Las invasiones bárbaras.
Las invasiones bárbaras. Texto: Antonio Soler. Diario Sur.08.05.2011.
“Entre la pesadumbre y el espanto uno observa la fotografía y si fuese beato se santiguaría para dar gracias por no haber estado allí. La plaza de la Constitución convertida en un escenario de baile de salón para cruceristas. Momias, jóvenes con el cerebro en alquiler, trenzados en un baile feliz acabando de convertir el centro de una ciudad que se soñaba moderna en un parque temático. Ya no basta con que la calle Larios tenga esa vocación ni que muchas de las calles adyacentes se hayan convertido en una especie de Carihuela tomada por sombrillas, mesas y parafernalia del buen turista. Ahora se ensaya ese último toque para convertir en Disneylandia lo que debería ser el dinámico centro de una ciudad con algo más de futuro que el de la pachanga.
El turismo como fuente de riqueza, inevitable. Pero hay diferentes turismos, diferentes calidades que van desde la ganadería fina al turismo de élite, pasando por el cultural. Vender baratijas y dos cocacolas a cambio de convertir la ciudad en escenario para el esperpento no significa invertir de cara al futuro. Es un modo de abaratar el concepto turístico y sobre todo el concepto del ciudadano que ha de ver convertidas las calles supuestamente más nobles de su ciudad en un espectáculo hortera. «Bienvenido mister Marshall» again. Cualquier cosa para seducir un turismo de bajo perfil que se lo traga todo. Las ciudades se crean identidades, sellos que, por arriba o por abajo, las distinguen.
El planeta globalizado ha acotado las posibilidades del viajero -aquel ser inquieto que explora el mundo en busca de lo distinto para ensanchar sus horizontes-. El viajero ha sido sustituido por un turista que al viajar solo busca lo conocido. El turista no viaja, simplemente se traslada, para comer lo que ya conoce y estar en lugares neutros en los que la decoración cambia pero la esencia es la misma que dejó en su casa. Una musiquilla de mariachis, zíngaros o cantantes aflamencados y un sello en el pasaporte además de unas fotos al lado de un monumento es lo que va a distinguir un lugar de otro. Parece que, esgrimiendo unas supuestas prioridades económicas a cortísimo plazo, hay mucha gente interesada en que Málaga luzca ese marchamo barato, material previsible y facilón para visitantes poco exigentes. No basta con inaugurar un museo cada día. Hay que dotarlos de un espíritu que no es compatible con el baile de pasodobles en la plaza del pueblo. En ‘Aprendiendo de Las Vegas’, un viejo libro que ilumina este fenómeno, se dice que «está muy bien decorar una construcción, pero nunca construyamos la decoración». Pues eso, intentemos vender lo que somos, no lo que se piensan que debemos ser. Porque en el fondo, esto último encierra un gran complejo, el de creer que no somos nada y que nada tenemos que ofrecer”.
En Algún Día: Antonio Soler.
El detective privado.
El detective privado. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 13.03.2011.
Nuestras historias privadas se pueden volver irreconocibles al pasar de boca en boca. Todas las personas que conocemos nos inventan. La familia, los propios amigos, seguro que expresan opiniones a nuestras espaldas que nos sorprenderían y no siempre de manera agradable. A menudo ocurre que ellos contemplan a una persona muy alejada de la que nosotros creemos ser. Desde que recuerdo, siempre he tenido una enorme curiosidad por descubrir lo que los demás murmuran de mí cuando no estoy delante.
Un día me puse a investigar. Cada vez que salía con alguien le preguntaba lo que opinaba de tal o cual conocido y la persona en cuestión se explayaba. Me ponía en el lugar del hombre o la mujer que estábamos criticando y me sentía realmente mal. No me habría gustado que nadie dijera esas cosas de mí. Me refiero a pequeños detalles que a primera vista parecían carecer de importancia pero que enturbiaban la imagen del ausente. Me dediqué a tirar de la lengua a los amigos sobre conocidos comunes y la mayoría de ellos salieron bastante mal parados. Algunos recibían críticas más benevolentes pero siempre surgía algún comentario oscuro, alguna inquietante duda que ensombrecía su pasado. Llegué a la conclusión de que existía una extraña necesidad de desprestigiar a todo el mundo.
Al llegar a casa, apuntaba los comentarios en una libreta. Llegué a reunir varias libretas que todavía guardo y que ayer me puse a revisar. He pensado en escribir una novela con los juicios que he ido recogiendo durante los últimos años. Pero resultaría terrible que los protagonistas del libro descubrieran la falsedad de las relaciones que han mantenido a lo largo de su vida. ¿Quién iba a pensar que las personas que más querían y en las que más confiaban eran sus peores enemigos? Las personas que más queremos son las que poseen mayor capacidad para herirnos.
A medida que investigaba e iba descubriendo lo que realmente pensaban unos de otros, me fui aislando en mi propio mundo. Cuando me acostaba no lograba conciliar el sueño imaginando las calumnias que dirían de mí. Al final, no llamaba a nadie por teléfono y cuando alguien trataba de comunicarse conmigo apenas hablaba. Dejé de salir con los amigos y las escasas ocasiones que me convencieron para vernos me mantuve distante y callado. Me llamó la atención que mi cambio de actitud no les alarmó. Ellos conversaban amigablemente, se reían, eran felices. Sin embargo, yo sabía el desprecio que ocultaban. Me entraban ganas de interrumpirlos y decirles a la cara lo que me habían confesado en privado. Pero los detectives privados tienen que desvelar el resultado de las investigaciones sólo a sus clientes y en este caso yo era mi propio cliente.
En Algún Día│José Antonio Garriga Vela.
El cazador.
El Cazador. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 13.02.2011.
No le gustaba matar sino permanecer atento al silencio, a los misteriosos sonidos del alba, cuando la vida despierta en el bosque. La escopeta era un pretexto para que lo dejaran en paz, solo y tranquilo en su puesto de vigilancia. La caza significaba para él una representación de la vida y la muerte. A veces, disparaba al aire para que los demás cazadores no sospecharan de él y también para espantar los temores que poblaban su cabeza. Cuando la detonación resonaba en las montañas sentía un raro alivio, como si acabara de disparar a la muerte que se oculta y nos acecha entre la maleza para sorprendernos cuando menos la esperamos. Luego los cazadores se reunían y se hacían fotos junto a las piezas capturadas. Aquellos hermosos animales que yacían abatidos le producían una enorme tristeza. Le conmovían sus miradas lastimeras que aún mantenían en la retina la imagen del miedo.
Cada día le atraía menos vivir en aquella ciudad que se había convertido en un coto de caza. Un lugar privado en manos de unos cuantos desaprensivos que se dedicaban a jugar con la gente. Salía a la calle y descubría que allí, al contrario que en el bosque, nadie respetaba las normas. Los furtivos estaban por todas partes. Entonces se encerraba en su casa igual que el animal asustado se oculta en la madriguera. Aquella inquietante soledad no tenía nada que ver con la profunda libertad que sentía en el bosque. La ciudad estaba repleta de trampas. Los hombres eran mucho más peligrosos que los nobles animales salvajes. Los hombres eran capaces de traicionar a su propio hermano por una miserable cantidad de dinero. Él también había llegado a la conclusión de que cuanto más conocía a los hombres más quería a su perro. Últimamente le rondaba la cabeza un pensamiento asesino. Le daba por imaginar que celebraba una partida de caza con los hombres más poderosos de la ciudad y que los iba eliminando accidentalmente. En vez de disparar al aire lo hacía contra ellos. Después salía en la foto, orgulloso y sonriente, con los cuerpos de los enemigos a sus pies. Pero eso no eran más que fantasías. Un simple desahogo.
Desde hace algún tiempo, se levanta de noche y va al bosque a ver amanecer. No lleva el rifle ni se viste con la ropa de caza. Simplemente, se monta en el coche y se dirige al bosque para asistir al nacimiento de un nuevo día. Le reconforta el olor de la tierra, los sonidos misteriosos del bosque, la luz del día. Le gusta cazar amaneceres. Después acude al trabajo. Los compañeros le observan con desconfianza. Él sabe que no puede bajar las armas y relajarse como hace todos los días en el corazón del bosque, porque al mínimo descuido cualquiera de ellos estaría dispuesto a eliminarlo.
En Algún Día│José Antonio Garriga Vela.
La rutina.
La rutina. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 06.02.2011.
Siempre he procurado escapar de la rutina. No hay nada peor que hacer casi todos los días lo mismo. La rutina mata la imaginación. Hace años, cada vez que descubría que me estaba adaptando demasiado a las circunstancias cambiaba radicalmente de manera de vivir. No me permitía ningún tipo de sumisión al fantasma de la rutina. Me he mudado diecinueve veces de casa y he procurado viajar lo máximo posible con el fin de alejarme de mi mundo particular y observarme con perspectiva desde la distancia. Me atrae la distancia. Estar fuera. Pero el mundo se vuelve pequeño y doméstico a medida que pasan los años. La aventura de viajar se ha convertido en algo tan vulgar como ir al cine. Se acabaron los pioneros. Ya todo está descubierto y hay colas de turistas listos para fotografiar el último vestigio de un universo perdido. Lo único que se me ocurre es visitar las antípodas, pero estoy seguro de que allí me encontraría con algún tipo como yo y acabaría maldiciendo el día que tomé la decisión. No me refiero a las antípodas geográficas sino personales. Ir allí donde no haya nada que evoque mi propio pasado. Mi educación. Los cimientos de mi vida.
Suelo viajar en febrero a cualquier país lejano. Otra rutina. Sin embargo, no creo que vaya a ningún sitio este mes. He mirado el mapamundi. Le he dado vueltas y más vueltas al mapamundi y a mi cabeza. Al final, nada me ha atraído con la suficiente fuerza como para decidirme a hacer la maleta. Temo que lo que yo busco haya desaparecido. El mundo entero se ha convertido en un parque temático. La única salida posible consiste en escapar sin moverse del cuarto en el que estamos encerrados. El único boicot a la rutina es ausentarnos mentalmente del lugar en el que estamos. Si todos los empleados estuvieran en la inopia mientras trabajan seguramente se acabarían cerrando todas las empresas. Eso desembocaría en una auténtica crisis. Pero la rutina es poderosa y nos obliga a funcionar. La maldita rutina de tener que comer, dormir, cuidar de las personas que queremos y mantener una vida discretamente cómoda. Me he propuesto ir paulatinamente reduciendo las necesidades hasta convertirme en puro espíritu y nada más.
Lo peor de todo es la rutina de la muerte de la que nadie se libra. Me gustaría ser una excepción, pero resulta muy complicado. Yo diría que imposible. Hay costumbres que matan y la costumbre de la muerte es la más sanguinaria. Ahora dedico todo mi tiempo a tratar de superarla. Pero, ¿cómo se consigue la inmortalidad? Y además, suponiendo que lo consiguiera y rompiese con la rutina de la muerte, ¿qué haría para distraerme durante tantos siglos y siglos sin caer en la rutina?
En Algún Día│José Antonio Garriga Vela.
Implicaciones filosóficas del Suicidio.
Las implicaciones filosóficas del suicidio, pensadas y repensadas a lo largo de la historia, generan un debate necesario y necesariamente inconcluso. La reflexión en torno al suicidio hunde sus raíces en las ideas de autonomía, libertad e individuo.
Suicidio: notas y alegatos. Texto: Arnoldo Kraus. Letras Libres. Febrero 2011
Diez ideas entresacadas de una miríada de reflexiones acerca del suicidio. Diez notas alejadas de todo maniqueísmo: como preámbulo, como pretexto, como muestra de los complicados intríngulis de una discusión sin final. Diez alegatos para aseverar que en relación al suicidio no es posible ni tampoco es necesario concordar en cuanto a la validez o no del acto. Lo que sí es en cambio prudente es discutir arropados por la tolerancia que permite discrepar. No podría de ser de otra forma. La historia de la humanidad es la historia de la suma de discrepancias en torno a la razón, a la sinrazón y al disenso como sustrato de intolerancia o de tolerancia.
1. “Mi padre se quitó la vida un viernes por la tarde. Tenía 33 años. El cuarto viernes del mes próximo yo tendré la misma edad.”
Así empieza la novela Los suicidas, de Antonio Di Benedetto, publicada en 1969.
2. “El suicidio es un hecho que forma parte de la naturaleza humana. A pesar de lo mucho que se ha dicho y hecho acerca de él en el pasado, cada uno debe enfrentarse a él desde el principio y en cada época debe repensarlo.”
Eso escribió Goethe, quien vivió entre 1749 y 1832.
3. Aristóteles no estaba de acuerdo con el suicidio. En la Ética a Nicómaco dedicó algunas páginas al tema. Pensaba que el suicida era un cobarde que huía de sus problemas, sobre todo, de la pobreza y del dolor. Quien se quita la vida actúa contra la ley, es decir, no tanto contra sí mismo sino contra la polis. Esa era la razón por la cual los suicidas perdían algunos de sus derechos civiles.
Aristóteles vivió entre 384 y 322 antes de nuestra.
4. En la antigüedad, tanto los griegos como los romanos aceptaban el suicidio; sin embargo –y es un sin embargo muy complicado–, no reconocían en las mujeres, en los esclavos y en los niños el derecho a disponer de sus vidas, ya que consideraban el acto como un atentado contra la propiedad del amo. En la actualidad, en Afganistán, muchas mujeres –una es muchas– se prenden fuego porque creen que el suicidio es la única manera de escapar de un matrimonio opresivo, del abuso de los familiares, de la pobreza o del estrés de las guerras. Se calcula que 2,300 mujeres o niñas intentan suicidarse cada año.
5. Las religiones han gastado incontables páginas y discursos para reflexionar acerca del suicidio. La judía, como la inmensa mayoría, lo prohíbe: el cuerpo le pertenece a Dios. Queda prohibido suicidarse o contribuir al acto: quien lo haga será considerado asesino. Al suicida se le entierra cerca de las paredes del cementerio, es decir, se le castiga, se le excluye. En el hinduismo el suicidio es mal visto, aunque se acepta que las personas con una preparación espiritual avanzada cometan eutanasia voluntaria. Para los musulmanes la vida es sagrada: Dios es origen y destino. La muerte solo sucede por voluntad de Dios. Tanto el suicidio como la eutanasia quedan proscritos.
Los teólogos y filósofos cristianos no encuentran ninguna razón atenuante a favor del suicidio. Es un acto personal y egoísta. San Agustín lo resume con brillantez: “el que se mata a sí mismo es un homicida”. Es decir, el suicidio es un hecho ominoso que conlleva la misma responsabilidad que matar al prójimo.
Las religiones siempre han cohabitado con el ser humano. Su mirada y su acercamiento al problema no han variado. Siempre lo han prohibido.
6. Filósofos como Kant se oponen al suicidio por razones morales. Su manifiesto a favor de la dignidad del ser humano es el core de su argumento: la dignidad suprema de la persona representa un fin en sí y es fuente y razón de sus actos morales. De acuerdo a ese principio, el suicidio atenta contra la dignidad del ser humano; Kant agrega que los individuos están obligados a preservar sus vidas.
7. Otro gran pensador, Montesquieu, difiere de Kant, ya que aprueba el suicidio. En las Cartas persas, Usbek, quien habla en voz del autor, le escribe a Ibben para comentarle acerca de las “furiosas leyes” que prevalecen en Europa contra los suicidas, a quienes se les hace “sufrir una segunda muerte” negándoles sus derechos y confiscándoles sus bienes. Escribe Usbek: “La vida me ha sido dada como un favor; puedo, por tanto, devolverla cuando ya no hay tal favor. La causa cesa; el efecto debe cesar también.”
8. Algunos suicidas dejan notas. Una paciente que nunca logró salir de un cuadro depresivo dejó, antes de colgarse en la escalera de la casa de sus padres, el mensaje siguiente:
“Una noche más, una mañana más, un día más. Ya no puedo”.
P tenía 55 años cuando se suicidó. Los últimos veinte años cohabitó con su depresión. Visitó a muchos psiquiatras y médicos. Fue imposible ayudarla.
9. Virginia Woolf le dejó a su marido, antes de sumergirse en el río Ouse, cargada de piedras en su abrigo, la siguiente carta:
Muy querido:
Estoy segura que pronto sufriré otro episodio de locura. Siento que no podemos sortear nuevamente esos tiempos tan difíciles. Esta vez no me recuperaré. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. Por lo tanto, haré lo que parece ser lo más apropiado… No pienso que dos personas podrían ser más felices de lo que nosotros hemos sido.
Woolf escribió la carta en 1941. Había tenido tres depresiones muy profundas. Al empezar un nuevo cuadro depresivo consideró que no tenía la fuerza suficiente para afrontarlo. Cuando se suicidó tenía 59 años.
10. Dentro de los seis principios fundamentales de la ética médica destaca el de la autonomía. La autonomía se refiere a la libertad del individuo para ejercer alguna acción de acuerdo a su forma de pensar. H. Tristram Engelhardt acuñó el término “principio de autoridad moral” en vez de autonomía, idea que sostiene que la autonomía debe estar apoyada en bases morales y no solo individuales.
La autonomía tiene dos componentes. El primero implica la capacidad para deliberar y reflexionar acerca de determinada acción y distinguir entre las diferentes alternativas que existen antes de llevarla cabo. El segundo sugiere que el sujeto debe tener la capacidad de llevar a cabo la acción.
La autonomía “bien ejercida” subraya que el individuo es absolutamente responsable de sus actos y que, “de preferencia”, estos no deben dañar a terceros. La autonomía confirma la importancia del individuo como ser independiente, pero sostiene a la vez que de ninguna forma las acciones realizadas por la persona pueden ejercerse sin pensar en las consecuencias en el entorno familiar o comunitario, sobre todo cuando estas puedan acarrear daños a terceros.
La autonomía es un principio que afirma la potestad moral de los individuos. El “Principio de autonomía”, tomado del libro Sobre la libertad de John Stuart Mill, ilustra bien la idea:
Ningún hombre puede, en buena lid, ser obligado a actuar o abstenerse de hacerlo porque de esa actuación o abstención haya de derivarse un bien para él, porque ello le ha de hacer más dichoso, o porque, en opinión de los demás, hacerlo sea prudente o justo. Estas son buenas razones para discutir con él, para convencerle o para suplicarle, pero no para obligarle o para causarle daño alguno si obra de modo diferente a nuestros deseos. Para que esa coacción fuese justificable, sería necesario que la conducta de este hombre tuviese por objeto el perjuicio de otro. Para aquello que no le atañe más que a él, su independencia es, de hecho, absoluta. Sobre sí mismo, sobre su cuerpo y espíritu, el individuo es soberano.
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El año que vivimos pobremente.
El año que vivimos pobremente. Texto: Antonio Soler. Diario Sur.02.01.2011.
“No se sabe si el descenso a los infiernos económicos servirá de algo. Si el cuento de Navidad tendrá moraleja y si la moraleja calará en el alma de alguien una vez que salga el sol y la Navidad sea sólo bruma, un propósito de enmienda, el desvarío de una borrachera sentimental. Dickens nos cuenta que su mister Scrooge quedó corregido para siempre, que el aprendizaje al que lo sometió el fantasma lo sacó eternamente de la miseria moral en la que andaba sumergido. Lo que no sabemos es si nosotros sacaremos aprendizaje de la miseria o volvermos a ser unos fantasmas, si la crisis que nos ha depsojado de toda la purpurina finalmente nos ayudará a extraer conclusiones profundas o si al doblar la primera esquina de la prosperidad nos volveremos a enfundar el petulante traje de los nuevos ricos y a vivir dentro de un nuevo espejismo.
Aseguran que ya hemos pasado por lo más estrecho del campo de minas, por ese tramo donde las espoletas estaban más juntas a pesar de que la sensación es que el laberinto sigue siendo estrecho y el peligro abundante. El fondo de las arenas movedizas siempre es incierto y a nadie le sorprende demasiado que exista esta sensación. Los destrozos se siguen viendo por todas partes, a nuestro alrededor continúan cayendo parados, cascotes de empresas dinamitadas, los escombros del estado del bienestar que creíamos conquistado para la eternidad, este derrumbe. Dicen que el capitalismo es un castillo de naipes. Un castillo de naipes y un ventilador que lo echa por tierra para que la construcción vuelva a comenzar. Un bucle. La baraja no da para más. Ahora, además, los dueños del ventilador no conocen fronteras ni regímenes ni jefes. Han sometido a la política y a los gobiernos y está por ver si nos devuelven aquel reino que creíamos conquistado. Somos los peones del juego y seremos los vasallos si no encontramos y asimilamos y digerimos la moraleja de este capítulo.
Seremos irremisible y definitivamente pobres si aceptamos todo lo que ha ocurrido en los últimos tiempos como un mero pasaje económico, una cuestión relativa a bancos, bolsa, préstamos basura y tiburones financieros. Hemos asistido a un naufragio, sabemos que no somos ni inmunes a las mareas ni invencibles ni intocables y que todos esos abalorios que llevábamos con nosotros como elementos de primera necesidad no son más que el oropel con que nos habían disfrazado la realidad. Tendríamos que haber aprendido a distinguir lo superfluo de lo esencial. La vieja prédica de Machado, distinguir valor y precio. Si no lo hacemos, estos años, sí, habremos vivido pobremente pero los próximos serán todavía peores, aunque el Ibex vuelva al cielo y los marcadores internacionales digan otra vez que somos los hijos de un nuevo milagro, los habitantes de un renovado castillo de naipes usados”.
En Algún Día: Antonio Soler.
Esos que leen…
“El libro bueno es el amigo que todo lo da y nada pide. El maestro generoso que no regatea su saber ni se cansa de repetir lo que sabe. El fiel transmisor de la prudencia y de la sabiduría antigua. El consuelo de las horas tristes. El que hace olvidar al preso su cárcel y al desterrado su nostalgia. El sedante de los grandes afanes, que va dondequiera que vayamos con nuestro dolor. El mentor de las grandes decisiones. El que ablanda el corazón en los momentos de dureza, o nos vigoriza cuando empezamos a flanquear. Y después de ser todo esto, tiene la soberana grandeza de no hipotecar nuestra gratitud. Una vez leído lo volvemos sencillamente al estante, o lo dejamos olvidado en el asiento de un tren. Es igual. Ni nos guardará rencor si no se lo hemos agradecido”.
Gregorio Marañón.
Robos.
Robos. Texto: Antonio Soler. Diario Sur.26.12.2010.
“De tienda en tienda, atorando las escaleras mecánicas de los centros comerciales, va la tropa comprando y repartiendo felicidades. La navidad se expande como un gas empalagoso mientras las dependientas envuelven regalos con ímpetu fabril. Les están poniendo el lazo rojo a los ataúdes. Eso que venden, discos, películas, libros, serán la reliquia del porvenir, la repetición monotemática a la que estarán condenados los futuros compradores navideños. Porque no habrá más. La creación está siendo llevada al paredón con escolta de fanfarria.
Después de la caída de la ley Sinde, España vuelve a la caverna y enarbola orgullosa esta prodigiosa ostentación de analfabetsmo ante la relamida Europa que preserva a sus artistas. Los políticos de la oposición, haciendo un vergonzante alarde de populismo, sellan el pasaporte de los ladrones y les dan certificado de buena conducta -de excelencia lo llamarán en estos tiempos de navaja verbal y virtual-. Pueden robar música, cine y próximamente literatura, porque lo contrario sería negarles el acceso a la cultura. Qué gran espíritu por la ilustración se ha levantado repentinamente entre la clase política, qué preocupación por extender la cultura del hurto y el expolio. Y el ladrón respira tranquilo, respira a fondo y escupe sobre esos macarras que le querían cortar el paso. Ahora el ladrón tiene el aval político, el crédito social que legitima su delito e incluso lo enaltece con ese adorno del adjetivo cultural.
¿Y no es una limitación a la cultura cobrar un libro en El Corte Inglés? ¿Y los que fabrican la cultura? Ah, esos señoritos, esos engreídos que además de dedicarse a lo que quieren pretenden cobrar, huir de su condición mendicante. El artista, el creador, debe ser un tipo despegado de las miserias terrenales, un bohemio que está pagado más que suficientemente con la peculiaridad de su trabajo y no un proxeneta que comercia con el arte. El artista y los que trabajan en esa industria, mezcladores de sonido, técnicos, correctores, eléctricos, distribuidores. Al paro. Que aprendan. Y si dentro de cinco años, de veinte o de los que sea se derrumba definitivamente el negocio no importa, vemos las mismas películas, oímos la misma música y leemos los mismos libros, y si no hay renovación que no la haya y si no hay progreso que no lo haya. Lo que importa es arruinar el sector cultural. Ladrones sin camiseta de rayas ni antifaz, aficionados de medio pelo entregados al saqueo, unos acosados por el mileurismo pero otros predicando desde la comodidad del funcionariado sobre el destino circense que deben seguir los creadores. Representantes de la España más oscura que ahora se sienten europeos y hasta universales porque dos veces al año se pasean por las plazas turísticas de Europa o por la orilla de Brooklyn sin que se les pegue otra cosa más que la mugre del camino”.
En Algún Día: Antonio Soler.
Libros.
Libros. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 26.12.2010.
“La otra noche iba hacia casa cuando me encontré un montón de libros abandonados junto a un contenedor de basura. Me acerqué a curiosear y descubrí que estaban mis títulos favoritos. Cualquiera de ellos podía formar parte de mi biblioteca. Alguien que posee esos libros no los abandona así como así. Estaba claro que eran robados y por cualquier extraño motivo el ladrón había decidido deshacerse del botín. También se me pasó por la cabeza la posibilidad de que el dueño de aquellos libros hubiera muerto y los herederos no tuvieran la menor idea de literatura. El caso es que me encontraba allí, delante de más de cien fabulosos libros. La ansiedad por rescatarlos y llevarlos a casa me impedía reflexionar tranquilamente.
Me había olvidado el móvil y por lo tanto no podía llamar a nadie para que me ayudara a realizar el traslado. Pensé en hacer varios viajes, pero corría el riesgo de que alguien los descubriera mientras hacia alguno de los portes. Entonces se me ocurrió ordenarlos como si estuviera en mi propia casa. Los fui amontonando por género y autor. Estaba enfrascado en la tarea cuando me llevé una enorme sorpresa al encontrarme con varios de mis libros. Me invadió una mezcla de alegría y decepción. Me consoló el hecho de que también habían abandonado a Conrad y Melville. Los transeúntes me miraban de soslayo y tuve la sensación de que alguno lo hacía con envidia. Cuando terminé de ordenarlos, me senté en la acera a pensar en una solución. Se me ocurrió parar un taxi, aunque estaba a cincuenta metros de mi casa y el taxista me tomaría por loco. No importaba. Le contaría la verdad. Le diría que era un bibliófilo y que me había encontrado con un tesoro que no podía despreciar. No importaba que ya tuviera todos los títulos. En ese instante, reflexioné más detenidamente. ¿Para que quería tener tantos libros repetidos? Estaba bien que me llevara las novelas que yo había escrito para después regalarlas, pero era absurdo cargar con el resto de ejemplares.
No fue fácil tomar la decisión de llevarme sólo mis novelas, pero lo hice. Estaba deseando llegar a casa para telefonear a mis amigos y decirles que acudieran inmediatamente a recoger los libros restantes. Yo mismo los custodiaría hasta que ellos llegaran. Pero al subir en el ascensor, me invadió una terrible duda que hasta ese instante no me había planteado. ¿Y si un ladrón había entrado en casa mientras yo estaba fuera? ¿Cómo iba a tener nadie exactamente las mismas ediciones que yo poseía desde hacía tantos años? Además, ¿no era demasiada casualidad que ahí estuvieran todas las novelas que yo había publicado? ¿Cómo no se me había ocurrido mirar si tenían puesto el nombre del dueño? No esperé a llegar a casa para comprobarlo. Pulsé el botón de stop del ascensor y volví a bajar. Salí a la calle y me dirigí al contenedor con la terrible inquietud de no encontrarlos”.
En Algún Día│José Antonio Garriga Vela.
Sueños.
Sueños. Texto: Antonio Soler. Diario Sur.12.12.2010.
“Europa es una vieja fábrica de sueños a la que los estudiantes ingleses le rompen las vitrinas mientras los operarios municipales de todo el continente la adornan de Navidad. Los sueños se desploman como las estatuas de los atletas drogados. Más lejos, más alto, más fuerte, más dopado. Al espíritu del barón de Coubertin le faltaba la última cláusula. Las princesas del tartán se convierten en traficantes al dar la medianoche en el reloj del estadio. Las moralejas de los cuentos se están viniendo abajo. Ha llegado el tiempo de la culpa o de la verdad. Por lo visto, una cosa y otra ya vienen a significar lo mismo. Los secretos vuelan por medio mundo gracias a un potente ventilador australiano. Sólo nos va quedando el revés de los sueños. No la moraleja del cuento, sino el cuento mismo. Mario Vargas Llosa. La defensa de la mentira, la defensa de la ficción como único camino para llegar a las puertas de la verdad, sin poseerla ni apropiársela nunca, sólo rozándola y sin ser dueños de ella ni de ningún sueño, sólo del motor de los sueños.
La ropa tendida en mitad de la calle. Moratinos, Aznar, Trinidad Jiménez, Zapatero, Rajoy, sus comidillas y su ropa interior puestas en tendedero público. Lo que casi todos sospechábamos. Chavez es un payaso para la hoy ministra de Exteriores, Evo Morales un ignorante para el anterior jefe de nuestra diplomacia. Es lo que se decía al caer el telón de la comedia. En las pistas de atletismo también dicen que era un secreto a voces todo lo que ahora destapa la Operación Galgo. Podencos, perdigueros, caniches. Todos ladrando en clave para que entendamos a medias. Es su oficio. Mientras, en Estocolmo, el contador de mentiras, Varguitas, el de la casa verde y las guerras del fin del mundo, el cachorro, el destripador de Flaubert, Onetti y Victor Hugo, el escribidor, decía en voz alta, en un micrófono que no se había quedado abierto sino que él lleva abriendo a conciencia hace medio siglo, lo que otros susurraban en un rincón de las recepciones o en el confesionario de la embajada norteamericana. Denunciaba el populismo, la democracia jorobada del altiplano, del Caribe, de los de la guayabera y el terno pseudomilitar. Y señalaba el camino de la literatura y el conocimiento como una vía para acabar con las patrañas y con las fronteras, fortificadas, impenetrables, de la ignorancia. La gran herramienta de los tiranos.
Sí, Europa es un sueño con carcoma al que siguen llegando náufragos y europeos nacidos en otras partes del mundo, como Vargas Llosa. Vuelan los pesados telones que encerraban secretos, se derrumban con un estruendo sordo héroes fabricados en laboratorios clandestinos o en salones de pasos perdidos. Atletas y revolucionarios de pacotilla. Alguien ha abierto el retrete de la diplomacia. Y en medio, el fabricante de las mentiras dice la verdad”.
En Algún Día: Antonio Soler.
In Memoriam.
In memoriam. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 12.12.2010.
A medida que cumplimos años solo nos queda la memoria, me dijo una vez Alfonso. Hablaba poco pero de vez en cuando pronunciaba alguna de esas frases impactantes que difícilmente se olvidan. Nos veíamos todos los días excepto los domingos. Yo iba por las mañanas a recogerlo a su casa y lo llevaba a dar una vuelta por el Paseo Marítimo. Mi misión consistía en empujar la silla de ruedas durante el tiempo que habíamos establecido. Nada más. Para eso me pagaba. Siempre hacíamos el mismo recorrido y siempre se quedaba callado en el mismo sitio frente al mar, mirando el horizonte. Como si esa fuera la distancia de la memoria y allí, al final, estuvieran sus moradores.
Solo se vive dos veces, me dijo en otra ocasión. Y como siempre, después de pronunciar una de sus frases célebres, se quedaba de nuevo en silencio, como el hombre que en sueños dice una frase en voz alta y luego vuelve a dormirse. Cuando él hablaba, yo solía detenerme para escucharlo. Me parecía de mala educación dejarlo hablar solo con el mar, con el aire, con cualquiera excepto con el joven estudiante que lo acompañaba. Estaba con él dos horas y luego lo llevaba de vuelta a casa. Así todos los días de once a una. Los domingos descansaba.
Nunca le hice preguntas. No sabía si vivía solo o acompañado; si alguien lo cuidaba o tenía que valerse por sí mismo. No quise implicarme en nada personal porque, desde el principio, intuí que se trataba de un hombre extremadamente celoso de su vida privada. A lo largo del año y medio que estuve a su servicio nunca vi a ninguna otra persona en su casa, aunque yo no traspasaba el umbral de la puerta. Cuando iba a recogerlo, él estaba esperándome en el recibidor. Llegué a la conclusión de que vivía solo y no me explicaba cómo se las arreglaba para hacerse la comida, ir al baño o meterse en la cama. Una vez me crucé en el rellano con una mujer de alrededor de cuarenta años que estaba esperando el ascensor. Creo que aquella mujer acababa de salir del piso de Alfonso.
He de reconocer que sentía curiosidad por conocer su vida, pero no me gusta hacer preguntas. A menudo la gente se confiesa conmigo y yo escucho en silencio, pero Alfonso sólo pronunciaba palabras sueltas sin sentido. Me resultaba extraño que nadie se parara a hablar con él por la calle o simplemente lo saludara. Los inquilinos del edificio nos miraban de soslayo como si fuéramos dos individuos sospechosos. Un lunes fui a buscarlo y el conserje me dijo que había muerto el sábado por la noche. Era un viejo solitario y amargado, me dijo, pero al menos era alguien. En el otro mundo, quién sabe lo que le espera. Le pregunté si Alfonso tenía familiares o amigos y me respondió que en su casa siempre había alguien. Cuando paso por las noches a recoger la basura le oigo hablar con su mujer, con sus amigos, con sus padres… No se puede imaginar la de gente que vive en esa casa.
En Algún Día│José Antonio Garriga Vela.
Historia de una mujer.
Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 28.11.2010.
Cuando le dije que lo más complicado para un escritor de novelas solía ser encontrar una buena historia, me contestó que la mirase, «¿ve lo pequeña que soy?», me preguntó, yo asentí, realmente aquella mujer no mediría más de metro y medio, «pues este cuerpo tan chico tiene muchas historias, muchas». Luego me contó un par de experiencias realmente espeluznantes. Tras oírla, me quedé petrificado. No supe que decirle. Una sola de esas experiencias habría marcado para siempre la vida de cualquier persona. Yo, en su lugar, estaría destruido. Traté de encontrar un resquicio de esperanza por el que insuflarle ánimos, pero no lo encontré. Lo más probable es que otras personas más cercanas ya hubieran intentado consolarla, aunque ella no daba la impresión de necesitar ayuda para sobrellevar su calvario. Me dijo que tenía setenta y cinco años. Antes de despedirnos sonrió e hizo amago de ponerse a bailar, como si con ese gesto pudiera borrar las palabras que había pronunciado. Esa mujer tenía la gracia de las personas que vienen de vuelta de la desgracia.
Durante unos días estuve dando un taller de escritura a personas mayores. Allí la conocí. Al regresar a casa, conducía pensando en la sonrisa transparente de aquella mujer cargada de historias infelices. Me conmovió su enorme voluntad. ¿Cómo después de las tragedias que le habían sucedido tenía fuerzas para levantarse todas las mañanas y afrontar la vida con tan buen humor? Yo, en su lugar, estaría abatido. ¿Acaso todavía guardaba alguna remota esperanza de solucionar los problemas? Estoy seguro de que no. Pero no cesaba de buscar motivos que la impulsaran a seguir mirando hacia adelante con el máximo optimismo. Al contrario que tantos de nosotros, que afrontamos con desidia y tristeza la modesta felicidad de la vida cotidiana.
Cualquiera de las historias que me contó aquella mujer era suficiente para inspirar una novela. Sin embargo, no me atreví a escribir nada. Además, si alguna vez decidiera hacerlo, nadie se lo creería. La vida está repleta de historias reales que parecen mentira. Existen personajes tan malvados que resultarían falsos si los describiéramos tal como son. Sin embargo existen, están ahí, entre nosotros, dispuestos a eclipsar la imaginación del novelista más perverso del mundo.
Desde que conocí a esa mujer no he sido capaz de escribir una línea, porque todas las historias que se me ocurren me resultan vanas y frívolas al compararlas con la suya. No sé si alguna vez tendré el valor de escribir lo que me contó. Al recordar sus palabras me estremezco como un niño asustado. Me da miedo meterme en su piel y conocer el infierno.
En Algún Día│ José Antonio Garriga Vela.
El guardián de los secretos.
El guardián de los secretos. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 03.10.2010.
Soy una tumba. Cuando alguien me confía un secreto jamás lo desvelo a nadie. No hago ni una excepción. Mis amigos, mis familiares, e incluso algunos conocidos con los que apenas mantengo relación, se citan conmigo para desahogarse. Yo los escucho en silencio. A menudo siento pudor por las cosas que me cuentan y preferiría no saber nada, pero ellos me han elegido y no puedo defraudarlos. Paso una parte importante de la vida oyendo a los demás, como un confesor o un psicólogo. En ocasiones tengo la tentación de aprovechar ciertos secretos para introducirlos en mis relatos, pero me siento incapaz de hacer pública una confidencia. ¿Se imaginan a un sacerdote revelando públicamente un secreto de confesión? Pues en mi caso es lo mismo.
Hay innumerables asuntos que sólo sus protagonistas y yo conocemos. En cierta ocasión, alguien me confesó un crimen. No exagero. No miento. Ese asesinato permanece inmune y estoy convencido de que nunca se descubrirá. Fue un asesinato perfecto. La persona que lo ejecutó me citó una tarde en la terraza de una cafetería del centro. Me dijo que necesitaba contarme algo terrible y me hizo prometer que guardaría el secreto. Ya me conoces, le respondí. Entonces me relató una historia espeluznante. Aquella noche no pude dormir. Cualquiera en mi lugar habría descolgado el teléfono y denunciado el crimen a la policía, sin embargo yo no pude hacerlo. Han pasado muchos años desde aquella tarde y el asesino es un ciudadano corriente que continúa libre. Yo soy su cómplice y, lo que es peor, su coartada. El asesino cuidó hasta el último detalle y preparó con tal precisión el homicidio que la víctima expiró durante el tiempo en que él estaba conmigo confesándome el crimen. La muerte, lenta y terrible, se produjo en el preciso instante en que el asesino tomaba café conmigo en la Plaza de las Flores. Si la policía lo detenía, el asesino se ampararía en mí y en el camarero del bar para demostrar su inocencia. De hecho, estuvo constantemente llamando la atención del camarero para que recordara su cara en el supuesto caso de que la policía lo detuviera y llamaran al camarero para testificar.
Me cuesta conciliar el sueño por las noches. Las voces de los secretos no me dejan dormir. Me preocupan tanto los problemas ajenos que suelo olvidar los propios. Me levanto cansado por las mañanas con la cabeza repleta de temores que nada tienen que ver con mi vida privada. Paso tanto tiempo callado oyendo las quejas de los confidentes que me he acostumbrado a permanecer siempre en silencio. Cuando estoy solo me dedico a prestar atención a los sonidos de la vida. Oigo el viento, la lluvia, los ruidos de la calle. Escucho el lamento del mar. Los pájaros. Los perros. Mientras yo permanezco quieto, como un centinela, protegiendo los secretos del mundo.
En Algún Día│José Antonio Garriga Vela.
El tiempo y los libros.
El tiempo y los libros. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 24.09.2010.
Me atraen los mares, los desiertos, los lugares donde la vista se pierde en el horizonte. Sin embargo, mi casa no tiene ni un rincón vacío. Los libros cubren las estanterías y se amontonan alrededor y encima de los muebles. Ya sé que los podría comprimir en un artefacto del tamaño de media cuartilla, pero necesito verlos constantemente aunque sólo sea de soslayo. Mi lugar de trabajo es el comedor. Paso el día entre libros en lugar de personas. Miro el lomo de los libros como si fuera el perfil de los amigos. Una compañía tranquila, fiel y silenciosa. Miro a Carver, Coetzee, Cheever, Conrad, que están a la izquierda del sofá ordenados alfabéticamente por autores extranjeros, y su presencia me evoca momentos felices.
La relación que guardo con los libros es similar a la que mantengo con esos viejos amigos que sólo veo de vez en cuando pero que al volver a encontrarnos enseguida recuperamos la antigua complicidad. Me gusta pasear entre los libros. No podría encerrarlos en un sitio tan frío e impersonal como un “e-book”. Un libro electrónico no posee papel, ni perfume, ni notas escritas a mano ni entradas de cine ni billetes de viajes ocultos entre sus páginas. Un “e-book” sería como poner una foto del mar o del desierto delante de mi terraza. El paso del tiempo y la aventura de vivir que se reflejan en los libros no admiten decoraciones.
Pertenezco a otra época y a una clase de personas que necesitan a su lado la presencia de los objetos queridos. Creo que lo que no vemos lo acabamos olvidando. Trasladar mis libros a un “e-book” sería como recluirlos en una residencia que poco a poco iría dejando de visitar. El desierto está fuera, igual que los océanos y el cielo infinito; sin embargo su alma es como un libro cerrado que desea caer en manos de algún lector.
Ya sé que todo el saber del mundo cabe en esos aparatos electrónicos que ocupan una miseria, pero yo soy fetichista y necesito acariciar el objeto de deseo y sentir el tacto del papel. Amo los libros y me resulta hermoso el natural deterioro que va produciendo la edad. Mis libros tienen escrito en la primera página mi nombre y la fecha en la que nos conocimos. Los más viejos guardan impresa la letra del niño que fui. El tiempo y los libros. No sería capaz de abandonarlos. No renuncio a ninguno. Los miro y me sonríen. Existe entre nosotros una secreta complicidad.
He de confesar que me atormenta una pesadilla: tengo la sensación de que vivo encerrado en un mundo de papel y que fuera hay alguien que tiene la facultad de encenderme y apagarme como si yo fuera un “e-book”. Entonces me invade el inquietante temor de que ese ser, desalmado y poderoso, me desplace a cualquier rincón y me olvide para siempre.
En Algún Día│ José Antonio Garriga Vela.
El mal hábito de la preocupación.
“Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.”
Mateo 6: 25-33. Versión Bíblica Reina-Valera (1960)
Libro de principios.
Libro de principios. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 04.09.2010.
Me dispongo a empezar una novela. No sé si es por casualidad, pero comienzo siempre las novelas en verano. Cuando la mayoría de las personas se van de vacaciones, yo me encierro a escribir. No tengo muy claro todavía cuál va a ser el argumento. Desde hace algún tiempo, tengo un “Libro de principios”, en el que escribo la primera frase de la historias que se me ocurren. Elegiré uno de esos principios y descartaré el resto. Una elección complicada. A menudo en la vida se nos plantean elecciones que cambian nuestro destino. En la literatura pasa igual. Miro hacia atrás. Veo los libros que he publicado. Mi padre sale en casi todos ellos. Mi padre es el héroe de mis novelas. Un héroe de papel. Creo que, desde su muerte, he tenido presente a mi padre más que cuando estaba vivo. Le oigo, y escribo lo que me dice. La literatura me permite hablar con los vivos y con los muertos, aunque aparentemente esté solo. Hablo solo. Escribo. Y empiezo a vivir una historia que sólo existe dentro de mi cabeza.
El otro día le dije a un periodista que elegir un tema era como decidirse a iniciar una relación. No sabemos el tiempo que va a durar ni qué sorpresas nos deparará en el futuro. La historia de una novela, como la de un amor, es la historia de una obsesión y sus consecuencias. Ahora me dispongo a vivir dos veces, una a través de la fantasía y otra a través de la realidad. Una doble vida. Al final la fantasía irá apoderándose de la realidad. Lo sé, me ha ocurrido otras veces. Me dispongo a consultar de nuevo el ‘Libro de principios’ de la misma manera que miraría la foto de una mujer con la que me dispusiera a realizar un matrimonio de conveniencia. Una boda amañada con alguien del que poco a poco te vas enamorando, hasta que todo acaba. Las novelas acaban cuando las palabras te abandonan. Después sólo queda el recuerdo. Nada más y nada menos que el recuerdo de una relación intensa.
Me ilusiona empezar una nueva novela y a la vez me produce vértigo, igual que sucede también con las relaciones amorosas. No me canso de empezar novelas. Muy pronto iniciaré una cierta amistad con los personajes que vivirán en esta casa. Ellos serán mis huéspedes, los fantasmas de los próximos meses. Nadie sabe durante cuánto tiempo permanecen las obsesiones, quizás meses, tal vez años o toda una vida. Mi última novela se demoró en el tiempo. La obsesión se prolongó durante varios años. Uno puede acabar loco. Se puede pasar la vida entera escribiendo la misma novela y no conseguir terminarla. ¿Cuántas novelas inacabadas yacen perdidas en las mentes de sus autores? ¿Cuántos cajones ocultan historias que nunca verán la luz?
Ahora todo está borroso en mi futura novela. El espacio, el tiempo, sus habitantes. La novela es un silencio plagado de voces. ¿Quién será mi nuevo héroe? He de decidirme por una historia u otra y siempre me ha costado tomar decisiones. A menudo las han tomado otros por mí. Me he dejado llevar por la inercia de los acontecimientos como quien se hace el muerto en el mar. Pero el escritor está solo y tiene que tomar a solas las decisiones. Hace dos años que se publicó mi última novela y ya ha transcurrido ese periodo de descompresión que necesito entre una historia y otra. Creo estar preparado para sumergirme de nuevo.
Dentro de unos días, el mundo de la imaginación me irá absorbiendo y apartando del mundo real. Me dará pereza salir a la calle y cuando lo haga descubriré a los personajes de la novela sentados en las terrazas de las cafeterías, se cruzarán conmigo por la calle, los veré de soslayo en la ventanilla de un autobús. Irrumpirán en mis sueños. Me despertaré por las mañanas y descubriré su presencia en el cuarto. Me sentaré a escribir sobre ellos. Mi casa se convertirá en un lugar ficticio. Cuando mis amigos me llamen por teléfono, daré un respingo delante del ordenador en el que estaré escribiendo la vida de los otros. Una vida interrumpe la otra y yo no sé en qué lado estoy, en qué mundo me encuentro. La atmósfera que me rodea no es la que existe en la realidad sino la que he creado en mi imaginación.
No paro de darle vueltas a la cabeza. Imagino que elijo uno de los principios que tengo anotados y trato de escribir mentalmente los primeros párrafos. ¿Con cuál de todos esos principios me sentiré más cómodo en el futuro? ¿Qué personaje me procurará mayor satisfacción y complicidad? Imagino mundos. Me introduzco en ellos. Viajo. Busco por las calles un hogar para los inquilinos de la ficción. Me detengo delante de las fachadas de los edificios construidos por la fantasía. Un lugar en el mundo.
Luego vendrá el placer de escribir. La voz. Ese ritmo interno que buscará una frase que engarce con la anterior y después otra y otra. El mundo se irá haciendo cada vez más grande y con él sus habitantes. Me instalaré en ese mundo y cuando salga a la calle caminaré ensimismado. Puedo pasar la vida entera en el mundo real con los pensamientos en otra parte. Puedo llegar a cruzarme con mi mejor amigo y no verlo. Puedo estar hablando con alguien y no enterarme de nada de lo que dice porque mis pensamientos están volcados en la aventura que bulle en mi cabeza. La obsesión que mencionaba antes. Cuando escribo una novela me transformo incluso físicamente. Soy más feliz cuando escribo, aunque cuente historias tristes. He escrito alguna vez que delante de quien se adora es un placer estar triste y yo adoro a los protagonistas de mis relatos. Ellos comparten mi hogar, mi vida. Los reclamo. Están ahí y empiezo a escribir la novela.
En Algún Día│ José Antonio Garriga Vela.
El cirujano ciego.
El cirujano ciego. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 15.08.2010.
“Hoy, domingo por la mañana temprano, me he levantado con la cabeza cargada de dudas. Llevo varias noches saliendo a cenar y acostándome tarde. Casi siempre en las reuniones se habla de los que no están presentes. ¿Cómo nos ven los otros? Todas las personas que conocemos nos inventan. Nosotros mismos no tenemos ni idea de la cantidad de personas diferentes que podemos llegar a ser. Eso me produce cierto temor. Nuestras historias suelen volverse irreconocibles al pasar de boca en boca. Seguramente nos llevaríamos alguna gran sorpresa si descubriéramos lo que dicen de nosotros los amigos. Pero, ¿cómo somos en realidad? ¿Acaso hay alguien que se reconozca a sí mismo como si fuera un libro? Quizás nuestra forma de ser la construimos con las opiniones de los otros. Nos dedicamos a escoger entre las distintas opiniones que se vierten sobre nosotros y luego las vamos uniendo hasta crear la personalidad. Una especie de Frankenstein. Es muy difícil explicar cómo somos. Pero todavía es mucho más difícil desvelar los enigmas de otros.
Están mal hechas las cosas. Cuando nos empezamos a enterar de qué va la vida, a menudo ya es demasiado tarde. La mayoría de las personas pasan el tiempo trabajando y preocupándose por el futuro para después morirse. La alegría de sobrevivir está teñida por la dolorosa certeza de que no podemos sobrevivir. Eso es lo que siempre me ha horrorizado, saber que todo termina.
El trabajo es el culpable de muchos problemas. «El trabajo no libera sino que esclaviza al hombre»; estas fueron las palabras que pronunció el catedrático de Derecho Laboral el primer día de clase. Se llamaba Vida. El caso es que las palabras de Vida me quedaron grabadas. Yo no deseaba ser esclavo de nadie. Creo que no lo he sido nunca, salvo de mis propias obsesiones. Pero procuraba no tener más obsesiones que las estrictamente necesarias. Y aún así, las traicionaba. Crecemos gracias a la deslealtad a nosotros mismos.
Ahora me viene a la memoria el cirujano chino que tras perder la vista seguía operando. Lo hacía a tientas en la oscuridad de su cerebro. Se sabía el cuerpo humano de memoria. Así transcurre la vida hasta que, de pronto, surge un problema y descubrimos que estamos ciegos, que todo lo que hemos aprendido no nos sirve para nada.
Creo que el calor y la humedad me revuelven la cabeza y acabo arrojando en público los pensamientos. Menos mal que alguien, en este preciso instante, llama al timbre. Al oírlo, resulta asombroso sentir como una oleada de afecto me invade. Me dirijo a abrir la puerta con la ansiosa impaciencia del perro que se pone en pie de un salto al oír el sonido de las llaves de su amo”.
En Algún Día│ José Antonio Garriga Vela.
Una broma pesada.
Una broma pesada. Texto: José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 18.07.2010.
Jaime era un tipo excéntrico y divertido, aunque alguna de sus bromas resultaba de dudoso gusto. Supongo que se trataba de una manera de llamar la atención. Vivía solo en un apartamento del centro. Tenía una gran obsesión con la muerte. Una vez puso su propia esquela en el periódico. Ese día no abrió a nadie la puerta ni descolgó el teléfono, como si estuviera muerto de verdad. A la mañana siguiente acudió a su propio funeral y recibió en la puerta de la iglesia a los amigos y condolientes, que habían ido a despedirlo por última vez, con la alegría de quien acaba de resucitar.
También pasaba largas temporadas ausente, sin salir ni recibir visitas. Cuando lo llamaba preocupado por su largo silencio, me respondía con una voz que parecía brotar del fondo de una montaña. Durante esos días, se convertía en otro hombre, el protagonista de una de sus bromas, un sonámbulo, un muerto viviente, alguien incapaz de hacer reír a nadie. Hasta que volvía a recobrar su humor negro. Esa forma irónica que tenía de reírse de la vida. Me llevaba muy bien con él, pero me daba miedo que en cualquier instante pudiera ser capaz de realizar una broma demasiado pesada, como de hecho ocurrió más tarde.
Nunca tuvo ningún empleo. Jaime había recibido una herencia millonaria de su padre que murió cuando él era todavía un niño y no tuvo necesidad de trabajar para buscarse la vida. Sin embargo, parecía obsesionado en complicársela. Pasaba el tiempo leyendo y viendo películas. Cuando salía a la calle bebía de una forma compulsiva, como si quisiera olvidar todo lo que había visto y pensado en la soledad de su casa. Nunca lo vi borracho. Ni tampoco lo vi serio, ni triste, ni preocupado; excepto cuando se retiraba del mundo y me respondía al teléfono.
Un día se le ocurrió poner en el contestador este escueto mensaje: «Estoy muerto». Como es lógico, ninguno de los amigos pensó ni por un momento que fuera cierto. No cabía duda de que se trataba de una nueva broma. Lo llamé varias veces al teléfono fijo y al móvil y en ambos respondía con el mismo mensaje. No pude evitar imaginarlo encerrado en un ataúd con el teléfono sonando en el bolsillo de la americana. Durante meses lo estuve llamando por teléfono sin obtener respuesta. Ya no decía que estaba muerto. Supuse que se habría acabado la batería del móvil. Fui varias veces a su casa pero no abría la puerta ni se oía el más mínimo sonido en el interior. Los vecinos tampoco sabían nada de él. Alguien dijo que una mañana temprano lo vio salir del portal con una maleta. Hoy, dos años después, creo que la voz del mensaje decía la verdad. Quizás algún día resucite y todos nos riamos, pero la tristeza de estos meses no nos la quita nadie.
En Algún Día│ José Antonio Garriga Vela.



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