Palabras fuertes y camisas malditas.
A continuación se reproduce un fragmento de la autobiografía de Twain, en el que el autor narra con humor un episodio de la cotidianidad conyugal.
Viernes 9 de febrero de 1906.
“El comentario de Susy sobre mi lenguaje subido de tono me perturba [...]. Durante los primeros diez años de mi vida de casado, mantuve un discreto y constante control de mi lengua mientas estaba en la casa, y salía y recorría cierta distancia cuando las circunstancias me excedían y me obligaban a buscar alivio. Atesoraba el respeto y la aprobación de mi esposa muy por encima del respeto y la aprobación del resto de la raza humana. Temía el día en que ella descubriera que yo no era más que un sepulcro blanqueado, cargado de lenguaje reprimido. Durante diez años fui tan cuidadoso que no dudaba de que mi represión era exitosa. Por lo tanto era casi tan feliz con mi culpa como si hubiera sido inocente.
Pero finalmente un accidente me dejó al desnudo. Una mañana fui al baño a arreglarme, y por descuido dejé la puerta entornada unos centímetros. Era la primera vez que no tomaba la precaución de cerrarla correctamente. Conocía perfectamente la necesidad de hacerlo sin falta, porque afeitarme siempre era para mí un verdadero suplicio que me ponía a prueba, y rara vez podía superarlo sin recurrir a alguna manifestación verbal. Esta vez me encontraba desprotegido, sin siquiera sospecharlo. No tuve problemas extraordinarios con mi navaja en esa ocasión, y pude arreglármelas tan sólo con refunfuños y gruñidos indecorosos, pero que no eran ruidosos ni enfáticos… nada de exclamaciones ni aullidos. Después me puse una camisa. Mis camisas son un invento mío. Están abiertas atrás, y allí se abotonan… cuando tienen botones. Esta vez el botón faltaba. Mi temperamento ascendió varios grados en un segundo, y mis comentarios subieron de tono de manera acorde, tanto en volumen como en vigor de expresión. Pero no me preocupé, porque la puerta del baño era sólida y supuse que estaba bien cerrada. Abrí la ventana de un tirón y arrojé la camisa afuera. Cayó sobre los arbustos, donde la gente en camino hacia la iglesia podría admirarla si lo deseaba: había tan sólo unos quince metros de hierba entre la camisa y los transeúntes. Todavía gruñendo como un trueno distante, me puse otra camisa. También le faltaba el botón. Subí los decibeles de mi lenguaje para enfrentar la emergencia, y arrojé la nueva camisa por la ventana. Estaba demasiado furioso -demasiado enloquecido- para examinar la tercera, así que directamente me la puse con gran irritación. Una vez más le faltaba el botón, y la camisa salió por la ventana detrás de sus camaradas. Luego me incorporé, reuní todas mis reservas, y solté la lengua como en una carga de caballería. En medio de mi gran ataque, advertí la puerta entreabierta y quedé paralizado.
Me llevó un buen rato terminar mi arreglo personal. Alargué ese tiempo innecesariamente tratando de decidir qué era lo mejor que podía hacer dadas las circunstancias. Traté de concebir la esperanza de que la señora Clemens estuviera dormida, pero sabía que no era así. No podía huir por la ventana. Era angosta y sólo adecuada para que salieran las camisas. Finalmente, tomé la decisión de entrar despreocupada y descaradamente al dormitorio con el aire de una persona que no ha hecho absolutamente nada. Recorrí con éxito la mitad del trayecto. No dirigí la mirada hacia ella, porque eso no me daba seguridad. Es muy difícil dar la apariencia de que uno no ha hecho nada cuando los hechos son exactamente opuestos, y a medida que avanzaba sentía que mi confianza se evaporaba. Apunté hacia la puerta de la izquierda porque era la que estaba más lejos de mi esposa. Nadie la había abierto desde el día que se construyó la casa, pero ahora me parecía un refugio providencial. La cama era esta misma en la que ahora estoy acostado, y dictando estas historias cada mañana con total serenidad. Era este mismo armazón veneciano elaboradamente tallado -el más cómodo que existió nunca, con espacio suficiente para toda una familia, y cantidad de ángeles tallados en sus columnas espiraladas y su cabezal y su listón a los pies para dar tranquilidad y sueños placenteros a los durmientes-. Tuve que detenerme en la mitad de la habitación. No tenía la fuerza necesaria para seguir adelante. Creía estar atravesado por una mirada acusadora… y que incluso los ángeles tallados me traspasaban con ojos poco amigables. Todos conocen la sensación que se tiene cuando uno está convencido de que, a sus espaldas, alguien lo mira con fijeza. Hay que volver el rostro… nadie puede evitarlo. Yo me volví. La cama estaba colocada tal como está ahora, con los pies donde debería estar la cabecera. Si hubiera estado colocada como debería, la altura del cabezal me hubiera protegido. Pero el listón de los pies no era suficiente protección, porque me dejaba al descubierto. Estaba expuesto. Completamente desprotegido. Me volví porque no pude evitarlo… y mi recuerdo de lo que vi aún es vívido después de todos los años transcurridos.
Sobre las almohadas vi la cabeza negra… vi esa cara joven y bella, y vi en esos hermosos ojos algo que nunca antes había visto. Centelleaban y relampagueaban con indignación. Sentí que me desmoronaba. Sentí que me reducía a la nada bajo esa mirada acusadora. Permanecí en silencio ante ese fuego desolador durante casi un minuto, diría… Pareció un tiempo muy, muy largo. Después los labios de mi esposa se separaron, y de ellos brotó… el último comentario que yo había hecho en el baño. El lenguaje era perfecto, pero la expresión era aterciopelada, poco práctica, como de aprendiz, ignorante, inexperta, cómicamente inadecuada, absurdamente débil y totalmente incompatible con ese gran lenguaje. Nunca en mi vida había escuchado algo tan desafinado, tan poco armonioso, tan incongruente, tan inapropiado como esas poderosas palabras cantadas al son de una música tan débil. Traté de no reírme, porque era una persona culpable que necesitaba con urgencia piedad y clemencia. Traté de no soltar la carcajada, y lo logré… hasta que ella dijo, con la mayor gravedad: “Ahí tienes, ahora sabes cómo suena”.
Entonces estallé; el aire se llenó de mis fragmentos, y se los oía pasar zumbando. Dije: “¡Oh, Livy, si suena así jamás volveré a hacerlo!”
Y entonces ella también rompió a reír. Ambos nos convulsionamos de risa y seguimos riéndonos hasta que estuvimos físicamente exhaustos y espiritualmente reconciliados”.
Traducción: Mirta Rosenberg.
Escrito por Mark Twain. ADN Cultura.
En Algún Día: Mark Twain. Autobiografía.
Mark Twain. Autobiografía.

El inolvidable autor de Las aventuras de Huckleberry Finn, Samuel Clements, conocido mundialmente como Mark Twain, encontró al final de su vida un gran entretenimiento: dictar en voz alta su autobiografía, tras varios comienzos fallidos y cientos de páginas. Lo hizo con total libertad, cuatro años antes de su muerte, no sin antes dejar estrictas instrucciones para que gran parte de sus dichos sólo se dieran a conocer cien años después de su muerte.
Tal vez un poco de ego o falta de modestia, como el mismo autor reconoce, lo llevaron a asumir que seguiría teniendo lectores un siglo después. No era difícil vaticinarlo, el hombre se vio en la bancarrota por una mala inversión —la compra de una máquina de linotipia a un impresor—, pero sus giras ofreciendo lecturas por el mundo, junto con la publicación de capítulos de sus libros en revistas y periódicos, lo salvaron de la quiebra. Los detalles de la bancarrota y otros episodios en que su hermano mayor, Orion Clements, acudió en su ayuda, son narrados en su autobiografía.
Hasta 1905, Twain acumulaba varios comienzos inconclusos, algunos de ellos tenían número asignado de capítulo. Al año siguiente, le dictó durante tres meses a su amigo taquígrafo James Redpath otros capítulos. Lo hizo de forma desordenada y dependiendo de los intereses del momento. Este caos le dio como resultado una narrativa poco convencional.
Los cien años de la muerte de Twain se cumplieron el pasado abril, y la Universidad de California —que posee los derechos de autor y los textos originales— decidió celebrarlo publicando por primera vez la autobiografía completa, tal como él la dejó a los 74 años de edad (incluyendo alguno de los comienzos fallidos). Se requirieron seis editores que durante seis años trabajaron con los manuscritos. Las ediciones anteriores —de 1924, 1940 y 1959, respectivamente— fueron publicadas con censura previa. Así, las críticas al imperialismo estadunidense y consideraciones como declarar a sus tropas “asesinos uniformados”, quedaron fuera.
“De la primera, a la segunda, tercera y cuarta ediciones, las expresiones de opinión honestas y sensatas deben desaparecer —instruyó el escritor en 1906, demostrando un ojo certero para los negocios—. En un siglo más habrá mercado para esos bienes. No hay prisa. Esperen y verán”. Y claramente se ve: desde que su autobiografía salió a la venta a fines de octubre, se vuelve cada vez más difícil encontrarla en Nueva York. Al menos en la cadena de librerías Barnes and Noble, se agota. El libro ha estado en los primeros lugares de ventas, y eso que es sólo el primero de tres tomos —con aproximadamente cinco por ciento inédito, aunque los próximos vólumenes prometen un mayor porcentaje de material desconocido. La publicación coincide con una exhibición de sus manuscritos en la biblioteca Morgan en Manhattan, que da cuenta de cómo el autor siempre tuvo que vigilar sus dichos contra el colonialismo inglés y lo que consideraba el salvajismo de los blancos. Los manuscritos tachados por el mismo autor, sacando las partes con los comentarios más ácidos, pueden apreciarse en la exhibición, porque ahora, un siglo después, ya puede hablarnos libremente desde la tumba. Éste es el año de Twain:
“Nací el 30 de noviembre de 1835 en el pueblo prácticamente invisible de Florida, condado de Monroe, Missouri. Mis padres se trasladaron a Missouri a comienzos de los años 30: no recuerdo exactamente cuándo, porque no había nacido y no me preocupo por esas cosas. Era un largo viaje por esos días y debe haber sido duro y agotador. El pueblo constaba de cien personas y yo aumenté la población al uno por ciento. Es más de lo que gran parte de los mejores hombres en la historia han hecho por un pueblo. Puede que no sea modesto relatarlo, pero es cierto. No hay registro de una persona que hiciera tanto —ni siquiera Shakespeare. Pero lo hice por Florida y se ve que podría haberlo hecho por cualquier lugar —incluso Londres, supongo.
En un principio mi padre poseía esclavos, pero poco a poco los vendió y les arrendaba los suyos a los granjeros por el año. Por un niña de quince años pagaba doce dólares al año, le daba dos vestidos de lino y lana y un par de zapatos ordinarios, una transformación insignificante. Por una mujer negra de veinticinco años, por lo general sirvienta en la casa, pagaba veinticinco dólares al año y le daba zapatos y los vestidos de lino y lana ya mencionados; por una mujer negra fuerte de cuarenta años, para cocinar y hacer la limpieza, pagaba cuarenta dólares al año y las acostumbradas dos piezas de ropa; y por un hombre sano pagaba de setenta y cinco a cien dólares por año, y le daba dos trajes de mezclilla y dos pares de zapatos ordinarios —atuendo que costaba alrededor de tres dólares”.
Leer algunos fragmentos en Milenio.com
Ficha del Libro: Espasa Calpe.
In Memoriam: 100 años sin Mark Twain.

Fue Samuel Langhorne Clemens (Florida, 30 noviembre 1835 – 21 abril 1910) hasta los 28 años, cuando se entregó de lleno a la pluma. Mark Twain fue el pseudónimo erigido a modo de barrera entre una vida intensa antes y después. Aderezada siempre con ironía, marca de la casa. «Dentro de 20 años estarás más decepcionado por lo que no hiciste que por lo que hiciste», dijo. Y se aplicó con rigor la premisa.
Se cumplen ahora 100 años de la muerte del genial escritor que nació el 30 de noviembre de 1835 en Florida (Misuri), donde sus padres habían emigrado para estar cerca del “tío John”, un próspero comerciante dueño de una granja y unos 20 esclavos negros. También su padre se dedicó a la tierra, actividad muy lucrativa en un país en plena efervescencia expansionista. Eran los años de las grandes plantaciones de algodón, de los desgarradores cánticos de lamento… Y todo quedó plasmado en sus obras.
A los cuatro años, su familia se trasladó a Hannibal, pueblo ribereño del Misisipí que sirvió de inspiración para el San Petersburgo de Sawyer y Huckleberry Finn, sus grandes creaciones. Twain siempre bebió de su experiencia. A los 12 años quedó huérfano de padre, dejó los estudios y se empleó como aprendiz de tipógrafo. Así empezó a familiarizarse con las letras y pronto llegaron las primeras colaboraciones en redacciones de Filadelfia y Saint Louis. Pero el cuerpo le pedía cambios y pasados los 18 años decidió iniciar sus viajes en busca de fortuna. Fue piloto de un vapor fluvial —la actividad, confesó, que más feliz le hizo en su vida, inspeccionó minas de plata, fue buscador de oro… Eran los años de la conquista del Oeste. Se habían descubierto metales preciosos en California y el país entero cambió su eje en busca de suerte. Pero, uno a uno, sus sueños se fueron frustrando: la Guerra de Secesión de 1861 interrumpió el tráfico fluvial, las minas de Nevada resultaron demasiado duras, y el oro tampoco apareció como esperaba.
La pluma se convirtió en el modo más realista de ganarse la vida. Trabajó como periodista en varias cabeceras y le dio a la ficción hasta que en 1865, año en que termina la guerra salvando la unidad del país, le llegó su primer éxito: “La famosa rana saltarina de Calaveras”. Lo firmaba Mark Twain, expresión del Misisipí que significa dos brazas de profundidad, el calado mínimo para navegar. Empezó entonces una etapa de continuos viajes como periodista y conferenciante que le llevaron a Polinesia, Europa y el cercano Oriente. Y también los inmortalizó en libros: “Los inocentes en el extranjero” (1869) y “A la brega” (1872), en el que recrea sus aventuras por el Oeste.
Tras casarse en 1870 con Olivia Langdon, hija de un capitalista muy activo en la lucha antiesclavista, se estableció en Connecticut. Se acabó la vida de nómada y comenzó la crítica social denunciando la corrupción política o las ansias por enriquecerse a cualquier precio. Seis años más tarde publicó su primera gran novela, “Las aventuras de Tom Sawyer” (1876), basada en su infancia. Después llegaron las de “Huckleberry Finn” (1884), también ambientadas en el ribera del gran río, aunque menos autobiográficas. Y de nuevo sus propios pasos en “Vida en el Mississippi” (1883), sobre su añorada etapa como piloto fluvial.
Las cosas le iban bien, incluso crea en 1884 su propia editora, la Charles L. Webster and Company. Pero, poco a poco, la vida empieza a torcerse. Y la amargura invade sus páginas. En 1893 invierte en un nuevo tipo de máquina que mecanizaba el proceso de composición de texto, la linotipia Paige, y pierde mucho dinero, por lo que debe mudarse a Europa y recorrer el mundo como conferenciante para recuperarse. Dos de sus hijas mueren, por meningitis y epilepsia, y su mujer enferma y también pierde la vida. Esos últimos años no fueron fáciles para Twain. Ya en “El forastero misterioso” (novela póstuma publicada en 1916) afirma que se siente como un visitante sobrenatural, llegado con el cometa Halley y dispuesto a abandonar la Tierra con la siguiente reaparición del astro, que ponía fin a su ciclo de 79 años. Y fue así como sucedió.
Falleció el 21 de abril de 1910 en Redding (Connecticut) , pero incluso con su muerte tuvo que recurrir a la ironía. Y es que el New York Journal se adelantó y en 1897 ya publicó su deceso. Letal error al que Twain respondió con una carta al director: «James Ross Clemens, un primo mío, estuvo seriamente enfermo en Londres hace dos semanas. La noticia de mi enfermedad derivó de la enfermedad de mi primo; la noticia de mi muerte fue sin duda una exageración», decía. Escéptico, solía afirmar: «Y así va el mundo. Hay veces en que deseo sinceramente que Noé y su comitiva hubiesen perdido el barco». Y así lo vivió él. Genio y figura hasta en la muerte.
Texto: Raquel Quílez . El Viajero Del Misisipí. El Mundo.es.
Centenario Mark Twain | Especiales | elmundo.es.
Mark Twain, el diablo se viste de gala. Público.es
Obras de Mark Twain en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
Sitio Oficial.


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