Algún día en alguna parte

10 libros para conocer el Holocausto.

Posted in Libros, Memorias by Alguien on 27 enero 2010

El 1º de noviembre de 2005, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la resolución 60/7 en la que designó la fecha del 27 de enero Día Internacional de Conmemoración anual en Memoria de las víctimas del Holocausto. El 27 de Enero de 1945, el ejército soviético liberó el mayor campo de exterminio nazi, en Auschwitz-Birkenau (Polonia). Coincidiendo con esta efeméride recordamos 10 lecturas para (intentar) entender Auschwitz:

Si esto es un hombre. (El Aleph).
Primo Levi.

El joven judío italiano Primo Levi vio abrirse la boca enrejada del campo de exterminio desde su vagón de ganado. Esta primera parte de su “Trilogía de Auschwitz” (continuada por “La tregua” y “Los salvados y los hundidos'” es una de las memorias de cautiverio más famosas del siglo XX. Levi fue al nazismo lo que Solzhenitsyn al gulag soviético: sobria expresión y costumbrismo del abismo. De aquella colmena de campos polacos también nos ha quedado “Nuestro hogar es Auschwitz” (Alba), de Tadeus Borowsky. Tanto Levi como Borowsky se llevaron consigo las púas, el maltrato y el número tatuado). Los dos se suicidaron.

Diarios (Debolsillo).
Ana Frank.

Las teorías raciales de Alfred Rosenberg fueron parte del esqueleto intelectual de los nazis. Les venían como anillo al dedo. Cómodas. La parte incómoda venía después, con el asesinato sistemático de niños. Ana Frank, de 13 años, vivió con su familia y los Van Pels detrás de una biblioteca giratoria en la empresa de su padre, en la Prinsengracht 263, de Amsterdam. Hoy es un museo. Fueron dos años en total (del 42 al 44) esperando a los ogros de la Gestapo. Una mañana aparecieron. Para entonces, había escrito unos diarios de adolescencia de clausura que ya son universales. Ella, su hermana Margot, y su madre murieron en Auschwitz.

Auschwitz, los nazis y la solución final (Crítica).
Lawrence Rees.

El 20 de enero de 1942, los jerifaltes del III Reich se reunieron en una villa junto al lago de Wannsee para hablar abiertamente del exterminio judío. Aquello se llamó “solución final”. Como epílogo a unos documentales para la BBC, Lawrence Rees escribió en 2005 un libro basado en cientos de entrevistas a miembros activos y pasivos. Antiguos miembros de las SS no arrepentidos, judíos emigrados a América o a Israel… Un escandaloso clásico reciente, metódicamente similar a ‘El holocausto japonés’.


Eichmann en Jerusalén (Debolsillo).
Hannah Arendt.

Adolf Eichmann fue el responsable del Departamento de Emigración Judía y estuvo en la mentada conferencia de Wannsee. Hacia 1960, vivía en Buenos Aires, se llama Ricardo Klement y trabaja en una oficina de Mercedes Benz. En mayo de ese año el Mossad lo secuestró y se lo llevó a Jerusalén para ser juzgado (y ahorcado). Aquello se llamó “Operación Garibaldi“. La filósofa Hannah Arendt cubrió para ‘The New Yorker’ el irregular proceso y trazó un retrato de Eichmann. Sus artículos acabaron por convertirse en un libro clásico con un subtítulo esclarecedor: “La banalidad del mal“. El monstruo era un gris burócrata.

Los límites del perdón (Paidós).
Simon Wiesenthal.

Superviviente de Mauthausen, Wiesenthal fue un reconocido rastreador de nazis huidos desde el Centro de Documentación Judía de Israel. El mismo Adolf Eichmann o Karl Silberbauer, responsable del arresto de Ana Frank, fueron algunos de sus ‘trofeos’ más famosos. Llevó a los tribunales a más de 1.000 nazis. Este libro autobiográfico propone el dilema del perdón y lanza la patata caliente a personalidades como Primo Levi, el cardenal Künig, el Dalai Lama, o Tzvetan Todorov. Otro clásico, entre el ensayo y la autobiografía, que clama justicia es ‘Más allá de la culpa y la expiación’ (Pre-textos), de Jean Améry

Sin destino (Acantilado).
Imre Kertész.

Gyorgy Köves es un personaje de ficción. Como Kertész, es un judío de Budapest, un flacucho adolescente. Ambos son deportados a Auschwitz. El joven Köves visita también Buchenwald y Zeitz. El Nobel de Literatura de 2002 escribió su primera novela en 1975 y se abrió a sus recuerdos con una máscara puesta. Se trata de una novela de formación entre chimeneas antropófagas y ladridos de perro. Mejor le fue a Joseph Joffo, otro niño con gorra y estrella de David en la pechera, tal y como lo relata en “Un saco de canicas” (Debolsillo), que evitó lo peor con su fuga constante por la Francia ocupada.

Escapar de Sobibor (Planeta).
Richard Rashke.

Sobibor era un campo de exterminio de la zona oriental de Polonia, entre Treblinka y Belzec. Aunque era el más pequeño de los tres recintos, allí fueron gaseados 250.000 judíos. Incluso Mathaussen, Auschwitz o Dachau fueron menos eficientes que Sobibor, donde los que ‘huéspedes’ eran asesinados en cuestión de 24 horas. Rashke cuenta cómo, en octubre de 1943, 600 cautivos se rebelaron, alentados por el ejemplo de los héroes del gueto de Varsovia, mataron a los oficiales y saltaron las verjas. 300 de ellos consiguieron llegar al bosque y sobrevivir. Algunos ofrecen su testimonio al autor.

Un español frente al Holocausto (Temas de Hoy).
Diego Carcedo.

Ángel Sanz-Briz, diplomático de la embajada española de Budapest, consiguió salvoconductos para llevar a 5.200 judíos húngaros a España. 4.000 más que Schindler. Hoy, ambos poseen el título de “Justo entre las Naciones” que otorga el Museo del Holocausto de Israel. Cuando en 1944, los alemanes invadieron Hungría, Sanz-Briz arriesgó su vida para cobijar a los judíos con la excusa de que eran sefardíes, españoles. Los tuvo en dependencias de la embajada alquiladas “ad hoc” hasta que pudo sacarlos. En realidad, sólo 200 de ellos eran verdaderos judíos sefarditas.


La destrucción de los judíos europeos (Akal).
Raul Hilberg.

Un auténtico clásico historiográfico. Entre 1948 y 1961 Hilberg levanta este libro monumental (que es el adjetivo que se emplea para libros como este, de 1.456 páginas). La cuestión es: ¿cómo se llevó a cabo el asesinato de seis millones de personas? La articulación social y burocrática y tecnológica de semejante proyecto en medio de una guerra es el objeto de esta exhaustiva exposición. Hilberg pone el acento en la maquinaria de fondo, tras los ojos alemanes. Como contrapunto (el lado de las víctimas) se puede citar un libro reciente, también exhaustivo, y “monumental” (1.700 páginas): “El Tercer Reich y los judíos” (Galaxia Gutenberg) de Saul Friedländer

El hombre en busca de sentido (Alianza).
Victor Frankl.

Este libro tuvo como primer título (en 1959) “Del campo de muerte al existencialismo“. Aquí Frankl, uno de los más ilustres psiquiatras de Viena es internado (otro más) en Auschwitz. El shock inicial, la apatía posterior, la despersonalización, la crueldad de los ‘capos’ judíos, y el peso de la losa del sinsentido ya en libertad son pormenorizadas en este trabajo de campo en el campo de trabajo.

Conmemoración Día del Holocausto 2010. UNESCO.
Una carta inédita de Primo Levi. El Mundo.
Especial: Viaje al holocausto. El Mundo.

Texto: Álvaro Cortina. El Mundo.es. 27/01/2010.


Actualización: 26 de septiembre de 2014: Algunos libros (y autores) más sugeridos en los comentarios. (Gracias)

Biblioteca de la deportación (Blog)

Los hornos de Hitler, de Olga Lengyel.

Aquellos hombres grises, de Christopher Browning.

Neus Catala.

Modernidad y Holocausto, de Zygmunt Bauman.

El Tercer Reich y los judíos: los años de la persecución (1933-1939) y El Tercer Reich y los judíos: los años del exterminio (1939-1945) de Saul Friedländer.

¡Qué vuelva la luz!, de Beatriz Guerra.

MAUS (Cómic), de Art Spiegelman.

El comprador de aniversario, de Adolfo García Ortega.

La ladrona de libros, de Markus Zusak.

La llave de Sarah, de Tatiana de Rosnay.

El largo viajeLa escritura o la vidaAquel domingoViviré con su nombre, morirá con el mío, de Jorge Semprún.

Trilogía de la noche, de Elie Wiesel.

Málaga y su holocausto (Punto Rojo Editorial), de Francisco Torres Rodríguez.

Vivir para contar. Primo Levi.

Posted in Libros by Alguien on 11 enero 2010

Pensar que Primo Levi tenía un compromiso es dejar sin vida al autor. Levi no tomó partido en el problema, porque él fue uno de los supervivientes del problema: el genocidio nazi. Él no hizo de la lucha contra el fascismo, la esclavitud y la mentira un motivo para escribir, porque su escritura es una consecuencia vital y no un encuentro artístico. A Primo Levi no le interesaba el compromiso, a Primo Levi le interesó la justicia. Los artículos reunidos en Vivir para contar, publicado por Alpha Decay, son la prueba de la tenacidad del testigo para evitar caer en la construcción de otro Auschwitz.

En esas se formó el estigma del “narrador molesto”, con la amarga sensación tan presente de no ser bien recibido si se empeña en seguir recordando los motivos más dramáticos de la Historia de la Humanidad. Pero el propio Levi aclaraba: “No es verdad que el único escribir auténtico sea el que sale del corazón”. Porque la lengua del corazón “es caprichosa, adulterada e inestable como la moda”.

Escribir para el autor italiano (Turín, 1919-1987) era un servicio público que no debía defraudar al lector. Hablaba de las responsabilidades del escritor y de sus obligaciones al tener que responder por cada palabra que utiliza. Precisión, sencillez y rigurosidad. La palabra sólo sirve para dar en el blanco, no para adornar un equívoco que se escapa del corazón, parece contarnos el autor de Si esto es un hombre en esta compilación de breves reflexiones en revistas y otras publicaciones, aparecidas desde 1955 hasta sus últimos días de vida.

Después de Auschwitz hubo de restituir la verdad contra los ataques furibundos de la negación del horror. Él es un superviviente y como tal se muestra preocupado por la mala situación de la memoria; obsesionado con el testimonio: “Si faltase nuestro testimonio, en un futuro no lejano las proezas de la bestialidad nazi, por su propia enormidad, podrían quedar relegadas al mundo de las leyendas”, escribe en el primero de los textos de esta edición con textos inéditos al castellano; impaciente, siempre, ya sea ante el silencio, ya contra el olvido, porque le parecen suficientes diez años después del desastre para que la Historia emita su sentencia.

Aún así, cuenta en un escrito de 1979, cómo se entera de la existencia de un “comité secreto de defensa” entre los prisioneros del campo de Auschwitz, en el que estuvo preso desde finales de febrero de 1944 hasta su liberación por los Aliados. Después de más de 30 años de su internamiento en el campo de exterminio aún le quedaban riesgos por conocer. En una cena de ex deportados en Roma conoció a uno de los integrantes de aquel comité secreto, con el que confirma que resolvía muchos acontecimientos decisivos de la vida interna del Lager (campo): “Sabía que las leyes de la conspiración son duras, pero nunca había pensado que un nombre cualquiera, el mío por ejemplo, podía haber servido para salvar una vida políticamente más útil que la mía”. A pesar de la celeridad contra el olvido, la Historia no se construye en días.

Él ha sido testigo de cómo se levanta la Historia, ha sido protagonista, Levi hizo todo lo que pudo para que las huellas de las heridas más dolorosas se mantuvieran frescas. Precisamente por eso, a lo largo de estos ejercicios espirituales se muestra nervioso por la velocidad a la que la memoria superviviente desaparece. Su empeño durante más de 40 años de víctima fue que “si comprender es imposible, conocer es necesario”. Una y otra vez ese mensaje, que Auschwitz está fuera de nosotros, pero no tanto, que la peste ha remitido, pero la infección aún culebrea. De ahí que para Levi “la lectura es un deber que nos incumbe a todos”.

Una responsabilidad común para que no vuelva a repetirse. Levi se pregunta sobre quién pesa esa culpa: ¿sobre el individuo que se ha dejado convencer o sobre el régimen que lo ha convencido? “Sobre ambos”, se responde. Además, apunta en otro escrito de finales de los años setenta, que la culpa es tan molesta que muy pocas veces induce a la expiación. Por el contrario, el que siente su peso se libera de ella de varias maneras, aclara el autor: “Olvidando, negando, falsificando y mintiendo a los demás y a sí mismo”.

En 1987, en un artículo publicado por La Stampa, la polémica estaba dirigida a comparar la masacre del gulag con el exterminio nazi y resolver que estas surgen como una defensa preventiva “contra una invasión asiática“. Levi se adelanta a no absolver a los soviéticos, pero aclara que los objetivos de los dos infiernos no fueron los mismos. “El gulag era una masacre entre iguales, no se basaba en una supremacía racial, no dividía a la humanidad entre superhombres e infrahombres; el otro se basaba en una ideología saturada de racismo”.

“Es cierto que en el gulag la mortalidad era pavorosamente elevada, pero era, por así decir, un subproducto, tolerado con cínica indiferencia: la finalidad principal, tan bárbara como se quiera, tenía una racionalidad propia, consistía en la reivindicación de una economía esclavista destinada a la construcción del socialismo”, escribe en una justificación algo endeble frente a lo que él consideró un hecho sin comparaciones: que un campo como Treblinka fuera un agujero negro en el que hacer desaparecer a hombres, mujeres y niños, “culpables únicamente de ser judíos”.

Levi no ve en el gulag el deseo de represalia, ni el motivo racista, ni la carga fascista, ni la sangrienta crueldad nazi que mandaba a los bancos alemanes el oro de los dientes extraídos a los cadáveres. Lo dice alguien con dos nombres: uno ya lo sabemos, el otro lo llevó tatuado en el antebrazo hasta su muerte, el número 174517.

Ficha del Libro: Alpha Dacay.

Texto: Peio H. Riano. Publico.es – 11.01.2010.

80° aniversario del nacimiento de Ana Frank.

Posted in Memorias by Alguien on 12 junio 2009

Ana Frank, la adolescente judía cuyo nombre se inmortalizó por el diario que escribió mientras se escondía con su familia de los nazis, habría cumplido 80 años este mes si hubiera sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial. Para marcar la fecha, el sitio de internet “El Museo de Ana Frankdivulgó una imagen de cómo se vería este año en el día de su cumpleaños, el 12 de junio. Los pensamientos de esta joven judía sacudieron al mundo. Cuando la libreta a cuadros roja y blanca se publicó, ella ya estaba muerta. Murió a los 15 años de forma dolorosa, por tifus, en marzo de 1945 en el campo de concentración de Bergen-Belsen, pocas semanas antes de que fuera liberado por los Aliados. Hoy se celebra el nacimiento de la autora que firmó el diario más leído del pasado siglo y que contaba la historia de una niña judía víctima del nazismo

Hoy podrían encenderse las velas sobre una tarta en un desván. No en vano, 80 años es una cifra especialmente redonda, y propicia para observar toda una vida con la perspectiva necesaria. Sí, este 12 de junio de 2009 podemos mirar el 12 de junio de 1929 y atisbar la vida de una alemana, de nombre Annelies Marie, pero esa historia individual que podría haber llegado hasta este momento se interrumpió bruscamente en 1945. De no haber sido así, Annemarie podría haberse jactado de ser una de las escritoras más leídas de su siglo y del nuestro. Porque aquella remota muchacha no es otra que Ana Frank.

Antes del encierro. De su vida previa al momento en que comenzó a contárnosla, poco sabemos, a lo más un puñado de datos muy simples: que nació en Francfort siendo la segunda hija del matrimonio formado por el empresario Otto Frank y el ama de casa Edith Hollander, ambos judíos. Otto incluso había obtenido la Cruz de Hierro por sus servicios durante la Primera Guerra Mundial. Por lo tanto, un buen alemán. Del matrimonio, celebrado en 1925, nacerá antes de Ana la primogénita, Margot, en 1926. Como cuenta Ana en una de las primeras anotaciones de su diario,

«Como somos judíos ‘de pura cepa’ mi padre se vino a Holanda en 1933, donde fue nombrado director de Opekta, una compañía holandesa de preparación de mermeladas. Mi madre, Edith Holländer, también vino a Holanda en septiembre, y Margot y yo fuimos a Aquisgrán, donde vivía mi abuela. Margot vino a Holanda en diciembre y yo en febrero, cuando me pusieron encima de la mesa como regalo de cumpleaños para Margot».

Siendo esta emigración clave en la vida de la familia Frank, el momento crucial llegará en julio de 1942: el domingo 5 se recibió en el domicilio de la familia en Amsterdam una citación que creen destinada a Otto Frank, pero que es para que la hija mayor, Margot, compareciera ante la SS:

«Me asusté muchísimo. ¡Una citación! Todo el mundo sabe lo que significa. En mi mente se me aparecieron campos de concentración y celdas solitarias. ¿Acaso íbamos a permitir que a papá se lo llevaran a semejantes lugares?».

Ante el riesgo de la disgregación de la familia arduamente reunida, se toma la decisión de esconderse todos juntos en unas dependencias adosadas al edificio en el que Opekta tenía sus oficinas y almacenes, en el número 263 de la Prinsengracht. Es lo que Ana llama “La casa de atrás” y que tiene una superficie habitable de 46 metros cuadrados.

Ese espacio ha estado siendo acondicionado en secreto por Otto Frank desde un año antes, preparándolo por si el encierro se convertía en la única posibilidad de sobrevivir en una Holanda ocupada por los nazis. Tras llegar al edificio a pie, sin maletas, forrados con diversas capas de ropa y tras recorrer un itinerario bien meditado para dificultar el seguimiento, la familia Frank llega a la casa de atrás el lunes 6 de julio de 1942. Una estantería giratoria con libros oculta la puerta que comunica el edificio de Opekta con la casa de atrás. Sólo la abandonarán, y a la fuerza, el viernes 4 de agosto de 1944. De los refugiados, sólo uno sobrevivirá a la guerra.

Ocultos y protectores. Otras cuatro personas acompañarán a los Frank en su reclusión: su socio, también judío, Hermann van Pels, su esposa Auguste y su hijo Peter. En las páginas del diario, Ana les dará el apellido van Daan, por mantener a salvo su intimidad, a los que se unirá más tarde, en noviembre de 1942, el dentista Fritz Pfeffer, casado con una cristiana y, al igual que Otto Frank, alemán y huido de la persecución nazi. Pfeffer, con quien en absoluto congeniará Ana, recibirá el nombre de Albert Dussel en las páginas del libro. Pagado de sí mismo, Pfeffer dejará a Ana con la sensación permanente de poner en peligro a los demás al mantener contacto epistolar con su esposa.

Para mantenerse con vida y seguros, los ocho refugiados necesitarán la ayuda de cuatro empleados de Opekta, que mantendrán una fidelidad y lealtad verdaderamente maravillosas con los ocultos. Estos cuatro protectores son Miep Gies, que en febrero acaba de cumplir cien años, Elisabet ‘Bep’ Voskuijl, Johannes Kleiman y Viktor Kugler. Al descubrirse el escondite de la casa de atrás, serán detenidos, en su calidad de encubridores, Viktor Kluger y Johannes Kleiman. El mismo día de la redada, 4 de agosto de 1944, serán llevados a una prisión preventiva en Amsterdam, y trasladados un mes más tarde, sin que se hubiera iniciado instrucción alguna, a un campo de concentración transitorio en Amersfoot (Holanda). Kleiman será liberado una semana más tarde por motivos de salud (morirá en 1959), mientras que Kluger logrará escapar en 1945, poco antes de que lo enviaran a Alemania a realizar trabajos forzados. Tras la guerra, emigrará a Canadá, donde morirá en 1999. La única superviviente del grupo, Miep Gies, recibió en 1995 el título de “Justo entre las naciones”, máximo honor concedido a no judíos por el Museo de Yad Vashen.

El diario. Lo que da un valor especial al diario de Ana Frank es que no es un fruto directo de las circunstancias extraordinarias que vivió Ana Frank, sino que se inició antes de los hechos cruciales y por lo tanto permite confrontar la vida y las perspectivas de una niña judía de clase media antes y después de sentirse como una víctima del nazismo. Así, mientras el diario comienza detallando la variada lista de regalos recibidos en su décimo tercer cumpleaños, y trazando un retrato, pleno de vivacidad, ingenio e indiscreción, de sus compañeros y compañeras de colegio, a medida que se suceden las semanas va convirtiéndose, más que en el relato de las vicisitudes de un grupo recluido, en un ejercicio de introspección de una persona que se debate entre la desesperación, la esperanza, el miedo e incluso el amor que alberga hacia el joven Peter van Pels.

Por otra parte, son escasos los diarios de víctimas del Holocausto: entre ellos, lo habitual es que sus autores sean adultos con un importante bagaje cultural, como Mihail Sebastian. El de Ana Frank, junto a los recientemente editados del joven checo Petr Ginz (1928-1944) y la polaca Rutka Laskier (1929-1943) son otros ejemplos. Por publicarse en castellano queda el de la checa Vera Kohnova (1929-1942) y el del polaco David Sierakowiak (1928-1943).

El diario de Ana comienza con unas palabras que son a la vez un enunciado de intenciones: «Espero poder confiártelo todo como aún no lo he podido hacer con nadie, y espero que seas para mí un gran apoyo» (12 de junio de 1942). A continuación, el 28 de septiembre, interpolará como segunda inscripción, que coloca delante de la que realmente escribió en segundo lugar el 14 de junio, una en la que reafirma la importancia que para ella tiene su diario:

«Hasta ahora has sido para mí un gran apoyo, y también Kitty, a quien escribo regularmente. Esta manera de escribir en mi diario me agrada mucho más y ahora me cuesta esperar cada vez que llegue el momento para sentarme a escribir en ti. ¡Estoy tan contenta de haberte traído conmigo!»

La fecha de la primera inscripción es la del cumpleaños de Ana Frank, un viernes lleno de regalos y alegría. La interporlación pertenece a un momento en que la vida de Ana ha cambiado respecto al primer momento: sigue estando Holanda ocupada por los nazis, y perseguidos los judíos. Pero la familia Frank ha dejado de vivir en libertad y ahora lo hacen en la clandestinidad, ocultos en un piso preparado para la ocasión y en el que el único hábito de Ana que se mantiene sin variación es la escritura de su diario, algo sobre lo que desde un comienzo medita:

«para alguien como yo es una sensación muy extraña escribir un diario. No sólo porque nunca he escrito, sino porque me da la impresión de que más tarde ni a mí ni a ninguna otra persona le interesarán las confidencias de una colegiala de trece años. Pero eso en realidad da igual, tengo ganas de escribir y mucho más de desahogarme y sacarme de una vez unas cuantas espinas».

En esa misma anotación, del 20 de junio de 1942, llega a la conclusión de que escribe porque no tiene ninguna verdadera amiga con la que sincerarse y a la que necesita. Por ello:

«Para realzar todavía más en mi fantasía la idea de la amiga tan anhelada, no quisiera apuntar en este diario los hechos sin más, como hace todo el mundo, sino que haré que el propio diario sea esa amiga, y esa amiga se llamará Kitty».

Ana Frank fue sólo uno del millón de niños judíos asesinados durante la Segunda Guerra Mundial. Su madre y su hermana cuentan entre el resto de víctimas que se sucedieron hasta alcanzar la cifra de seis millones de inocentes. A cambio, queda el consuelo de que su testimonio, su diario, haya vendido más de 30 millones de ejemplares en todo el mundo.

Con todo, Ana, en vista del horror del que estaba informada por los comentarios de los protectores, y por las emisiones de la BBC y de Radio Orange (emisora del gobierno holandés en el exilio), se sabe una privilegiada:

«A veces me pongo a reflexionar sobre la vida que llevamos aquí, y entonces por lo general llego a la conclusión de que, en comparación con otros judíos que no están escondidos, vivimos como en un paraíso» (2 de mayo de 1943). No obstante, la tranquilidad del refugio no basta: «Todos los días tomo valeriana contra el miedo y la depresión» (16 de septiembre de 1943).

Las entradas de ladrones nocturnos en el edificio de Opekta no hacen sino aumentar el miedo a ser descubiertos, junto a las sospechas por parte de un empleado de la firma. El buen humor de Ana se desmorona, hay incluso un periodo de mes y medio sin ninguna inscripción, y los días se van llenando de miedo y de actividades para mantener la mente ocupada con estudios, que en el caso de Ana son:

«taquigrafía francesa, inglesa, alemana y holandesa, geometría, álgebra, historia, geografía, historia del arte, mitología, biología, historia bíblica, literatura holandesa; le encanta leer biografías, áridas o entretenidas, libros de historia (a veces novelas y libros de esparcimiento)» (19 de mayo de 1944).

Edith Frank murió de inanición en Auschwitz el 6 de enero de 1945. Hermann van Pels murió en Auschwitz gaseado el mismo día de su llegada, el 6 de septiembre de 1944, o bien por enfermedad semanas después. Auguste van Pels murió en fecha desconocida, tal vez en el campo de Theresienstadt. Fritz Pfeffer murió en el campo de Neuengamme el 20 de diciembre de 1944. En marzo de 1945, Margot y Ana Frank están internadas en el campo de exterminio de Bergen Belsen. El tifus acaba con ellas. Una superviviente, Janny Brillealijper, pudo testimoniar su fin: «La primera que se cayó de la cama al suelo de piedra fue Margot; ya no era capaz de incorporarse. Ana falleció al otro día». Peter van Pels, que fuera amado por Ana, muere de inanición en el campo de Mauthausen. En el campo de Bergen Belsen, una lápida con el nombre de las dos hermanas recuerda que en algún lugar de ese recinto deben estar las cenizas.

El 14 de abril de 1944 Ana escribió en el último cuaderno de los tres de su diario: «Te aseguro, Kitty, que estoy un poco loca, aunque no sé por qué. Todo aquí está patas arriba, las cosas no guardan ninguna relación, y a veces me entran serias dudas sobre si más tarde le interesará alguien leer mis bobadas. “Las confidencias de un patito feo”: ése será el título de todas estas tonterías». El 11 de mayo de 1944, escribe: «de todos modos, cuando acabe la guerra quisiera publicar un libro titulado “La casa de atrás”; aún está por ver si resulta, pero mi diario podrá servir de base».

En 1947, un libro titulado “Het Achterhuis” (‘La casa de atrás’) descubre al mundo una primera versión, con algunas alteraciones y supresiones del diario de Ana Frank. Una obra teatral de 1955 galardonada con el Pulitzer, una película de 1959 premiada con tres premios Oscar, y un musical español de 2008 han servido para difundir el diario y su autora. Ana Frank murió en 1945. Pero hoy cumple 80 años. Felicidades, Ana. ¡Y que sean muchos, muchos, muchos más!

Fuente: Ochenta velas para Ana Frank. Mario Virgilio Montañez. Diario Sur. 12.06.2009.


Sitio web oficial de la Casa de Ana Frank.
Fragmentos del diario de Ana Frank.
Diez preguntas en torno a la autenticidad del diario de Ana Frank.

Canal sobre Anna Frannk en YouTube.

Kafka, el visionario. Sofía Gandarias.

Posted in Andanzas by Alguien on 2 junio 2009

Sofía Gandarias
KAFKA, DER VISIONÄR
am 28. Mai 2009 um 19 Uhr

La artista vasca Sofía Gandarias presenta en Berlín a un Franz Kafka más expresionista que nunca, de la mano de la muestra “Kafka, el visionario“, que combina la fuerza de la pintura con el misterio del sonido.

Kafka, der Visionär” (“Kafka, el visionario”) pretende rendir homenaje al que fue uno de los máximos representantes de la literatura universal, prolífico en todos los géneros, y capaz de adentrarse en los recovecos más ocultos del existencialismo humano.

La puesta en escena de la galería “Haus am Kleistpark” recorre la obra del célebre escritor checo, amante de la lengua alemana y que falleció con tan sólo 40 años, a través de 64 lienzos.

Estructurada a modo de laberinto, la exposición se completa con una instalación musical, en la que uno puede escuchar una serie de graznidos de cuervo con los que se pretende llevar al espectador a imaginar la simbiosis entre culpa y poder, luces y sombras, dolor y muerte.

Nacida en la ciudad bilbaína de Guernica, Gandarias ha plasmado la historia del siglo XX a lo largo de su carrera a través de interpretaciones pictóricas de la obra de grandes escritores y pensadores que no dejaron de luchar contra la guerra y la violencia.

«En 2002 pensaba que tenía que pintar a Kafka porque me fascinaba su mundo. Él nos contó los extremos del Holocausto, aunque murió en 1924», reflexiona la artista de Gernika. «Reflejó en sus libros y en su correspondencia las angustias del siglo XX». Al cabo de cuatro años, la obsesión se convirtió en inspiración cuando Gandarias, acompañada por la música de Dvorák, cogió el pincel y creó una metáfora, donde muestra la imagen del escritor sobre una lápida. «Pinté a Kafka en el cementerio porque los nazis acabaron con la vida judía en Checoslovaquia».

Los cuadros son grises, carecen de alegría y están cargados de melancolía. Aparecen alambres de espino, un material que se utilizaría en los campos de concentración, y se combinan los retratos de personalidades de la literatura, la política y la Iglesia con la mirada triste y desesperada de Kafka. Como el lienzo donde aparece Benedicto XVI. «Lo pongo frente a Kafka para enfrentarlo a lo que pasó, pero no quiero culparlo».

Un mundo interior plagado de fuerza creativa y conciencia histórico-social, que la artista ha imprimido a sus lienzos, desde que comenzara a pintar en la época que siguió a la dictadura franquista y paralelamente al desarrollo de la democracia española.

Con un estilo a caballo entre el neo-expresionismo y el simbolismo-surrealismo con el que retrata a los máximos mártires de la humanidad, sus obras han recibido ya elogios en galerías de Bruselas, Venecia, Eslovenia y París, entre otras ciudades.

Comisariada por el realizador y dramaturgo italiano Gianfranco de Bosio, la exposición podrá visitarse en la galería “Haus am Kleistpark” desde el 29 de mayo al 28 de junio.

En Algún día: Franz Kafka.

Un lector llamado Adolf Hitler.

Posted in Artículos, Libros by Alguien on 16 febrero 2009

El líder nazi leía compulsivamente, pero sólo para reforzar sus ideas. Un nuevo ensayo Hitler’s private library, the books that shaped his life (La biblioteca privada de Hitler, los libros que moldearon su vida; Nueva York, 2008), de Timothy W. Ryback, investiga su biblioteca más personal, que llegó a tener 16.000 volúmenes.

Hitler quemaba libros, pero también los leía. Que hiciera ambas cosas -además de desatar la II Guerra Mundial y ordenar el exterminio de los judíos- lo convierte en un lector muy especial. Su relación con los libros, incluso con los que no quemaba, no era amable. Hitler, incapaz de relaciones profundas y sinceras de amor o amistad -hasta las que sentía por Eva Braun y por su perra alsaciana Blondie eran afectos envenenados, y valga la palabra-, tampoco iba a tener ese cariño por los libros, que es el sello de los bibliófilos decentes.

Igual que hacía con los países, las instituciones y las personas, Hitler depredaba los libros. Ésa era su forma de leerlos: como invadir Polonia. Él mismo explicó su método de lectura abusivo y oportunista en Mein Kampf.Leer no es un fin en sí mismo, sino un medio para un fin“. Se trataba, dijo, de rellenar un mosaico previamente dibujado con las “piedrecitas” que le proporcionaban los libros.

La lectura no le servía, en general, sino para llevar agua al molino de sus ideas y para confirmar opiniones que ya tenía. Era una práctica puramente instrumental -“tomo de los libros lo que necesito“, dijo-. No leía nunca por placer. Y el caso es que era un lector compulsivo, que leía mucho, vamos. “Los libros eran su mundo”, escribió su amigo de juventud August Kubizek. El joven Hitler llegó a Viena pobre como una rata pero con cuatro cajas llenas de libros. Luego, en su época de agitación política, cuando no estaba pronunciando discursos o haraganeando por las cervecerías de Múnich en malas compañías (!), se pasaba el tiempo leyendo. “Claro que leer mucho no significa leer bien. Sus lecturas fueron asistemáticas”, subraya Ian Kershaw en su monumental biografía (Hitler, Península). “Leer no era algo que hiciese para ilustrarse o para aprender, sino para confirmar prejuicios“. Kershaw pone en duda, además, que Hitler leyera lo que hay que leer. Parece que de los clásicos y de la buena literatura consumió más bien poquito. No le gustaba la novela. En cambio, se pirraba por el subgénero antisemita (lo que no nos sorprende), tipo El judío internacional de Henry Ford o La amoralidad en el Talmud; le gustaban mucho las enciclopedias y los almanaques, de los que podía extraer, para impresionar, mucha información en poco tiempo, y los libros de ocultismo. Se ha señalado entre sus libros, y no es broma, El arte de convertirse en orador en pocas horas.

Tenía debilidad, quizá su único rasgo sincero como lector aparte del gusto por los relatos del explorador Sven Hedin, por las novelas del Oeste de Karl May. Pero incluso éstas las utilizaba para dar la brasa a sus generales. Les ponía como ejemplo de habilidad táctica al héroe apache de May, lo que ha de ser desconcertante cuando mandas una división Pánzer en el Cáucaso. Menos simpático es que conservara un manual de 1931 sobre el gas venenoso, con un capítulo dedicado a los efectos del ácido prúsico, comercializado como Zyklon B…

Se ha escrito mucho sobre la biblioteca de Hitler, de unos 16.000 volúmenes (de hecho tuvo varias, localizadas en diferentes sitios), su composición, las obras que en realidad leyó (muchos libros de su época de canciller y führer permanecieron sin abrir) y las que contribuyeron a afirmar sus (malas) ideas. Ahora un libro apasionante, Hitler’s private library, the books that shaped his life (La biblioteca privada de Hitler, los libros que moldearon su vida; Nueva York, 2008), de Timothy W. Ryback, rastrea con habilidad detectivesca y pulso literario en el ecléctico fondo bibliográfico del líder nazi las obras que pudieron ser decisivas, por su significación emocional o intelectual, en la vida del Hitler lector.

Ryback ilumina al tiempo la relación del personaje con los libros y el destino de su biblioteca (1.200 se conservan en la Biblioteca del Congreso en Washington, otro fondo está en la Brown University en Providence; un conjunto anda perdido por Rusia). El autor, que se ha sumergido físicamente en libros leídos y hasta subrayados y anotados por el propio Hitler -una experiencia inquietante: en uno encontró incluso un pelo de bigote-, explica que éste leía vorazmente, a veces un libro por noche (a Eva Braun le caían broncas cuando interrumpía, aunque fuera en déshabillé; por cierto, parece que había poca pornografía en la biblioteca de Hitler, aunque se menciona un libro sobre el teatro español “con dibujos y fotografías obscenos”). Pero su lectura era superficial y azarosa, en buena parte para alimentar sus mítines, diatribas y peroratas.

En su retiro alpino del Berghof tenía las obras completas de Shakespeare y parece que no leyó sólo El mercader de Venecia, pues hacía citas de Hamlet y, sobre todo, de Julio César -“Nos volveremos a ver en Philipos”, espetaba bravucón a sus rivales políticos-.

La aventura de Ryback entre los libros de Hitler arranca con las lecturas de éste en las trincheras durante la guerra del 14 y acaba con el misterio del volumen que tenía en la mesita de su habitación en el Führerbunker de Berlín cuando se suicidó: se conserva una foto, pero no se distingue el título. Entre las obras que sabemos que le acompañaron en sus últimos momentos figuran una historia de la esvástica, un ensayo sobre Parsifal y otro sobre las profecías de Nostradamus. El recorrido de Ryback por los libros significativos de Hitler incluye una traducción de Peer Gynt regalada y dedicada por su siniestro mentor Dietrich Eckart, y Feuer und Blut de Jünger, dedicado en 1926 por el propio autor “al führer nacional Adolf Hitler” -vaya, vaya, Ernst-, y en el que Hitler, que quería escribir sus propias experiencias de combatiente en la I Guerra Mundial, subrayó pormenorizadamente pasajes sobre la guerra y los efectos de la matanza en el espíritu. Pese a lo que hacía creer, Hitler leyó poco a Nietzsche, a Schopenhauer -cuyo nombre escribía mal- o a Fitchte. Lo que Ryback encuentra en el canon hitleriano -los ladrillos fundamentales de su pensamiento filosófico- es una serie de repulsivas obras racistas y unos libros de ocultismo y seudociencia (como Magia: historia, teoría y práctica, de Ernst Schretel, que Hitler subrayó profusamente). En cuanto a los libros militares, Ryback destaca una biografía de Schlieffen, el genio prusiano (es curioso que Hitler subrayase las consideraciones del táctico sobre los peligros para Alemania de luchar en dos frentes), un práctico manual de identificación de tanques y varias obras sobre Federico el Grande, especialmente la biografía de Carlyle.

Hitler, por supuesto, no sólo fue lector, sino también autor. Un capítulo del libro de Ryback está dedicado al Mein Kampf, que inicialmente tenía un título con mucho menos punch: Cuatro años y medio de batalla contra las mentiras, la estupidez y la cobardía; difícil de recordar cuando vas a encargarlo, sobre todo si eres de las SA…

Texto: Jacinto Antón. El País.com – 16/02/2009.

Hitler perdía las formas hasta en la mesa.

 

In Memoriam: Día del Holocausto.

Posted in Memorias by Alguien on 27 enero 2009

Cada 27 de enero se conmemora el  Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto judío durante la Segunda Guerra Mundial. Se escogió precisamente este día porque fue un 27 de enero de 1945 cuando se produjo la liberación del campo de concentración y exterminio de Auschwitz-Birkenau (actual Oświęcim-Brzezinka, Polonia) por parte de las tropas soviéticas en su avance frente al ejército alemán.

 

 

Mensaje del Secretario General con ocasión del Día Internacional de
conmemoración en memoria de las víctimas del Holocausto.

 

27 de enero de 2009

“Recordamos hoy a los millones de víctimas de los nazis —cerca de un tercio de la población judía y miembros de otras incontables minorías— que padecieron actos atroces de discriminación, privación, crueldad y muerte.

Las nuevas iniciativas relacionadas con la recordación del Holocausto y la educación al respecto nos aportan motivos fundados para la esperanza. Esa esperanza es el tema de la conmemoración de este año.

Pero podemos y debemos esforzarnos más si queremos que esa esperanza se haga realidad.

Debemos seguir analizando por qué el mundo no logró prevenir el Holocausto y otras atrocidades que se han cometido desde entonces. De ese modo, estaremos mejor preparados para derrotar al antisemitismo y otras formas de intolerancia.

Debemos seguir enseñando a nuestros hijos las lecciones de los capítulos más sombríos de la historia. Ello les ayudará a hacer las cosas mejor que sus mayores al construir un mundo donde podamos convivir en paz.

Debemos combatir la negación del Holocausto y denunciar abiertamente el fanatismo y el odio.

Y debemos respetar las normas y las leyes que han instituido las Naciones Unidas para proteger a las personas y luchar contra la impunidad del genocidio, los crímenes de guerra y los crímenes de lesa humanidad.

Nuestro mundo sigue asediado por la violencia implacable, el absoluto desprecio a los derechos humanos y la agresión a las personas por el mero hecho de ser quienes son.

En este cuarto Día Internacional de Conmemoración, recordemos a las víctimas del Holocausto reafirmando nuestra fe en la dignidad y la igualdad de derechos de todos los miembros de la familia humana. Y comprometámonos a trabajar unidos para que nuestra esperanza de hoy se convierta en un futuro mejor el día de mañana”.

Muchas gracias.

Fuente │Naciones Unidas.

 

El Holocausto tiene tirón literario.

Posted in Andanzas by Alguien on 23 enero 2009

(Pulsar sobre la imagen para ampliar)

Fuente: Público.

SHANGRI-LA Nº 7. Memoria/s de Auschwitz.

Posted in Andanzas by Alguien on 12 diciembre 2008

Memoria/s de Auschwitz. SHANGRI-LA- Derivas y Ficciones aparte.

Núm. 7- Septiembre – Diciembre 2008- ISSN:1988-2769

DESCARGAR PDF (38.4 MB)

 

“Tú que vives en calma/ bien abrigado en tu casa,/ Tú que encuentras,/ cuando de noche regresas,/ la mesa puesta rodeada de rostros amigos./ Considera si esto es un hombre:/ El que sufre en el lodo,/ el que no conoce el reposo,/ el que pelea por un mendrugo de pan,/ el que muere por una insignificancia./ Considera si esto es una mujer:/ la que ha perdido sus cabellos y su nombre,/ y hasta la capacidad de recordar,/ los ojos vacíos y el seno frío/ como una rana en el invierno./ No olvides que esto sucedió./ No, no lo olvides:/ Graba estas palabras en tu corazón,/ piensa en ellas, en la calle,/ en la mañana, por la noche/ repítelas a tus hijos./ O si no que tu casa se derrumbe,/ que la enfermedad te haga sucumbir,/ y que tus hijos te abandonen.” Primo Levi.

SHANGRI-LA [p-link]

 

In Memoriam: Kristallnacht

Posted in Memorias by Alguien on 9 noviembre 2008

La noche de los cristales rotos

Hace setenta años, el 9 de noviembre de 1938, tropas de asalto nazis y ciudadanos comunes saquearon hogares y negocios judíos en decenas de ciudades alemanas, destruyendo edificios y golpeando a gente inocente. El horror que llevaría el nombre de «Kristallnacht» o la «Noche de los Cristales Rotos» preanunció las atrocidades del Holocausto.

“La sinagoga de la Rykestrasse, la mayor de Alemania fue incendiada en 1938 como casi todos los templos de Alemania. Las llamas no la destruyeron, por lo que los nazis decidieron degradarla como caballeriza. El año pasado fue restaurada y reabrió sus puertas con el retorno solemne de la Torá” (Libro de ley de los judíos).

 

El 9 de noviembre también se conmemora la Caída del muro de Berlín en 1989.

In Memoriam: 11 abril 1987.

Posted in Memorias by Alguien on 11 abril 2008

Eran las 10.05 h. cuando un golpe sordo sonó en el número 75 de la calle Re Umberto, de Turín. En el vestíbulo, un hombre con el número 174.517 tatuado en un brazo yacía muerto en la casa donde pasó toda su vida, excepto los once meses de 1944 en los que sobrevivió en el lugar más atroz que ha existido y al que regresó dos veces en su vida tras su liberación. Su nombre: Primo Levi. Su obra: Si esto es un hombre (1947), testimonio capital de la barbarie Nazi, está considerada uno de los relatos esenciales de la humanidad, entre otros libros. Se suicidó, dictaminó un juez, el 11 de abril de 1987, quien sabe si impedido por las pesadillas brutales de su vida. Su última biografía se publicó en España en Marzo de 2007, coincidiendo con el vigésimo aniversario de su muerte. Hoy se cumplen 21 años. In Memoriam:

Me llamo 174517; nos han bautizado, llevaremos mientras vivamos esta lacra tatuada en el brazo izquierdo. La operación ha sido ligeramente dolorosa y extraordinariamente rápida: nos han puesto en fila a todos y, uno por uno, siguiendo el orden alfabético de nuestros nombres, hemos ido pasando por delante de un hábil funcionario provisto de una especie de punzón de aguja muy corta. Parece que ésta ha sido la iniciación real y verdadera: sólo “si enseñas el número” te dan el pan y la sopa. Hemos necesitado varios días y no pocos bofetones y puñetazos para que nos acostumbrásemos a enseñar el número diligentemente, de manera que no entorpeciésemos las operaciones cotidianas de abastecimiento; hemos necesitado semanas y meses para aprender a entenderlo en alemán. Y durante muchos días, cuando la costumbre de mis días de libertad me ha hecho ir a mirar la hora en el reloj de pulsera he visto irónicamente mi nombre nuevo, el número punteado en signos azulosos bajo la epidermis

© Si esto es un hombre. Gómez, P. (trad.) Barcelona: Aleph Editores, 2003.

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