Algún día en alguna parte

El presagio final del cuervo atormentado.

Posted in Fragmentos by Alguien on 22 diciembre 2007

El 29 de enero de 1845 se publicó en el diario Evening Mirror, El cuervo, la obra cumbre de Edgar Allan Poe, un poema que en principio estaba destinado tan sólo a mejorar los escasos ingresos de Edgar. Para sorpresa de su autor, se convirtió en una obra aclamada por círculos literarios y lectores en general. El bostoniano realizó una gira por todo el país recitando su obra. El éxito fue espectacular, elevándolo a la cima de su carrera. En 1847 fallecía Virginia, su amada, su querida esposa (por ella y para ella crea Anabel Lee).


El dolor para el autor fue mucho más intenso, iniciando una alocada carrera hacia el infierno. El 7 de octubre de 1849, Edgar Allan Poe moría en Baltimore víctima del delirium tremens. Con él se fueron sus espectros y monstruos, pero había nacido una leyenda literaria que llegaría hasta nuestros días. Su legado, consistente en sesenta cuentos y varios poemas, se inscribe en los capítulos de oro de la narrativa más asombrosa que tutelaron los dioses del misterio. Solo eso y nada más.

Cierta noche aciaga, cuando, con la mente cansada, meditaba sobre varios libracos de sabiduría ancestral y asentía, adormecido, de pronto se oyó un rasguido, como si alguien muy suavemente llamara a mi portal.

“Es un visitante -me dije-, que está llamando al portal; sólo eso y nada más.”

¡Ah, recuerdo tan claramente aquel desolado diciembre! Cada chispa resplandeciente dejaba un rastro espectral.

Yo esperaba ansioso el alba, pues no había hallado calma en mis libros, ni consuelo a la pérdida abismal de aquella a quien los ángeles Leonor podrán llamar y aquí nadie nombrará.

Cada crujido de las cortinas purpúreas y cetrinas me embargaba de dañinas dudas y mi sobresalto era tal que, para calmar mi angustia repetí con voz mustia: “No es sino un visitante que ha llegado a mi portal; un tardío visitante esperando en mi portal. Sólo eso y nada más”.

Mas de pronto me animé y sin vacilación hablé: “Caballero -dije-, o señora, me tendréis que disculpar pues estaba adormecido cuando oí vuestro rasguido y tan suave había sido vuestro golpe en mi portal que dudé de haberlo oído…”, y abrí de golpe el portal: sólo sombras, nada más.

La noche miré de lleno, de temor y dudas pleno, y soñé sueños que nadie osó soñar jamás; pero en este silencio atroz, superior a toda voz, sólo se oyó la palabra “Leonor”, que yo me atreví a susurrar… sí, susurré la palabra “Leonor” y un eco la volvió nombrar. Sólo eso y nada más.

Aunque mi alma ardía por dentro regresé a mis aposentos pero pronto aquel rasguido se escuchó más pertinaz.

“Esta vez quien sea que llama ha llamado a mi ventana; veré pues de qué se trata, que misterio habrá detrás. Si mi corazón se aplaca lo podré desentrañar.

¡Es el viento y nada más!”. Más cuando abrí la persiana se coló por la ventana, agitando el plumaje, un cuervo muy solemne y ancestral. Sin cumplido o miramiento, sin detenerse un momento, con aire envarado y grave fue a posarse en mi portal, en un pálido busto de Palas que hay encima del umbral; fue, se posóse y nada más.

Esta negra y torva ave tocó, con su aire grave,en sonriente extrañeza mi gris solemnidad.

“Ese penacho rapado -le dije-, no te impide ser osado, viejo cuervo desterrado de la negrura abisal; ¿cuál es tu tétrico nombre en el abismo infernal?”

Dijo el cuervo: “Nunca más”.

Que un ave zarrapastrosa tuviera esa voz virtuosa sorprendióme aunque el sentido fuera tan poco cabal, pues acordaréis conmigo que pocos habrán tenido ocasión de ver posado tal pájaro en su portal. Ni ave ni bestia alguna en la estatua del portal que se llamara “Nunca más”.

Mas el cuervo, altivo, adusto, no pronunció desde el busto, como si en ello le fuera el alma, ni una sílaba más.

No movió una sola pluma ni dijo palabra alguna hasta que al fin musité: “Vi a otros amigos volar; por la mañana él también, cual mis anhelos, volará”.
Dijo entonces:”Nunca más”.

Esta certera respuesta dejó mi alma traspuesta; “Sin duda – dije-, repite lo que ha podido acopiar del repertorio olvidado de algún amo desgraciado que en su caída redujo sus canciones a un refrán:
“Nunca, nunca más”.

Como el cuervo aún convertía en sonrisa mi porfía planté una silla mullida frente al ave y el portal; y hundido en el terciopelo me afané con recelo en descubrir que quería la funesta ave ancestral al repetir: “Nunca más”.

Esto, sentado, pensaba, aunque sin decir palabra al ave que ahora quemaba mi pecho con su mirar; eso y más cosas pensaba, con la cabeza apoyada sobre el cojín purpúreo que el candil hacía brillar. ¡Sobre aquel cojín purpúreo que ella gustaba de usar, y ya no usará nunca más!

Luego el aire se hizo denso, como si ardiera un incienso mecido por serafines de leve andar musical.

“¡Miserable! -me dije-. ¡Tu Dios estos ángeles dirige hacia ti con el filtro que a Leonor te hará olvidar! ¡Bebe, bebe el dulce filtro, y a Leonor olvidarás!”.

Dijo el cuervo: “Nunca más”.

“¡Profeta! -grité-, ser malvado, profeta eres, diablo alado! ¿Del Tentador enviado o acaso una tempestad trajo tu torvo plumaje hasta este yermo paraje, a esta morada espectral? ¡Mas te imploro, dime ya, dime, te imploro, si existe algún bálsamo en Galaad!” Dijo el cuervo: “Nunca más”.

“¡Profeta! -grité-, ser malvado, profeta eres, diablo alado!
Por el Dios que veneramos, por el manto celestial, dile a este desventurado si en el Edén lejano a Leonor, ahora entre ángeles, un día podré abrazar”.
Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”.

“¡Diablo alado, no hables más!”, dije, dando un paso atrás; ¡Que la tromba te devuelva a la negrura abisal! ¡Ni rastro de tu plumaje en recuerdo de tu ultraje quiero en mi portal! ¡Deja en paz mi soledad! ¡Quita el pico de mi pecho y tu sombra del portal!” Dijo el cuervo: “Nunca más”.

Y el impávido cuervo osado aun sigue, sigue posado, en el pálido busto de Palas que hay encima del portal; y su mirada aguileña es la de un demonio que sueña, cuya sombra el candil en el suelo proyecta fantasmal; y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal, no se alzará…¡NUNCA MÁS!.

© “The Raven”. El cuervo (1845) de Edgar Allan Poe (1809-1849) poeta y narrador.

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