Algún día en alguna parte

Resucitaré y salvaré el mundo…

Posted in Fragmentos by Alguien on 20 abril 2011

(…) —¿Qué maestro? —aulló Judas, amenazando con el puño—.  ¿Este? Pero, ¿es que no tenéis ojos para verlo y sesos para juzgarlo? ¿Es éste un maestro? ¿Qué nos decía? ¿Qué nos prometía? ¿Dónde está el ejército de ángeles que debía descender del cielo para salvar a Israel? ¿Dónde está la cruz que debía ser nuestro trampolín para subir al cielo? Apenas este falso Mesías vio alzarse la cruz ante él, perdió la cabeza, se desvaneció y las mujercitas se adueñaron de él y lo emplearon para que les hiciera hijos.  Se batió como los otros, al parecer, se batió valientemente y lo proclama desde los tejados.  Pero sabes de sobra, desertor, que tu lugar estaba en la cruz.  Que otros se ocupen de arar la tierra y las mujeres.  ¡Tu deber era subir a la cruz! Te jactas de haber vencido a la muerte…  ¡puf! ¿Así triunfas de la muerte? ¡Has engendrado hijos, y eso equivale a decir carne para la muerte! ¡Carne para la muerte! ¿Qué es un niño? ¡Carne para la muerte! Te has convertido en su carnicero y le llevas carne para que la devore.  ¡Traidor, desertor, cobarde!

—Hermano Judas —murmuró Jesús, cuyos miembros comenzaban a temblar—, hermano Judas, muéstrate más clemente conmigo…

—Me has roto el corazón, hijo del carpintero —rugió Judas—, me has roto el corazón, ¿cómo quieres que me muestre clemente contigo? ¡Tengo deseos de estallar en lamentaciones, como las viudas, de golpearme la cabeza contra las piedras! ¡Maldito sea el día en que naciste, el día en que nací y el día en que te conocí y llenaste mi corazón de esperanza! Cuando caminabas delante de nosotros y nos arrastrabas detrás de ti, cuando nos hablabas de la tierra y del cielo, ¡qué alegría, qué libertad, qué riquezas saboreaba! Los granos de las uvas nos parecían tan grandes como niños de doce años y quedábamos saciados con sólo comer un grano de trigo.  Un día no teníamos más que cinco panes, dimos de comer a una gran multitud…  ¡y todavía nos quedaron doce cestos repletos de panes! ¡Cómo brillaban entonces las estrellas, cómo inundaban de luz el cielo! No eran estrellas sino ángeles; y ni siquiera eran ángeles, éramos nosotros mismos, nosotros, tus discípulos, que nos levantábamos y nos acostábamos.  Tú estabas en el medio, inmóvil como la estrella polar, ¡y nosotros que te rodeábamos, bailábamos alrededor! Me estrechabas en tus brazos, ¿recuerdas?, y me suplicabas: «¡Traicióname, traicióname! Así me crucificarán, resucitaré y ¡salvaremos el mundo!»

Fragmento de “La última tentación“, de Nikos Kazantzakis.

En Algún Día:
Los Alimentos de la Última Cena.
Jueves y Santo.
Expresiones con Pasión.
Versos olvidados: “Viernes Santo”, de Jorge Guillén.
Yehoshúa ben Yósef: el Jesús histórico.
Y resucitó

Y Resucitó…

Posted in Pareceres by Alguien on 3 abril 2010

“Jesús muere, muere, y ya va dejando la vida, cuando de pronto el cielo se abre de par en par por encima de su cabeza, y Dios aparece, vestido como estuvo en la barca, y su voz resuena por toda la tierra diciendo, Tú eres mi Hijo muy amado, en ti pongo toda mi complacencia.

Entonces comprendió Jesús que vino traído al engaño como se lleva al cordero al sacrificio, que su vida fue trazada desde el principio de los principios para morir así, y, trayéndole la memoria el río de sangre y de sufrimiento que de su lado nacerá e inundará toda la tierra, clamó al cielo abierto donde Dios sonreía, Hombres, perdonadle, porque él no sabe lo que hizo.

Luego se fue muriendo en medio de un sueño, estaba en Nazaret y oía que su padre le decía, encogiéndose de hombros y sonriendo también, Ni yo puedo hacerte todas las preguntas, ni tú puedes darme todas las respuestas. Aún había en él un rastro de vida cuando sintió que una esponja empapada en agua y vinagre le rozaba los labios, y entonces, mirando hacia abajo, reparó en un hombre que se alejaba con un cubo y una caña al hombro. Ya no llegó a ver, colocado en el suelo, el cuenco negro sobre el que su sangre goteaba”.

El Evangelio según Jesucristro, de José Saramago.

En Algún día | José Saramago.

La literatura de la Pasión.
Sobre La Ultima Tentacion de Nikos Kazantzakis.

Un capítulo para el Evangelio.

Posted in Pareceres by Alguien on 26 julio 2009

“De mí ha de decirse que tras la muerte de Jesús me arrepentí de lo que llamaban mis infames pecados de prostituta y me convertí en penitente hasta el final de la vida, y eso no es verdad. Me subieron desnuda a los altares, cubierta únicamente por el pelo que me llegaba hasta las rodillas, con los senos marchitos y la boca desdentada, y si es cierto que los años acabaron resecando la lisa tersura de mi piel, eso sucedió porque en este mundo nada prevalece contra el tiempo, no porque yo hubiera despreciado y ofendido el mismo cuerpo que Jesús deseó y poseyó. Quien diga de mí esas falsedades no sabe nada de amor. Dejé de ser prostituta el día que Jesús entró en mi casa trayendo una herida en el pie para que se la curase, y de esas obras humanas que llaman pecados de lujuria no tendría que arrepentirme si como prostituta mi amado me conoció y, habiendo probado mi cuerpo y sabido de qué vivía, no me dio la espalda. Cuando delante de todos los discípulos Jesús me besaba una y muchas veces, ellos le preguntaron si me quería más a mí que a ellos, y Jesús respondió: “¿A qué se puede deber que yo no os quiera tanto como a ella?.” Ellos no supieron qué decir porque nunca serían capaces de amar a Jesús con el mismo absoluto amor con el que yo lo amaba. Después de que Lázaro muriera, la pena y la tristeza de Jesús fueron tales que, una noche, bajo las sábanas que tapaban nuestra desnudez, le dije: “No puedo alcanzarte donde estás porque te has cerrado tras una puerta que no es para fuerzas humanas”, y él dijo, sollozo y gemido de animal que se esconde para sufrir: “Aunque no puedas entrar, no te apartes de mí, tenme siempre extendida tu mano incluso cuando no puedas verme, si no lo hicieras me olvidaría de la vida, o ella me olvidará”. Y cuando, pasados algunos días, Jesús fue a reunirse con los discípulos, yo, que caminaba a su lado, le dije: “Miraré tu sombra si no quieres que te mire a ti”, y él respondió: “Quiero estar donde esté mi sombra si allí es donde están tus ojos”. Nos amábamos y nos decíamos palabras como éstas, no solo por ser bellas y verdaderas, si es posible que sean una cosa y otra al mismo tiempo, sino porque presentíamos que el tiempo de las sombras estaba llegando y era necesario que comenzásemos a acostumbrarnos, todavía juntos, a la oscuridad de la ausencia definitiva. Vi a Jesús resucitado y en el primer momento pensé que aquel hombre era el cuidador del jardín donde se encontraba el túmulo, pero hoy sé que no lo veré nunca desde los altares donde me pusieron, por más altos que sean, por más cerca del cielo que los coloquen, por más adornados de flores y perfumados que estén. La muerte no fue lo que nos separó, nos separó para siempre jamás la eternidad. En aquel tiempo, abrazados el uno al otro, unidas nuestras bocas por el espirito y por la carne, ni Jesús era lo que de él se proclamaba, ni yo era lo que de mí se zahería. Jesús, comigo, no fue el Hijo de Dios, y yo, con él, no fui la prostituta María de Magdala, fuimos únicamente este hombre y esta mujer, ambos estremecidos de amor y a quienes el mundo rodeaba como un buitre barruntando sangre. Algunos dijeron que Jesús había expulsado siete demonios de mis entrañas, pero tampoco eso es verdad. Lo que Jesús hizo, sí, fue despertar los siete ángeles que dormían dentro de mi alma a la espera de que él viniera a pedirme socorro: “Ayúdame”. Fueran los ángeles quienes le curaron el pie, los que me guiaron las manos temblorosas y limpiaron el pus de la herida, fueron ellos quienes me pusieron en los labios la pregunta sin la que Jesús no podría ayudarme a mí: “¿Sabes quién soy, lo que hago, de lo que vivo”, y él respondió: “Lo sé”, “No has tenido que mirar y ya lo sabes todo”, dije yo, y él respondió: “No sé nada”, y yo insistí: “Que soy prostituta”, “Eso lo se”, “Que me acuesto con hombres por dinero”, “Sí”, “Entonces lo sabes todo de mí” y él, con voz tranquila, como la lisa superficie de un lago murmurando, dijo: “Sé eso solo”. Entonces yo todavía ignoraba que era él era el hijo de Dios, ni siquiera imaginaba que Dios quisiese tener un hijo, pero, en ese instante, con la luz deslumbrante del entendimiento, percibí en mi espíritu que solamente un verdadero Hijo del Hombre podría haber pronunciado esas tres simples palabras: “Sé eso solo”. Nos quedamos mirándonos el uno al otro, ni nos dimos cuenta de que los ángeles se habían retirado ya, y a partir de esa hora, en la palabra y en el silencio, en la noche y en el día, con el sol y con la luna, en la presencia y en la ausencia, comencé a decirle a Jesús quien era yo, y todavía me faltaba mucho para llegar al fondo de mí misma cuando lo mataron. Soy María de Magdala y amé. No hay nada más que decir”.

Por José Saramago.

Las Otras Escrituras.

Posted in Andanzas by Alguien on 14 junio 2009

Evangelios Apócrifos, Evangelios Gnósticos.

“Paralelo a la formación del canon bíblico, proliferaron una serie de escritos que daban otras versiones respecto a la vida y dichos de Jesús, los actos de lo apóstoles, y las revelaciones divinas. Algunos sólo presentaban variaciones leves o añadiduras a lo descrito por los evangelios canónicos; en cambio otros contenían narraciones fantásticas que enmarcaban una imagen completamente diferentente a la “oficial”. Estos escritos se designan comunmente como apócrifos (en un principio significaba “ocultos”, pero luego se generalizó como sinónimo de “espúreos”), y engloban evangelios, epístolas, hechos de los apóstoles, y apocalipsis. Los hay heréticos, contra-heréticos (“ortodoxos”), y gnósticos (generalmente esotéricos). Los hay tanto del NT (primeros siglos de la era critiana) como del AT (principalmente, gestados durante el período intertestamentario). Algunos pueden tener alguna base de verdad, otros son sólo fantasías populares, pero en ambos casos son de indudable utilidad para entender el contexto religioso de la época

A su vez, en el período inmediatamente posterior a la redacción de los libros del NT, comenzaron a circular otra serie de escritos complementarios, que, a diferencia de los apócrifos, fueron aceptados por las iglesias primitivas y hasta en algunos casos llegaron a ser considerados (temporalmente) como inspirados, figurando entre los cánones locales. Algunos de ellos consistían en comentarios acerca de los textos del NT que reconocían como inspirados, otros contaban  historias recogidas por la tradición apostólica, otros más eran cartas de estímulo a las comunidades cristianas, y posteriormente, apologías y relatos martiriales. A estos escritos se les llamó patrísticos, y son de gran valor para entender el pensamiento y las vivencias del período que siguió a la predicación apostólica.

Ésta ha sido una descripción muy somera (y poco rigurosa) de las características de ambos tipos de escrituras, pero por ahora nos servirá como introducción. En un futuro esperamos elaborar una clasificación más detallada, ya que los eruditos han delimitado el alcance de cada calificativo, y han elaborado una terminología extensa asociada a la taxonomía de estos textos.

El problema es que, cuando queremos acceder a estos escritos, nos encontramos que es difícil conseguirlos; no es fácil encontrar la bibliografía adecuada, y como si fuera poco, parece que algunos de ellos jamás se tradujeron al castellano. Y hasta donde sabemos, en Internet no hay ninguna web en español que se haya decidido a volcarlos en forma completa.

En esta primer etapa, estamos colocando los textos apócrifos y patrísticos obtenidos a través de la lista escrituras, a la par que presentamos un bosquejo de la bibliografía empleada. En etapas posteriores, procuraremos brindar algún tipo de información contextual sobre estos escritos, para facilitar su mejor comprensión, procurando no adentrarnos en análisis teológicos, de modo que este material siga siendo de la misma utilidad para aquellos que profesen diferentes creencias.

Hemos procurado mantener cierto equilibrio entre darle homogeneidad al formato digital, a la par que conservar la estructura original de las fuentes empleadas. Por esta razón es que algunos textos solo están divididos en capítulos en tanto que en otros aparecen subdivididos en versículos. Por lo mismo, algunas obras tienen subtítulos para cada capítulo mientras que otras carecen de ellos. Al pie de cada texto se cita la fuente utilizada. No hemos incluido las citas originales, que en muchos casos ocupaban un volumen de información superior al de los propios textos. La elección de las fuentes no se hizo en base a preferencias específicas por determinadas traducciones, sino por motivos más prácticos, como disponibilidad de la obra en su momento y facilidad de escaneo”.

Sitio oficial: http://escrituras.tripod.com/
Más información y descarga de Textos.

El Génesis según Robert Crumb.

“Jesús y las mujeres” de Antonio Piñero.

Posted in Libros by Alguien on 31 mayo 2009

Título: Jesús y las mujeres. | Autor: Antonio Piñero. | Editorial: Aguilar. | Género: Religión. | Formato: Rústica 15 x 20| Páginas: 288 + cuadernillo 8 páginas. | Fecha de publicación: 14/5/08. | ISBN: 978-84-03-09901-2. | Precio: 17,50 €.   

Empieza a leer “Jesús y las mujeres  (PDF)

Desde siempre, pero sobre todo desde finales del siglo XVIII la figura de Jesús ha estado rodeada de polémica. El tema de su relación con las mujeres, sin embargo, es más bien moderno y se ha planteado de una manera viva a partir tanto de la novelística como del cine. Ya a principios del siglo XIX la novela comienza a interesarse por Jesús. Así en torno a su figura humana escribió Karl Heinrich Venturini una obra que llevaba el título Natürliche Geschichte des grossen Propheten von Nazareth = “Historia natural del gran profeta de Nazaret” de 1802. Venturini con cierto regusto de novela gótica y por la influencia del interés hacia las sociedades secretas (masones, rosacruces e iluminados) retrató a Jesús como un esenio, y a éstos como una hermandad secreta. Naturalmente abordó el tema del trato de Jesús con las mujeres

La consideración de Jesús como un profeta llevaba implícito prestar atención a su aspecto humano y su relación con las féminas. Especialmente la novela El código da Vinci ha dado al tema una relevancia máxima y tras ella han sido muchos escritores los que han intentado desentrañar el misterio no sólo de Jesús en cuanto mesías sino también en cuanto hombre. Quizá los temas que atañen a su vida privada – por el principio implícito que Jesús es un modelo de vida- son los que más controversia provocan. La interpretación de variados pasajes de los Evangelios han dado lugar a hipótesis de diversa naturaleza… y algunas un tanto descabelladas.

He intentado que esta obra aborde todos los aspectos posibles del tema, pero que no sea breve y aparezca escrita con la máxima claridad posible: sintaxis sencilla, vocabulario claro, párrafos cortos, que comporten una idea clara y cuya separación ayude a la comprensión del argumento. Éstos son los rasgos externos.

Respecto a lo interno del texto, es decir, lo que ha gobernado la marcha de la argumentación, su idea principal es presentar ante todo fielmente los textos que hay al respecto. Que el lector tenga fácilmente ante sus ojos, bien traducidos -espero- y accesibles todos los pasajes pertinentes para que tenga un contacto directo con las fuentes antiguas de las que extraemos las conclusiones.

Como soy consciente de lo importante del tema, me ha parecido que lo mejor es presentar ante todo lo que hay sobre “Jesús y las mujeres” en todos los “evangelios”, aceptados o no como canónicos por la Iglesia, desde sus inicios hasta finales del siglo III o principios del IV, pues luego no se producen más que repeticiones. En principio el lector puede obtener sus propias conclusiones.

Tras la presentación de los pasajes (si me he olvidado alguno, seguro que los sagaces lectores me advertirán de ello), se procede a intentar desentrañar sus claves con rigor y asepsia: qué opina el sentir medio de la investigación sobre si son históricos o si hay dudas sobre su historicidad, cuál es su contexto, qué conclusiones se pueden obtener, etc.

Una vez vistos los textos pertinentes según el tema de cada capítulo, se obtienen unas conclusiones parciales. Al final del libro, en una mirada de conjunto, cuando se han considerado todos los pasajes, se ofrecen unas conclusiones generales y se contrastan con las ideas comunes que existen entre el público…, o entre los profesionales de la interpretación del cristianismo primitivo.

Como es mi costumbre cuando presento libros, deseo ofrecer ante todo el contenido de la obra, en síntesis, pues es la mejor manera de no hacer perder el tiempo al lector. Así sabe si los que hay dentro le interesa o no.

Transcribo ahora, en primer lugar, algunos pasajes de la Introducción:

En primer lugar “mi interés es distinguir bien entre lo que pensaba respecto a las mujeres el Jesús de la historia y lo que al respecto opinaban sus “biógrafos” o comentaristas, es decir, los autores de los Evangelios tanto canónicos como apócrifos. Consideramos que en esta literatura evangélica hay, por tanto, distintos estratos cronológicos:

A. El más cercano a la vida Jesús: el nivel del Jesús de la historia. Si se consigue llegar a él a través del análisis de los textos legados por la Antigüedad, este estrato puede ofrecer algunos de sus hechos característicos y unas cuantas de sus sentencias más memorables con las debidas garantías de que son históricos.

Acceder a este estrato ofrece la posibilidad de llegar si no a las propias y mismísimas palabras del Nazareno -que fueron casi siempre pronunciadas en arameo, y cuya primera transcripción se ha perdido porque fueron muy pronto traducidas al griego- sí al menos al nivel de esta primera versión de sus dichos, en muchos casos fidedigna, a la lengua más común y extendida del Imperio romano, la griega.

B. El estrato de la comunidad de los seguidores más íntimos de Jesús, es decir de sus discípulos inmediatos. Aquí hay que situar también probablemente los oráculos que algunos profetas cristianos de los primeros momentos pronunciaron en nombre de Jesús, pues creían poseer, o estar inhabitados, por el espíritu de aquél, oráculos que pasaron sin marca diferenciadora alguna a la corriente de “palabras de Jesús” que los fieles archivaban más o menos en su memoria como pronunciadas por éste. Es decir, no se escribía “Un profeta dijo que Jesús dijo”, sino simplemente “Jesús dijo”. De ello resulta que ciertos dichos de Jesús parecen que son suyos, pero en realidad fueron puestos en su boca por otros, aunque -suponemos- pensando que transmitían fielmente lo que Jesús pensaba.

C. Otro estrato más alejado cronológicamente de Jesús, de segunda o incluso de tercera generación, que representa el punto de vista de los Evangelistas, o de la comunidad en la que vivían. El alejamiento cronológico de Jesús se intensifica en los evangelios apócrifos, muchos de los cuales representan un estrato D. o posterior.

Ateniéndonos a lo que puede decirse con cierta seguridad que procede del Jesús de la historia (estrato A) intentaré ofrecer, a lo largo de los distintos capítulos -y, en síntesis, en las conclusiones al final del libro- el pensamiento del Nazareno sobre:

· Las mujeres en general y su posición y funciones en su grupo y en la sociedad, tanto en el aspecto religioso como civil;

· Cómo fueron las relaciones con su madre, con sus hermanas y con su familia en general;

· Qué pensaba Jesús acerca del matrimonio y del divorcio y de la situación de las mujeres en este ámbito;

· Cuál era el estado civil de Jesús: si era casado, viudo, soltero;

· Si mantuvo o no relaciones con María Magdalena o con otras mujeres

· Incluso si tiene o no fundamentos la opinión, basada en algún que otro texto disperso y aislado, de que Jesús tuvo ciertas veleidades homosexuales…, en fin todo aquello que sobre este tema en torno a la situación de la mujer en el Israel del siglo I pueda interesar al lector de hoy.

En la conclusiones deseo tomar postura, una vez estudiados todos los datos, sobre la reciente controversia acerca de si Jesús y su mensaje compartían las ideas sexistas propias de su época, o si el Nazareno fue realmente un innovador en este sentido; si la idea de que él fue el primero en luchar en pro de la liberación de la mujer es correcta, o bien si esta concepción es uno de los mitos de los que se rodean las investigaciones sobre los orígenes del cristianismo.

Procuro, pues, averiguar si tienen razón o no muchos estudios exegéticos y teológicos que sostienen que Jesús fue un revolucionario que mudó y trastocó los esquemas de su época, si él fue o no el campeón y paladín de la igualdad liberadora entre los sexos o, por el contrario, si fue en realidad un personaje muy religioso ciertamente que -al igual que no intentó en verdad fundar religión nueva alguna sino profundizar y purificar la suya propia, el judaísmo- tampoco le interesó ni procuró siquiera trastocar las concepciones normales sobre la mujer que su religión y su tiempo le ofrecían como algo evidente.

Son interesantes alternativas a las que es posible dar una respuesta, aunque serán conclusiones presentadas con la debida modestia y provisionalidad –como debe hacerse siempre en historia antigua- de modo que, a la vista de los datos que tenemos hasta hoy, el lector tenga la última palabra sobre esta polémica”.

© Antonio Piñero, Jesús y las mujeres, Editorial Aguilar, Madrid, 2008, 285 pp. con bibliografía e imágenes. ISBN: 978-84-03-09901-2.

Más información en el Blog de Antonio Piñero:

 

Jesús y las mujeres (II)

Infancia – Familia – La madre de Jesús (III)

Mujeres en la vida pública de Jesús antes de la Pasión (IV)

Jesús ¿casado, célibe, bígamo? (V)

María Magdalena y Jesús (VI)

Jesús y las mujeres. Conclusiones (y VII)

 

Jueves y Santo.

Posted in Pareceres by Alguien on 9 abril 2009

Tríptico de la Pasión

Firmado: “Jheronimus Bosch” El Bosco

h.1510 – 1515

Óleo sobre tabla, Coronación de espinas 139.5 x 169.8 cm,

Prendimiento 150.5 x 82.2 cm, Flagelación 150.1 x 82.5 cm.

 

Los Alimentos de la Última Cena.

Posted in Artículos by Alguien on 5 abril 2009

 

Texto: Maribel González. Magazine. El Mundo. Nº 4957. 05.04.09

 

Se celebró hace unos 1979 años y ha pasado a la Historia como la cena más famosa de la Humanidad, a pesar de que el menú que en ella se degustó siga siendo hoy en día un misterio. Si nos ceñimos a la literalidad de lo escrito en los evangelios, Jesús y sus 12 apóstoles debieron de despacharse aquella noche con un refrigerio donde el pan y el vino fueron los indiscutibles protagonistas.

 

Sin embargo, es de suponer que en la mesa de aquel grupo de amigos –que compartían mantel por última vez – tenía que haber otros alimentos a los que los evangelistas no dieron importancia. Y durante mucho tiempo, se creyó que esos alimentos eran cordero y hierbas amargas.

 

Claro que la parquedad de detalles culinarios de las Escrituras no es de extrañar. No en vano, y según su relato, aquella noche tuvieron lugar dos de los acontecimientos más relevantes del cristianismo, así que entra dentro de la lógica que el aspecto puramente gastronómico de la celebración quedara en un segundo plano. En primer lugar, y en medio del ágape, Jesucristo anunció, ni más ni menos, que uno de los comensales era un traidor: «Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, dijo: “Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará. Muy entristecidos, empezaron a preguntarle uno por uno: “¿Seré yo, Señor?”. Y él respondió: ‘El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ése me va a entregar’» (Mateo 26, 20-23).

 

¿Qué alimentos había en esa fuente? La pregunta ni se les debió de pasar por la mente a los evangelistas, concentrados en relatar un asunto tan serio como la traición de Judas Iscariote, quien, a la sazón, acababa de retirar su mano de la citada fuente… Para más inri, el propio Judas fue el responsable del menú de aquella Última Cena, ya que, según la tradición cristiana, era el tesorero del grupo y se encargó personalmente de adquirir las viandas que en ella se degustaron. Y conociendo su carácter pesetero (vendió a Jesús por 30 monedas de plata…) es de suponer que no sería muy espléndido.

 

Fuera cual fuera el menú pagado por Judas, los Trece digirieron como pudieron la noticia bomba de su deslealtad y continuaron cenando hasta que Jesús tomó los dos únicos alimentos citados en los Evangelios, el pan y el vino, para realizar el acto que se considera fundacional de la Iglesia católica: la institución de la Eucaristía. «Durante la cena, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomad, esto es mi Cuerpo’. Luego tomó una copa, dio gracias, se la entregó y todos bebieron de ella. Y les dijo: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por todos. Os aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”» (Marcos 14, 22-25).

 

Cordero pascual. Evidentemente, la transustanciación del pan y el vino en el cuerpo y sangre de Jesucristo fue el momento cumbre de aquel convite. Y los evangelistas, lejos de dedicar un solo versículo más a relatar si los allí reunidos tomaron postre o café, pasan sin más a la descripción del resto de acontecimientos que tuvieron lugar esa noche (el apresamiento de Jesús, la negación de Pedro…).

Con tan pocas alusiones explícitas a la comida, Javier Sierra, periodista y autor, entre otros libros, de La cena secreta (Ed. Plaza & Janés Editores), explica que «sólo podemos elucubrar el posible menú de aquella importante cena, basándonos en la tradición que la Iglesia católica popularizó a partir del siglo IV».

Apoyándose en esa tradición, la opinión más extendida siempre ha sido que comieron cordero asado, hierbas amargas, vino y pan ácimo, es decir, preparado sin levadura. La creencia se sustenta en que ése era precisamente el menú que, según el libro del Éxodo (Ex 12, 1-12), Dios ordenó tomar para celebrar la fiesta de la Pascua (que conmemora el día en que el pueblo judío fue liberado de la esclavitud y conducido a la Tierra Prometida). Y como los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas –llamados sinópticos por las similitudes que hay entre ellos– sitúan cronológicamente la Última Cena en el día de la Pascua, desde tiempos inmemoriales se dio por sentado que los Trece debieron de decantarse por una elección gastronómica de lo más ortodoxa. «Llegó el día de la fiesta de los panes sin levadura, en que debía inmolarse el cordero pascual, y Jesús envió a Pedro y a Juan, diciendo: ‘Encargaos de prepararnos la cena de la pascua’» (Lucas 22, 7-8).

Pedro Tarquis, biblista y miembro de la Alianza Evangélica Española, asume esta explicación de menú tradicional: «Nunca ha sido motivo de debate si comieron carne o pescado, y aunque es cierto que puede haber fundamentos a favor de ambos alimentos, los evangelistas nos inclinamos por la opción del cordero de un año y sin imperfecciones, acompañado de pan ácimo y vino». Sin embargo, desde hace unos años, la versión que San Juan escribió en su evangelio sobre cómo y cuándo trascurrieron los hechos ha empezado a cobrar fuerza, sobre todo entre los católicos.

Y, gastronómicamente hablando, esta teoría de San Juan no es baladí ya que echa por tierra el menú que hasta la fecha se había considerado más plausible: según este evangelio, no pudieron comer cordero porque aquella reunión se produjo un día antes de la tradicional fiesta judía: «Antes de la pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre […]. Después condujeron a Jesús desde la casa de Caifás hasta el palacio del Gobernador. Era muy temprano. Los judíos no entraron en el palacio para no contraer impureza legal y poder celebrar así la cena de Pascua» (Lucas 13, 1; 18, 28).

En 2007, durante la celebración de la misa de Jueves Santo en la basílica de San Juan de Letrán (Roma), el propio papa Benedicto XVI refrendó la mayor precisión histórica de Juan a la hora de situar la fecha de la Última Cena, e introdujo una sustancial variación en el sacro banquete. «Jesús celebró la Pascua con sus discípulos probablemente con el calendario del Qumran, y por tanto un día antes de la Pascua judía y fue celebrada sin el cordero, como la comunidad Qumran, que no reconocía el templo de Herodes», proclamó el pontífice.

¿Y si Comieron pescado? Cinco siglos antes de que Benedicto XVI hiciera públicas sus dudas sobre el menú de aquella cena, Leonardo da Vinci ya sirvió en su interpretación pictórica de los hechos una comanda mucho más vegetariana y moderna de lo que cabía imaginar: anguila a la parrilla decorada con rodajas de naranja y granada. Ahí queda eso.

Desmontando el mito de que la nueva cocina y las recetas de largo y rimbombante nombre son un invento del siglo XX, el genio italiano se atrevió a pintar, en el refectorio del convento dominico de Santa María de las Gracias en Milán (Italia), La Última Cena más apócrifa de cuantas se han realizado y que, pese a todo, se ha convertido en el icono universal de aquel acontecimiento. La obra es tan diferente a lo que se había hecho hasta entonces, y encierra tantas contradicciones doctrinales, que ha inspirado no pocos y rentables libros dedicados a desentrañar sus misterios.

Y aunque quizá algunos quieran descubrir enigmas donde no los hay, lo cierto es que Leonardo no respeta ninguno de los elementos que tradicionalmente la iconografía cristiana había utilizado a la hora de representar la Última Cena: «Para empezar, no pinta el momento de la consagración, sino el del anuncio de la traición de Judas, pero no es fácil encontrar al apóstata, ya que ninguno de los apóstoles luce halo de santidad y el traidor no aparece delante de la mesa o en escorzo, como solía ser habitual. Para colmo, el único que tiene pinta de malo es Pedro, que lleva un cuchillo en la mano y agarra por el cuello a Juan, el discípulo amado, que, a su vez, no se apoya en el pecho de Jesús, como dice el Nuevo Testamento, sino que más bien, parece alejarse de Él», relata Javier Sierra. En su opinión, el cuadro está planteado como un acertijo y es tan aplastantemente heterodoxo porque «Leonardo era todo menos un buen cristiano».

No podía ser menos, en lo que a la comida se refiere, Da Vinci también se saltó todos los cánones comúnmente aceptados hasta la época. «Pescado en lugar de carne, el alimento fundamental de la dieta hebrea; naranjas y granadas en lugar de hierbas amargas; ni rastro del cordero pascual… Su menú es tan políticamente incorrecto como el resto de la obra, aunque durante años, debido al mal estado de la pintura, este tema pasó desapercibido», sentencia Sierra.

En efecto, La Última Cena sufrió numerosos daños casi desde el momento en que Leonardo dio su última pincelada, ya que el maestro utilizó una técnica experimental –pintó con óleo sobre yeso seco– que resultó muy poco duradera. Tras innumerables intentos de conservación, el estado del mural llegó a ser tan desastroso, y a parecerse tan poco al original, que en 1977 se decidió realizar una restauración definitiva que tardó en culminarse la friolera de 20 años.

Gracias a ella, el historiador John Varriano, profesor de la Universidad de Massachussets, pudo llevar a cabo una inspección exhaustiva del cuadro en la que descubrió con estupor que lo que hasta entonces se habían creído cuartos de asado eran en realidad tajadas de anguila, y que esparcidos por la mesa, además de trozos de pan, había nítidos gajos de naranja y semillas de granada.

Hoy, el novedoso menú, y otros detalles hasta ahora imperceptibles del cuadro, pueden observarse en todo su esplendor en la página web http://www.haltadefinizione.com, donde una fotografía en alta definición, que tiene una calidad de 16.000 millones de píxeles, deja al descubierto todos los secretos que, según algunos autores, Da Vinci escondió en su obra.

Tradición y modernidad. Según el divertido –y apócrifo– Notas de cocina de Leonardo da Vinci (Ediciones Temas de Hoy) esos platos que sirvió el maestro en su obra cumbre no son sino el reflejo de una pasión frustrada que marcó la vida del genio humanista: el amor por la el arte de la cocina. «Fue un impenitente gastrónomo a la vez que un cocinero tan refinado y sensible como visionario e incomprendido. Fracasó como jefe de cocina de la taberna florentina Los tres caracoles y fue un desastre como maestro de festejos y banquetes de Ludovico el Moro, señor de Milán», escribe José Carlos Capel en la presentación.

Según el libro, que teóricamente está basado en notas y recetas del maestro recogidas en el Codex Romanoff, Leonardo fue una suerte de Ferran Adrià adelantado a su tiempo cuyas creaciones culinarias estaban siglos por delante de los gustos de la época. Basten como ejemplo algunos de los platos que plasmó en los bocetos de La Última Cena: criadillas de cordero a la crema, ancas de rana con verduras, muslos de focha con flores de calabacín, puré de nabos con rodajas de anguila…

Hay quien dice que finalmente se decantó por la anguila porque este pescado se encontraba entre sus platos preferidos. Otros aseguran que eligió ese menú porque Leonardo era tan vegetariano como lo eran los miembros de la herejía cátara con la que comulgaba. Sea por la razón que fuere, lo que está claro es que la receta que ideó hace 500 años compite en modernidad con los platos que 12 destacadísimos chefs han creado para Magazine, tratando de imaginar lo que cocinarían para cada uno de los apóstoles y para Jesucristo en su Última Cena.

Como el lector puede apreciar, los pescados y verduras ganan a las carnes por mayoría en las sugerencias de nuestros cocineros, quizá influidos por esa tradición que lleva a los católicos a privarse de la carne durante los viernes de Cuaresma y Semana Santa. Claro que esta tradición, como el supuesto menú de la Última Cena, también está siendo en la actualidad revisada por la Iglesia católica.

Como muestra, la carta que José Ignacio Munilla, Obispo de Palencia, ha remitido a sus fieles animándoles a realizar este año un sacrificio más adecuado para los tiempos que corren: «Me atrevo a proponer un ayuno muy saludable para todos en esta Cuaresma (…). Me refiero al ayuno de televisión e Internet, cuyo consumo está alcanzando niveles de auténtica esclavitud entre nosotros». Cosas del siglo XXI…

El cirujano bíblico.

Posted in Libros by Alguien on 15 febrero 2009

Por: Henry Wansbrough. Teólogo Y Ensayista Sobre Temas Bíblicos.

Revista de Libros. nº 146 · Febrero 2009. [Indice PDF]

 

JESÚS NO DIJO ESO. ERRORES Y FALSIFICACIONES DE LA BIBLIA. Bart D. Ehrman.
Trad. Luis Noriega- Crítica, Barcelona. 248 pp. 19,50 €

 

“Revestir a un tema como la crítica textual bíblica del atractivo de una historia detectivesca es un logro a tener muy en cuenta. Enmarcarlo dentro de un apasionante relato autobiográfico le otorga a este libro su carácter único. Bart Ehrman es un experto en el Nuevo Testamento y en el primer cristianismo que escribe prolíficamente y que posee el talento, inusual en los eruditos, de escribir en un estilo claro que prende de inmediato la atención del lector. Sus credenciales académicas son impecables: fue alumno de doctorado y colega de Bruce Metzger, probablemente la figura más respetada en todo el mundo en el ámbito de los estudios bíblicos hasta su fallecimiento el pasado mes de febrero. Junto con Metzger escribió la obra de referencia sobre la crítica textual del Nuevo Testamento (The Text of the New Testament: Its Transmission, Corruption, and Restoration, Oxford University Press), ya en su cuarta edición inglesa, aunque no traducida aún al español. Y este tipo de estudiosos no suelen instalarse en la lista de libros más vendidos de The New York Times durante nueve semanas. En España sí se habían traducido ya, en cambio, sus anteriores libros “Jesús, el profeta judío apocalíptico” (Barcelona, Paidós, 2001) y “Cristianismos perdidos. Los credos proscritos del Nuevo Testamento” (Barcelona, Crítica, 2004).

 

El relato autobiográfico que contribuye al carácter único del libro describe el recorrido del autor desde la posición ingenua del cristiano reconvertido, pasando por el fundamentalismo y una postura evangélica de inspiración verbal, hasta llegar a una actitud abierta capaz de aceptar una visión de que todos los libros del Nuevo Testamento son en sí mismos una interpretación del mensaje cristiano. La inspiración verbal sencillamente no funciona si dejamos de dar por ciertas las palabras originales de las Escrituras, si deja incluso realmente de tener sentido hablar de «palabras originales» en relación con las Escrituras. ¿Dónde ha de encontrarse el original?

 

Cualquier lector serio de las Escrituras está ya acostumbrado a la explicación de que la tradición que se encuentra tras los evangelios atravesó diversas etapas: las palabras de Jesús, la tradición oral en las comunidades, la recopilación y edición por parte de los escritores apostólicos y, quizá también, la ampliación y los añadidos. El creyente mantiene que todas estas etapas estuvieron dirigidas y guiadas por el Espíritu de Dios. La tradición católica sostiene que la revelación concluye con la muerte del último apóstol o con la finalización del Nuevo Testamento. La primera dimensión a la que presta atención Ehrman es la dificultad de decir qué puede significar «la finalización del Nuevo Testamento». Durante la mayor parte del siglo II, hasta que empezó a tomar forma una suerte de protoortodoxia con Ireneo en las dos últimas décadas del siglo, no existía nada parecido al Nuevo Testamento a lo que pudiera apelarse. Existía una multiplicidad de evangelios, los evangelios de Santiago, Pedro, Felipe, Judas y otros –que sonaban mucho más apostólicos que Marcos o Lucas–, todos los cuales ofrecían marcos y doctrinas enfrentadas del cristianismo. De entre ellos, cada uno de los cuatro evangelios que pasaron a ser aceptados como «canónicos» –esto es, contenedores de la norma para los cristianos– presenta un cuadro diferente de Jesús y del cristianismo.

 

La segunda dimensión, que se beneficia de un tratamiento mucho más detallado, es la fluidez incluso de los textos que entraron a formar parte del Nuevo Testamento. Hasta la invención de la imprenta en el siglo XV, estos textos fueron copiados y recopiados a mano. La religión hebreo-cristiana se distinguía del resto de las religiones por el énfasis que ponía en los libros y en la tradición escrita. Habría sido fascinante que Ehrman hubiese incluido algún comentario sobre el paso de los pergaminos enrollados a los libros encuadernados, que ha sido atribuido recientemente a influencias cristianas. Paradójicamente, sin embargo, en el siglo II los cristianos eran con frecuencia objeto de burlas por ser tildados de analfabetos e incultos. No podemos estar seguros de la existencia de los escribas profesionales hasta que Constantino le ordenó a Eusebio que preparara cincuenta biblias para las iglesias de Constantinopla en el siglo IV. Hasta entonces copiar era una tarea enormemente azarosa, sujeta no sólo a los descuidos de los copistas, sino a sus propias preferencias y decisiones sobre lo que significaban los textos o –en su opinión– deberían significar. Incluso en el siglo IV los escribas de la escuela alejandrina eran abiertamente más fiables que los que estaban en activo en otros lugares.

 

Cuando se inventó la imprenta se planteó la cuestión de qué manuscritos seguir. La primera y, probablemente, la más influyente edición impresa del Nuevo Testamento griego fue publicada apresuradamente en 1516 por Erasmo, que estaba decidido a lograr su objetivo antes de la conclusión de esa obra maestra de la erudición renacentista: la Políglota Complutense, la Biblia en varios volúmenes publicada en Alcalá a instancias del cardenal Cisneros. Tras retrasos exasperantes, esta última no se publicó por fin hasta 1522, pero con las prisas Erasmo se había apoyado en manuscritos muy inadecuados. Al darse cuenta de que al manuscrito del Apocalipsis que había utilizado le faltaba la última página, simplemente alumbró su propia retroversión al griego a partir de la Vulgata latina. No obstante, esta chapuza siguió siendo la base de todas las traducciones a las lenguas modernas durante tres siglos. La inseguridad de toda la base del cristianismo pareció verse intensificada por el principio protestante de sola scriptura: ¿cómo podía la escritura por sí sola proporcionar una base firme para la doctrina cristiana si existían (como estableció John Mill en 1707) más de treinta mil variantes en los principales manuscritos del Nuevo Testamento?

 

El núcleo del libro de Ehrman es la meticulosa labor detectivesca, digna de un Sherlock Holmes, para explicar esta cuasimuerte en treinta mil pedazos que explicara las motivaciones de los sospechosos y culpables, por qué hundieron sus cuchillos como lo hicieron, o por qué sus cuchillos simplemente se deslizaban de manera despreocupada. Establece los principios según los cuales algunos manuscritos se tienen por preferibles a otros –un simple recuento de las cabezas no revelará la verdad–, las trampas en que caían los copistas, los prejuicios que les habrían inducido a decidir lo que la escritura debería haber dicho, los principios de reconstrucción. Del mismo modo que el detective de éxito es el dominador de un amplio abanico de habilidades y técnicas, el crítico textual se revela gradualmente como un grafólogo, un psicólogo, un sociólogo, un historiador, un teólogo. Por encima de todo, el experto textual tiene que ser un analista, un lector de mentes que posea la amplitud de miras y el juicio para evaluar los factores enfrentados que habrían influido en los autores en todas las etapas de la evolución y la distorsión del texto.

 

Observar a este experto enfrascado en su tarea posee toda la fascinación de examinar de cerca a un cirujano en el quirófano. En un quirófano, las impresiones dominantes son las del poder, complejidad y resistencia del cuerpo humano. En esta intervención quirúrgica, las impresiones dominantes son las de la variedad y riqueza de las influencias que han acabado conformando nuestro texto del Nuevo Testamento. También de la destreza, la madurez y el tranquilo control del cirujano, especialmente cuando, mientras está quitándose los guantes, no vacila en explicar los problemas que habrá de seguir sufriendo el paciente”.

 

Traducción de Luis Gago. Escrito especialmente para Revista de Libros.

 

En Algún Día │Cristianismos perdidos.

 

Lectura divina contra la crisis.

Posted in Artículos by Alguien on 18 enero 2009

Desde que Gutenberg la imprimió hace cinco siglos, la Biblia ha vendido 6.000 millones de ejemplares. En tiempos de crisis aumenta su lectura. Es uno de los libros de cabecera del presidente Obama. En España, la casa de Alba custodia una de las más caras del mundo.

 

Texto: Javier Caballero. Magazine nº 484. El Mundo.es.- 04/01/2009.

 

Dicen los sociólogos que vivimos tiempos laicos, descreídos, momentos de números rojos con la incertidumbre haciendo cola en el INEM. Pero ahora que la crisis aprieta, leer a Dios afloja el nudo. En un escenario global medroso desde el 11-S –donde cada mañana quiebra un banco y a la cena el hombre del tiempo anuncia recalentamientos y plagas –, repunta la lectura de la Biblia, el boletín oficial de los tiempos de Yahvé, la mayor superproducción de la literatura mundial. Ningún volumen tan manoseado, difundido, analizado, leído, repasado y versionado hasta la saciedad en toda la Historia de la Humanidad. Sin campaña de publicidad ni taimados agentes literarios, el Libro de libros, según su etimología, ha vendido 6.000.000 millones de ejemplares desde que Gutenberg accionara el play de la imprenta en 1450. O sea, que a cada habitante del planeta le correspondería un ejemplar para que guíe su moral (serían tres para cada cristiano, cifrándose en 2.100 millones los creyentes).

 

En este ranking le siguen, a gran distancia, los 1.000 millones de ejemplares despachados de las Citas de Mao… circunscritas a una revolución cultural obligatoria. Respecto al Corán, libro sagrado del islam, se estima que reposa en más de 600 millones de hogares. De la Torá judía no hay datos, ni del crisol de doctrinas orientales (budismo, taoísmo, hinduismo…). De lejos, por encima de los 100 millones habría un par de libros de los testigos de Jehová (“La verdad que conduce a la vida eterna” y “Puedes vivir por siempre en la paraíso terrenal”), así como el “Libro del mormón”, de Joseph Smith, escrito en 1830.

 

En definitiva, en esta torre de Babel religiosa, la Biblia alza su voz: ya ha sido traducida a 2.254 idiomas. «Aún falta por editarla en 4.500 lenguas», señala Vicenzo Paglia, obispo de Terni (Italia) y presidente de la Federación Bíblica Católica. Precisamente, en el país transalpino la RAI ha emitido 139 horas seguidas de lectura sagrada. La inició el Santo Padre Benedicto XVI, le secundaron políticos y famosos y, lejos de hacer zapping, los italianos lograron que el share de la cadena pública no fuera un calvario, sino una gozosa resurrección (3,5 millones de espectadores, 20% de cuota de pantalla).

 

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Adoración de los Reyes Magos.

Posted in Personajes by Alguien on 6 enero 2009

¿Eran hombres o mujeres? ¿Seguían alguna estrella? Ni siquiera sabemos si fueron reyes. Nuevos y viejos libros sobre Melchor, Gaspar y Baltasar mantienen viva una intriga apasionante.

Son unos de los personajes más misteriosos de la Biblia y su existencia se desliza a través de unas escasas líneas, dignas de una película de suspense. Los Reyes Magos de Oriente acudieron al rey Herodes atraídos aparentemente por culpa de una estrella colgada en el cielo. De acuerdo con Mateo, Herodes les interrogó “sobre los tiempos de la aparición de la estrella”. Les conminó a encontrar al Niño y a informarle de su emplazamiento exacto. Ellos encontraron a Jesús, le ofrecieron “oro, incienso y mirra“, y, advertidos en sueños de las intenciones de Herodes para destruir al pequeño, retornaron a su tierra “por otro camino”. En la Biblia no se cita ni una sola vez que eran reyes, ni se mienta su número. No sabemos si eran hombres o mujeres. Ni siquiera tenemos la más mínima pista acerca de sus nombres. ¿Existieron realmente? ¿De dónde venían?

 

La referencia que hay en los evangelios sobre los Magos es simbólica, y tiene una finalidad puramente narrativa”, asegura Juan Pedro Monferrer, profesor del departamento de Estudios Islámicos y semíticos de la Universidad de Córdoba. “Los nombres que hoy conocemos no aparecen hasta el siglo VIII”, asegura Monferrer. En la crónica Excerpta latina barbari, los vemos plasmados sobre tinta: “En el tiempo del reinado de Augusto, el 1 de enero, los Magos le trajeron regalos y le adoraron. Los nombres de los Magos eran Bithisarea, Melichior y Gathaspa [Baltasar, Melchor y Gaspar]“.

 

La investigación de los textos religiosos permite sin embargo escarbar en un pasado lleno de secretos, pistas, sorprendentes posibilidades y contradicciones. Por ejemplo, ¿hubo más de tres Magos? Las tradiciones antiguas sugieren que pudieron existir hasta doce. “Once príncipes y un rey“, nos dice John A. Tvedtnes, antropólogo y experto lingüista en estudios hebreos y de Oriente Medio. Tvedtnes adelanta algunas de las conclusiones de su último libro, “The First Noel: The Origin and Evolution of Christmas“, sobre la historia de la Navidad: “De acuerdo con registros persas, eran príncipes que llevaban un ejército de hasta ocho mil, cuando llegaron a Callinice, que es Raqah (el actual Omán), y se enteraron de que una gran hambruna reinaba en Judea. Los príncipes dejaron a la mayoría de sus hombres y acudieron a Belén con un millar de hombres para hacer sus ofrendas”. “Fue el papa Leo el Grande (entre los años 440 y 464 después de Cristo) el que popularizó la idea de tres Magos”, escribe este experto basándose en los tres regalos tan caros que trajeron -oro, incienso y mirra-.

 

Los mitos sobre la primera Navidad abundan, pero no sabemos siquiera si los Magos usaron camellos o algún tipo de animal para el transporte. Ni siquiera estamos seguros de que fueran reyes. La primera traducción al inglés del Nuevo Testamento se llevó a cabo en 1382 por John Wickliffe, un teólogo y reformista nacido en Lutterworth que interpretó el término griego magoi como kyngis, reyes. Mateo se refiere a ellos como “magos”; un término griego, magoi, que es el nombre de una tribu parta de origen persa. Pero el desacuerdo geográfico sobre su procedencia es amplio y diverso.

 

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El Dios del sufrimiento.

Posted in Artículos by Alguien on 8 junio 2008

Por si os aparece este domingo reflexionar sobre la existencia de Dios, o en su defecto sobre su bondad, os dejo con este interesante artículo del profesor de bioética en la Universidad de Princeton, Peter Singer, publicado en El Pais el pasado 01/06/08:

¿Vivimos en un mundo creado por un dios todopoderoso, omnisciente y absolutamente bueno? Los cristianos así lo creen. No obstante, todos los días nos enfrentamos a un motivo poderoso para dudarlo: en el mundo hay mucho dolor y sufrimiento. Si Dios es omnisciente, sabe cuánto sufrimiento hay. Si es todopoderoso, podría haber creado un mundo sin tanto dolor, y lo habría hecho si fuera absolutamente bueno.

Los cristianos generalmente responden que Dios nos concedió el don del libre albedrío, y por lo tanto no es responsable del mal que hacemos. Pero esta respuesta no toma en cuenta el sufrimiento de quienes se ahogan en inundaciones, se queman vivos en incendios forestales provocados por un rayo o mueren de hambre o sed durante una sequía.

Los cristianos tratan de explicar este sufrimiento diciendo que todos los seres humanos son pecadores y merecen su suerte, por espantosa que sea. Pero los bebés y niños pequeños tienen las mismas probabilidades que los adultos de sufrir y morir en desastres naturales y parece imposible que lo merezcan.

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Cristianismos perdidos.

Posted in Libros by Alguien on 24 marzo 2008

Bajo este título se esconde un estupendo libro del escritor Bart D. Ehrham, donde nos ofrece un riguroso análisis de los credos cristianos proscritos del Nuevo testamento y de las luchas internas en el seno de la iglesia primitiva. Y es que ya que, por fin, acabó la semana santa, (vivo en Málaga y puedo presumir de no haber visto una sola procesión este año) aprovecho la coyuntura para revelaros otro de mis secretos inconfesables: mi interés por los temas relacionados con la figura de Jesús (personaje), su vida, obra y principales movimientos, los evangelios gnósticos, apócrifos, y las raíces del judaísmo y el cristianismo primitivo en general. Ante todo señalar que soy agnóstico, que no creo en la institución de la Iglesia Católica y que mi interés por el tema crístico es de carácter puramente histórico, científico, analítico y personal.

He leído algunos libros sobre el tema, (novelas, ensayos, estudios y artículos) y he pensado que hoy sería un buen momento para aconsejaros algunos de ellos, por si en alguna ocasión os interesa conocer otras visiones de este personaje enigmático que, actualmente, continúa siendo uno de los más influyente en la historia de la humanidad. Estoy convencido que habrá muchos más libros, más especializados y mejores, pero estos son los que he leído:

Detalle de "Cristo con la Cruz a cuestas" de El

El principio:

La Biblia. La palabra “Biblia” proviene del griego y significa “libros”. Es el conjunto de Libros Sagrados llamados también “Sagradas Escrituras” (Mateo 21:42; Hechos 8:32) que contienen la Palabra Viva de Dios y narran la “Historia de Salvación” (como Dios nos salva). Nos revela las verdades necesarias para conocerle, amarle y servirle. La Biblia se divide en dos partes: Antiguo Testamento (antes de Cristo) y Nuevo Testamento (plenitud de la promesa en Cristo). “Testamento” significa “alianza” y se refiere a las alianzas que Dios pactó con los Israelitas en el Antiguo Testamento y la nueva y definitiva alianza que Dios hizo con los hombres en la Sangre de Jesucristo. Podéis consultar aquí la Biblia en castellano.

Novelas:

La última tentación (1951) de Nikos Kazantzakis. Una recreación de la constante lucha entre el espíritu y la carne donde el autor intenta ilustrar en forma de ficción la teoría adopcionista de Jesús. Fue el primer libro que leí sobre la vida de Jesús y a partir de entonces comenzó mi “obsesión” por este personaje. Todos recordamos la polémica adaptación cinematográfica de Martin Scorsese. (The Last Temptation of Christ, 1988).

Otras obras del mismo autor (que me gustaría leer): Cristo de nuevo crucificado (1948), El pobre de Asís (1953), Libertad o Muerte (1950).

Sobre el autor: www.historical-museum.gr/kazantzakis

“Escribí este libro para ofrecer un ejemplo supremo al hombre que lucha, para mostrarle que no debe temer al sufrimiento, la tentación ni la muerte, porque todo ello puede ser vencido y ya ha sido vencido. Cristo sufrió, y desde entonces el sufrimiento quedó sacrificado; la Tentación luchó hasta el último instante para extraviarlo, y la Tentación fue vencida. Cristo murió en la Cruz, y en ese mismo instante fue por siempre vencida.” (La última tentación, de Nikos Kazantzakis)

Caballo de Troya y otros libros varios, de J.J. Benitez. Aunque muy criticado por su falta de rigor histórico y plagio, debo admitir que me he leído los seis primeros volúmenes de esta saga. Tengo pendiente los números siete (Nahúm) y ocho (Jordán). Entretenidos los tres primeros, la lectura del resto es puro vicio. Se espera una novena entrega, ¿Qué más le quedará por contarnos?

“Estoy asombrado de que tan pronto os estéis apartando del que os llamó por la gracia de Cristo, para ir tras un evangelio diferente. No es que haya otro evangelio, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Pero aún si nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como ya lo hemos dicho, ahora mismo vuelvo a decir: Si alguien os está anunciando un evangelio contrario al que recibisteis, sea anatema.” (Gálatas 1: 6-9)

Otras novelas:

El evangelio según Jesucristo (O Evangelho Segundo Jesus Cristo, 1991), de José Saramago. El otro evangelio, según Saramago.

Rey Jesús (King Jesus, 1946) de Robert Graves. Más información del autor en su página oficial (en inglés).

Las sandalias del Pescador (The shoes of the fisherman, 1963), de Morris West. El autor nos invita en estas páginas a una reflexión sobre el sentido de la justicia, tanto terrena como divina.

La novela fue llevada al cine (The Shoes of the Fisherman, 1968) con cierto éxito. Otros títulos del mismo autor (que me gustaría leer): Los Bufones de Dios (1981) y Lázaro (1990).

El descendimiento” de Roger van der Weyden

El descendimiento” de Roger van der Weyden

Investigación:

El primer evangelio, el documento Q (1993) y Jesús y los manuscritos del Mar Muerto (2006), de Cesar Vidal. Son los dos libros que he leído de este prolífico y controvertido autor doctor de Historia, Teología y Filosofía (además de Licenciado en Derecho), experto y autor de numerosos libros sobre el origen del cristianismo y textos antiguos: Los documentos del Mar Muerto (1993), El mito de María (1994), Diccionario de Jesús y los Evangelios (1995), El judeocristianismo palestino en el siglo I, De Pentecostés a Jamnia (1995), Textos para la historia del pueblo judío (1996), Diccionario de Las Tres Religiones Monoteístas (1996), Enciclopedia de las religiones (1997), Los Esenios de Qumran (1999), El testamento del pescador (2004), Los evangelios gnósticos (2005), El legado del cristianismo en la cultura occidental: Los desafíos del siglo XXI (2006), El evangelio de Judas (2006), Jesús y Judas (2006), Pablo, el judío de Tarso (2007), etc. (Bibliografia completa).

Los evangelios gnósticos (The gnostic gospels, 1979), de Elaine Pagels. Obra de referencia indiscutible sobre los evangelios gnósticos. Este best-seller ganó el premio de Libro Nacional del Círculo de Críticos (National Book Critic circle award) y el premio de Libro Nacional (National Book Award) y fue elegido por la biblioteca moderna como una de los 100 mejores libros del siglo XX. Un libro breve y conciso de lectura obligada.

Cristianismos Perdidos. Los credos proscritos del nuevo testamento. (Lost Christianities.The Battles for Scripture and the Faiths We Never Knew, 2003), de Bart D.Ehrman. Un estudio ameno y objetivo del origen de los actuales textos cristianos. Muy recomendable leerlo, no os defraudará. Otros libros del autor (que me gustaría leer): El evangelio de Judas, Jesús no dijo eso, Simón Pedro, Pablo de Tarso y María Magdalena. Web del autor: http://bartdehrman.com/

Y finalizamos con nuestro español, Antonio Piñero (enlace a su blog), Catedrático de la Universidad Complutense, especializado en “Lengua y literatura del cristianismo primitivo“. Editor y traductor de textos antiguos (Apócrifos del Antiguo Testamento; Textos coptos gnósticos de Nag Hammadi, descubiertos en 1945; Hechos apócrifos de los Apóstoles. Autor de textos sobre Nuevo Testamento y cristianismo primitivo, “El otro Jesús. Vida de Jesús según los Evangelios apócrifos“, “Orígenes del cristianismo“, “Guía para entender el Nuevo Testamento“, “Biblia y Helenismo: pensamiento griego y formación del cristianismo” y autor de unos cuarenta artículos científicos sobre judaísmo, Antiguo y Nuevo Testamento y cristianismo primitivo en revistas nacionales y extranjeras. Además de traductor de unas quince obras sobre Nuevo Testamento y cristianismo antiguo. Un curriculum impresionante para uno de los eruditos nacionales sobre cristianismo primitivo. Su obra más importante es:

Textos gnósticos: Biblioteca de Nag Hammadi I, II y III. (Edt. Trotta, 1997). Antonio Piñero, Montserrat Torrents, José y García, Bazán, Francisco. El tomo I tiene una excelente introducción sobre los sistemas de creencias de la comunidad gnóstica de Nag Hammadi.

Y hasta aquí el repaso por mis cristianismos perdidos. Os aconsejo que leáis algunos de estos libros, ya que independientemente de nuestras creencias, nos ayudará a tener una visión más amplia sobre las raíces del cristianismo y a comprender por qué se ha convertido en una religión universal.

Para Hojear:

Creer… en qué

Un cura obtiene el mayor premio académico del mundo por probar supuestamente la existencia de Dios.

Las falsas profecías de la Biblia.

Libros de Cristianismo en Agapea.

Libros de Cristianismo en casadellibro.

Examinado las religiones en Sin Dioses.org.

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