Algún día en alguna parte

Pareceres varios del mundo del Arte y la Literatura.

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Las amantes del pintor Modigliani.

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El artista ha pasado a la historia tanto por sus pinturas de mujeres de cuello rosa e infinito como por sus parejas, que fueron tantas como borracheras. Sólo una le acompañó hasta el final: Jeanne Hébuterne, una muchacha lánguida con final trágico.

La pintora Beppo, una inglesa alta y desgarbada, que a principios del siglo pasado, con 18 años, se fugó de casa y dispuesta a cambiar el té con pastas por el calvados cayó en el París de entreguerras en medio de la bohemia de Montparnasse, me contó que había sido amiga de Modigliani. Un día el artista le pidió que posara de modelo para una escultura. Quería tallarla en madera y para eso robó una traviesa de la vía del metro de la estación de Barbès-Rochechouart. Beppo le ayudó a saltar la verja. Este robo se repetía a menudo. Por eso durante una época las esculturas de madera de Modigliani todas medían un metro y eran tan estilizadas. Aquella escultura ha desaparecido. Puede que la usaran como leña para calentar el cubículo de la plaza de Ravignan, en los altos de Montmartre, donde vivía el artista.

La pintora Beppo llegó a España en los años cincuenta casada con el príncipe tunecino Abdul Wahab, al que abandonó por un guitarrista gitano. En una taberna de Madrid, oyendo cantar a Pepe de la Matrona, me contó también que en medio de una pobreza absoluta iba una tarde en compañía de Modigliani por el bulevar de Montparnasse y se encontraron con unos bloques de piedra al pie de un edificio en construcción. El artista se sintió de repente inspirado y comenzó a trabajar como un poseso durante tres noches de un fin de semana en plena calle con uno de aquellos bloques hasta terminar una escultura, que representaba la cabeza cubista, pero el lunes por la mañana los obreros no atendieron sus súplicas y arrojaron la escultura de Modigliani en los cimientos.

Por ese tiempo Modigliani tenía también de modelo y amante a la poetisa inglesa Beatrice Hastings, una chica excéntrica y seductora, que lucía sombreros cada vez más imposibles. Entre los perifollos del vestido a veces solía llevar enhebrado bajo el brazo un cesto con un pato vivo dentro. Fue ella la que inició a Modigliani en el hachís y en las experiencias sensoriales fuera de toda medida, pero él no le iba a la zaga. Picasso decía que Modigliani siempre se las apañaba para coger las cogorzas más clamorosas en el cruce de Montparnasse con el bulevar de Raspail, entre la Coupole, La Rotonde y el Dôme para exhibir su desdicha ante el mundo. Aunque algunas veces también lo sacaron borracho dentro de un cubo de basura en un barrio de extrarradio.

Amedeo Modigliani era judío, nacido en Livorno el 12 de julio de 1884. Recién llegado a París con 21 años, tímido, bien vestido, con un dinero en el bolsillo que le había dado su madre, fue capeando la vida con cartas de recomendación hasta que cayó en Montmartre, cerca del Bateau Lavoir donde reinaba el Picasso de la época azul y su cuadrilla de poetas y pintores alucinados. Allí Max Jacob inició al guapo italiano, todavía sano, puro y agreste, en el laberinto de la cábala. En ese tiempo llegaban a París las primeras máscaras negras que traían los colonialistas desde Malí y Gabón. Max Jacob hizo ver a aquellos artistas del Bateau Lavoir, muertos de hambre, pero con la cabeza llena de sueños, la cara oculta que esos ídolos exhibían a través de su misteriosa geometría. El esoterismo y la astrología mezcladas con la poesía, la pintura y la burla formaron un juego fascinante en el que este poeta judío introdujo a Picasso y a partir de Picasso a toda a aquella recua de bohemios que estaban dispuestos a romper todos los esquemas del arte.

Al principio Modigliani se presentó en sociedad como escultor y sólo porque la madera, el mármol o el granito eran muy caros se pasó a la pintura. En uno de los cafés de Montmartre dibujaba con un anuncio en los pies. “Soy Modigliani, judío, cinco francos”. Por un dibujo no admitía el dinero que excediera a esta cantidad. Después fue subiendo el precio. Pintaba retratos por diez francos y un poco de alcohol.

Modigliani ha pasado a la historia tanto por sus pinturas de mujeres de cuello rosa e infinito como por las amantes, que fueron tantas como sus borracheras. Sólo una de aquellas mujeres le acompañó hasta el final de su vida. Se llamaba Jeanne Hébuterne, una muchacha lánguida, pelirroja, sensible e inteligente, también pintora, que conoció al artista en el carnaval de 1917, disfrazada con una capa rusa, cuando tenía 19 años. Era hija del cajero de una perfumería, un hombre culto que le leía a Pascal en voz alta mientras la madre pelaba patatas. Jeanne se enamoró perdidamente de aquel pintor bohemio, que ya llevaba una tuberculosis a cuestas y estaba muy metido en las drogas y en el alcohol. Se fue a vivir con este guapo maldito en la Rue de la Grande Chaumière y muy pronto quedó embarazada.

A medida que Modigliani caminaba hacia la destrucción su genio se hacía más patente. Sus pinturas habían comenzado a cotizarse. Uno de los marchantes que se equivocó fue Ambroise Vollard. Un día pasó por una galería de la Rue Boétie y vio en el escaparate un desnudo Modigliani de gran tamaño. “Qué voluptuoso tono de piel”, pensó. “Hace cuatro años por unos de estos cuadros pedían 300 francos. Imagino que ahora pedirán 3.000″. Preguntó por el precio. “Vale 350.000 francos”, le dijo el galerista. Por supuesto Modigliani ya había muerto.

Pero mientras vivió este italiano seductor fue sobre todo amado por mujeres y protegido por sus amigos. Cuando la familia de Jeanne y sus primeros, únicos y fieles coleccionistas de sus cuadros, Paul Guillaume y Zboroswski, supieron que su amante estaba embarazada, tratando de rescatar al artista de aquel circuito diabólico de Montparnasse, llevaron a la pareja a la soleada Niza, donde nació la hija. Modigliani no aguantó por mucho tiempo aquella calma. Volvió a París y dejó a su pareja en el sur con la promesa de casarse con ella cuando le llegaran unos papeles de Italia. Jeanne estaba de nuevo embarazada. Una vez más en el circuito de los cafés de Montparnasse el genio de Modigliani y su destrucción comenzaron a potenciarse mutuamente.

Un día de invierno, el pintor Kipling sorprendió en el estudio de la Rue la Grande Chaumière a Modigliani en plena agonía rodeado de botellas de vino vacías y latas de sardinas. Al pie de la cama Jeanne, embarazada de nueve meses, le estaba pintando mientras él le decía: “Sígueme en la muerte y en el cielo seré tu modelo favorito”. Lo llevaron al hospital donde murió a las 10.45 de la noche del 24 de enero de 1920. Jeanne no besó el cadáver. Le miró largamente y retrocedió sin volverle la espalda. Esa noche no quiso dormir en el estudio con su hija. Se instaló en el hotel la Louisiane, de la Rue de Seine, donde intentó suicidarse. Sus padres la rescataron y se la llevaron a casa. En la habitación del hotel había dejado un puñal debajo de la almohada. El entierro de Modigliani fue un acontecimiento en Montparnasse. Todos los pintores, músicos, poetas, actores, antiguas amantes, acompañaron al artista al cementerio de Père-Lechaise y mientras el entierro más fascinante de aquel tiempo sucedía, Jeanne se tiró por la ventana de un quinto piso de sus padres a un patio llevando en el vientre un hijo de Modigliani. El cadáver lo recogió un obrero. Lo subió a casa. Sus padres le cerraron la puerta. En una carreta el obrero lo trasladó al estudio de la Grande Chaumière y fue también rechazado por el portero. El desconocido samaritano lo llevó a una comisaría. Jeanne fue enterrada en clandestinidad y el duelo lo componían unos amigos, que siguieron el féretro en un taxi bajo una lluvia desolada de invierno.

Texto: Manuel Vicent. Babelia. El Pais.com. 24.10.09.

Escrito por Alguien

24 Octubre 2009 a 11:08

La leyenda de Hipatia.

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Hipatia, filósofa en la Alejandría del siglo V, es una figura atrayente por su calidad intelectual, su rectitud de vida y por su trágica muerte. A partir del siglo XVIII, su imagen ha sido vestida con diversos ropajes, según las tendencias de la época: en la Ilustración, como heroína de la razón frente a la religión revelada; en el romanticismo, como idealización del paganismo contrapuesto a la civilización cristiana; y, últimamente, como víctima de la misoginia. Ahora vuelve a la actualidad con la película Ágora, del director español Alejandro Amenábar.

Texto: Luis Alberto de Cuenca. ABCD.es. 04.10.2009- Número:918

Por obra y gracia de la película Ágora, de Alejandro Amenábar (que tanto está dando que hablar por su elevado presupuesto), hay una dama de la Antigüedad que está a punto de colarse en los cuartos de estar de todos los españoles. Poco sabemos de ella, aunque existen libros sesudos al respecto publicados en español que desmenuzan cuantos datos, por mínimos que sean, han llegado a nosotros sobre su biografía, como el de Maria Dzielska (“Hipatia de Alejandría”, Siruela, 2004; mucho antes, pues, de la moda amenabariana) o el recentísimo Hipatia, de Clelia Martínez Maza, profesora de historia antigua de la Universidad de Málaga (La Esfera de los Libros, 2009), del que ya me he ocupado hace unos meses en estas mismas páginas en compañía de La conspiración Piscis, la bonita novela de Magdalena Lasala basada en la protagonista de Ágora.

Hija de Teón. Ya en el terreno de la pura ficción literaria, citaré, sin pretensión alguna de exhaustividad, las semblanzas biográficas de la filósofa alejandrina que tengo encima de la mesa: Hypatia (1853), novela del autor victoriano Charles Kingsley (sí, el autor de Los niños del agua, un auténtico crack de la literatura infantil accesible ahora en castellano gracias a Rey Lear), que fuera traducida al español como “Hipatia o los últimos esfuerzos del paganismo en Alejandría” (1857), rara edición, enriquecida con grabados, que no hacía constar nombre de autor en portada; “La perra de Alejandría” (2003), de la estupenda novelista valenciana Pilar Pedraza (Valdemar), o la sugerente novela “La última noche de Hipatia” (2009), de Eduardo Vaquerizo (Alamut), aparecida en librerías hace unas semanas.

La tal Hipatia fue una dama nacida hacia 355 después de Cristo en Alejandría e hija de un famoso matemático llamado Teón, cuyo floruit puede datarse en los años sesenta del siglo IV y del que se nos han transmitido, parcialmente, unos célebres “Comentarios al Almagesto” de Ptolomeo. Hipatia, que sabía tantas matemáticas, astronomía y filosofía como su padre, llegó a colaborar con su progenitor en la revisión del tercer libro de los citados Comentarios, y redactó otros, ya en solitario, sobre la obra de Diofanto de Alejandría y de Apolonio de Pérgamo que no se han conservado. Junto a su tarea investigadora, desarrolló una labor pedagógica muy intensa, ejerciendo en Alejandría como maestra de filosofía en una escuela pagana neoplatónica por ella regentada y muy concurrida.

Glosas eruditas. Oigamos lo que dice de Hipatia el gran Edward Gibbon, a finales del siglo XVIII, en el capítulo XLVII de su inmortal “Decline and Fall of the Roman Empire”: «Hipatia, hija de Teón el matemático, se impuso en los estudios del padre, despejando con sus glosas eruditas la geometría de Apolonio y Diofanto, y estuvo enseñando públicamente en Alejandría la filosofía de Platón y de Aristóteles. Hermosa y lozana, y cabal en su sabiduría, su recato se desentendió de amadores y se dedicó por entero a sus discípulos, entre los que se contaba Sinesio de Cirene, futuro obispo de Ptolemaida; todos los ricos de Alejandría querían aprender de la filósofa, y el futuro San Cirilo, patriarca por aquel entonces de Alejandría, envidiaba el boato de la comitiva que se agolpaba con caballos y esclavos en los umbrales de la escuela que Hipatia regentaba. De manera que un día de Cuaresma de 415 A. D. arrebatan a Hipatia del carruaje, la desnudan, la arrastran a la iglesia y, una vez allí, las manos de Pedro el lector y las de una gavilla de fanáticos forajidos la atenacean y la descuartizan, raspando la carne de sus huesos con cantos agudos de conchas de ostras, y arrojan sus miembros palpitantes a las llamas» (cito por la traducción decimonónica de José Mor de Fuentes).

No eran aquellos tiempos de especial buen entendimiento entre paganos en decadencia y cristianos al alza, lo que facilitó el tránsito de la sapientísima y paganísima Hipatia al Olimpo de los «otros» mártires. Gibbon se inspira en la Historia Ecclesiastica de Sócrates Escolástico, que nos cuenta cómo una enloquecida muchedumbre de progreso de la época (no olvidemos que los cristianos eran entonces los «modernos» de la película) hizo todo tipo de barbaridades con Hipatia. No sabemos a ciencia cierta el papel desempeñado por San Cirilo en el poco edificante comportamiento de las hordas. Tal vez fuese el cerebro de la operación, como postula Gibbon siguiendo a Sócrates Escolástico. Tal vez no tuvo nada que ver. Lo cierto es que se le ha colgado el sambenito de la culpa en la horrible muerte de Hipatia.

Discípulo enamorado. Hay que decir que la historiografía e iconografía nos presentan a la filósofa rozagante y en la flor de la juventud en el momento de su muerte, para dar más glamour a su asesinato, pero lo más probable es que muriese con cerca de sesenta años, una edad lo suficientemente provecta como para no ir por ahí despertando pasiones. Antes del sádico destrozo, y si hemos de atenernos al retrato que de ella traza Rafael en su celebérrimo fresco vaticano La escuela de Atenas o a la maravillosa recreación del prerrafaelita Charles William Mitchell, Hipatia era una treintañera guapísima, tan rubia y tan estilizada como la Venus de Botticelli. En un relato de un tal Toland, publicado en Londres en 1720 y pomposamente rotulado “Hipatia, o la historia de una dama de gran belleza, virtud y sabiduría que fue descuartizada por el clero de Alejandría para satisfacer la crueldad del arzobispo San Cirilo”, se cuenta que un discípulo se enamoró de su maestra, y que Hipatia, incomodada por la vehemencia de su enamorado, le arrojó a la cara un paño higiénico previamente usado por ella, diciéndole en plan neoplatónico: «Esto es lo que tú amas, joven tonto, y no algo que es bello en sí mismo». No sé si Amenábar recogerá este lanzamiento de compresa en su film, pero sería divertido que lo hiciese.

Más información: Hipatia de Alejandría: historia y leyenda. – Antonio Barnés Vázquez. Aceprensa. 25.09.2009.

En El Testigo ocular (Bitácora de Luis Manuel Ruiz):
Hipatitis, 1
Hipatitis, 2: el espíritu de Platón y el cuerpo de Afrodita.
Hipatitis, 3: la hija de Teón.
Hipatitis, y 4: Tormenta sobre Alejandría.

Thomas Mann: entre la belleza y el cieno.

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Protegido por el arte se sentía a salvo. El autor de La montaña mágica transfería sus pasiones privadas a su obra de largo aliento, en la que podía permitirse cualquier convulsión que no perturbara sus principios estéticos

Puede que la vida de un lector se divida en dos: antes y después de haber leído La montaña mágica, de Thomas Mann. Se trata de la primera gran escalada literaria en la que uno prueba a medir sus fuerzas. Recuerdo que me enfrenté a esta subida a los Alpes suizos a los 20 años y lo conseguí durante un verano después de dos intentos fallidos. El balneario donde me encontraba no se parecía en nada a aquel sanatorio de Davos-Dorf, lleno de tuberculosos que discutían de filosofía, teología, psicoanálisis, medicina, religión, de sexo y de la muerte, mientras se debatían contra el bacilo de Koch. Desde la luz descarnada del Mediterráneo bajo la cólera de las chicharras era muy difícil imaginar a Naphta y a Settembrini en una hamaca tomando un sol de nieve que se abría a veces entre la niebla, pero aquella novela cuyo peso me doblaba las muñecas me hizo saber que detrás de sus mil páginas había un escritor alemán de cuello duro con pajarita y espeso bigote, vástago de una familia de la alta burguesía de Lübeck, dispuesto a no descomponer la figura de caballero, pese a ser zarandeado por todas las pasiones políticas, sociales y morales que convulsionaron la primera mitad del siglo XX.

Desde su juventud hasta el final de sus días Thomas Mann llevó un diario que sólo pudo ser leído veinte años después de su muerte, por propio deseo expresado en su testamento. En distintos cuadernos secretos había ido anotando los pormenores de su existencia. Cada jornada, una detrás de otra, fue desmenuzada en todos sus actos anodinos: miles de desayunos con huevos escalfados, miles de resfriados y mareos, miles de paseos sólo o acompañado de su mujer Katia o de su perro Toby por los bosques, por los parques de distintas ciudades donde vivió, en su patria o en el exilio de Suiza o de Norteamérica. En esas páginas, datadas de forma meticulosa, el escritor dejaba constancia de las visitas de amigos, de los tés de las cinco de la tarde, de los viajes en tren, en coche o en barco, de las piezas de música oídas mientras se fumaba un puro antes de ir a la cama y también de las poluciones nocturnas, de las masturbaciones y de otros movimientos escabrosos de la carne, de las pulsiones homosexuales que sentía al ver a un joven y hermoso camarero. En cambio, en ese diario le bastó con una línea para fijar la llegada de Hitler al poder y con algún mínimo párrafo para despachar el desarrollo de la Guerra Mundial a medias compartida con las tribulaciones que sufría por sus hijos y el trabajo con los distintos libros que iba escribiendo, sus ensayos, conferencias y discursos, sin un solo pensamiento que no fuera el sonido del minutero del reloj de la vida en el que se iba desangrando. Al parecer Thomas Mann creía que cualquier nimiedad cotidiana tenía una trascendencia sublime por el simple hecho de que le ocurría a él cuya alta estima era capaz de convertir un catarro en una categoría suprema. Pero estos escritos secretos tienen la virtud de descubrirnos el derribo interior que se ocultaba detrás de una fachada impecable, sin una sola grieta.

Thomas Mann fue muy reservado, siempre protegido por la máscara del burgués respetable. Sus pasiones privadas las transfería a su obra de largo aliento, en la que podía permitirse cualquier convulsión que no perturbara a la belleza. Bajo la especie literaria Thomas Mann se sentía intangible. Si en su diario, guardado bajo llave, confiesa su deseo turbio ante los cuerpos de los adolescentes, esa pulsión reprimida le llevará a escribir Muerte en Venecia y en sus páginas dejará que fluya libre, amparado por la estética, su obsesión sólo alimentada en sueños imposibles. Protegido por el arte se sentía a salvo. En Thomas Mann la ficción es una barricada.

En la novela Los Buddenbrook, con la que le llegó temprano el éxito fulgurante, se sumergió para contar la historia de su propia familia, un clan aristocrático formado por un padre senador y financiero, por una madre criolla de alta alcurnia, que lentamente fue descomponiendo su pasada gloria de mercaderes hasta el suicidio en la vida real de dos de sus hermanas, una con arsénico y otra colgada de una viga.

Llegado el momento Thomas Mann supo navegar el caos de la política centroeuropea sin perder la compostura. En la Primera Guerra Mundial fue un decidido patriota nacionalista alemán partidario de las armas. En los años veinte evolucionó hacia una socialdemocracia entre el aristocratismo de Goethe, lo orgiástico y apolíneo, el nihilismo y la voluntad de poder de Nietzsche potenciados por los timbales de Wagner y esa tormenta del espíritu le llevó a recalar en una costa arriscada donde se hizo fuerte ante la barbarie del nazismo. En esa lucha quemó las naves. Su propia mujer era de ascendencia judía, de modo que arriesgó lo necesario para no perder la dignidad a cambio de perder la nacionalidad alemana. Sus libros fueron prohibidos en su propia patria, una sorda persecución cada vez más explícita le obligó a exiliarse a Norteamérica y allí se convirtió en un abanderado contra Hitler, y mientras Europa se preparaba para arder por los cuatro costados Thomas Mann anotaba en sus cuadernos los huevos escalfados del desayuno, los paseos, visitas, erecciones, miradas que no había podido reprimir en la espalda de un joven camarero, un tejido vital que alternaba con conferencias, panfletos, recepciones y homenajes que no le impedían seguir escribiendo novelas profundas, densas, bíblicas. En sus diarios se entrecruzaba a veces Einstein con divos de Hollywood, con profesores de Princeton o de Harvard abriéndose paso en medio de los obstáculos que encontraba a la hora de escalar otras cimas literarias. Escribir siempre con grandeza al borde del acantilado, entre la belleza y el cieno, entre la estética y la putrefacción era la cumbre que más le atraía.

A lo largo de su biografía habían quedado recuerdos de adolescentes envasados. Su primer amor fue un compañero de colegio, Armin Martens; luego William Timpe y a los que añadía bell boys de hoteles, camareros y otros bañistas de cualquier playa que se transformarían en el Tadzio perseguido por las miradas del escritor Gustav von Aschenbach en las galerías del Gran Hotel des Bains del Lido de Venecia. Probablemente Thomas Mann nunca se atrevió a dar un paso adelante en este erotismo, pero su recuerdo le bastaba para excitarse ante esas sombras evanescentes que se reflejan en un espejo glaseado. También los personajes burgueses de sus novelas, maridos encorsetados por matrimonios tediosos, recordaban amores furtivos con una florista o con la hija de la panadera que bastarían para alimentar de romanticismo un amor puro de la juventud.

El éxito social que el Premio Nobel le confirió y todos los homenajes que el escritor recibió, lejos de hacerlo libre, lo fueron trabando hasta impedirle manifestarse sin la máscara que el mundo esperaba de su respetabilidad. Su evolución física se puede contemplar a través de su álbum familiar. Las imágenes permiten ver cómo aquel joven triunfador con ínfulas de petimetre va envarándose para adquirir la forma de un caballero planchado, sentado en cada momento en el sillón exacto con el bigote cada vez más recortado, rodeado de mujeres esfumadas con pamelas y vestidos blancos, hasta convertirse en un anciano pulcro en cuya mirada apagada se divisan a lo lejos los caballos impúdicos de su interior que había logrado domar para seguir siendo admirado sin dejar de ser respetado. Y así hasta que la muerte le visitó y fue recibida como la última coronación, sólo que ya no pudo anotarla en su diario.

Texto: Manuel Vicent. Babelia. El Pais.com. 22.08.09.

J. Sheridan Le Fanu: El maravilloso encanto de asustarse.

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Título: Dickon el diablo y otros relatos extraordinarios. Autor: J. Sheridan Le Fanu. Editorial: Valdemar. Traducción: Rafael Lassaletta. Colección: El Club Diógenes / CD-275. Año: 2009. ISBN: 97884-7702-641-9. Precio: 10 €.

Lo he escrito muchas veces, la literatura es una serie sometida a múltiples condicionantes; entre ellos, los factores que no tienen nada que ver con la calidad de los textos. Autores de éxito arrollador que parecían insustituibles en su tiempo desaparecen sin dejar rastro por motivos que, en muchos casos, no se pueden explicar. Esto ocurrió con el dublinés Le Fanu, muy popular en su tiempo y olvidado en los años que siguieron a su muerte en 1873, en plena era victoriana. Gracias sean dadas a M. R. James, otro gran escritor del género, que la difundió y la valoró en su justa medida.

Le Fanu se licenció en derecho en el más que ilustre Trinity College de su ciudad y hasta llegó a ejercer, pero lo que verdaderamente le gustaba era escribir y editar revistas y periódicos. Su “Dublin University Magazine” alcanzó reconocimiento internacional. Su vida discurrió sin grandes perturbaciones, salvo la muerte de su esposa que lo recluyó aún más en una soledad en la que, al parecer, se encontraba cómodo. Se le motejó de “El príncipe invisible”. Escribió catorce novelas y treinta relatos, amén de artículos y baladas. Son los relatos los que lo han convertido en un clásico del género.

No basta, ni mucho menos, crear un fantasma o muchos, y una cripta llena de cadáveres, y una damisela asediada por un libidinoso caballero o monje, ni bastan las tormentas, las cortinas que se mueven con el viento, ni la lluvia, ni los ruidos amenazadores. Es imprescindible saber contar, crear personajes y situaciones que nos pongan el corazón en un puño. Lo sobrenatural se sustenta en un modelo del mundo y afirmo que ese modelo es la contradicción y el choque de los elementos contrarios como dos trenes en direcciones opuestas.

La era victoriana era en la superficie un lago de aguas tranquilas en las que los buenos modales presidían todos los actos. La razón, diosa de los ilustrados, se había vuelto tecnología y revolución industrial. El mundo, en apariencia, estaba bien hecho; al menos, para los privilegiados, más o menos como siempre. Sin embargo, las pasiones eran una corriente subterránea que arrastraba todo lo que se le ponía por delante. Debajo del corsé palpitaba la carne, debajo del jerez ardía la pipa de opio, debajo del camisón de noche con su única abertura asomaba la liga de encaje.

Le Fanu creía en la maldad y en la violencia, estaba convencido de que estas fuerzas llevaban a la destrucción y eran las fuentes de las que bebían las otras realidades llamadas sobrenaturales; estas eran el campo de batalla de la libertad y de la desmesura, sobre todo de la primera. No había reglas, todo era posible. Otra dimensión se abría en la razón y en la justicia, palabra dudosa, muy dudosa. Los fantasmas tienen realidad y Le Fanu es un narrador realista entre aparecidos pero, sobre todo, es un magnífico narrador, posee la fuerza de contar que es una forma de seducción, un tipo de encantamiento. La estructura de sus cuentos es poderosa, equilibrada y, sobre todo, eficaz. La lectura de este volumen lo muestra y demuestra de manera indudable.

La prima asesinada” entronca con la tradición gótica pero la trasciende. Una desventurada joven se ve en manos de su tío y de su primo; el primero desea casarla con el segundo para quedarse con su fortuna. Una extraña estipulación testamentaria la entrega en manos de los dos malvados. Si ella muere, la herencia irá a parar a su tío; de manera que si ella se niega a la boda, como hace pese a las presiones, bastará asesinarla. La sorpresa la encontrará el lector, lo que me interesa es la exacta dosificación de la intriga que prende al lector y lo arrastra pese a vivir en la era de la imagen. Leyendo esta historia se comprende, pienso, todo lo que llevo dicho.

En mi opinión, “El huésped misterioso” es el mejor relato del volumen. Una pareja que necesita dinero, precisan un huésped. La ambientación es victoriana en estado puro. El orden de la burguesía, perfecto. El huésped paga por adelantado. Es muy extraño y parece que no vive solo en sus habitaciones. Le Fanu va creando muy gradualmente un clima tenso que pone en paralelo con la lucha entre fe y ateísmo. El ambiente se va haciendo opresivo hasta llegar a la tragedia. El magnetismo perverso del huésped llega a dominarlo todo. La maldad es una esencia que destila la muerte. La resignación del protagonista, su cobardía, llega a exasperar al lector que se rebela ante la catástrofe que se adivina.

Un matón que es castigado con su medicina, pero desde el más allá. Un sacristán aficionado a la bebida perseguido por un suicida del trasmundo. Una muchacha que se enamora de un militar que la deja embarazada, tema estrella en la novela británica de la época. Un borracho que maltrata a su familia y que hace una promesa de largo alcance. ¿Un caso de bigamia? Otras historias hacen fascinante el volumen.

Ficha del Libro:  Editorial Valdemar.
Cuentos de Joseph Sheridan Le Fanu – Biblioteca Digital Ciudad Seva.

Fuente: Diario Sur.

Algunos pareceres de Nietzsche.

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Nietzsche político: un texto de Jorge Luis Borges.

Por Jorge Luis Borges.

“Siempre la gloria es una simplificación y a veces una perversión de la realidad; no hay hombre célebre a quien no lo calumnie un poco su gloria. Para América y para España, Arturo Schopenhauer es primordialmente el autor de El amor, las mujeres y la muerte: rapsodia fabricada con fragmentos sensacionales por un editor levantino. De Friedrich Nietzsche, discípulo rebelde de Schopenhauer, ya observó Bernard Shaw (Major Barbara, Londres, 1905) que era la víctima mundial de la frase «bestia rubia» y que todos atribuían su renombre y limitaban su obra a un evangelio para matones. A pesar de los años transcurridos, la observación de Shaw no ha perdido en validez, si bien hay que admitir que Nietzsche ha consentido y tal vez ha cortejado ese equívoco. En sus años finales aspiró a la dignidad de profeta y sabía que ese ministerio es incompatible con un estilo razonable o explícito. El más famoso (no el mejor) de sus libros es un pastiche judeo-alemán, un prophetic book más artificial y harto menos apasionado que los de Blake. Paralelamente a la composición de su intencionada obra pública, Nietzsche apuntaba en otros cuadernos los razonamientos capaces de justificar esa obra. Esos razonamientos (y toda suerte de meditaciones afines) han sido organizados y editados por Alfred Baeumler y componen dos tomos de cuatrocientas y quinientas páginas cada uno. La obra general se titula -algo torpemente- La inocencia del devenir y ha sido publicada en 1931 por Alfred Kröner. «En los libros publicados», escribe el editor, «Nietzsche habla siempre ante un adversario, siempre con reticencias; en ellos predomina el primer plano, como lo ha declarado el mismo autor. En cambio, su obra inédita (que abarca de 1870 a 1888) registra el fondo de su pensamiento, y por eso no es obra secundaria, sino obra capital».

Este fragmento – el 1072 del primer volumen- es un testimonio patético de su soledad: «¿Qué hago al borronear estas páginas? Velar por mi vejez: registrar para el tiempo, cuando el alma no puede emprender nada nuevo, la historia de sus aventuras y de sus viajes de mar. Lo mismo que me reservo la música para la edad en que esté ciego.»

«Es común identificar a Nietzsche con las intolerancias y agresiones del racismo y elevarlo (o denigrarlo) a precursor de esa pedantería sangrienta; veamos lo que Nietzsche -buen europeo, al fin- pensaba hacia 1880 de tales problemas. «En Francia -anota- el nacionalismo ha pervertido el carácter; en Alemania, el espíritu y el gusto: para soportar una gran derrota -en verdad, una definitiva- hay que ser más joven y más sano que el vencedor».

La reserva final no debe impulsamos a creer que las victorias de 1871 lo regocijaban con exceso. El fragmento 1180 del segundo volumen declara: «Para entusiasmarnos por el principio, Alemania, Alemania encima de todo, o por el imperio alemán, no somos lo bastante estúpidos»; poco antes observa: «Alemania, Alemania encima de todo, es quizá el lema más insensato que se ha propalado jamás. ¿Por qué Alemania -pregunto yo- si no quiere, si no representa, si no significa algo de más valor que lo representado por otras potencias anteriores? En sí, es sólo un gran Estado más, una bobería más en la historia.»l antisemitismo lo mueve a las siguientes observaciones: «Encontrar un judío es un beneficio sobre todo cuando se vive entre alemanes. Los judíos son un antídoto contra el nacionalismo, esa última enfermedad de la razón europea… En la insegura Europa son quizá la raza más fuerte: superan a todo el occidente de Europa por la duración de su proceso evolutivo. Su organización presupone un devenir más rico, un número mayor de etapas que el de los otros pueblos… Como cualquier otro organismo, una raza sólo puede crecer o perecer: el estancamiento es imposible. Una raza que no ha perecido, es una raza que ha crecido incesantemente. La duración de su existencia indica la altura de su evolución: la raza más antigua debe ser también la más alta. En la Europa contemporánea los judíos han alcanzado la forma suprema de la espiritualidad: la bufonada genial.»

«Con Offenbach, con Enrique Heine, la potencia de la cultura europea ha sido superada: las otras razas no tienen la posibilidad de ser ingeniosas de esa manera… En Europa son los judíos la raza más antigua y más pura. Por eso la belleza de la mujer judía es la más alta.»

Examinado con alguna imparcialidad, el párrafo anterior es muy vulnerable. Su propósito es refutar (o molestar) al nacionalismo alemán; su forma es una afirmación y una hipérbole del nacionalismo judío. Este nacionalismo es el más exorbitante de todos; pues la imposibilidad de invocar un país, un orden, una bandera, le impone un cesarismo intelectual que suele rebasar la verdad. El nazi niega la participación del judío en la cultura de Alemania; el judío, con injusticia igual, finge que la cultura de Alemania es cultura judía. Por lo demás, el pensamiento de Nietzsche debe haber sido más imparcial que sus afirmaciones; sospecha que se dirigía, in mente, a alemanes incrédulos e indignables.

En otro lugar escribe proféticamente: «Los alemanes creen que la fuerza debe manifestarse por el rigor y por la crueldad. Les cuesta creer que puede haber fuerza en la serenidad y en la quietud. Creen que Beethoven es más fuerte que Goethe; en eso se equivocan.»

Este fragmento -el 1168- no carece tal vez de actualidad y aun de futuridad: «Todos los verdaderos germanos emigraron; la Alemania actual es un puesto avanzado de los eslavos y prepara el camino para la rusificación de la Europa.» Inútil agregar que esa doctrina puede congregar escasos prosélitos en la Alemania de hoy. El país está regido por germanistas que preconizan la anexión de ciertos vecinos porque son de raza germánica y de ciertos otros vecinos porque son de raza inferior. Esos peligrosos etnólogos afirman un predominio germánico en Escandinavia, en Inglaterra, en los Países Bajos, en Francia, en Lombardía y en Norteamérica: hipótesis que no les prohíbe atribuir a Alemania la exclusiva representación de esa ubicua raza.

En otro lugar dice Nietzsche: «Bismarck es un eslavo. Basta mirar las caras de los alemanes: emigraron todos los que tenían sangre varonil, generosa; la lamentable población que no se movió, el pueblo de alma servil se mejoró después con alguna adición de sangre extranjera, principalmente eslava. La mejor sangre de Alemania es la sangre aldeana: por ejemplo, Lutero, Niebuhr, Bismarck.»

Movilizar contra Alemania el párrafo que acabo de trasladar sería una ligereza y una injusticia. Una de las capacidades geniales del intelectual alemán -no sé si del francés- es la de no ser accesible a las supersticiones del patriotismo. En trance de ser injusto, prefiere serlo con su propio país. Nietzsche – no nos dejemos desviar por su nombre polaco – era muy alemán. Una de las amonestaciones que hemos leído nos exhorta a no confundir la mera violencia y la fuerza: así no hubiera hablado Zarathustra si hubiera tenido presente esa distinción.

En el fragmento 1139, Nietzsche condena con plenitud la obra de Lutero; en el fragmento 501 escribe, sin embargo: «El hombre hace que un acto sea meritorio, pero es imposible que un acto dé méritos a un hombre.» También es imposible formular con menos palabras la doctrina que opuso Martín Lutero a la doctrina de la salvación por las obras.

En aquel ruidoso y casi perfectamente olvidado volumen -Degeneración- que tan buenos servicios prestó como antología de los escritores que el autor quería denigrar, Max Nordau vio en el carácter fragmentario de las obras de Nietzsche una demostración de su incapacidad para componer. A ese motivo (que no es lícito excluir y que no es importante) podemos agregar otro: la vertiginosa riqueza mental de Nietzsche. Riqueza tanto más sorprendente si recordamos que en su casi totalidad versa sobre aquella materia en que los hombres se han mostrado más pobres y menos inventivos: la ética.

Excepto Samuel Butler, ningún autor del siglo XIX es tan contemporáneo nuestro como Friedrich Nietzsche. Muy poco ha envejecido en su obra, salvo, quizás, esa veneración humanista por la antigüedad clásica que Bernard Shaw fue el primero en vituperar. También cierta lucidez en el corazón mismo de las polémicas, cierta delicadeza de la invectiva, que nuestra época parece haber olvidado”.

Fuente: Diario “La Nación”, Buenos Aires, 11 de febrero de 1940.

Jorge Luis Borges: la visión del ámbar.

con un comentario

Laberintos, espejos, tigres y cuchillos, un cúmulo de metáforas, el tiempo como río, la vida como ficción, la muerte como sueño y él mismo como “el otro”: con esa materia el destino le obligó a ser Borges, condenado a escribir fábulas sin moraleja.
 
Siendo ciego y poeta se tiene medio camino hecho para llegar a Homero. Si además el poeta ciego es argentino ese camino no puede ser muy largo. No hay que navegar mares azarosos, ni recorrer senderos calcáreos bajo un sol azul de la Argólida entre cabras puntiagudas. Cualquiera que se llame Borges encontrará a Homero en cualquier esquina del barrio de Palermo de Buenos Aires, tomando el té en una confitería. Pero no está claro que Borges fuera realmente ciego. Aunque su abuela paterna murió ciega, su bisabuelo murió ciego y su padre también acabó ciego, puede que la ceguera del escritor fuera sólo la más famosa de sus metáforas. En todo caso Borges ha confesado que su color preferido era el amarillo ámbar, el único que venía en un horizonte imaginario, el mismo que resplandece en la arena infinita del desierto.
 
En un cruce de caminos Borges un día invocó el azar, echó los dados de ámbar sobre la arena y uno de esos dados le ofreció su séptima cara. En ella había imágenes superpuestas de laberintos, espejos, tigres y cuchillos, todas ineludibles y un cúmulo de metáforas, el tiempo como río, la vida como ficción, la muerte como sueño y él mismo como “el otro”: con esa materia el destino le obligó a ser Borges, un escritor condenado a escribir fábulas sin moraleja. Dijo Blake que nada existe si no ha sido imaginado.
 
Sus primeros recuerdos eran imágenes de un sable que sirvió en el desierto, de un aljibe, de la casa vieja, del silbido de un trasnochador en la vereda. Fue un niño enfermizo vestido de niña al que su madre nunca dejó salir de su placenta. Desde que su padre llevó al adolescente Borges a un prostíbulo de Ginebra para que ejerciera de hombre por primera vez, él vivió a partir de entonces el amor como un ente hipotético siempre frustrado. “Yo que he sido todos los hombres no he sido aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach”. Si bien esta mujer fue la heroína de una novela barata, su nombre implica el de todas las mujeres que Borges enamoradizo no pudo conseguir o poseyó a medias. Descubrió una vez con cierta tristeza que se había pasado la vida pensando en una u otra mujer y todas le llevaron a cometer el mayor de los pecados, el no haber sido feliz. Por lo demás Borges navegó todos los mares, cruzó todos los desiertos, recorrió todas las ciudades, varado en un sofá del vestíbulo de infinitos hoteles con las manos apoyadas en el bastón, las córneas acuosas dirigidas a un punto indeterminado de la pared de enfrente donde estaban concentrados todos los mapas.
 
En la plenitud de su creación Jorge Luis Borges había tallado poemas en madera de ébano, había escrito libros de arena, historias de infamia, fábulas que se habían podrido junto con los papiros que las soportaban, se había perdido en la bruma de las sagas noruegas, había jugado a la lotería de Babilonia donde el premio siempre era una puñalada de un compadre o había bajado al sótano de la Biblioteca de Alejandría a compartir enigmas con el guardián. En ese tiempo sólo lo leían casi en secreto algunos iniciados. La fama alcanzó al escritor en el umbral de la vejez y sólo fue debida a las maldades y paradojas envenenadas que salían de su boca en las aciagas entrevistas con los periodistas de la sección de cultura. En un juego de niño terrible en ellas proclamaba siempre lo inesperado, lo que más podría sorprender, irritar o admirar a cualquier neófito. Para enfadar a los académicos españoles decía que el castellano era una lengua muy fea y que prefería el inglés. Para sacar de quicio a los progresistas afirmaba que Franco había sido muy positivo para España. Admiraba más a Alonso Quijano que al Quijote y a éste menos que a Cervantes. Ensalzaba al escritor mediocre Cansinos Assens para vengarse de todos los poetas de la Generación del 27 y así sucesivamente hasta crearse un personaje odioso y al mismo tiempo admirado. La desgracia de sus lectores, cuando su nombre fue revelado en los años sesenta del siglo pasado, consistía en que odiar a Borges y amarlo era una misma obligación.
 
A veces se disfrazaba de reaccionario, pero sólo era un conservador, un liberal moderado cuyo odio a Perón, que le había condenado a ser inspector de pollos en vez de bibliotecario, lo llevó a aplaudir la llegada de los militares argentinos. Creía que la democracia era una simple estadística, aunque presumía de haber condenado en su tiempo a Mussolini y a Hitler, cuando otros callaban, para acabar aceptando una medalla de Pinochet, un acto que le costó el Nobel. Empieza uno diciendo una maldad para epatar y acaba despeñándose en la barranca. A partir de un momento Borges se convirtió en el escritor al que no le daban el Nobel.
 
Tal vez creía en Dios, tal vez no, porque para Borges la teología era una obra maestra de ciencia-ficción. Por lo demás, si bien presumía de haber tomado mescalina y cocaína en su juventud, su droga más pertinaz fueron los caramelos de menta y su plato preferido la merluza hervida. Cuando murió la madre comenzó a viajar, ya ciego, sólo para oler los países. Olfateó el Machu Picchu, conoció Japón con la mente, se dejó explicar las calles de París, de Tejas, de Nueva York, y Borges sólo les ofrecía sus pasos, los golpes de su bastón y en los hoteles se dejaba llevar del codo hasta el lavabo para dar de sí antes de volver al sofá del vestíbulo a ejercer de vidente en las sombras amarillas ante admiradores y reporteros. En todos los países y ciudades siempre había una mujer para hacer de pantalla entre él y los objetos. Hubiera preferido consagrarse al goce de la metafísica o de la lingüística, pero al final lo daba todo por un susurro femenino en el oído que le fiaba una incierta promesa, lo suficiente para alimentar su imaginación.
 
Borges vivía aventuras de galán a través una figura interpuesta en la persona de Bioy Casares, un devorador de mujeres, el rey del bataclán. Con su amigo departió durante treinta años la cena todas las noches con chismorreos culturales de alta y baja ley, los dos empollados por la gran clueca Victoria Ocampo, ama y señora de la revista Sur, donde abrevaron los intelectuales de moda de Europa traídos por ella a Argentina a buen precio.
 
A los 80 años estaba aburrido de ser Borges y deseaba conocer la sombra del misterio mayor de los hombres. Pero en el último momento levantaba una leve protesta. ¿Por qué voy a morirme si nunca lo he hecho antes? Era como si le dijeran que iba a ser buzo o domador. Al final creía que la muerte no le era permitida. No estaba seguro de que Dios necesitara su inmortalidad para sus fines. Pero Jorge Luis Borges murió. Lo hizo a sabiendas el 14 de junio de 1986 y está enterrado en el cementerio de notables de Plainpalais, en Ginebra, la ciudad donde había alcanzado por primera vez el placer sexual con una mujer en un prostíbulo. La última metáfora. Tenía miedo a seguir siendo Borges. Qué importa la muerte si eso le ha sucedido a un individuo llamado Borges, que vivió en Buenos Aires en el siglo XX, hace ya tanto tiempo. Qué importa si fue desdichado o feliz si ya ha sido olvidado. Todos corremos hacia el anonimato, sólo que los escritores mediocres llegan a la meta un poco antes, decía.
 
Texto: Manuel Vicent. Babelia. El Pais.com. 27.06.09.
 

Escrito por Alguien

27 Junio 2009 a 6:25

Franz Kafka, una metáfora del siglo XX.

con un comentario

Texto: Raúl Calvo Trenado. Rebelion.org. 17.06.2009.

Los historiadores se refieren al V antes de nuestra era como el siglo de Pericles, o al siglo XV como la era de los descubrimientos, o al XVIII como la Ilustración, o… Nosotros, al menos por lo que dure este escrito, vamos a llamar al no hace mucho tiempo concluido siglo XX como el siglo de Franz Kafka.

Una afirmación osada, es verdad, ya que por muy influyente que haya sido este escritor en la historia de la literatura, dudamos que ello haya significado que el gran público lo lea masivamente cual best seller vendido en unos grandes almacenes y que por tanto pueda haber cambiado la vida de millones de personas. Sin embargo, pocas plumas del siglo pasado nos sirven tanto como la del autor de En la colonia penitenciaria para poder realizar a la vez una parábola y un resumen de esta época.

¿Quién no se ha querido jalar a Kafka para sí? El realismo mágico lo cita como antecesor, de hecho en el libro El olor de la Guayaba, entrevista de Plinio Apuleyo Mendoza a Gabriel García Marquez, éste reconoce cuánto le debe a La metamorfosis; el existencialismo ve como en sus relatos abunda el absurdo, la desesperación y un toque individualista; un individualismo, por cierto, en el que reparan ciertas tendencias anarquistas; el marxismo advierte su crítica a la burocracia al igual que de nuevo el anarquismo; el judaísmo- recordemos: Kafka es judío – busca simbolismos de esta religión; el psicoanálisis podría aclararnos si Franz es paranoico y cómo le han afectado sus traumas familiares; sabemos además que simpatizó con la Revolución rusa y el bolchevismo, etc. etc.

Hasta tal punto se prolonga la sombra de Kafka que varias veces flotan en el aire las preguntas de qué hubiera pensado del ascenso del nazismo y el holocausto (murió en 1924) e incluso, por qué no, qué hubiera dicho acerca holocausto contra el pueblo palestino.

Para ser un escritor “duro” y quizá de minorías no está nada mal…. De hecho existe el adjetivo kafkiano, que el diccionario define como “Dicho de una situación: Absurda, angustiosa”. No muchos autores tienen el lujo de contar con un adjetivo propio, nos viene ahora a la mente solo el término dantesco. Es verdad, se nos puede decir, que existen otros tales como cervantino, quevedesco, calderoniano, etc. pero hacen más referencia a la obra del autor o semejanzas con ella- humor quevedesco, por ejemplo- que a situaciones, digamos “independientes” de sus autores.

Franz Kafka nació, como es sabio, en la bellísima ciudad de Praga – si tenéis ocasión, visitadla – lugar que contaba con uno de los más antiguos guetos de Europa. Su lengua no será el checo sino el alemán – si bien dominaba las dos – ya que su padre fue la que impuso porque real o supuestamente le convendría para tener éxito en el mundo del comercio y los negocios; esto, unido a su origen judío le da una sensación de desubicado, de pseudoexiliado.

Su padre precisamente ha sido la persona que- para mal- más ha influido en su vida; una figura castradora y autoritaria, su Hitler-Stalin particular, y que de alguna manera simboliza la represión alienante del pasado siglo. “Te destrozaré como a un pez”, le dice a su hijo, según cuenta éste en la Carta al padre, una de las misivas más famosas del siglo XX y que jamás fue enviada. En lenguaje actual diríamos que trató de llevar a su hijo por el camino “políticamente correcto” para hacer de él un ciudadano de pro dedicado al comercio o la abogacía.

Podemos ver el rastro de la figura paterna represora en sus escritos: en La metamorfosis y, sobre todo, en La condena, donde, por motivos que no quedan aclarados, un padre condena a su hijo a muerte por lo que parece ser un terrible pecado de desobediencia.

¿Qué tanto pudo influir este pesado ambiente familiar y social en que nuestro autor padecer de insomnios y jaquecas? Además, para acabar de complicar la situación, padeció tuberculosis. ¿Cuánto marcó todo esto las relaciones de Kafka con otras personas, especialmente con las mujeres a las que amó? Sea como fuere, no pudo establecer relaciones sentimentales estables.

Su falta de seguridad en sí mismo y en su propia capacidad le provocó no sólo que fuera renuente a publicar sino que gran parte de su obra esté inacabada y fragmentaria. Según un mal chiste, tanto en el sexo como en la literatura, mister Kafka todo lo dejaba a medias.

Paradójicamente, esa forma de componer “a trozos” es definitoria del estilo kafkiano. No nos imaginamos al autor con unos manuscritos perfectamente acabados sino que pareciera acomodarse bien su estilo “roto” a sus intenciones en unos textos a la vez claros y oníricos. Claros, expositivos y fríos como un libro de leyes o de medicina, oníricos como el mejor de los sueños, o la peor de las pesadillas.

Pensemos en su obra más famosa y uno de los grandes referentes culturales de la era contemporánea, La metamorfosis. Gregor Samsa despierta una mañana convertido en un monstruoso insecto, dice la obra, y normalmente se suele pensar en una enorme cucaracha, un ser que a la mayoría de la gente le causa repulsión. El protagonista es viajante de comercio, tiene una familia bien interesada y, como se dijo anteriormente, un padre autoritario. El paralelismo con el escritor es evidente. ¿Así se veía el autor, despreciado como un bicharraco asqueroso? Pero, quién metamorfosea en realidad, ¿Gregor Samsa o su familia, que lo desprecia y arrincona ahora que no sirve para traer dinero y mantener la casa? ¿Y en verdad han metamorfoseado o siempre fueron así? ¿Y vosotras/os, no os habéis sentido alguna vez como bichos raros en este mundo de locos?

“Cuando Gregorio Samsa despertó aquella mañana, luego de un sueño agitado, se encontró en su cama convertido en un insecto monstruoso. Estaba echado sobre el quitinoso caparazón de su espalda, y al levantar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas durezas, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia”.

En El Proceso, Josef K – nombre que aparece en más relatos y sobre el que no es necesario insistir que la K coincide con la inicial del apellido del escritor- es acusado de algo que nunca sabremos y contra lo que no podrá defenderse en medio de una maraña de burocracia infranqueable. Aquí, insisto, el estar el texto incompleto y fragmentario ayuda a crear la atmósfera de absurdismo, de no entender exactamente qué pasa y en cierto modo, al igual que en las tragedias griegas, de vernos como unos peleles del destino o, más prosaicamente, de unas circunstancias surrealistas.

Precisamente en esta novela se encuentra el que considero su obra maestra, Ante la Ley, un relato que se publicó de manera independiente y que aparece en medio de este escrito. Es un texto muy corto, como de una hoja, y recomiendo su lectura. Es sin duda su creación más hermética y más dada a suposiciones e interpretaciones; omito las mías y os animo a buscar la vuestras.

Quizá su mejor amigo haya sido Max Brod, a la vez su editor y su albacea testamentario. Y quien publicó casi toda la obra de Kafka a la muerte de éste, pese a que dejó escrito que la destruyeran (también a veces la “retocó” de manera un tanto caprichosa para “adecuarla”, lo que ha llevado a que los estudiosos hayan tenido que trabajar duro para recuperar la pureza del original). ¿Estáis de acuerdo con esa decisión de editar sus trabajos contra la decisión de su autor? En contra de esta postura está, obviamente, el respetar la última voluntad de Franz, a favor, el que dado el carácter excepcionalísimo de su prosa, ésta ya no pertenece en exclusiva a su autor sino que es patrimonio de la humanidad y hubiera sido un crimen terrible destruirla. ¿Qué opinas, querido lector, querida lectora?

En Algún día: Franz Kafka.

Escrito por Alguien

19 Junio 2009 a 8:11

Juan Benet: en un tiempo de silencio.

con un comentario

Brillantes, bebedores y patibularios. La relación de Benet con su amigo Martín Santos, que no le iba a la zaga en la inteligencia agresiva de joven superdotado, acabó por convertirle en uno de los personajes de su deslumbrante novela.

Dijo Albert Camus: “Si escribes claro tendrás lectores; si escribes oscuro tendrás comentaristas y discípulos“. En aquellas noches de la Transición entraba Juan Benet en Bocaccio montado en su propia petulancia y lo que más molestaba a sus colegas, que escribían claro, no es que fuera un escritor oscuro; simplemente se hacía odiar porque daba siempre la sensación de que llegaba de un lugar donde lo había pasado muy bien y en esta profesión eso no se perdona. Sentado en el peluche o junto a la barra con un pie en el estribo al cuarto de hora ya había espantado a los idiotas con sus impertinencias. Tenía un alcohol peligroso, muy despectivo, pero entre todos los de su generación era el que sabía mover mejor el hielo del gin tonic o del güisqui con la yema del dedo índice sin dejar de citar a la vez a Saint Simon o incluso a Jenofonte a las tres de la madrugada.

Pese a su diseño de esnob a la inglesa, alto, de hueso estrecho, cuello largo y el vientre de lavabo, en su juventud fue proclive al madrileñismo castizo e incluso actuó de banderillero en una plaza de carros. En compañía de su amigo Martín Santos, que no le iba a la zaga en la inteligencia agresiva de joven superdotado, paseó su figura con aire displicente por la cota de la calle Barquillo y se reflejó en los escaparates galdosianos poblados de bragueros, suspensorios y piernas ortopédicas, pensiones de viajeros y estables, tascas aceitosas y prostíbulos donde a media mañana, mientras las pupilas aún dormían, se podía jugar al parchís con una matrona coronada de bigudíes, bata de felpa y rímel corrido, pero sumamente amorosa, una afición que compartía con la absoluta pureza de la clase de física matemática en la academia de Gallego Díaz.

Juan Benet iba a ser ingeniero de Caminos; Martín Santos era médico y hacía el doctorado en psiquiatría. Los dos llevaban ya la literatura sumergida, alimentada con lecturas voraces de los autores más consistentes, una vocación que mantenían en secreto para evitar el ridículo. En ambos casos su erudición establecía unas justas en los veladores del café Gijón y entre el grupo de amigos cada uno tenía ya sus partidarios. ¿Cuál de estos dos intelectuales soltaba la frase más inteligente, la ironía más acerada, el desprecio más cáustico, la novedad más imprevista, la cita más hermética? Después de hablar hasta la extenuación de Heidegger, de Conrad, de Jaspers, de Joyce, de Ortega o de Proust, los dos en comandita se iban de putas. Sabían que un día romperían a escribir y en este sentido se vigilaban mutuamente como corredores antes de sonar el disparo de salida. Se habían conocido por amigos comunes en las reuniones literario-filosóficas de Gambrinus o tal vez en la tertulia de Baroja en la calle de Alarcón. Eran complementarios.

Martín Santos parecía más brillante, más bebedor, más prostibulario; era un socialista muy politizado, nacido en Larache, hijo de un general vencedor, afincado luego en San Sebastián donde tenía su consulta de psiquiatría. Benet había nacido en Madrid donde su padre fue fusilado por el bando republicano al iniciarse la guerra. La familia se trasladó a San Sebastián y volvió a Madrid al final de la contienda. Ahora andaba con su cerebro cubierto con un casco de ingeniero por Ponferrada, Oviedo, el Pirineo, levantando presas, sumergiendo pueblos en los pantanos. Uno entre locos, otro entre cemento armado.

Juan Benet había comenzado a publicar desde muy abajo. Su primer libro de relatos, Nunca llegarás a nada, pagado a sus expensas, lo sacó el editor anarquista valenciano Giner, en 1961, en un catálogo donde figuraba en segundo lugar después de un manual para utilizar olla exprés. Pero, de pronto, Martín Santos le ganó por la mano. Mientras en su consulta atendía a gente más o menos desequilibrada, escribía de forma compulsiva, casi clandestina, una novela que le daría súbitamente la fama. Con Tiempo de silencio, publicada por Seix Barral en 1962, Martín Santos metió a Joyce como un disolvente en el realismo social del momento y ese espejo literario que reflejaba el ala de mosca del franquismo se quebró en mil vidrios y cada fragmento era un guiño que deslumbró a críticos y lectores progresistas. El éxito de Martín Santos pilló a contrapié a su amigo Benet. Se daba por supuesto que era el ingeniero y no el psiquiatra el que iba ser escritor. Benet no supo evitar los celos, aunque los remedió mediante una crítica sumamente acerada e inteligente de la novela, pero la competencia no pudo ir más allá porque Martín Santos murió poco después en un accidente de coche en Vitoria y su carrera literaria quedó truncada a mitad de la gloria, que se acrecentó cada día impulsada por su desaparición. Parecía que la historia de la novela contemporánea española la dividía una línea que atravesaba la tripa de estos dos caballos.

En Tiempo de silencio quedó reflejada la figura de Benet en el personaje de Matías. Fue otro factor de desencuentro. Benet se sintió en cierta forma traicionado por su amigo. Ese Matías era un contrapunto del propio Martín Santos y no estaba a la altura del concepto que Benet tenía de sí mismo. El humor de ese personaje, sus aventuras nocturnas eran más bien rudimentarias, sus golferías tampoco tenían demasiada gracia y en los debates de la inteligencia en las noches de vino largo siempre salía derrotado por el protagonista, cosa que no sucedía en la vida real. Benet se vio como un actor de reparto en esta historia.

Puede que el impulso de quemarse las alas de Ícaro contra el sol lo tomó Benet como una reacción a la herida que le infirió en su orgullo literario Martín Santos y una vez puesto a derrumbar falsas empalizadas cargó no sólo contra el costumbrismo y el realismo social sino también contra la moda del pensamiento interior con todos los grumos del subconsciente, que su amigo había introducido en la novela que le había dado fama, bebido directamente de Joyce.

Con tal de alejarse de los portales con olor a berza, del tremendismo ibérico y del casticismo el médico psiquiatra se había ido a Dublín y el ingeniero se largó a Misisipi y cada uno en ese lugar se puso al servicio de su amo. Los fantasmas de Joyce y de Faulkner comenzaron a pasearse por Madrid. Había que escribir de otra forma. La realidad tenía voces superpuestas, facetas poliédricas que al girar arrojaban luces contradictorias del tiempo distorsionado y había que expresarlas a través de periodos y párrafos llenos de oraciones derivadas hasta dejar al lector sin respiración, metido en un laberinto antes de llegar a la sustancia de las cosas.

Al final de este combate entre dos amigos Martín Santos ha quedado con el prestigio de un talento truncado por la muerte, con aires de leyenda. La novela Tiempo de silencio es una referencia en la literatura contemporánea, pero no deja de ser un reflejo paródico de un Joyce de segunda mano amasado con un costumbrismo madrileño. En cambio, a Juan Benet lo ha salvado, más allá de su obra, su actitud de enfrentarse a contradiós, con una irritante displicencia, a toda la garbanzada ibérica. Se ha cumplido el veredicto de Albert Camus: es un escritor con discípulos y comentaristas, sin lectores. A cualquier lugar donde uno vaya encontrará a un benetiano de guardia que se cree su representante en la tierra. Benet sabía innumerables cosas inútiles. Aplicó a la literatura la alta disciplina matemática, pero al final le esperaba una maldición. Su libro más leído, una verdadera joya literaria, es una obra costumbrista, Otoño en Madrid hacia 1950, que expresa el tiempo en que Benet paseaba su talento displicente por el mundo galdosiano, tan odiado.

Debolsillo ha editado dentro de la colección La Biblioteca Juan Benet “Volverás a región”, “Una meditación”, “Un viaje de invierno” y “La casa de Mazón”. En junio saldrá a la venta “Saúl contra Samuel” y “Aire de un crimen”.

Texto: Manuel Vicent. Babelia. El Pais.com. 30.05.09.

Escrito por Alguien

30 Mayo 2009 a 10:36

Ernest Hemingway: tener o no tener la foto.

con un comentario

Vivió oportunamente grandes momentos de la historia del siglo XX y terminó en punta su sentido de la existencia. El viejo y el mar fue su obra maestra. Al leerla, Faulkner dijo que, de pronto, el escritor había encontrado a Dios.

Tenía el don de estar en el sitio exacto en el momento oportuno, siempre que hubiera cerca un fotógrafo, hasta el punto de que parece que la Primera Guerra Mundial se hizo sólo para que Hemingway fuera conductor de ambulancia en el frente de Italia, cayera herido por una granada de mortero y en el hospital de Milán se enamorara de la enfermera Agnes H. von Kurowski que le serviría luego de modelo para la protagonista de Adiós a las armas. París de los años veinte tampoco sería una fiesta si uno no imaginara al joven periodista Hemingway viviendo encima de una serrería o escribiendo en un cafetín de la Place Saint Michel o sentado en la terraza de la Closerie des Lilas en compañía de Scott Fitzgerald o en casa de Gertrude Stein con Ezra Pound, o en la librería Shakespeare & Company, en Odeón, 12, cruzándose con James Joyce en la puerta que también acudía a pedir libros prestados a Sylvia Beach o en el Harry’s bar donde dejó colgados sobre la barra sus guantes de boxeo. Ya entonces presumía de gran macho de la tribu, pero cuenta Zelda Fitzgerald que un día su marido volvió a casa con Hemingway después de una borrachera y se desmayó. En sueños dijo: “Ya basta, mi pequeño”. Y Zelda lo interpretó como prueba de que Scott y Hemingway mantenían una relación homosexual.

Los sanfermines dejaron de ser una brutalidad racial desconocida cuando este escritor, enamorado de la violencia castiza, bajó por primera vez, en 1925, a Pamplona desde París con su mujer Hadley y unos amigos norteamericanos a correr los encierros y a exponerse como un icono en el café Iruña con un pañuelo rojo en el cuello antes de escribir esa novela mediocre titulada Fiesta, que lo llevaría a la fama. A partir de aquel año sucesivamente la figura de Hemingway iría asociada a las corridas de toros y a los veranos sangrientos en España y su literatura se llenaría de los tópicos que se tragaba en el callejón y en el patio de caballos servidos por pícaros y flamencos.

En otro momento oportuno de la Historia, en 1937, aparecerá Hemingway en el hotel Florida de la plaza del Callao durante el asedio de Madrid en la Guerra Civil, alternando el bar de Chicote con el frente del Jarama, lo justo para saciarse de violencia y escribir Por quién doblan las campanas, otra novela mediocre. Años después describirá el desembarco de Normandía desde el hotel Savoy de Londres con una botella de whisky a los pies, aunque su genio para la crónica te hará creer que va a bordo de una tanqueta acuática bajo una tupida lluvia de hierro alemán en la playa de Omaha. Una vez saciado de heroísmo literario, en compañía del fotógrafo Robert Capa llegó a París a remolque de los carros de Leclerq y durante el camino, al ser atacados por una escuadrilla de aviones enemigos, Hemingway saltó del convoy, se echó cuerpo a tierra en la cuneta con las manos en la cabeza y con el trasero muy subido. Capa le hizo una fotografía en esta postura poco airosa, que fue motivo suficiente para que le retirara la palabra hasta el final de sus días. Tenía una consigna: a este mundo se ha venido a todo menos a parecer un cobarde y hacer el ridículo. Llegado a París, ya liberado, depositó una caja de bombas de piña en la puerta del estudio de Picasso en la Rue des Grands Augustins y a continuación se fue a hotel Ritz a beberse el champán que habían dejado los nazis en la nevera.

Durante uno de sus regresos de Europa había hecho escala por primera vez en La Habana en 1928. En los años treinta, durante la Ley Seca, Hemingway bajaba regularmente a la isla a beber y a pescar. Se instalaba en el hotel Ambos Mundos cerca del puerto y cada mañana recorría la bulliciosa calle Obispo llena de negritos de tripa hinchada, aventureros y traficantes, entre andares espesos de mulatas, gritos de buhoneros y el olor meloso que exhumaban las guaraperías, hasta desembarcar su cuerpo en el Floridita donde tomaba un daiquiri doble sin azúcar, puesto que ya tenía demasiado azúcar en la sangre. Esa botillería con el tiempo se convirtió también en otro lugar de peregrinación donde hoy se rinde a Hemingway un culto desmesurado. En aquel tiempo el escritor alternaba cacerías en Kenia y Tanzania con sucesivos matrimonios, Pauline Pfeiffer, Martha Gellhorn. Mary Welsh, de los que le fueron naciendo hijos y trofeos de leones, impalas y guepardos muertos. En diciembre de 1940 compró la Finca Vigía en el poblado de San Francisco de Paula, cerca de La Habana. En 1954 se le concedió el Premio Nobel y vivió una historia romántica crepuscular con la joven condesa veneciana Adriana Ivancich. En 1960 se fotografió con el joven barbudo Fidel Castro, otra de sus grandes piezas de caza, para colocarse en lo que parecía en ese momento el lado bueno de la historia y un año después, viéndose muy enfermo, el 2 de julio de 1961, se pegó un escopetazo en el paladar y terminó en punta su sentido de la existencia. Si uno no puede vivir como quiere, mejor largarse por el escotillón.

Un día en La Habana, a un moreno jabao, llamado Mayedo, marinero que faenaba la cherna con palangre en la corriente del Golfo, le pregunté si Hemingway sabía de qué hablaba cuando escribió El viejo y el mar. Me dijo que sí, que ese libro era verdadero. Según su criterio, las cacerías de Hemingway en África tenían el aire de los safaris que proporcionan las agencias de viajes, pero, al parecer, los pescadores de Cojímar le enseñaron a no mentir y la leyenda que corría en ese pueblo acerca de un viejo que peleó inútilmente en medio de la soledad del mar en su pequeño bote con un gran pez le inspiró esta obra maestra de la literatura contemporánea.

Lo más profundo de este relato parte de una licencia literaria. Un pez aguja, tan pronto se siente trincado por las agallas, sale a la superficie a ver qué ha sucedido allí arriba y en seguida presenta pelea. Hemingway decide que el pez permanezca un día entero, incluyendo la noche, en el abismo sin manifestar su presencia a flor de agua para que el viejo pescador, unido a él con el sedal, pueda imaginarlo y hacerlo introspectivo mediante una lucha tenaz hasta incorporarlo a su espíritu.

Cuando escribió este relato Hemingway pasaba por un mal momento. La crítica había vilipendiado hasta la crueldad el romanticismo hueco de su última novela Al otro lado del río y entre los árboles. Sus personajes se habían movido en el vacío y carecían de pasado, opinaba Faulkner, pero este borracho del Sur, al leer el cuento de ese pescador, dijo que, de pronto, Hemingway había encontrado a Dios. “Ahí está el gran pez: Dios hizo el gran pez que tiene que ser capturado; Dios hizo al viejo que tiene que capturar al gran pez; Dios hizo a los tiburones que tienen que comerse al pez, y Dios los ama a todos ellos”. Pero no se sabe si Hemingway los amaba de verdad puesto que en alguna ocasión pescó tiburones con un rifle automático sin distinguir peces de leones, repartiendo a ambos el mismo plomo a mansalva.

Aunque el malvado Borges dijo que Hemingway se suicidó el día en que, por fin, se dio cuenta de que era un mal escritor, la tensión con que cada palabra tira de la acción en cualquiera de sus crónicas, cuentos cortos e historias es suficiente para quedar redimido de su obscena pasión por ocupar el centro de la fotografía allí por donde su cuerpo pasaba. Buscó siempre que sus frases fueran sencillas y verdaderas, como fue también de verdad el escopetazo que se pegó en la boca para guardar el silencio auténtico, que lo haría inmortal.

Texto: Manuel Vicent. Babelia. El Pais.com. 25.04.09.

Pío Baroja. Un café con leche a media tarde.

con un comentario

No dejó de escribir un solo día, hasta caer exhausto en el sillón de orejas en su piso de Madrid. Representante de la generación del 98, su pesimismo y su desencanto acabaron por reflejarse en su creación.

Pío Baroja nació en San Sebastián, el 28 de diciembre de 1872. Estudió medicina en Valencia, donde su padre era ingeniero del puerto, en un tiempo en que la salud sólo se fiaba a la sangría con sanguijuelas; ejerció la profesión de médico rural en Cestona y hay que imaginarlo de noche bajo la ventisca a lomos de un mulo visitando enfermos por los caseríos y obligando a sacar la lengua a vascos muy rudos. Puesto que entonces una pulmonía simple podía llevarte al seno de Abraham y él no se sentía capaz de impedirlo, Baroja se hizo panadero de Viena Capellanes en Madrid, negocio que también se fue muy pronto a la ruina. En vista del caso, después de tocar varios palos sin éxito, rompió en escritor, que es el mar donde suelen ir a dar los sueños de muchos jóvenes frustrados y apalancado en este oficio ya no cesó de garrapatear cuartillas durante sesenta años seguidos.

Antes de quedar diseñado finalmente con la boina y la barbilla blanca, la bufanda, el gabán, las babuchas de orillo y la manta sobre las rodillas sentado en un sillón en los últimos años de su vida, Baroja había dejado atrás imágenes muy potentes de su persona. Fue explorador con botas polvorientas de los desmontes del extrarradio de Madrid entre perros hambrientos sin collar que compartían la búsqueda de la vida con seres violentos y desheredados; participó como contertulio siempre esquinado, anarcoide, amamantado por Nietzsche en la peña del café de Levante donde cantaba la Zarzamora; husmeó por librerías de viejo y chamarilerías, exhumando crímenes famosos y personajes atrabiliarios, que describía con un estilo desastrado y a la vez con rasgos poderosos gracias a su talento para esculpir los contornos indelebles de la vida; viajó por Europa y realizó correrías en compañía de Ciro Bayo por el Maestrazgo en busca del rastro del carlista Cabrera y de curas trabucaires; se bandeó como pudo, ambiguo y miedoso, en la delgada línea roja de la Guerra Civil en su casona de Vera del Bidasoa, entre requetés, milicianos y falangistas hasta exiliarse en París donde quedó varado en la Casa de España ante un plato de sopa.

A su regreso a la zona franquista Baroja tuvo que jurar a contradiós los principios del Movimiento como una forma de subsistir. Quedó al margen del circuito social, pero no dejó de escribir un solo día para dar a las máquinas más de cien novelas, aparte de memorias y un aluvión de artículos y relatos, hasta caer exhausto en el sillón de orejas en su piso de Alarcón, 12, en Madrid, gruñón y pesimista antropológico, en medio de una tertulia de seres derrotados, arbitristas y excéntricos como personajes de su creación. Hubo nombres que se hicieron famosos sólo por haber compartido con el escritor en sus últimos años un café con leche y un surtido de bollería en aquellas reuniones de media tarde. Había contertulios fijos, el doctor Val y Vera, Casas, Gil-Delgado, el doctor Arteta, el ex gobernador republicano Estévez, y otros eran transeúntes, algunas veces Cela, o González Ruano o Juan Benet y otras gentes extrañas de paso por Madrid. Y además estaba don Vladimiro. Y así hasta su muerte el 30 de octubre de 1956 con el espectáculo funerario-ideológico-literario de su entierro que marcó la conciencia de una generación de posguerra. ¿Qué hizo Martín-Santos sino tratar de inocular a Joyce en Baroja? ¿Qué intentó Benet sino pasar a Baroja por las armas de Faulkner? ¿Qué hizo Cela sino abducir la fama de aquel hombre para que le sirviera de propio pedestal?

Por mi parte llevo la figura de Baroja asociada a un recuerdo de mi niñez cuando este escritor se había convertido en el personaje misterioso que un día iba a llegar, como invitado, a la casa solariega que Eduardo Ranch, un señor de Valencia, musicólogo, erudito y laico tenía en mi pueblo. En aquella casa había una habitación preparada para don Pío, que estuvo cerrada durante muchos años puesto que don Pío nunca acudió a la cita. La espera infinita de este personaje quedó fijada en mi memoria durante la adolescencia como una ficción literaria. Al pueblo sólo llegó su sobrino Julio Caro al que traté de vislumbrar luego en fotografías color tabaco acompañando a Eduardo Ranch por las trincheras que había dejado la guerra por los montes de alrededor. Este hecho me impulsó a leer a Baroja a edad muy temprana y fue Camino de perfección la primera de sus novelas que cayó en mis manos, lo que me produjo una excitación extraordinaria porque la leí en clandestinidad saboreándola como un pecado.

Mucho tiempo después, cuando Baroja ya había muerto y yo vivía en Madrid tuve la oportunidad de sumarme junto con el escritor Vázquez Azpiri, como un alevín, a la peña que Julio Caro montó en el sótano de la cafetería Fuentesila, en la Gran Vía, con los supervivientes de la tertulia del piso de Alarcón, que habían quedado agarrados a algún madero después del naufragio. Allí conocí a don Vladimiro, un personaje barojiano hasta sus últimas consecuencias, del que nunca nadie supo a qué se había dedicado en la vida. Yo solía decirle: “Usted, don Vladimiro, vivirá muchos años porque tiene el cuello muy largo”. Así fue. Era delgado, alto, simpático, de risa muy fácil y agradecida. La única hazaña que pudo aportar a la vida fue que en un tren borreguero, recién terminada la guerra, viajando desde Galicia a lo largo de toda una noche, logró seducir a una monja cerca de Venta de Baños en cuyo escarceo en el vagón de tercera ella estuvo a punto de sacarle un ojo con la punta de la toca almidonada. Fue también este don Vladimiro, y no Gil-Delgado, según me contó de primera mano, quien en la tertulia de Baroja soltó una frase famosa que ha pasado a la historia de la literatura.

Una de aquellas tardes en Alarcón, 12, los contertulios de Baroja se encontraron al llegar con que allí estaba sentado un prelado vasco que había bajado desde San Sebastián para conocer al escritor. Sobre la mesa de centro había té, café, chocolate y un surtido de bollería puesto a disposición de tan ilustre visita. Los componentes de la tertulia, anticlericales, librepensadores y republicanos represaliados, quedaron trabados en un silencio temeroso ante aquella dignidad eclesiástica sin que nadie osara romper aquel aire suspendido. Después de unos largos minutos de mutismo muy sólido don Vladimiro alargó la mano y dijo: “Bueno, un servidor, con el permiso del señor obispo se va a comer un cruasán”. Fue este cruasán y no el higo seco que Gil-Delgado se sacó del bolsillo del gabán el que rompió el miedo reverencial.

Conocer a don Vladimiro fue como establecer un nudo vital con el mundo de Baroja después de haber leído sus libros y haber buscado las primeras ediciones por librerías de lance. La tertulia de Fuentesila se extinguió por reforma del local, sus componentes se diseminaron por otras peñas y fueron muriendo. Don Vladimiro los sobrevivió a todos y finalmente a punto de cumplir 90 años fue recogido en nuestra tertulia del café Gijón. Un día dijo: “Esta noche voy a cenar unas judías con chorizo”. Al día siguiente no apareció. Ya no volvimos a verlo más.

Nunca he dejado de recordar la maravillosa taquicardia que me produjeron las primeras lecturas prohibidas de Baroja, pero después de muchos años este escritor, que había alimentado las fantasías de mi niñez como un ser misterioso disuelto en el aire, tomó cuerpo a través de unos personajes de carne y hueso derrotados, que parecían salidos de sus novelas con los que acabé tomando un café con leche a media tarde.

Texto: Manuel Vicent. Babelia. El Pais.com. 28.03.09.

 

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28 Marzo 2009 a 10:14

Hermann Hesse. Cómo aprender a volar.

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Este escritor flaco, de ojos azules ardientes y pelo claro, tímido y recio a la vez, se convirtió en un referente literario al que se han agarrado sucesivamente muchos jóvenes para iniciarse en el vuelo contra los valores de una moral burguesa devastada.

Hermann Hesse nació el 2 de julio de 1877 en Calw-Württemberg, pequeño lugar de la Suabia, hijo primogénito de un misionero báltico y de una madre, que era hija a su vez de otro misionero en la India, famoso lingüista y erudito. Amamantado en un hogar de pietistas fanáticos, el niño llegó a la adolescencia aplastado por la Biblia. Recibió la primera enseñanza en la escuela misional y en ella los salmos, el órgano y las plegarias constituían su principal sustento, al que se unían las correrías por la pradera donde hablaba con los pájaros, las zambullidas en el lago durante el verano, la verdad aprendida en los duendes del bosque y la amistad con el zapatero, el carnicero y otros sencillos menestrales del pueblo.

Estas excursiones eran su única escapatoria con la que el niño llenaba la imaginación más allá de la férrea educación religiosa a la que estaba sometido. Entre la naturaleza virgen, apenas hollada, y el látigo de la conciencia transcurrieron sus primeros años. La vitalidad del muchacho pronto entró en conflicto con la vida oscura de su familia, que lo había destinado a la iglesia para ser ungido por el Señor; pero, desde el primer momento hasta el final de sus días, Hermann Hesse luchó para elegir la clase de ungüento con el que quería ser consagrado. “Samuel ungió rey a David, pero el óleo no puede convertirme a mí en rey”.

Pese a todo, no pudo evitar la inercia clerical de sus padres. Tuvo que estudiar latín, griego, gramática y estilística para preparar el examen de estado de Württemberg con el que podía acceder a la formación gratuita como teólogo evangélico en el seminario de Tubinga. Hermann Hesse fue un pálido adolescente enclaustrado que, entre los húmedos paredones de Maulbronn, no hacía sino recordar la libertad que gozó en su niñez entre los álamos negros y los alisos del lago, el silencio de la nieve en los abetos, la magia de los juegos en la plazuela con otros compañeros, el conocimiento de los animales, las plantas y las estrellas. Después de un largo tiempo de encierro tomó la determinación de huir. Un día saltó la tapia del seminario y volvió a casa con un pequeño equipaje en el que ya no estaba incluida la Biblia, y cuando este adolescente levítico se creía libre, empezó la tortura. Hermann Hesse quería ser escritor o nada, pero esa elección no se alcanza impunemente. Los padres internaron al muchacho en un centro religioso de curación en Bad Boll y, en vista de que no sanaba de sus sueños, lo llevaron ante el afamado exorcista Blumhardt para que le sacara el demonio del cuerpo, como había hecho con otros posesos de la comarca. En medio de ese rito, lejos de echar espuma por la boca, el muchacho imaginaba la rama de abeto iluminada por el sol del verano de donde su cuerpo endemoniado pendería entre el canto de los pájaros o se veía ahogado en el seno del lago cuyas aguas en los días felices de vacaciones habían recibido gloriosamente sus alegres zambullidas coreadas por los gritos de felicidad de sus compañeros. Después de un intento de suicidio, sus padres lo pusieron en manos de un psiquiatra en una clínica de Steten, y la tortura siguió hasta que el joven encontró la salvación por sí mismo en la rebeldía.

No sería ungido por Dios, pero sería relojero, bibliotecario o librero, oficios que, bien mirado, también podían ser divinos. Tímido y enamoradizo siempre frustrado, Hermann Hesse comenzó a construirse por sí mismo a través de las lecturas de Heine y de Goethe hasta romper finalmente en poeta. Mientras trabajaba en una fábrica de relojes de Calw o hacía el aprendizaje en una librería de Tubinga o de Basilea, soñaba con saltar ahora la propia tapia y fugarse a Brasil, pero comenzó a escribir poemas, cuentos y novelas como otra forma de huir hacia dentro. Después viajó a Italia, se casó con María Bernoulli y convivió con ella en una casa campesina en Constanza junto al lago. De esa existencia libre en medio de la naturaleza extrajo la parte esencial de su literatura con el culto a los cinco sentidos. El hombre no está aquí para alcanzar la verdad. A este mundo se ha venido sólo a gozar y a sufrir, de modo que la formación del espíritu consiste en elegir los goces más sutiles y combatir los sufrimientos como una frontera. La libertad, el anti-intelectualismo, la sensualidad poética y la salida siempre irónica del escepticismo fueron sus conquistas literarias, y ante la hecatombe bélica que se avecinaba en Alemania en el año 14, Hermann Hesse adoptó también la rebeldía del pacifismo contra el espíritu belicista de sus paisanos.

Muchos adolescentes quemados por un ascua interior, que se enfrentaron al horizonte de escombros de la Europa asolada por la Gran Guerra, descubrieron a Hermann Hesse y lo adoptaron como guía espiritual. Desde entonces, este escritor flaco, de delicada estructura ósea, de ojos azules ardientes y pelo claro, tímido y recio a la vez, con una tensión de ave de presa en el rostro, se convirtió en un referente literario al que se han agarrado sucesivamente muchos jóvenes para iniciarse en el vuelo contra los valores de una moral burguesa también devastada.

En los años sesenta del siglo pasado, cuando los hippies inauguraron diversas rutas hacia los lugares iniciáticos de planeta, en su morral de apache, junto al pequeño alijo de marihuana, llevaban alguno de estos tres libros inevitables, Demian, Siddharta o El lobo estepario, muy manoseados por los vistas de aduanas, en los que Hermann Hesse daba las pautas para sobrevolar toda clase de ruinas sin excluir las que cualquiera lleva en el corazón. Por su parte, este escritor nunca olvidaría el esfuerzo que tuvo que realizar para liberarse de las propias ataduras; entre ellas, el nudo de la soga con la que intentó ahorcarse.

Viajó a la India, tal vez en busca de una nueva espiritualidad, tal vez para liberarse del doloroso vínculo con sus padres. De esos viajes no se trajo ninguna experiencia que no encontrara en el lago Constanza, una fuerza interior que le serviría para sobrellevar la esquizofrenia de su mujer, la grave enfermedad de uno de sus hijos, otros amores perdidos y el rechazo con que el patriotismo alemán quiso vengar su posición crítica ante la maldad de las guerras. Fue censurado. Su nombre desapareció de los periódicos. Escribió con seudónimo. Adoptó la nacionalidad suiza. Se estableció en Montagnola, condado de Tesino, y en su arduo combate por la libertad de espíritu se derrumbó algunas veces, de cuyo cataclismo nervioso lo sacó el doctor Lang, discípulo de Jung, y la amistad con Thomas Mann, con el que trabó una extensa correspondencia. Durante el nazismo, sus libros ardieron en una plaza de Berlín atizados por la Gestapo, pero al final de la II Guerra Mundial fue coronado por el premio Goethe y con el Nobel. Hermann Hesse murió en 1962 en Montagnola y allí está enterrado. Hasta allí acuden en peregrinación todos los lectores que en las páginas de sus libros aprendieron a volar.

Se ha dicho que Hermann Hesse fue viejo en la juventud y joven en su vejez. He aquí sus lecciones de iniciación: librarse de cualquier vínculo con los afectos dolorosos, disolverse en la ilusión del nihilismo, ser el creador de la propia alma, sintetizar en ella todas las fuerzas opuestas, absorber la magia de la naturaleza más allá de todas las patrias, agarrarse a un asa de viento para alcanzar todo aquello que deseábamos ser cuando, al salir de la adolescencia, le leíamos en verano tumbados en una hamaca a la sombra de los álamos. ¿Quién no ha soñado alguna vez con ser como él un lobo estepario? -

 

Texto: Manuel Vicent – Babelia – 28/02/09.

 

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28 Febrero 2009 a 11:04

Prohibición de un libro de Galileo.

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“…Dadme las naves y adaptadme las velas al viento celeste; habrá gente que no tendrá miedo ni siquiera de cara a aquella inmensidad. Y para estos descendientes que ya dentro de muy poco se aventurarán por estos caminos preparemos, oh Galileo, yo una astronomía lunar y tú una joviana”. Johannes Kepler a Galileo Galilei en Dissertatio cum Nuncio Sidereo.

Ciertas fechas deberían ser borradas del calendario, son merecedoras del oprobio y la vergüenza. Una de ellas es el 24 de febrero, cuando una comisión de teólogos consultores de la Inquisición, en el año 1616, censuró la teoría heliocéntrica de Copérnico reafirmando la inmovilidad de la Tierra.

En realidad el proceso fue algo más complicado. Comenzó el 19 de febrero con la propuesta de censura de una comisión de expertos, entre los cuales no había ningún astrónomo. Continuó con una reunión de la Congregación del Santo Oficio en la que se inició la amonestación a Galileo por orden del papa Paulo V, realizada al día siguiente por el cardenal Bellarmino, cuando se le prescribe que abandone la opinión de que la Tierra se mueve. El primero de marzo, la Congregación del Índice prohíbe una serie de libros relacionados con el heliocentrismo y su validez desde un punto teológico, y se suspende la obra copernicana De Revolutionibus Orbium Coelestium (Sobre el movimiento de las esferas celestiales), publicada póstumamente en 1543, hasta su “corrección”. La obra maestra de Copérnico permanecería en el índice de libros prohibidos (Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum) hasta 1835. Recordemos que la teoría heliocéntrica, y el modelo matemático que la acompaña, era esencial para calcular con precisión y sencillez los movimientos de los planetas y estaba relacionada con la reforma del calendario, por lo que era extremadamente difícil prohibirla completamente. El decreto se publicaría varios días más tarde, el 5 de marzo de 1616.

El instrumento maravilloso. La historia de las tribulaciones de Galileo y sus encuentros y desencuentros con la jerarquía eclesiástica, por supuesto, no comienza ni termina ahí. El inicio hay que buscarlo probablemente en 1609, cuando recibe noticias de la existencia de un instrumento maravilloso, compuesto de lentes, capaz “acercar” los objetos. Con esta limitada información, Galileo construye su primer telescopio durante el verano de aquel año. Ya en diciembre se encontraba observando el firmamento con telescopios de calidad adecuada. Y es entonces cuando un nuevo universo se abrió para él, y también para nosotros, herederos intelectuales de la obra galileana. Entre sus múltiples descubrimientos están: las manchas del Sol, las montañas de la Luna, las fases de Venus, los cuatro satélites principales de Júpiter, los anillos de Saturno (sin darse cuenta de su naturaleza), la explicación de las mareas, la gran densidad de estrellas de la Vía Láctea, el propio uso del telescopio y del péndulo como instrumentos científicos, leyes de la dinámica, estudios sobre la caída de los graves, entre otros. Es precisamente el descubrimiento de las manchas solares lo que le puso en colisión directa con los jesuitas, debido a la disputa que inició por la prioridad y el significado de las mismas con el padre Christopher Scheiner, quien insistía en la incorruptibilidad del cielo.

Otra disputa con un miembro de esa orden, en este caso Horazio Grassi, fue por la naturaleza de los cometas. Diversos intelectuales ligados a varias órdenes religiosas (aunque también encontraría aliados dentro de alguna de ellas) asediarán a Galileo de manera implacable.

Años más tarde, el 22 de junio de 1633, a pesar de la protección de los duques de Toscana, la poderosa familia Medici, Galileo será formalmente condenado por la Inquisición y forzado a abjurar, de rodillas y bajo amenaza de torturas, de la teoría de Copérnico, calificada de herética. Y lo es a instancias de su supuesto amigo, el pontífice Urbano VIII, elevado al trono papal en 1623.

Prohibición de un libro de Galileo. La historia de Galileo y la prohibición de su libro Diálogo sobre los dos grandes sistemas del mundo, donde exponía de manera contundente la superioridad de la teoría copernicana que situaba al Sol en el centro del universo (y por tanto forzando el movimiento de la Tierra, lo que se oponía a la interpretación literal de ciertos pasajes de la Biblia) frente a la visión geocéntrica y geoestacionaria de Claudio Ptolomeo es, verdaderamente, fascinante. Y ello a pesar de las limitaciones impuestas por Urbano VIII durante el proceso de edición del libro, completamente supervisado por la jerarquía romana y que le dio, en un primer momento, el imprimátur, la declaración oficial de estar libre de error moral o doctrinal.

Todo el proceso es, en verdad, de gran complejidad, digno de la mejor novela de conspiración renacentista. Desde sus antecedentes históricos (el desarrollo de la teoría heliocéntrica por parte de Nicolás Copérnico) prácticamente un siglo antes, pasando por los métodos procesales de la Inquisición (que se soslayaron o incluso contravinieron en el caso Galileo), la guerra ideológica entre partidarios y enemigos de Galileo en el mundo académico, hasta el papel de la política internacional, incluyendo la lucha contra el protestantismo y el enfrentamiento entre España y Francia que forzó la reorientación de política de Urbano VIII, lo que bien pudo influir en su cambio de opinión, tan drástico, respecto a la obra de Galileo. Y llegando hasta la revisión del caso por una comisión de expertos a partir de 1979 por indicación de Juan Pablo II. El llamado caso Galileo está repleto de múltiples manipulaciones de inquisidores e historiadores, que llegan hasta el fraude y la tergiversación descarada de evidencias.

Eppur si muove“… Probablemente Galileo, anciano y derrotado, no pronunció está frase al salir de la sala donde tuvo que abjurar de la teoría heliocéntrica. “Y sin embargo se mueve”… En cualquier caso, algunas pruebas empíricas del movimiento de rotación de la Tierra son:

- La caída libre de los cuerpos, ya sugerida por Galileo. Al caer se desplazan hacia el Este. La primera confirmación se obtuvo en un experimento realizado en 1791 desde la Torre de los Asinelli, en Bolonia.

- El péndulo de Foucault. La primera comunicación se realizó 1851.

- La desviación de los proyectiles de artillería hacia la derecha en el hemisferio Norte.

- La aberración de la luz, descubierta por James Bradley en 1728, y que es el resultado de la suma de la velocidad finita de la luz con la de la Tierra en torno al Sol y produce una variación de la posición aparente de las estrellas.

Galileo muere, ciego, el 8 de enero de 1642, a punto de cumplir 78 años, después de haber pasado los cinco años posteriores a la condena confinado en su casa de Florencia y bajo la sospecha de la jerarquía eclesiástica los últimos cuatro. A pesar de ello, siguió trabajando en ciencia y en la realización de diversos experimentos hasta prácticamente sus últimos días.

En cualquier caso, Galileo Galilei es uno de los grandes científicos de todos los tiempos y el padre de la Física moderna. Gracias a él, nosotros sí podemos afirmar “eppur si muove”.

David Barrado y Navascués pertenece al Laboratorio de Astrofísica Espacial y Física Fundamental del Centro de Astrobiología (INTA-CSIC)

La condena de las teorías de Copérnico y las tribulaciones de Galileo. Texto: David Barrado y Navascués. ElPais.com.

 

La batalla íntima de dos maestros de la ciencia ficción.

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Tan comunes y tan distantes, los dos padres de la literatura fantástica, Julio Verne y H. G. Wells, navegaron cada cual por su lado y con posturas diametralmente opuestas.

Hace poco encontré un viejo y descolorido libro que busqué por años: “El dueño del Mundo” del maestro de la ciencia ficción y aventura Julio Verne, quien describió el mundo, sus maravillas y el más allá sin nunca abandonar su natal Francia.

De niño se enroló secretamente en un buque carguero hacia la India pero fue sorprendido por su padre antes de zarpar. Lanzó entonces su inmortal frase: “Desde ahora sólo viajaré en mi imaginación”.

Sus obras iniciales irradian el ímpetu juvenil, la aventura, mundos fantásticos: explora el imperio de los cielos y las profundidades submarinas. Refleja su búsqueda a través de su eterno personaje Nemo: Él es nadie, en particular, y toda la humanidad a la vez; es nuestra sed de conocimientos, pero también nuestra decepción ante la ignorancia del mundo lleno de complejos y dogmas y el temor al cambio, hacia nuevas formas de pensar.

Ya maduro se desentiende del joven Verne, es más, lo rechaza. Se vuelve pesimista ante el idealismo del futuro; refleja esta vez en “Robur, el Conquistador, un genio visionario como Nemo, dispuesto a compartir su conocimiento con la todavía ingenua humanidad: en respuesta, lo tachan de loco.

Herido en su amor propio rompe con la humanidad y los condena a nunca seguirlo a sus dominios: Los cielos. Años después es la humanidad la que lo presiona a entregar sus secretos so pena de exterminio. Éste, no obstante, decide llevarse a la tumba su conocimiento antes que entregarlo a la horrorosa humanidad. Verne no concebía el idealismo puro, que no se vende ni cede ante la maquinaria de destrucción. Robur era el antagonista que creó a partir de sus temores y flaquezas humanas.

Ya en los últimos días de Verne aparece un joven escritor tan visionario como él. Es más, declaró recibir inspiración de los primeros trabajos del venerable autor. H.G. Wells inició un nuevo estilo dentro de la ciencia ficción: el romanticismo-científico: mundos utópicos que renacen de las cenizas de su decadencia, a la que cayeron por su excesiva dependencia de la ciencia.

H.G. Wells denuncia el totalitarismo de la mal llamada “humanidad” representada en unas pocas poderosas naciones industriales. Autor de “La Máquina del Tiempo”, “La isla del Dr. Moreau” y “La guerra de los Mundos”. Justamente, a causa de esta última obra, Wells recibe una carta de Verne; decepcionado descubre que le reclama con qué derecho él destruye la fantasía y esperanza en la frontera final, con qué derecho arruina la obra previa de Verne.

Se inicia así una guerra secreta entre ambos, cada decisión que tomaban, cada rumbo que seguían, era una afrenta al otro.

El punto culminante de este duelo secreto fue la alineación de cada uno en bandos separados del famoso affair Dreyfus. El capitán Alfred Dreyfus, oficial del Ejército francés durante la década de 1890, fue juzgado por una corte militar de espionaje a favor de Alemania, dado de baja con deshonra y enviado al “peor lugar del mundo”: La Isla del Diablo en la Guayana Francesa.

Francia se dividió entre quienes apoyaron su condena y quienes creían en su inocencia: Verne estuvo con quienes lo condenaron a pesar de la presión ejercida por personalidades como Émile Zola que reabrió el caso y descubrió que el Alto Mando francés fabricó pruebas contra Dreyfus.

Wells siempre se inclinó por un Estado socialista (enfermo, de niño, leyó La República de Platón y Utopía de Moro), tenía una visión socialista (a pesar de odiar a Marx). Se cuenta que desde Inglaterra, junto al partido obrero, apoyaba a Dreyfus. La escalada sociopolítica de este caso mantuvo a Europa dividida incluso después de su excarcelación: los antidreyfusianos (la derecha conservadora) se mantuvieron unidos, incluso hasta la época de Vichy, quien colaboró con las fuerzas de ocupación nazis.

Más allá de peleas y pasiones humanas, el destino es sarcástico por excelencia: ambos escritores —Verne y Wells— murieron de diabetes; ambos consagrados, y por ello hermanados, como los padres de la ciencia ficción tal y como la conocemos.

Texto: Rodrigo D. Aramayo Pizarro. FondoNegro.com – 15/02/2009.

 

In Memoriam: Martin Luther King.

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Hay personajes que parecen anclados para siempre en un momento determinado de su vida, detenidos en un momento crucial, inmovilizados en la memoria. Es el caso de Martin Luther King, al que recordamos en blanco y negro, con el gesto serio, vestido con traje y corbata, sudoroso y preocupado. Hoy, 15 de enero, habría cumplido ochenta años. Tenía 39 cuando lo asesinaron, pero su aspecto, aquel que lo conserva como uno de los iconos y héroes del siglo XX, era el de alguien mayor. De ahí que sorprenda que ese personaje lejano en el recuerdo pudiera ser hoy un anciano lúcido e inquieto.

 

Una vida anónima. Nacido en Atlanta, capital del estado de Georgia, lugar en el que comparte su sepulcro con su esposa Coretta, el 15 de enero de 1929, que Martin Luther King fuera pastor de la iglesia baptista no es accidental: lo fue su padre y lo fue su abuelo materno. De hecho, Martin alcanzó el púlpito de la iglesia Ebenezer al heredarlo de su padre que a su vez había sucedido en el mismo a su suegro. Este último, el pastor Adam D. Williams, fue un destacado luchador por la igualdad racial y miembro de la Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Color (N.A.A.C.P.), en la que militaría también el propio Martin Luther King.

 

Miembro de una familia de clase media, ajena a las penurias que tuvieron que afrontar el común de las familias de los barrios negros en plena Depresión del 29, tuvo una educación esmerada en escuelas privadas y públicas reservados sólo a los negros. A los 15 años entró en el prestigioso Morehouse College de Atlanta, en el que también se habían graduado su padre y su abuelo. Siguieron estudios en el Seminario Teológico Crozer de Pensilvania (fue uno de los seis alumnos negros entre un centenar de blancos) y la universidad de Boston. En esta ciudad conocerá a Coretta Scott, con la que se casará en 1953 y con la que tendrá dos hijas y dos hijos. Hasta aquí, una vida corriente, ajena al vértigo de la Historia.

 

Años de lucha. Todo cambiará cuando una modista de color, Rosa Parks, cansada después de su jornada de trabajo, se niegue a cederle el asiento a un blanco en un autobús en Alabama. Sólo la intervención de un testigo, que paga la fianza, evita que Parks sea encarcelada. Ese 11 de diciembre de 1955 comienza la lucha definitiva por los derechos civiles de los negros, se enciende la llama. Los pastores, y entre ellos King, por entonces pastor en Montgomery, Alabama, una vez terminado su doctorado universitario, animan la campaña de boicot a esta compañía de autobuses, prevista para un día pero que durará 384 con la victoria de los boicoteadores al decretar la Corte Suprema la inconstitucionalidad de las leyes discriminatorias en los transportes. En el curso de esta campaña, la casa de King es atacada e incluso detenido él mismo. Es el momento en que pasa a ser un personaje público, un líder que convence con su mejor arma: la palabra de predicador que va aumentando imparablemente los elementos emocionales para persuadir a sus oyentes y moverlos a la acción. Es el momento en que pasa a ser presidente de la Asociación para el Progreso de Montgomery y más adelante de la Conferencia de Liderazgo Cristiano del Sur, y también cuando resume telegráficamente su ideario y sus métodos: “Una de las glorias de la democracia es que otorga al pueblo el derecho a protestar. Lo haremos, pero sin odio ni violencia. Nuestra regla será el amor al prójimo”.

 

Pero los principios de no violencia y de desobediencia civil que King había aprendido de Gandhi se encontrarán ante el radicalismo de los blancos, que llegan a lucir esvásticas, y de los Panteras Negras, los Musulmanes Negros y Nación del Islam que optan por la violencia como método de defensa cuando no de simple ataque. King, entre fracasos y éxitos, vivirá su hora de mayor gloria en Washington el 28 de agosto de 1963, cuando en el curso de la Marcha por la Libertad y el Empleo dirija la palabra a más de 250.000 personas en uno de los mejores discursos de la Historia: el discurso de “tengo un sueño“. [YouTube Link]

 

El discurso de Washington. Basta un párrafo, el más conocido y emotivo, para calibrar su importancia:

 

“Yo tengo un sueño que un día en las coloradas colinas de Georgia los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos serán capaces de sentarse juntos en la mesa de la hermandad. Yo tengo un sueño que un día incluso el estado de Mississippi, un estado desierto, sofocado por el calor de la injusticia y la opresión, será transformado en un oasis de libertad y justicia. Yo tengo un sueño que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por los rasgos de su personalidad. ¡Yo tengo un sueño hoy! Yo tengo un sueño que un día, allá en Alabama, con sus racistas despiadados, con un gobernador que escupe palabras sobre la interposición entre las razas y la anulación de los negros, se convierta en un sitio donde los pequeños niños negros y las pequeñas niñas negras serán capaces de unir sus manos con pequeños niños blancos y niñas blancas y caminar unidos como hermanos y hermanas. ¡Yo tengo un sueño hoy! Yo tengo un sueño que un día cada valle será exaltado, cada colina y montaña será bajada, los sitios escarpados serán aplanados y los sitios sinuosos serán enderezados, y que la gloria del Señor será revelada, y toda la carne la verá al unísono. Esta es nuestra esperanza. Esta es la fe con la que regresaré al sur. Con esta fe seremos capaces de esculpir de la montaña de la desesperación una piedra de esperanza”.

 

Llegarán, fulgurantes, nuevas detenciones, la promulgación en julio de 1964 de la ansiada Ley de Derechos Civiles, el Premio Nobel de la Paz en octubre de 1964, las escuchas y chantajes del FBI ordenados por su enemigo J. Edgar Hoover, la oposición ferviente de King a la guerra de Vietnam, la preparación de una nueva marcha pero sólo de pobres de todas las razas. Y un viaje a Memphis que terminará bruscamente en un balcón.

 

Fuente: Martin Luther King, El fuego y la palabra. SUR.es.

 

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15 Enero 2009 a 8:40

Beckett emocionante.

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“Gotas de silencio a través del silencio”: le gustaban las palabras, le producían alegría. El fracaso del lenguaje mismo y la necesidad, sin embargo, de seguir diciendo recorren la obra del autor de Molloy, un escritor esencialmente detectivesco…

Como a Molloy, a Beckett siempre le vemos alejarse, dominado “por una inquietud que no es necesariamente suya, pero de la cual participa en cierto modo”. Quién sabe, quizás es su propia inquietud la que le invade. Pero, ¿cuál es su verdadera identidad? ¿Y desde dónde escribe? Le gustaban las investigaciones de este tipo; Beckett es esencialmente detectivesco. “Y, en todo caso, ¿qué hacía yo allí? Bueno, precisamente es esto lo que trataremos de averiguar” (Molloy). Le gustaban las palabras. Es más, le producían alegría, lo que está dicho bien pronto. ¡Al sombrío Beckett le alegraban las palabras! Cuenta Cioran que un día se lo encontró por la calle y en vista de su mutismo se lanzó a contarle cosas personales y le dijo que había perdido el gusto del trabajo y que escribir se había convertido en un suplicio. Beckett le miró muy alarmado. Y le dijo -musitó más bien- algo sobre las palabras y la alegría. Años después, Cioran lo seguía recordando muy bien: le había hablado de alegría.

En realidad algo no tan extraño, porque las palabras fueron siempre su única compañía y soporte. Quienes le conocieron aseguran que se sentía sólido en medio de ellas. Precisamente sus pasajeros accesos de desaliento debían coincidir con los momentos en que dejaba de creer en las palabras, con los momentos en que se imaginaba que le traicionaban, que huían de él.

Quienes llegaron a conocerle bien cuentan que, si en algún momento sentía que se ausentaban las palabras, Beckett quedaba literalmente despojado, y desaparecía. Hay una multitud de momentos en su obra en que habla de las palabras y las examina. En “El innombrable, por ejemplo, las llama “gotas de silencio a través del silencio”, y es una manera de decir que para él lo son todo.

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Adoración de los Reyes Magos.

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¿Eran hombres o mujeres? ¿Seguían alguna estrella? Ni siquiera sabemos si fueron reyes. Nuevos y viejos libros sobre Melchor, Gaspar y Baltasar mantienen viva una intriga apasionante.

Son unos de los personajes más misteriosos de la Biblia y su existencia se desliza a través de unas escasas líneas, dignas de una película de suspense. Los Reyes Magos de Oriente acudieron al rey Herodes atraídos aparentemente por culpa de una estrella colgada en el cielo. De acuerdo con Mateo, Herodes les interrogó “sobre los tiempos de la aparición de la estrella”. Les conminó a encontrar al Niño y a informarle de su emplazamiento exacto. Ellos encontraron a Jesús, le ofrecieron “oro, incienso y mirra“, y, advertidos en sueños de las intenciones de Herodes para destruir al pequeño, retornaron a su tierra “por otro camino”. En la Biblia no se cita ni una sola vez que eran reyes, ni se mienta su número. No sabemos si eran hombres o mujeres. Ni siquiera tenemos la más mínima pista acerca de sus nombres. ¿Existieron realmente? ¿De dónde venían?

 

La referencia que hay en los evangelios sobre los Magos es simbólica, y tiene una finalidad puramente narrativa”, asegura Juan Pedro Monferrer, profesor del departamento de Estudios Islámicos y semíticos de la Universidad de Córdoba. “Los nombres que hoy conocemos no aparecen hasta el siglo VIII”, asegura Monferrer. En la crónica Excerpta latina barbari, los vemos plasmados sobre tinta: “En el tiempo del reinado de Augusto, el 1 de enero, los Magos le trajeron regalos y le adoraron. Los nombres de los Magos eran Bithisarea, Melichior y Gathaspa [Baltasar, Melchor y Gaspar]“.

 

La investigación de los textos religiosos permite sin embargo escarbar en un pasado lleno de secretos, pistas, sorprendentes posibilidades y contradicciones. Por ejemplo, ¿hubo más de tres Magos? Las tradiciones antiguas sugieren que pudieron existir hasta doce. “Once príncipes y un rey“, nos dice John A. Tvedtnes, antropólogo y experto lingüista en estudios hebreos y de Oriente Medio. Tvedtnes adelanta algunas de las conclusiones de su último libro, “The First Noel: The Origin and Evolution of Christmas“, sobre la historia de la Navidad: “De acuerdo con registros persas, eran príncipes que llevaban un ejército de hasta ocho mil, cuando llegaron a Callinice, que es Raqah (el actual Omán), y se enteraron de que una gran hambruna reinaba en Judea. Los príncipes dejaron a la mayoría de sus hombres y acudieron a Belén con un millar de hombres para hacer sus ofrendas”. “Fue el papa Leo el Grande (entre los años 440 y 464 después de Cristo) el que popularizó la idea de tres Magos”, escribe este experto basándose en los tres regalos tan caros que trajeron -oro, incienso y mirra-.

 

Los mitos sobre la primera Navidad abundan, pero no sabemos siquiera si los Magos usaron camellos o algún tipo de animal para el transporte. Ni siquiera estamos seguros de que fueran reyes. La primera traducción al inglés del Nuevo Testamento se llevó a cabo en 1382 por John Wickliffe, un teólogo y reformista nacido en Lutterworth que interpretó el término griego magoi como kyngis, reyes. Mateo se refiere a ellos como “magos”; un término griego, magoi, que es el nombre de una tribu parta de origen persa. Pero el desacuerdo geográfico sobre su procedencia es amplio y diverso.

 

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6 Enero 2009 a 9:01

Franz Kafka: la libertad del escarabajo.

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Texto: Manuel Vicent. Babelia-  27/12/2008 

 

La marioneta se mueve siempre mediante el impulso de un ser que se halla detrás de las bambalinas. La sonrisa siniestra y las extremidades articuladas de estos muñecos son, tal vez, la expresión de ese otro yo que cada uno lleva dentro. Praga es la patria del robot, una palabra que en checo significa esclavo. No se puede entender a Kafka sin ese laberinto de Praga donde permanece todavía la memoria inquietante de astrólogos, robots, muñecas de porcelana, quiromantes y vampiros hibernados, el Golem, androide de barro con poderes ocultos creado por el rabino Löw en la Edad Media que duerme entre las vigas de la vieja sinagoga de Pinkas, una conjunción de fuerzas negras en busca el oro filosófico torturado por los alquimistas. El subsuelo espiritual de Praga alimenta todos los terrores y maleficios que desconocíamos hasta que Kafka les dio un nombre. Esta atmósfera cargada puede aplastarte hasta transformarte en un escarabajo.

 

El gueto de Praga fue demolido a finales del siglo XIX y aunque Kafka ya no vivió en él, su hedor humano le penetró el subconsciente. Kafka lo expresó así: “En nosotros siguen vivos los oscuros rincones, los pasajes misteriosos, las ventanas cegadas, los patios sucios, las ruidosas tabernas, y las posadas cerradas con llave. Recorremos las anchas calles de la ciudad nueva, pero nuestros pasos y miradas son inseguros. La ciudad judía vieja e insalubre que hay en nosotros es mucho más real que la ciudad nueva e higiénica que nos rodea. Despiertos vamos atravesando un sueño: no somos más que fantasmas de tiempos pasados…”.

 

En el viejo cementerio judío de Josefov el fuego fatuo es un grajo que levanta el vuelo entre las estelas mohosas hacia las espadañas crispadas de la iglesia de Nuestra Señora de Tyn en la plaza del Ayuntamiento. Alrededor de esta plaza se movió la existencia de Kafka. Muy cerca se halla la casa donde nació, en una esquina estaba la tienda de objetos de regalo de su padre, al pie de la columna de la Virgen se citaba con su amigo Max Brod. La familia de Kafka cambió de aposento al menos veinte veces a lo largo de la vida del escritor siempre en un círculo muy constreñido alrededor de la plaza Vieja. Todos han desaparecido. Es inútil buscar su rastro.

 

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27 Diciembre 2008 a 11:28

Papá Noel y la Navidad.

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Papá Noel, Santa Claus, Viejito Pascuero, Colacho o San Nicolás son los nombres con los cuales se conoce en el mundo hispano al personaje legendario que según la cultura occidental trae regalos a los niños por Navidad. Es un personaje inspirado en un obispo cristiano de origen griego llamado Nicolás de Bari, que vivió en el siglo IV en Anatolia, en los valles de Licia (en la actual Turquía). Era una de las personas más veneradas por los cristianos de la Edad Media, del que aún hoy se conservan sus reliquias en la basílica de Bari (Italia).

Papá Noel y la Navidad. El nombre que hoy en día recibimos de Papá Noel, procede de Finlandia como San Nicolás y ha llegado hasta nosotros como “Papa Nöel” que ha derivado en “Papá Noel” ya que ha adoptado la ortografía hispánica, además que Noel significa “Navidad” en francés.

Pero ¿cómo se relaciona con los regalos de Navidad? En la antigüedad, en Roma, se realizaban fiestas – a mediados de diciembre- en honor a Saturno (Cronos para los griegos), al final de las cuales los niños recibían obsequios de todos los mayores.

En otra época posterior, cuando el mito de San Nicolás aún no se había corporizado, igualmente existían otras tradiciones, como la de los niños italianos que recibían regalos de un “hada” llamada Befana. En España, en Aragón y algunas zonas de Cataluña es un tronco “mágico” el que expulsa los regalos y dulces tras golpearlo con unas varas de madera y entonar diferentes canciones tradicionales. Mientras que los pueblos de algunos valles vascos y navarros, los regalos los traía el carbonero Olentzero y también duendes de barba blanca, botas altas y gorro de armiño. Con el tiempo y con los prodigios conocidos de San Nicolás, éste fue remplazando a algunos de estos personajes paganos.

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25 Diciembre 2008 a 10:35

Los 100 protagonistas del 2008.

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Hombres y mujeres iberoamericanos que han marcado los últimos 365 días.

Los protagonistas del 2008

 

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6 Diciembre 2008 a 9:59

Historias paralelas: Puccini y Donizetti.

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Vivieron épocas diferentes, pero han pasado a la Historia como dos genios de la música. Ayer, 29 de noviembre, se cumplía el aniversario de la muerte de Puccini y del nacimiento de Donizetti.

 

Unidos por el destino – Diario Sur.

Texto: Antonio Garrido – 30/11/2008

 

Puccini fue un ecléctico musical y un melancólico de temperamento. Desde 1903 hasta 1924, año de su muerte, su vida se hizo difícil por la larga recuperación que sufrió por un accidente de coche, por el suicidio de la joven aya Doria, por la que la esposa del artista sentía unos celos enfermizos, por sus diferencias con su esposa Elvira, por la muerte de sus colaboradores más directos y por el cáncer de garganta que acabó con él. Pero no me interesan tanto las cuestiones biográficas sino las estéticas.

 

Es preciso, antes de seguir, reseñar que obtuvo un gran éxito entre el público. Escribió doce óperas incluyendo las de un acto, en ellas es capaz de crear un universo que sigue dialogando con plena eficacia con todos los que en la penumbra de la sala asisten a las peripecias del escenario, especialmente en lo que se refiere a las heroínas de sus románticas y trágicas historias.

 

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30 Noviembre 2008 a 17:21