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El Estado reaccionario: Nietzsche y Platón.
Texto: Nicolás González Varela. Rebelion.org. 04.11.2009
La influencia de más largo aliento en el Nietzsche totus politicus, en su pensamiento político, además de Wagner y el bismarckismo genérico, es sin lugar a dudas el divino Platón. Numerosas pero a veces difíciles de detectar son las referencias a la teoría reaccionaria platónica del Estado e incluso se pueden encontrar anotaciones e interpretaciones e intentos de su aplicación a otros temas, entre ellos el de la educación, la concepción y rol de la mujer en la sociedad, el valor productivo del instinto y del amor, la pederastia, la función de la clase trabajadora y la cultura del Genio. Platón puede definirse como el arquitecto de la anti-Polis, una versión idealista de la reacción aristocrática.
El estado-ideal de Platón está totalmente enfrentado y es reactivo a los fundamentos políticos democráticos de la Atenas de su época. Coincidimos esta vez con Colli quién reconoce que “Platón es uno de los pocos filósofos a los que Nietzsche ha leído ampliamente (y él ha adivinado muchas cosas que nadie antes había descubierto)”. También Maurer ha revalorizado este nexo poco considerado en el Nietzschéisme: que la relación de Nietzsche con Platón no constituye una clave más sino más bien “la” clave para la comprensión del sentido político-filosófico de su obra. Si Nietzsche confronta una y otra vez contra el Platonismus, es a su vez innegable la fascinación que ejerce el Platón histórico y político, no sólo en las lecciones sobre educación que estamos analizando, sino por ejemplo en dos escritos de comienzos de los años 1870’s: la Enciclopedia de la filología clásica y la Introducción al estudio de los diálogos platónicos. Ambos escritos coinciden en subrayar la centralidad de la vocación política del Platón filósofo por sobre el hombre puramente teorético. Nietzsche había proyectado realizar un trabajo sobre filosofía antigua centrado exclusivamente en La República de Platón (HGK W/4, p. 123).
Además de su entusiasmo adolescente, Nietzsche impartió cursos monográficos sobre Platón en los semestres invernales 1871-1872 y 1873-1874 y en el semestre estival de 1876. Se han conservado gracias a la costumbre de los profesores alemanes de escribir sus propias lecciones y que han sido publicadas bajo el título de Einleitung in das Studium der platonischen Dialogue. Encabeza estos manuscritos un motto sugestivo que indica la actitud ambivalente de Nietzsche hacia el filósofo griego: Plato amicus sed, Platón es un amigo, pero… Debemos dejar constancia que el Nietzschéisme y la hagiografía no ha tomado en cuenta estos textos, en la mayoría de los casos (de Jaspers a Löwith pasando por Heidegger y Deleuze hasta Vattimo) ni siquiera se los menciona (raras excepciones: el biógrafo Andler, el estudioso de Platón Paul Friedländer y el discípulo de Gundolf, Kurt Hildebrandt). Hasta Heidegger mismo subestima estos textos afirmando que “son ciertamente un auxilio, pero no es la vía decisiva para la penetración filosófica de Nietzsche y para confrontarse con ella…”.
Lo cierto es que en estas lecciones universitarias de Basilea Nietzsche no se limita a una mera aproximación filológica o meramente historiográfica, ni siquiera a calcar sobre Platón las ideas-fuerza de su maestro Schopenhauer ,sino que propone una comprensión total de la personalidad y la obra de Platón, con algunas intuiciones de interpretación novedosas que mantendrá a lo largo de su vida intelectual. La originalidad nietzscheana está más en el radical ángulo ético-político de su visión totalizadora de Platón, un Grundeinsichten, más que en el detalle de exposición de su filosofía. Todo Platón es leído, interpretado y asimilado en clave ético-política, en especial desde su praxis de agitador y reformador. La Persönlichkeit, la personalidad de un pensador debe siempre privilegiarse por sobre sus libros: “el hombre es más notable que sus libros”. En un sentido más radical y extremo que incluso en Marx, para Nietzsche el ser (Persönlichkeit) tiene primacía absoluta sobre la conciencia (System). Esta notable sintonía entre la Vida (no cualquiera sino la de un große Mensch, la de un verdadero gran hombre) y filosofía se opone a la doxografía habitual y es la única forma de establecer una relación entre necesidad y verdad. El System de un pensador sólo tiene sentido cuando es resultado de un precipitado que se produce como efecto de una reacción con fundamento en la existencia real (no teórica, no académica) del pensador, de manera que la Theorie deviene símbolo de “un determinado modo de vivir y de considerar las cosas humanas”.
Los intereses personales de un filósofo (parcialmente reconocibles en sus obras escritas) son lo ewig Unwiderlegbare, eternamente irrefutables y por ello clave interpretativa. Nietzsche reconoce en Platón una constitutiva complejidad y que el núcleo íntimo tanto de la personalidad como del pensamiento platónico es un cemento de tipo ético-político. El centro hermenéutico para Nietzsche, incluso cuando aborde a cualquier otro autor, será la dimensión unificante y recompositiva de la Voluntad y la Vida: “Platón no debe ser considerado como un sistemático in vida umbratica, sino como un político revolucionario que desea subvertir el mundo entero y que con este objetivo es, también, escritor”. La misma fundación de la Academia es para Nietzsche un paso organizativo para “reforzar en la lucha” los compañeros y amigos del proyecto político platónico (y no a un “público de lectores”). Por otro lado se burla de aquellas corrientes de la historia de la filosofía que presentan a Platón como “un profesor universitario con su Sistema”. La denostada “filosofía de la universidad” (un concepto de Schopenhauer) es para Nietzsche existencialmente estéril, un ejercicio intelectual privado de nexo vital tanto en lo personal como en lo político. De tal manera que el Platón escritor será siempre una sombra del Platón maestro, su obra una mala copia mutilada de su vida, tanto de sus discursos en los jardines de la Academia como de sus viajes políticos (donde según Nietzsche puede tenerse “una auténtica imagen del carácter fundamental de Platón”). Los escritos platónicos, so pena de incomprenderse, deben ser leídos intentando recuperar y reconstituir el espíritu de aquel escenario vital-filosófico, y en la composición entre el Platón escritor y el Platón maestro, es donde lograremos ver la auténtica imagen del hombre político. No es casualidad que Nietzsche destaque como la fuente más importante para entender a Platón sea no tanto los testimonios de contemporáneos o reconstrucciones a posteriori (a la Aristóteles) sino sus cartas.
El retrato nietzscheano de Platón es el de un admirador: destaca su ascendencia de linaje aristócrata, el ser un típico joven noble helénico, tipischer Hellenischer Jungling, un representante ideal del hombre griego de la edad trágica. Recordemos que el padre de Platón decía descender por sangre del último rey coronado de Atenas, Codro. A esta rancia y venerable genealogía Nietzsche le suma su amor instintivo por la cultura doria: “inclinación espartana”. Además subraya puntos salientes de la vida activa de Platón, en especial su relación con Critias (su tío carnal) y su proyecto de restauración oligárquica fracasado. Recordemos que Critias fue miembro principal de la dictadura oligárquica de los Treinta Tiranos, cuyo reinado de terror brutal en los años 404–403 a. C. fue vivamente relatado por Jenofonte en Helénicas.
En Algún Día│Friedrich Nietzsche.
Brandes y Nietszche: un diálogo en la cima.
Texto: Augusto Isla. La Jornada Semanal. Domingo 25 de octubre de 2009. Num: 764.
Ya se sabe que antes de hundirse en las sombras de la megalomanía y verse como el más incomprendido de los hombres, como el crucificado, Nietszche se conformaba con unos cuantos lectores selectos: Jacob Burckhardt, Hyppolyte Taine, Richard Wagner… Uno de ellos, poco conocido pero brillante y certero, fue Georg Brandes (1842-1927). Este intelectual danés fue no sólo un lector del genio alemán, sino también su interlocutor; con él, sostuvo una amistad epistolar, amén de haber asumido con rara modestia el desempeño de difusor de su obra en Dinamarca. Y digo con modestia porque Brandes no era un cualquiera; contaba con un prestigio como estudioso del movimiento romántico y atrayente conferencista. Escribía en danés y en alemán, disertaba en francés. Pero sobre todo pensaba críticamente en los asuntos humanos que entonces estaban en el centro de los debates: el matrimonio, la propiedad, la monarquía, la Iglesia; instituciones éstas que, a su parecer, había que cambiar para respirar libremente. Como Nietszche, era un solitario, pero poseía un sentido del equilibrio que lo ponía a salvo de los vendavales furiosos que azotaban el alma del autor de Zaratustra: “Usted no se parece a mí, es otro y tan otro que no me siento tranquilo en su presencia”, le dice en una de sus cartas. Nietszche lo inquieta, pero no lo seduce; lo admira, pero toma su distancia: está a su altura. La correspondencia entre ellos discurre en un tú por tú; disienten pero se respetan: comparten el espacio de la élite de una Europa que pronto estallaría.
La correspondencia entre Brandes y Nietzsche, constituida por veintidós cartas, abarca poco más de un año, entre noviembre de 1887 hasta enero de 1889. Y transcurre en diferentes niveles: afectivo e intelectual; el primero nos revela a dos seres humanos interesados el uno por el otro: intercambian saludos corteses, buenos deseos, retratos; el segundo se despliega en una dialéctica concisa en la que uno y otro intentan autodefinirse y también definir cada uno a su interlocutor, ambos inscritos en “una época crítica para los valores morales”, con reacciones paralelas y al propio tiempo distantes entre sí. Brandes se antoja más abierto y generoso; el alemán, más cerrado, con la mirada más fija en su camino, más obstinado en su rebeldía, levemente desdeñoso pese a su provincianismo germano – Brandes es para Niezsche un “buen europeo y misionero de la cultura”. El danés, en cambio, busca puentes comunes: cesarismo, odio a los pedantes y a la pedantería; a veces pregunta sin obtener respuesta, pero ese silencio no obsta para que, en reconocimiento sincero del genio, lo difunda por los medios a su alcance –artículos, conferencias – en una Escandinavia que nada sabe acerca del exótico alemán.
Tal vez para asimilar lo que hasta entonces había bebido de las fuentes del genio, escribe un hermoso texto: Nietszche, un ensayo sobre el radicalismo aristocrático, que a Federico le agrada desde el título mismo, pues “es lo más fuerte que de mí se ha dicho”. Dos temas llaman la atención de quien fue apasionado adversario de todo “misionero moralizante”: la historia y la moral. Y su presentación del gigante transcurre más o menos así: la historia y, por ende, las civilizaciones que fragua, es obra de las grandes personalidades; son ellas las que le imprimen sus rasgos esenciales, su “unidad de estilo”, las que logran vencer el filisteísmo intelectual, ese yugo forjado por la doxa impersonal, guía de las masas, que no son sino copias defectuosas de los hombres sobresalientes, ánforas de resentimiento con respecto a todo lo que es genial. Por eso, la educación histórica no sólo es estéril, sino peligrosa, pues amén de consagrar la inerte mediocridad, es la ruina de las fuerzas creadoras, aunque no deja de ayudar a quien busca en el pasado ejemplos deslumbrantes que alientan la energía del hombre.
En consecuencia, la tarea de la humanidad no es atender la felicidad de los más u ocuparse del destino del rebaño, sino producir grandes hombres, abonar el terreno para la creación de personalidades donde habiten la bondad y la pureza, pues solamente ellas se constituirán en fermento de la elevación humana. Vástago de Schopenhauer, el autor de Ecce hommo se aleja de él tan pronto descubre que en el corazón de su ethos está la piedad cristiana, un ethos para esclavos, para quienes se suman al cúmulo del sufrimiento humano; por el contrario, los amos viven en libertad y en alegría: escriben su propia moral. Brandes asocia a Nietszche con Renan, con su esperanza en una nobleza intelectual, enemiga del populacho.
Brandes presenta a Nietszche con su propia visión crítica. En su ensayo destaca la importancia de Así habló Zaratustra; sin embargo, no comparte la opinión del autor en cuanto a valorarla como su obra maestra, pues le parece que no tiene la suficiente plasticidad; es monótono su discurso, aunque su estilo es sonoro; si algo admira en él es ese entreveramiento de logos y poesía. Es un libro claro por su alegría, pero oscuro por su lenguaje enigmático; un libro para temerarios, para “escaladores de montañas morales”.
No tenemos por qué dudar del buen juicio de Brandes, pero Zaratustra señala un momento decisivo en el pensamiento de Nietzsche: el de “sí” a la vida, a ésta y a ninguna otra, a lo que ofrece como posibilidad, como inventiva, allende la moral con su tumulto asfixiante de deberes; a la vida que irrumpe con su alegría, sus horrores, en las convenciones sepulcrales, en la rutina de un vivir con sus falsas certezas.
¿Qué atrajo a Brandes de la obra nietzscheana? Me atrevo a afirmar que su aliento romántico, pues, a despecho de su crítica al romanticismo, el discurso del alemán fluye dentro de esa gran corriente espiritual, aunque, como lo apunta Safransky, “Nietzsche de ninguna manera era un romántico en el sentido de un retorno al cristianismo, pero lo era por la forma en que entendía lo dionisíaco como centro de incitación de lo real. Lo mismo que los románticos, empeña su lanza contra la somnolencia de la moral convencional […] se siente impulsado también por la aspiración romántica de lo salvaje, a lo monstruoso […] no va en la dirección de la gran quietud, sino que se dirige a la aventura…”
¿Qué agradecerle a Brandes? Su lectura inteligente y serena que nos abre la puerta de la casa de los enigmas nietszcheanos, hecha de razón y sinrazón, de poesía y profecía; casa habitada por un Nietszche desgarrado en su aislamiento, en una misantropía de la que emana, paradójicamente, su grande amor a la humanidad, a ratos despectivo respecto de la plebe y de lo plebeyo, pero obstinado en su confianza de que la humana criatura sabrá, con su inmenso potencial, alcanzar otros horizontes, los del superhombre, no en un sentido biológico, sino moral, semilla de una civilización postcristiana, que, siendo futuro, a la par regresa a la comarca donde rigen los ideales de Dionisos, a ese reino de los sueños de su amada Grecia, la suya, pues que no hay una sola Grecia, sino tantas como las que cada quien elabora en su imaginación, aunque siempre sensual, alegre, trágica, la Grecia de los inconformes con una Europa que prepara sus armas para el sacrificio más cruento de la historia.
Y también hemos de agradecerle a Brandes haber dado pie a que Niezsche se mostrara de cuerpo entero, humano, en toda su grandeza y con sus debilidades, enfermizo, inseguro, pero también afable, agradecido, sencillo, capaz de dialogar, aunque sólo hasta cierto punto, con alguien que, en muchos aspectos, se perfila como superior a él, más cosmopolita, dispuesto siempre a aprender de los demás; un Nietzsche cuya lucidez se extravía en la noche de su propio desorden interior y llega a creer que pronto “el mundo se estremecerá convulsionado ante la gran debacle de la que soy factótum”, después de haberse definido a sí mismo como vir oscurissimus, como “bestia valiente” que navega a contracorriente, ignorado justamente porque intenta no sólo comprender, con pasión y angustia, una cultura enferma, decadente y, sin embargo, segura de sí misma, del progreso que representa.
Progreso falso, pues, dice Brandes, para él, “la magnitud de un progreso se mide por la importancia de los sacrificios que exige. Una higiene que mantiene vivos a millones de seres débiles e inútiles que hubieron debido morir, no es un progreso verdadero”.
La empresa editorial Sexto Piso ha puesto a nuestra disposición, en castellano, el ensayo de Brandes, las veintidós cartas que testimonian la amistad entre el erudito danés y el genio alemán, amén de un artículo necrológico de Brandes, fechado en 1900, año de la muerte de Niezsche, y una nota aclaratoria sobre los síntomas de los desvaríos nietzscheanos: defensa contra quienes pretendían ofuscar la gloria del genio y lamento: “¡Era terriblemente triste ver cómo en algunas semanas se había apagado la última chispa de su razón, y observar la manera en que un hombre genial, que no tiene semejante, se ha transformado en una pobre y lastimosa criatura”.
Brandes era sólo dos años mayor que Nietzsche y le sobrevivió veintisiete. Con seguridad esa breve amistad, lejana pero cálida, con el portento, deja en él una profunda huella espiritual, un dolor imborrable que inferimos del tono mismo de su “artículo necrológico”, alusivo a la tragedia de Nietzsche, a la ironía de su destino, pues “llegó la felicidad ansiada, golpeó su puerta, pero el desgraciado no respondió al encontrarse preso de sus alucinaciones”. ¿Qué fue lo que más admiró Brandes? “La grandiosidad de un estilo al que dedicó toda su vida”. Pero ¿en qué consistió tal grandiosidad? Me parece que no se refiere tanto a la escritura como a algo que está más allá, a ese fuego en el que se autoinmoló aquel hombre genial en su combate imposible contra toda una civilización envenenada por el espíritu cristiano; grandiosidad que es sacrificio, tan personal que sólo un iniciado pudo asumir.
Dudo, sin embargo, que Brandes se haya dejado tocar por ese fuego. Ya en sus cartas dejó constancia de aquello que lo apartaba de su amigo. Brandes era un librepensador, anticlerical, pero no un misógino; le chocaban ciertas filípicas nietzscheanas y se rehusaba a aceptar consideraciones que apenas valoraba como hipotéticas, pero expuestas con tal fuerza que podían seducir a algunas almas ya distraídas, ya desesperadamente anhelantes de una renovación moral. Mas a despecho de sus firmes convicciones intelectuales y políticas, Brandes se dio a la tarea de comprender y difundir una presencia que merecía la atención del mundo.
En Algún Día│Friedrich Nietzsche.
Nietzsche y el Comunismo.

“Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma …”: la famosa primera frase del Manifiesto Comunista de Engels y Marx sería una excelente descripción del anticlímax que se apoderaba de muchos pensadores conservadores y reaccionarios europeos luego de la Commune de Paris (1871). En el caso de Neitzsche no necesitamos circunscribirnos al libro El Nacimiento de la Tragedia, a los fragmentos póstumos o a su correspondencia. Nietzsche sostenía estas ideas adelante del mismo público sin pudor…
Nietzsche y el Comunismo (I) Un arúspice de la contrarrevolución.
Nietzsche y el Comunismo (II).
Nietzsche y el Comunismo (III). Contra la dialéctica.
Nietzsche y el Comunismo (IV): Contra el Iluminismo popular.
Nietzsche y el Comunismo (V): La Contrailustración reaccionaria.
En Algún Día: Nietzsche y los libros.
Fuente: Rebelion.org.
Algunos pareceres de Nietzsche.

Nietzsche político: un texto de Jorge Luis Borges.
Por Jorge Luis Borges.
“Siempre la gloria es una simplificación y a veces una perversión de la realidad; no hay hombre célebre a quien no lo calumnie un poco su gloria. Para América y para España, Arturo Schopenhauer es primordialmente el autor de El amor, las mujeres y la muerte: rapsodia fabricada con fragmentos sensacionales por un editor levantino. De Friedrich Nietzsche, discípulo rebelde de Schopenhauer, ya observó Bernard Shaw (Major Barbara, Londres, 1905) que era la víctima mundial de la frase «bestia rubia» y que todos atribuían su renombre y limitaban su obra a un evangelio para matones. A pesar de los años transcurridos, la observación de Shaw no ha perdido en validez, si bien hay que admitir que Nietzsche ha consentido y tal vez ha cortejado ese equívoco. En sus años finales aspiró a la dignidad de profeta y sabía que ese ministerio es incompatible con un estilo razonable o explícito. El más famoso (no el mejor) de sus libros es un pastiche judeo-alemán, un prophetic book más artificial y harto menos apasionado que los de Blake. Paralelamente a la composición de su intencionada obra pública, Nietzsche apuntaba en otros cuadernos los razonamientos capaces de justificar esa obra. Esos razonamientos (y toda suerte de meditaciones afines) han sido organizados y editados por Alfred Baeumler y componen dos tomos de cuatrocientas y quinientas páginas cada uno. La obra general se titula -algo torpemente- La inocencia del devenir y ha sido publicada en 1931 por Alfred Kröner. «En los libros publicados», escribe el editor, «Nietzsche habla siempre ante un adversario, siempre con reticencias; en ellos predomina el primer plano, como lo ha declarado el mismo autor. En cambio, su obra inédita (que abarca de 1870 a 1888) registra el fondo de su pensamiento, y por eso no es obra secundaria, sino obra capital».
Este fragmento – el 1072 del primer volumen- es un testimonio patético de su soledad: «¿Qué hago al borronear estas páginas? Velar por mi vejez: registrar para el tiempo, cuando el alma no puede emprender nada nuevo, la historia de sus aventuras y de sus viajes de mar. Lo mismo que me reservo la música para la edad en que esté ciego.»
«Es común identificar a Nietzsche con las intolerancias y agresiones del racismo y elevarlo (o denigrarlo) a precursor de esa pedantería sangrienta; veamos lo que Nietzsche -buen europeo, al fin- pensaba hacia 1880 de tales problemas. «En Francia -anota- el nacionalismo ha pervertido el carácter; en Alemania, el espíritu y el gusto: para soportar una gran derrota -en verdad, una definitiva- hay que ser más joven y más sano que el vencedor».
La reserva final no debe impulsamos a creer que las victorias de 1871 lo regocijaban con exceso. El fragmento 1180 del segundo volumen declara: «Para entusiasmarnos por el principio, Alemania, Alemania encima de todo, o por el imperio alemán, no somos lo bastante estúpidos»; poco antes observa: «Alemania, Alemania encima de todo, es quizá el lema más insensato que se ha propalado jamás. ¿Por qué Alemania -pregunto yo- si no quiere, si no representa, si no significa algo de más valor que lo representado por otras potencias anteriores? En sí, es sólo un gran Estado más, una bobería más en la historia.»l antisemitismo lo mueve a las siguientes observaciones: «Encontrar un judío es un beneficio sobre todo cuando se vive entre alemanes. Los judíos son un antídoto contra el nacionalismo, esa última enfermedad de la razón europea… En la insegura Europa son quizá la raza más fuerte: superan a todo el occidente de Europa por la duración de su proceso evolutivo. Su organización presupone un devenir más rico, un número mayor de etapas que el de los otros pueblos… Como cualquier otro organismo, una raza sólo puede crecer o perecer: el estancamiento es imposible. Una raza que no ha perecido, es una raza que ha crecido incesantemente. La duración de su existencia indica la altura de su evolución: la raza más antigua debe ser también la más alta. En la Europa contemporánea los judíos han alcanzado la forma suprema de la espiritualidad: la bufonada genial.»
«Con Offenbach, con Enrique Heine, la potencia de la cultura europea ha sido superada: las otras razas no tienen la posibilidad de ser ingeniosas de esa manera… En Europa son los judíos la raza más antigua y más pura. Por eso la belleza de la mujer judía es la más alta.»
Examinado con alguna imparcialidad, el párrafo anterior es muy vulnerable. Su propósito es refutar (o molestar) al nacionalismo alemán; su forma es una afirmación y una hipérbole del nacionalismo judío. Este nacionalismo es el más exorbitante de todos; pues la imposibilidad de invocar un país, un orden, una bandera, le impone un cesarismo intelectual que suele rebasar la verdad. El nazi niega la participación del judío en la cultura de Alemania; el judío, con injusticia igual, finge que la cultura de Alemania es cultura judía. Por lo demás, el pensamiento de Nietzsche debe haber sido más imparcial que sus afirmaciones; sospecha que se dirigía, in mente, a alemanes incrédulos e indignables.
En otro lugar escribe proféticamente: «Los alemanes creen que la fuerza debe manifestarse por el rigor y por la crueldad. Les cuesta creer que puede haber fuerza en la serenidad y en la quietud. Creen que Beethoven es más fuerte que Goethe; en eso se equivocan.»
Este fragmento -el 1168- no carece tal vez de actualidad y aun de futuridad: «Todos los verdaderos germanos emigraron; la Alemania actual es un puesto avanzado de los eslavos y prepara el camino para la rusificación de la Europa.» Inútil agregar que esa doctrina puede congregar escasos prosélitos en la Alemania de hoy. El país está regido por germanistas que preconizan la anexión de ciertos vecinos porque son de raza germánica y de ciertos otros vecinos porque son de raza inferior. Esos peligrosos etnólogos afirman un predominio germánico en Escandinavia, en Inglaterra, en los Países Bajos, en Francia, en Lombardía y en Norteamérica: hipótesis que no les prohíbe atribuir a Alemania la exclusiva representación de esa ubicua raza.
En otro lugar dice Nietzsche: «Bismarck es un eslavo. Basta mirar las caras de los alemanes: emigraron todos los que tenían sangre varonil, generosa; la lamentable población que no se movió, el pueblo de alma servil se mejoró después con alguna adición de sangre extranjera, principalmente eslava. La mejor sangre de Alemania es la sangre aldeana: por ejemplo, Lutero, Niebuhr, Bismarck.»
Movilizar contra Alemania el párrafo que acabo de trasladar sería una ligereza y una injusticia. Una de las capacidades geniales del intelectual alemán -no sé si del francés- es la de no ser accesible a las supersticiones del patriotismo. En trance de ser injusto, prefiere serlo con su propio país. Nietzsche – no nos dejemos desviar por su nombre polaco – era muy alemán. Una de las amonestaciones que hemos leído nos exhorta a no confundir la mera violencia y la fuerza: así no hubiera hablado Zarathustra si hubiera tenido presente esa distinción.
En el fragmento 1139, Nietzsche condena con plenitud la obra de Lutero; en el fragmento 501 escribe, sin embargo: «El hombre hace que un acto sea meritorio, pero es imposible que un acto dé méritos a un hombre.» También es imposible formular con menos palabras la doctrina que opuso Martín Lutero a la doctrina de la salvación por las obras.
En aquel ruidoso y casi perfectamente olvidado volumen -Degeneración- que tan buenos servicios prestó como antología de los escritores que el autor quería denigrar, Max Nordau vio en el carácter fragmentario de las obras de Nietzsche una demostración de su incapacidad para componer. A ese motivo (que no es lícito excluir y que no es importante) podemos agregar otro: la vertiginosa riqueza mental de Nietzsche. Riqueza tanto más sorprendente si recordamos que en su casi totalidad versa sobre aquella materia en que los hombres se han mostrado más pobres y menos inventivos: la ética.
Excepto Samuel Butler, ningún autor del siglo XIX es tan contemporáneo nuestro como Friedrich Nietzsche. Muy poco ha envejecido en su obra, salvo, quizás, esa veneración humanista por la antigüedad clásica que Bernard Shaw fue el primero en vituperar. También cierta lucidez en el corazón mismo de las polémicas, cierta delicadeza de la invectiva, que nuestra época parece haber olvidado”.
Fuente: Diario “La Nación”, Buenos Aires, 11 de febrero de 1940.
La vida arrebatada de Friedrich Nietzsche. Franz Overbeck.
Título: La vida arrebatada de Friedrich Nietzsche.
Autor: Franz Overbeck
Colección:Los agripianos
Formato: 11,5 × 18
Páginas: 128
Precio: 10.90 euros
ISBN: 978-84-936374-8-4
Fecha publicación: 6 de marzo de 2009
Edición, traducción y prólogo: Iván de los Ríos
Sinopsis: Franz Overbeck fue el amigo más fiel y constante de Nietzsche. Cuando el filósofo fue doblegado por la locura en las calles de Turín, Overbeck fue a buscarlo y lo acompañó a lo largo de los años de mutismo, hasta que la hermana del filósofo lo separó definitivamente del mundo.
En este libro, que relata algunos de los episodios más reveladores de la vida de Nietzsche, Overbeck no pretende ofrecer un análisis filosófico de su obra, sino mostrar a Nietzsche en tanto que hombre: un hombre en minúscula, un pensador colosal de vida insignificante, capaz de alojar, como todos los hombres, miedos y gestos vanos; un hombre que también podía ser caprichoso o verse incapaz de sobrevivir a una velada en compañía de mujeres bellas o atrevidas o ambas cosas a la vez.
A lo largo de este testimonio único, traducido por primera vez al castellano, el Nietzsche que vemos es siempre el ser humano y desnudo, el amigo turbulento y autodestructivo, ese que era, al mismo tiempo y según las propias palabras de Overbeck, «un portento ante el que me he inclinado una y otra vez».
A continuación la reseña de Eugenio Sánchez Bravo en Diario de Lecturas - http://auladefilosofia.blogspot.com
“Este pequeño libro es un documento imprescindible para quienes estén interesados en la figura de Nietzsche. Lo componen fragmentos del legado póstumo del teólogo alemán y amigo personal de Nietzsche, Franz Overbeck. Los fragmentos fueron seleccionados por su amigo y discípulo Carl Bernoulli para su publicación en 1908. Esta edición viene acompañada por algunos textos que Bernoulli decidió dejar fuera por ser políticamente incorrectos. Algunos de los temas que más me han interesado son estos:
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Overbeck afirma que el verdadero talento de Nietzsche residía en sus dotes como crítico. Pero ejerció ese talento con una violencia tal sobre sí mismo que su único destino podía ser la autodestrucción y la locura.
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La locura de Nietzsche fue “certera y fulgurante”, una catástrofe que tuvo lugar entre la Nochebuena de 1888 y la Noche de Reyes de 1889. Pero, según Overbeck, Nietzsche ya no estaba en sus cabales desde mucho antes. Cuando en 1884 le comunica su descubrimiento del eterno retorno lo hace de un modo extraño, como si de una revelación de ultratumba se tratase. Retrospectivamente Overbeck no duda en tomar este síntoma como un indicio suficiente de que Nietzsche ya había perdido el juicio.
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La supuesta ascendencia polaca que Nietzsche reclama para sí en Ecce homo no es sino una fantasía imposible de documentar.
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El Nietzsche-Archiv, fundado por su hermana Elizabeth Förster-Nietzsche, desfiguró intencionadamente la imagen del filósofo para adaptarla a modas políticas que le repelían profundamente. Por ejemplo, Elizabeth sugiere en su biografía que su hermano fue devoto cristiano durante un tiempo, que sus invectivas contra el cristianismo se debían al consumo de opiáceos, que fue afín al movimiento antisemita, que le gustaban su cuñado y las mujeres emancipadas, y que pudo tener inclinaciones homosexuales. A todo esto, el amigo fiel que fue Overbeck afirma rotundamente que no son sino lamentables disparates. Overbeck romperá todo tipo de relación con el Nietzsche-Archiv hasta el punto de negarles la correspondencia que mantuvo con Nietzsche.
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Overbeck se entera de la locura de Nietzsche cuando Jakob Burkhardt lo visita en su casa el 6 de enero de 1889. Burkhardt lleva una carta que le ha enviado Nietzsche, la carta definitiva que revela la catástrofe que ya ha ocurrido en Turín. Overbeck no deja de sorprenderse de que Nietzsche haya tomado como confidente a alguien tan opuesto como Burkhardt.
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Overbeck reconoce que su amistad con Nietzsche se asentaba sobre su reconocimiento de la infinita superioridad intelectual del autor del Zaratustra y el reconocimiento de Nietzsche de su capacidad para ser un hombre feliz.
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El relato de la locura de Nietzsche que hace Overbeck es estremecedor. En su primer encuentro, un rayo de lucidez atraviesa la conciencia de Nietzsche y se arroja llorando en brazos de Overbeck. Pero pronto lo asalta el delirio y comienza “una turbulenta alegría traducida al instante en un cúmulo de risas y bramidos salvajes, Nietzsche bailaba y rodaba por el suelo ejecutando una serie de actos cuya completa descripción prefería ahorrarle a Köselitz…” (p. 95) Cuando años después lo visita en casa de la madre de Nietzsche el cambio que se ha operado en el filósofo es terrible. “No me dirigió la palabra, tan sólo a ratos orientaba sus ojos hacia mí con la mirada quebrada y parcialmente hostil. Tuve la impresión de estar ante un animal moribundo y noble que se refugia en un rincón a esperar la muerte”. (p. 101)
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Overbeck observa irónicamente que Nietzsche, que siempre deseó acompañarse de animales terribles como el león o el aguila, terminase siendo acaparado por su hermana, que no es más que un humilde gorrión.
En general, los fragmentos de Overbeck son los apuntes íntimos de un amigo fiel y, por tanto, un documento interesantísimo para conocer a un Nietzsche más personal y humano”.
Autor: Eugenio Sánchez Bravo. Fuente: Diario de lecturas. http://auladefilosofia.blogspot.com
Ficha del Libro: Errata Naturae
Nietzsche y los libros.
Nietzsche como lector (I). Texto: Nicolás González Varela.
(…) “Leer sería una actividad meramente reactiva y un vicio que puede llevarnos a estar “leídos hasta la ruina”. Como dijimos esta constante autocomprensión de sí mismo que ha servido de canon interpretativo a hagiógrafos y epígonos (un caso similar es el de Heidegger) coincide con la peculiaridad de su Stil donde la forma
táctica del ensayo aforístico no deja lugar al clásico aparato erudito de citas, ni al apéndice bibliográfico. Aparecen aquí y allá algún autor mayor (de prestigio), ninguna obra y mucho menos autores menores o escolares. Cuando confiesa lecturas a la luz pública, como en Ecce Homo, su lista es arbitraria y limitada a obras de ficción (Molière, Corneille, Racine, Maupassant, Merimée, Stendhal, Byron, Shakespeare). Será esta la única lista confesional de Nietzsche sobre sus lecturas. El guerrero, ya armado con casco, pica, escudo y égida sobre el pecho, sólo reconoce recurrir a la lectura como mero pasatiempo entre las batallas de las ideas. El resultado es un rizo hermenéutico que refuerza la genialidad y originalidad absoluta de Nietzsche mismo, un verdadero Minerva filosófico, y como contrapartida para sus lectores la incomprensión de su diálogo íntimo con autores y obras. Como producto final Nietzsche sería un filósofo genial bien dionisíaco, un pensador original aislado, un eremita eminente y excepcional. El resultado no es otro que la incomprensión del mismo Nietzsche. Por supuesto, esta imagen es totalmente falsa. Nietzsche fue, en efecto, un enorme lector de libros, casi compulsivo. “Revolvió libros” no sólo en su juventud, sino durante toda su vida incluyendo su último año de actividad consciente”.
(…) “Ya en 1865 empieza a adquirir una cantidad importante de libros para una ambiciosa biblioteca ideal, que debido a su situación financiera, nunca podrá completar. Asiste a subastas y remates de librerías y planea pagar su compra de libros con un crédito a diez años, como le confiesa a von Gersdorff. Durante estos vagabundeos por subastas y librerías de viejo fue donde se encontró por casualidad con Schopenhauer. Otro autor importante en su desarrollo intelectual oculto, hablamos del socialista Friedrich A. Lange, lo adquirió gracias a la listas de novedades que le enviaban las librerías del lugar. Ya en Basilea como profesor de filología (1869-1879) lee entre cinco y siete horas por día, en especial textos filológicos y relacionados con sus clases. Utiliza frecuentemente la propia biblioteca de la universidad y reclama a libreros de Alemania la lista de novedades y re ediciones. A partir de 1879 hasta la culminación de su vida activa, enero de 1889, Nietzsche comienza una vida nómada, sin dirección fija y con limitaciones económicas. Esta época es la más difícil de evaluar para conocer la dimensión e influencia de las lecturas de Nietzsche”.
Nietzsche como lector (II). Texto: Nicolás González Varela.
La máquina de leer y el loco de los libros: “Cuando Nietzsche deja su cargo de profesor ordinario de filología en Basilea, se lleva consigo una biblioteca personal básica a la casa materna en Naumburg. El resto de sus libros, un sustancial número, se los deja provisoriamente a la suegra de su amigo Franz Overbeck, Frau Rothpletz, que vivía en Zurich. Esta parte de su biblioteca será rescatada más tarde (1892) por su hermana Elisabeth e incluida en el Archiv. Antes de esto Nietzsche ya la había depurado vendiendo a libreros de viejo los ejemplares referidos a filología y enseñanza, en 1878. Como decíamos Nietzsche deja la sedentaria Basilea y entra en una dinámica nómada que le hará viajar con mucha frecuencia hasta el fin de su vida consciente. Sabemos que estos desplazamientos eran para él muy dificultosos y la dificultad no era otra que la enorme cantidad de libros de su biblioteca. Durante todo ese tiempo Nietzsche, como un caracol libresco, se traslada cargando, como menciona en una carta de 1883, ¡104 kilos de libros! Tal tara la traslada de su refugio en Sils-María, primero hasta Zurich y luego hasta Menton y Niza. En 1884 le vuelve a escribir desde Zurich a su madre sobre el engorroso problema de moverse con sus amados libros: “con este pie contrahecho que llevo conmigo, y me refiero a mis 104 kilos de libros, no seré capaz de huir muy lejos de aquí”. Una imagen poco dionisíaca del médico de la cultura y del nuevo filósofo del futuro. En 1881 Nietzsche se escapa del invierno suizo hacía la húmeda Génova (noviembre 1880-mayo 1881), excesivamente cargado deja a cargo de la dueña de la pensión un gran baúl conteniendo más libros, libros que en vida jamás volverá a buscar, algunos se perderán y otros serán de nuevo rescatados para el Archiv por su hermana Elisabeth. Ya durante los años 1885-1888, ante las complicaciones de moverse a través de los Alpes y el norte de Italia con tantos libros. Nietzsche, un lector agobiado, decide depositar libros en diferentes puntos clave de sus domicilios eventuales, incluyendo Génova y la casa de su madre en Naumburg. La mayor cantidad de libros la traslada a Niza, lugar desde donde refiere en cartas de 1885 que ha llegado con su Bücherkiste (cajón de libros con los famosos 104 kilos); en otra misiva a su madre de 1885 describe que está rodeado de “una gran cantidad de libros” y en 1888 informa que su Bücherkiste ha sido enviada en barco de Niza a Turín y que la expedición ya ha arribado. No es todo: sabemos que en este derrotero Nietzsche sigue adquiriendo libros, comprándolos por correo con mucha frecuencia y leyendo en bibliotecas públicas”.
(…) “Más allá de sus problemas de miopía y jaquecas, que a veces le permitían unas horas diurnas de trabajo intelectual, todos los allegados de Nietzsche coinciden en que era un quema-libros, lector ávido y voraz”.
(…) “Si cómo él mismo decía en varios libros “la carne del culo es el auténtico pecado contra el Espíritu Santo”, podemos afirmar que Nietzsche vivió y murió como un pecador sin arrepentimiento.” Leer artículo completo.
Véase también:
Nietzsche como lector (III)
Nietzsche como lector (IV)
Nietzsche como lector (V)
Nietzsche como lector (VI)
Fuente: Rebelión.org.
Mi Vida. Friedrich Nietzsche.
“¿Cómo esbozamos un retrato de la vida y el carácter de una persona que hemos conocido? En general, exactamente igual que como se esboza el de una región que hemos visitado alguna vez. Tenemos que representarnos sus particularidades fisonómicas: la naturaleza y forma de sus montes, la fauna y la flora, el azul del cielo; todo esto, en su conjunto, determina nuestra impresión. Pero, precisamente aquello que primero salta a la vista, la masa de las montañas, la forma de los roquedales, no proporciona en sí mismo el carácter fisonómico propio de una región: en distintas extensiones de tierra, como grupos que se atraen y se repelen, surgen según leyes idénticas idénticos tipos de montes, las mismas configuraciones de la naturaleza inorgánica. Algo distinto ocurre con la naturaleza orgánica. Sobre todo en el reino vegetal se encuentran los rasgos más sutiles para un estudio comparativo de la naturaleza.
Algo parecido sucede cuando queremos contemplar una vida humana y valorarla con justicia.
No debemos dejarnos guiar por los acontecimientos ocasionales, los dones de la fortuna, los giros caprichosos del destino, pues sólo son el resultado de la coincidencia de circunstancias externas que, similares a las cimas de las montañas, son las primeras que saltan a la vista. En cambio, precisamente aquellas experiencias mínimas, aquellos acontecimientos interiores a los que no damos importancia, son los que con más claridad muestran la totalidad del carácter de un individuo, pues se desarrollan orgánicamente según la naturaleza humana, mientras que los otros no le pertenecen, sólo están unidos con él de forma inorgánica.
Después de esta introducción parecerá como si yo deseara escribir un libro sobre mi vida. De ningún modo. Solamente quiero señalar cómo comprendo los acontecimientos vividos que narraré a continuación. Esto es, tal y como lo haría un apasionado naturalista que reconoce en sus colecciones de plantas y minerales, clasificadas según los distintos terrenos, la historia y el carácter de las que examina; en contraposición al niño ignorante que sólo ve en ellas piedras y plantas para jugar y divertirse y del utilitarista que las contempla orgullosamente con desprecio, ya que las considera inútiles al no servir ni para alimento ni para vestido.
Soledades.

“La soledad es lo que más me hace padecer aquí, aunque no es una sensación nueva para mí. Pero hay muchas clases de soledad. Existe la soledad de los lugares, la menos dañina de las soledades porque cuando se vive lejos de un lugar querido, nace la esperanza y el deseo de un futuro en el cual el espíritu humano puede felizmente confiar y trae consuelo. Existe también la soledad de una alta aspiración, la más bendita de las soledades, que involucra no sólo planes para sí mismo sino para la humanidad en general, y no necesita así cuidarse de las probables contrariedades que acarrea. Y por fin, está desgraciadamente la soledad que tiene una falta total de compensaciones, la soledad debida al fracaso del individuo para alcanzar un entendimiento común con el mundo. Ésta es la soledad más amarga de todas, la que corroe el corazón de mi existencia”.
© “Mi hermana y yo”. Friedrich Nietzsche

