Las invasiones bárbaras.
Las invasiones bárbaras. Texto: Antonio Soler. Diario Sur.08.05.2011.
“Entre la pesadumbre y el espanto uno observa la fotografía y si fuese beato se santiguaría para dar gracias por no haber estado allí. La plaza de la Constitución convertida en un escenario de baile de salón para cruceristas. Momias, jóvenes con el cerebro en alquiler, trenzados en un baile feliz acabando de convertir el centro de una ciudad que se soñaba moderna en un parque temático. Ya no basta con que la calle Larios tenga esa vocación ni que muchas de las calles adyacentes se hayan convertido en una especie de Carihuela tomada por sombrillas, mesas y parafernalia del buen turista. Ahora se ensaya ese último toque para convertir en Disneylandia lo que debería ser el dinámico centro de una ciudad con algo más de futuro que el de la pachanga.
El turismo como fuente de riqueza, inevitable. Pero hay diferentes turismos, diferentes calidades que van desde la ganadería fina al turismo de élite, pasando por el cultural. Vender baratijas y dos cocacolas a cambio de convertir la ciudad en escenario para el esperpento no significa invertir de cara al futuro. Es un modo de abaratar el concepto turístico y sobre todo el concepto del ciudadano que ha de ver convertidas las calles supuestamente más nobles de su ciudad en un espectáculo hortera. «Bienvenido mister Marshall» again. Cualquier cosa para seducir un turismo de bajo perfil que se lo traga todo. Las ciudades se crean identidades, sellos que, por arriba o por abajo, las distinguen.
El planeta globalizado ha acotado las posibilidades del viajero -aquel ser inquieto que explora el mundo en busca de lo distinto para ensanchar sus horizontes-. El viajero ha sido sustituido por un turista que al viajar solo busca lo conocido. El turista no viaja, simplemente se traslada, para comer lo que ya conoce y estar en lugares neutros en los que la decoración cambia pero la esencia es la misma que dejó en su casa. Una musiquilla de mariachis, zíngaros o cantantes aflamencados y un sello en el pasaporte además de unas fotos al lado de un monumento es lo que va a distinguir un lugar de otro. Parece que, esgrimiendo unas supuestas prioridades económicas a cortísimo plazo, hay mucha gente interesada en que Málaga luzca ese marchamo barato, material previsible y facilón para visitantes poco exigentes. No basta con inaugurar un museo cada día. Hay que dotarlos de un espíritu que no es compatible con el baile de pasodobles en la plaza del pueblo. En ‘Aprendiendo de Las Vegas’, un viejo libro que ilumina este fenómeno, se dice que «está muy bien decorar una construcción, pero nunca construyamos la decoración». Pues eso, intentemos vender lo que somos, no lo que se piensan que debemos ser. Porque en el fondo, esto último encierra un gran complejo, el de creer que no somos nada y que nada tenemos que ofrecer”.
En Algún Día: Antonio Soler.
El detective privado.
El detective privado. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 13.03.2011.
Nuestras historias privadas se pueden volver irreconocibles al pasar de boca en boca. Todas las personas que conocemos nos inventan. La familia, los propios amigos, seguro que expresan opiniones a nuestras espaldas que nos sorprenderían y no siempre de manera agradable. A menudo ocurre que ellos contemplan a una persona muy alejada de la que nosotros creemos ser. Desde que recuerdo, siempre he tenido una enorme curiosidad por descubrir lo que los demás murmuran de mí cuando no estoy delante.
Un día me puse a investigar. Cada vez que salía con alguien le preguntaba lo que opinaba de tal o cual conocido y la persona en cuestión se explayaba. Me ponía en el lugar del hombre o la mujer que estábamos criticando y me sentía realmente mal. No me habría gustado que nadie dijera esas cosas de mí. Me refiero a pequeños detalles que a primera vista parecían carecer de importancia pero que enturbiaban la imagen del ausente. Me dediqué a tirar de la lengua a los amigos sobre conocidos comunes y la mayoría de ellos salieron bastante mal parados. Algunos recibían críticas más benevolentes pero siempre surgía algún comentario oscuro, alguna inquietante duda que ensombrecía su pasado. Llegué a la conclusión de que existía una extraña necesidad de desprestigiar a todo el mundo.
Al llegar a casa, apuntaba los comentarios en una libreta. Llegué a reunir varias libretas que todavía guardo y que ayer me puse a revisar. He pensado en escribir una novela con los juicios que he ido recogiendo durante los últimos años. Pero resultaría terrible que los protagonistas del libro descubrieran la falsedad de las relaciones que han mantenido a lo largo de su vida. ¿Quién iba a pensar que las personas que más querían y en las que más confiaban eran sus peores enemigos? Las personas que más queremos son las que poseen mayor capacidad para herirnos.
A medida que investigaba e iba descubriendo lo que realmente pensaban unos de otros, me fui aislando en mi propio mundo. Cuando me acostaba no lograba conciliar el sueño imaginando las calumnias que dirían de mí. Al final, no llamaba a nadie por teléfono y cuando alguien trataba de comunicarse conmigo apenas hablaba. Dejé de salir con los amigos y las escasas ocasiones que me convencieron para vernos me mantuve distante y callado. Me llamó la atención que mi cambio de actitud no les alarmó. Ellos conversaban amigablemente, se reían, eran felices. Sin embargo, yo sabía el desprecio que ocultaban. Me entraban ganas de interrumpirlos y decirles a la cara lo que me habían confesado en privado. Pero los detectives privados tienen que desvelar el resultado de las investigaciones sólo a sus clientes y en este caso yo era mi propio cliente.
En Algún Día│José Antonio Garriga Vela.
El cazador.
El Cazador. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 13.02.2011.
No le gustaba matar sino permanecer atento al silencio, a los misteriosos sonidos del alba, cuando la vida despierta en el bosque. La escopeta era un pretexto para que lo dejaran en paz, solo y tranquilo en su puesto de vigilancia. La caza significaba para él una representación de la vida y la muerte. A veces, disparaba al aire para que los demás cazadores no sospecharan de él y también para espantar los temores que poblaban su cabeza. Cuando la detonación resonaba en las montañas sentía un raro alivio, como si acabara de disparar a la muerte que se oculta y nos acecha entre la maleza para sorprendernos cuando menos la esperamos. Luego los cazadores se reunían y se hacían fotos junto a las piezas capturadas. Aquellos hermosos animales que yacían abatidos le producían una enorme tristeza. Le conmovían sus miradas lastimeras que aún mantenían en la retina la imagen del miedo.
Cada día le atraía menos vivir en aquella ciudad que se había convertido en un coto de caza. Un lugar privado en manos de unos cuantos desaprensivos que se dedicaban a jugar con la gente. Salía a la calle y descubría que allí, al contrario que en el bosque, nadie respetaba las normas. Los furtivos estaban por todas partes. Entonces se encerraba en su casa igual que el animal asustado se oculta en la madriguera. Aquella inquietante soledad no tenía nada que ver con la profunda libertad que sentía en el bosque. La ciudad estaba repleta de trampas. Los hombres eran mucho más peligrosos que los nobles animales salvajes. Los hombres eran capaces de traicionar a su propio hermano por una miserable cantidad de dinero. Él también había llegado a la conclusión de que cuanto más conocía a los hombres más quería a su perro. Últimamente le rondaba la cabeza un pensamiento asesino. Le daba por imaginar que celebraba una partida de caza con los hombres más poderosos de la ciudad y que los iba eliminando accidentalmente. En vez de disparar al aire lo hacía contra ellos. Después salía en la foto, orgulloso y sonriente, con los cuerpos de los enemigos a sus pies. Pero eso no eran más que fantasías. Un simple desahogo.
Desde hace algún tiempo, se levanta de noche y va al bosque a ver amanecer. No lleva el rifle ni se viste con la ropa de caza. Simplemente, se monta en el coche y se dirige al bosque para asistir al nacimiento de un nuevo día. Le reconforta el olor de la tierra, los sonidos misteriosos del bosque, la luz del día. Le gusta cazar amaneceres. Después acude al trabajo. Los compañeros le observan con desconfianza. Él sabe que no puede bajar las armas y relajarse como hace todos los días en el corazón del bosque, porque al mínimo descuido cualquiera de ellos estaría dispuesto a eliminarlo.
En Algún Día│José Antonio Garriga Vela.
La rutina.
La rutina. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 06.02.2011.
Siempre he procurado escapar de la rutina. No hay nada peor que hacer casi todos los días lo mismo. La rutina mata la imaginación. Hace años, cada vez que descubría que me estaba adaptando demasiado a las circunstancias cambiaba radicalmente de manera de vivir. No me permitía ningún tipo de sumisión al fantasma de la rutina. Me he mudado diecinueve veces de casa y he procurado viajar lo máximo posible con el fin de alejarme de mi mundo particular y observarme con perspectiva desde la distancia. Me atrae la distancia. Estar fuera. Pero el mundo se vuelve pequeño y doméstico a medida que pasan los años. La aventura de viajar se ha convertido en algo tan vulgar como ir al cine. Se acabaron los pioneros. Ya todo está descubierto y hay colas de turistas listos para fotografiar el último vestigio de un universo perdido. Lo único que se me ocurre es visitar las antípodas, pero estoy seguro de que allí me encontraría con algún tipo como yo y acabaría maldiciendo el día que tomé la decisión. No me refiero a las antípodas geográficas sino personales. Ir allí donde no haya nada que evoque mi propio pasado. Mi educación. Los cimientos de mi vida.
Suelo viajar en febrero a cualquier país lejano. Otra rutina. Sin embargo, no creo que vaya a ningún sitio este mes. He mirado el mapamundi. Le he dado vueltas y más vueltas al mapamundi y a mi cabeza. Al final, nada me ha atraído con la suficiente fuerza como para decidirme a hacer la maleta. Temo que lo que yo busco haya desaparecido. El mundo entero se ha convertido en un parque temático. La única salida posible consiste en escapar sin moverse del cuarto en el que estamos encerrados. El único boicot a la rutina es ausentarnos mentalmente del lugar en el que estamos. Si todos los empleados estuvieran en la inopia mientras trabajan seguramente se acabarían cerrando todas las empresas. Eso desembocaría en una auténtica crisis. Pero la rutina es poderosa y nos obliga a funcionar. La maldita rutina de tener que comer, dormir, cuidar de las personas que queremos y mantener una vida discretamente cómoda. Me he propuesto ir paulatinamente reduciendo las necesidades hasta convertirme en puro espíritu y nada más.
Lo peor de todo es la rutina de la muerte de la que nadie se libra. Me gustaría ser una excepción, pero resulta muy complicado. Yo diría que imposible. Hay costumbres que matan y la costumbre de la muerte es la más sanguinaria. Ahora dedico todo mi tiempo a tratar de superarla. Pero, ¿cómo se consigue la inmortalidad? Y además, suponiendo que lo consiguiera y rompiese con la rutina de la muerte, ¿qué haría para distraerme durante tantos siglos y siglos sin caer en la rutina?
En Algún Día│José Antonio Garriga Vela.
El año que vivimos pobremente.
El año que vivimos pobremente. Texto: Antonio Soler. Diario Sur.02.01.2011.
“No se sabe si el descenso a los infiernos económicos servirá de algo. Si el cuento de Navidad tendrá moraleja y si la moraleja calará en el alma de alguien una vez que salga el sol y la Navidad sea sólo bruma, un propósito de enmienda, el desvarío de una borrachera sentimental. Dickens nos cuenta que su mister Scrooge quedó corregido para siempre, que el aprendizaje al que lo sometió el fantasma lo sacó eternamente de la miseria moral en la que andaba sumergido. Lo que no sabemos es si nosotros sacaremos aprendizaje de la miseria o volvermos a ser unos fantasmas, si la crisis que nos ha depsojado de toda la purpurina finalmente nos ayudará a extraer conclusiones profundas o si al doblar la primera esquina de la prosperidad nos volveremos a enfundar el petulante traje de los nuevos ricos y a vivir dentro de un nuevo espejismo.
Aseguran que ya hemos pasado por lo más estrecho del campo de minas, por ese tramo donde las espoletas estaban más juntas a pesar de que la sensación es que el laberinto sigue siendo estrecho y el peligro abundante. El fondo de las arenas movedizas siempre es incierto y a nadie le sorprende demasiado que exista esta sensación. Los destrozos se siguen viendo por todas partes, a nuestro alrededor continúan cayendo parados, cascotes de empresas dinamitadas, los escombros del estado del bienestar que creíamos conquistado para la eternidad, este derrumbe. Dicen que el capitalismo es un castillo de naipes. Un castillo de naipes y un ventilador que lo echa por tierra para que la construcción vuelva a comenzar. Un bucle. La baraja no da para más. Ahora, además, los dueños del ventilador no conocen fronteras ni regímenes ni jefes. Han sometido a la política y a los gobiernos y está por ver si nos devuelven aquel reino que creíamos conquistado. Somos los peones del juego y seremos los vasallos si no encontramos y asimilamos y digerimos la moraleja de este capítulo.
Seremos irremisible y definitivamente pobres si aceptamos todo lo que ha ocurrido en los últimos tiempos como un mero pasaje económico, una cuestión relativa a bancos, bolsa, préstamos basura y tiburones financieros. Hemos asistido a un naufragio, sabemos que no somos ni inmunes a las mareas ni invencibles ni intocables y que todos esos abalorios que llevábamos con nosotros como elementos de primera necesidad no son más que el oropel con que nos habían disfrazado la realidad. Tendríamos que haber aprendido a distinguir lo superfluo de lo esencial. La vieja prédica de Machado, distinguir valor y precio. Si no lo hacemos, estos años, sí, habremos vivido pobremente pero los próximos serán todavía peores, aunque el Ibex vuelva al cielo y los marcadores internacionales digan otra vez que somos los hijos de un nuevo milagro, los habitantes de un renovado castillo de naipes usados”.
En Algún Día: Antonio Soler.
2011…
Desde Alguna Parte les deseamos un feliz año 2011. MUCHAS GRACIAS por continuar pasando por aquí un año más…
Robos.
Robos. Texto: Antonio Soler. Diario Sur.26.12.2010.
“De tienda en tienda, atorando las escaleras mecánicas de los centros comerciales, va la tropa comprando y repartiendo felicidades. La navidad se expande como un gas empalagoso mientras las dependientas envuelven regalos con ímpetu fabril. Les están poniendo el lazo rojo a los ataúdes. Eso que venden, discos, películas, libros, serán la reliquia del porvenir, la repetición monotemática a la que estarán condenados los futuros compradores navideños. Porque no habrá más. La creación está siendo llevada al paredón con escolta de fanfarria.
Después de la caída de la ley Sinde, España vuelve a la caverna y enarbola orgullosa esta prodigiosa ostentación de analfabetsmo ante la relamida Europa que preserva a sus artistas. Los políticos de la oposición, haciendo un vergonzante alarde de populismo, sellan el pasaporte de los ladrones y les dan certificado de buena conducta -de excelencia lo llamarán en estos tiempos de navaja verbal y virtual-. Pueden robar música, cine y próximamente literatura, porque lo contrario sería negarles el acceso a la cultura. Qué gran espíritu por la ilustración se ha levantado repentinamente entre la clase política, qué preocupación por extender la cultura del hurto y el expolio. Y el ladrón respira tranquilo, respira a fondo y escupe sobre esos macarras que le querían cortar el paso. Ahora el ladrón tiene el aval político, el crédito social que legitima su delito e incluso lo enaltece con ese adorno del adjetivo cultural.
¿Y no es una limitación a la cultura cobrar un libro en El Corte Inglés? ¿Y los que fabrican la cultura? Ah, esos señoritos, esos engreídos que además de dedicarse a lo que quieren pretenden cobrar, huir de su condición mendicante. El artista, el creador, debe ser un tipo despegado de las miserias terrenales, un bohemio que está pagado más que suficientemente con la peculiaridad de su trabajo y no un proxeneta que comercia con el arte. El artista y los que trabajan en esa industria, mezcladores de sonido, técnicos, correctores, eléctricos, distribuidores. Al paro. Que aprendan. Y si dentro de cinco años, de veinte o de los que sea se derrumba definitivamente el negocio no importa, vemos las mismas películas, oímos la misma música y leemos los mismos libros, y si no hay renovación que no la haya y si no hay progreso que no lo haya. Lo que importa es arruinar el sector cultural. Ladrones sin camiseta de rayas ni antifaz, aficionados de medio pelo entregados al saqueo, unos acosados por el mileurismo pero otros predicando desde la comodidad del funcionariado sobre el destino circense que deben seguir los creadores. Representantes de la España más oscura que ahora se sienten europeos y hasta universales porque dos veces al año se pasean por las plazas turísticas de Europa o por la orilla de Brooklyn sin que se les pegue otra cosa más que la mugre del camino”.
En Algún Día: Antonio Soler.
Libros.
Libros. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 26.12.2010.
“La otra noche iba hacia casa cuando me encontré un montón de libros abandonados junto a un contenedor de basura. Me acerqué a curiosear y descubrí que estaban mis títulos favoritos. Cualquiera de ellos podía formar parte de mi biblioteca. Alguien que posee esos libros no los abandona así como así. Estaba claro que eran robados y por cualquier extraño motivo el ladrón había decidido deshacerse del botín. También se me pasó por la cabeza la posibilidad de que el dueño de aquellos libros hubiera muerto y los herederos no tuvieran la menor idea de literatura. El caso es que me encontraba allí, delante de más de cien fabulosos libros. La ansiedad por rescatarlos y llevarlos a casa me impedía reflexionar tranquilamente.
Me había olvidado el móvil y por lo tanto no podía llamar a nadie para que me ayudara a realizar el traslado. Pensé en hacer varios viajes, pero corría el riesgo de que alguien los descubriera mientras hacia alguno de los portes. Entonces se me ocurrió ordenarlos como si estuviera en mi propia casa. Los fui amontonando por género y autor. Estaba enfrascado en la tarea cuando me llevé una enorme sorpresa al encontrarme con varios de mis libros. Me invadió una mezcla de alegría y decepción. Me consoló el hecho de que también habían abandonado a Conrad y Melville. Los transeúntes me miraban de soslayo y tuve la sensación de que alguno lo hacía con envidia. Cuando terminé de ordenarlos, me senté en la acera a pensar en una solución. Se me ocurrió parar un taxi, aunque estaba a cincuenta metros de mi casa y el taxista me tomaría por loco. No importaba. Le contaría la verdad. Le diría que era un bibliófilo y que me había encontrado con un tesoro que no podía despreciar. No importaba que ya tuviera todos los títulos. En ese instante, reflexioné más detenidamente. ¿Para que quería tener tantos libros repetidos? Estaba bien que me llevara las novelas que yo había escrito para después regalarlas, pero era absurdo cargar con el resto de ejemplares.
No fue fácil tomar la decisión de llevarme sólo mis novelas, pero lo hice. Estaba deseando llegar a casa para telefonear a mis amigos y decirles que acudieran inmediatamente a recoger los libros restantes. Yo mismo los custodiaría hasta que ellos llegaran. Pero al subir en el ascensor, me invadió una terrible duda que hasta ese instante no me había planteado. ¿Y si un ladrón había entrado en casa mientras yo estaba fuera? ¿Cómo iba a tener nadie exactamente las mismas ediciones que yo poseía desde hacía tantos años? Además, ¿no era demasiada casualidad que ahí estuvieran todas las novelas que yo había publicado? ¿Cómo no se me había ocurrido mirar si tenían puesto el nombre del dueño? No esperé a llegar a casa para comprobarlo. Pulsé el botón de stop del ascensor y volví a bajar. Salí a la calle y me dirigí al contenedor con la terrible inquietud de no encontrarlos”.
En Algún Día│José Antonio Garriga Vela.
Querido Scrooge…

“¡Oh! Pero Scrooge era atrozmente tacaño, avaro, cruel, desalmado, miserable, codicioso, incorregible, duro y esquinado como el pedernal, pero del cual ningún eslabón había arrancado nunca una chispa generosa; secreto y retraído y solitario como una ostra. El frío de su interior le helaba las viejas facciones, le amorataba la nariz afilada, le arrugaba las mejillas, le entorpecía la marcha, le enrojecía los ojos, le ponía azules los delgados labios; hablaba astutamente y con voz áspera. Fría escarcha cubría su cabeza y sus cejas y su barba de alambre. Siempre llevaba consigo su temperatura bajo cero; helaba su despacho en los días caniculares y no lo templaba ni un grado en Navidad.
(…) Jamás le detuvo nadie en la calle para decirle alegremente: “Querido Scrooge, ¿cómo estáis? ¿Cuándo iréis a verme?” Ningún mendigo le pedía limosna, ningún niño le preguntaba qué hora era, ningún hombre ni mujer le preguntaron en toda su vida por dónde se iba a tal o cual sitio. Aun los perros de los ciegos parecían conocerle, y cuando le veían acercarse arrastraban a sus amos hacia los portales o hacia las callejuelas, y entonces meneaban la cola como diciendo: “Es mejor ser ciego que tener mal ojo”.
(…)
(…) “Scrooge hizo más de lo que había dicho. Hizo todo e infinitamente más: y respecto de Tíny Tim, que no murió, fue para él un segundo padre. Se hizo tan buen amigo, tan buen maestro y tan buen hombre, como el mejor ciudadano de una ciudad, de una población o de una aldea del bueno y viejo mundo. Algunos se rieron al verle cambiado; pero él les dejó reír y no se preocupó, pues era lo bastante juicioso para saber que nunca sucedió nada bueno en este planeta que no empezara por hacer reír a algunos: y comprendiendo que aquéllos estaban ciegos, pensó que tanto vale que arruguen los ojos a fuerza de reír, como que la enfermedad se manifiesta en forma menos atractiva. Su propio corazón reía, y con eso tenía bastante.
No volvió a tener trato con los aparecidos, pero en adelante tuvo mucho más con los amigos y con la familia, y siempre se dijo que, si algún hombre poseía la sabiduría de celebrar respetuosamente la fiesta de Navidad, ese hombre era Scrooge.
¡Ojalá se diga con verdad lo mismo de nosotros, de todos nosotros! Y también, como hacía notar Tiny Tim, ¡Dios nos bendiga a todos!”
Cuento de Navidad, de Charles Dickens.
Sueños.
Sueños. Texto: Antonio Soler. Diario Sur.12.12.2010.
“Europa es una vieja fábrica de sueños a la que los estudiantes ingleses le rompen las vitrinas mientras los operarios municipales de todo el continente la adornan de Navidad. Los sueños se desploman como las estatuas de los atletas drogados. Más lejos, más alto, más fuerte, más dopado. Al espíritu del barón de Coubertin le faltaba la última cláusula. Las princesas del tartán se convierten en traficantes al dar la medianoche en el reloj del estadio. Las moralejas de los cuentos se están viniendo abajo. Ha llegado el tiempo de la culpa o de la verdad. Por lo visto, una cosa y otra ya vienen a significar lo mismo. Los secretos vuelan por medio mundo gracias a un potente ventilador australiano. Sólo nos va quedando el revés de los sueños. No la moraleja del cuento, sino el cuento mismo. Mario Vargas Llosa. La defensa de la mentira, la defensa de la ficción como único camino para llegar a las puertas de la verdad, sin poseerla ni apropiársela nunca, sólo rozándola y sin ser dueños de ella ni de ningún sueño, sólo del motor de los sueños.
La ropa tendida en mitad de la calle. Moratinos, Aznar, Trinidad Jiménez, Zapatero, Rajoy, sus comidillas y su ropa interior puestas en tendedero público. Lo que casi todos sospechábamos. Chavez es un payaso para la hoy ministra de Exteriores, Evo Morales un ignorante para el anterior jefe de nuestra diplomacia. Es lo que se decía al caer el telón de la comedia. En las pistas de atletismo también dicen que era un secreto a voces todo lo que ahora destapa la Operación Galgo. Podencos, perdigueros, caniches. Todos ladrando en clave para que entendamos a medias. Es su oficio. Mientras, en Estocolmo, el contador de mentiras, Varguitas, el de la casa verde y las guerras del fin del mundo, el cachorro, el destripador de Flaubert, Onetti y Victor Hugo, el escribidor, decía en voz alta, en un micrófono que no se había quedado abierto sino que él lleva abriendo a conciencia hace medio siglo, lo que otros susurraban en un rincón de las recepciones o en el confesionario de la embajada norteamericana. Denunciaba el populismo, la democracia jorobada del altiplano, del Caribe, de los de la guayabera y el terno pseudomilitar. Y señalaba el camino de la literatura y el conocimiento como una vía para acabar con las patrañas y con las fronteras, fortificadas, impenetrables, de la ignorancia. La gran herramienta de los tiranos.
Sí, Europa es un sueño con carcoma al que siguen llegando náufragos y europeos nacidos en otras partes del mundo, como Vargas Llosa. Vuelan los pesados telones que encerraban secretos, se derrumban con un estruendo sordo héroes fabricados en laboratorios clandestinos o en salones de pasos perdidos. Atletas y revolucionarios de pacotilla. Alguien ha abierto el retrete de la diplomacia. Y en medio, el fabricante de las mentiras dice la verdad”.
En Algún Día: Antonio Soler.
In Memoriam.
In memoriam. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 12.12.2010.
A medida que cumplimos años solo nos queda la memoria, me dijo una vez Alfonso. Hablaba poco pero de vez en cuando pronunciaba alguna de esas frases impactantes que difícilmente se olvidan. Nos veíamos todos los días excepto los domingos. Yo iba por las mañanas a recogerlo a su casa y lo llevaba a dar una vuelta por el Paseo Marítimo. Mi misión consistía en empujar la silla de ruedas durante el tiempo que habíamos establecido. Nada más. Para eso me pagaba. Siempre hacíamos el mismo recorrido y siempre se quedaba callado en el mismo sitio frente al mar, mirando el horizonte. Como si esa fuera la distancia de la memoria y allí, al final, estuvieran sus moradores.
Solo se vive dos veces, me dijo en otra ocasión. Y como siempre, después de pronunciar una de sus frases célebres, se quedaba de nuevo en silencio, como el hombre que en sueños dice una frase en voz alta y luego vuelve a dormirse. Cuando él hablaba, yo solía detenerme para escucharlo. Me parecía de mala educación dejarlo hablar solo con el mar, con el aire, con cualquiera excepto con el joven estudiante que lo acompañaba. Estaba con él dos horas y luego lo llevaba de vuelta a casa. Así todos los días de once a una. Los domingos descansaba.
Nunca le hice preguntas. No sabía si vivía solo o acompañado; si alguien lo cuidaba o tenía que valerse por sí mismo. No quise implicarme en nada personal porque, desde el principio, intuí que se trataba de un hombre extremadamente celoso de su vida privada. A lo largo del año y medio que estuve a su servicio nunca vi a ninguna otra persona en su casa, aunque yo no traspasaba el umbral de la puerta. Cuando iba a recogerlo, él estaba esperándome en el recibidor. Llegué a la conclusión de que vivía solo y no me explicaba cómo se las arreglaba para hacerse la comida, ir al baño o meterse en la cama. Una vez me crucé en el rellano con una mujer de alrededor de cuarenta años que estaba esperando el ascensor. Creo que aquella mujer acababa de salir del piso de Alfonso.
He de reconocer que sentía curiosidad por conocer su vida, pero no me gusta hacer preguntas. A menudo la gente se confiesa conmigo y yo escucho en silencio, pero Alfonso sólo pronunciaba palabras sueltas sin sentido. Me resultaba extraño que nadie se parara a hablar con él por la calle o simplemente lo saludara. Los inquilinos del edificio nos miraban de soslayo como si fuéramos dos individuos sospechosos. Un lunes fui a buscarlo y el conserje me dijo que había muerto el sábado por la noche. Era un viejo solitario y amargado, me dijo, pero al menos era alguien. En el otro mundo, quién sabe lo que le espera. Le pregunté si Alfonso tenía familiares o amigos y me respondió que en su casa siempre había alguien. Cuando paso por las noches a recoger la basura le oigo hablar con su mujer, con sus amigos, con sus padres… No se puede imaginar la de gente que vive en esa casa.
En Algún Día│José Antonio Garriga Vela.
Elogio de la lectura y la ficción.
Discurso ofrecido por Mario Vargas Llosa ante la Academia Sueca durante la ceremonia de entrega del Premio Nobel de Literatura de 2010. (Estocolmo, 07 de diciembre).
(Descargar texto en PDF aquí)
“Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.
Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.
No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma -la escritura y la estructura- lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.
Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.
Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.
Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julien Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos -aunque nunca llegaremos a alcanzarla- a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.
En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy -que trato de ser- fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Rével, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.
De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general De Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.
De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudo democracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.
Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman “las raíces”, mis vínculos con mi propio país -lo que tampoco tendría mucha importancia-, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.
Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de África del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si -el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan- el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de Estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.
Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de “todas las sangres”. No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y a la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!
La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.
Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso -triste consuelo- descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.
De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.
Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de cómo, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.
Detesto toda forma de nacionalismo, ideología -o, más bien, religión- provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.
No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.
El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban “el pie ajeno” -lindo y triste apelativo-, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebés al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño -la llamábamos el Barrio Alegre-, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.
El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: ‘Mario, para lo único que tú sirves es para escribir”.
Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.
Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. “Escribir es una manera de vivir”, dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.
Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).
La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.
Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas -rayos, truenos, gruñidos de las fieras-, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.
Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.
De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible”.
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Historia de una mujer.
Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 28.11.2010.
Cuando le dije que lo más complicado para un escritor de novelas solía ser encontrar una buena historia, me contestó que la mirase, «¿ve lo pequeña que soy?», me preguntó, yo asentí, realmente aquella mujer no mediría más de metro y medio, «pues este cuerpo tan chico tiene muchas historias, muchas». Luego me contó un par de experiencias realmente espeluznantes. Tras oírla, me quedé petrificado. No supe que decirle. Una sola de esas experiencias habría marcado para siempre la vida de cualquier persona. Yo, en su lugar, estaría destruido. Traté de encontrar un resquicio de esperanza por el que insuflarle ánimos, pero no lo encontré. Lo más probable es que otras personas más cercanas ya hubieran intentado consolarla, aunque ella no daba la impresión de necesitar ayuda para sobrellevar su calvario. Me dijo que tenía setenta y cinco años. Antes de despedirnos sonrió e hizo amago de ponerse a bailar, como si con ese gesto pudiera borrar las palabras que había pronunciado. Esa mujer tenía la gracia de las personas que vienen de vuelta de la desgracia.
Durante unos días estuve dando un taller de escritura a personas mayores. Allí la conocí. Al regresar a casa, conducía pensando en la sonrisa transparente de aquella mujer cargada de historias infelices. Me conmovió su enorme voluntad. ¿Cómo después de las tragedias que le habían sucedido tenía fuerzas para levantarse todas las mañanas y afrontar la vida con tan buen humor? Yo, en su lugar, estaría abatido. ¿Acaso todavía guardaba alguna remota esperanza de solucionar los problemas? Estoy seguro de que no. Pero no cesaba de buscar motivos que la impulsaran a seguir mirando hacia adelante con el máximo optimismo. Al contrario que tantos de nosotros, que afrontamos con desidia y tristeza la modesta felicidad de la vida cotidiana.
Cualquiera de las historias que me contó aquella mujer era suficiente para inspirar una novela. Sin embargo, no me atreví a escribir nada. Además, si alguna vez decidiera hacerlo, nadie se lo creería. La vida está repleta de historias reales que parecen mentira. Existen personajes tan malvados que resultarían falsos si los describiéramos tal como son. Sin embargo existen, están ahí, entre nosotros, dispuestos a eclipsar la imaginación del novelista más perverso del mundo.
Desde que conocí a esa mujer no he sido capaz de escribir una línea, porque todas las historias que se me ocurren me resultan vanas y frívolas al compararlas con la suya. No sé si alguna vez tendré el valor de escribir lo que me contó. Al recordar sus palabras me estremezco como un niño asustado. Me da miedo meterme en su piel y conocer el infierno.
En Algún Día│ José Antonio Garriga Vela.
El guardián de los secretos.
El guardián de los secretos. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 03.10.2010.
Soy una tumba. Cuando alguien me confía un secreto jamás lo desvelo a nadie. No hago ni una excepción. Mis amigos, mis familiares, e incluso algunos conocidos con los que apenas mantengo relación, se citan conmigo para desahogarse. Yo los escucho en silencio. A menudo siento pudor por las cosas que me cuentan y preferiría no saber nada, pero ellos me han elegido y no puedo defraudarlos. Paso una parte importante de la vida oyendo a los demás, como un confesor o un psicólogo. En ocasiones tengo la tentación de aprovechar ciertos secretos para introducirlos en mis relatos, pero me siento incapaz de hacer pública una confidencia. ¿Se imaginan a un sacerdote revelando públicamente un secreto de confesión? Pues en mi caso es lo mismo.
Hay innumerables asuntos que sólo sus protagonistas y yo conocemos. En cierta ocasión, alguien me confesó un crimen. No exagero. No miento. Ese asesinato permanece inmune y estoy convencido de que nunca se descubrirá. Fue un asesinato perfecto. La persona que lo ejecutó me citó una tarde en la terraza de una cafetería del centro. Me dijo que necesitaba contarme algo terrible y me hizo prometer que guardaría el secreto. Ya me conoces, le respondí. Entonces me relató una historia espeluznante. Aquella noche no pude dormir. Cualquiera en mi lugar habría descolgado el teléfono y denunciado el crimen a la policía, sin embargo yo no pude hacerlo. Han pasado muchos años desde aquella tarde y el asesino es un ciudadano corriente que continúa libre. Yo soy su cómplice y, lo que es peor, su coartada. El asesino cuidó hasta el último detalle y preparó con tal precisión el homicidio que la víctima expiró durante el tiempo en que él estaba conmigo confesándome el crimen. La muerte, lenta y terrible, se produjo en el preciso instante en que el asesino tomaba café conmigo en la Plaza de las Flores. Si la policía lo detenía, el asesino se ampararía en mí y en el camarero del bar para demostrar su inocencia. De hecho, estuvo constantemente llamando la atención del camarero para que recordara su cara en el supuesto caso de que la policía lo detuviera y llamaran al camarero para testificar.
Me cuesta conciliar el sueño por las noches. Las voces de los secretos no me dejan dormir. Me preocupan tanto los problemas ajenos que suelo olvidar los propios. Me levanto cansado por las mañanas con la cabeza repleta de temores que nada tienen que ver con mi vida privada. Paso tanto tiempo callado oyendo las quejas de los confidentes que me he acostumbrado a permanecer siempre en silencio. Cuando estoy solo me dedico a prestar atención a los sonidos de la vida. Oigo el viento, la lluvia, los ruidos de la calle. Escucho el lamento del mar. Los pájaros. Los perros. Mientras yo permanezco quieto, como un centinela, protegiendo los secretos del mundo.
En Algún Día│José Antonio Garriga Vela.
El tiempo y los libros.
El tiempo y los libros. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 24.09.2010.
Me atraen los mares, los desiertos, los lugares donde la vista se pierde en el horizonte. Sin embargo, mi casa no tiene ni un rincón vacío. Los libros cubren las estanterías y se amontonan alrededor y encima de los muebles. Ya sé que los podría comprimir en un artefacto del tamaño de media cuartilla, pero necesito verlos constantemente aunque sólo sea de soslayo. Mi lugar de trabajo es el comedor. Paso el día entre libros en lugar de personas. Miro el lomo de los libros como si fuera el perfil de los amigos. Una compañía tranquila, fiel y silenciosa. Miro a Carver, Coetzee, Cheever, Conrad, que están a la izquierda del sofá ordenados alfabéticamente por autores extranjeros, y su presencia me evoca momentos felices.
La relación que guardo con los libros es similar a la que mantengo con esos viejos amigos que sólo veo de vez en cuando pero que al volver a encontrarnos enseguida recuperamos la antigua complicidad. Me gusta pasear entre los libros. No podría encerrarlos en un sitio tan frío e impersonal como un “e-book”. Un libro electrónico no posee papel, ni perfume, ni notas escritas a mano ni entradas de cine ni billetes de viajes ocultos entre sus páginas. Un “e-book” sería como poner una foto del mar o del desierto delante de mi terraza. El paso del tiempo y la aventura de vivir que se reflejan en los libros no admiten decoraciones.
Pertenezco a otra época y a una clase de personas que necesitan a su lado la presencia de los objetos queridos. Creo que lo que no vemos lo acabamos olvidando. Trasladar mis libros a un “e-book” sería como recluirlos en una residencia que poco a poco iría dejando de visitar. El desierto está fuera, igual que los océanos y el cielo infinito; sin embargo su alma es como un libro cerrado que desea caer en manos de algún lector.
Ya sé que todo el saber del mundo cabe en esos aparatos electrónicos que ocupan una miseria, pero yo soy fetichista y necesito acariciar el objeto de deseo y sentir el tacto del papel. Amo los libros y me resulta hermoso el natural deterioro que va produciendo la edad. Mis libros tienen escrito en la primera página mi nombre y la fecha en la que nos conocimos. Los más viejos guardan impresa la letra del niño que fui. El tiempo y los libros. No sería capaz de abandonarlos. No renuncio a ninguno. Los miro y me sonríen. Existe entre nosotros una secreta complicidad.
He de confesar que me atormenta una pesadilla: tengo la sensación de que vivo encerrado en un mundo de papel y que fuera hay alguien que tiene la facultad de encenderme y apagarme como si yo fuera un “e-book”. Entonces me invade el inquietante temor de que ese ser, desalmado y poderoso, me desplace a cualquier rincón y me olvide para siempre.
En Algún Día│ José Antonio Garriga Vela.
El mal hábito de la preocupación.
“Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.”
Mateo 6: 25-33. Versión Bíblica Reina-Valera (1960)
Libro de principios.
Libro de principios. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 04.09.2010.
Me dispongo a empezar una novela. No sé si es por casualidad, pero comienzo siempre las novelas en verano. Cuando la mayoría de las personas se van de vacaciones, yo me encierro a escribir. No tengo muy claro todavía cuál va a ser el argumento. Desde hace algún tiempo, tengo un “Libro de principios”, en el que escribo la primera frase de la historias que se me ocurren. Elegiré uno de esos principios y descartaré el resto. Una elección complicada. A menudo en la vida se nos plantean elecciones que cambian nuestro destino. En la literatura pasa igual. Miro hacia atrás. Veo los libros que he publicado. Mi padre sale en casi todos ellos. Mi padre es el héroe de mis novelas. Un héroe de papel. Creo que, desde su muerte, he tenido presente a mi padre más que cuando estaba vivo. Le oigo, y escribo lo que me dice. La literatura me permite hablar con los vivos y con los muertos, aunque aparentemente esté solo. Hablo solo. Escribo. Y empiezo a vivir una historia que sólo existe dentro de mi cabeza.
El otro día le dije a un periodista que elegir un tema era como decidirse a iniciar una relación. No sabemos el tiempo que va a durar ni qué sorpresas nos deparará en el futuro. La historia de una novela, como la de un amor, es la historia de una obsesión y sus consecuencias. Ahora me dispongo a vivir dos veces, una a través de la fantasía y otra a través de la realidad. Una doble vida. Al final la fantasía irá apoderándose de la realidad. Lo sé, me ha ocurrido otras veces. Me dispongo a consultar de nuevo el ‘Libro de principios’ de la misma manera que miraría la foto de una mujer con la que me dispusiera a realizar un matrimonio de conveniencia. Una boda amañada con alguien del que poco a poco te vas enamorando, hasta que todo acaba. Las novelas acaban cuando las palabras te abandonan. Después sólo queda el recuerdo. Nada más y nada menos que el recuerdo de una relación intensa.
Me ilusiona empezar una nueva novela y a la vez me produce vértigo, igual que sucede también con las relaciones amorosas. No me canso de empezar novelas. Muy pronto iniciaré una cierta amistad con los personajes que vivirán en esta casa. Ellos serán mis huéspedes, los fantasmas de los próximos meses. Nadie sabe durante cuánto tiempo permanecen las obsesiones, quizás meses, tal vez años o toda una vida. Mi última novela se demoró en el tiempo. La obsesión se prolongó durante varios años. Uno puede acabar loco. Se puede pasar la vida entera escribiendo la misma novela y no conseguir terminarla. ¿Cuántas novelas inacabadas yacen perdidas en las mentes de sus autores? ¿Cuántos cajones ocultan historias que nunca verán la luz?
Ahora todo está borroso en mi futura novela. El espacio, el tiempo, sus habitantes. La novela es un silencio plagado de voces. ¿Quién será mi nuevo héroe? He de decidirme por una historia u otra y siempre me ha costado tomar decisiones. A menudo las han tomado otros por mí. Me he dejado llevar por la inercia de los acontecimientos como quien se hace el muerto en el mar. Pero el escritor está solo y tiene que tomar a solas las decisiones. Hace dos años que se publicó mi última novela y ya ha transcurrido ese periodo de descompresión que necesito entre una historia y otra. Creo estar preparado para sumergirme de nuevo.
Dentro de unos días, el mundo de la imaginación me irá absorbiendo y apartando del mundo real. Me dará pereza salir a la calle y cuando lo haga descubriré a los personajes de la novela sentados en las terrazas de las cafeterías, se cruzarán conmigo por la calle, los veré de soslayo en la ventanilla de un autobús. Irrumpirán en mis sueños. Me despertaré por las mañanas y descubriré su presencia en el cuarto. Me sentaré a escribir sobre ellos. Mi casa se convertirá en un lugar ficticio. Cuando mis amigos me llamen por teléfono, daré un respingo delante del ordenador en el que estaré escribiendo la vida de los otros. Una vida interrumpe la otra y yo no sé en qué lado estoy, en qué mundo me encuentro. La atmósfera que me rodea no es la que existe en la realidad sino la que he creado en mi imaginación.
No paro de darle vueltas a la cabeza. Imagino que elijo uno de los principios que tengo anotados y trato de escribir mentalmente los primeros párrafos. ¿Con cuál de todos esos principios me sentiré más cómodo en el futuro? ¿Qué personaje me procurará mayor satisfacción y complicidad? Imagino mundos. Me introduzco en ellos. Viajo. Busco por las calles un hogar para los inquilinos de la ficción. Me detengo delante de las fachadas de los edificios construidos por la fantasía. Un lugar en el mundo.
Luego vendrá el placer de escribir. La voz. Ese ritmo interno que buscará una frase que engarce con la anterior y después otra y otra. El mundo se irá haciendo cada vez más grande y con él sus habitantes. Me instalaré en ese mundo y cuando salga a la calle caminaré ensimismado. Puedo pasar la vida entera en el mundo real con los pensamientos en otra parte. Puedo llegar a cruzarme con mi mejor amigo y no verlo. Puedo estar hablando con alguien y no enterarme de nada de lo que dice porque mis pensamientos están volcados en la aventura que bulle en mi cabeza. La obsesión que mencionaba antes. Cuando escribo una novela me transformo incluso físicamente. Soy más feliz cuando escribo, aunque cuente historias tristes. He escrito alguna vez que delante de quien se adora es un placer estar triste y yo adoro a los protagonistas de mis relatos. Ellos comparten mi hogar, mi vida. Los reclamo. Están ahí y empiezo a escribir la novela.
En Algún Día│ José Antonio Garriga Vela.
El cirujano ciego.
El cirujano ciego. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 15.08.2010.
“Hoy, domingo por la mañana temprano, me he levantado con la cabeza cargada de dudas. Llevo varias noches saliendo a cenar y acostándome tarde. Casi siempre en las reuniones se habla de los que no están presentes. ¿Cómo nos ven los otros? Todas las personas que conocemos nos inventan. Nosotros mismos no tenemos ni idea de la cantidad de personas diferentes que podemos llegar a ser. Eso me produce cierto temor. Nuestras historias suelen volverse irreconocibles al pasar de boca en boca. Seguramente nos llevaríamos alguna gran sorpresa si descubriéramos lo que dicen de nosotros los amigos. Pero, ¿cómo somos en realidad? ¿Acaso hay alguien que se reconozca a sí mismo como si fuera un libro? Quizás nuestra forma de ser la construimos con las opiniones de los otros. Nos dedicamos a escoger entre las distintas opiniones que se vierten sobre nosotros y luego las vamos uniendo hasta crear la personalidad. Una especie de Frankenstein. Es muy difícil explicar cómo somos. Pero todavía es mucho más difícil desvelar los enigmas de otros.
Están mal hechas las cosas. Cuando nos empezamos a enterar de qué va la vida, a menudo ya es demasiado tarde. La mayoría de las personas pasan el tiempo trabajando y preocupándose por el futuro para después morirse. La alegría de sobrevivir está teñida por la dolorosa certeza de que no podemos sobrevivir. Eso es lo que siempre me ha horrorizado, saber que todo termina.
El trabajo es el culpable de muchos problemas. «El trabajo no libera sino que esclaviza al hombre»; estas fueron las palabras que pronunció el catedrático de Derecho Laboral el primer día de clase. Se llamaba Vida. El caso es que las palabras de Vida me quedaron grabadas. Yo no deseaba ser esclavo de nadie. Creo que no lo he sido nunca, salvo de mis propias obsesiones. Pero procuraba no tener más obsesiones que las estrictamente necesarias. Y aún así, las traicionaba. Crecemos gracias a la deslealtad a nosotros mismos.
Ahora me viene a la memoria el cirujano chino que tras perder la vista seguía operando. Lo hacía a tientas en la oscuridad de su cerebro. Se sabía el cuerpo humano de memoria. Así transcurre la vida hasta que, de pronto, surge un problema y descubrimos que estamos ciegos, que todo lo que hemos aprendido no nos sirve para nada.
Creo que el calor y la humedad me revuelven la cabeza y acabo arrojando en público los pensamientos. Menos mal que alguien, en este preciso instante, llama al timbre. Al oírlo, resulta asombroso sentir como una oleada de afecto me invade. Me dirijo a abrir la puerta con la ansiosa impaciencia del perro que se pone en pie de un salto al oír el sonido de las llaves de su amo”.
En Algún Día│ José Antonio Garriga Vela.


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