Algún día en alguna parte

La estela de Rabindranath Tagore.

Posted in Memorias by Alguien on 2 mayo 2011

Famoso por sus proverbios, admirado por sus poemas, la estela de Tagore, cuyo 150 aniversario se celebra ahora, nunca ha cesado. De Oriente a Occidente.

Rabindranath Tagore (Calcuta, 7 de mayo de 1861-Santiniketan, 7 de agosto de 1941) ocupa un lugar decisivo en la cultura bengalí de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Fue poeta, músico, filósofo, autor teatral, pintor: un espíritu creador y reformador que convivió de manera crítica con el auge del nacionalismo hindú. En realidad, fue crítico con la exaltación del nacionalismo en cualquier país, en cuya manifestación detectó uno de los peores males de su tiempo, opuesto al universalismo al que aspiraba.

Sin dejar de ser hindú, fue cosmopolita en el sentido en que buscó el diálogo entre las culturas. Al igual que Gandhi, se opuso al determinismo de las castas; pero, a diferencia del gran líder hindú, estuvo lejos de profesar desdén u odio por la cultura occidental. Estaba a favor de la independencia de su pueblo, pero eso no le llevó a infravalorar la cultura inglesa; todo lo contrario: amaba a Shakespeare, a los poetas románticos y el liberalismo inglés. Fue un pacifista y odió toda violencia. Eso le emparentó con Tolstói y con Romain Rolland. No fue un santón, ni héroe ni mártir; no fue un asceta ni promulgó el tradicionalismo religioso y sus costumbres, así que su lugar es ambiguo en un mundo lleno de extremos. Buscó la simplicidad y la moderación.

Nacido en el seno de una familia rica e instruida de Calcuta, Tagore fue el menor de catorce hermanos. En Mis recuerdos (DeBolsillo) cuenta su iniciación a la música y a la poesía, también a los misterios de la naturaleza y del entorno en el que creció. Aunque perdió a su madre cuando era pequeño, apenas si se vislumbran dramas. A su padre lo trató cuando ya era un muchacho, pero fue una presencia positiva. Hombre contemplativo y reflexivo, crítico con muchos aspectos del hinduismo, de él aprendió Tagore que la educación no consiste en juzgar, sino en permitir que fluya y se haga cargo de sí misma. «Es el maestro más que el pupilo quien tiene que evitar comportarse de manera incorrecta», escribió el poeta. Al igual que Tolstói, dedicó muchos años de trabajo y dinero a la educación, creando la escuela de Shantiniketan, en Bengala, donde años más tarde estudiaría Amartya Sen, quien ha escrito esta bella definición de Rabindranath: «En la soberanía del razonamiento, del razonamiento sin miedo y en libertad, es donde podemos encontrar su voz más perdurable.

Tagore viajó a Inglaterra en 1887, donde estudió durante un año. Poco después, en 1883, se casó con una niña de diez años, con la que tuvo cinco hijos, varios de los cuales murieron pronto –ella falleció en 1902–. Tagore no se volvió a casar, pero no renunció al amor. Su tarea creativa fue incesante, y en 1912 despertó en Europa el interés por sus obras, especialmente en Yeats, que colaboró en la traducción de Gitanjali, cuya primera edición inglesa lleva un elogioso prólogo del gran lírico irlandés. Por este libro Tagore recibió el Premio Nobel de Literatura en 1913. Otro de sus admiradores tempranos fue Ezra Pound, aunque más tarde llegó a detestarlo. Fue notable su influencia en el primer Neruda.

Entre nosotros, hay que mencionar las numerosas y bellas traducciones que Juan Ramón Jiménez llevó a cabo, en colaboración con su mujer, Zenobia Camprubí. Traducciones de traducciones del bengalí, probablemente no sean muy fieles, pero hay una cierta afinidad en la sensibilidad de ambos autores. La poesía, decía Paz, es lo más universal y lo más intraducible. Mucho después, en los años 60, numerosos versos fueron vertidos al ruso por Anna Ajmatóva.

Tagore renovó la poesía y la prosa bengalíes: tanto La casa y el mundo como Gora, una juventud en la India (Akal) son una buena muestra de cierto tono resuelto, sin perder la resonancia espiritual. En 1924, mientras viajaba por Hispanoamérica, enfermó y fue hospedado durante dos meses en la quinta Miralrío, propiedad de Victoria OcampoAlgo pasó entre ellos; probablemente Victoria se enamoró de él, aunque Tagore mantuvo cierta distancia física. La amistad, de la cual hay una amplia correspondencia, continuó hasta la muerte del escritor. Durante esa estancia escribió el poemario Purabi, dedicado a la autora argentina. En relación a nosotros, debemos recordar su crítica a los políticos ingleses, que se «apresuraron a aceptar la destrucción de la República Española», al tiempo que elogió a los voluntarios británicos que dieron su vida por España.

Tagore escribió también ensayos, regidos por la idea (que también es un sentimiento) de la «unidad en la diversidad». No cerró los ojos ante la ciencia y la tecnología, aunque puso el acento en el progreso moral de la humanidad. Trató de favorecer esta diversidad en su propio mundo bengalí, en el que confluyen las culturas hindú, mahometana y británica. Esto es lo que dice su personaje Gora, sin duda coincidiendo con el autor: «Ya no hay en mí lucha entre hindúes, mahometanos y cristianos. Hoy toda casta de la India es mi casta y la comida de todos es mi comida».

No aceptó la economía de la rueca (la charka), el rechazo de los intercambios culturales ni el odio de Gandhi a la democracia occidental. Gandhi pensaba, a su vez, que Tagore debía también tejer. Los dos se admiraban, pero no pensaban en la misma India ni en el mismo mundo político. Tagore era religioso, mas no sectario, y profesó una activa reticencia ante el irracionalismo del hinduismo. Se opuso al apego excesivo al pasado en lo religioso y en lo histórico, y rechazó el legendario modelo social de las castas, ajeno a sus aspiraciones morales. Quiso favorecer la dignidad en las relaciones humanas y procuró no olvidar las lecciones de generosidad del liberalismo ilustrado inglés.

¿Qué nos queda hoy de su obra y de su vida? Por un lado, un ejemplo de moderación no basado en la indiferencia sino en una pasión integradora; el rechazo del nacionalismo como un dios déspota; su amor a la naturaleza, y algo que es más difícil de nombrar: una sensibilidad.

Texto: El influjo hipnótico de Tagore. Juan Malpartida. Publicado en ABC.es. 30.04.2011.

29 Abril: Día Internacional de la Danza 2011.

Posted in Andanzas by Alguien on 29 abril 2011

  • El “Día Internacional de la Danza” fue establecido por el CID en 1982 con el fin de atraer la atención sobre el arte de la danza el 29 de Abril de cada año.
  • Ese día, compañías, escuelas de danza, instituciones y personas son invitadas a organizar actividades relacionadas con la danza y enfocadas hacia el publico que generalmente no frecuenta este tipo de espectáculos.
  • El Consejo Internacional de la Danza (Conseil International de la Danse – CID) es la organización oficial para todas las formas de danza en todos los países del mundo.
  • El CID es reconocido por la UNESCO, los gobiernos nacionales y locales, las organizaciones internacionales y las instituciones.
  • Entre sus miembros se encuentran las más destacadas federaciones, asociaciones, escuelas, compañías y personas en más de 150 países.
  • Fue fundada en 1973 en la sede de la UNESCO en París, en el que se basa.
  • La UNESCO es la organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

International Dance Council – CID – Conseil International de la Danse
UNESCO, 1 rue Miollis, FR-75732 Paris 15, France
www.cid-unesco.org

Mensaje oficial del Día de la Danza 2011. Anne Teresa De Keersmaeker.

“Creo que la danza es la celebración de lo que nos hace humanos. Cuando bailamos, usamos de una forma muy natural, los mecanismos de nuestro cuerpo y todos nuestros sentidos para expresar alegría, tristeza, aquello que nos toca el corazón. La gente baila para celebrar los momentos cruciales de sus vidas y nuestros cuerpos llevan el peso de la memoria de todas las experiencias humanas posibles.

style=”font-size: 9pt; color: #000000; font-family: Georgia;”>Podemos bailar en solitario y podemos bailar en grupo. Podemos compartir lo que nos une, lo que nos diferencia a unos de otros. Para mí, bailar es una forma de pensar. A través de la danza podemos encarnar las ideas más abstractas e incluso revelar lo que no podemos ver, lo que no podemos nombrar.

La danza es un vínculo entre personas, un puente entre el cielo y la tierra. Llevamos el mundo en nuestros cuerpos. A fin de cuentas, pienso que cada instante de danza forma parte de una función más vasta, de una coreografía que no tiene principio ni fin”.

Sitio Oficial │ITI WorldwideCID-UNESCO

En Algún Día | Día internacional de la Danza.

Danza Ballet.

In Memoriam: Cien años sin Emilio Salgari.

Posted in Memorias by Alguien on 25 abril 2011

El escritor italiano Emilio Salgari se suicidó justo hace 100 años. Aconteció un 25 de abril de 1911. Era una década prebélica en la que los intrépidos exploradores y los grandes novelistas relataban el mundo no conocido por los occidentales. Ese fatídico día, un hombre llamado Emilio Salgari ya había publicado Los mineros de Alaska, Los bandidos del Sahara, Sandokán, El tigre de la Malasia o El Corsario Negro. Tal día como aquel, moriría.

Salgari  ya lo había intentado dos años antes, pero esta vez certificó su suicidio. Tomó un cuchillo afilado y se abrió el vientre. Siguió así el rito japonés del seppuku. En una carta escrita momentos antes, reprochaba a sus editores que se hubieran enriquecido con su obra literaria, mientras la familia Salgari bordeaba la penuria. El escritor suicida también les pidió a sus editores que tuvieran la decencia de pagar su funeral.

El escritor llevaba años soportando problemas psíquicos que se juntaron con la enfermedad mental de su mujer. Las dificultades económicas no hicieron más que agravar su sufrimiento.

“A mis editores: A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua miseria o aún peor, sólo os pido que en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma. Emilio Salgari”.

In Memoriam.

23 Abril: Día Mundial del libro y del derecho de autor 2011.

Posted in Libros by Alguien on 23 abril 2011

100 años del nacimiento de Emil Cioran.

Posted in Memorias by Alguien on 8 abril 2011

El 8 de abril de 1911 nacía en Rumanía Emil Cioran, pensador rumano que también escribió en francés y que es considerado uno de los más brillantes escritores sobre el pesimismo, la desazón y la falta de sentido de la existencia. Su producción literaria se concreta en sus aforismos, pequeñas reflexiones en las que da rienda suelta a su feroz crítica de los males de este mundo, teñida de sentido del humor. El Cultural adelanta hoy los mejores fragmentos de su inédito Sobre Francia, que lanza Siruela la semana que viene, y en el que el escritor, en el París de 1941, escribiendo aún en rumano, toma partido por los vencidos de la Europa nazi. Además, Rafael Narbona explica por qué Cioran sigue siendo lectura obligada en tiempos de crisis y desamparo.

“La vida -cuando no es sufrimiento- es juego. Debemos estar agradecidos a Francia por haberlo cultivado con maestría e inspiración. De ella he aprendido yo a no tomarme en serio, salvo en la obscuridad, y, en público, a burlarme de mí mismo. Su escuela es la de una despreocupación saltarina y perfumada. La tontería ve por doquier objetivos; la inteligencia, pretextos. Su gran arte estriba en la distinción y la gracia de la superficialidad. Dedicar el talento a cosas insignificantes -es decir, a la existencia y las enseñanzas del mundo- es una iniciación a las dudas francesas. [...] Los franceses sacrificaron el mundo a Francia. ¿Qué iban a hacer en el extranjero? Por lo demás, ¿acaso no han sacrificado tantos extranjeros su país por París? Tal vez en eso estribe la explicación indirecta de la indiferencia y del provincianismo franceses, pero esa provincia constituyó en un tiempo el contenido espiritual del continente. Francia -como la Grecia antigua- ha sido una provincia universal. Son también los únicos países que utilizaron el concepto de bárbaro, la calificación negativa del extranjero… con lo que expresaban simplemente la negativa de una civilización bien definida a abrirse a la novedad. Uno de los vicios de Francia ha sido la esterilidad de la perfección, que nunca se manifiesta tan claramente como en la escritura. La preocupación por formular bien, no desgraciar la palabra y su melodía y concatenar armoniosamente las ideas: ésa es una obsesión francesa. Ninguna cultura ha estado más preocupada por el estilo y en ninguna otra se ha escrito con tanta belleza, a la perfección. [...] No debemos sentir por la cultura el entusiasmo fácil y reversible de los ignorantes. Goza de todas las ventajas de la irrealidad. En cuanto deja de ser venero de encanto, se deshilacha y flota. Sus valores son, en su esencia, copos abstractos de los que suspendemos nuestras pobres exaltaciones. La cultura es una comedia que nos tomamos en serio. Por eso, no debemos exagerar sus méritos. Lo que es la supera y sólo raras veces se revela a nuestra inquietud. Inteligentes, católicos, avaros: tres formas de no perderse, tres formas de seguridad. Los franceses no conocen las exageraciones contra el yo, la generosidad perjudicial en el plano espiritual y financiero. El gusto y la cultura les han servido para concebir limitaciones. El miedo a perderse por cualquier exceso los ha enquistado en una rigidez afectiva. ¿Existe un pueblo menos sentimental? El corazón del francés sólo se enternece con los cumplidos bien formulados. Su vanidad es inmensa, hasta el punto de que lisonjearla puede volverlo incluso sentimental… En general, está capacitado para la intimidad, pero no para la soledad. Un francés solo es una contradicción en los términos. El sentimentalismo supone un gasto lírico del corazón en el aislamiento, la vibración sin disciplina y sin propósito racional: amar, sin vergüenza de hacerlo [...] Nosotros, los que procedemos de otros países, perdemos fácilmente toda conciencia geográfica y vivimos en algo así como un exilio continuo, ni dulce ni amargo. Nos gusta la naturaleza y no el paisaje humanizado por el hogar, los padres, los amigos. Tenemos un hogar sólo por añoranza y por nostalgia. Los franceses, desde su nacimiento, han permanecido en su tierra, han tenido una patria física e íntima que han amado sin reservas y no han humillado mediante comparaciones; no han estado desarraigados en su país, no han vivido el tumulto de una nostalgia insaciable. Tal vez sea el único pueblo de Europa que no conoce la nostalgia, que es una forma de la falta de plenitud sentimental infinita. [...] Pueblo abrumado por la suerte, dotado de claridad, capaz de aburrirse, pero no de entristecerse, que gusta, en las creencias, de la aproximación y, por encima de todo, tiene una historia normal, sin vacíos, sin fracasos ni ausencias: se ha desarrollado siglo tras siglo, ha realzado aquello en lo que creía, ha hecho circular sus ideales y ha estado presente en la época moderna como ningún otro. Paga esa presencia con su ocaso: expía lo vivido significativo, la realización radiante, el mundo de valores que ha creado. [...] ¿Cuándo inicia su decadencia una civilización? Cuando los individuos empiezan a tomar conciencia; cuando no quieren seguir siendo víctimas de los ideales, las creencias, la colectividad. Una vez despertado el individuo, la nación pierde su esencia y, cuando todos despiertan, se descompone. Nada hay más peligroso que el deseo de no verse engañado. La lucidez colectiva es una señal de cansancio. El drama del hombre lúcido pasa a ser el de una nación. Cada uno de los ciudadanos se vuelve una pequeña excepción y esas excepciones acumuladas constituyen el déficit histórico de la nación. [...] Las grandes naciones no naufragan por accidente, sino en virtud de una necesidad inscrita en su núcleo. Ninguna intervención humana ni ningún cálculo racional pueden detener el deslizamiento por la pendiente de la desaparición. Se haga lo que se haga en Francia, se adopte la medida que se adopte, nadie podrá convencer a los franceses para que tengan hijos. Cuando un pueblo ama la vida, renuncia implícitamente a su continuidad. Entre la voluptuosidad y la familia, el abismo es total. El refinamiento sexual es la muerte de la nación. La explotación al máximo de un placer instantáneo, su prolongación más allá de los límites de la naturaleza, el conflicto entre las exigencias de los sentidos y los métodos de la inteligencia son las expresiones de un estilo decadente, que se define por la desafortunada capacidad del individuo para manejar sus reflejos. Esa correspondencia biológica de la lucidez, de la voluntad de dejar de ser víctima, tiene consecuencias catastróficas. Los niños han de llegar a ser por fuerza personas que crean en algo, que se adhieran, que sean suficientemente inconscientes para considerarse parte de una nación, que sientan gozosamente la necesidad de equivocarse con la participación y las pasiones. Un pueblo sin mitos está en vías de despoblación. El desierto de los campos franceses es la señal abrumadora de la falta de mitología cotidiana. Una nación no puede vivir sin ídolo y el individuo no puede actuar sin la obsesión de los fetiches. [...] En los períodos en que una nación está en un punto culminante, aparecen automáticamente hombres que no cesan de proponer directrices, esperanzas, reformas. Su insistencia y la pasión con la que los sigue la multitud atestiguan la fuerza vital de esta nación. La necesidad de regeneración por la verdad y el error es propia de los períodos florecientes. Un descerebrado como Rousseau representa un colmo de efervescencia. ¿A quién le importan aún sus opiniones? Sin embargo, su tumulto sigue interesándonos con su eco y su significado. Una aparición de esa amplitud resulta inconcebible en la actualidad. El pueblo no espera nada, conque, ¿quién le propondría algo? ¿Y qué? Los pueblos sólo viven en la medida en que están atiborrados de ideales, en la medida en que ya no pueden respirar bajo demasiadas creencias. La decadencia es el vacío de ideales, el momento en que se instala el hastío de todo; es una intolerancia al futuro… y, como tal, un sentimiento deficitario del tiempo, con su inevitable consecuencia: la falta de profetas y la falta de héroes. [...]“

Leer fragmento del libro “Sobre Francia” (Siruela, 2011) (PDF)

Ver el documental Emil Cioran, 1911-1995 I | II | III | IV | V

In Memoriam: 70 años sin Virginia Woolf.

Posted in Memorias by Alguien on 28 marzo 2011

Sumergiendo su cuerpo en el río con los bolsillos llenos de piedras para impedir poder salir a flote. Así acabó con su vida la escritora Virginia Woolf el 28 de marzo de 1941, hace 70 años. Dominó como pocos el género epistolar y quizá por eso se despidió de su esposo con una emotiva carta de despedida.

Tras su muerte, la que es considerada una de las mejores novelistas en lengua inglesa quedó relegada al olvido hasta que en la década de los 70 se empezó a rescatar su obra. Su modelo de mujer que se había rebelado a la sumisión masculina había encandilado al movimiento feminista. Así fue como se empezaron a desempolvar obras como Mrs Dalloway, Las Olas. Orlando… Lo relataba Lluís Permanyer en Recuperación de Virginia Woolf, un texto en el que además se describía de forma minuciosa la muerte de la gran escritora.

Amiga de grandes como James Joyce o Marcel Proust, Adeline Virginia Stephen se educó en un ambiente completamente literario y formó parte del grupo Bloomsbury, un clan iconoclasta y rebelde que renegaba de la clase media. Allí conoció al que más tarde sería su marido, Leonard Woolf, del que adoptó el apellido con el que pasaría a la posteridad.

Ligada a Londres. La escritora británica mostró en muchos de sus relatos su pasión por Londres. Un hecho que quedó del todo constatado cuando en 2005 aparecía un texto inédito de Woolf: Retrato de una londinense.

A través de su obra. Sucede con la mayoría de escritores que la mejor manera de conocerlos es a través de su obra. El caso de Virginia Woolf no es una excepción. Y su visión del mundo, nada conformista, se evidencia en todas las líneas que escribió, especial (y evidentemente) en sus diarios, que escribió periódicamente durante casi tres décadas. En el primero de ellos, Un momento de libertad, Woolf se despachaba a gusto con sus amigos: de Joyce, por ejemplo, destacaba que era “insignificante, egocéntrico, aburrido y que decía porquerías”. También los viajes hablaban de la escritora. En 1920 Virginia visitó la Alpujarra y relató su inmersión en aquella España profunda del primer cuarto del siglo pasado.

En 1982, cuando se conmemoraban 100 años de su nacimiento, el mundo recordaba a la escritora a través de obras como Una habitación propia, convertida en un símbolo feminista.

Woolf, a escena. ¿Quién teme a Virginia Woolf? fue una obra de teatro y más tarde una película de éxito. Pero la historia de escritora inglesa llegó a la gran pantalla en 2002 metida en el cuerpo de Nicole Kidman. La actriz australiana se “afeó” para dar vida a Virginia Woolf en la película Las horas, dirigida por Stephen Daldry. La espectacular transformación e interpretación llevó a Kidman al olimpo de los actores: fue premiada con un Oscar.

In Memoriam.

El suicidio de Virginia Woolf. Texto: Lorena Ferro. La Vanguardia. 28.03.2011.

Cien años del nacimiento de Tennessee Williams.

Posted in Memorias by Alguien on 26 marzo 2011

El día de hoy, 26 de marzo de 2011, celebramos el centenario del nacimiento, en Columbus, Mississippi, de Thomas Lanier Williams III, quien pasara a la historia con el pseudónimo, elegido por él mismo en 1939, de Tennessee Williams.

Williams es, con Eugene O’Neill y Arthur Miller, el dramaturgo más importante y célebre de los Estados Unidos durante el siglo XX. Autor de una extensa obra dramática, narrativa y poética, sus obras alcanzaron popularidad, no tanto por sus representaciones en los escenarios como por las versiones cinematográficas de éstas. Así, entre La gata sobre el tejado caliente, en la cual la recientemente fallecida Elizabeth Taylor interpretó a Maggie, la protagonista; Baby doll, La noche de la iguana, Verano y humo, destacan sus más famosas obras El zoológico de cristal y Un tranvía llamado Deseo.

Williams es de esos dramaturgos poetas que escriben por una necesidad vital, honestos, interesados en la verdad, en la complejidad de la existencia, alentados no por deseo de fama y poder sino sujetos a sus obsesiones. De esos que escriben para sanear el interior y drenar heridas.

Su obra está concebida desde sus verdades personales y familiares. Así su galería de protagonistas femeninas: Laura Wingfield, Blanche Dubois, Alma, la señora Stone, son diversas versiones de una misma persona, su hermana Rose, de mala salud, interna en un hospital psiquiátrico y a quién una lobotomía realizada para lograr un remedio de sus males, la hundió en la destrucción de su vida.

Es por esta razón que la interpretación de sus obras, como suele sucederle a Sófocles, Ibsen, Chéjov, O’Neill, Miller, no es fácil y requiere del virtuosismo que no sólo es técnica sino alma, como afirma Miller en el prólogo a una reciente edición de Un tranvía…, hablando de las pésimas puestas que ha visto, extraordinariamente publicitadas, en las que han convertido a los personajes en “figuras de piedra con ojos en mármol”. “Un tranvía… es un grito de dolor, olvidar esto es olvidarse de la obra”.

Los montajes de sus obras no conocieron la aceptación del público, a excepción de El zoológico de cristal, que recibió el Premio a la mejor obra del año del Círculo de Críticos de Teatro en 1945; Un tranvía…, que recibió el Premio Pulitzer y el Premio del Círculo de Críticos de Brooadway en 1947; y La gata… acreedora al Premio Pulitzer en 1955. Algunas de sus obras llegaron a estar en cartelera tres días, una semana, tres semanas.

Tennessee Williams, el gran poeta y dramaturgo no es un autor fácil. La verdad no es complaciente, ni lo es la belleza, ni tampoco la complejidad de la mirada amorosa. Alguna vez escribió auto entrevistándose:

—¿Por qué no escribe sobre personas agradables, buenas? ¿No ha conocido a ninguna persona agradable en toda su vida?

—Mi teoría sobre la gente buena es tan simple que me da vergüenza comentarla… nunca he conocido a alguien a quien no pudiera querer si se le conocía y comprendía del todo, y en mi obra, al menos he intentado llegar al conocimiento y a la comprensión.

Esta afirmación es toda una lección de dramaturgia, sobre todo en este tiempo de romanticismos descarnados, ingenuos, autocomplacientes. Mundos a la mitad, en los que el regodeo en lo sórdido plantea un mundo despojado de la verdad. En el mismo documento afirma: “No creo en héroes y villanos, creo tan sólo que las personas toman el buen o el mal camino, y no por elección, sino por necesidad o por ciertas influencias que les afectan y todavía no comprenden, por sus circunstancias y por sus antecedentes… No comprendo por qué nuestra maquinaria propagandística está siempre tratando de persuadirnos, de que hay que odiar y temer a otros, cuando vivimos en un mundo tan pequeño.”

El teatro de Williams puede ser comprendido a través de dos concepciones de su mirada: el realismo y aquello que parece pero no es: el idealismo. El Zoológico de cristal y Un tranvía llamado Deseo son dos obras del más puro y poderoso realismo. La mayor parte de su producción, como ocurre con Eurípides, Ibsen y O’Neill, por citar algunos, funciona a partir de una idea determinante que resulta más poderosa que los personajes y que, como se afirma en la cita anterior, los imposibilita para decidir. La decisión de los personajes y sus consecuencias son el descubrimiento poderoso del realismo: todo es decisión, pero no toda decisión es evidente. Al hacer esta afirmación seguro que usted, quien esto lee, sonreirá y en el mejor de los casos buscará contra argumentos. Que el hombre no sea responsable de lo que le ocurre es la idea complaciente que alienta todos los melodramas. El realismo mira otra cosa.

El realismo. Al realismo se le identifica tanto por su mecanismo como por su efecto. El asunto de la responsabilidad del personaje es el tema general del realismo. Éste opera en función directa de lo que se espera causar en el espectador: la catársis, conmoción violenta que arrebata y destruye nuestra concepción de la vida al contemplar y reconocer el aspecto dinámico de la realidad. El escritor realista trabaja rigurosamente para lograr ubicar un punto de vista que exige lealtad a un orden fijo, inmutable, que puede ser alterado pero no destruido; aquel que identifica ética, no como una necesidad social de pactar la conducta social conveniente (moral), sino como la ley misma de la realidad, en pocas palabras, que la vida tiene un sentido, sujeto a un orden que es exactamente el mismo que llamamos leyes físicas. El realismo investiga las “consecuencias” para descubrir las causas. Por eso, debido a este mecanismo es por lo que el universo es previsible, por ello puede estudiarse.

Por otra parte, en el mundo del idealismo, actúan fuerzas desconocidas y de tales dimensiones que es imposible percibir el orden, como ocurre en los melodramas. El idealismo es por lo tanto la dimensión de las “consecuencias incausadas”, el ámbito del determinismo: cultural, social, biológico. Por ello es que desde esta perspectiva el mundo parece caótico y nosotros las víctimas.

No hay catarsis en la concepción de una víctima, no puede conmovernos alguien que no hizo nada para que le ocurra lo que le está ocurriendo. Nada tiene que ver con nosotros esa concepción. Uno se desliga de esa imagen y podría aceptar: ese no soy yo. La catarsis comienza cuando uno reconoce el patrón, que debido a su pensamiento y su comportamiento conoce muy bien. Sufre la catarsis quien es honesto, no quien juega a ser bobo y se asume inocente. En la vida, cuando uno niega la responsabilidad comienza una sensación de seguridad, falsa, peligrosamente sustentada sobre justificaciones: “lo hice porque me vi obligado”, “lo hice porque no había otra salida”, “lo hice pero no quería…” Desacreditar a la realidad evita la catarsis, nacida de la confrontación de nuestros ideales, de nuestros deseos contra la fuerza contundente de lo real.

Por consiguiente, el realismo sustenta su fuerza en la responsabilidad que el personaje posee. El acto pudo ser disfrutado conscientemente o realizado inconscientemente, siempre bajo una conveniente sensación de justificación o inocencia, que surge de la necesidad de golpear y esconder la mano, en aras de ver materializada una de las más desesperadas fantasías del ser humano: la de carecer de responsabilidad.

No basta que en la escena haya un ambiente escenográfico cuidadoso y detallado para que una obra sea realista; hay confusión en el concepto realismo. Podríamos reconocer un “realismo de apariencia”, que sería preciso denominar: idealismo y distinguir el “realismo de equivalencia” en el cual uno puede reconocerse, el realismo nos delata. La equivalencia que logra el realismo plantea sintéticamente los mecanismos existentes de la vida. Si uno observa las fotografías de la puesta de Kazan de Un tranvía… notará telones pintados, sin que nada de eso importe, porque al realismo le interesa el retrato complejo de carácter y las circunstancias en que sus personajes actúan. El realismo lo es por la manera en que la acción transcurre, no por el retrato de un ambiente.

Esta visión es lo que hizo poderosa la obra de Esquilo, Sófocles, Williams y Miller y Chéjov e Ibsen.

El Zoológico de cristal. El tema de la responsabilidad como fuerza centrífuga de todos los elementos de la obra, está presente tanto en El zoológico de cristal como en Un tranvía llamado Deseo.

La estructura de El zoológico… es muy interesante y reveladora. El autor alude a ella cuando afirma, de frente al espectador, que se trata de una “comedia de recuerdos” y por lo tanto no tendrá un tratamiento realista. Pero todo recuerdo está seleccionado, sintetizado y estructurado de acuerdo con nuestras necesidades en el momento de tenerlas. Así es que Tom, vestido de marino, nos dice que nos llevará por sus recuerdos. En ellos aparece su madre, Amanda Wingfield y su hermana Laura. Tom trabaja como obrero y es quien mantiene la casa. Amanda hace vanos intentos como vendedora por teléfono. Del dinero que el hermano traer a casa se paga también la colegiatura para que Laura asista a los cursos de mecanografía en una academia. El problema se viene encima cuando Amanda descubre que su hija no ha asistido a la escuela. Aquella afirma que no vuelve ante la vergüenza de haber vomitado un día de examen, por su excesiva timidez, ante lo cual ha venido refugiándose en el zoológico en vez de asistir a las clases que se han estado pagando. El motivo de su timidez radica en la manera aplastante en que la madre suele demostrar que nadie hay como ella planteando su condición de mujer excepcional a través de la nostalgia de su pasado de niña rica en la plantación perdida de la familia. Mientras su excepcionalidad es pletórica de virtudes, la excepcionalidad de Laura consiste en su carácter enfermizo y en un aparato para su pierna atacada por polio. El autor dice que ese aparato debe actuarse, pero no aparecer.

El refugio de Laura, su paliativo, consiste en un fonógrafo y en una colección de animalitos de cristal entre los cuales, el más amado es un unicornio a quien ella coloca junto a los caballos en donde a su vez resulta excepcional. Un caballo con un cuerno. Romántica forma de asumirse a sí misma. Señalada, marcada, rara, anormal. En suma, una víctima.

Amanda, preocupada por el futuro de su hija y sabiendo que Tom no es feliz allí, le pide que le ayude a casarla, para lo cual, Tom ha de traer a cenar a casa a alguno de sus amigos de la fábrica. Para recibirlo hacen gastos, no sólo para la cena sino para mejorar las condiciones del humilde departamento. El invitado resultó ser el único muchacho de quien Laura se ha enamorado, antiguo compañero de bachillerato. Al llevarlo a su casa Tom le confiesa que va a irse pronto de allí y que en lugar de pagar la luz ha invertido el dinero en la matrícula para ingresar a la marina. Durante la cena cortan la luz y así en la penumbra, Laura y el muchacho rememoran su juventud. Laura confiesa cómo se siente y el muchacho, haciendo alarde de su vanidosa necesidad de demostrar que él puede cambiar la vida de la gente baila, con ella y durante el baile tropiezan con la mesa en donde está el zoológico de cristal y el unicornio cae y pierde el cuerno, por lo que su excepcionalidad se desvanece y se halla entonces vulgar, colocado entre los demás caballos. Para acabar de demostrar que Laura no es monstruosa, la besa y la muchacha vive por un instante su anhelo secretamente guardado durante años. El visitante aniquila de esta manera la idea que ella tenía de sí, de su excepcionalidad, de su invalidez que justifica su inutilidad para la vida. Le quita su mentira, sin darle otra para soportar su vida. Acto seguido le comunica que debe irse a visitar a su novia.

Frustrada, Amanda le reclama a Tom que su amigo tuviera novia, lo llama irresponsable y egoísta. El muchacho decide entonces abandonarlas definitivamente para realizar su vida y su sueño de ser poeta. Huye para sentirse liberado. Pero huir no es resolver. El Tom marinero del principio vuelve a aparecer ante nosotros. Detrás de él queda la imagen de Amanda consolando a su hija. Ambas en la penumbra iluminada por las velas de emergencia con que terminaron la cena. Tom las observa desde el presente, invadido de culpa: al partir las dejó sin luz.

Es así que confiesa al espectador que por las noches no puede dormir, sino hasta que, tras haber entrado en un bar cualquiera para beber y charlar con desconocidos, una vez que el alcohol hace su efecto, puede pedir a su hermana que apague la vela para que desaparezca de su memoria por unos momentos y ya libre de su recuerdo durante ese día, puede calmar su ánimo. Es un hombre destruido, que no puede con la culpa. La obra está escrita con un dolor profundo. Con un viejo dolor en el cual nos reconocemos todos. El dolor de contemplar las decisiones ajenas, la impotencia al contemplar los actos, la frustración de no poder arreglar la vida de los otros, de no poder gritar, dar la alerta, la llamada que prevenga; la frustración de que nuestra voz no tenga poder de impulsar o de frenar las decisiones ajenas.

Madre e hija se pierden en la oscuridad. Sin Tom que trabaje para mantenerlas, no podrán pagar, no sólo la luz, sino tampoco la renta ni el teléfono. Ambas viven en la mentira de que como mujeres han de ser salvadas y se han dedicado a pesar sobre el muchacho, asignándole la ingrata condición de proveedor ante la cual él no podría hacer su vida.

Laura no es una víctima. Su aparato la horroriza, pero el invitado le hace ver que no genera el ruido tremendo que ella imagina. Se ampara en la enfermedad de una manera egoísta sin importarle su hermano. Amanda mira en él la solución de su vida. Ambas son dependientes y eso es lo que le pesa a él. Se fue, huyó y, sin embargo, fue más fiel a ellas de lo que pensaba ser.

La estructura de la obra, que alterna presente-recuerdo-presente está diseñada en la cabeza de Tom para eximirlas de responsabilidad. Para que Tom resulte ser el hijo ingrato que no merece la paz ante tan infame abandono. En su sensación culpable, Tom está forzando la historia y aun así el tema brilla: él no es el único responsable. Es clara, a través del carácter de la madre y de la hija, la raíz del problema.

Y allí, sobre el muro, el retrato sonriente y desapegado del padre lo domina todo. El padre que los abandonó cansado del carácter de una mujer romántica, soñadora, que desdeña el presente para evocar un pasado que juzga un paraíso de perfección en detrimento de su marido y de sus hijos. El padre se fue, sin culpa. Su decisión fue tajante para que su vida se viera libre, para no seguir siendo cómplice, a costa suya, del poder seductor de su mujer. Toda madre resulta seductora porque lo que seduce es la necesidad de conquistar su amparo; ante la desobediencia del hijo, la amenaza es la de perder su cariño. Nadie quiere que mamá se enoje contra uno: “Mamá se va a enojar” produce un terror casi insuperable, paralizante. A toda costa buscamos agradarla. Y es allí en donde Tom fracasa, como Hamlet, a costa de sí mismo.

Tom decidió huir, como Edipo, y al hacerlo se encadenó de por vida, a ellas. Estaba lejos de comprender que la solución no estaba en su mano, el problema es la asunción que él acepta de un deber que no le corresponde, ser el proveedor, el salvador, el sustituto de su padre, quien sin la acción libre de éste, ha de remediar el acto de traición que él cometió. Tom huyó porque pensaba que tenía “derecho” de vivir su vida, pero la vida no es una cuestión de derecho, sino de asunción del propio deseo que ha de convertirse en acto. Irse de esa manera, huyendo, genera un acto de rebeldía, de osadía, de heroísmo, que no era necesario. Porque la decisión de asumir la vida implica la realización del acto sin sentirse en deuda con lo que se deja atrás, y no ceder a la tentación de volver la cabeza para que, como la mujer de Lot, el impulso vital se mineralice invadido por el peso de la nostalgia, que paraliza. Tom se fue porque creía que era justo, sin asumir que era necesario.

Tom debió haber hecho sólo aquello que él mismo hubiera podido soportar. En este conflicto profundamente complejo y humano, radica el golpe, la fuerza y la universalidad del Realismo que Williams nos presenta: todos, como Tom, somos hijos, y todos conocemos el dolor de crecer y las dificultades que implica la lucha por descubrir cuáles son nuestras necesidades.

Cuando el realismo volvió a ser vanguardia. Texto: Fernando Martínez Monroy. Publicado en Milenio.com. 26.03.2011.

100 años del nacimiento de Gabriel Celaya.

Posted in Memorias by Alguien on 18 marzo 2011

Se cumplen cien años del nacimiento del poeta y ensayista Gabriel Celaya. Hace justo un siglo nacía en Hernani, en “La Villa”, una casa de campo familiar, muy cerca de San Sebastián, ciudad ésta que será determinante en su vida y obra. También próximamente, el 18 de abril, se cumplirán 20 años de su fallecimiento en Madrid, ciudad a la que llega en 1927 a estudiar ingeniería industrial y a vivir el mundo abierto (en todos los órdenes) de la Residencia de Estudiantes, donde se orientará a la pintura y, con carácter definitivo, a la escritura mientras convive con García Lorca, entre otros, y asiste a encuentros con Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset y Unamuno, además de con escritores y compositores europeos. Y será en Madrid donde, junto con Amparo Gastón, fije su domicilio a partir de 1956, en la calle Nieremberg, uno de los espacios frecuentados por miembros del PCE y opositores al régimen de Franco.

En el arco de esos ochenta años y en los espacios de esas dos ciudades, se despliega el desarrollo de la vida de un escritor vasco cordial y solidario y, muy especialmente, de una obra intensa y extensa que se aproxima al centenar de libros, entre los de poesía, narración, teatro y ensayo, si bien sobresalen los cincuenta y tres de poesía, una poesía que, desde la aparición de su primer libro, Marea del silencio, en 1935, y hasta la publicación del último, Orígenes / Hastapenak, en 1990, cristaliza genuinamente los más diversos modos poéticos del fecundo y complejo siglo XX, aunque el poeta persiguiera siempre con los mismos alcanzar un estado de conciencia que le permitiera romper la cerrada conciencia del yo individual y conseguir otra más allá de la que normalmente nos gobierna, según decía. A un proyecto así de comunicación -“poesía eres tú”, escribía-, de conocimiento – la poesía es mostración de lo real, afirmaba- y de acción poéticos -aspiraba a escribir una poesía que sirviera de instrumento de transformación de la conciencia- dedicó su vida entera.

Las buenas formas de su poesía, esto es, las estética y comunicativamente eficaces formas se nutren en buena medida de las ideologías estéticas de humana raíz que comenzaron a aflorar en los años previos a la República. Ahí quedan el vitalismo neorromántico de sus libros primeros; sus vanguardistas exploraciones poéticas, en especial las de estirpe surrealista; sus versos movidos por una, no pocas veces fallida, aspiración al logro de la simplicidad poética; los coloquiales poemas que, firmados por Juan de Leceta, arrastran vivencias y situaciones agónicas de su propia vida plenos de existencialismo; la apertura a los otros y el despliegue de lo social, del aquí y del ahora, en algunos de sus más conocidos libros escritos al modo realista y de espaldas a todo perfectismo poético, además con recto propósito político y de transformación de conciencia, tales como Cantos íberos.

Y ahí quedan también ciertos momentos en su poesía de nihilismo, búsqueda y experimentación visual, además de la etapa última que él denominara como la de su poesía órfica.

Ante tal legado (tres voluminosos tomos de Poesías Completas y uno más de Ensayos Literarios), ante tanta generosidad creadora y ante la gran lección antiautoritaria y liberadora de su obra, amén de ante su abierta lucha por la recuperación de las libertades en la peligrosa noche oscura del franquismo, cabe no sólo nuestro recuerdo en su centenario, sino, sobre todo, el homenaje de nuestra atenta lectura de tan plural obra que, por razones que tal vez tengan que ver con ciertos límites críticos, ha tenido y tiene que soportar un tópico que la reduce y por ello mismo caricaturiza. El atento lector lo sabe. Gabriel Celaya no es sólo el poeta social y el autor de un poema a todas luces memorable (de hecho muy recordado y citado) como el titulado “La poesía es un arma cargada de futuro”. Celaya es ese poeta y mucho más. Es de hecho un poeta mutante y desdoblado en voces heteronímicas hasta el punto de ser conocido antes por uno de sus nombres literarios (Gabriel Celaya) que por su propio nombre civil, Rafael Múgica. Es esos poetas, además del deslenguado Juan de Leceta, con el que aporta al discurso de la poesía en nuestra lengua la rica veta de un coloquialismo hecho, sin ningún género de duda, poesía. Por eso, en su caso al menos, no puede hablarse de prosaísmo como defecto literario sino como recurso poético, por otra parte de gran eficacia extrañadora y fuente de turbadora belleza. Es además un poeta al que no le son ajenos los recursos dramáticos en poesía como ponen de manifiesto sus numerosas cantatas.

Es probable que haya llegado el tiempo (la celebración del centenario puede servir de pretexto para ello) de estudiar sin reduccionismos los distintos modos poéticos que ensayara, así como de analizar la trama y lógica de sus argumentos y reflexiones ensayísticos, tan esclarecedores y abiertos como no pocas veces contradictorios, que lo convierten en un poeta filosófico y en un teórico de la poesía (Inquisición de la poesía, de 1972, es su libro más representativo en este sentido) que enriquece el horizonte de nuestro pensamiento literario y nos provee de instrumentos con los que comprender el hecho poético en relación con su autoría, su discurso, su recepción lectora y funcionamiento social.

Mientras tanto, abramos alguno de sus libros y, verso a verso, celebremos su memoria.

Celaya, mutante y desdoblado.Texto: Antonio Chicharro. El Cultural.es. 18.03.2011.

Palabras fuertes y camisas malditas.

Posted in Fragmentos by Alguien on 12 febrero 2011

A continuación se reproduce un fragmento de la autobiografía de Twain, en el que el autor narra con humor un episodio de la cotidianidad conyugal.

Viernes 9 de febrero de 1906.

“El comentario de Susy sobre mi lenguaje subido de tono me perturba [...]. Durante los primeros diez años de mi vida de casado, mantuve un discreto y constante control de mi lengua mientas estaba en la casa, y salía y recorría cierta distancia cuando las circunstancias me excedían y me obligaban a buscar alivio. Atesoraba el respeto y la aprobación de mi esposa muy por encima del respeto y la aprobación del resto de la raza humana. Temía el día en que ella descubriera que yo no era más que un sepulcro blanqueado, cargado de lenguaje reprimido. Durante diez años fui tan cuidadoso que no dudaba de que mi represión era exitosa. Por lo tanto era casi tan feliz con mi culpa como si hubiera sido inocente.

Pero finalmente un accidente me dejó al desnudo. Una mañana fui al baño a arreglarme, y por descuido dejé la puerta entornada unos centímetros. Era la primera vez que no tomaba la precaución de cerrarla correctamente. Conocía perfectamente la necesidad de hacerlo sin falta, porque afeitarme siempre era para mí un verdadero suplicio que me ponía a prueba, y rara vez podía superarlo sin recurrir a alguna manifestación verbal. Esta vez me encontraba desprotegido, sin siquiera sospecharlo. No tuve problemas extraordinarios con mi navaja en esa ocasión, y pude arreglármelas tan sólo con refunfuños y gruñidos indecorosos, pero que no eran ruidosos ni enfáticos… nada de exclamaciones ni aullidos. Después me puse una camisa. Mis camisas son un invento mío. Están abiertas atrás, y allí se abotonan… cuando tienen botones. Esta vez el botón faltaba. Mi temperamento ascendió varios grados en un segundo, y mis comentarios subieron de tono de manera acorde, tanto en volumen como en vigor de expresión. Pero no me preocupé, porque la puerta del baño era sólida y supuse que estaba bien cerrada. Abrí la ventana de un tirón y arrojé la camisa afuera. Cayó sobre los arbustos, donde la gente en camino hacia la iglesia podría admirarla si lo deseaba: había tan sólo unos quince metros de hierba entre la camisa y los transeúntes. Todavía gruñendo como un trueno distante, me puse otra camisa. También le faltaba el botón. Subí los decibeles de mi lenguaje para enfrentar la emergencia, y arrojé la nueva camisa por la ventana. Estaba demasiado furioso -demasiado enloquecido- para examinar la tercera, así que directamente me la puse con gran irritación. Una vez más le faltaba el botón, y la camisa salió por la ventana detrás de sus camaradas. Luego me incorporé, reuní todas mis reservas, y solté la lengua como en una carga de caballería. En medio de mi gran ataque, advertí la puerta entreabierta y quedé paralizado.

Me llevó un buen rato terminar mi arreglo personal. Alargué ese tiempo innecesariamente tratando de decidir qué era lo mejor que podía hacer dadas las circunstancias. Traté de concebir la esperanza de que la señora Clemens estuviera dormida, pero sabía que no era así. No podía huir por la ventana. Era angosta y sólo adecuada para que salieran las camisas. Finalmente, tomé la decisión de entrar despreocupada y descaradamente al dormitorio con el aire de una persona que no ha hecho absolutamente nada. Recorrí con éxito la mitad del trayecto. No dirigí la mirada hacia ella, porque eso no me daba seguridad. Es muy difícil dar la apariencia de que uno no ha hecho nada cuando los hechos son exactamente opuestos, y a medida que avanzaba sentía que mi confianza se evaporaba. Apunté hacia la puerta de la izquierda porque era la que estaba más lejos de mi esposa. Nadie la había abierto desde el día que se construyó la casa, pero ahora me parecía un refugio providencial. La cama era esta misma en la que ahora estoy acostado, y dictando estas historias cada mañana con total serenidad. Era este mismo armazón veneciano elaboradamente tallado -el más cómodo que existió nunca, con espacio suficiente para toda una familia, y cantidad de ángeles tallados en sus columnas espiraladas y su cabezal y su listón a los pies para dar tranquilidad y sueños placenteros a los durmientes-. Tuve que detenerme en la mitad de la habitación. No tenía la fuerza necesaria para seguir adelante. Creía estar atravesado por una mirada acusadora… y que incluso los ángeles tallados me traspasaban con ojos poco amigables. Todos conocen la sensación que se tiene cuando uno está convencido de que, a sus espaldas, alguien lo mira con fijeza. Hay que volver el rostro… nadie puede evitarlo. Yo me volví. La cama estaba colocada tal como está ahora, con los pies donde debería estar la cabecera. Si hubiera estado colocada como debería, la altura del cabezal me hubiera protegido. Pero el listón de los pies no era suficiente protección, porque me dejaba al descubierto. Estaba expuesto. Completamente desprotegido. Me volví porque no pude evitarlo… y mi recuerdo de lo que vi aún es vívido después de todos los años transcurridos.

Sobre las almohadas vi la cabeza negra… vi esa cara joven y bella, y vi en esos hermosos ojos algo que nunca antes había visto. Centelleaban y relampagueaban con indignación. Sentí que me desmoronaba. Sentí que me reducía a la nada bajo esa mirada acusadora. Permanecí en silencio ante ese fuego desolador durante casi un minuto, diría… Pareció un tiempo muy, muy largo. Después los labios de mi esposa se separaron, y de ellos brotó… el último comentario que yo había hecho en el baño. El lenguaje era perfecto, pero la expresión era aterciopelada, poco práctica, como de aprendiz, ignorante, inexperta, cómicamente inadecuada, absurdamente débil y totalmente incompatible con ese gran lenguaje. Nunca en mi vida había escuchado algo tan desafinado, tan poco armonioso, tan incongruente, tan inapropiado como esas poderosas palabras cantadas al son de una música tan débil. Traté de no reírme, porque era una persona culpable que necesitaba con urgencia piedad y clemencia. Traté de no soltar la carcajada, y lo logré… hasta que ella dijo, con la mayor gravedad: “Ahí tienes, ahora sabes cómo suena”.

Entonces estallé; el aire se llenó de mis fragmentos, y se los oía pasar zumbando. Dije: “¡Oh, Livy, si suena así jamás volveré a hacerlo!”

Y entonces ella también rompió a reír. Ambos nos convulsionamos de risa y seguimos riéndonos hasta que estuvimos físicamente exhaustos y espiritualmente reconciliados”.

Traducción: Mirta Rosenberg.

Escrito por Mark Twain. ADN Cultura.

En Algún Día: Mark Twain. Autobiografía.

James Dean, 80 años del eterno rebelde‎.

Posted in Cine, Memorias by Alguien on 8 febrero 2011

Si James Dean no hubiera muerto repentinamente a los 24 años, hoy habría cumplido 80, seguramente sin demasiada trascendencia. Es posible que su carrera hubiera sido larga y duradera, pero la historia nos habría demostrado que no fue un gran actor, ni siquiera un buen actor, y no se habría convertido en el padre de la Generación X de los años cincuenta. Sin embargo, James Dean murió en 1955 en un brutal accidente de coche y con él moría el actor, pero nacía la leyenda.

Leyenda del cine, símbolo sexual e icono de una generación inconformista, el rebelde James Dean ganó con su muerte un sitio en el edén del celuloide donde su recuerdo burla la vejez en el 80 aniversario de su nacimiento. Tres películas, cuatro años de carrera y un final dramático le bastaron al prometedor Jimmy, como le conocía todo el mundo, para pasar de ser un chico de granja a un mito sin fecha de caducidad. Nunca nadie consiguió tanto en tan poco.

La industria de Hollywood, que sabe ser generosa con sus muertos, quedó encandilada con ese actor de impronta imborrable tras el debut de “Al este del Edén” (1955), primer filme en el que Dean aparecía como protagonista después de trabajar de extra en seis producciones anteriores. Cinta dirigida por Elia Kazan que supo ver el potencial de un intérprete que luchaba por sobrevivir en una profesión en la que el actor se estrenó haciendo anuncios de refresco y en la que, según las malas lenguas, llegó a realizar favores sexuales para abrirse camino.

Talento no le faltaba a Dean, que nació el 8 de febrero de 1931 en Marion, una zona rural de Indiana, estado natal también de Michael Jackson, donde llegó a ser premiado en su adolescencia por su desempeño deportivo y artístico. Apenas 6 años antes de su trágico final al volante de su Porsche en una carretera californiana, Dean terminaba sus estudios de bachillerato y se mudaba a Los Ángeles para cursar primero Derecho y luego Arte Dramático hasta 1952, año en el que puso rumbo a Broadway pensando en que allí encontraría la gloria.

Tras dos años deambulando por los teatros logró meter la cabeza en un par de obras, “See The Jaguar” y “The Immoralist“. Una oportunidad que supo aprovechar y le valió el premio Daniel Blum al actor revelación del año 1954, al tiempo que captó la atención de Kazan. De la noche a la mañana, James Dean sedujo a un Hollywood sediento de artistas carismáticos para alimentar su poderoso “star-system”. Su nombre y su imagen de chico malo comenzó a llenar páginas de revistas como emblema de un espíritu marcado por el nacimiento del rock&roll y la teoría de que había que vivir deprisa y morir joven, algo que Dean terminó por seguir al pie de la letra.

Al rodaje de “Al este del Edén” le siguieron casi de inmediato “Rebelde sin causa” y “Gigante“, filme que concluyó su grabación un día antes de que aquel joven actor de 24 años falleciera inesperadamente. Por motivos contractuales con Warner Brothers, Dean tenía prohibido participar en competiciones deportivas, especialmente carreras de coches, mientras estaba trabajando en un papel, por lo que tuvo que esperar al final de su última película para subirse a su bólido y dirigirse hacia un evento automovilístico.

Aquel viaje llegaría a su final antes de tiempo, como casi todo en la vida de Dean, cuando su vehículo colisionó frontalmente con otro en una intersección de las carreteras 46 y 41 en el interior de California, un lugar fatídico que ahora es de obligada peregrinación para sus fans. El destino quiso que el actor no pudiera saborear su éxito ya que solo vivió para ver el estreno de “Al este del Edén”, producción por la que obtendría una nominación póstuma a mejor actor en 1956, candidatura que repetiría en 1957 por “Gigante”. Entre sus amores destacaron Pier Angeli y Ursula Andress, aunque se le atribuyeron muchos, incluso se ha llegado a especular con que fuera homosexual en varios de los libros que se han escrito sobre él desde su adiós, tan fulminante como la forja de su leyenda.

Fuente: EFE.

In Memoriam: 50 años sin Dashiell Hammett.

Posted in Memorias by Alguien on 10 enero 2011

El 10 de enero de 1961, hace hoy medio siglo,  Dashiell Hammett moría en su Estados Unidos natal. En su haber tenía dos guerras, un valiente compromiso con la izquierda política a pesar de su paso por la mítica agencia de detectives Pinkerton -germen del FBI- y una mala salud de hierro macerada en alcohol pero, sobre todo, cinco novelas y dos libros de relatos con los que sentó las bases de un nuevo género: la novela negra.

Lo peor que le puede pasar a un sabueso es quedar fuera de circulación. Cuando aún era un cachorro, Dashiell Hammett se movía a sus anchas en las calles de su Maryland natal, donde tras abandonar el Politécnico, vendió periódicos, fue empleado del ferrocarril y estibador, hasta que el llamado del instinto lo hizo reclutarse como investigador de la Agencia de Detectives Pinkerton de Baltimore, empleo en el que, quizás, tuvo el primer contacto imaginario con Sam Spade o con Nick Charles, sus torvos alter egos de El halcón maltés y La llave de cristal. Sin embargo, la vida suele ensañarse con la vocación de los hombres libres y la guerra puso en pausa su aventurera profesión, y se alistó en el cuerpo de ambulancias y transportes de la American Field Service con cuartel en Francia. Ahí, el futuro novelista sufrió el revés de la fatalidad: contrajo tuberculosis, le endosaron una licencia médica y lo despacharon de vuelta a Estados Unidos.

Inmovilizado, o tal vez sea mejor decir, domeñado físicamente para seguir en la investigación de campo, el sabueso trabajó un año más en la Pinkerton y después probó fortuna como publicista de un joyero de San Francisco, pero aquel oficio era poco, demasiado poco para su espíritu merodeador, una energía que brotaba del apego a los bajos fondos y del gusto por desentrañar misterios y penetrar hasta el último rincón de los avernos delictivos, por lo que curado a medias de la tuberculosis, se prescribió a sí mismo un riguroso régimen de alcohol y en 1922, comenzó a escribir relatos policiacos para el magazín Black Mask, editado por Joseph Shaw, de los que surgiría su personaje favorito, el Agente de la Continental, un individuo sin nombre, bajo y mofletudo, entrenado para no caer en ninguna trampa afectiva, psicológica, sensual o emocional que pudiera perturbar o confundir su olfato, porque el mundillo violento y despiadado que Hammett concibió, era para puros canes desconfiados y correosos.

Desconfianza. Ese es el atributo esencial para sobrevivir en sus historias, monumentos a la fealdad, el complot y la traición, donde hasta el tipo más duro puede resbalar con una simple fullería o cualquier mujer hermosa puede llevar bajo la piel a una femme fatale o, peor aún, se puede amanecer en la cama de un hotel de quinta clase con un tiro en la frente o veinte puñaladas en el cuello o la barriga, hasta que esa muerte que no es pero podría ser nuestra, sea aclarada por el cochambroso detective que fuma y bebe, observa, inquiere, anota, busca, allana, profana y compromete, porque el deber es lo único inquebrabantable en ese espacio que inspira suspicacias. Quizá es por ello que Raymond Chandler dijo que la obra de Dashiell Hammett reveló las mefíticas pero protectoras posibilidades de la duda, ya que si nos apegamos al saludable ejercicio de la sospecha, podríamos descubrir los secretos de la gente que nos rodea, la más agresiva, la más pasiva o insignificante, pues nadie sabe, a ciencia cierta, lo que hay debajo de la máscara social. Lo dijo así, en uno de sus ensayos sobre la novela negra en El simple arte de matar: “el realista de esta rama literaria escribe sobre un mundo en que los pistoleros pueden gobernar naciones y casi gobernar ciudades, en el que los hoteles, casas de apartamentos y célebres restaurantes son propiedad de hombres que hicieron su dinero regentando burdeles; en el que un astro cinematográfico puede ser el jefe de una pandilla, y en el que ese hombre simpático que vive dos puertas más allá en el mismo piso, es el jefe de una banda de controladores de apuestas; un mundo en el que un juez con una bodega repleta de bebidas de contrabando puede enviar a la cárcel a un hombre por tener una botella de un litro en el bolsillo; en que el alto cargo municipal puede haber tolerado el asesinato como instrumento para ganar dinero, en el que ninguno puede caminar tranquilo por una calle oscura, porque la ley y el orden son cosas sobre las cuales hablamos, pero nos abstenemos de practicar; un mundo en el que uno puede presenciar un atraco a plena luz del día, y ver quién lo comete, pero retroceder inmediatamente a segundo plano, entre la gente, en lugar de decírselo a nadie, porque los atracadores pueden tener amigos de pistolas largas, o a la policía no gustarle las declaraciones de uno, y de cualquier manera el picapleitos de la defensa podrá insultarle y zarandearle a uno ante el tribunal, en público, frente a un jurado de retrasados mentales, sin que un juez político haga algo más que un ademán superficial para impedirlo”. Mejor definición de la obra de Hammett, ninguna, pues basta con internarse en sus novelas, sea Cosecha roja (1929), La maldición de los Dain (1929), El halcón maltés (1930), La llave de cristal (1931) o El hombre delgado (1934), para reconocer que en aquellos territorios que nos remiten al universo cotidiano, la ley y el orden efectivamente brillan por su ausencia, y que los personajes (como nosotros en la vida diaria), se ocupan de mantener la cabeza a flote para no ahogarse en la marea.

Cosecha roja o la revelación de que el infierno no tiene límites poblacionales ni fronteras. El Agente de la Continental llega a Personville, mejor conocida como Poisonville (“Villa Veneno”), para esclarecer un homicidio en el que prácticamente está implicado todo el pueblo; La maldición de los Dain, donde el mismo detective investiga un robo de diamantes, entabla un duelo intelectual con el escritor Fitzstephan, combate a un hombre de nariz larga y otros matones de ínfima ralea, y descifra el anatema de familia, donde el padre esconde esqueletos en el clóset y la hija está implicada en líos de drogas y cultos siniestros; El halcón maltés, el título más célebre pero no el mejor de Hammett, gracias a la adaptación que John Huston realizó en 1941 con Humphrey Bogart en el papel de Sam Spade y Mary Astor en el rol de Brigid O’Shaughnessy, donde un legendario cernícalo cubierto de diamantes, es el objeto de discordia de un puñado de codiciosos y asesinos; La llave de cristal o las peripecias del jugador y estafador Ned Beaumont, que opera uno de los bandos de las pandillas en conflicto, y El hombre delgado, donde a través de la torcida relación del detective Nick Charles con su joven e inteligente esposa Nora (según los críticos, una alegoría de la relación de Hammett con Lillian Hellman), el crimen se entreteje con la tribu de los Wynant, la familia más grotesca de todos sus relatos.

A Dashiell Hammett le suelen escamotear la significación y trascendencia en la literatura norteamericana, a pesar de la indudable crítica social que revisten sus historias (recordemos que se sitúan en pleno Crack del 29 y en la época de la prohibición), quizá porque escribía sin ambages ni abalorios o porque su mirada era absolutamente descarnada: sus criaturas solían carecer de cualidades, sólo eran cáscaras humanas cuyas esencias estaban a flor de piel, en los rostros o en las encías, en las orejas, los dientes, el abdomen, la nariz o los mentones, por lo que sus héroes debían echar mano de una frenológica intuición para determinar quién o quiénes eran aliados o enemigos, aunque algunas veces caían en el engaño, y la fábula se engarzaba en una espiral de impensados desenlaces.

En 1946, el sabueso ingresó al Congreso Nacional de los Derechos Civiles de Nueva York, de ideas afines a la izquierda. Tres años más tarde, el macarthismo puso a sus miembros en la mira y Hammett fue encarcelado en 1951 al negarse a proporcionar información. ¿Y cómo iba a hacerlo, si una de sus frases emblemáticas dicta que “no es tan sencillo decir la verdad, cuando se ha perdido la costumbre”?

Destruido por el alcohol y minado por la tuberculosis y el tabaco, Dahiell Hammett abandonó la escritura poco después de publicar El hombre delgado. Lillian Hellman lo padeció hasta su muerte, el 10 de enero de 1961, en el Hospital Lennox Hill de Nueva York. El último suspiro, tal vez, le hizo recordar aquella escena de La maldición de los Dain, donde sus alter egos, el detective y el novelista, se reprochan uno a otro el modo en que se ganan (o despilfarran) la vida, pues la paga, como siempre, es lamentable:

—Pero… ¿es posible que viviendo como vives de husmear en las vidas ajenas, estés burlándote de la curiosidad que la gente me inspira y mis desvelos por satisfacerla?

—Somos diferentes —le contesté. —Mi trabajo tiene por finalidad meter a la gente en la cárcel; y me pagan por ello, aunque no tanto como debieran.

—No veo la diferencia. El mío tiene por objeto encerrar a la gente en un libro, y por eso me pagan, aunque no tanto como debieran.

—Sí, ¿pero de qué sirve eso?

—Dios lo sabe. ¿Para qué sirve meter a la gente en la cárcel?

—Alivia la congestión —dije. —Si metieran en la cárcel a una cantidad suficiente de personas, no existirían problemas de circulación en las calles.

Circulación. Movilidad. Acción. Desde la parálisis prematura de 1922, Dashiell Hammett conjuró la maldición de los sabuesos combatiendo con la máquina de escribir, pero ahí los guetos se ensancharon y poco a poco descubrió que, como en el infierno, los monstruos suelen desbordarse en ese limbo que no por imaginario deja de ser tan parecido, demencialmente parecido al mundo real.

La maldición de los sabuesos. Texto: Iván Ríos Gascón. Publicado en Suplemento Laberinto. Diario Milenio. 08.01.2011

Pavese a 60 años de su muerte.

Posted in Artículos, Memorias by Alguien on 20 diciembre 2010

La Jornada Semanal. Domingo 19 de diciembre de 2010. Num: 824.

En el espléndido ensayo de Annunziata Rossi que publicamos en este número, se cita lo que Italo Calvino dijera sobre la vida y la obra de Cesare Pavese: “su itinerario es de elección y de discordia, de reducción a lo esencial, de traslado de los valores del ser al mismo hacer, de la vida a las obras, de la existencia a la historia”. Con el texto de Rossi y un poema de Hugo Gutiérrez Vega, conmemoramos los sesenta años de la trágica muerte del piamontés, miembro de una de las más brillantes generaciones culturales y literarias italianas. Publicamos además un texto de Ricardo Bada con motivo del centenario del natalicio de Miguel Hernández, otro autor imborrable de la literatura mundial.

Simplemente The Doors.

Posted in Música by Alguien on 9 diciembre 2010

A pocos meses del 40 aniversario de la muerte de Jim Morrison y con motivo del estreno del documental When you’re strange, revisamos la trayectoria de uno de los grupos más influyentes de la historia de la música con la ayuda del Archivo de RTVE.

Su influencia en el mundo de la música permanece indeleble cuatro décadas después, como adelantados a su tiempo que fueron e incluso precursores de movimientos posteriores como el punk. Jim Morrison no fue sólo un borracho autodestructivo, como algunos lo han querido pintar, fue un alma inquieta, un poeta maldito que fue “arrojado en este mundo”, un “mundo que quería y quería ahora” pero que se le quedó demasiado pequeño.

(“Éste es el final / Hermoso amigo / Éste es el final/ Mi único amigo, el fin / Me duele dejarte libre / Pero nunca me seguirás / El fin de la risa y las mentiras blandas/ El fin de las noches en las que intentamos morir / Éste es el final“)

Especial sobre The Doors en RTVE.es.

In Memoriam: 30 años sin John Lennon.

Posted in Música, Memorias by Alguien on 8 diciembre 2010

El 8 de diciembre de 1980 cinco disparos efectuados por Mark David Chapman – un desequilibrado obsesionado por la música de los Beatles y la lectura de “El guardián entre el centeno”- acabaron con la vida de John Lennon. El fundador y coautor de la gran mayoría de los éxitos de los Beatles alcanzó desde ese momento un lugar privilegiado en el Olimpo de los Dioses de la música rock, sólo compartido con Elvis Presley, su ídolo de juventud.

La muerte de Lennon dejó a la juventud mundial huérfana de uno de sus ídolos. También frustró del todo una hipotética reunión de los Beatles, con la que tanto se había especulado durante los 70.

Además, Chapman cortó la carrera de uno de los grandes genios de la música que, con su recién inaugurada cuarentena, tenía todavía mucho que ofrecer al mundo. Es difícil imaginar al Lennon de hoy, con 70 años cumplidos, pero seguro que no estaría lejos del hombre idealista y soñador que se nos mostró desde finales de los 60.

Lo que es evidente es que la música de Lennon -ya sea en solitario o como parte de The Beatles - ha influido a todos los artistas de los últimos 50 años y nunca ha dejado de tener vigencia.

Especial: 30 años sin John Lennon en RTVE.es.

Especial: El Asesinato de Jonh Lennon – The Beatles en El Mundo.es.

Mark Twain. Autobiografía.

Posted in Artículos, Memorias by Alguien on 5 diciembre 2010

El inolvidable autor de Las aventuras de Huckleberry Finn, Samuel Clements, conocido mundialmente como Mark Twain, encontró al final de su vida un gran entretenimiento: dictar en voz alta su autobiografía, tras varios comienzos fallidos y cientos de páginas. Lo hizo con total libertad, cuatro años antes de su muerte, no sin antes dejar estrictas instrucciones para que gran parte de sus dichos sólo se dieran a conocer cien años después de su muerte.

Tal vez un poco de ego o falta de modestia, como el mismo autor reconoce, lo llevaron a asumir que seguiría teniendo lectores un siglo después. No era difícil vaticinarlo, el hombre se vio en la bancarrota por una mala inversión —la compra de una máquina de linotipia a un impresor—, pero sus giras ofreciendo lecturas por el mundo, junto con la publicación de capítulos de sus libros en revistas y periódicos, lo salvaron de la quiebra. Los detalles de la bancarrota y otros episodios en que su hermano mayor, Orion Clements, acudió en su ayuda, son narrados en su autobiografía.

Hasta 1905, Twain acumulaba varios comienzos inconclusos, algunos de ellos tenían número asignado de capítulo. Al año siguiente, le dictó durante tres meses a su amigo taquígrafo James Redpath otros capítulos. Lo hizo de forma desordenada y dependiendo de los intereses del momento. Este caos le dio como resultado una narrativa poco convencional.

Los cien años de la muerte de Twain se cumplieron el pasado abril, y la Universidad de California —que posee los derechos de autor y los textos originales— decidió celebrarlo publicando por primera vez la autobiografía completa, tal como él la dejó a los 74 años de edad (incluyendo alguno de los comienzos fallidos). Se requirieron seis editores que durante seis años trabajaron con los manuscritos. Las ediciones anteriores —de 1924, 1940 y 1959, respectivamente— fueron publicadas con censura previa. Así, las críticas al imperialismo estadunidense y consideraciones como declarar a sus tropas “asesinos uniformados”, quedaron fuera.

“De la primera, a la segunda, tercera y cuarta ediciones, las expresiones de opinión honestas y sensatas deben desaparecer —instruyó el escritor en 1906, demostrando un ojo certero para los negocios—. En un siglo más habrá mercado para esos bienes. No hay prisa. Esperen y verán”. Y claramente se ve: desde que su autobiografía salió a la venta a fines de octubre, se vuelve cada vez más difícil encontrarla en Nueva York. Al menos en la cadena de librerías Barnes and Noble, se agota. El libro ha estado en los primeros lugares de ventas, y eso que es sólo el primero de tres tomos —con aproximadamente cinco por ciento inédito, aunque los próximos vólumenes prometen un mayor porcentaje de material desconocido. La publicación coincide con una exhibición de sus manuscritos en la biblioteca Morgan en Manhattan, que da cuenta de cómo el autor siempre tuvo que vigilar sus dichos contra el colonialismo inglés y lo que consideraba el salvajismo de los blancos. Los manuscritos tachados por el mismo autor, sacando las partes con los comentarios más ácidos, pueden apreciarse en la exhibición, porque ahora, un siglo después, ya puede hablarnos libremente desde la tumba. Éste es el año de Twain:

“Nací el 30 de noviembre de 1835 en el pueblo prácticamente invisible de Florida, condado de Monroe, Missouri. Mis padres se trasladaron a Missouri a comienzos de los años 30: no recuerdo exactamente cuándo, porque no había nacido y no me preocupo por esas cosas. Era un largo viaje por esos días y debe haber sido duro y agotador. El pueblo constaba de cien personas y yo aumenté la población al uno por ciento. Es más de lo que gran parte de los mejores hombres en la historia han hecho por un pueblo. Puede que no sea modesto relatarlo, pero es cierto. No hay registro de una persona que hiciera tanto —ni siquiera Shakespeare. Pero lo hice por Florida y se ve que podría haberlo hecho por cualquier lugar —incluso Londres, supongo.

En un principio mi padre poseía esclavos, pero poco a poco los vendió y les arrendaba los suyos a los granjeros por el año. Por un niña de quince años pagaba doce dólares al año, le daba dos vestidos de lino y lana y un par de zapatos ordinarios, una transformación insignificante. Por una mujer negra de veinticinco años, por lo general sirvienta en la casa, pagaba veinticinco dólares al año y le daba zapatos y los vestidos de lino y lana ya mencionados; por una mujer negra fuerte de cuarenta años, para cocinar y hacer la limpieza, pagaba cuarenta dólares al año y las acostumbradas dos piezas de ropa; y por un hombre sano pagaba de setenta y cinco a cien dólares por año, y le daba dos trajes de mezclilla y dos pares de zapatos ordinarios —atuendo que costaba alrededor de tres dólares”.

Leer algunos fragmentos en Milenio.com

Ficha del Libro: Espasa Calpe.

Reseña en El Cultural.es.

75 años de Woody Allen.

Posted in Cine, Memorias by Alguien on 1 diciembre 2010

Woody Allen nació un 1 de diciembre de hace 75 años en Brooklyn. En la mitad del otoño, su estación favorita para rodar películas por sus cielos nublados y hojas naranjas, por su niebla misteriosa y la luz especial que alumbra Manhattan. Pero no nació con el nombre que todo el mundo conoce. Lo hizo como Allan Stewart Königsberg. No fue hasta 1952, 17 años después, que se transformó en Woody Allen sobre un escenario. Humorista casi desde que llegó al mundo, escritor, universitario de un solo semestre, actor, dramaturgo, adicto al psiquiatra antes de llegar a los 30, músico, director… el legado de Allen en estos tres cuartos de siglo es inconmensurable. En su faceta más conocida, la de cineasta, ha participado hasta la fecha en 60 películas, de las cuales ha dirigido 46. Y pretende seguir con su terapia de una película anual hasta que no pueda más.

“Yo era un niño pasablemente feliz, ¿saben? Me criaron en Brooklyn durante la Segunda Guerra Mundial. Mi analista insiste en que mis recuerdos de infancia son exagerados, pero les juro que me criaron bajo una montaña rusa de Coney Island, en Brooklyn”. Alvy Singer (Woody Allen), en Annie Hall.

Inquieto, delgado, bajito (no pasa de 1,65), tímido, con gafas, don Juan de Manhattan, pero, sobretodo, ateo judío poco ortodoxo. Así se ha representado Allen a lo largo de una filmografía que bien podría ser una autobiografía en 35 milímetros. Sobre su infancia, creemos saberlo todo tras ver al pequeño Alvy Singer en Annie Hall, al jovencito Sandy Bates en Recuerdos o al trasto de Joe en Días de Radio aprendiendo sobre la vida en un barrio de clase media baja en Brooklyn. De esta última, el cineasta siempre ha reconocido que todo está inspirado, aunque un poco exagerado a modo de cómic, en su infancia.

“Dios mío, este infeliz es patético [....] Si yo tuviera valor para salir a contar mis chistes yo mismo”. Alvy Singer (Woody Allen), en Annie Hall (1977).

La carrera humorística de Allen comenzó en los años 50 en los cabarets que luego plasmaría en Broadway Danny Rose y como escritor de chistes para otros cómicos. De ahí pasó a la televisión donde colaboró como guionista y como humorista en programas como el programa de Johnny Carson o el Ed Sullivan Show. En la que se puede considerar su trilogía de películas más memorables, Annie Hall, Manhattan y Hannah y sus hermanas el cómico hace un ejercicio autobiográfico con sendos personajes que se dedican a la escritura y producción de humor.

“Y si llega a decir algo mas sobre Ingmar Bergman le salto de un puñetazo las lentillas de contacto” Isaac Davis (Woody Allen), en Manhattan (1979).

Es en el cine y no en la televisión donde Allen ha depositado siempre su corazón. Desde que tuvo uso de esa razón tan humorístico-analítica tan personal, Allen ha disfrutado con las grandes películas de la historia del cine. De Chaplin a Scorsese pasando por Minelli, Bergman, Wilder, Kurosawa, Fellini o Hitchcock. Allen, miembro de la última gran generación del cine, la de Scorsese, Coppola, Spielberg, Mallick…, ha podido absorber de los maestros en las salas de cine.

Son constantes sus homenajes a los clásicos del cine estadounidense, japonés y europeo. En su obra de teatro y guión de cine Sueños de un seductor, Allen habla directamente en sus ensoñaciones con el Humphrey Bogart de Casablanca. Escenas de Annie Hall, Toma el dinero y corre o Todos dicen I love you le sirven para homenajear a Groucho Marx, su cómico de cabecera. El expresionismo alemán está presente en Sombras y niebla. Como recalca Jorge Fonte en su libro Woody Allen (Cátedra), Manhattan le debe mucho a Vincent Minelli o a Billy Wilder. Y en casi todos sus trabajos, Bergman y Fellini son una constante.

En 1969 Allen rodó su primera película como director, Toma el dinero y corre, una historia de ladrones cómicamente desgraciados rodada a modo de falso documental (formato que repetiría en 1983 con Zelig). Fue un éxito de taquilla que le abrió las puertas en la industria para poder rodar una serie de comedias gamberras que funcionaron mejor o peor como Bananas (1971), Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar (1972), El dormilón (1973) y La última noche de Boris Grushenko (1975).

Fue en los años 70 del siglo pasado cuando Allen alcanzó la mayoría de edad cinematográfica con Annie Hall (1977), Interiores (1978) y Manhattan (1979). Películas ambientadas en Nueva York, la ciudad que prácticamente no abandonaría como escenarios de sus conversaciones y obsesiones hasta 2006, cuando comenzó su viaje europeo por Inglaterra, Francia y España. Allen consiguió lo que nadie en Hollywood consigue jamás: ser el dueño de sus historias, desde que las concebía anotándolas en un trozo de papel hasta el montaje final, sin interferencias de los estudios o de los productores. Durante su época dorada a lo largo de los 70, 80 y 90 rodó también, entre otras, Broadway Danny Rose (1984), La rosa púrpura del Cairo (1985), Hannah y sus hermanas (1986), Días de radio (1987), Delitos y faltas (1989), Misterioso asesinato en Manhattan (1993), Poderosa Afrodita (1995) o Desmontando a Harry (1997).

Mi psicoanalista me advirtió que no saliera contigo, pero eras tan guapa que cambié de psicoanalista. Isaac Davis (Woody Allen), en Manhattan.

En todas estas obras los temas fetiche de Allen aparecen sin descanso: las mujeres, las relaciones (siempre trabajó con sus parejas que eran actrices: Diane Keaton, Mia Farrow, Louise Lasser…), las infidelidades, el poder de la conversación, la muerte, la religión judía, el cine, el jazz, la magia, el psicoanálisis y el sexo. Allen cumple hoy 75 años. Y ya estamos esperando su próximo trabajo, que llegará en 2011: Medianoche en París, con presencia de Carla Bruni – Sarkozy incluida.

Texto: Álvaro P. Ruíz de Elvira. Publicado en Diario El País.com.01/12/2010.

Pasolini: el retorno de lo sagrado.

Posted in Cine, Memorias by Alguien on 29 noviembre 2010

La Jornada Semanal. Domingo 28 de noviembre de 2010. Num: 821.

En el mes de noviembre de 1975, el poeta, narrador, ensayista y director de cine Pier Paolo Pasolini fue asesinado, sin que hasta la fecha las causas y, sobre todo, la autoría intelectual de ese crimen hayan quedado suficientemente claras. Iconoclasta, crítico y dueño de una lucidez tan impresionante como su capacidad creativa, el autor de la Trilogía de la vida –compuesta por El Decamerón, Los cuentos de Canterbury y Las mil y una noches–, entre otras obras maestras cinematográficas, Pasolini es una de las figuras intelectuales y artísticas más complejas y, tal vez por eso, menos comprendidas del siglo XX. El ensayo de Natacha Koss, así como el poema de Hugo Gutiérrez Vega y el texto de Ricardo Yáñez que presentamos en este número, son una forma de aproximarse al autor de Saló o los 120 días de Sodoma y, al mismo tiempo, constituyen un mínimo homenaje a treinta y cinco años de su desaparición.

In Memoriam: 100 años sin León Tolstoi.

Posted in Memorias by Alguien on 20 noviembre 2010

En un día 20 de noviembre de 1910, se cumple hoy un siglo, fallecía el célebre escritor ruso León Tolstoi, uno de los pensadores morales más fecundos y más fascinantes de la literatura de todos los tiempos, con títulos como Guerra y paz (1869), Anna Karénina (1877) o Resurrección (1899).  La muerte lo sorprendió en la diminuta estación ferroviaria de Astápovo, lejos del hogar y de la familia que abandonara poco antes de su deceso.

In Memoriam.

In Memoriam: 25 años sin Orson Welles.

Posted in Cine, Memorias by Alguien on 11 octubre 2010

Orson Welles, uno de los mayores genios de la industria del cine, capaz de alumbrar «Ciudadano Kane» (1941) en su ópera prima, considerada por los expertos uno de los mejores filmes de la historia, murió hace veinticinco años. Welles dejó tras de sí una trayectoria extraordinaria como director, productor, actor y guionista, y repleta de obras cumbre del cine como «El cuarto mandamiento» (1942), «La dama de Shanghai» (1947), «El tercer hombre» (1949) o «Sed de mal» (1958).

El 10 de octubre de 1985 acudió como invitado al conocido programa de televisión de Merv Griffin. Fue la primera vez que Welles manejaba orgulloso los naipes en público.

Esa misma noche, sólo dos horas después, fallecia de un ataque cardiaco en Los Ángeles (California), Tenía 70 años. Su vida acabó como seguramente le hubiera gustado, con un truco de magia. Había cumplido su sueño.

In Memoriam.

John Lennon cumple 70 años.

Posted in Música by Alguien on 9 octubre 2010

El 9 de octubre de 1940, Liverpool veía nacer a uno de sus hijos más conocidos, John Winston (en honor de Winston Churchill) Lennon, el hombre que revolucionó la música de los años 60 y 70 del siglo pasado con temas como Strawberry Fields Forever y que se convirtió en un mito cuando Mark David Chapman segó su vida al tirotearle en la puerta de su domicilio el 8 de diciembre de 1980.

Aunque el mundo actual es muy diferente de aquel que se imaginó en una de sus canciones más emblemáticas, el pensamiento y el legado musical del artista permanecen intactos. El renovado interés por el hombre de los lentes redondos coincide en el 2010 con varios aniversarios importantes vinculados con su obra y vida: cinco décadas del nacimiento de los Beatles y 40 años de su disolución, 30 años de su asesinato y su cumpleaños 70.

Felicidades.

Especial en La Jornada Semanal.

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