamente rotulado “Hipatia, o la historia de una dama de gran belleza, virtud y sabiduría que fue descuartizada por el clero de Alejandría para satisfacer la crueldad del arzobispo San Cirilo”, se cuenta que un discípulo se enamoró de su maestra, y que Hipatia, incomodada por la vehemencia de su enamorado, le arrojó a la cara un paño higiénico previamente usado por ella, diciéndole en plan neoplatónico: «Esto es lo que tú amas, joven tonto, y no algo que es bello en sí mismo». No sé si Amenábar recogerá este lanzamiento de compresa en su film, pero sería divertido que lo hiciese.

Más información: Hipatia de Alejandría: historia y leyenda. – Antonio Barnés Vázquez. Aceprensa. 25.09.2009.

En El Testigo ocular (Bitácora de Luis Manuel Ruiz):
Hipatitis, 1
Hipatitis, 2: el espíritu de Platón y el cuerpo de Afrodita.
Hipatitis, 3: la hija de Teón.
Hipatitis, y 4: Tormenta sobre Alejandría.

Voces irlandesas. Linehan y O’Neill.

con un comentario

La Jornada Semanal. Domingo 4 de octubre de 2009 Num: 761.

La actual escritura femenina de Irlanda recoge los mejores aspectos de la tradición literaria de la hermosa isla que ha dado a la lengua inglesa algunos de sus mejores escritores. Una Brankin, Marita Conlon McKenna, Martina Deblin, Joan O’Neill, Rosaleen Linehan, Mary Ryan, Catherine Foley, Julie Parsons y Annie Sparrow pertenecen a la nueva generación de autoras irlandesas. Valientes, claras y precisas en sus construcciones narrativas, nos entregan un panorama rico y complejo de la situación de la mujer en la vieja Erin para asegurar los datos esenciales de su modernidad. Como ejemplos de esas nuevas tendencias literarias y de la moral social de la actualidad irlandesa, publicamos dos cuentos inéditos en español, uno de O’Neill – Asesinato impune – y otro de Linehan titulado “Una zanahoria para el desayuno”.

El lector activo.

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Texto: Enrique Vila-Matas. El País.com. 27.09.2009.

La lectura es un arte, aunque muchos autores de hoy lo ignoran, ya que andan atareados complaciendo lo que se espera de ellos: intrigas trilladas, personajes que hablen como en las series más mediocres de televisión, estilo de tiralíneas. Claridad se les reclama, y que no embrollen. Que respiren con naturalidad y no ensombrezcan las mañanas.

Ostentadora del gusto general, la mayoría lectora, que cuenta con la reveladora complicidad del sufragio de los que no leen, actúa como si hubiera vencido en las urnas y eso le permitiera ahora imponer la figura del lector pasivo y someter cualquier lectura individual a la más burda lectura general, prisión de todos.

Tiene este horror su lógica si se piensa que entre los lectores de hoy triunfa aquella comodidad que ya en los años treinta llevó a Cyril Connolly a ironizar sobre los perezosos: “Con independencia del talento que inicialmente posean, se condenan a ideas y amistades de segunda mano”.

Hasta donde alcanza la memoria, mi icono clásico del lector activo es una lectora, Anna Karenina, viajando de noche en el tren de Moscú a San Petersburgo. Justo en el momento en el que Tolstoi parece haber suspendido ligeramente la intriga, Anna se coloca en las rodillas un almohadón y, envolviéndose las piernas con una manta, se arrellana cómodamente. Después, pide a Aniuska una linterna, que sujeta en el brazo de la butaca, y saca de su bolsita roja un cortapapeles y una novela inglesa.

En mi recuerdo, el momento es pura iluminación. Asocio la linterna de Anna con aquella peculiar luz propia, cuya necesaria existencia percibiera Paul Valéry cuando en sus Cuadernos consideró plausibles un tipo de obras que contaran con la iluminación propia del lector, es decir, un tipo de obras escritas sin pensar en darle algo a quien lee, sino, al contrario, pensando en recibir de él: “Ofrecer al lector la oportunidad de un placer -trabajo activo- en lugar de proponerle un disfrute pasivo. Un escrito hecho expresamente para recibir un sentido, y no sólo un sentido, sino tantos sentidos como pueda producir la acción de una mente sobre un texto”.

Décadas después, Roland Barthes recogería el guante y diría que para devolverle su porvenir a la escritura había que darle la vuelta al mito: “El nacimiento del lector se paga con la muerte del autor”. Exageró, pero con su idea dejó entretenidas a dos generaciones de estudiosos y demostró, además, que del acontecer implacable que conduce a la muerte nada nos distrae tanto como la lectura activa. La famosa muerte. La he visto esconderse en los relojes en La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, esa novela con la que Laurence Sterne llenó de salud la relación del escritor con el lector: “A medida que prosiga usted en mi compañía, el ligero trato que ahora se está iniciando entre nosotros se convertirá en familiaridad, y ésta, a menos que uno de los dos falle, acabará en amistad”.

Puede que fallarle a tipos como al gran Sterne sea el error de tantos lectores de ahora, consumidores de sucedáneos de la literatura. Pero anima saber que hay indicios del regreso del lector activo. Algo comienza a moverse en medio del barullo de las novelas esotéricas y otros engendros, y se diría que hasta incluso pierde ya fuelle la estúpida exaltación del lector pasivo, que esconde en realidad la exaltación de los que no leen. Reaparece el lector con talento y parece que comienzan a replantearse los términos del contrato moral entre autor y público. Respiran de nuevo los escritores que se desviven por un tipo de lector que sea lo suficientemente abierto como para permitir en su mente el dibujo de una conciencia extraña, incluso radicalmente diferente de la suya propia.

La secuencia central de toda lectura activa contiene el gesto más profundamente democrático que conozco. Es el gesto de quien sabe abrirse al mundo y a las verdades relativas del otro, a la sagrada revelación de una conciencia ajena. Si se exige talento a un escritor, debe exigírsele también al lector. Porque el viaje de la lectura pasa muchas veces por terrenos difíciles que reclaman tolerancia, espíritu libre, capacidad de emoción inteligente, deseos de comprender al otro y de acercarse a un lenguaje distinto del que nos tiene secuestrados. Como dice Vilém Vok, no es tan sencillo para un lector sentir el mundo como lo sintió Kafka: un mundo en el que se niega el movimiento y resulta imposible siquiera ir de un poblado a otro.

Las relaciones entre lector y escritor remiten tanto a un mundo radicalmente negado para el movimiento como a la escena más opuesta: dos aislados poblados kafkianos, acercándose. Una novela es una calle de dos direcciones, animada por dos talentos; una calle en la que la tarea que se requiere a ambos lados es, al final, la misma. Leer, cuando se lleva a cabo con linterna propia, es tan difícil y apasionante como escribir. Tanto quien escribe como quien lee, aun entreviendo el fracaso, buscan la revelación certera de lo que somos, la revelación exacta de la conciencia personal de uno mismo, y también de la del otro. Y aquellos que sitúan la lectura al nivel de la experiencia pasiva de ver televisión lo único que hacen es vejar a la lectura y a los lectores. De hecho, las mismas destrezas que se necesitan para escribir se precisan también para leer. Los escritores fallan a los lectores, pero también ocurre al revés y los lectores les fallan a los escritores cuando sólo buscan en éstos la confirmación de que el mundo es como lo ven en su pequeña pantalla. Los nuevos tiempos traen esa revisión y renovación del pacto exigente entre escritores y lectores. Cabe esperar, parafraseando a Henry James, que pronto pueda decirse que unos y otros trabajan con lo que tienen, y sus grandes dudas son su pasión, y esa pasión es precisamente su gran tarea.

Sitio oficial │www.enriquevilamatas.com

En Algún Día │Enrique Vila-Matas.

Escrito por Alguien

4 Octubre 2009 a 11:25

Versos olvidados: Cinco poemas Kenianos.

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La Jornada Semanal. Domingo 27 de septiembre de 2009 Num: 760.

Ayer el profesor expuso/ la diferencia entre los muertos y los vivos// Hoy la lección se ha puesto en práctica”: así expresa Keguro Macharia, poeta keniano y doctor en Letras inglesas, algo del horror en la historia reciente de Kenia, país ensangrentado por conflictos electorales en 2008. La revista keniana Kwani? “convocó a escritores de distintos géneros a participar en un número monográfico” en torno a dicha violencia poselectoral, de los cuales presentamos cinco. Completan el número una entrevista con Dany-Robert Dufour, en la que el filósofo francés habla acerca del liberalismo desquiciado en el que vivimos hoy en día, así como un ensayo de Leandro Arellano sobre la crisis sanitaria de la influencia AH1N1.

Kenia. Una carta de amor.
Mukoma WaNgugi

Mirando hacia afuera, la nieve cayendo y yo pensando
qué felices fuimos cuando promesas y sueños
llegaban fácilmente, y cómo nosotros, amantes cubiertos

por la noche cálida de Eldoret, ciframos una profecía
ante una estrella fugaz dijimos: ‘cuando sea el momento
nuestro primer hijo se llamará Kenia’ y cómo

nos reíamos: ‘sí, nuestro hijo sería un país
y un hombre’
estrechamos nuestras manos, ásperas y templadas
por romper las semillas del ricino. ¿En qué momento, querida,

nuestras manos se envolvieron de cadenas
anclas de explotación
en las minas de diamante y yacimientos de petróleo? ¿Nuestras manos
gastadas por el amor y por el juego, cuándo

éstas aprendieron a empuñar machete
o usar el arma para volar sombreros?
Y esta tierra
que sorbe nuestra sangre como un niño hambriento
esta tierra
que hemos dejado en cenizas –cuando

terminemos de devorarla, cuánto de ella le quedará a Kenia?
amor, nuestro bebe nace, se está muriendo. Mañana
estará muerto.

Leer los cinco poemas.

El porvenir es parte del presente.

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La Revista de teoría de la literatura de la Universidad de Hofstra (Nueva York), Hofstra Hispanic Review, en su número Nº 8/9, verano/otoño 2008, publicó un artículo firmado por Vicente Luis Mora, (director del Instituto Cervantes de Albuquerque, Nuevo Méjico), titulado, El porvenir es parte del presente: la nueva narrativa española como especies de espacios, en el que se abordaba diferentes aspectos de muchos autores españoles de la nueva narrativa. Ahora ese artículo está disponible AQUÍ.

Fuente: Diario de Lecturas.