Algún día en alguna parte

120 años del nacimiento de Agatha Christie.

Posted in Memorias by Alguien on 15 septiembre 2010

El 15 de septiembre de 2010 el mundo celebra el 120 aniversario del nacimiento de la Reina de la novela policíaca, Agatha Christie.

In Memoriam.

En Algún Día: Agatha Christie: 117 años de Misterio.

Málaga Insólita. La ruta del misterio, de José Manuel Frías.

Posted in Libros by Alguien on 18 septiembre 2009

Título: Málaga insólita. La  Ruta del misterio.
Autor: José Manuel Frías.
Editorial: Círculo Rojo.
ISBN: 9788493739867.
236 páginas.
Encuadernación: 21×14 cm. Edición rústica con solapas.
Colección: Investigación nº 3
Precio: 15 €
Compra de ejemplares: limites@limitesdelarealidad.com

El libro: Que Andalucía es tierra de misterios, nadie lo duda. Que Málaga es su buque insignia, tampoco. Su mágica geografía está plagada de historias enigmáticas que asombran a propios y extraños, la mayor parte de ellas condenadas a morir en un par de décadas si no se ponen por escrito.

Durante cuatro años, el investigador malagueño José Manuel Frías puso en marcha una particular “cruzada”: recorrer los 101 pueblos de la provincia, a la busca y captura de todo lo que oliera misterio. Esta titánica labor, cuaderno de campo en mano, ha sido realizada a pie de carretera, entrevistando a historiadores y testigos, visitando coordenadas especiales, y buceando en archivos y viejos legajos.

Nunca antes se había emprendido un trabajo tan completo en provincia alguna. La obra que tiene en sus manos es el fruto de un intenso recorrido por la Málaga más profunda, donde podemos encontrar historias de fantasmas, de tesoros ocultos, de casas encantadas, de extrañas luminarias en el cielo, de espantos que vigilan cruces de caminos, de prodigios religiosos, de figuras milagrosas, de encuentros con seres de origen desconocido, de personajes especiales, de rabiosos enigmas de la historia y la arqueología…

Málaga Insólita” es la obra nunca antes escrita. Es la guía de viaje paranormal para todo aquel que quiera conocer punto por punto los enclaves de esa otra cara de la capital de la Costa del Sol.

El autor: José Manuel Frías (Málaga, 1977). Dedicado al periodismo de investigación desde hace quince años y después de recorrer medio mundo, trabaja en la actualidad para diferentes medios de comunicación de televisión y radio, nacionales y extranjeros, como presentador, reportero, guionista, asesor y corresponsal. Es habitual articulista de las revistas Más Allá, AÑO/CERO y Sexologies. Como malagueño amante de su tierra, ha luchado con empeño por desentrañar sus enigmas. Durante cuatro años ha recorrido cada uno de sus 101 pueblos, rescatando toda clase de misterios de la memoria popular. Un titánico proyecto que ve la luz a través de las páginas de “Málaga Insólita”.

J. Sheridan Le Fanu: El maravilloso encanto de asustarse.

Posted in Libros, Personajes by Alguien on 11 septiembre 2009

Título: Dickon el diablo y otros relatos extraordinarios. Autor: J. Sheridan Le Fanu. Editorial: Valdemar. Traducción: Rafael Lassaletta. Colección: El Club Diógenes / CD-275. Año: 2009. ISBN: 97884-7702-641-9. Precio: 10 €.

Lo he escrito muchas veces, la literatura es una serie sometida a múltiples condicionantes; entre ellos, los factores que no tienen nada que ver con la calidad de los textos. Autores de éxito arrollador que parecían insustituibles en su tiempo desaparecen sin dejar rastro por motivos que, en muchos casos, no se pueden explicar. Esto ocurrió con el dublinés Le Fanu, muy popular en su tiempo y olvidado en los años que siguieron a su muerte en 1873, en plena era victoriana. Gracias sean dadas a M. R. James, otro gran escritor del género, que la difundió y la valoró en su justa medida.

Le Fanu se licenció en derecho en el más que ilustre Trinity College de su ciudad y hasta llegó a ejercer, pero lo que verdaderamente le gustaba era escribir y editar revistas y periódicos. Su “Dublin University Magazine” alcanzó reconocimiento internacional. Su vida discurrió sin grandes perturbaciones, salvo la muerte de su esposa que lo recluyó aún más en una soledad en la que, al parecer, se encontraba cómodo. Se le motejó de “El príncipe invisible”. Escribió catorce novelas y treinta relatos, amén de artículos y baladas. Son los relatos los que lo han convertido en un clásico del género.

No basta, ni mucho menos, crear un fantasma o muchos, y una cripta llena de cadáveres, y una damisela asediada por un libidinoso caballero o monje, ni bastan las tormentas, las cortinas que se mueven con el viento, ni la lluvia, ni los ruidos amenazadores. Es imprescindible saber contar, crear personajes y situaciones que nos pongan el corazón en un puño. Lo sobrenatural se sustenta en un modelo del mundo y afirmo que ese modelo es la contradicción y el choque de los elementos contrarios como dos trenes en direcciones opuestas.

La era victoriana era en la superficie un lago de aguas tranquilas en las que los buenos modales presidían todos los actos. La razón, diosa de los ilustrados, se había vuelto tecnología y revolución industrial. El mundo, en apariencia, estaba bien hecho; al menos, para los privilegiados, más o menos como siempre. Sin embargo, las pasiones eran una corriente subterránea que arrastraba todo lo que se le ponía por delante. Debajo del corsé palpitaba la carne, debajo del jerez ardía la pipa de opio, debajo del camisón de noche con su única abertura asomaba la liga de encaje.

Le Fanu creía en la maldad y en la violencia, estaba convencido de que estas fuerzas llevaban a la destrucción y eran las fuentes de las que bebían las otras realidades llamadas sobrenaturales; estas eran el campo de batalla de la libertad y de la desmesura, sobre todo de la primera. No había reglas, todo era posible. Otra dimensión se abría en la razón y en la justicia, palabra dudosa, muy dudosa. Los fantasmas tienen realidad y Le Fanu es un narrador realista entre aparecidos pero, sobre todo, es un magnífico narrador, posee la fuerza de contar que es una forma de seducción, un tipo de encantamiento. La estructura de sus cuentos es poderosa, equilibrada y, sobre todo, eficaz. La lectura de este volumen lo muestra y demuestra de manera indudable.

La prima asesinada” entronca con la tradición gótica pero la trasciende. Una desventurada joven se ve en manos de su tío y de su primo; el primero desea casarla con el segundo para quedarse con su fortuna. Una extraña estipulación testamentaria la entrega en manos de los dos malvados. Si ella muere, la herencia irá a parar a su tío; de manera que si ella se niega a la boda, como hace pese a las presiones, bastará asesinarla. La sorpresa la encontrará el lector, lo que me interesa es la exacta dosificación de la intriga que prende al lector y lo arrastra pese a vivir en la era de la imagen. Leyendo esta historia se comprende, pienso, todo lo que llevo dicho.

En mi opinión, “El huésped misterioso” es el mejor relato del volumen. Una pareja que necesita dinero, precisan un huésped. La ambientación es victoriana en estado puro. El orden de la burguesía, perfecto. El huésped paga por adelantado. Es muy extraño y parece que no vive solo en sus habitaciones. Le Fanu va creando muy gradualmente un clima tenso que pone en paralelo con la lucha entre fe y ateísmo. El ambiente se va haciendo opresivo hasta llegar a la tragedia. El magnetismo perverso del huésped llega a dominarlo todo. La maldad es una esencia que destila la muerte. La resignación del protagonista, su cobardía, llega a exasperar al lector que se rebela ante la catástrofe que se adivina.

Un matón que es castigado con su medicina, pero desde el más allá. Un sacristán aficionado a la bebida perseguido por un suicida del trasmundo. Una muchacha que se enamora de un militar que la deja embarazada, tema estrella en la novela británica de la época. Un borracho que maltrata a su familia y que hace una promesa de largo alcance. ¿Un caso de bigamia? Otras historias hacen fascinante el volumen.

Ficha del Libro:  Editorial Valdemar.
Cuentos de Joseph Sheridan Le Fanu – Biblioteca Digital Ciudad Seva.

Fuente: Diario Sur.

La dos muertes de Federico García Lorca.

Posted in Artículos by Alguien on 31 agosto 2009

Foto creada para la serie de ficción “Páginas ocultas de la historia”

Federico García Lorca no murió fusilado en el barranco de Víznar (Granada) el 19 de agosto de 1936, ni su cuerpo reposa en una fosa común. Eso es lo que dicen los libros de Historia. Sin embargo, el periodista Juan Jesús Haro Vallejo, actual miembro del equipo de Cuarto Milenio, reveló en agosto de 1999 en la revista Enigmas, dirigida por Fernando Jiménez del Oso, que el poeta granadino sobrevivió al paseíllo y falleció por causas naturales dieciocho años después. “Los documentos gráficos así lo corroboran”, se decía en el índice de la revista, donde se destacaba que, “además, en su casa de verano [la del literato], se están produciendo supuestos fenómenos extraños”.

La supervivencia de García Lorca a su ejecución se había apuntado por primera vez, según Haro Vallejo, en un reportaje publicado por la periodista Rocío Pérez en el diario Ideal el 19 de agosto de 1976. La pieza, titulada La otra muerte de Lorca, era la primera parte de un amplio trabajo de investigación, pero el serial fue suspendido tras esa entrega. “Por desgracia, el director del periódico granadino no permitió que la totalidad del relato viera la luz”, lamentaba Haro Vallejo en Enigmas. Por fortuna, ya en esa primera toma había datos suficientes para sostener que García Lorca no cayó muerto a tiros en una cuneta.

Un panadero, Rogelio Bermejo, le había contado a Pérez cómo, mientras hacía el reparto matutino el 20 de agosto de 1936, había encontrado al moribundo poeta en la cuneta con “tres disparos, dos en el cuerpo y uno en la cabeza“, y lo había llevado al convento de San Bartolomé. Allí se recuperó el escritor, aunque no totalmente: perdió la memoria para siempre y “su mente quedó completamente inútil”. Rebautizado por las monjas como Manolo, vivió con ellas hasta su muerte, en 1954, “probablemente debida a un derrame cerebral”. El panadero sólo se dio cuenta de a quién había socorrido cuando en 1976 vio a García Lorca en una filmación del nodo. Una foto de Manolo con las monjas era, para Haro Vallejo, la “prueba estremecedora” del testimonio del panadero. “No existe truco alguno, y la instantánea es de la época a la que se refería Rogelio”, sentenciaba el experto de Enigmas.

Un lector de la revista, Eduardo Giménez, descubrió inmediatamente, sin embargo, que la realidad era otra. El relato era de principio a fin un calco del guión de uno de los episodios de Páginas ocultas de la historia, serie emitida por La 2 de TVE en la que los escritores bilbaínos Fernando Marías y Juan Bas creaban ficciones históricas con formato de documental. La otra muerte de Federico García Lorca, publicado en el libro de los dos autores Páginas ocultas de la historia, estaba inspirado en la novela La luz prodigiosa, de Marías.

Nada de lo que hablaba Haro Vallejo había pasado en el mundo real: no existían ni el reportaje de Ideal de 1976 ni la periodista intrépida ni el panadero ni el convento y, por supuesto, la foto era un montaje para la serie. En junio de 2000, un juzgado madrileño condenó a Haro Vallejo, Jiménez del Oso y Enigmas por el plagio de la ficción de Marías y Bas, al “resultar indiscutible” que su texto “es una copia literal del trabajo” de los novelistas.

Texto: Luis Alfonso Gámez. El Correo.15.08.09.

Fuente original: Magonia.

70 aniversario de Diez negritos. Agatha Christie.

Posted in Libros, Memorias by Alguien on 23 junio 2009

Una de las novelas más emblemáticas de Agatha Christie, “Diez negritos”, celebra su setenta aniversario con una edición especial de bolsillo editada por RBA que recupera el clásico, del que se han vendido más de diez millones de ejemplares desde que la reina del crimen lo escribió durante la Segunda Guerra Mundial.

Diez negritos se fueron a cenar.
Uno de ellos se asfixió y quedaron

Nueve.
Nueve negritos trasnocharon mucho.

Uno de ellos no se pudo despertar y quedaron
Ocho.

Un brillante joven, una estirada solterona, un militar ex combatiente de la Primera Guerra Mundial, un juez, un médico, un detective ex colono en África, un aventurero capitán y la joven institutriz son invitados a pasar unos días a una isla en la costa de Devon, siendo atendidos por el señor y la señora Rogers a la espera de un anfitrión que no aparece. Ninguno de ellos se conoce ni saben por que están allí realmente. Una canción infantil va marcando la muerte de cada uno de ellos hasta que no queda ninguno.

Ocho negritos viajaron por el Devon.
Uno de ellos se escapó y quedaron
Siete.

Siete negritos cortaron leña con un hacha.
Uno se cortó en dos y quedaron
Seis.

Con este argumento Agatha Christie planteó una de sus novelas más conocidas, Diez negritos (And then there were none), aparecido en 1939 y de la que se han realizado varias adaptaciones al teatro (por la misma autora, que cambio el final por considerar que no funcionaba dramáticamente), cinematográficas (mi preferida es Un cadáver a los postres, aunque ya sé que no es algo serio) e incluso videojuegos.

Seis negritos jugaron con una avispa.
A uno de ellos le picó y quedaron
Cinco.

Cinco negritos estudiaron derecho.
Uno de ellos se doctoró y quedaron
Cuatro.

Se trata de uno de los mejores libros de Agatha Christie que renuncia a utilizar aquí a sus detectives fetiche (Poirot o la señorita Marple) para crear un ambiente de tensión e intriga magnífico y donde cada uno de los pasos parece pensado para llevarte donde estabas. Es también, probablemente, una de las novelas que mejor ha envejecido y su argumento sigue siendo copiado una y otra vez.

Cuatro negritos fueron a nadar.
Uno de ellos se ahogó y quedaron
Tres.

Tres negritos se pasearon por el Zoológico.
Un oso les atacó y quedaron
Dos.

Este año se cumplen setenta años desde su publicación y la editorial RBA ha preparado una edición especial aniversario con un concurso con un fin de semana en Londres como premio. Para participar tan sólo hay que escribir una versión propia del final del libro, si os lo habéis leído ya sabéis de que se trata, sino dejar de leer este post y empezad ya mismo. Tenéis hasta el día treinta de septiembre para sacar vuestro lado macabro y convertiros en dama del crimen británica. (Consulta las bases del concurso PDF)

Pero “Diez negritos“, que reedita RBA, no ha estado exenta de polémica, puesto que el título ha sufrido varios cambios en épocas de mayor sensibilidad o corrección política. En algunas ediciones, la trama se llamó “Y no quedó ninguno” y, en Estados Unidos, el término “negritos” llegó a cambiarse por “inditos”.

Agatha Christie fue una mujer llena de humor, reservada y metódica. Sus méritos y flaquezas ella misma los formuló con exacta concisión: «No soy buena conversadora, no sé dibujar, pintar, moldear o esculpir, no puedo hacer las cosas de prisa, me resulta difícil decir lo que quiero, prefiero escribirlo. Escogí la profesión justa. Lo mejor de ser escritora es que se trabaja en privado y al ritmo que se quiere».

Dos negritos se sentaron a tomar el sol.
Uno de ellos se quemó y quedó nada más que
Uno.

Un negrito se encontraba solo.
Y se ahorcó y no quedó…
¡Ninguno!

Sitio Oficial: http://www.dieznegritos.rbalibros.com/
 Leer el primer capítulo (PDF) ¦ 
Leer 10 negritos de Agatha Chistie (PDF)

Fuente: Lecturalia –  EFE.
En Algún Día: Agatha Christie: 117 años de Misterio.

Novela Policiaca.

Posted in Artículos by Alguien on 20 febrero 2009

Acorde con los tiempos de crisis y violencia que sufrimos, la novela policiaca está más de moda que nunca, cuantitativa y cualitativamente hablando. La cosecha literaria es abrumadora, al punto que, según los editores, uno de cada cuatro libros que se venden en España es una novela negra. De Poe a Carlos Salem, El Cultural repasa los grandes hitos de un género considerado hasta hace poco menor y que hoy reivindican los autores más destacados. Además, enfrentamos en un cara a cara singular a cuatro grandes damas del misterio: Sue Grafton, Donna Leon, Alicia Giménez Bartlett y Mercedes Castro.

 

Cosecha  Negra. Texto: David Torres. El Cultural.es – 20.02.2009.

 

En diciembre de 1841, Edgar Allan Poe (Boston, 1809-Baltimore, 1949) publicó en la revista “Graham´s MagazineLos crímenes de la rue Le Morgue, el relato donde dio carta de ciudadanía a Auguste Dupin, el abuelo de todos los detectives, un tipo elegante, irónico y frío que mediante un impecable análisis deductivo descubrió que los brutales asesinatos habían sido obra de un orangután enloquecido armado con una navaja.

 

Poe fue el Homero del género policíaco: su detective no sólo era un diletante de monstruosa inteligencia que se burlaba de la policía sino que también contaba, para narrar sus aventuras, con un interlocutor no tan despierto. Arthur Conan Doyle (Edimburgo, 1859, Crowborough, Sussex, 1930) elevó la fórmula a su máxima perfección con la invención de Sherlock Holmes y Watson (uno de los binomios míticos de la literatura) y llevó al extremo la arrogancia intelectual del detective revistiéndolo de una lupa, una gorra y una pipa.

 

Muchos y variopintos han sido los homenajes que, desde los libros, el cine y la televisión, se han hecho al inquilino misántropo y morfinómano de Baker Street 221B (el penúltimo de ellos es médico, adicto a las pastillas y toca el piano en lugar del violín), pero la prole literaria del personaje alcanzó sus momentos más altos en la figura del padre Brown, el inolvidable y bonachón sacerdote ideado por G. K. Chesterton (Londres, 1874-1936), y del pedante y rollizo Hercules Poirot, el detective belga obra de Agatha Christie.

 

Ambos llevan hasta el paroxismo las situaciones rocambolescas, los misterios imposibles y los razonamientos acrobáticos que desembocan en una solución asombrosa y cristalina. En las manos de estos artífices, el crimen se convierte en un juego de salón, un pasatiempo especulativo que por lógica debía desembocar en el más difícil todavía. Jorge Luis Borges (que usó algunos trucos del género en algunos de sus relatos) se juntó con Adolfo Bioy Casares para pasárselo en grande con don Isidro Parodi, un recluso que solucionaba enigmas irresolubles sin moverse de la celda donde estaba preso.

 

La misma voluntad de parodia y vasallaje anima las creaciones del escocés Michael Innes (1906-1994), cuyo inspector Appleby siempre riza el rizo de la paradoja. Dicho de otro modo, nacido en los Estados Unidos, el género se trasplantó a Gran Bretaña y allí floreció, madurando entre tazas de té, crucigramas y humo de pipa. Pero en el regreso a la tierra natal, el policíaco se oscureció, adquirió músculos, bebió alcohol, pasó de los salones de alta sociedad a los turbios callejones de las grandes urbes. En una palabra, se volvió “negro”.

 

Dashiel Hammett (Saint Mary County, 1894-Nueva York, 1961) dio a luz a Sam Spade, un tipo solitario, duro, desengañado y lo bastante cínico como para entregar a la justicia a la mujer que ama. Raymond Chandler (Chicago, 1888-La Jolla, California, 1959) suavizó la aspereza de Spade en la figura de Philip Marlowe, el detective de Los Ángeles cuyas ácidas réplicas bien podía haber firmado Groucho Marx y que, sin embargo, no acepta casos de divorcio. De Hammett y de Chandler viene una larga y compleja estirpe de escritores que usaron el género negro no tanto para resolver un misterio como para descubrir la podredumbre del entramado social y las miserias del alma humana.

 

Ross McDonald (Los Gatos, California, 1915-Santa Barbara, California, 1983), James M. Cain (Annapolis, Maryland, 1892-University Park, Maryland, 1977), Chester Himes (Jefferson City, Missouri, 1909-Moraira, España, 1984), Lawrence Block (Buffalo, Nueva York, 1938) y James Ellroy (Los ángeles, 1948), entre muchos otros, bucean cada uno a su estilo por las aguas putrefactas del sueño americano. Jim Thompson (Oklahoma, 1906-California, 1977), el Philip K. Dick del género, descubrió que el asesino podía esconderse dentro del héroe y levantó un delirante mapa de la psicopatía. Thompson definió con precisión el mecanismo esencial de una novela negra: “Hay treinta y dos maneras de contar una historia y yo las he probado todas, pero sólo hay una trama: las cosas no son lo que parecen”.

 

De regreso a Europa, el detective americano se institucionalizó, se afilió al cuerpo de policía, abandonando el altivo y secular desprecio de Dupin y Holmes por sus colegas de uniforme. El belga Georges Simenon (Lieja, 1903-Lausana, 1989) esculpió al comisario Maigret, que mordisquea tercamente su pipa mientras intenta familiarizarse con el entorno de la víctima. La inglesa P. D. James (Oxford, 1920) apadrinó al inspector Adam Dalgliesh, comandante de Scotland Yard y hombre de gustos refinados que escribe poesía en sus ratos libres. En Suecia, de la mano de Henning Mankell (Estocolmo, 1948), surgió el inspector Kurt Wallander, un cincuentón divorciado y enfermizo que suele comenzar sus investigaciones con una reunión en equipo y luego las acaba solo.

 

Ian Rankin (Cardenden, Escocia, 1960) alumbró en Escocia a John Rebus, otro inspector divorciado, indisciplinado y terco como una mula, que escucha música rock en lugar de ópera. En la Barcelona de la Transición, Vázquez Montalbán (Barcelona, 1939-Bangkok, Tailandia, 2003) creó a Pepe Carvahlo, tal vez el más célebre de los detectives de por libre europeos, a quien el siciliano Andrea Camilleri (Porto Empedocle, 1925) homenajeó parafraseando el apellido de su creador en la figura del comisario Montalbano.

 

El género ha pasado de adornar los kioscos a copar escaparates en las grandes librerías. Lejos están los tiempos en que Jim Thompson tenía que matarse para llegar a fin de mes: hoy Mankell, Donna Leon (Nueva Jersey, 1942) o Fred Vargas (París, 1957), traducida a 32 lenguas, son invitados de honor en cualquier congreso literario. Conan Doyle despreciaba el éxito mundano de Holmes hasta el punto de hacerlo desaparecer en una catarata, pero tuvo que resucitarlo. Unas décadas después, un teórico de la literatura tan ilustre como Umberto Eco vistió a Holmes y a Watson con hábitos de monje medieval, inaugurando un cruce genético -el “policíaco-histórico” – que está muy lejos de acabar. Hoy los descendientes de Auguste Dupin circulan por la Roma imperial, por la Alemania nazi y hasta por las profundidades del espacio. Pero nunca hay que olvidar que este humilde artefacto literario que proclama la razón como instrumento de indagación supremo empezó, en un atrevido esbozo de la teoría de Darwin, con un mono y una navaja.

 

Desde la aparición de Pepe Carvahlo en “Yo maté a Kennedy (1972) y “Tatuaje (1974) de Vázquez Montalbán, la novela negra en España no ha dejado de crecer y ramificarse, de parir personajes y sagas, y de buscar cada vez más lectores entre un público que al principio sólo admitía detectives con nombre inglés. Es cierto que, antes del inolvidable ex agente de la CIA, gastrónomo por vocación y pirómano poético, habían surgido algunos intentos de adoptar el género negro en España (uno de los más serios fue El inocente de Mario Lacruz) pero la férrea censura franquista obligaba a que la acción se situara en parajes imaginarios.

 

Tras la estela de Carvahlo, a comienzos de los 80, surgió una hornada de narradores que utilizaría el género negro para poner al descubierto las contradicciones y miserias de la España de la época. De la mano de Juan Madrid (Málaga, 1947), el detective Toni Romano husmea en los bajos fondos de la capital desde la primera novela de la serie, “Un beso de amigo (1980). Por esos mismos años, Andreu Martín (Barcelona, 1949), un verdadero todoterreno de la literatura de género, logra una cínica exploración de la venganza en Prótesis. González Ledesma (Barcelona, 1927) y Jorge Martínez Reverte (Madrid, 1948) dan a luz, respectivamente, a los inspectores Méndez y Gálvez, dos perfectos ejemplos de la descreída fauna de las comisarías.

 

Con tales fundamentos a su espalda, los escritores de la siguiente generación podrían ensayar nuevas fórmulas narrativas y así, Fernando Marías (Bilbao, 1958) desarrolla una intensa trama de thriller en “Esta noche moriré (1992), mientras que Javier Azpeitia (Madrid, 1962) logra un híbrido entre lo policíaco y psicológico en “Hipnos (1996) y Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963) cruza la novela negra con la ciencia-ficción en “Sangre a borbotones (2002). Más respetuosos con las convenciones del género, Alicia Giménez Bartlett (Almansa, 1951) y Lorenzo Silva (Madrid, 1966) , darían cada uno a su modo un nuevo rumbo al género: la primera con la aparición de la inspectora Petra Delicado en “Ritos de muerte (1996) y el segundo con la pareja de guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro, cuyo protagonismo en “El lejano país de los estanques (1998) dio comienzo a una exitosa saga “benemérita”.

 

Las últimas incorporaciones no hacen sino confirmar la salud de un género que, lejos del desprecio académico de los primeros tiempos, cada vez atrae a más lectores. Y a más escritores: desde algunos veteranos, como los argentinos Raúl Argemí (Buenos Aires, 1946) y Carlos Salem (Buenos Aires, 1959) , hasta otros más jóvenes, como los debutantes Antonio Jiménez Barca (Madrid, 1966) y Mercedes Castro, está claro que el negro nunca pasa de moda.

 

Agatha Christie: 117 años de Misterio.

Posted in Memorias by Alguien on 15 septiembre 2008

Esa mujer que el 15 de septiembre cumpliría 117 años y que en las fotografías de los años finales de su vida ofrecía un aspecto vagamente victoriano, abrumada por el peso de los años y una necesidad de aparentar afabilidad, que lucía algo así como la Reina Madre y que venía a ser, también, un icono de la Inglaterra más tradicional, y que en los años cuarenta dirigía al espectador una mirada miope y algo cargada de ensoñación, es la autora más traducida de la Historia, además de ser la que más libros ha vendido, con más de 400 millones de ejemplares. Suya es también la obra de teatro que más tiempo sin interrupciones lleva en cartel:”La ratonera”, con 23.000 representaciones desde su estreno londinense en 1952. El nombre es Agatha Mary Clarissa Miller Christie, o lo que es lo mismo y como ya se habrá maliciado el lector, Agatha Christie, aunque también publicara seis libros de novela romántica, entre 1930 y 1956, con el seudónimo de Mary Westmacott.

Agata Christie es un personaje peculiar, alguien que ha pasado a convertirse en una adicción secreta entre los lectores, una autora a la que se recurre en las vacaciones, de la que se compran sus libros en los puntos de venta de prensa en los aeropuertos o las estaciones como si se tuviera vergüenza de su lectura, que ofrece diversión y misterio pero no, manifiestamente, calidad literaria.

Pero los que hayamos incurrido en sus páginas, sabemos que el sabor de los años 30 y 40 que impregna sus libros, llenos de marqueses con chóferes y jardineros, cuadras y añejos retratos de familia colgados sobre escaleras que se bifurcan, compensa que sus novelas sean artefactos literarios de impecable e implacable eficacia, máquinas bien engrasadas que nos diseñan un crimen, nos presentan un ramillete de sospechosos, los presenta intentando parecer indiferentes a los azares de la investigación y que en las últimas páginas nos demuestran que nuestras sospechas y pálpitos erraban.

Nunca el mayordomo que creíamos será el asesino. La popularidad de Ágata Christie, que al poco de publicar su primera novela, “El misterioso caso de Styles”, en 1920, con la primera aparición del detective belga Hercules Poirot, alcanzó un gran éxito en su país natal, no se corresponde con lo desconocida que sigue siendo su figura entre nosotros.

Nacida el 15 de septiembre de 1890 en Torquay (Inglaterra), fue hija de un corredor de Bolsa norteamericano y de la hija de un capitán de la armada británica. Educada en el típico ambiente de institutrices de rígidas y exigentes maneras, ya en 1906 se trasladó a París para realizar estudios de canto, danza y piano, cuando ya había empezado a escribir sus primeros relatos de adolescente. La vivencia francesa a buen seguro le proporcionó la inspiración para elegir a Poirot como su primer personaje. Encaminada a la respetabilidad, se casó en 1914 con un piloto militar, el coronel Archibald Christie, que le dejaría una única hija, Rosalind, un puñado de amarguras y el apellido de casada con el que firmaría sus obras. En 1928, el matrimonio se cerrará con un divorcio tras haber pasado por un misterio, el único de la vida de Agatha, que incluso ha sido objeto de una película (“Agatha”, 1979, interpretada por Vanessa Redgrave y Dustin Hoffman) y que los biógrafos siguen intentando esclarecer.

El misterio Christie: En 1926, Agatha era ya una autora admirada y querida. Su rostro era bien conocido y allá donde fuera los admiradores la abordaban para saludarla. El 3 de diciembre de aquel año, cuando estaba vigente el éxito de su sexta novela “El asesinato de Roger Ackroyd“, salió de su casa en Styles tras besar a su hija. Durante once días, nada más se supo de ella. Su automóvil, un Morris Cowley con su abrigo y maletas en el interior, fue encontrado abandonado en una cantera en Guilford, al sur de Londres. Se movilizó la policía, la noticia de la búsqueda ocupó las portadas de los periódicos, el público vivió en vilo esas jornadas. Se habló de que podía haberse ahogado en un manantial cercano a la cantera, se especuló con que su infiel marido, el coronel Christie, la había asesinado. La preocupación terminó el 14 de diciembre, cuando fue reconocida por su marido en un lujoso hotel de Arrogate, cerca de la capital, en el que se hospedaba con un nombre falso. Desde diez días antes había estado allí alojada con el nombre de Theresa Neele, justamente el de la amante de su marido, jugando a las cartas, recibiendo tratamientos de hidroterapia y comentando distendida con los huéspedes la desaparición de Agatha Christie. Costó trabajo hacer que reconociera su identidad, pero nunca recordaría lo sucedido. Mientras los maliciosos la acusaban de una maniobra publicitaria pero innecesaria, otros aseguraban que un accidente automovilístico le produjo amnesia. También se habló de un plan de Agatha para desbaratar una escapada amorosa de su marido en las cercanías de la cantera. Lo que sucedió se desconoce. La escritora se escudó siempre en la amnesia. Una crisis nerviosa parece, no obstante, estar en la base de los hechos. Baste decir que incluso Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, intentó encontrar en vano una respuesta a este enigma.

En 1930, Agatha encontraría al fin la estabilidad al casarse con el arqueólogo Max Mallowan, 14 años más joven que ella, al que acompañó en diversas expediciones en Siria. La vida cotidiana durante esas excavaciones, en las que Agatha etiquetaba y fotografiaba los hallazgos, está recogida en un librito encantador y divertido: “Ven y dime cómo vives”. Max morirá en 1978, dos años después que Agatha, que llegó a decir que la ventaja de estar casada con un arqueólogo residía en que a medida que ella cumpliera más y más años, más interesado estaría él en ella. La humorada de la frase se cumplió felizmente. De las expediciones con Max, Agatha extrajo materiales para novelas como “Asesinato en Mesopotamia”, “Muerte en el Nilo”, “Cita a ciegas” e “Intriga en Bagdad”.

Gran legado: En 1961, Agatha será nombrada doctora honoris causa por la universidad de Exeter y Dama del Imperio Británico (el equivalente femenino al título de Sir) en 1971. Morirá el 12 de enero de 1976 en su residencia de Cholsey. Tenía 85 años, y había publicado más de 80 novelas y obras teatrales. Dos detectives muy peculiares, Poirot y la Miss Marple, son su principal legado. Fue una mujer llena de humor, reservada y metódica. Sus méritos y flaquezas ella misma los formuló con exacta concisión: «No soy buena conversadora, no sé dibujar, pintar, moldear o esculpir, no puedo hacer las cosas de prisa, me resulta difícil decir lo que quiero, prefiero escribirlo. Escogí la profesión justa. Lo mejor de ser escritora es que se trabaja en privado y al ritmo que se quiere».

Texto: Agatha Christie. Vida y Misterio. Por Mario Virgilio Montañez. Diario Sur Málaga. 12.09.08.

El Guardián entre el Centeno. J.D. Salinger.

Posted in Libros by Alguien on 16 julio 2008

Tal día como hoy, 16 de julio de 1951 aparece publicado en Estados Unidos el libro ‘El guardián entre el centeno’ (’The Catcher in the Rye’), de J. D. Salinger.

Holden Cauldfield, su protagonista, es un joven adolescente, un antihéroe con problemas de integración, que es expulsado del colegio al que acude. En su vuelta a Nueva York y, para que sus padres no se enteren de esa expulsión, vivirá una serie de singulares peripecias.

En torno a este libro se alza una leyenda monumental, basada en rumores más o menos ciertos. Está demostrado que Mark Chapman, el asesino de John Lennon, leía ese libro durante los días anteriores al crimen. También se asegura que son muchos más los asesinos en serie que tenían “El guardián entre el centeno” como libro de cabecera, llegando a insinuarse que dentro de él existían códigos secretos, claves psicológicas que incitaban a matar. No obstante, aparte de leyendas, no deja de ser un libro muy recomendable que representa una metáfora al descontento de la sociedad de la América de la II Guerra Mundial.

Jerome David Salinger (Nueva York, 1919) debutó como novelista con esta novela corta, que acabó convirtiéndose en un clásico de la literatura moderna estadounidense. Sin embargo, la popularidad de la novela convirtió a Salinger en un eremita, quien se retiró a vivir en una remota cabaña, aislado del mundo.

Desde allí, y hasta 1965, continuó escribiendo narrativa corta para la revista ‘The New Yorker’. Algunos de ellos fueron recopilados en libros como ‘Frannie y Zooey’ o ‘Nueve Cuentos’.

A propósito del título, éste hace referencia a que al joven lo único que le gustaría ser es un “guardián entre el centeno”, y “evitar que los niños caigan en el precipicio (…), vigilarles todo el tiempo…” es el deseo del protagonista de que nadie más pueda pasar por lo mismo que él.


Extractos:

(…) “Creí que era, «Si un cuerpo coge a otro cuerpo» -le dije-, pero, verás. Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adonde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.

(…) Pensé que encontraría trabajo en una gasolinera poniendo a los coches aceite y gasolina. Pero la verdad es que no me importaba qué clase de trabajo fuera con tal de que nadie me conociera y yo no conociera a nadie. Lo que haría sería hacerme pasar por sordomudo y así no tendría que hablar. Si querían decirme algo, tendrían que escribirlo en un papelito y enseñármelo. Al final se hartarían y ya no tendría que hablar el resto de mi vida. Pensarían que era un pobre hombre y me dejarían en paz. Yo les llenaría los depósitos de gasolina, ellos me pagarían, y con el dinero me construiría una cabaña en algún sitio y pasaría allí el resto de mi vida. La levantaría cerca del bosque, pero no entre los árboles, porque quería ver el sol todo el tiempo. Me haría la comida, y luego, si me daba la gana de casarme, conocería a una chica guapísima que sería también sordomuda y nos casaríamos. Vendría a vivir a la cabaña conmigo y si quería decirme algo tendría que escribirlo como todo el mundo. Si llegábamos a tener hijos, los esconderíamos en alguna parte. Compraríamos un montón de libros y les enseñaríamos a leer y escribir nosotros solos”.

(…) “Encantadores. Esa si que es una palabra que no aguanto. Suena tan falsa que me dan ganas de vomitar cada vez que la oigo”.

(…) “Nunca puedo rezar cuando quiero. En primer lugar porque soy un poco ateo. Jesucristo me cae bien, pero con el resto de la Biblia no puedo. Esos discípulos, por ejemplo. Si quieren que les diga la verdad no les tengo ninguna simpatía. Cuando Jesucristo murió no se portaron tan mal, pero lo que es mientras estuvo vivo, le ayudaron como un tiro en la cabeza. Siempre le dejaban más solo que la una. Creo que son los que menos trago de toda la Biblia. Si quieren que les diga la verdad, el tío que me cae mejor de todo el Evangelio, además de Jesucristo, es ese lunático que vivía entre las tumbas y se hacía heridas con las piedras. Me cae mil veces mejor que los discípulos”.

(…) “Una de las cosas malas que tengo es que nunca me ha importado perder nada. Cuando era niño, mi madre se enfadaba mucho conmigo. Hay tíos que se pasan días enteros buscando todo lo que pierden. A mí nada me importa lo bastante como para pasarme una hora buscándolo. Quizá por eso sea un poco cobarde. Aunque no es excusa, de verdad. No se debe ser cobarde en absoluto, ni poco ni mucho. Si llega el momento de romperle a uno la cara, hay que hacerlo. Lo que me pasa es que yo no sirvo para esas cosas. Prefiero tirar a un tío por la ventana o cortarle la cabeza a hachazos, que pegarle un puñetazo en la mandíbula. Me revientan los puñetazos. No me importa que me aticen de vez en cuando —aunque, naturalmente, tampoco me vuelve loco—, pero si se trata de una pelea a puñetazos lo que más me asusta es ver la cara del otro tío. Eso es lo malo. No me importaría pelear si tuviera los ojos vendados. Sé que es un tipo de cobardía bastante raro, la verdad, pero aun así es cobardía. No crean que me engaño”.

(…) “Antes yo era tan tonto que la consideraba inteligente porque sabía bastante de literatura y de teatro, y cuando alguien sabe de esas cosas cuesta mucho trabajo llegar a averiguar si es estúpido o no. En el caso de Sally me llevó años enteros darme cuenta de que lo era. Creo que lo hubiera sabido mucho antes si no hubiéramos pasado tanto tiempo besándonos y metiéndonos mano.”

(…) “Supongo que eso no estaría mal, pero no me gusta. Me gustaría si los abogados fueran por ahí salvando de verdad vidas de tipos inocentes, pero eso nunca lo hacen. Lo que hacen es ganar un montón de pasta, jugar al golf y al bridge, comprarse coches, beber martinis secos y darse mucha importancia. Además, si de verdad te. pones a defender a tíos inocentes, ¿cómo sabes que lo haces porque quieres salvarles la vida, o porque quieres que todos te consideren un abogado estupendo y te den palmaditas en la espalda y te feliciten los periodistas cuando acaba el juicio como pasa en toda esa imbecilidad de películas? ¡Cómo sabes tú mismo que no te estás mintiendo? Eso es lo malo, que nunca llegas a saberlo”.

Y uno de mis fragmentos favoritos.

(…) “El oficial de marina y yo nos dijimos que estábamos encantados de habernos conocido, que es una cosa que me fastidia muchísimo. Me paso el día entero diciendo que estoy encantado de haberlas conocido a personas que me importan un comino. Pero supongo que si uno quiere seguir viviendo, tiene que decir tonterías de esas.”


Para saber más:

Salinger y la leyenda de el guardián entre el centeno
El guardian entre el centeno. Misterio
El guardian entre el centeno segun Lucinda
Robert Burs y J.D. Salinger
Todo sobre mi padre
Veleidades de un escritor de clausura
Criticas literarias
A 22 Años del Asesinato de John Lennon: Mark David Chapman y El Guardián entre el Centeno.

En Algún Día │J. D. Salinger: 90 años de vida y 40 de silencio literario.

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