Algún día en alguna parte

Pareceres varios del mundo del Arte y la Literatura.

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El primer capítulo de “Invisible”, de Paul Auster.

sin comentarios

Paul Auster da un salto literario en su nueva novela: Invisible (Anagrama). Esta vez el autor neoyorquino se sirve de tres narradores para contar una historia que oscila entre 1967 y 2007. Es la vida de un veinteañero que sueña con ser poeta y que conoce a una pareja de franceses, a partir de lo cual su vida se precipita hacia un juego perverso de ilusión, exploración, y peligro. Una historia marca Auster que Babelia avanza hoy en ELPAÍS.com, ya que la novela llegará a las librerías el 1 de diciembre.

No recuerdo en absoluto por qué me encontraba allí. Alguien debió invitarme, pero hace mucho que se me fue de la memoria quién pudo ser. Ni siquiera me acuerdo de dónde se celebraba la fiesta -en el norte o en el centro de la ciudad, en un apartamento o en un loft- ni de mis motivos para aceptar la invitación en primer lugar, porque por aquella época tendía a evitar las grandes congregaciones de gente, harto del barullo de la multitud que habla mucho y dice poco, azorado por la timidez que me sobrevenía en presencia de personas desconocidas. Pero aquella noche, inexplicablemente, dije que sí, y acompañé a mi olvidado amigo adondequiera que me llevase.

Lo que recuerdo es lo siguiente: en cierto momento de la velada, me encontré solo en un rincón de la estancia. Estaba fumando un cigarrillo mientras observaba a la gente, docenas y docenas de jóvenes cuerpos apiñados en los confines de aquel espacio, oyendo la estruendosa mezcla de palabras y risas, preguntándome qué demonios hacía allí y pensando que tal vez era hora de marcharme. Había un cenicero sobre un radiador a mi izquierda, y al volverme para apagar el pitillo vi que, sujeto en la palma de la mano de un desconocido, el receptáculo lleno de colillas se elevaba hacia mí. Sin que lo hubiera advertido, dos personas acababan de sentarse en el radiador, un hombre y una mujer, ambos mayores que yo, y sin duda con más años que ninguno de los que se encontraban en la habitación: él, alrededor de los treinta y cinco; ella, veintinueve o treinta.

Leer el primer capítulo de “Invisible”, de Paul Auster (PDF)

También  disponible en:
El poeta decapitado – lanacion.com
Novelista con alma de poeta – El Universal.com.mx.

Escrito por Alguien

23 Noviembre 2009 a 16:07

Silencio. Edgar Allan Poe.

con un comentario

Un relato del maestro Allan Poe para la noche de Halloween.

Silencio.
Edgar Allan Poe.

“Escúchame -dijo el Demonio, apoyando la mano en mi cabeza-. La región de que hablo es una lúgubre región en Libia, a orillas del río Zaire. Y allá no hay ni calma ni silencio.

Las aguas del río están teñidas de un matiz azafranado y enfermizo, y no fluyen hacia el mar, sino que palpitan por siempre bajo el ojo purpúreo del sol, con un movimiento tumultuoso y convulsivo. A lo largo de muchas millas, a ambos lados del legamoso lecho del río, se tiende un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Suspiran entre sí en esa soledad y tienden hacia el cielo sus largos y pálidos cuellos, mientras inclinan a un lado y otro sus cabezas sempiternas. Y un rumor indistinto se levanta de ellos, como el correr del agua subterránea. Y suspiran entre sí.

Pero su reino tiene un límite, el límite de la oscura, horrible, majestuosa floresta. Allí, como las olas en las Hébridas, la maleza se agita continuamente. Pero ningún viento surca el cielo. Y los altos árboles primitivos oscilan eternamente de un lado a otro con un potente resonar. Y de sus altas copas se filtran, gota a gota, rocíos eternos. Y en sus raíces se retuercen, en un inquieto sueño, extrañas flores venenosas. Y en lo alto, con un agudo sonido susurrante, las nubes grises corren por siempre hacia el oeste, hasta rodar en cataratas sobre las ígneas paredes del horizonte. Pero ningún viento surca el cielo. Y en las orillas del río Zaire no hay ni calma ni silencio.

Era de noche y llovía, y al caer era lluvia, pero después de caída era sangre. Y yo estaba en la marisma entre los altos nenúfares, y la lluvia caía en mi cabeza, y los nenúfares suspiraban entre sí en la solemnidad de su desolación.

Y de improviso levantóse la luna a través de la fina niebla espectral y su color era carmesí. Y mis ojos se posaron en una enorme roca gris que se alzaba a la orilla del río, iluminada por la luz de la luna. Y la roca era gris, y espectral, y alta; y la roca era gris. En su faz había caracteres grabados en la piedra, y yo anduve por la marisma de nenúfares hasta acercarme a la orilla, para leer los caracteres en la piedra. Pero no pude descifrarlos. Y me volvía a la marisma cuando la luna brilló con un rojo más intenso, y al volverme y mirar otra vez hacia la roca y los caracteres vi que los caracteres decían DESOLACIÓN.

Y miré hacia arriba y en lo alto de la roca había un hombre, y me oculté entre los nenúfares para observar lo que hacía aquel hombre. Y el hombre era alto y majestuoso y estaba cubierto desde los hombros a los pies con la toga de la antigua Roma. Y su silueta era indistinta, pero sus facciones eran las facciones de una deidad, porque el palio de la noche, y la luna, y la niebla, y el rocío, habían dejado al descubierto las facciones de su cara. Y su frente era alta y pensativa, y sus ojos brillaban de preocupación; y en las escasas arrugas de sus mejillas leí las fábulas de la tristeza, del cansancio, del disgusto de la humanidad, y el anhelo de estar solo.

Y el hombre se sentó en la roca, apoyó la cabeza en la mano y contempló la desolación. Miró los inquietos matorrales, y los altos árboles primitivos, y más arriba el susurrante cielo, y la luna carmesí. Y yo me mantuve al abrigo de los nenúfares, observando las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad, pero la noche transcurría, y él continuaba sentado en la roca.

Y el hombre distrajo su atención del cielo y miró hacia el melancólico río Zaire y las amarillas, siniestras aguas y las pálidas legiones de nenúfares. Y el hombre escuchó los suspiros de los nenúfares y el murmullo que nacía de ellos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.

Entonces me sumí en las profundidades de la marisma, vadeando a través de la soledad de los nenúfares, y llamé a los hipopótamos que moran entre los pantanos en las profundidades de la marisma. Y los hipopótamos oyeron mi llamada y vinieron con los behemot al pie de la roca y rugieron sonora y terriblemente bajo la luna. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.

Entonces maldije los elementos con la maldición del tumulto, y una espantosa tempestad se congregó en el cielo, donde antes no había viento. Y el cielo se tornó lívido con la violencia de la tempestad, y la lluvia azotó la cabeza del hombre, y las aguas del río se desbordaron, y el río atormentado se cubría de espuma, y los nenúfares alzaban clamores, y la floresta se desmoronaba ante el viento, y rodaba el trueno, y caía el rayo, y la roca vacilaba en sus cimientos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado.

Entonces me encolericé y maldije, con la maldición del silencio, el río y los nenúfares y el viento y la floresta y el cielo y el trueno y los suspiros de los nenúfares. Y quedaron malditos y se callaron. Y la luna cesó de trepar hacia el cielo, y el trueno murió, y el rayo no tuvo ya luz, y las nubes se suspendieron inmóviles, y las aguas bajaron a su nivel y se estacionaron, y los árboles dejaron de balancearse, y los nenúfares ya no suspiraron y no se oyó más el murmullo que nacía de ellos, ni la menor sombra de sonido en todo el vasto desierto ilimitado. Y miré los caracteres de la roca, y habían cambiado; y los caracteres decían: SILENCIO.

Y mis ojos cayeron sobre el rostro de aquel hombre, y su rostro estaba pálido. Y bruscamente alzó la cabeza, que apoyaba en la mano y, poniéndose de pie en la roca, escuchó. Pero no se oía ninguna voz en todo el vasto desierto ilimitado, y los caracteres sobre la roca decían: SILENCIO. Y el hombre se estremeció y, desviando el rostro, huyó a toda carrera, al punto que cesé de verlo.

Pues bien, hay muy hermosos relatos en los libros de los Magos, en los melancólicos libros de los Magos, encuadernados en hierro. Allí, digo, hay admirables historias del cielo y de la tierra, y del potente mar, y de los Genios que gobiernan el mar, y la tierra, y el majestuoso cielo. También había mucho saber en las palabras que pronunciaban las Sibilas, y santas, santas cosas fueron oídas antaño por las sombrías hojas que temblaban en torno a Dodona. Pero, tan cierto como que Alá vive, digo que la fábula que me contó el Demonio, que se sentaba a mi lado a la sombra de la tumba, es la más asombrosa de todas. Y cuando el Demonio concluyó su historia, se dejó caer, en la cavidad de la tumba y rió. Y yo no pude reírme con él, y me maldijo porque no reía. Y el lince que eternamente mora en la tumba salió de ella y se tendió a los pies del Demonio, y lo miró fijamente a la cara”.

Fuente: Ciuda Selva.

Escrito por Alguien

31 Octubre 2009 a 21:30

Así era el padre que Kafka despreciaba.

con un comentario

El ensayo biográfico  «El mundo formidable de Franz Kafka» (Alba Editorial), del que LA NUEVA ESPAÑA ofrece un extracto – que reproducimos a continuación – da claves para entender, sin mitificación, al gran escritor del siglo XX.

Franz Kafka, nacido en 1883, fue el hijo mayor de Herrmann Kafka (1852-1932) y Julie, de soltera Löwy (1856-1934). Eran una familia judía. Dos hermanos varones murieron al poco de nacer. Tuvo tres hermanas menores, nacidas en Praga al igual que él: Elli (1889-1941), Valli (1890-1942) y Ottla (1892-1943), su favorita y confidente. Las tres fueron asesinadas por los alemanes en los campos de concentración. Ante la presión de los boicots y la violencia ejercida por los nacionalistas checos contra los negocios propiedad de «alemanes» -como se llamaba a la población germanófona de Bohemia, ya fueran judíos o gentiles-, Herrmann prescindió en su apellido primero de una r y luego de una n, pasando así a ser Herman. Se trataba de que su nombre sonara menos agresivamente teutónico.

«Praga no te suelta -le escribía Kafka a los 19 años a Oscar Pollak, su mejor amigo del preuniversitario en la Escuela Secundaria-. Esta vieja bruja tiene garras. Uno ha de rendirse ante ella». En la época del nacimiento de Kafka, la «vieja bruja» era la tercera ciudad en importancia del Imperio austrohúngaro, por detrás de Viena y Budapest.

(…) Para cuando Kafka nació, su padre, Herman, se había establecido en Praga como propietario de una tienda de ropa y accesorios de moda para caballeros. Sin embargo, siendo el cuarto hijo de un carnicero kosher de Wossek, un pueblo de unos cien habitantes al sur de Bohemia, Herman carecía de la educación y el refinamiento que le habrían permitido unirse a las filas privilegiadas de la clase media judía asimilada. Kafka se dolía de la costumbre de Herman de restregar en las narices de sus propios y más favorecidos hijos la extrema pobreza y las penurias que había tenido que soportar como hijo de un carnicero.

«Es desagradable escuchar a padre hablar con constantes insinuaciones sobre lo afortunada que es la gente hoy en día y los padecimientos que hubo de soportar él en su juventud. Nadie niega que durante años, por falta de ropa de abrigo, tuviera llagas abiertas en las piernas, que pasara hambre ni que con apenas 10 años tuviera que empujar un carro de pueblo en pueblo, aun en invierno y muy de mañana; pero lo que no hay forma de hacerle entender es que estos hechos, a los que se sumaría el de que yo no haya pasado por todo eso, no conducen en absoluto a la conclusión de que yo haya sido más feliz que él, de que pueda enorgullecerse de aquellas llagas de sus piernas, algo que da por sentado y afirma de entrada, de que soy incapaz de apreciar sus pasadas penalidades y de que, en definitiva, sólo porque no he pasado por esas mismas penalidades debo estarle eternamente agradecido? Y estaría encantado de oírle hablar largo y tendido de su juventud y sus padres, pero escuchar todo esto en tono arrogante y belicoso es un tormento. Una y otra vez, da una palmada y dice: “¿Quién va a entender eso hoy? ¡Qué sabrán los niños! ¡Nadie ha pasado por eso! ¿Cómo va a entenderlo un niño hoy día?”».

Un judío se hace hombre a los 13 años, pasado su «bar mitzvah». Desde ese mismo instante, Herman había estado solo; le pusieron a trabajar para un mercader de Pisek, una ciudad cercana. Aun así, había recibido educación suficiente -probablemente en la escuela judía de Wossek- para saber leer y escribir en checo, que fue siempre su primera lengua, así como en alemán, que hablaba con fluidez. También tenía conocimientos de hebreo para aclararse con el libro de oraciones y para leer la Tora cuando, en la sinagoga, era llamado al púlpito. A los 20 años le reclutó el Ejército. El carnicero kosher había sido un hombre de fuerza prodigiosa, del que se decía que era capaz de levantar un saco de harina con los dientes. Herman salió a su padre. Destacó en el servicio militar y fue ascendido a cabo. De vuelta a la vida civil, volvió a probar fortuna como vendedor ambulante rural, pero, como tantos judíos, encontraba el ambiente político y social de Praga más tolerante. Se estableció allí, y al cabo de un año, en 1882, se casó con Julie. Abrió su tienda de ropa para caballeros, que acabaría convirtiéndose en un negocio mayorista, con la ayuda financiera de sus suegros, los Löwy.

Julie procedía de un entorno menos adverso. Sus padres, integrados y germanófonos, iban una generación por delante de Herman Kafka y su familia en progreso social. Kafka compuso un apunte idealizado de sus antepasados maternos: «Mi nombre en hebreo es Amschel, como el del abuelo materno de mi madre, a quien ella, que tenía 6 años cuando murió, recuerda como un hombre muy devoto y culto de larga barba blanca. Recuerda que la obligaron a agarrar los dedos de los pies del cadáver y a pedir perdón por cualquier ofensa que hubiera podido infligir a su abuelo. Recuerda también la multitud de libros que tenía su abuelo cubriendo las paredes. Se bañaba en el río a diario, incluso en invierno, abriendo con un hacha un agujero en el hielo. La madre de mi madre murió de tifus a edad temprana. A raíz de esa muerte, su abuela cayó en la melancolía, se negó a comer y no hablaba con nadie; en una ocasión, al año de la muerte de su hija, salió a dar un paseo y ya no regresó. Hallaron su cuerpo en el Elba. Más culto aún que su abuelo era el bisabuelo de mi madre. Contaba con el respeto tanto de cristianos como de judíos. Durante un incendio ocurrió un milagro gracias a su piedad: las llamas saltaron por encima de su casa y la respetaron mientras ardían las casas de alrededor. Tuvo cuatro hijos; uno de ellos se convirtió al cristianismo y se hizo médico. Todos murieron jóvenes, menos el abuelo de mi madre, que tuvo un hijo -a quien mi madre conoció como el loco del tío Nathan- y una hija, la madre de mi madre».

El padre de Julie Kafka, Jakob Löwy, había sido propietario de una mercería en Podiebrad, pequeña villa histórica al este de Praga. Al no entrar en el negocio ninguno de sus hijos, lo vendió y se mudó a Praga, donde se estableció como cervecero, lo bastante próspero para vivir en la casa Smetana, uno de los más nobles edificios de la ciudad. Los hermanos de Jakob poseían también fábricas de cerveza o textiles. En la época en que Herman y Julie se casaron, los matrimonios entre judíos eran concertados; incluso cuando no era así, lo normal era casarse únicamente con el consentimiento de los padres. Herman, pobre e inculto, era un candidato improbable a prometido de Julie. Tal vez su padre y su madrastra temieran que ella corriera el riesgo de convertirse en una solterona: contaba ya 26 años. También puede ser que vieran en Herman buenas cualidades: su instinto comercial, su ambición y su deseo de fundar una familia.

Kafka creía que existía un marcado contraste entre las ramas paterna y materna de su familia. En su «Carta al padre», que entregó a su madre para que se la transmitiera a éste -cosa que ella no hizo-, le decía a Herman: «…Como padre, has sido demasiado fuerte para mí, y más teniendo en cuenta que mis hermanos murieron siendo niños y mis hermanas nacieron ya mucho después, de modo que hube de cargar con ello yo solo, para lo que era demasiado débil.

Compáranos a ambos: yo, por decirlo de modo muy breve, soy un Löwy con cierto fondo de Kafka que, sin embargo, no es espoleado por esa voluntad vital, comercial y de conquista de los Kafka, sino por un prurito de los Löwy que actúa como un impulso más secreto, más escrupuloso y en otra dirección, y que a menudo no llega siquiera a actuar. Tú, por tu parte, eres un verdadero Kafka por fuerza, salud, apetito, potencia vocal, elocuencia, satisfacción contigo mismo, dominio mundano, entereza, presencia de ánimo, conocimiento de la naturaleza humana y cierta ambición de miras, por supuesto con todos los defectos y flaquezas que acompañan a estas cualidades y a los que tu temperamento, y a veces tu mal genio, te arrastran».

En Algún día: Franz Kafka.

Prefacio de “Gabriel García Márquez. Un mago”.

con un comentario

“Gabriel García Márquez, nacido en Colombia en 1927, es el escritor más célebre que ha dado el «tercer mundo» y el mayor exponente de una corriente literaria, el denominado «realismo mágico», que ha cobrado un asombroso vigor en otros países en vías de desarrollo y ha cosechado adeptos entre los novelistas que escriben sobre ellos, como es el caso de Salman Rushdie, por citar sólo un ejemplo obvio. García Márquez tal vez sea el novelista latinoamericano más admirado en el mundo entero, así como quizá el más representativo de todos los tiempos de toda América Latina; e incluso en el «primer mundo» que conforman Europa y Estados Unidos, en una época en la que cuesta encontrar grandes escritores reconocidos universalmente, su prestigio durante las cuatro últimas décadas no ha conocido rival.

En realidad, si tomamos en consideración los novelistas del siglo xx descubrimos que la mayor parte de los «grandes nombres» sobre los que la crítica actualmente coincide llegan hasta los años cincuenta (Joyce, Proust, Kafka, Faulkner, Woolf ); pero en la segunda mitad del siglo, quizá el único escritor que ha cosechado verdadera unanimidad haya sido García Márquez. Su obra maestra, Cien años de soledad, publicada en 1967, apareció en el vértice de la transición entre la novela de la modernidad y la novela de la posmodernidad, y acaso sea la única publicada entre 1950 y 2000 que haya encontrado tal número de lectores entusiastas en prácticamente todos los países y culturas del mundo. En ese sentido, tanto en relación con el asunto que aborda – a grandes rasgos, la colisión entre «tradición» y «modernidad»- como su acogida, probablemente no sea excesivo considerarla la primera novela verdaderamente «global».

También en otros sentidos es García Márquez un caso excepcional. Es un escritor serio y no obstante popular – en la estela de Dickens, Victor Hugo o Hemingway-, que vende millones de ejemplares de sus libros y cuya celebridad no va muy a la zaga de la de deportistas, músicos o estrellas de cine. En 1982 fue el ganador del Premio Nobel de Literatura, y uno de los más populares en tiempos recientes. En América Latina, una región que no ha vuelto a ser la misma desde que García Márquez inventara la pequeña comunidad de «Macondo», todo el mundo lo conoce por su apodo, «Gabo», al igual que ocurría con el «Charlie » del cine mudo o con el futbolista «Pelé». A pesar de ser una de las cuatro o cinco personalidades más destacadas del siglo xx en su continente, García Márquez nació, como suele decirse, «en medio de ninguna parte», en un pueblo de menos de diez mil habitantes, la mayoría analfabetos, de calles sin asfaltar, carente de alcantarillado y cuyo nombre, Aracataca, también conocido como «Macondo», hace reír la primera vez que lo oyes (aunque su similitud con «Abracadabra» tal vez debería llamar a la cautela). Muy pocos escritores famosos de cualquier otra parte del mundo proceden de lugares tan apartados, aunque menos todavía son los que han vivido su época, en lo cultural y lo político, con la plenitud y la cercanía con las que lo ha hecho él.

García Márquez es ahora un hombre que vive en la abundancia, con siete residencias en lugares elegantes de cinco países distintos. En las últimas décadas se ha permitido pedir (o, con mayor frecuencia, rechazar) cincuenta mil dólares por una entrevista de media hora. Ha colocado sus artículos en casi cualquier periódico del mundo y ha cobrado por ellos sumas suculentas. Al igual que ocurre con los de Shakespeare, los títulos de sus libros se adivinan tras un sinfín de titulares de prensa de todo el planeta («cien horas de soledad», «crónica de una catástrofe anunciada », «el otoño del dictador», «el amor en los tiempos del dinero»). Se ha visto obligado a encarar y soportar el tremendo peso de su fama durante la mitad de su vida. Sus favores y su amistad han sido codiciados por los ricos, los famosos y los poderosos: François Mitterrand, Felipe González, Bill Clinton, la mayor parte de los presidentes de Colombia y México de los últimos tiempos, al margen de otras celebridades. Sin embargo, a pesar de su fulgurante éxito literario y económico, se ha mantenido fiel toda la vida a la izquierda progresista, a la defensa de buenas causas y a la creación de empresas positivas, entre ellas la fundación de reconocidas instituciones dedicadas al periodismo y al cine. Al mismo tiempo, su estrecha amistad con otro líder político, Fidel Castro, ha sido una fuente constante de controversia y críticas durante más de treinta años.

He estado diecisiete años trabajando en esta biografía. Contrariamente a lo que me decía todo aquel con quien hablaba en los primeros estadios del proyecto («No conseguirás acceder a él, y si lo haces, no “cooperará”»), conocí a mi hombre a los pocos meses de acometer el proyecto, y aunque no puede decirse que desbordara entusiasmo («¿Por qué quieres escribir una biografía? Las biografías significan la muerte»), se mostró cordial, hospitalario y tolerante. De hecho, siempre que me han preguntado si ésta es una biografía autorizada, mi respuesta ha sido invariablemente la misma: «No, no es una biografía autorizada, es una biografía tolerada». No obstante, para sorpresa y gratitud mías, en 2006 el propio García Márquez dijo ante los medios de todo el mundo que yo era su biógrafo «oficial». ¡Así que probablemente yo sea su único biógrafo oficialmente tolerado! Ha sido un privilegio extraordinario.

Como es bien sabido, la relación entre biógrafo y biografiado es siempre una relación difícil; debo decir que en mi caso he sido inmensamente afortunado. En su condición de periodista profesional y escritor que se sirve también de la vida de las personas a las que ha conocido al urdir sus obras de ficción, García Márquez se ha mostrado paciente, cuando menos. Después de conocerlo en La Habana en diciembre de 1990, dijo que secundaría mi propuesta con una única condición: «No me hagas hacer tu trabajo». Creo que estaría de acuerdo en decir que no ha sido así, y, por su parte, ha respondido prestándome su ayuda cuando realmente la he necesitado. Para elaborar esta biografía he llevado a cabo unas trescientas entrevistas, muchas de ellas con interlocutores cruciales que ya no están entre nosotros, pero soy consciente de que Fidel Castro y Felipe González tal vez no hubieran estado en la lista si Gabo no les hubiese transmitido de algún modo su confianza en mí. Espero que esa confianza siga incólume ahora que está en situación de leer el libro. Siempre se ha negado a brindarme la charla íntima y franca con la que inevitablemente sueñan los biógrafos, por considerar esa clase de interacción «indecente»; sin embargo, habré pasado alrededor de un mes entero en su compañía, en momentos y lugares distintos, a lo largo de los últimos diecisiete años, tanto en privado como en público, y creo que son pocos los que han podido escuchar de sus labios algunas de las cosas que me ha dicho. Aun así, nunca ha tratado de influir en mí en ningún sentido, y siempre ha comentado, con la combinación de ética y cinismo del periodista nato: «Escribe lo que veas; yo seré lo que tú digas que soy».

Las fuentes documentales de la biografía estaban en español, todas las obras se leyeron en español y la mayoría de las entrevistas se hicieron en español; aun así, fue escrita en inglés. Además, huelga decirlo, el cauce más normal es que una biografía, en especial la primera biografía completa, la escriba un compatriota del biografiado, que conoce el país de origen tan bien como él mismo y que capta hasta los matices más insignificantes al comunicarse. No es mi caso aparte del hecho de que García Márquez sea una figura internacional, no solamente una celebridad colombiana, pero como él mismo dijo exhalando un suspiro cuando mi nombre se mencionó en una conversación, y acaso no del todo sinceramente: «Bueno, supongo que todo escritor que se respeta debería tener un biógrafo inglés». Sospecho que, a sus ojos, mi única virtud era el amor y el apego que he profesado siempre al continente que lo vio nacer.

No me ha sido fácil sortear las múltiples versiones que García Márquez ha ido sembrando con los años a propósito de prácticamente todos los momentos determinantes de su vida. Al igual que a Mark Twain – y es una comparación provechosa -, le encanta fabular, por no mencionar su deleite por los cuentos chinos; asimismo, le gustan las historias redondas, no menos en el caso de los episodios formativos que componen la historia de su propia vida; al mismo tiempo, es pícaro y contrario al academicismo, y de ahí nace su debilidad por falsear y tratar de desconcertar a periodistas y catedráticos para que pierdan la pista. Esto forma parte de lo que él llama «mamagallismo» (volveremos a dicha frase, que por el momento podemos entender como el gusto por la tomadura de pelo). Aun cuando sepas con absoluta seguridad que cualquier anécdota particular está basada en algo que «realmente» ocurrió, resulta en extremo difícil encasillarla en un único molde, porque descubres que ha contado la mayoría de las anécdotas célebres de su vida en varias versiones distintas, todas las cuales encierran al menos una parte de verdad. He experimentado personalmente esta mitomanía, de la que yo también me he contagiado con regocijo; aunque en mi vida particular, no en este libro, espero. A la familia García Márquez no dejaban de impresionarle mi tenacidad y buena disposición para dedicarme a investigar ciertos aspectos en los que solamente «los perros rabiosos y los ingleses» (como diría Noel Coward) tendrían la imprudencia de ahondar. Por esa razón me ha resultado imposible aniquilar el mito que el propio García Márquez ha diseminado, y en el que desde luego cree, hasta tal punto que en una ocasión – y al parecer esto es típico de mis obsesiones- pasé una noche calado hasta los huesos por la lluvia en un banco de la plaza de Aracataca, a fin de «empaparme del ambiente» del pueblo en el que, según se dice, nació el sujeto de esta biografía.

Después de tantos años apenas puedo creer que el libro finalmente cobre existencia y que en este momento me halle escribiendo el prefacio. Un sinfín de hastiados biógrafos mucho más ilustres han llegado a la conclusión de que el tiempo y el esfuerzo invertidos en la tarea no merecen la pena, y que sólo los insensatos y los ilusos acometen una empresa como ésta, acaso impulsados por la posibilidad de entrar en íntima comunión e identificarse con los grandes, los justos o, simplemente, los famosos. Tal vez me haya visto tentado de dar mi conformidad a esta conclusión; pero si alguna vez hubo un asunto al que mereciera la pena dedicar una cuarta parte de la propia vida, sin duda sería la extraordinaria trayectoria vital y profesional de Gabriel García Márquez”.

De orígenes oscuros (PDF)

La casa de Aracataca es el capítulo 2 de la obra de Gerald Martin que publica El Tiempo, de Colombia.

Ficha del Libro: Editorial Debate.

Fuente: El Cultural.

Escrito por Alguien

16 Octubre 2009 a 15:29

Primer capítulo de “Caín”, de José Saramago.

con 4 comentarios

Cuando el señor, también conocido como dios, se dio cuenta de que a adán y eva, perfectos en todo lo que se mostraba a la vista, no les salía ni una palabra de la boca ni emitían un simple sonido, por primario que fuera, no tuvo otro remedio que irritarse consigo mismo, ya que no había nadie más en el jardín del edén a quien responsabilizar de la gravísima falta…“. Con esta escena empieza José Saramago su nueva novela en la que hace una nueva incursión en la Biblia y que ha titulado Caín (Alfaguara). Una obra en la cual el Nobel portugués hace una revisión del Antiguo Testamento y que Babelia adelanta, en ELPAÍS.com, en exclusiva a nivel mundial, ya que la novela llegará a las librerías de España y Portugal este jueves 15 de octubre.

Primer capítulo de “Caín”, nueva novela de José Saramago. (PDF)

En Algún día | José Saramago.

Escrito por Alguien

13 Octubre 2009 a 22:51

La Convocación. Herta Müller.

con un comentario

Novelista, ensayista, poeta, la Premio Nobel de Literatura 2009 sorprende con su escritura concentrada, intensa, y sus historias de inquietantes atmósferas. Un fragmento de una novela no traducida al español y un relato de su libro En tierras bajas, publicado por Siruela, muestran en estas páginas la belleza poética de su prosa Herta Müller.

Milenio. Suplemento Laberinto Cultura | Sábado 10 de octubre de 2009.

Con la obtención del premio Nobel de Literatura 2009, Herta Müller (1953) es la primera escritora de origen rumano en recibir el galardón más importante del género. Puesto que sus padres pertenecían a la minoría suaba del norte de Rumania, prefirió la lengua alemana para desarrollar su obra. La prosa de Müller se caracteriza por la densidad poética, quizá necesaria para trascender la censura del régimen de Nicolás Ceaucescu. Este aspecto lo comparte con otros autores rumanos como Norman Manea o Mircea Cartarescu; en cambio, con autores de lengua alemana comparte la musicalidad del lenguaje. Mediante este estilo Herta Müller ha logrado representar la atroz realidad de la época más dura que ha vivido Rumania en su historia moderna. Es autora de una veintena de libros de ensayo, novela y poesía entre los que destacan El diablo sentado en el espejo, Hambre y seda y El hogar es lo que se habla ahí. Sus otras traducidas al español son En tierras bajas y El hombre es un gran faisán en el mundo, La bestia del corazón y La piel del Zorro.

He sido convocada. El jueves a los diez en punto.
Tomado de La convocation, Ed. Métailié, 2001.
Traducción del francés de José Abdón Flores.

“Me convocan cada vez más a menudo: martes a las diez en punto, sábado a las diez en punto, miércoles a las diez en punto, uno termina por creer que los años son como semanas. No me sorprende ya que el invierno, luego de este verano extinto, venga más pronto.

En el camino que lleva al tranvía, los arbustos de bayas blancas vuelven a asomar entre las empalizadas. Como botones de nácar que estuvieran cosidos en lo bajo, quizá incluso en la tierra, o como bolitas de pan. Estas bayas son demasiado pequeñas para ser cabezas de pájaros blancos moviendo el pico, pero no puedo evitar pensar en cabezas de pájaros blancos. A ustedes les toca dar el vuelco. Más vale pensar en la nieve moteando la hierba, pero hay algo ahí que se pierde, o tener ganas de dormir a causa de la tiza.

El tranvía no tiene horarios fijos.

Me parece escuchar su ruido, a menos de que sean los álamos con las hojas secas. Ahí llega, hoy me quiere llevar pronto. He previsto dejar subir antes al viejo de sombrero de paja. Cuando llegué, ya esperaba en la parada, quién sabe desde cuándo. No que esté decrépito, sino que también es magro como su sombra, jorobado y sin brillo. En su pantalón, nada de trasero ni de caderas, sólo sobresalen las rodillas. Pero si puede abstenerse de escupir justo cuando la puerta se abra, entonces voy a subir antes que él. Casi todos los lugares están libres, los revisa y se queda de pie. Y decir que estas personas tan viejas no están cansadas, que no se reservan la posición erecta para los lugares donde es imposible sentarse. A veces se les escucha declarar: en el cementerio, habrá mucho tiempo para estar acostado. Diciendo eso, no piensan tanto en morir, y además tienen razón. Eso nunca ha funcionado como tal, también hay jóvenes que mueren. Yo, me siento siempre que no estoy obligada a permanecer de pie. Moverse en la silla es como caminar estando sentado. El hombre me observa, se lo siente de inmediato en este vehículo vacío. Hablar, no tengo la cabeza para ello, si no le preguntaría si quiere una foto mía. Poco le importa molestarme con sus miradas insistentes. Afuera, la mitad de la ciudad desfila, árboles y casas para variar. A esta edad, las personas presienten antes las cosas que los más jóvenes, es lo que se dice. Este viejo tal vez presiente que hoy tengo en el bolso una pequeña servilleta, dentífrico y un cepillo para los dientes. Y ningún pañuelo pues no quiero llorar. Paul no se dio cuenta hasta que punto tengo miedo de que Albu me conduzca a la célula situada bajo su oficina. No le he dicho nada a Paul; si eso sucede, lo sabrá muy pronto. El tranvía avanza despacio. El sombrero de paja del viejo tiene un listón manchado, sin duda por el sudor o la lluvia. Para saludarme, como de costumbre, Albu me besará la mano babeando encima.

El comandante Albu, me levanta la mano tomándola por la punta de los dedos y oprimiendo las uñas tan fuerte que tengo ganas de gritar. Con el labio inferior, me besa los dedos liberando el labio superior para poder hablar. Siempre me besa las manos de la misma manera, pero utiliza siempre palabras diferentes:

—Vaya, vaya, hoy tienes los ojos irritados.
—Tengo la impresión de que te empieza a salir bigote, un poco pronto para tu edad.
—Ah, hoy la bella manita está congelada, esperemos que no sea la circulación.
—Uy, tienes las encías arrugadas, te pareces a tu abuela.

Mi abuela nunca envejeció, digo, no tuvo tiempo de perder los dientes. Lo que le sucedió a los dientes de mi abuela, Albu debe saberlo, por eso él habla de ella.

Una mujer sabe todos los días lo que parece. Y que un beso en la mano primo no hace daño, secundo no es húmedo, tertio debe hacerse sobre el dorso de la mano. Los hombres saben mejor que las mujeres a lo que se parece un beso en la mano, Albu también lo sabe, seguramente. Su cabeza huele a Avril, un eau de toilette francesa que mi suegro, ese comunista de pacotilla, utilizaba también. Entre mis conocidos, nadie lo compraría. En el mercado negro cuesta más que un vestido en la tienda. Puede ser que se llame más bien Septembre, pero no confundo su aroma amargo, el olor del humo que despiden las hojas al quemarse.

Una vez que estoy sentada en mi pequeña mesa, Albu me ve frotar mis dedos sobre la falda, y no es para sentirlos de nuevo sino para limpiarme la saliva. El juega con su cabellera sonriendo con aire plácido. Cuanta importancia, la saliva, eso se enjuaga, se seca sola y no es veneno. Saliva, todo el mundo tiene en la boca. Otros escupen en la banqueta y luego tallan con su zapato porque eso no se hace, ni siquiera sobre la banqueta. Albu no escupe ciertamente sobre la banqueta; en la ciudad, ahí donde no lo conocen, hace de señor distinguido. Me duelen las uñas, pero él nunca las ha aplastado al punto de ponerlas azules. Se desentumecen como manos ateridas que se encuentran de repente con el calor. Tener la impresión de que el cerebro me escurre sobre el rostro, he ahí el veneno. La humillación, cómo llamar a eso de otro modo cuando el cuerpo se siente con los pies desnudos. Pero qué hacer si no se puede decir gran cosa con las palabras, si la mejor palabra es el mal.

Desde la tres de la mañana, intento captar el tic–tac del despertar: con–vo–ca–ción, con–vo–ca–ción, con–vo–ca–ción… En su sueño, Paul se pone a lo ancho de la cama y luego se sobresalta, tan rápido que él mismo se asusta sin despertarse. Es una costumbre. Para mí, es el fin del sueño. Permanezco acostada pero despierta, sé que debería cerrar los ojos para volverme a dormir pero no lo hago. He perdido el sueño muy a menudo y he debido aprender de nuevo cuándo llega. Llega ya sea fácilmente, o ya no llega. En la madrugada, todo duerme, incluso los gatos y los perros sólo rondan la mitad de la noche por los basureros. Cuando se sabe que de todas formas no se podrá dormir, vale más pensar en algo claro en el cuarto a oscuras, que cerrar los ojos en vano. Pensar en la nieve, en troncos de árbol encalados, en habitaciones blancas, en mucha arena: en eso pasé mi tiempo, más a menudo de lo que hubiera deseado, hasta el amanecer. Esta mañana, habría podido pensar en girasoles, y es efectivamente lo que hice pero sin poder olvidar que estaba convocada para las diez en punto. Desde que el sueño, en disfraz de tic–tac, dice con–vo–ca–ción, con–vo–ca–ción, con–vo–ca–ción, no pude evitar pensar en el comandante Albu, incluso antes de cavilar sobre Paul y yo. Hoy, cuando Paul se sobresaltó, ya estaba despierta. Desde que la ventana se había tornado gris, había visto en el techo la boca de Albu magnificada, la punta de su lengua rosa apuntando tras su dentadura inferior, y escuchado su voz burlona:

—Por que estar tan nerviosa, si no hemos hecho más que comenzar.

En verdad es necesario que las convocaciones cesen durante dos o tres semanas para poder ser despertada por las piernas de Paul. Entonces estaré contenta, se verá que habré vuelto a aprender cómo conciliar el sueño.

Cuando vuelva a aprender cómo dormir y que le pregunte a Paul lo que ha soñado, él no se acordará de nada. Le muestro cómo patalea con las piernas, los dedos de los pies en abanico, antes de contraer las piernas encogiendo a la vez los dedos. Aparto la silla de la mesa y la empujo hasta dejarla en medio de la cocina, me siento, estiro las piernas en el aire y repito la escena. Paul encuentra la manera de reírse y yo digo:

—Es de ti mismo de quien ríes.
—Bueno, puede que haya soñado que iba en moto y que te llevaba conmigo, —replica.

Su sobresalto se convierte en un brinco hacia delante como emprendiendo la fuga en pleno salto, se debe a la bebida, imagino. Eso, yo no se lo digo. Tampoco digo que la noche quita a las piernas de Paul su paso titubeante. Es lo que debe pasar, la noche atrapa por las rodillas el paso titubeante, comienza por tirar hacia los dedos, luego hacia la habitación negra como la tinta. Y hacia la madrugada, cuando la ciudad duerme sola, hacia la oscuridad de la calle. Si no fuera así, Paul no podría tenerse en pie al amanecer. Si la noche quita a cada quien su embriaguez, para el alba, debe estar llena como un huevo. Hay tantas gentes que toman en esta ciudad.

Poco antes de las cuatro, las camionetas de los repartidores llegan a la calle de comercio. Desgarran el silencio, zumban demasiado y entregan pocas cosas, algunas cajas de leche, pan y legumbres, muchas cajas de aguardiente. Cuando ya no hay comida, abajo, las mujeres y los niños se las arreglan, las filas de espera se dispersan, los caminos llevan a la casa. Pero cuando ya no hay botellas, los hombres maldicen su vida y desenfundan sus cuchillos. Los vendedores se esfuerzan por calmarlos, pero los hombres no se contienen mucho tiempo, sólo el necesario para volver a salir. Recorren la ciudad en busca de bebida. Las primeras pelean ocurren porque no encuentran aguardiente, las segundas porque están completamente borrachos.

El aguardiente mana entre los Cárpatos y la planicie árida de la región ondulada. Ahí, hay ciruelos que casi esconden los minúsculos pueblos posados en medio de los huertos. Bosques enteros, cubiertos de una lluvia azul al final del verano, con ramas que se doblan por el peso. El aguardiente lleva el nombre de la región ondulada, pero nadie utiliza el nombre indicado en la etiqueta. De qué serviría un nombre si sólo hay un aguardiente en la región, la gente lo llama «Dos Ciruelas» según la imagen de la etiqueta. Las ciruelas con las mejillas unidas una contra la otra son tan familiares para los hombres como la Virgen y el Niño para las mujeres. En ningún cuadro eclesiástico la cabeza del Niño está a la altura de la de su madre. El Niño apoya la frente sobre la mejilla de la Santa Virgen, su propia mejilla sobre el cuello de su madre y el mentón sobre su pecho. Por añadidura, el bebedor y su botella conocen la misma suerte que las parejas en las fotos de boda, se destruyen mutuamente pero no se dejan.

En la foto de mi boda con Paul, no llevo ni flores ni velo. El amor brilla nuevo en mis ojos, y sin embargo es la segunda vez que me he casado. Nuestras mejillas están unidas una a la otra como dos ciruelas. Desde que Paul bebe como alcantarilla, nuestra foto de boda es un presagio. Cuando Paul se va de parranda por las tabernas de la ciudad, ya noche, tengo miedo de que no vuelva a casa y contemplo largamente la foto de boda colgada en la pared, hasta que mi mirada se pierde en el vacío. Nuestros rostros se vuelven turbios, la posición de las mejillas se modifica, hay un poco de aire entre ellas. Es casi siempre la mejilla de Paul la que se aleja de la mía, como si regresara tarde a casa. Pero regresa, Paul siempre ha regresado, incluso después del accidente”.

El hombre de la caja de fósforos.
Tomado de En Tierras Bajas, Ed. Siruela,2001.
Texto publicado con autorización de Ediciones Siruela.

“El fuego consume la aldea cada noche. Primero arden las nubes.

Cada verano se lleva un granero. Los graneros se incendian siempre en domingo, cuando la gente baila y juega a las cartas. El crepúsculo rueda por las calles como un intestino grueso. Luego arde lentamente allá en el fondo, entre la paja y el entramado de tallos. Y sólo uno lo sabe, el hombre de la caja de fósforos, que ventila su odio por las plantaciones de patatas, detrás de los maizales. En ese huerto arrastraba sacos y escardaba remolachas cuando era un niño enclenque. Dormía en el establo de esa casa, y en ella fue llamado peón por una niña de su misma edad que tenía trenzas rubias y lisas y en invierno comía naranjas y le salpicaba la cara con el fragante zumo de las mondas vacías. Ahora se interna por el maizal, y el susurro que oye a sus espaldas le hace creer que él mismo es el viento.

En la calle, el hombre gordo aún lo sigue con sus ojillos duros, y en la taberna se sienta a otra mesa y sólo de vez en cuando le mira la cara a través del ángulo que forma su brazo.

Y ya empieza a propagarse el fuego, ya se revuelca con sus ardientes faldas rojas y sube hasta los tejados. Y en el cielo de la aldea tiembla ya el incendio.

Fuego, grita alguien, luego chillan dos y al final braman todos la misma palabra, y la aldea entera se agita sobre la colina. Los hombres acuden con cubos.

Llegan los bomberos de su fiesta gremial con una bomba de incendios pintada de rojo que tienda hacia los árboles un brazo chillón y oscilante. Todo crepita y relumbra en torno al gran henil en llamas. Luego se oye un crujido, y las vigas se quiebran y caen a tierra. Y la caldera hierve, y las caras se ponen rojas y negras y se hinchan de miedo.

Me quedo de pie en el patio, y las piernas me brotan del cuello. No tengo sino este nudo en la garganta. Mi gaznate brinca por encima de las vallas.

El fuego me tortura con sus tenazas. El fuego se va acercando, y mis piernas son ya madera negra carbonizada.

Yo he prendido el fuego. Sólo los perros lo saben. Cada noche trasguean por mi sueño. No contarán nada, dicen, pero me ladrarán hasta que muera.

A nuestro patio fueron llegando hombres que vaciaban la leche en el huerto y se llevaban los cubos, y tiraban de la manga de mi padre diciéndole ven, tú también eres bombero y tienen un gorro precioso y un uniforme rojo oscuro. Papá se hizo eco de su clamor y salió detrás de ellos. Papá advirtió su terror en los ojos. Y su uniforme rojo oscuro echó a andar delante de él por el empedrado. Y a cada paso su gorro precioso le comía un trozo de su espesa cabellera. Un sudor cálido me bañaba la frente, las ondas rojas me quemaban el nervio óptico bajo los párpados.

Corro por la pradera. Allí está la multitud boquiabierta.

Y yo.

Siento sus penetrantes ojos en mi nuca.

Y a mi lado está siempre el hombre de la caja de fósforos.

Su codo, al mismo de mi brazo está su codo.

Es duro y puntiagudo.

De sus zapatos caen trocitos de tierra del huerto.

Nadie me mira. Todos no son más que espaldas y talones y lazos de delantal y puntas de pañuelos.

Todos callan.

Y aún hoy siguen callando, pero me excluyen.

Y él gana el juego de cartas el domingo. Y baila fabulosamente, el hombre de la caja de fósforos”.

Fragmento de “Nocilla Lab”, de Agustín Fernández Mallo.

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Con el primer volumen removió las aguas de la narrativa española contemporánea y dio mucho de qué hablar, con el segundo las agitó aún más hasta etiquetar con su nombre a una generación de autores experimentales y con el tercero parece que seguirá ese destino de vocación renovadora en la literatura. Pero la verdad sobre el futuro del Proyecto Nocilla, de Agustín Fernández Mallo, se sabrá a partir del 14 de octubre cuando el cierre de la trilogía llegue a las librerías. Por lo pronto, Babelia ofrece hoy en ELPAÍS.com, en exclusiva, un avance de este final literario tan esperado por los seguidores del escritor madrileño, titulado Nocilla Lab (Alfaguara). Un final más multidisciplinar que nunca al incluir cómic, mientras en lo narrativo da un giro que lo enruta hacia el thriller en una cárcel.

Leer Fragmento de “Nocilla Lab”, de Agustín Fernández Mallo. (PDF)

El tambor de hojalata cumple 50 años.

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El tambor de hojalata celebra sus 50 años.

“Nací bajo bombillas, interrumpí deliberadamente el crecimiento a los tres años, recibí un tambor, rompí vidrio con la voz, olfateé vainilla, tosí en iglesias, nutrí a Lucía, observé hormigas, decidí crecer, enterré el tambor, huí a Occidente, perdí el Oriente, aprendí el oficio de marmolista, posé como modelo, volví al tambor e inspeccioné cemento, gané dinero y guardé un dedo, regalé el dedo y huí riendo; ascendí, fui detenido, condenado, internado, saldré absuelto; y hoy celebro mi trigésimo aniversario y me sigue asustando la Bruja Negra. —Amén”.

(…) “Por espacio de algún tiempo o, más exactamente, hasta noviembre del treinta y ocho, con ayuda de mi tambor, acurrucado bajo las tribunas y con mayor o menor éxito, disolví manifestaciones, hice atascarse a más de un orador y convertí marchas militares y orfeones en valses y en foxtrots”.

(…) “Hoy, que todo esto pertenece ya a la Historia -aunque se siga machacando activamente, sin duda, pero en frío-, poseo, en mi calidad de paciente particular de un sanatorio, la perspectiva adecuada para apreciar debidamente mi tamboreo debajo de las tribunas. Nada más lejos de mis pensamientos que el presentarme ahora, por seis o siete manifestaciones dispersadas y tres o cuatro marchas o desfiles dislocados con mi tambor, cual un luchador de la resistencia. Se habla del espíritu de la resistencia, y de los grupos de la resistencia. Y aun parece que la resistencia puede también interiorizarse, lo que trae a cuento la emigración interior. Sin hablar de tantos respetables e íntegros señores que durante la guerra, por haber descuidado en alguna ocasión el oscurecimiento de las ventanas de sus dormitorios, se vieron condenados a pagar una multa, con la correspondiente reprimenda de la defensa antiaérea, en gracia a lo cual se designaba hoy a sí mismos como luchadores de la resistencia, hombres de la resistencia”. (…)

Günter Grass, El tambor de hojalata, Libro primero, Barcelona, Círculo de lectores, 1999.

Más allá de la Vida y la Muerte.

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Un Fragmento del libro de Lynch, para discutir o discurrir un poco:

“Lo que nos ofende del homicidio (aun el aprobado por la Iglesia o por el Estado) es que, como el suicidio, también altera el orden. “La vida tiene sentido y valor”, decía un cartel en una marcha contra las guerras, las ejecuciones, el aborto y la eutanasia. Pero los que defienden el derecho del Estado a hacer la guerra y a ejecutar a los criminales, con frecuencia condenan el derecho a “optar” o a la “muerte digna”. De la misma manera que quienes están a favor del derecho a abortar y del derecho a morir salen en manada a protestar contra Vietnam, la Guerra del Golfo y la inyección letal al asesino en serie.

Más sutiles y perturbadoras resultan las verdades de que las guerras se han luchado más por codicia y por gloria que por causas humanitarias, que el aborto ha sido utilizado al servicio de agendas sexistas, racistas y clasistas, y que la eutanasia ha sido a veces el tenue velo tras el que se ocultan el genocidio, el abuso, la negligencia y el homicidio. Ninguna de nuestras opciones ha sido ‘buena’.

De manera que las grandes divisiones del medio siglo pasado y del siguiente parecen estar basadas en la contemplación de la Vida y la Muerte: cuándo la una se convierte en la otra y bajo la responsabilidad de quién.

El avance de la tecnología coincide con nuestra pérdida de apetito por las cuestiones éticas que debían considerar las implicaciones de estos nuevos poderes. Hemos desdibujado las fronteras entre ser y dejar de ser, gracias a una tecnología que nos dice Cómo Funciona, pero no Qué Significa. También hemos dejado de confiar en nuestros instintos. Si sentimos que algo anda Mal, nos avergonzamos de decirlo, igual que cuando sentimos que está Bien.

En nombre de la diversidad, una idea se considera tan valiosa como cualquier otra; cualquier tontería tiene derecho a un foro, a ser escuchada por toda la audiencia, a que le asignen el mismo tiempo. La realidad se acomoda a la medida de la persona o de la situación. Existe ’su’ realidad y ‘mi’ realidad, la verdad tal como ‘ellos’ la ven; pero lo que es real y verdadero para todos nos elude.

Construimos nuestras preguntas personales en términos de lo legal y lo ilegal, de lo políticamente correcto o incorrecto, de lo funcional o disfuncional, de cómo afecta a nuestra estima o nos pone en contacto con nuestros sentimientos, o cómo sirve para las próximas elecciones o para la votación sobre la tasa fiscal, o según cómo responda el mercado. Y aunque es posible manejar negocios de todo tipo de esta manera para beneficio relativo de todos los involucrados, las Grandes Preguntas, las Preocupaciones Existenciales, los asuntos de Vida y Muerte, requieren nuestros mejores instintos, nuestras intuiciones más agudas, nuestros razonamientos más iluminados y una honestidad inspirada en nuestra participación, no en un partido o en un sexo o en una religión o en un interés especial o en una etnia, sino en nuestra participación en la raza humana.

Y en este punto, el diálogo parece ser extrañamente silencioso. ¿Será posible que estemos demasiado ocupados, que no nos importe? ¿Acaso estamos dispuestos a dejárselo a los expertos?”

Fuente: Alejandro Gándara en El Escorpión, blog de elmundo.es.

Escrito por Alguien

13 Septiembre 2009 a 11:27

A los cronopios de la acción poética interamericana.

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En febrero de 1964 un grupo de escritores latinoamericanos se reunió en Ciudad de México para celebrar una reunión “cronopia“. Julio Cortázar no pudo asistir pero envió la contribución siguiente, que será incluida en la edición corregida y aumentada de la correspondencia que prepara la editorial Alfaguara.

“Nada puede parecerme más ominoso que una reunión de cronopios poetas y artistas. La sola y siniestra idea es comparable a la mañana en que los campesinos de Bustedville, Nevada, vieron llegar a un caballo sin jinete, con un mensaje atado a un estribo: las langostas habían aprendido a pensar y avanzaban estratégicamente, comiéndose a los hombres en vez de las plantas de maíz. Pero también, mensaje por mensaje, acordémonos de la botella vomitada por el mar en las playas de Dubrovnik en agosto de 1865, con su inscripción bordada en un guante de mujer: “Estoy tan solo, tan lejos, tan alto”.

Dados esos antecedentes, toda aglomeración de cronopios me parece digna de sospecha. ¡Cuidado con los poetas que muerden! ¡Cuidado con los artistas que transforman! Ya se han visto sus intenciones en el volante teñido de rosa ingenuo que han distribuido profusamente y donde anuncian: “Cerrojos caídos y puertas abiertas”. ¡Cerrojos caídos y puertas abiertas! ¿Pero qué va a ser de nosotros, doctor Gómez? ¡Ay, vaya uno a saber, señora Rodríguez!

En vista de todo lo cual, mi indignada aportación a este nefasto primer encuentro de la Acción Poética Interamericana es la siguiente: Cronopios de la tierra americana, muestren sin vacilar la hilacha. Abran las puertas como las abren los elefantes distraídos, ahoguen en ríos de carcajadas toda tentativa de discurso académico, de estatuto con artículos de I a XXX, de organización pacificadora. Háganse odiar minuciosamente por los cerrajeros, echen toneladas de azúcar en las salinas del llanto y estropeen todas las azucareras de la complacencia con el puñadito subrepticio de la sal parricida.

El mundo será de los cronopios o no será, aunque me cueste decirlo porque nada me parece más desagradable que saludarlos hoy cuando en realidad me resultan profundamente sospechosos, corrosivos y agitados. Por todo lo cual aquí va un gran abrazo, como le dijo el pulpo a su inminente almuerzo”.

Por Julio Cortázar. París, 1964.

Fuente: ADN Cultura. Sábado.15.08.2009.

La Conspiración Cronopia. Miguel Grinberg.

En Algún Día│ Julio Cortázar.

Correspondencia inédita con Rosemonde Gérard.

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Recientemente se publicaron en Francia las cartas que el autor de Cyrano de Bergerac envió a su novia para contarle los problemas del montaje de su primera obra teatral, que fue también su primer fracaso. De este epistolario ofrecemos la siguiente selección publicada en el suplemento cultural Laberinto de esta semana.



Carta XVI [París, 28 de Agosto, 1888]

Me parece que las cosas se ponen feas… Me da igual, por lo demás. Admito que no siento por Le gant rouge ninguna simpatía. Pienso en la obra con verdadera desazón —y si no estuviera el asunto del dinero que me atañe, desearía, creo, que la quitaran de cartelera. Hoy lo vi, el cartel, por la mañana. Me resulta odioso.

Tengo ganas de emprender algún trabajo más literario. Tengo una sed de hacer algo de lo que pueda estar orgulloso, que no me deje la suerte de rencor que me ha dejado este vodevil —algo sobre todo que salga de mí, donde haya una personalidad, una originalidad cualquiera— y sobre todo que nadie me lo retoque. Tengo sed de arte, de una verdadera obra, delicada, cuidada, cincelada —de algo que al hacerlo me provoque un latido de emoción y orgullo.

¿Y qué hacer? No lo sé. No siento que Mlle. Joujou1 baste. Me gustaría una pieza en verso —porque es ahí donde la forma debe ser más armoniosamente cuidada. Y me siento muy prendado de la forma en este momento, estoy fastidiado de lo que no es escrito ni pensado.

Me pregunto con ansiedad si alguna vez su amistad estará orgullosa de mí, si podrá conservarse intacta para alguien que no produce nada de bonito ni de bello. Estoy desesperado por la idea que quizá en el fondo ya se hace usted de mí. Es absurdo, evidentemente, ¿pero no es verdad que usted me ha leído cosas que le han demostrado mi talento? Las tengo, estoy seguro. Es este deseo de producción apresurada el que me posee y me pierde. Es necesario que ponga mis esfuerzos en una cosa, una sola, y que la concluya, sin presionarme. No hablemos de vodeviles ni de operetas que me gusta hacer para pasar el rato. Eso no tiene necesidad de forma alguna, por tanto, de ningún trabajo. Es necesario que en la novela, en los versos, en los estudios, me ejercite, me confirme. Y sobre todo que no abandone el único género que me conviene, el de la sensación fina, de la observación menuda, y de la nota ligeramente burlona y conmovedora.

Lo que hacía en el colegio valía más que lo que escribo ahora. Haciendo de lado la cuestión del estilo que hoy domino más, todas proporciones guardadas, obritas ingeniosas como Dans l’antichambre son infinitamente más finas y buenas que todo lo que quiero hacer en el género de farsa. Es cierto que mis profesores, cuando descubrían este sainete en mis cuadernos esperaban del alumno que había garabateado eso, más de lo que tenía… Pero, claro, si me pongo vanidoso —ve cómo yo mismo me acuso. Además, nosotros, somos lo suficientemente inteligentes para no esconder lo que sabemos. ¿A quién contaría mis dudas y mis ambiciones, y mis disgustos, y mis deseos de superación, si no a usted que los comprende, interesen o no?

A menudo me ha reprendido, querida amiga, por mi pereza. Y usted lo sabe, no es pereza. Es necesario que permanezca en mi camino, el que siento, el que amo —y a donde llegaré, tengo la convicción. Es necesario que todo lo que no sea verdaderamente artístico y literario pase a segundo plano, y que me sirva sólo pecuniariamente.

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La abjuración de Galileo.

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A quien le pueda interesar:

“Yo, Galileo, hijo de Vicenzo Galileo de Florencia, a la edad de 70 años, interrogado personalmente en juicio y postrado ante vosotros, Eminentísimos y Reverendísimos Cardenales, en toda la República Cristiana contra la herética perversidad inquisidores generales; teniendo ante mi vista los sacrosantos Evangelios, que toco con mi mano, juro que siempre he creído, creo aún y, con la ayuda de Dios seguiré creyendo todo lo que mantiene, predica y enseña la Santa, Católica y Apostólica Iglesia. Pero como, después de haber sido jurídicamente intimado para que abandonase la falsa opinión de que el Sol es el centro del mundo y que no se mueve y que la Tierra no es el centro del mundo y se mueve, y que no podía mantener, defender o enseñar de ninguna forma, ni de viva voz ni por escrito, la mencionada falsa doctrina (…) Quiero levantar de la mente de las Eminencias y de todos los fieles Cristianos esta vehemente sospecha, que justamente se ha concebido de mí, con el corazón sincero y fe no fingida, abjuro, maldigo y detesto los mencionados errores y herejías y, en general, de todos y cada uno de los otros errores, herejías y sectas contrarias a la Santa Iglesia. Y juro que en el futuro nunca diré ni afirmaré, de viva voz o por escrito, cosas tales que por ellas se pueda sospechar de mí; y que si conozco a algún hereje o sospechoso, de herejía lo denunciaré a este Santo Oficio o al Inquisidor u Ordinario del lugar en el que me encuentre. Juro y prometo cumplir y observar totalmente las penitencias que me han sido o me serán, por este Santo Oficio, impuestas; y si incumplo alguna de mis promesas y juramentos, que Dios no lo quiera, me someto a todas las penas y castigos que imponen y promulgan los sacros cánones y otras constituciones contra tales delincuentes. Así, que Dios me ayude y sus santos Evangelios que toco con mis propias manos. Yo, Galileo Galilei he abjurado, jurado y prometido y me he obligado; y certifico que es verdad que, con mi propia mano he escrito la presente cédula de mi abjuración y la he recitado palabra por palabra, en Roma, en el convento de Minerva, este día 22 de junio de 1633.”

Por José Saramago.

Falsificaciones. Marco Denevi.

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Título: Falsificaciones.
Autor: Marco Denevi.
Editorial: Thule ediciones.
Colección: Micromundos.
Formato: 14 x 22 cm / 160 pp.
Encuadernacion: rústica.
Precio: 12,40 €.
ISBN: 84-96473-37-6.

Sinopsis: El libro de microficción fundamental en el género y que abrió la época de las reinterpretaciones de la mitología, la Biblia, la historia y la literatura.

El catálogo de Thule Ediciones acoge un nuevo título del escritor argentino Marco Denevi. Bajo el nombre de Falsificaciones, el volumen reúne un conjunto de textos que se caracterizan por su brevedad y fragmentarismo. Los personajes históricos, bíblicos, mitológicos y literarios que habitan las páginas de este volumen (Isabel I, Napoleón, Nerón, Shylock, Melibea, Dulcinea) son vívidamente recreados en la impecable prosa de este maestro de las letras argentinas.

Considerado uno de los principales escritores de microrrelatos en lengua española, Marco Denevi surgió a la literatura del país sureño en 1955 con la publicación de su célebre novela Rosaura a las diez. Durante los siguientes cuarenta años desarrolla una prolífica actividad como narrador, dramaturgo, antólogo de sus propios textos y cronista de radio y televisión.

Acerca de sus “falsificaciones”, publicadas por primera vez en 1966, dijo Alfredo Cahn, reconocido crítico y traductor de Stefan Zweig, que se trata de una obra “que honraría las letras de cualquier país”.

Dulcinea del Toboso.

“Vivía en El Toboso una moza llamada Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchelo, sastre, y de su mujer Francisca Nogales. Como hubiese leído numerosísimas novelas de estas de caballería, acabó perdiendo la razón. Se hacía llamar doña Dulcinea del Toboso, mandaba que en su presencia las gentes se arrodillasen, la tratasen de Su Grandeza y le besasen la mano. Se creía joven y hermosa, aunque tenía no menos de treinta años y las señales de la viruela en la cara. También inventó un galán, al que dio el nombre de don Quijote de la Mancha. Decía que don Quijote había partido hacia lejanos reinos en busca de aventuras, lances y peligros, al modo de Amadís de Gaula y Tirante el Blanco. Se pasaba todo el día asomada a la ventana de su casa, esperando la vuelta de su enamorado. Un hidalgüelo de los alrededores, que la amaba, pensó hacerse pasar por don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en un rocín y salió a los caminos a repetir las hazañas del imaginario caballero. Cuando, seguro del éxito de su ardid, volvió al Toboso, Aldonza Lorenzo había muerto de tercianas” 1.

1. Tercianas: Fiebre intermitente cuyos accesos se repiten cada tres días.

Extraído de  Ciudad Selva.

Ficha del Libro: Thule Ediciones.

Una Reseña del libro. Solo de Libros.
Dos cuentos de “Falsificaciones” de Marco Denevi. Daniel Rojas.

Eva Perón. Un texto inédito de Juan Carlos Onetti.

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Presentamos “Eva Perón”, un texto inédito del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti incluido  en la edición de Obras Completas III. Cuentos, artículos y miscelánea, editado por Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores.

I

“De modo que allí estábamos, amontonados y relativamente inmóviles, mirando a través de las ventanas los disimulos, revelaciones, suaves borracheras de ojos enemigos, conversando con astucia, con simulado énfasis, tanteando entre las frases ajenas y nuestras el hueco propicio por donde iba a deslizarse la alarma del teléfono negro, traído hasta el centro de la mesa circular que rodeábamos, respetado y maldecido como un dios.

Falsamente lentos, dicharacheros, analizando chismes, deducciones, presentimientos, más numerosos a medida que iban creciendo las noches, casi entorpeciéndonos en la sala de dirección mientras llegaba de abajo el ruido de granizada de las máquinas de escribir y, más tarde, cuando lo único muerto era la esperanza de la muerte aplazada y esquiva. La trepidación de la rotativa que anunciaba otro número de El Liberal sin orla de luto ni foto de la Señora ni el editorial ya escrito por mí, que hablaba de truncamiento, inescrutables designios, caridad cristiana e inmarcesible ejemplo luminoso. El editorial había sido hecho, semanas atrás, cuando empezaba una mañana cínica, alcohólica e insomne; yo incomodado por el sobretodo y los guantes, acurrucado bajo los enormes retratos severos, protectores, de mi padre y mi abuelo.

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Bolañomanía XIV: Lunas en el final de la noche.

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Carmen Pérez de Vega me hace llegar el siguiente enlace del blog de Bruno Montané con un homenaje al amigo Bolaño. Lo comparto con todos uds. Gracias.

La Compañía del Camino.
A Ricardo Pascoe.

“Lo que hemos amado cambia. A veces nuestros ojos ya no ven el resplandor, pero el resplandor sigue allí. Sabemos que ni las palabras ni los trabajos que nos desgastan cotidianamente podrán servirnos para seguir adelante, cuando las bellas viajeras se han ido, y si miramos los días sólo veremos manchas dejando una estela de vacío en los párpados del que tiene sueño.  Y no es hora de pensar, por ejemplo, en los que se levantan a las 5 de la mañana para ser explotados en las fábricas, sino en que también los compañeros se han sentido solos. Todos amamos, en los dormitorios de todos está pintada la ignorancia, nuestra oscuridad que balbucea y gruñe, nuestra luz inmóvil que habla en sueños. Afuera de nuestras zonas llueve y también el alma del que está triste, y no encontramos aún la manera de unir los dos bosques. Los dos bosques llenos de movimiento. El amor y su ausencia nos hacen ver todas las aventuras desde una ventana increíblemente alta, casi al final de un rascacielos de pequeñas cositas tibias que se van helando en la memoria. Es bueno que ese edificio exista, y es bueno mirar por esa ventana confundidos entre nuestra tristeza personal y el vértigo. Pero los museos suelen ser horribles y poco compatibles con las bellas viajeras. Nada tenemos, todo se acaba. Cuántos amigos les han dicho eso a sus amigos una tarde cualquiera. Pero yo sólo tengo estos versos. Nada queda sino nuestra ternura. Ese incendio gratuito: una forma de morir en un universo que no muere nunca (a ver si lo entiendes). Sabemos que las palabras pueden ser cambiadas, tampoco es la memoria una hilera de pinturas viejas. El amor, y su ausencia, a veces más amorosa que el amor mismo, nos devuelve nuestros cuerpos. Lo que hemos querido tanto sólo cambia, el resplandor continúa, también nosotros debemos cambiar y continuar, como los pájaros en los vientos del Norte y del Sur. Nada queda, pero tal vez nuestra ternura ya estaba allí, antes que la ilusión del vacío, tal vez nuestras contradicciones son como lunas en el final de la noche, tal vez la bella viajera no está muy lejos todavía, y si corres la alcanzas, desesperada, alegremente, un minuto o unos días o una estación completa del año, compartir con ella libremente el camino, sin que haya muerte en este poema para ti, ni en ti, ni en ella”.

Barcelona, agosto 1978.

Nota: Publicado en la antología Gutiérrez, Textos inéditos,  con reunión y edición de Andrés Braithwite, Santiago de Chile, nov 2005.

En Algún Día │Roberto Bolaño.

Mi Suicidio. Emilia Pardo Bazán.

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A Campoamor.

Muerta ella; tendida, inerte, en el horrible ataúd de barnizada caoba que aún me parecía ver con sus doradas molduras de antipático brillo, ¿qué me restaba en el mundo ya? En ella cifraba yo mi luz, mi regocijo, mi ilusión, mi delicia toda…, y desaparecer así, de súbito, arrebatada en la flor de su juventud y de su seductora belleza, era tanto como decirme con melodiosa voz, la voz mágica, la voz que vibraba en mi interior produciendo acordes divinos: Pues me amas, sígueme.

¡Seguirla! Sí; era la única resolución digna de mi cariño, a la altura de mi dolor, y el remedio para el eterno abandono a que me condenaba la adorada criatura huyendo a lejanas regiones.

Seguirla, reunirme con ella, sorprenderla en la otra orilla del río fúnebre… y estrecharla delirante, exclamando: Aquí estoy. ¿Creías que viviría sin ti? Mira cómo he sabido buscarte y encontrarte y evitar que de hoy más nos separe poder alguno de la tierra ni del cielo.

Determinado a realizar mi propósito, quise verificarlo en aquel mismo aposento donde se deslizaron insensiblemente tantas horas de ventura, medidas por el suave ritmo de nuestros corazones… Al entrar olvidé la desgracia, y me pareció que ella, viva y sonriente, acudía como otras veces a mi encuentro, levantando la cortina para verme más pronto, y dejando irradiar en sus pupilas la bienvenida, y en sus mejillas el arrebol de la felicidad.

Allí estaba el amplio sofá donde nos sentábamos tan juntos como si fuese estrechísimo; allí la chimenea hacia cuya llama tendía los piececitos, y a la cual yo, envidioso, los disputaba abrigándolos con mis manos, donde cabían holgadamente; allí la butaca donde se aislaba, en los cortos instantes de enfado pueril que duplicaban el precio de las reconciliaciones; allí la gorgona de irisado vidrio de Salviati, con las últimas flores, ya secas y pálidas, que su mano había dispuesto artísticamente para festejar mi presencia… Y allí, por último, como maravillosa resurrección del pasado, inmortalizando su adorable forma, ella, ella misma… es decir, su retrato, su gran retrato de cuerpo entero, obra maestra de célebre artista, que la representaba sentada, vistiendo uno de mis trajes preferidos, la sencilla y airosa funda de blanca seda que la envolvía en una nube de espuma.

Y era su actitud familiar, y eran sus ojos verdes y lumínicos que me fascinaban, y era su boca entreabierta, como para exclamar, entre halago y represión, el ¡qué tarde vienes! de la impaciencia cariñosa; y eran sus brazos redondos, que se ceñían a mi cuello como la ola al tronco del náufrago, y era, en suma, el fidelísimo trasunto de los rasgos y colores, al través de los cuales me había cautivado un alma; imagen encantadora que significaba para mí lo mejor de la existencia… Allí, ante todo cuanto me hablaba de ella y me recordaba nuestra unión; allí, al pie del querido retrato, arrodillándome en el sofá, debía yo apretar el gatillo de la pistola inglesa de dos cañones (que lleva en su seno el remedio de todos los males y el pasaje para arribar al puerto donde ella me aguardaba). Así no se borraría de mis ojos ni un segundo su efigie: los cerraría mirándola, y volvería a abrirlos, viéndola no ya en pintura, sino en espíritu…

La tarde caía; y como deseaba contemplar a mi sabor el retrato, al apoyar en la sien el cañón de la pistola, encendí la lámpara y todas las bujías de los candelabros. Uno de tres brazos había sobre el secrétaire de palo de rosa con incrustaciones, y al acercar al pábilo el fósforo, se me ocurrió que allí dentro estarían mis cartas, mi retrato, los recuerdos de nuestra dilatada e íntima historia. Un vivaz deseo de releer aquellas páginas me impulsó a abrir el mueble.

Es de advertir que yo no poseía cartas de ella: las que recibía las devolvía una vez leídas, por precaución, por respeto, por caballerosidad. Pensé que acaso ella no había tenido valor para destruirlas, y que de los cajoncitos del secrétaire volvería a alzarse su voz insinuante y adorada, repitiendo las dulces frases que no habían tenido tiempo de grabarse en mi memoria. No vacilé (¿vacila el que va a morir?) en descerrajar con violencia el primoroso mueblecillo. Saltó en astillas la cubierta y metí la mano febrilmente en los cajoncitos, revolviéndolos ansioso.

Sólo en uno había cartas. Los demás los llenaban cintas, joyas, dijecillos, abanicos y pañuelos perfumados. El paquete, envuelto en un trozo de rica seda brochada, lo tomé muy despacio, lo palpé como se palpa la cabeza del ser querido antes de depositar en ella un beso, y acercándome a la luz, me dispuse a leer. Era letra de ella: eran sus queridas cartas. Y mi corazón agradecía a la muerta el delicado refinamiento de haberlas guardado allí, como testimonio de su pasión, como codicilo en que me legaba su ternura.

Desaté, desdoblé, empecé a deletrear… Al pronto creía recordar las candentes frases, las apasionadas protestas y hasta las alusiones a detalles íntimos, de esos que sólo pueden conocer dos personas en el mundo. Sin embargo, a la segunda carilla un indefinible malestar, un terror vago, cruzaron por mi imaginación como cruza la bala por el aire antes de herir. Rechacé la idea; la maldije; pero volvió, volvió…, y volvió apoyada en los párrafos de la carilla tercera, donde ya hormigueaban rasgos y pormenores imposibles de referir a mi persona y a la historia de mi amor… A la cuarta carilla, ni sombra de duda pudo quedarme: la carta se había escrito a otro, y recordaba otros días, otras horas, otros sucesos, para mí desconocidos…

Repasé el resto del paquete; recorrí las cartas una por una, pues todavía la esperanza terca me convidaba a asirme de un clavo ardiendo… Quizá las demás cartas eran las mías, y sólo aquélla se había deslizado en el grupo, como aislado memento de una historia vieja y relegada al olvido… Pero al examinar los papeles, al descifrar, frotándome los ojos, un párrafo aquí y otro acullá, hube de convencerme: ninguna de las epístolas que contenía el paquete había sido dirigida a mí… Las que yo recibí y restituí con religiosidad, probablemente se encontraban incorporadas a la ceniza de la chimenea; y las que, como un tesoro, ella había conservado siempre, en el oculto rincón del secrétaire, en el aposento testigo de nuestra ventura…, señalaban, tan exactamente como la brújula señala al Norte, la dirección verdadera del corazón que yo juzgara orientado hacia el mío… ¡Más dolor, más infamia! De los terribles párrafos, de las páginas surcadas por renglones de una letra que yo hubiese reconocido entre todas las del mundo, saqué en limpio que «tal vez»…. al «mismo tiempo»…. o «muy poco antes»… Y una voz irónica gritábame al oído: ¡Ahora sí…. ahora sí que debes suicidarte, desdichado!

Lágrimas de rabia escaldaron mis pupilas; me coloqué, según había resuelto, frente al retrato; empuñé la pistola, alcé el cañón… y, apuntando fríamente, sin prisa, sin que me temblase el pulso…. con los dos tiros…. reventé los dos verdes y lumínicos ojos que me fascinaban.

Extraido de “Cuentos de Amor” de Emilia Pardo Bazán.

Escrito por Alguien

15 Junio 2009 a 15:23

Isaiah Berlin a los cien años de su nacimiento.

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Hace 100 años, el 6 de junio de 1909 nacía en Riga Isaiah Berlín, intelectual, historiador de las ideas, renovador de la teoría liberal y uno de los pensadores más influyentes del siglo XX. El Cultural celebra el aniversario publicando su ensayo (inédito hasta ahora en libro) sobre el derrumbe del comunismo ruso en 1990, que forma parte del espléndido volumen La mentalidad soviética (Galaxia Gutenberg). Además, Jesús M. Díaz álvarez, profesor de Etica de la UNED, nos descubre su extraordinario periplo vital e intelectual.

“Me piden una respuesta a los acontecimientos registrados en Europa. No tengo nada nuevo que añadir. Mis reacciones son similares a las de casi todas las personas que conozco o de las que tengo noticia: asombro, euforia, felicidad. Cuando hombres y mujeres encarcelados durante largo tiempo por regímenes brutales y opresivos consiguen por fin liberarse, zafarse de sus cadenas y, tras muchos años, atisban el amanecer de una auténtica libertad, ¿cómo puede alguien con un mínimo de humanidad no sentirse profundamente conmovido?

Solamente es posible añadir, como madame Bonaparte apuntó cuando le felicitaron por tener la distinción histórica única de ser madre de un emperador, tres reyes y una reina, “Oui, pourvu que Ça dure”. Ojalá pudiéramos estar seguros de que no habrá una recaída, sobre todo en la Unión Soviética, como temen algunos observadores.

Existe un paralelismo obvio, que sin duda habrá sorprendido a todo el mundo, entre estos acontecimientos y las revoluciones de 1848 y 1849, cuando el recrudecimiento del sentimiento liberal y democrático derrocó los gobiernos de París, Roma, Venecia, Berlín, Dresde, Viena y Budapest.

El desaparecido sir Lewin Namier atribuyó el fracaso de estas revoluciones, que hacia 1850 se habían extinguido en su totalidad, al hecho de haber sido, según sus palabras, una “Revolución de los Intelectuales”. Y es posible que así sea, pero también sabemos que fueron las fuerzas desa-tadas contra estas revoluciones, los ejércitos de Prusia y Austria-Hungría, los batallones eslavos del Sur, los agentes de Napoleón III en Francia e Italia y, sobre todo, las tropas del zar en Budapest, quienes aplastaron este movimiento y restauraron algo similar al status quo. Por fortuna, hoy la situación parece muy distinta. Los movimientos actuales han originado alzamientos populares auténticos y espontáneos que extienden sus ramas a todas las clases sociales. Podemos mantener el optimismo.

Aparte de estas reflexiones generales, hay algo que forzosamente me ha asombrado: la supervivencia, contra todo pronóstico, de la inteleguéntsia rusa.

La inteleguéntsia no es idéntica a los intelectuales. Los intelectuales son personas que, como ha dicho alguien, simplemente anhelan que las ideas sean lo más interesantes posibles. En cambio, la inteliguéntsia, o “intelectualidad”, es un fenómeno exclusivamente ruso. Este movimiento surgido en el segundo cuarto del siglo XIX, englobaba a un conjunto de rusos con cultura y principios morales que se sentían indignados por una Iglesia oscurantista, un Estado brutalmente opresivo e indiferente a la miseria, la pobreza y el analfabetismo en los que vivía sumida la mayor parte de la población, y una clase gobernante que pisoteaba los derechos humanos e impedía el progreso moral e intelectual.

Creían en la libertad personal y política, en la erradicación de las desigualdades sociales irracionales y en la verdad, que hasta cierto punto asimilaban con el progreso científico. Abogaban por un progresismo que asociaban con el liberalismo y la democracia occidentales. La inteliguéntsia, en su mayor parte, estaba constituida por gentes de profesiones liberales. Las más famosas eran los escritores; todos los grandes nombres (incluso Dostoyevski en su juventud) participaron en diversos grados y modos en la lucha por la libertad. Fueron los descendientes de estas gentes quienes impulsaron la Revolución de Febrero de 1917. Algunos de sus integrantes creían en la adopción de medidas extremas y participaron en la supresión de dicha Revolución y la instauración del comunismo soviético en Rusia, y posteriormente en su esfera de influencia. A su debido tiempo, la intelectualidad fue destruida sistemática y paulatinamente, pero no pereció por completo. Cuando visité la Unión Soviética en 1945, no sólo conocí a dos poetas y a algunos amigos y aliados de éstos que habían alcanzado la madurez antes de la Revolución, sino también a personas más jóvenes, la mayoría hijos o nietos de académicos, bibliotecarios, conservadores de museos, traductores y otros integrantes de la vieja intelectualidad que se las habían ingeniado para sobrevivir en oscuros recovecos de la sociedad soviética. Pero no parecían quedar muchos. [...] La impresión que me llevé es que la escasa inteliguéntsia auténtica que resistía se estaba desvaneciendo.

En el transcurso de los últimos años, para mi enorme sorpresa y deleite, he descubierto que estaba equivocado. He conocido a ciudadanos soviéticos relativamente jóvenes y claros representantes de un gran número de personas similares que parecían conservar el carácter moral, la integridad intelectual, la imaginación sensible y el inmenso atractivo humano de la vieja inteliguéntsia. Se los encuentra predominantemente entre escritores, músicos, pintores, artistas, en muchas esferas, como el teatro y el cine, y, por supuesto, también entre los académicos. El más famoso de ellos, Andréi Dmítrievich Sájarov, se habría sentido a sus anchas en el mundo de Turguéniev, Herzen, Belinski, Saltikov, ánenkov y su círculo de amistades en las décadas de 1840 y 1850.

Sájarov, cuyo trágico fin lamento tan hondamente como cualquiera, pertenece, a mi modo de ver, al más puro espíritu de esta noble tradición. Su planteamiento científico, su fascinante valentía física y moral, y, por encima de todo, su devoción inquebrantable a la verdad hacen imposible no contemplarlo como el representante ideal en nuestro tiempo de los valores más sinceros y humanos defendidos por la intelectualidad, la vieja y la nueva.

Como la mayoría de los intelectuales, y hablo desde el conocimiento personal, era un hombre de una civilización intachable y poseía lo que sólo puedo describir como un inmenso encanto moral Tengo la impresión de que su vigoroso intelecto y su interés insaciable en los libros, las ideas, las personas y los asuntos políticos, por muy cansado que estuviera, sobrevivieron a su terrible maltrato. Pero no estaba solo. La supervivencia de toda la cultura a la que pertenecía bajo las cenizas y los escombros de una experiencia histórica atroz me resulta una hazaña milagrosa. Y sin duda ello alienta el optimismo. Y lo que es cierto en Rusia lo es incluso más para otros pueblos que se están desprendiendo de sus grilletes, donde los opresores han detentado el poder durante un lapso más breve y donde los valores civilizados y el recuerdo de la libertad pasada siguen estando vivos en los supervivientes aún no extenuados de un tiempo anterior.

El estudio de las ideas y las actividades de la inteliguéntsia rusa decimonónica me ha ocupado varios años y descubrir que, lejos de estar enterrado en el pasado este movimiento ha sobrevivido y está recobrando su salud y su libertad es toda una revelación y me produce un placer inmenso. Los rusos son un gran pueblo, tienen una capacidad creativa inmensa y, una vez sean libres, nadie sabrá qué aportarán al mundo.

Siempre es posible una nueva barbarie, pero en el presente no parece que se perfile ninguna en el horizonte. Al fin y al cabo, que los males pueden superarse y que el fin de la esclavitud está en camino son cosas de las que el ser humano puede sentirse razonablemente orgulloso”.

Fuente: El Cultural.

Breve Biografía de Dios.

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Extraido del libro Manual del perfecto Ateo“. Autor: Eduardo del Rio, alias “Rius”.

“Los autonombrados biógrafos de dios nos hemos topado con un sinfín de dificultades para elaborar esta biografía, empezando por la mayor (dificultad), que es esta nadie ha visto a dios. Es decir que llevamos quien sabe cuanto tiempo hablando de dios sin que nadie lo haya visto, ni sepa que cara tiene, de que color es siquiera y que tal es de carácter. Al menos tratamos de conseguir, a falta de foto de dios, sus datos biográficos mas importantes: ¿Dónde y cuando nació, quienes fueron sus padres, donde estudio, como fue que se hizo dios?, ¡Inútilmente nadie sabe nada de nada!; a pesar de que todo el mundo habla de dios y hasta le rezan cosas y matan en su nombre.

Hay otro problema ¿De que dios será la biografía?, Por que resulta que hay una cantidad de dioses en todas partes y todos dicen que su dios es el bueno, empezando por los judíos y su Jehová. El numero de dioses es infinito, simplemente los dioses que hay en existencia hoy en estos tiempos suman mas de doscientos,… y todos diferentes.

¿Cuál es el verdadero y único dios?, ¿El que adoran los cristianos, el que veneran los japoneses, el que tienen los esquimales, el que respetan los árabes, el que es adorado por las tribus australianas o el dios que tienen en sus casas los africanos…?, ¿El mas antiguo en el mercado o el que tiene mas adeptos?, ¿El que tiene mas templos en su honor?, ¿El dios que cuenta con los mejores ejércitos o el mas económicamente poderoso? ¿Con que criterio diagnosticar cual es el verdadero dios?, ¿El que tiene mas brazos?, ¿El que tiene mas hijos?, ¿El que tiene mas poderes mágicos?. Usemos un poquito de otra ciencia que interviene en este libro: la lógica. Lo mas lógico es que el dios mas antiguo sea el bueno.

La tremenda ignorancia de los primitivos sobre el mundo que los rodeaba hizo que volvieran su vista al cielo donde objetos desconocidos aparecían y desaparecían sin explicación alguna, influyendo grandemente sobre la vida de todo fueran seres humanos, animales, plantas u otras cosas. El culto al sol y a la luna fue el primero entre casi todos los pueblos de la remotísima antigüedad: druidas, chinos, aztecas, egipcios, japoneses, malayos, persas, hindúes, asirios, sumerios… etc. Al sol le sacrificaban animales y hasta hombres, mujeres y niños con la idea de mantenerlo contento.

Pero no solo la luna y el sol eran misterios para los primitivos: También lo era la vida misma, el nacimiento, los animales, los árboles, el aire, el fuego, los ríos… ¡La muerte!. No teniendo respuestas, el hombre inventó poderes sobrenaturales a todo cuanto lo rodeaba: el aire, las aguas, las piedras, los animales, los bosques, el fuego, la lluvia… y empezaron a nacer los dioses.

“Todo lo que no conocemos es milagroso” dijo tácitamente Tácito viendo a la gente creer en los poderes sobrenaturales de los dioses que se habían inventado. En su busca de explicarse como ocurrían cosas que el no podía hacer, el hombre antiguo desarrolló la creencia en lo sobrenatural; en todas partes y en todas las tribus, el hombre creó dioses menores que el sol o la luna (su mujer), dioses locales que se convertían en invisibles, que volaban por los aires, que caminaban sobre el agua y atravesaban la tierra… gracias a los poderes que les otorgaban los grandes dioses.

Dioses, genios, erinias, espíritus, ángeles, esfinges, fantasmas, monstruos, musas, nagüales, ninfas, sirenas, gnomos, demonios, faunos, duendes, centauros, mensajeros, driadas, gigantes. Seres todos con poderes capaces de todo: de cambiar el curso de una batalla, de producir grandes cosechas, de traer salud o provocar la muerte del enemigo, de hacer el bien o el mal.

En suma: los poderes de los “dioses” estaban limitados solo por la habilidad de la imaginación del hombre que les atribuía esos poderes. Los dioses surgían de la imaginación y la necesidad del hombre. El hombre se convirtió así en creador (de dioses para empezar). Es lo que se llama panteísmo o sea todo es dios.

La invención del dios único la hicieron unos listísimos hebreos 1400 años antes de Cristo, y mucho antes, hace 30,000 años, el hombre hizo sus primeros dioses en forma de figuritas de barro o de piedra. Los primeros ídolos que el hombre veneró fueron toscas figurillas de barro, que representaban a mujeres embarazadas y también toscos falos viriles y erectos que simbolizaban la fertilidad. El nacimiento de un nuevo ser (pensaban los antiguos) era un don de los dioses; luego el falo y la matriz debían tener poderes mágicos o divinos. El éxito tremendo de aquellos primeros dioses que lograban continuos nacimientos entusiasmo a la gente, que decidió fabricar más y más dioses para conseguir éxitos en otras actividades donde las dificultades eran mas serias (y empezó la fabricación en serie).

Cada pueblo inventó sus dioses (con todo y propiedades mágicas) no quedando campo alguno sin cubrir. Los egipcios lograron una docena de dioses mayores llenos de virtudes, no solo divinas sino inclusive animales: Horus, Hathor, Anubis, Isis, Nepthys, Osiris, Re, Thoth, Amon-Re, Ptah, Tefnut y Set. Los sumerios no se amilanaron, demostrando al mundo tener una imaginación en grande: lograron un récord de 3,000 dioses distintos.

Para alojar a tanto dios, primero hicieron santuarios, luego templos y luego complicados edificios en honor de los caprichosos dioses que casi nunca otorgaban los favores pedidos. Finalmente se aburrieron de pasarse la vida rezándoles y pidiéndoles cosas y optaron por hacerse representar en el templo fabricándose estatuas personales que depositaban enfrente de los dioses. No se sabe si hacían lo mismo en su casa cuando dejaban de llegar una semana por andar de parranda con los amigotes y amigotas sumerias.

La creación de dioses, diosas, diosecillos y deidades, tuvo un auge insospechado en todos los continentes: China, Japón, México, La India, los polinesios, los polacos, los griegos no se diga (incluso exportaron a otros países), los indios de Norteamérica, los hebreos… ¡Todo mundo se dedico a crear dioses!, ¡Toda clase de dioses de todos los gustos y colores!. ¿Dios creador del hombre?. Mas bien luce todo lo contrario, el hombre se dedica a crear no un dios sino todo un almacén de dioses:

* Minerva (Grecia).-Diosa de las ciencias y las artes.
* Korscha (eslava).- Diosa de los placeres.
* Fortuna (Roma).- Diosa de las mujeres solteras.
* Gotsitemo (Japón).- Dios de la medicina preventiva.
* Ausca (Polonia).- Diosa de la aurora.
* Bativonu (polinesia).- Dios de las tortugas.
* Mammon (Fenicia).- Dios de la riqueza.
* Kikimora (Rusia).- Dios de la noche y el sueño.
* Huitzilopochtli (azteca).- Dios de la guerra.
* As Sabinus (Etiopía).- Dios de la canela.
* Mnemosina (Grecia).- Diosa de la memoria.
* Pousa (China).- Diosa de la porcelana.
* Sucha (Perú).- Diosa del buen beber.
* Pidrovati (India).- Dios de los muertos
* Pelé (Hawaii).- Dios de los volcanes.
* Coyolxhauqui (azteca).- Diosa de la luna.
* Canopus (Egipto).- Dios de las aguas.
* Harpocrates (Grecia).- Dios del silencio.- Mul-Tun-Tzec (Maya).- Dios del miedo.
* Thor (Escandinavia).- Dios del trueno.
* Pales (Roma).- Dios de la fecundidad del ganado.
* Saturno (Grecia).- Dios del tiempo.
* Uller (Escandinavia).- Dios del hielo
* Afrodita (Grecia).- Diosa del amor y la belleza.
* Agoyo (Nueva Guinea).- Dios de buen consejo.
* Centeotl (Azteca).- Dios del maíz.
* Eolo (Grecia).- Dios de los vientos.

Los romanos, amén de sus 400 y picos de dioses, tenían sus dioses caseros, los Lares encargados de que no faltara nada en el hogar (sobre todo vino). Otra diosa muy solicitada en Roma era Hetaira, protectora de las prostitutas; mientras los ladrones eslavos se encomendaban al dios Porewit, su muy divino protector.

Lo interesante de todo esto no es quedarnos en lo anecdótico o lo folclórico, sino ver quien, como y para que crea dioses…”

Virginia Woolf. Fragmento de “Las Olas”.

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(…) «Has estado leyendo a Byron recientemente y has subrayado los párrafos que exaltan aquellos sentimientos que se asemejan a los tuyos. Encuentro trazos del lápiz debajo de todos aquellos versos que revelan un temperamento irónico, pero apasionado; una impetuosidad semejante a la de la polilla que se lanza sin vacilar contra la dureza del vidrio. Al pasar la punta del lápiz por aquí, pensabas:

«También yo arrojo la capa así, también yo chasqueo los dedos ante el destino.» Sin embargo, Byron no preparó jamás el té como tú lo haces, llenando de tal modo la tetera que el agua se desborda cuando colocas la tapa y forma sobre tu mesa una laguna parda que corre entre tus libros y papeles. Ahora lo secas torpemente con el pañuelo que has sacado del bolsillo. Y después te vuelves a meter el pañuelo en el bolsillo. No, éste no es Byron. Este eres tú. Este es tan esencialmente tú que si algún día dentro de veinte años pienso en ti, cuando los dos seamos famosos, con gota e inaguantables, te veré en esta escena. Y si has muerto ya, lloraré.

Cierto tiempo hubo en que fuiste un joven Tolstoi. Ahora eres un joven Byron. Y quizás llegue el día en que seas un joven Meredith. Entonces visitarás París durante las vacaciones de Pascua, y volverás con una negra corbata, convertido en el discípulo de cualquier detestable francés de quien nadie ha oído hablar. Entonces romperé contigo.

“Soy una sola persona: yo. No suplanto a Catulo, a quién adoro. Soy un estudioso sumamente disciplinado, con un diccionario a un lado, y al otro una libreta en la que anoto curiosos usos del participio pasado. Pero no se puede vivir siempre dedicado a disecar con cuchillo para mejor comprender estas antiguas frases. ¿Viviré siempre así, corriendo las rojas cortinas de sarga, y viendo el libro, como un bloque de mármol, pálido a la luz de la lámpara? Sería maravilloso dedicar la vida a la perfección, seguir siempre la curva de la frase, me llevara donde me llevara, a desiertos y arenas movedizas, haciendo caso omiso de señuelos y tentaciones, ser siempre pobre e ir siempre mal vestido, parecer ridículo en Picadilly

“Pero soy demasiado nervioso para terminar debidamente mis frases. Hablo aprisa, paseando arriba y abajo, para ocultar mi agitación. Me irritan tus pañuelos manchados de grasa. Mancharás tu ejemplar de Don Juan. No me escuchas, Te dedicas a hacer frases sobre Byron. Y mientras tú gesticulas, con tu capa y tu bastón, yo intento revelarte un secreto que a nadie he comunicado todavía. Te pido (ahí en pie y dándote la espalda) que tomes mi vida en tus manos y me digas si es mi destino causar siempre repulsión a quienes amo.

“Te doy la espalda y nervioso muevo los dedos. No, ahora mis manos están en perfecta inmovilidad. Con exactitud abro un espacio en la librería y en él inserto el Don Juan. Ahí. Prefiero ser amado, prefiero ser famoso a seguir el camino de la perfección a través de las arenas. Pero ¿estoy condenado a producir asco? ¿Soy poeta? Tómalo. El deseo que llevo tras los labios, frío como el plomo, pesado como la bala, aquello con lo que apunto a las dependientas de comercio, a las mujeres, a las ficciones y a la vulgaridad de la vida (porque la amo), sale disparado hacia ti, cuando te arrojo – tómalo – mi poema.”

“Como una flecha ha salido de la estancia”, dijo Bernard. “Ha dejado aquí su poema. Oh, amistad…¡También yo pensaré flores entre las páginas de los sonetos de Shakespeare! ¡Oh, amistad, qué agudos son tus dardos! Ha dado media vuelta y me ha mirado. Me ha entregado su poema. Todas las nieblas retorciéndose se alejan de la techumbre de mí ser. Conservaré esta confianza hasta el último día de mi vida. Como una larga ola, como un avance de pesadas aguas, se ha acercado a mí, y su devastadora presencia me ha abierto de par en par, dejando al descubierto los cantos rodados de la playa de mi espíritu. Todos los parecidos han quedado unidos. “No eres Byron, eres tú. Cuán extraño es que otra persona te concentre en un solo ser.

“Cuan extraño es sentir cómo el hilo que de nosotros surge se adelgaza y avanza cruzando los nebulosos espacios del mundo que entre nosotros media. Se ha ido. Aquí estoy, en pie, con su poema en la mano. Entre él y yo media el hilo. Pero ahora, qué agradable es, cuánta confianza infunde, saber que la ajena presencia ha desaparecido, que la escrutadora mirada se ha apagado, ha sido cubierta por una capucha…Con qué satisfacción cierro las ventanas y me niego a recibir otras presencias. Con qué satisfacción advierto que, de los oscuros rincones en que se refugiaron, vuelven esos desastrados huéspedes, esos parientes, a los que él con su superior poder obligó a ocultarse. Los burlones y observadores espíritus que, incluso en la crisis y la vacilación del momento, se mantuvieron vigilantes, vuelven ahora en rebaño al hogar. Con su ayuda soy Bernard, soy Byron, soy esto y lo otro. Como en anteriores tiempos oscurecen el aire y me enriquecen con sus bufonadas y sus comentarios, nublando la hermosa sencillez de mi momento de emoción. Sí, puesto que yo soy más yos de lo que Neville cree. No somos tan simples como nuestros amigos quisieran para satisfacer sus necesidades. Sin embargo, el amor es simple.(…)

Las Olas (The waves) de Virginia Woolf.

Leer obra original en inglés. The waves.

Escrito por Alguien

4 Junio 2009 a 8:26

Bolañomanía XIII: Playa, por Roberto Bolaño.

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Jueves, 17 de Agosto de 2000. El Mundolibro.com.


Dejé la heroína y volví a mi pueblo y empecé con el tratamiento de metadona que me suministraban en el ambulatorio y poca cosa más tenía que hacer salvo levantarme cada mañana y ver la tele y tratar de dormir por la noche, pero no podía, algo me impedía cerrar los ojos y descansar, y ésa era mi rutina, hasta que un día ya no pude más y me compré un trajebaño negro en una tienda del centro del pueblo y me fui a la playa, con el trajebaño puesto y una toalla y una revista, y puse mi toalla no demasiado cerca del agua y luego me estiré y estuve un rato pensando si darme un baño o no dármelo, se me ocurrían muchas razones para hacerlo, pero también se me ocurrían algunas razones para no hacerlo (los niños que se bañaban en la orilla, por ejemplo), así que al final se me pasó el tiempo y volví a casa, y a la mañana siguiente compré una crema de protección solar y me fui a la playa otra vez, y a eso de las 12 me marché al ambulatorio y me tomé mi dosis de metadona y saludé a algunas caras conocidas, ningún amigo o amiga, sólo caras conocidas de la cola de la metadona que se extrañaron de verme en trajebaño, pero yo como si nada, y luego volví caminando a la playa y esta vez me di el primer chapuzón e intenté nadar, aunque no pude, pero eso ya fue suficiente para mí, y al día siguiente volví a la playa y me volví a untar el cuerpo con protección solar y luego me quedé dormido sobre la arena, y cuando desperté me sentía muy descansado, y no me había quemado la espalda ni nada de nada, y así pasó una semana o tal vez dos semanas, no lo recuerdo, lo único cierto es que cada día yo estaba más moreno y aunque no hablaba con nadie cada día me sentía mejor, o diferente, que no es lo mismo pero que en mi caso se le parecía, y un día apareció en la playa una pareja de viejos, de eso me acuerdo con claridad, se veía que llevaban mucho tiempo juntos, ella era gorda, o rellenita, y debía de andar por los 70 años aproximadamente, y él era flaco, o más que flaco, un esqueleto que caminaba, yo creo que eso fue lo que me llamó la atención, porque por regla general apenas me fijaba en la gente que iba a la playa, pero en éstos me fijé y la causa fue la delgadez del tipo, lo vi y me asusté, coño, es la muerte que viene a por mí, pensé, pero no venía a por mí, sólo era un matrimonio viejo, él de unos 75 y ella de unos 70, o al revés, y ella parecía gozar de buena salud, y él hacía pinta de que iba a palmarla en cualquier momento o de que ése era su último verano, al principio, pasado el primer susto, me costó alejar mi mirada de la cara del viejo, de su calavera apenas recubierta por una delgada capa de piel, pero luego me acostumbré a mirarlos con disimulo, tirado en la arena, bocabajo, con la cara cubierta por los brazos, o desde el paseo, sentado en un banco frente a la playa, mientras fingía que me quitaba la arena del cuerpo, y me acuerdo que la vieja siempre llegaba a la playa con un parasol bajo cuya sombra se metía presurosa, sin bañador, aunque a veces la vi con bañador, pero más usualmente con un vestido de verano, muy amplio, que la hacía parecer menos gorda de lo que era, y bajo el parasol la vieja se pasaba las horas leyendo, llevaba un libro muy grueso, mientras el esqueleto que era su marido se tiraba sobre la arena, vestido únicamente con un trajebaño diminuto, casi un tanga, y absorbía el sol con una voracidad que a mí me traía recuerdos lejanos, de yonquis disfrutando inmóviles, de yonquis concentrados en lo que hacían, en lo único que podían hacer, y entonces a mí me dolía la cabeza y me iba de la playa, comía en el Paseo Marítimo, una tapa de anchoas y una cerveza, y después me ponía a fumar y a mirar la playa a través de los ventanales del bar, y luego volvía y allí seguía el viejo y la vieja, ella debajo de la sombrilla, él expuesto a los rayos del sol, y entonces, de manera irreflexiva, a mí me daban ganas de llorar y me metía en el agua y nadaba, y cuando ya me había alejado bastante de la orilla miraba el sol y me parecía extraño que estuviera allí, esa cosa grande y tan distinta de nosotros, y luego me ponía a nadar hasta la orilla (en dos ocasiones estuve a punto de ahogarme) y cuando llegaba me dejaba caer junto a mi toalla y me quedaba mucho rato respirando con dificultad, pero siempre mirando hacia donde estaban los viejos, y luego tal vez me quedaba dormido tirado en la arena, y cuando me despertaba la playa ya empezaba a desocuparse, pero los viejos seguían allí, ella con su novela bajo la sombrilla y él bocarriba, en la zona sin sombra, con los ojos cerrados y una expresión rara en su calavera, como si sintiera cada segundo que pasaba y lo disfrutara, aunque los rayos del sol fueran débiles, aunque el sol ya estuviera al otro lado de los edificios de la primera línea de mar, al otro lado de las colinas, pero eso a él parecía no importarle, y entonces, en el momento de despertarme yo lo miraba y miraba el sol, y a veces sentía en la espalda un ligero dolor, como si aquella tarde me hubiera quemado más de la cuenta, y luego los miraba a ellos y luego me levantaba, me ponía la toalla como capa y me iba a sentar en uno de los bancos del Paseo Marítimo, en donde fingía quitarme la arena que no tenía de las piernas, y desde allí, desde esa altura, la visión de la pareja era distinta, me decía a mí mismo que tal vez él no estuviera a punto de morir, me decía a mí mismo que el tiempo tal vez no existía tal como yo creía que existía, reflexionaba sobre el tiempo mientras la lejanía del sol alargaba las sombras de los edificios, y luego me iba a casa y me daba una ducha y miraba mi espalda roja, una espalda que no parecía mía sino de otro tipo, un tipo al que aún tardaría muchos años en conocer, y luego encendía la tele y veía programas que no entendía en absoluto, hasta que me quedaba dormido en el sillón, y al día siguiente vuelta a lo mismo, la playa, el ambulatorio, otra vez la playa, los viejos, una rutina que a veces interrumpía la aparición de otros seres que aparecían en la playa, una mujer, por ejemplo, que siempre estaba de pie, que jamás se recostaba en la arena, que iba vestida con la parte de abajo de un bikini y con una camiseta azul, y que cuando entraba en el mar sólo se mojaba hasta las rodillas, y que leía un libro, como la vieja, pero estaba mujer lo leía de pie, y a veces se agachaba, aunque de una manera muy rara, y cogía una botella de pepsi de litro y medio y bebía, de pie, claro, y luego dejaba la botella sobre la toalla, que no sé para qué la había traído si no se tendía nunca sobre ella y tampoco se metía en el agua, y a veces esta mujer me daba miedo, me parecía excesivamente rara, pero la mayoría de las veces sólo me daba pena, y también vi otras cosas extrañas, en la playa siempre pasan cosas así, tal vez porque es el único sitio en donde todos estamos medio desnudos, pero que no tenían demasiada importancia, una vez creí ver a un ex yonqui como yo, mientras caminaba por la orilla, sentado en un montículo de arena con un niño de meses sobre las piernas, y otra vez vi a unas chicas rusas, tres chicas rusas, que probablemente eran putas y que hablaban, las tres, por un teléfono móvil y se reían, pero la verdad es que lo que más me interesaba era la pareja de viejos, en parte porque tenía la impresión de que el viejo se iba a morir en cualquier instante, y cuando pensaba esto, o cuando me daba cuenta de que estaba pensando esto, el resultado era que se me ocurrían ideas disparatadas, como que tras la muerte del viejo iba a ocurrir un maremoto, el pueblo destruido por una ola gigantesca, o como que iba a ponerse a temblar, un terremoto de gran magnitud que haría desaparecer el pueblo entero en medio de una ola de polvo, y cuando pensaba lo que acabo de decir ocultaba la cabeza entre las manos y me ponía a llorar, y mientras lloraba soñaba (o imaginaba) que era de noche, digamos las tres de la mañana, y que yo salía de mi casa y me iba a la playa, y en la playa encontraba al viejo tendido sobre la arena, y en el cielo, junto a las otras estrellas, pero más cerca de la Tierra que las otras estrellas, brillaba un sol negro, un enorme sol negro y silencioso, y yo bajaba a la playa y me tendía también sobre la arena, las dos únicas personas en la playa éramos el viejo y yo, y cuando volvía a abrir los ojos me daba cuenta de que las putas rusas y la chica que siempre estaba de pie y el ex yonqui con el niño en brazos me contemplaban con curiosidad, preguntándose acaso quién podía ser aquel tipo tan raro, el tipo que tenía los hombros y la espalda quemados, y hasta la vieja me observaba desde la frescura de su sombrilla, interrumpida la lectura de su libro interminable por unos segundos, preguntándose tal vez quién era aquel joven que lloraba en silencio, un joven de 35 años que no tenía nada, pero que estaba recobrando la voluntad y el valor y que sabía que aún iba a vivir un tiempo más.


En Algún Día │Roberto Bolaño.