Algún día en alguna parte

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Guy de Maupassant, cuentista y viajero.

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Texto: José María Merino. Revista de Libros. nº 155 · noviembre 2009

Con su propensión al juicio categórico, Harold Bloom, en un libro heterogéneo que reúne reflexiones suyas sobre casi cuarenta autores de narrativa breve, de Alexander Pushkin a Raymond Carver (Cuentos y cuentistas), cuya única sistemática es la ordenación cronológica de los escritores tratados, apunta al hablar de Maupassant que «Chéjov había aprendido de Maupassant a representar la banalidad» y que «en raras ocasiones alcanza la genialidad de Chéjov o de Turgueniev como escritor de cuentos». Denuncia también, como un problema del autor, que «al igual que muchos escritores de ficción del siglo XIX y de comienzos del siglo XX, veía todo a través de la lente de Schopenhauer, el filósofo de la voluntad de vivir». Y por fin se aproxima a la obra del cuentista francés mediante un brevísimo análisis encomiástico de «La casa Tellier» y otro, también breve, aunque abundante en suposiciones pintorescas –como que «Horla» puede ser un juego sarcástico con la palabra inglesa «Whore», puta– a propósito del cuento del mismo título. Condensar en dos cuentos una visión abundante en opiniones radicales no deja de tener su mérito, pero la alusión a la absoluta influencia de Schopenhauer sobre Maupassant parece exagerada, pues con similar criterio se podría decir eso de otros escritores anteriores y posteriores a Maupassant, como Poe, Baudelaire, Thomas Mann o Borges.

Ahora hay ocasión de leer una edición de los cuentos de Guy de Maupassant en castellano que reúne 119, lo que supone sólo la tercera parte de todos los que escribió, pues Maupassant fue un autor muy prolífico en el género y, aparte de esa influencia sobre Chéjov que señala Bloom, entre nosotros podemos encontrar ecos de su forma de trabajar en escritores de cuentos tan notables, como Leopoldo Alas Clarín y Emilia Pardo Bazán. Esta antología recoge un panorama muy significativo de cuentos del autor, aunque en algunas ocasiones, felizmente pocas, hay textos de los que podría haberse prescindido. Por ejemplo, del último, «Crónica», especie de consideración comparativa sobre ciertos comportamientos en Francia y en Italia, que además rompe el orden cronológico de aparición de los cuentos mantenido a lo largo del libro. También pueden echarse de menos otros magníficos, como «El regreso», pero una antología siempre corre esos riesgos.

Para Maupassant, también escritor de interesantes novelas, el cuento fue el instrumento idóneo para construir un mundo literario homogéneo, marcado por situaciones que se desarrollan narrativamente con precisión, caracterizadas por la concurrencia de pocos personajes, mediante un estilo conciso y muy expresivo. Predomina en casi todos los cuentos una mirada irónica que maneja con maestría la sugerencia, y las descripciones del escenario suelen adquirir mucha relevancia, al resultar un apoyo dramático sustantivo.

Aunque es difícil intentar reducir a un esquema temático un panorama de cuentos tan abundante y diverso como el que presenta este libro, puede decirse de entrada que uno de sus primeros relatos, «Bola de sebo», podría ser muy representativo del conjunto. Además, fue el cuento que hizo alcanzar a su autor temprana notoriedad, ya que Émile Zola lo incluyó en la publicación de los textos de Las veladas de Médan. Cuentos sobre la guerra franco-prusiana de 1870, con cuentos del propio Zola, Joris-Karl Huysmans, Henri Céard, Léon Hennique y Paul Alexis, muestra del ejercicio del «naturalismo» que fue bandera de la época. En él aparecen ya muchos de los factores que, con el ajustado ritmo temporal y la convincente composición del espacio, serán recurrentes en la obra de Maupassant. En cuanto a la trama, «Bola de sebo» sigue siendo ejemplar de la originalidad y destreza con las que Maupassant urde casi todas sus historias, un acontecimiento no diré banal, como Bloom, pero sí ordinario –dentro de las circunstancias bélicas en que se produce–, que permite que se pongan en evidencia los mejores y peores aspectos de los comportamientos humanos.

Normandía, donde nació y transcurrió su primera juventud, es un espacio muy familiar en los cuentos de Maupassant, y acaso las mejores piezas son las que transcurren allí. Muchos de esos cuentos reflejan el mundo rural con magnífica evocación de sus bellezas y de sus miserias, sin ninguna complacencia. Las historias pueden ser muy crueles pero también muy emotivas: desde el mozalbete que, en contra de las instrucciones recibidas, va dejando morir de hambre al viejo caballo que ya no sirve para nada («Coco»), o la mujer que manipula su embarazo y pare niños malformados para vendérselos a la gente del circo («La madre de los monstruos»), o el ciego maltratado por sus vecinos y familiares («El ciego»), hasta el niño hijo de soltera que se empeña en conseguir un padre («El papá de Simón»), o la nodriza de pechos dolorosamente hinchados que los descarga al fin en la boca de un vagabundo hambriento compañero de viaje en el tren («Un idilio»), o el hombre a quien sus padres no consienten casarse con la mujer de color a la que ama al considerarla «demasiado negra» en la aldea natal («Boitelle»), el mundo campesino que nos describe Maupassant, con los rasgos de identidad pintorescos que le corresponden, siempre trasciende lo que pudiera considerarse costumbrismo para universalizar la referencia. En ese mundo hay cazurrería, crimen y desdicha, pero también sentido del humor, conmiseración y amor. Bastantes de los cuentos de ámbito normando y rural tratan de cazadores, de la caza como pasión, y en muchos otros las relaciones eróticas y los adulterios forman el tejido argumental.

Precisamente el adulterio, tema tan usual en la narrativa del siglo XIX, nutre también muchos de los cuentos de Maupassant que pudiéramos adscribir al entorno cosmopolita, un mundo de ocultaciones, astucias y malentendidos donde el engaño al cónyuge es una especie de deporte, a veces practicado con el cómplice a lo largo de los años, en forma de matrimonio paralelo («El señor Parent» y «El perdón», entre otros). No es raro que muchos de estos cuentos surjan desde el planteamiento convencional de una reunión social, o de una cena de viejos amigos, donde alguien relata la historia. El erotismo impregna casi todos ellos con esa sabiduría en la sugerencia a la que antes aludí, aunque a veces, dentro de los pocos cuentos prescindibles, se traten asuntos con un énfasis picante que no puede sino suscitar irrisión en quienes pertenecemos al país de Quevedo («La tos»).

Los adulterios se producen en un contexto social a cuya referencia Maupassant nunca renuncia, pues en todos sus cuentos late, aunque de modo imperceptible a primera vista, un propósito de crítica tan bien presentado que los lectores lo asumimos a través del interés del propio relato y no por la denuncia que pueda llevar aparejada. Ese contexto está marcado por la ambición, la vanidad, el deseo de poder. Una madre, señora distinguida y orgullosa de su belleza, puede volverse loca después de un penoso proceso en el que se negó a despedirse de su hijo, un muchacho moribundo a causa de la viruela («La señora Hermes»). La mujer de un oscuro funcionario puede arruinar a la familia por haber perdido la joya que le prestó una amiga rica para acudir a una fiesta y comprar en secreto, con enormes compromisos económicos, una reproducción del original, que resultó haber sido bisutería («El collar»). Algunos cuentos tienen el tema de la transmisión hereditaria como motivo central. En el cuento –o, mejor, novela corta– «La herencia», podemos asistir a un peculiar abandono de las reglas morales y sociales cuando se trata de que fructifique el retoño beneficiario de la herencia de una tía extravagante.

A veces los personajes centrales son errantes sin trabajo («El vagabundo») o seres desvalidos que cometen fechorías en la que queda clara su condición indefensa («Rosalie Prudent»), o al contrario, personas relevantes en su esfera social que llevan a cabo horribles crímenes con plena conciencia de su acción («Un loco», «La pequeña Roque»), pero también puede tratarse de gentes acomodadas y apacibles que se hacen cargo de la amante del padre («Hautot padre e hijo») o permanecen a través de los años como asistentes del viejo jefe militar cascarrabias por amor a su esposa, a la que siguen atendiendo incluso en su parálisis («Alexandre»).

La guerra franco-prusiana sirve de motivo para bastantes cuentos de Maupassant a partir de «Bola de sebo». El ingenuo e irreductible patriotismo de la prostituta protagonista de este cuento se repite en la prostituta de «Mademoiselle Fifí» y en los dos pescadores fusilados por no confesar la contraseña a los prusianos que los encuentran entregados a su apasionada afición en una zona del río en plena línea de combate («Dos amigos»). Los prusianos están vistos en general como autoritarios, despóticos y prepotentes, sobre todo cuando se trata de los jefes militares pertenecientes a la aristocracia, pero también son tratados con benevolencia cuando representan al civil enrolado por los requerimientos bélicos («La aventura de Walter Schnaffs»).

Dentro del amplio conjunto que nos presenta este libro, se recogen también los cuentos que pudiéramos llamar «de horror» de Maupassant. Tal vez el más característico de todos ellos sea «El Horla», y en la antología se incluye tanto la versión publicada inicialmente en una revista como la que, un año después, encabezó el libro de cuentos que llevaba el mismo título, lo que permite comparar las dos aproximaciones del autor a un mismo tema y cómo lo que en la primera versión es una tentativa titubeante se convierte, sin perder ningún elemento, en una obra maestra. Sin embargo, hay otros cuentos de Maupassant que, con los años, y coincidiendo con su progresiva locura, profundizan en aspectos terroríficos: confesiones de asesinatos por amor sobre cuyo secreto se ha edificado una convivencia fraternal a lo largo de muchos años («La confesión»); crímenes misteriosos en los que sólo las hipótesis que propicia el sentido común pueden oscurecer su aspecto sobrenatural («La mano»); o delirios que hacen ostentar a las lápidas del cementerio los epitafios que verdaderamente corresponderían al comportamiento de los difuntos cuando estuvieron vivos («La muerta»). En alguno de estos cuentos, un maestro asesino de niños («Moiron») aventura la idea de Dios como supremo malvado, como principal exterminador, que crea la vida con el único objeto de irla destruyendo interminablemente.

Si en todos los cuentos de Maupassant hay un cuidado especial en la construcción de la atmósfera, en los que comunican con lo horrible ese aspecto está tratado con peculiar delicadeza, como sustento fundamental de la narración: es el caso de «El albergue», un episodio que transcurre en la soledad del invierno en un refugio perdido de la montaña, «La noche», subtitulado «pesadilla», donde se describe un largo paseo que desemboca en el extravío y en la seguridad de la muerte, o «¿Quién sabe?», otra de las historias muy difundidas de Maupassant, en la que el narrador asiste al extraño desfile de los muebles mientras abandonan su vivienda.

En el libro citado, Harold Bloom concluye, condescendiente, que Maupassant «no es gloria divina, pero gusta a muchos y sirve de introducción a los placeres más difíciles de cuentistas más sutiles», entre los que se encontrarían Turgueniev, Chéjov, Henry James o Hemingway. Me resulta envidiable esa capacidad crítica para afinar tanto en el campo de los cuentistas geniales, pero no creo que Maupassant ocupe en el Parnaso un lugar inferior a Henry James o a Hemingway, aunque comprendo la especial simpatía del crítico norteamericano por sus compatriotas. En cualquier caso, por encima de comparaciones incongruentes, en Maupassant se describe, con estilo y sutileza fuera de lo común, un mundo lleno de belleza natural y de crueldad humana donde pueden florecer, con el crimen y el atropello, la piedad y la ternura.

Maupassant fue traducido en España desde sus primeras obras. Precisamente uno de sus traductores iniciales, el olvidadísimo crítico Leopoldo García-Ramón, escribió en 1889 un Ensayo sobre Guy de Maupassant donde hablaba de la «tersura y limpidez de la lengua»; de su estilo aparentemente sencillo, falto de artificio, muy sonoro y fluido; de su tono entre irónico y melancólico; de la claridad de los argumentos y la cotidianidad de unos personajes que tienden a la «degeneración moral»; de la intensidad de emoción que es capaz de suscitar en el lector.

García-Ramón fue traductor en su día de En el mar, el primero de los tres libros de viajes por ciertas partes del Mediterráneo y el norte de África que Maupassant escribió, en este caso en su velero Bel-Ami, pues aparte de componer tanta buena literatura, en su corta vida fue viajero incansable. «El viaje es una especie de puerta por donde se sale de la realidad conocida para penetrar en una realidad inexplorada que parece un sueño», anota en la introducción a Bajo el sol, el segundo de aquellos libros, que acaba de ser reeditado y que tiene por subtítulo «Argelia 1881: de Argel al Sáhara», aunque la presente edición incluye algunos otros periplos por Italia y el sur de Francia.

El cronista de viajes Maupassant se parece al cuentista: es conciso, no incluye detalles que no sean significativos, goza de una admirable sensibilidad para profundizar en parajes y personajes. De la montaña al desierto, Argel y su provincia, la provincia de Orán, el Zar’ez, la Cabilia y Bujía, con personajes como el insurrecto Bouamama, la mirada de Maupassant sobre el mundo árabe y el de los colonizadores nos permite comprender muy bien aquella realidad compleja, a lo largo de un relato de viajes en el que van alternándose las descripciones y las reflexiones y donde a veces aparecen referencias curiosas, como la de los esparteros españoles asentados en las mesetas altas que al parecer tuvieron sangrientos encontronazos con los árabes. La editorial promete publicar el tercero de estos libros de viajes, La vida errante, en el que parte de la costa italiana y el norte de África, esta vez de Argel a Túnez y Katrouan, son visitados y descritos por el extraordinario narrador.

En Algún Día │ Guy de Maupassant

Blog dedicado a Guy de Maupassant.

Maupassant, un verdadero romano.

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El texto del Alberto Savinio sobre el conteur francés por excelencia, Maupassant y “el otro”,  puntuado por 101 aleatorias y geniales notas que van completando el atípico dibujo de su vida y obra, es un ensayo-divagación abierto a todos los vientos de la inteligencia.

Texto: Enrique Vila-Matas. Babelia. 04.07.2009. 

Hacia el final de este memorable libro de Alberto Savinio, vemos a Maupassant envuelto en el aire fresco y luminoso de una mañana extraordinaria, pero rodeado a la vez por el oscuro anillo de su niebla personal. Se reafirma la evidencia de que hay dos Maupassants y dos voluntades. El escritor ha empezado a afeitarse en su cuarto de baño, pero ve cómo, de vez en cuando, el otro le desvía la mano.

Afeitarse -comenta Savinio- debe de ser ciertamente una ardua operación para alguien en quien cohabitan dos voluntades distintas y no puede contar todavía con la ayuda que podría prestarle una maquinilla mecánica, que desgraciadamente todavía no ha sido inventada. Y es que el otro -el doble, el inquilino negro que se ha apoderado de Maupassant- hace lo imposible para que quien se está afeitando termine por matarse ante el espejo. Es un inquilino incómodo y el centro mismo del iconoclasta retrato biográfico que nos presenta Savinio en Maupassant y “el otro”, libro de 1944, un ensayo narrativo tan divertido como irreverente y agudísimo, una especie de ensayo-divagación, puntuado por 101 aleatorias y geniales notas, que van completando el atípico dibujo de la vida y obra del conteur francés por excelencia.

Ya la misma nota que comenta el epígrafe que abre el libro -la sentenciosa definición de Nietzsche: “Maupassant, un verdadero romano“- es de antología. En ella, Savinio se ríe de la tendencia a poner epígrafes que den seriedad y sentido a los libros y se ríe de sí mismo, que ha elegido la grave y pomposa definición nietzscheana para iniciar su ensayo narrativo: “No bromeo lo más mínimo si digo que la definición de Nietzsche ilumina efectivamente la figura de Maupassant. Y quisiera añadir: la ilumina mediante el absurdo. La ilumina tanto mejor en cuanto no se sabe qué es lo que Nietzsche ha querido decir llamando romano a Maupassant, y quizá después de todo no ha querido decir nada, como ocurre a menudo con Nietzsche. Pero ¿me entenderá el lector si digo que cuanto más se dice es no diciendo nada?”.

En efecto, tenemos la impresión de que la absurda, la inane definición de Nietzsche ha atraído de golpe nuestra atención hacia la figura de Maupassant con más fuerza que una definición exacta, que una definición profunda. Eso es lo que quiere indicarnos la nota erudita y burlona: cuanto más disparatada o imperfecta la escritura, más resquicios abre para nuevas aventuras del lenguaje. De hecho, ninguna de las 101 notas es menospreciable, y más teniendo en cuenta que alguna de ellas propone una hilarante comprensión de la figura de Maupassant a través de lo descabezado, irracional, excesivo. La sensación es que al final del libro, a pesar de la colección de absurdos que resume su vida, conocemos mucho mejor al autor francés. Y da igual que no hayamos entendido mucho, pues a fin de cuentas hemos recuperado aquel placer que descubrimos en nuestra primera juventud, cuando veíamos películas de las que no entendíamos el idioma. “El canto más bello es siempre el de una lengua desconocida“, nos recuerda Savinio.

Las notas, además, son una fuente de sabiduría cordial. En la 88, por ejemplo, después de haber glosado, con aparente seriedad, lo poco que a Maupassant le entusiasmaban los elogios de la gente de las letras y lo mucho que prefería los de la gente sencilla, se da cuenta Savinio de que no ha glosado más que un famoso tópico creado alrededor de su personaje y dice: “Así escriben los biógrafos de Maupassant, pero nosotros no nos dejamos engañar por semejantes coqueterías“. Se concentra en esa frase misma parte de la tarea que está llevando a cabo en el libro: una pulverización de las monografías académicas y de los lugares comunes que éstas crean en torno a los grandes autores.

Maupassant y “el otro” es un ensayo-divagación (anterior, por cierto, al ensayo narrado que oficialmente inventara el posmodernismo), abierto a todos los vientos de la inteligencia. Cuando lo leí en 1983, el año en que se publicó en España, me descubrió un tipo de estructura muy libre que había visto o intuido en otros libros (en el que escribiera Dalí sobre el Ángelus de Millet, por ejemplo), pero que aquí se me presentó con toda la máxima grandeza: improvisaciones casi jazzísticas, derivaciones de todo tipo en torno a un tema aparentemente central, que en realidad sólo eran un pretexto -como Maupassant para Savinio- para lo que verdaderamente interesaba: una prosa vagabunda.

Recuerdo el deslumbramiento ante la brillantez de los comentarios que escapaban a cualquier seriedad académica y mi consiguiente descubrimiento del portatilismo, o, si se prefiere, de la levedad (que aún no había entronizado Calvino en sus Seis propuestas para el próximo Milenio), un descubrimiento que acabaría infiltrándose en aquellos mismos días en mi obra. “La inmortalidad -decía Savinio acerca de Maupassant- es de los hombres ligeros, porque sólo los hombres sin peso sobreviven, sólo ellos no son abatidos por la lucha (…) La morenez, incluso en sus formas más atenuadas, conduce a la ligereza. Es extraño: la gravedad va ligada a lo rubio…”.

La gratuidad al considerar a todos los rubios como unos pesados me dejó huella y unas divertidas convicciones contra la gravedad y todos sus derivados: la testarudez, la estrechez de miras, el anclaje en los principios más férreos. Desde entonces y a pesar del mito de los ángeles rubios, nunca puedo deslindar a los rubios de la criminal idea de que jamás serán portátiles, jamás ligeros, leves o, simplemente, aéreos.

Espero que algún día alguien entre nosotros decida reeditar este ensayo inmensamente imaginativo, Maupassant y “el otro“, hoy seguramente descatalogado. Si Borges inventó el siglo pasado un género nuevo -la reseña de libros inventados-, no sería de extrañar que el nuevo siglo, a la vista del culto abrumador y exclusivo a cuatro best sellers de pacotilla que no dejan respirar a las obras de arte, acabe inventando desesperadamente, si no lo ha hecho ya, el género de las reseñas de libros descatalogados: libros como Maupassant y “el otro”, brillante trabajo de Alberto Savinio, hermano menor de Giorgio De Chirico y autor también de, por ejemplo, una impagable Nueva Enciclopedia, otro libro hoy fantasmagórico.

En ningún escritor de su época como en Savinio los combates de las grandes vanguardias aparecen tan asimilados como un momento más de la tradición. Al practicar una especie de presurrealismo de raíces neoclásicas -en cierto sentido comparable a la pintura metafísica de su hermano mayor- se adelantó a autores de hoy rabiosamente contemporáneos, autores que se agarran con lucidez a la tradición, pero también se oponen a ella; escritores que, por un lado, son filosóficos y, por el otro, insolentes y vanguardistas, y tratan, en difícil pero alcanzable equilibrio, de pertenecer tanto al centro como a la marginalidad.

Resulta especialmente trágico y al mismo tiempo desternillante el tratamiento que da Savinio a los episodios de la vida de Maupassant marcados por la aparición de aquel inquilino negro que le molestaba al afeitarse y que acabó llevándole al ridículo primero -cuando empezó Maupassant a decir que veía insectos que lanzaban a una gran distancia chorros de morfina, o como cuando le escribió al papa León XIII sugiriéndole la construcción de tumbas de lujo en cuyo interior hubiera agua caliente para los que nacieron para ser inmortales-, y finalmente a la perdición, cuando el inquilino quiso dictarle lo que tenía que escribir y hasta le dictó cómo se tenía que matar sin matarse. Resulta admirable cómo, habiendo alcanzado ya las grandes cimas de la locura, el propio Maupassant, con la ayuda de su inquilino, pidió para él mismo una camisa de fuerza. La pidió como quien dice: “Camarero, una cerveza”. Murió unos días después, aunque para nosotros, dice Savinio, murió en el momento mismo en que pidió la camisa. Un verdadero romano. Le esperaba una tumba de lujo. Sin agua caliente.

El País, Babelia, 04 de Julio de 2009.

Sitio oficial │www.enriquevilamatas.com

Relecturas en Babelia.

Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert. Guy de Maupassant.

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Título: Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert. | Autor: Guy de Maupassant. | Traducción: Manuel Arranz. | Editorial: Periférica. | Colección: Pequeños tratados. | ISBN: 978-84-936926-2-9 | Precio: 14 € | Páginas: 136.  | Prólogo del traductor en PDF

Siguiendo el loable itinerario de publicaciones que la Editorial Periférica viene revalidando desde su creación, han sido recuperados en ”Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert dos ensayos que Guy de Maupassant escribió, en 1884 y en 1890, acerca de quien fue su maestro y amigo. El primero de estos ensayos se divide a su vez en dos textos de notable interés. En primer lugar el extenso prefacio aparecido en las “Lettres de Gustave Flaubert à George Sand”, que se publicaron en Ediciones Charpentier, y en el cual Maupassant comienza por trazar una semblanza biográfica donde no faltan anécdotas recogidas en otros artículos, como la del tardío aprendizaje en la lectura de quien llegó a convertirse en uno de los escritores esenciales de la literatura contemporánea, o su desagrado, ya adulto, hacia el movimiento en general -«Sólo se puede pensar y escribir sentado»-. Después de analizar de manera tan concisa como lúcida las obras más importantes de Flaubert, Maupassant subdivide nuevamente la parte primera de la primera parte -no se preocupen, no se hallan en la noche operística de los hermanos Marx- en dos últimas partes (de la primera parte).

Por un lado nos ofrece algunas de las notas que Flaubert iba tomando en torno a la estupidez humana, las cuales había ido clasificando bajo encabezamientos variopintos como Filosofía, Moral, Religión, Estética o Ejemplos de estilo. En este último grupo, podemos leer en Estilo de los Soberanos, frases tan jugosas como «La riqueza de un país depende de la prosperidad general» (Louis Napoleon); en Estilo Católico: «Las inundaciones del Loira se deben a los excesos de la prensa y al hecho de no cumplir con las fiestas de guardar» (Obispo de Metz). No faltan tampoco ejemplos suculentos en Meteduras de Pata Históricas o en Ideas Científicas:

Las mujeres en Egipto se prostituían públicamente para los cocodrilos» (Proudhon) o «Al melón la naturaleza lo ha dividido en rajas con el fin de que pueda ser comido en familia; la calabaza, al ser más gruesa, puede comerse con los vecinos» (Bernardin de Saint-Pierre).

Plan de relato. En cuanto a la última parte (no contratante) de la primera parte, está dedicada al plan de un relato que Flaubert pensaba incluir en su volumen de la antología del disparate.

En la parte final del primer ensayo (es decir, la última parte de la segunda parte de la primera parte), Maupassant nos habla del Flaubert artista. Tras argumentar que no todo escritor puede ser considerado como un artista, teoriza acerca del «éxtasis que pueden proporcionarnos determinadas obras de Baudelaire, de Victor Hugo, de Leconte de Lisle», e incide en la obsesión de Flaubert por el Estilo: para el genio de Rouen, sólo existía una manera de definir un acontecimiento cualquiera, al cual correspondía, de entre todos los verbos, adjetivos o sustantivos existentes en la lengua francesa, uno solo, explícito e insustituible, susceptible de representar de modo absolutamente fidedigno la escena de rigor. Esta casi enfermiza meticulosidad de Flaubert a la hora de rastrear el vocablo exacto, único, y no aceptar nunca un sinónimo -los epítetos constituían su debilidad-, explica esa mezcla de tormento pasional y de respetuosa dignidad que para él representaba sentarse frente a su mesa de trabajo: «se ponía a escribir, lentamente, deteniéndose cada poco, volviendo a empezar, tachando, corrigiendo, llenando los márgenes, escribiendo palabras del revés, emborronando veinte páginas para acabar una, gimiendo como un leñador por el penoso esfuerzo de su pensamiento».

Estupidez humana. Resulta particularmente interesante (en esta última parte de la segunda parte de la primera parte), la descripción de la cotidianeidad de Flaubert en su propiedad de Croisset, cerca de Rouen, donde el creador de Madame Bovary pasaría la mayor parte de su vida, batallando con las palabras y con esa misantropía melancólica que siempre le caracterizó y que Maupassant atribuye a su constante comprobación de la estupidez humana. Tuvo sin embargo Flaubert grandes amigos, a los que recibía, cuando se hallaba en París, en su salón dominical: Turguéniev, Daudet, Zola, Goncourt y tantos otros.

La segunda parte del libro está constituida por un solo texto breve que fue publicado en noviembre de 1890 en “L’Écho de Paris”, y que empieza de la siguiente manera: «He publicado ya todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert como escritor. Hablaré ahora un poco del hombre, pero como a él no le gustaban las revelaciones de ninguna clase, no haré ninguna indiscreta». Efectivamente, no encontraremos en esta póstuma evaluación de la vida privada de Flaubert no sólo la menor indiscreción sino esencialmente la aseveración de Maupassant de que la vida del Artista había sido tan completa en sí misma que apenas había dejado lugar al Hombre: «Estuvo durante toda su vida dominado por una única pasión y dos amores: la pasión fue la prosa francesa; uno de los amores su madre, el otro los libros».

Si se hallan ustedes entre los incondicionales de Flaubert, este doble ensayo les resultará de una exquisitez vivificante; si, además, Maupassant figura entre sus escritores, si no de cabecera al menos de chaise-longue, el placer literario les queda garantizado.

Los Mejores Libros de 2008 de Algún día en alguna parte.

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Durante estos últimos días hemos repasado las típicas listas de los mejores libros de 2008 según el criterio de los diferentes medios de comunicación, críticos, desconocidos y/o “sabios literatos”.  Para finalizar, les ofrezco mi humilde elección de aquellos cinco títulos que, sin considerarlos los mejores del año (el epígrafe de la entrada resulta sumamente engañoso), me atrevo a recomendar a mis amables lectores y ocasionales o despistados visitantes.

La relación, dentro de mis lecturas de este año 2008 aquí reseñadas, podría ser más extensa, pero por el momento, dada la dificultad, lo simplificaremos a un título por género. Como siempre, estoy abierto a vuestras sugerencias, votaciones y aportaciones.

Sabedor y dolido de no haber podido leer todo lo que hubiese deseado y, sin orden ni concierto, estos son los 5 libros de 2008 que recomiendo desde Algún día en Alguna parte:

 

 

1.- “Pacífico (Anagrama) de José Antonio Garriga Vela. (Narrativa en español).

2.- After Dark” (Tusquet) de Haruki Murakami. (Narrativa extranjera).

3.- “El viaje a la ficción” (Alfaguara) de Mario Vargas Llosa. (Ensayo).

4.- “Cuentos Esenciales” (Mondadori) de Guy de Maupassant. (Relato, cuento).

5.- “Poemas en Prosa” (Plataforma) de Pablo Picasso. (Poesía).

 

“Cuentos Esenciales” de Guy de Maupassant.

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Título: Cuentos Esenciales.│Autor: Guy de Maupassant.│Editorial: Mondadori │Colección: Grandes Clásicos.│ Ilustraciones: Ana Juan.│ Traducción: José Ramón Monreal. │ Páginas: 1.264.│PVP: 38 €.

Los cuentos esenciales del autor francés Guy de Maupassant se reúnen por primera vez en un único volumen, que incluye numerosos relatos inéditos en castellano, entre los que destacan: “La madre de los monstruos“, “Infanticidio“, “Lo horrible“, “Un joven soldado“, “Quién sabe” o “La sepulcral“.

Considerado uno de los grandes narradores del siglo XIX francés, Maupassant fue autor de seis novelas: Una vida (1883), Bel Ami (1885), basada en el personaje de un periodista sin escrúpulos, Los dos hermanos (1888), La mano izquierda (1889) y Nuestro corazón (1890). Además a lo largo de su vida nos legó una ingente producción literaria centrada en los cuentos. Escribió cientos de narraciones fantásticas y de terror sobrenatural (como El Horla), pero también obras costumbristas.

En Cuentos esenciales, editado por Mondadori dentro de su colección de Grandes Clásicos, se incluyen por orden cronológico un total de 140 cuentos, escritos entre 1879 y 1891.

La obra, que cuenta con la traducción de José Ramón Monreal – experto en literatura francesa y traductor de la obra de Balzac – está basada en la edición de los cuentos completos de la prestigiosa colección francesa La Pléiade. El volumen incluye doce láminas de ilustraciones exclusivas para esta edición realizadas por Ana Juan (Amantes, Snowhite), dibujante y colaboradora de The New Yorker.

Monreal ha hecho una traducción totalmente nueva de todos los cuentos de este paradigmático autor del siglo XIX, quien, tras intentar quitarse la vida en varias ocasiones en 1892, murió en un  psiquiátrico en pleno delirio, en julio de 1893, de una parálisis general.

Escrito por Alguien

12 Noviembre 2008 a 16:42