Algún día en alguna parte

El sueño de los héroes.

Posted in Artículos by Alguien on 17 agosto 2010

De los varios cursos que Borges dictó cuando estaba a cargo de la cátedra de Literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires, uno solo quedó registrado completamente: el de 1966. De entre todos los autores y períodos de esa literatura, de poderosa influencia sobre su obra, la anglosajona ocupa un lugar de privilegio. Borges resucitó una literatura marginal y de museo para los mismos ingleses y no sólo se valió de ella para forjar la mitología criolla de su obra, encontrando en esas sagas los ancestros de las guerras floridas, los cuchilleros y el tango, sino que se volvió un autor insoslayable para los ingleses interesados en su propia tradición. Carlos Gamerro reconstruye esa relación y se sumerge en el libro Borges profesor (editado en 2000 y reeditado por primera vez esta semana), que reconstruyó con paciencia y maestría aquel curso:

“Voy a empezar con una pregunta para la cual ningún énfasis parece ser suficiente. ¿Qué pudo llevar a un escritor sudamericano a interesarse en una literatura tan marginal, tan muerta y tan remota, y sobre todo tan ajena como la anglosajona, hasta el punto de estudiar un idioma que, incluso dentro de la tradición de las lenguas inglesas, apenas unos pocos académicos especializados manejan? Y si esta pregunta tuviera respuesta, quedaría aún esta otra: ¿cómo se explica que haya tenido éxito, que haya logrado habitar imaginativamente esta literatura y esta lengua muertas, hasta el punto de escribir a partir de ellas, de producir un corpus específicamente borgeano de literatura anglosajona, un corpus que los propios ingleses no pueden ignorar a la hora de estudiar la literatura de sus orígenes? Porque habría que aclarar que ningún escritor de lengua inglesa, en el siglo XX al menos, ha logrado recrear esta literatura con la convicción y la vitalidad con que lo ha hecho este habitante de un perdido arrabal sudamericano.

La relación vital y hasta personal que Borges mantenía con la imaginería de la literatura anglosajona era tal que llegaba a soñarla. En “La pesadilla”, conferencia incluida en Siete noches, afirma que su pesadilla más terrible fue la de “un rey del Norte, de Noruega. No me miraba: fijaba su mirada ciega en el cielo raso. Yo sabía que era un rey muy antiguo porque su cara era imposible ahora. Entonces sentí el terror de esa presencia”. El mismo rey, que ahora es “de Nortumbria o de Noruega”, y el mismo sueño aparecen en el soneto “La pesadilla” de La moneda de hierro, que termina con estas palabras: “Sé que me sueña y que me juzga, erguido. / El día entra en la noche. No se ha ido”. “Juzga” debe leerse, entiendo, kafkianamente, como sinónimo de “condena”. ¿Por qué crimen juzga este rey anglosajón o noruego a Borges? ¿Y por qué pasa del sueño a la vigilia y permanece en ella, juzgándolo para siempre, como el cuervo de Poe?

Un esbozo de respuesta a la pregunta inicial podría empezar por una referencia al linaje anglosajón del propio Borges, a través de la abuela paterna, Fanny Haslam. Es lo que sugiere el poema “Al iniciar el estudio de la gramática anglosajona”: “Al cabo de cincuenta generaciones / vuelvo [...] a las ásperas y laboriosas palabras / que, con una boca hecha polvo, / usé en los días de Nortumbria y de Mercia / antes de ser Haslam o Borges”.

La hipótesis es simpática, pero no explica por qué Borges no manifiesta pareja devoción por Os Lusíadas, debido al origen portugués de los Borges, o por el Poema de Mio Cid, por los Acevedo y los Suárez. Además, si los ancestros fueran tan poderosos, casi todos los escritores ingleses, norteamericanos y australianos deberían también haberse abocado a realizar parejas recreaciones de la literatura anglosajona. La ascendencia anglosajona es aquí más una excusa, casi diríamos un pedido de permiso, que una causa o un motivo. Borges intenta (conscientemente o no) legitimar su presunción ante un auditorio anglosajón imaginario y sus imaginarias censuras.

Es interesante considerar cuál es el corpus específicamente borgeano de la literatura anglosajona, es decir, qué textos selecciona y privilegia Borges. En sus Literaturas germánicas medievales, como corresponde al propósito de divulgación de la obra, es más general y abarcador; lo mismo sucede en el curso de literatura inglesa en la UBA incluido en Borges profesor; la selección es más acotada en la Breve antología anglosajona, y es directamente personal en su poesía y sus relatos. Y lo que se comprueba es que en ellos Borges se interesa sobre todo por las composiciones realistas de las antiguas literaturas germánicas, lo cual lo lleva a preferir el modelo de las sagas islandesas por encima de poemas como Beowulf o El cantar de los Nibelungos, en los cuales es mayor la proporción de lo simbólico y lo mágico. “El arte medieval es espontáneamente simbólico”, escribe Borges en Literaturas germánicas medievales, “conviene recordar esta circunstancia para apreciar lo excepcional y asombroso de un arte realista como el de las sagas en plena Edad Media”.

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Cómo leer un best seller.

Posted in Artículos by Alguien on 2 julio 2010

Texto: Martín Schifino. Publicado en Revista de Libros. Nº 163-164 · julio-agosto 2010.

¿Qué es un best seller? Usted y yo lo sabemos. Con los años hemos hojeado algunos, aunque por lo general leamos, o prefiramos leer, cosas más edificantes. Harold Robbins no es nuestro autor de cabecera. El argumentum ad populum de que más es mejor no nos mueve ni un pelo. Aunque no siempre lo digamos, creemos que más, de hecho, es peor. Sabemos que esa opinión tiene el mismo rigor lógico que su opuesto, es decir: cero. Pero no estamos hablando de lógica; estamos hablando de que somos lectores serios, más serios que los lectores de best sellers. Supongamos, ahora, que estamos en 1980. Supongamos que nos interesa la Edad Media. Al pasar por una librería, descubrimos una novela de un respetable profesor italiano sobre unos asesinatos que tienen lugar en una abadía benedictina del siglo XIV. Muy bien escrita, llena de citas en latín, diálogos teológicos y diagramas a primera vista bastante oscuros, la obra nos intriga por su densidad. Digamos que tenemos ganas de leer algo difícil, intelectualmente estimulante; mientras nos dirigimos a la caja, hasta pensamos que, la próxima vez que veamos a X, un amigo que siempre se jacta de sus «arduas» lecturas, le mencionaremos el libro para demostrarle que no nos quedamos atrás. Unos segundos después compramos El nombre de la rosa, como lo harán, de entonces a esta parte, quince millones de personas en todo el mundo.

Lo anterior es, por supuesto, una caricatura, pero la pregunta inicial parece ahora más difícil de contestar. Si pensábamos que el best seller era un tipo particular de libro, nos equivocamos. Si le atribuíamos determinado valor estético, vimos que no era necesariamente así. Si lo considerábamos parte de una cultura totalmente ajena, establecimos puntos de contacto con ella. Una manera de reaccionar sería renegar de la novela, como hizo más de un crítico ante la creciente popularidad de Umberto Eco. Pero podríamos también ampliar la definición de best seller, con la esperanza de refinar nuestra comprensión del fenómeno. La primera constatación será obviamente económica (y tautológica): el best seller es un libro que vende. Un economista quizá nos dé una versión más florida, como que es un libro que crea el incentivo de que cierto número de personas lo compre; pero en esencia es lo mismo. Como dice Stephen King: «A Grisham, Clancy, Crichton y a mí [...] nos pagan sumas descomunales de dinero porque vendemos una cantidad descomunal de libros a un público descomunalmente grande». Lo interesante viene ahora. ¿Por qué Grisham, Clancy, Crichton, King (y Eco)? ¿Por qué que algunos libros crean ese incentivo y otros no? ¿Cuál sería la correlación entre ventas y rasgos estéticos? ¿Existe realmente? ¿Puede llegarse a una explicación textual del best seller?

Una respuesta satisfactoria tendría que bosquejar la estética común de, por ejemplo, El nombre de la rosa y Misery, a riesgo de dar una definición de una generalidad tal que no se explicara, en rigor, nada (como en la «definición» de novela de E. M. Forster: «una narración en prosa de más de setenta mil palabras»). Tal es el desafío que enfrenta David Viñas Piquer en El enigma best-seller, un inmenso estudio que plantea el problema en términos de géneros literarios. Viñas observa, correctamente, que «ningún conjunto de rasgos genéricos distintivos comparece con absoluta evidencia en el momento de intentar una definición del supuesto género best seller». El gótico, el policial, la novela romántica, son géneros altamente codificados; el best seller no presupone códigos. Pero lo cierto es que se habla, en la prensa y en la calle, del «género best seller». Esta discrepancia entre marcas textuales y percepciones de lectura le preocupa a Viñas. «Tenemos un problema y habrá que buscar alguna solución», escribe. La que se le ocurre es tan ingeniosa como abstracta: «El best seller sólo puede ser considerado un género literario si es visto como un fenómeno de genericidad puramente analógica. [...] O sea –comenta el autor– que la teoría literaria acaba de hacer acto de presencia». Ah, la teoría. ¿Qué haríamos sin ella?

No es que Viñas, profesor de Teoría de la Literatura y autor de una Historia de la crítica (608 páginas) y una Teoría literaria y literatura comparada (488 páginas) capaces de mantener abierta la bóveda de un banco, no esté cualificado para hablar bien del tema. Una de las virtudes del libro, que puede pecar de machacón pero no de enigmático, es su accesibilidad: el dialecto metalúrgico-obscurantista de tanta crítica académica de hoy día rara vez hace «acto de presencia» en sus páginas. Viñas maneja además una bibliografía amplia y la remite con pertinencia a los textos. Lo malo es que la teoría de los «géneros analógicos» resulta casi incoherente al aplicarse a los best sellers. ¿Qué es, a todo esto, un género analógico? Un género que el lector establece «independientemente de todo lazo de motivación causal y de la transmisión histórica entre los diferentes textos». Por ejemplo, podrán leerse como cuentos moralizantes una parábola china del siglo XII, un fabliau de la Francia medieval y una leyenda de los indios mapuches, aunque no ha habido contacto histórico alguno entre las formas. Al relacionar los ejemplos anteriores se habrá elaborado un género desde el polo del lector. Se sigue que tal género no existe como, digamos, el «cuento de fantasmas»; es, antes bien, nominal; es lo que yo, lector, digo que el género es. Al nombrarlo hago una operación de abstracción: reduzco distintos textos a sus elementos comunes (la narrativa, la moraleja), dándoles prioridad por encima de otros. Hasta ahí, todo muy claro. Pero con el best seller las aguas se enturbian.

Para empezar, no son los textos mismos los que me llevan a percibir la analogía, sino el hecho económico de que vendan: mi impulso analógico está, como dicen los teóricos literarios, sobredeterminado (por «la evidencia de [...] una misma suerte de mercado»). Este problema es, en rigor, insoluble, pues se desprende de un error categorial: el de recortar la literatura mediante una categoría económica. Quizá para salir del atolladero, Viñas propone, haciéndose eco de una definición cortazariana de literatura, la idea de que un best seller será todo aquello que se lea como tal. Un momento de reflexión revelará, sin embargo, que se cae en una petición de principio: ¿por qué se leen como tal ciertos textos y no otros? ¿Y qué quiere decir leer un best seller como tal cuando no sabemos qué es un best seller? En este punto, Viñas es sumamente vago: al leer best sellers quedaría «la sensación de un vago parecido, pero no hay manera luego de justificar ese parecido apelando a marcas textuales y sólo queda la búsqueda de un referente común para todas ellas». «Un vago parecido» sin «marcas textuales» es muy poco para establecer una analogía, por mucho que se la localice «sólo en el polo de la recepción» (compárese con el género de los cuentos moralizantes).

Quizá nos ayuden las «expectativas de lectura». Uno nunca se acerca a un texto, nos recuerda Viñas, en un vacío absoluto de información; espera algo; tiene preconceptos. Estas expectativas permitirían «configurar la clase genérica en cuestión», «un arquetipo» o «modelo ideal» de best seller, con el cual comparar los best sellers reales. Si parece que nos estamos yendo hacia la metafísica, es porque la idea subyacente es de un impecable platonismo. ¿Hace falta semejante maquinaria conceptual para hablar de géneros? Acabamos de empezar. Según Viñas, uno no establecería una analogía entre los textos, sino entre cada texto y el arquetipo que se forma abstrayendo todas las propiedades de los textos. Así, los best sellers A y B pueden no parecerse entre sí, pero sí parecerse ambos al modelo ideal Z. Esta solución busca salir de la circularidad, pero en realidad la reenvía un paso atrás, repitiendo el problema de por qué mis expectativas hacen que se encienda la categoría Z cuando leo las obras A (digamos, La mano de Fátima) y B (Millennium), pero no cuando leo C (digamos, un libro de Thomas Bernhard). El vocabulario de Viñas rechina bajo el esfuerzo argumentativo de fundamentar lo infundamentable: «lo único que verdaderamente necesita [una obra] es ser leída desde los postulados básicos que han permitido configurar la clase genérica en cuestión. De manera que los textos pertenecen al género porque participan no de todos, sino de alguno o algunos de sus rasgos característicos. En rigor, todos los textos integrantes del género serán derivaciones más o menos puras del modelo ideal fijado de antemano». Pero salvo que uno crea en la existencia de ese «best seller platónico» del que se deducen todos los best sellers –y mientras nadie nos muestre las pruebas, lo mejor es no creer–, se diría que la idea está al revés y que es el crítico quien, a partir de muchos ejemplos puntuales, ha llegado por abstracción a un modelo. ¿Cuándo se fijaría, si no, ese modelo ideal?

El principal problema lógico de la teoría de Viñas es su circularidad, pero aún mayor es el problema metodológico de pasar por alto los datos empíricos que arroja la propia investigación. La segunda mitad de El enigma best-seller, mucho más sólida, es un extenso comentario de textos, que releva y revela los rasgos genéricos más frecuentes de los best sellers: el policial, el romance, la novela de educación, de terror y unos cuantos más. Con esta tipología, Viñas realmente le hace un favor a los libros y a la crítica literaria. Pero las conclusiones son, obstinadamente, que el best seller «existe de manera bastante evidente como abstracción en el imaginario colectivo». ¿Como abstracción? Es aquí donde la teoría literaria debería hacer más fuerza: buscar correlaciones políticas, ideológicas, culturales. En este sentido, Viñas encamina bien el debate al notar que «los rasgos esenciales [...] de best seller están estrechamente vinculados al contexto concreto en que surgió y se expandió con fuerza este sorprendente fenómeno literario: el contexto de la cultura de masas. De ahí que sea necesario [...] poner esos rasgos en relación directa con la situación contextual». Suena sensato, aunque confieso haber recortado la cita: donde ahora hay puntos suspensivos se insiste en el «modelo genérico» y el «arquetipo ideal». Seamos, en este punto, claros: no existe el modelo genérico. No existe el cielo platónico de ideas donde el perfecto best seller descansa inmóvil. Existe una cultura en permanente movimiento, dentro de la cual algunos libros consiguen millones de lectores mientras que otros juntan polvo. Considerar este contexto cultural es clave, porque el best seller no es nunca una esencia inmutable, sino precisamente un resultado estadístico. Puede leerse entonces de un modo más abierto: como un síntoma (textual) de obsesiones culturales, expresado en un valor numérico (ventas). Lo que lee una cultura nos habla de esa cultura. Y nada habla más claro que lo que una cultura lee masivamente.

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El envés de la afirmación anterior sería que cada época, quizá cada temporada, tiene los best sellers que se merece. La idea de que nos merecemos a alguien como Dan Brown es suficiente para echarnos a dormir veinte años, con la esperanza de que las cosas mejoren. Pero hay que ver si mejoran. El símbolo perdido apunta, de hecho, a un futuro posible en el que no sólo no habrá novelas buenas, sino que se habrán olvidado los estándares literarios que permiten identificar una buena novela. Dudo que el sacrificio de leerlo sirva a las generaciones venideras, pero el mejor favor que puede hacérsele a la literatura es defenestrar esta historieta kitsch en honor a los estándares aún vigentes. La trama es la primera ofensa. Robert Langdon, el famoso profesor de Harvard «experto en simbología» (disciplina, por cierto, desconocida en Harvard), deberá enfrentarse una vez más a poderes subterráneos que amenazan con echar por tierra los pilares de la civilización occidental. Nada menos. La intriga, tan entreverada que desafía cualquier resumen, involucra a los masones, a un místico demente que pretende dominar el mundo, a la CIA y, entre otros, a una científica dedicada a una «ciencia tan avanzada que casi no parecía ciencia» (parece, en efecto, religión aplicada: uno de sus experimentos es «pesar el alma»). Entretanto se nos muestran edificios emblemáticos de Washington, como el Capitolio, el Smithsonian y la Library of Congress. El malo de la novela quiere hacer público «un poderoso conocimiento denominado antiguos misterios [...] o saber perdido de los tiempos», que han guardado celosamente los masones. Es difícil saber, la verdad, a qué viene tanta alharaca ocultista, porque el secreto resulta no ser más que una confirmación, prefigurada en los «textos antiguos» y los «profundos conocimientos científicos de los antiguos», de que la ideología estadounidense de la tolerancia y el libre culto (pero culto al fin) es lo más conveniente para la humanidad. En otras palabras, Estados Unidos está avalado por el saber de los antiguos. Quiénes son esos antiguos, un detalle menor para Brown, queda menos claro: ¿griegos, egipcios, sumerios? Una respuesta del libro: «Abreviando, los antiguos misterios hacen referencia a un cuerpo de conocimientos secretos reunidos hace mucho tiempo». En otras palabras, pedir detalles es pedir peras al olmo.

Uno podría aceptar las vaguedades infantiles (similares al «había una vez…») de El símbolo perdido y, con mayor dificultad, su propagandismo ideológico, no muy distinto del de cientos de películas o novelas en las que los rusos son muy malos y los estadounidenses unos santos, si no fuera porque la escritura echa por tierra cualquier inclinación a «dejarse llevar por la historia». Cada día que Brown publica un libro, como dijo una vez Bernard Shaw sobre una obra de teatro, es un mal día para la lengua inglesa; la pésima traducción publicada por Planeta tampoco le hace favores a los lectores españoles, aunque ni Luis Astrana Marín habría podido refrescar la descomposición de la prosa. El libro es una macedonia pasada de clichés. Hay «joyas ceremoniales» que «brillan cual ojos fantasmales»; el Inferno de Dante es «su legendario Inferno»; y cuando Langdon entra en un «colosal edificio», nos encontramos con descripciones como la siguiente: «El Capitolio se yergue regiamente en el extremo oriental del National Mall [...]. La gigantesca planta mide» etc., «ocupa más de seis hectáreas de tierra, y contiene la sorprendente cantidad de 541 habitaciones», y «está meticulosamente diseñada para rememorar la grandeza de la antigua Roma». Esto es mucho peor que las descripciones convencionales que sitúan la acción; el modelo de la prosa es, obviamente, la guía de turismo. Mientras el libro grita «miren esto, admírense de aquello», supura con la falsedad del kitsch. Umberto Eco, en Apocalípticos e integrados, propone «la definición del mal gusto, en arte, como prefabricación e imposición de efectos». Agrega: «El kitsch pone en evidencia las reacciones que la obra debe provocar». Lo mejor que puede decirse de Dan Brown es que es un consumado efectista.

Stephenie Meyer también es una escritora dada a los efectos. Según Stephen King, directamente, «no sabe escribir». Sin cuestionar a King, que sabe escribir y sabe de lo que habla, hay que decir que la sensiblería épica de Meyer tiene lo suyo. Eco, de nuevo, viene al caso; en su famosa apreciación de Casablanca, apunta: «Dos clichés nos hacen reír. Cien nos conmueven. Pues sentimos vagamente que los clichés hablan entre ellos, y celebran una reunión». En Amanecer, arquetipos y clichés están de fiesta. Cuarta entrega de una enorme saga gótica de protagonistas adolescentes, Amanecer es, en la superficie, una novela de vampiros (vampiros buenos o «vegetarianos» que sólo se alimentan de animales); pero en el fondo se adhiere a las convenciones del cuento de hadas, donde una chica como cualquier otra es amada por un príncipe azul. Véase la siguiente escena, con la que los editores, arteramente, promocionan el libro: «“No tengas miedo”, le susurré. “Somos como una sola persona”. De pronto me abrumó la realidad de mis palabras. Ese momento era tan perfecto, tan auténtico. No dejaba lugar a dudas. Me rodeó con los brazos, me estrechó contra él y hasta la última de mis terminaciones nerviosas cobró vida propia. “Para siempre”, concluyó». Quien habla es Bella, la narradora y símil-cenicienta, que no deja de extasiarse frente a Edward, el vampiro-príncipe; en Eclipse, Bella decía: «El tiempo no me había vuelto inmune a la perfección de su rostro», o «Ninguna de las experiencias de mi vida se comparaba a la sensación de sentir sus labios fríos, duros como el mármol pero siempre tan suaves, contra los míos». Stephenie Meyer podrá tener una fantástica concepción de la anatomía humana (¿labios «duros como el mármol»?, ¿terminaciones nerviosas que cobran vida propia?), pero escribe mal con inmensa energía.

Si el romance se basa en retardar la unión de los protagonistas, el atractivo principal de las tres novelas anteriores era la tensión sexual irresuelta entre Bella y Edward. La excusa, hasta ahora, había sido el miedo de Edward a perder el control durante el acto: «No imaginas lo increíblemente frágil que eres», dice una línea muy comentada y, por cierto, vilipendiada por lecturas feministas. Pero para la paciencia de todo lector hay un límite. En Amanecer, por fin, la dinámica de los personajes trasciende el amor platónico y, en los primeros capítulos, Bella y Edward consuman lo que hay que consumar. Por desgracia, la erótica de Meyer funcionaba mejor en la castidad que en el sexo. Y la nueva novela no propone nada más excitante que los problemas de un matrimonio morganático. No es fácil estar casada con un ser heroico, hermoso e inmortal, por no hablar de los inconvenientes de preparar la cena. La intriga se crea en torno al hijo de la pareja, mitad vampiro y mitad humano, excluido por ciertos vampiros. Predeciblemente, al final la tolerancia se impone y todos viven felices y comen perdices. Meyer pasa en este volumen del romance artúrico a la novela burguesa; pero, moralmente, no cruza la línea del melodrama victoriano. Como dice Laura Miller en un estupendo artículo de Salon Magazine: «La fantasía femenina de ser rescatada de la oscuridad por un hombre poderoso y deslumbrante, de ser puesta a salvo de las vicisitudes de la vida por su fuerza y su dinero: todo esto resulta ser un sueño difícil de dejar atrás».

Difícil de dejar atrás, también, es la historia. Las dos novelas que siguen en nuestra lista vuelven escrupulosamente al pasado. Ken Follett se hizo famoso en 1989 con Los pilares de la tierra, un novelón de más de mil páginas sobre la construcción de una catedral en la ficticia ciudad de Kingsbridge en el siglo XII. Más larga aún es Un mundo sin fin, la continuación de Los pilares y la «dieciochava novela» del autor. En este punto debo confesarme incapaz de leer a Ken Follett, que por ello no figura en la lista. Es una incapacidad, para empezar, física: Un mundo pesa como mínimo dos kilos, y ni sentado ni acostado conseguí sostenerla en una posición cómoda; a falta de un púlpito ante el que leer de pie, no veo forma de manejar el mamotreto. La incapacidad se complica por la resistencia mental. Inmensas, desmedidas, las novelas de Follett sólo me hacen pensar en eso de «más largas que esperanza de pobre»: son largas y, por lo que dicen las solapas, hay en ellas personajes pobres, que nunca pierden las esperanzas. Con saber eso, este lector se conforma. Comparada con semejantes Everests de tinta, La mano de Fátima, de Ildefonso Falcones, un autor también afecto a las catedrales, es una novela normal; tiene sólo novecientas páginas y no debe de pesar más de un kilo y medio. Felizmente, además, la escritura es muy superior a la de Brown o Meyer. Abogado de profesión, Falcones escribe como un sesudo profesor de historia: «El puerto de Ragua se alzaba a más de dos varas castellanas y constituía el paso para cruzar Sierra Nevada en dirección a Granada sin tener que rodear la cadena montañosa». No será Proust, pero es un pasaje competente.

Ambientada en la Córdoba de la segunda mitad del siglo XVI, la novela cuenta la historia de Hernando, un joven que, siendo «hijo de una morisca y del sacerdote que la violó», vive a caballo entre dos culturas, sin pertenecer del todo a ninguna ni poder conciliarlas. La solapa del libro nos recuerda que la novela aparece «cuando se cumple el cuarto centenario de la expulsión de los moriscos de España», y una extensa nota histórica del autor vuelve sobre el centenario para condenar «uno de los numerosos episodios de xenofobia que ha producido la historia de España». Cualquier sospecha de oportunismo conmemorativo se disipa cuando se comprueba la solidez ética e histórica de esta novela. Falcones, que se ha documentado exhaustivamente sobre la historia del islam en España y en el Magreb, tiene además la capacidad de imaginar la experiencia cotidiana de los católicos y musulmanes de la época, creando así la ilusión de realidad vivida. Y la realidad que le toca vivir a Hernando es a menudo fascinante. La novela empieza por la sublevación morisca en el pueblo de las Alpujarras, un momento de quiebra de la convivencia religiosa. Hernando escapa al bando de los moriscos, pero más tarde logra salvar el pellejo gracias a haber ayudado a un noble católico. La primera parte de la novela es una especie de picaresca en la que lo vemos yendo de un bando al otro como doble espía, aunque se aferre al islam en la intimidad. Mientras tanto, se enamora de una muchacha llamada Fátima, que es reclamada como segunda esposa por su padrastro, el de Hernando, pero más tarde consigue escapar de él. De peripecia en peripecia, los amantes se reúnen y se separan; el amor imposible por Fátima hace de contrapunto a las imposibles exigencias de la fe.

La lógica es la del melodrama, aunque a un ritmo más moderato que el que se encuentra en una buena ficción de Dumas o Dickens. Uno de los problemas es que Falcones no sabe dónde parar; la novela se abre a tal punto a la contingencia que a los personajes puede ocurrirles cualquier cosa. Hernando tiene media docena de hijos, hace fortuna, cotillea con la baja nobleza católica, se dedica al estudio de textos sagrados; Fátima recala en Berbería, tiene también varios hijos, se casa con un corsario, lo mata, descubre las alianzas católicas de Hernando, se propone olvidarlo, acaba perdonándolo. La falta de forma es narrativa, pero el verdadero problema se desprende de los presupuestos historiográficos que guían la narración. La vieja gesta de la expulsión de los moriscos como «reconquista», por supuesto, ha sido expuesta como una construcción política indefendible en lo moral y con poco asidero en la verdad histórica. Pero Falcones tampoco quiere caer en el error de un revisionismo absoluto que pinte como opresor sangriento a un bando y víctima oprimida al otro. Hubo una complicadísima guerra ideológica y territorial; en un sentido, todos perdieron. Sobre la revuelta de las Alpujarras, Falcones, citando las fuentes pertinentes, nota que «se trató de una guerra que los dos bandos llevaron a cabo con suma crueldad». En semejante complejidad, la novela busca desesperadamente un héroe, pero sólo encuentra un caos de situaciones irresueltas.

Ordenar los datos de una realidad compleja es el gran desafío de un novelista histórico. Falcones puede aprender mucho, en este sentido, de Pérez Reverte. Su nueva novela, El asedio, es un libro casi tan largo como La mano de Fátima y contiene un número comparable de personajes, saberes y ambigüedades morales; pero está exquisitamente bien ordenado. La novela es al menos dos novelas (y dos géneros): una narra la vida durante el sitio de Cádiz; la segunda es una historia policíaca sobre un asesino que aprovecha la caída de las bombas para matar mujeres. Los dos interrogantes (¿entrarán los franceses?, ¿atraparán al asesino?) se imbrican a su vez con una narración realista sobre la vida cotidiana de los ciudadanos de Cádiz. El otrora reportero de guerra Pérez Reverte es un atento reportero del pasado; su prosa atrae detalles como un imán limaduras de hierro. Sobre taxidermia: «Tras desollar al animal, descarnar y limpiar los huesos, tuvo varios días la piel sumergida en una solución de alumbre, sal marina y crémor de tártaro». Sobre armamentos: «Los defectos de los tres obuses [...] se deben a un sabotaje realizado en su proceso de fundición: una deliberada aleación incorrecta, que termina produciendo fracturas de las que en jerga artillera son conocidas como escarabajos y cavernas». Sobre vestimentas: «Él [...] lleva un calzón corto por las rodillas, camisa de tela basta, chaquetilla corta de bayeta y navaja de palmo y medio de hoja metida en la faja». Y cuando un personaje mira el horizonte con un telescopio, el narrador comenta que se trata de «un buen Dixley inglés, con tubo extensible de latón dorado».

Esta profusión de detalles, o voluntad permanente de desplegar conocimientos abstrusos, es una de las debilidades –en ambos sentidos– de Pérez Reverte. El problema no estriba en oraciones como: «La enorme vela cangreja gualdrapea dando bandazos en la marejada, con fuertes tirones que estremecen el palo y el casco negro de la balandra». Cuando un autor nos envía al diccionario, nos hace un favor. Pero a veces los tecnicismos llevan a traspiés de verosimilitud, como en un ejemplo de los de arriba. Si quien piensa en artillería es un artillero, ¿por qué aclara que «en lengua artillera» ciertas fracturas se llaman «escarabajos y cavernas»? Algo así es precisamente lo que no se diría a sí mismo ese personaje. Dada la riqueza documental, esta crítica puede parecer impertinente, pero en esos momentos peligra la ilusión realista: al ver el truco, dejamos de creer en el truco. El asedio está un tanto recargada de detalles, aunque lo aligera por contrapartida el aire insuflado a los personajes. De nuevo, el impulso tiene mucho de periodístico; el autor sabe que, por importante que sea el decorado de la escena, el centro lo ocupan siempre los humanos.

El impulso periodístico está en el centro de nuestra última novela, La reina en el palacio de las corrientes de aire, el tomo final de la trilogía Millennium, de Stieg Larsson. Es muy probable, de hecho, que el enorme éxito de Millennium tenga que ver con que leerlo no requiere más esfuerzo que leer el periódico. La escritura es rápida, de frases cortas y declarativas; los adjetivos jamás se pasan de la raya; los adverbios brillan por su ausencia. La voz va directa al grano. La primera entrega de la serie (y de nada sirve empezar a leer por el medio), Los hombres que no amaban a las mujeres, era una estupenda novela negra, cuyo rol de detective lo cumplía un periodista atractivo y mujeriego, que parece la fantasía de un periodista. Mikael «Kalle» Blomkvist solucionaba el caso, llevaba al villano a la ruina, ganaba mucho dinero y hasta se ganaba a la chica, Lisbeth Salander. Las dos novelas siguientes se centran en la chica, probablemente el personaje de ficción más famoso de los últimos tiempos. Delgada, de un metro y medio de estatura, con un dragón tatuado en la espalda, hosca, bebedora, violenta, bisexual o, como le dice una amante, puramente sexual, artera, inconformista, inteligentísima y la mejor hacker de Suecia, Lisbeth Salander rompe todos los moldes del convencionalismo. Pero, como dice Bob Dylan en «Absolutely Sweet Mary», «para vivir fuera de la ley hay que ser honesto», y Salander se rige por un férreo código moral propio. No es que eso la exima de conflictos. En el final del segundo libro, tras recibir un tiro en la cabeza que la deja medio muerta, es llevada a un hospital donde, acusada de varios homicidios, queda bajo custodia policial a la espera de un juicio. El lector sabe que Salander es inocente, pero muchos indicios la inculpan, y nadie salvo Blomkvist le cree. La tercera novela se ocupa de la defensa y rehabilitación del personaje frente la sociedad. Más que de género policíaco, se trata de una novela periodística sobre la manera en que circula la información. Y, si hay una intriga, es la de cómo los datos que sabemos de primera mano van a ser corroborados por el complicadísimo sistema de justicia. Blomkvist, periodista fogueadísimo, va y viene entre jueces, policías, detectives, o incluso el primer ministro de Suecia. Al final, por supuesto, los desvalidos ganan, mientras los criminales caen como moscas. Aunque un tanto rocambolesca, la novela es una poderosa apología del cuarto poder.

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Las obras anteriores (incluida la referida de Ken Follett) encabezaron las listas de los más vendidos en España durante el año 2009 y principios de 2010. Como se ve, son sumamente distintas en sus afiliaciones y temáticas. Al mismo tiempo, es bastante obvio que todas participan de algún género particular: hay una novela de intriga, un romance gótico, tres novelas históricas y una policíaca periodística. El gran público, puede deducirse, elige convenciones estables. Se observa la misma estabilidad en los personajes, que son entidades de rasgos fijos y mayormente verosímiles. La sintaxis narrativa de todas alterna descripción, narración y diálogos caracterológicos de forma probada y aprobada. La escritura es pequeñoburguesa, acumulativa, rica en nombres propios, vocabularios específicos, palabras de época y adornos léxicos, pero de lo más convencional en cuanto a la sintaxis y la retórica (esto es igualmente cierto en el caso de El asedio, donde la escritura es de muy buen nivel, y El símbolo perdido, donde es todo lo contrario). La narración, con sus cortes nítidos y secuencias bien desarrolladas, registra la influencia del cine y de formas periodísticas como el reportaje. Puede decirse que todos los libros reseñados comparten una actitud respetuosa hacia la literatura. Ninguno es una obra de ruptura. Haciendo las salvedades necesarias en cuanto a los contenidos, podrían haber sido escritos en el siglo XIX. Si algo los une, de hecho, es lo conservadores que son en la forma. En la historia de las convenciones literarias, estos libros atrasan al menos un siglo.

Pero estas vagas coincidencias no indican que estamos frente a un género en particular. Indican más bien que el mercado aprueba lo conocido. Por tomar prestada una frase de John Kenneth Galbraith, la «sabiduría convencional» de un sector mayoritario de la cultura favorece la novela de corte realista, que narra una historia en orden cronológico con personajes redondos. También en el plano ideológico, los best sellers reseñados expresan, en distinto grado, «estructuras de ideas aceptables» (Galbraith), incluso cuando prometen develar algo nuevo. Rara vez es de otra manera; el gran público, al elegir lo que lee, elige lo que quiere escuchar. Lo que quiere escuchar ahora es a veces muy civil y otras levemente alarmante. En cuanto a la historia de España, el revisionismo light está a la orden del día. En cuanto a la historia en general, nada mejor que las narraciones enfocadas «desde abajo», desde los ojos del hombre de a pie. Mientras tanto, los mitos como el amor eterno no han muerto, según demuestra Luna nueva, con la salvedad de que perviven mayormente entre lectoras de unos quince años (los datos demográficos son fehacientes). Que el mismo infantilismo se manifieste de cara a la política, entre ciudadanos adultos, es quizás indicador de una ingenuidad profunda. Los delirios políticos más insidiosos encuentran aval en Dan Brown. ¿No sería fantástico si nuestros gobernantes estuvieran gobernados por poderes ocultos? Fantástico es la palabra, en su segundo sentido. Pero habrá también quienes verán en Millennium un reflejo de convicciones más maduras, como la de que los sistemas de justicia deben criticarse en detalle, porque las libertades que garantizan deben defenderse en su totalidad.

Históricamente, se han esgrimido distintas razones para defender la literatura popular. A menudo nos llegan los intereses creados de la literatura misma. Sin folletines no hay Madame Bovary. Sin literatura policíaca no hay Ficciones. Sin cómics no hay Cosmicomics. También se oye, sobre todo cuando se habla de lectores jóvenes, lo que podríamos llamar la «falacia del mejoramiento»: alguien empieza por Crepúsculo, pasa a Drácula y muchos, muchos libros después termina leyendo, digamos, En busca del tiempo perdido. Es bastante dudoso. El mejor motivo para leer best sellers, en cualquier caso, no es su conexión con un arte presuntamente más refinado; es su reveladora conexión con la sociedad y sus fantasmas. Cada tanto, millones de lectores se dejan atrapar por un mismo libro. Pasa de pronto. El monstruoso best seller se agazapa en la sombra.

Recetario de libros.

Posted in Artículos by Alguien on 16 enero 2010

Siempre he pensado que, para estos catarros de la cuesta de enero, una biblioteca es la mejor farmacia: por eso he elaborado mi propio recetario de libros del 2009 (soy partidario de la automedicación).

Hay libros de uso tópico, como las pomadas, que funcionan sólo con ponerlos en el sitio, se aplican sobre una mesa bajera, por ejemplo (en inglés los llaman coffe-table books), y causan una poderosa impresión en las visitas y en el feliz propietario, que siente su benéfico influjo sólo con tenerlos a la vista. La pomada curalotodo del año ha sido esa Nueva Gramática de la RAE. Y el mejor linimento en spray, la Historia de mi vida, de Casanova. 120 euros cuesta cada uno de ellos, sí, pero ¿y ese alivio sintomático inmediato que producen sin leerlos siquiera?

Otros son de uso interno: no hay más remedio que leerlos para que hagan efecto. Yo me he administrado con éxito varios fármacos, todos de amigos míos (vaya por delante):”Deseo de ser punk” de Belén Gopegui;”Retrato de un hombre inmaduro” de Luis Landero; “El espíritu áspero“, de Gonzalo Hidalgo Bayal; “La jauría y la niebla“, de Martín Casariego; “En el fondo“, de Begoña Huertas, o “El estatus“, de Alberto Olmos. A Francesc Serés no le conozco de nada, pero su “Materia prima” es una gran terapia.

La Caja Entera. También hay antibióticos de amplio espectro, para todos los públicos, con el pequeño inconveniente de que, para que funcionen, hay que terminarse la caja entera, aunque ya te encuentres bien: “La noche de los tiempos“, de Muñoz Molina, que es la II República y la guerra a base de Clamoxil. Algunos, como “Nocilla Lab“, de Agustín Fernández Mallo, vienen en comprimidos efervescentes y son para enfermos imaginarios: sólo curan esas patologías voluntarias provocadas por el propio paciente. Otros, como Stieg Larsson, vienen en supositorios, motivo por el que no me he atrevido a leerlo.

Hay ciertos libros que actúan como placebos, es decir: son inocuos, daño no hacen, pero en realidad no contienen ningún principio activo. La gente los lee de buena fe, se sugestiona y cree que le están sirviendo de algo. Por ejemplo, la poesía de Caballero Bonald: no es nada, sólo agua con azúcar, una pastilla de colores, pero hay hipocondríacos intelectuales que se la tragan y piensan que les está haciendo un gran efecto. Se sugestionan hasta convencerse a sí mismos de que están leyendo algo sublime, para paladares muy exigentes, y que están ya curados de todos los males y, sobre todo, de la mala conciencia.

Los clásicos son como los medicamentos genéricos: más baratos, más eficaces, pero sin publicidad ni envase atractivo. Ahí están las nuevas ediciones de bolsillo de Onetti o de Juan Benet: creo que no deberían faltar en ningún botiquín de emergencia.

Lo que le da beneficios a las editoriales, sin embargo, es lo mismo que a las farmacéuticas: se hace una mínima modificación en la fórmula (para mantener la patente), se busca un paquete de colores y se invierte en publicidad. Ale-hop: es una simple aspirina de toda la vida, pero ahora lleva un nombre más atractivo y lo anuncian por la tele como si tuviera nuevas propiedades muy poderosas. La enésima novela de Philip Roth, por ejemplo, que es el mismo Frenadol de hace cincuenta años.

Pastillas Del Dr. Andreu. Francisco Ayala, en cambio, que murió en 2009 en loor (y olor) de santidad, se parece a las legendarias «pastillas del Dr. Andreu». No sirve para mucho, no quita ni siquiera la tos, pero tiene un prestigio incomprensible, que debe de ser alienígena: un prestigio con movimientos que no podría describir ningún escritor convencional, un auténtico PVNI (Prestigio Volador No Identificado).

Lo malo de los libros es que no vienen con prospecto completo, como las medicinas, sino con contraportadas, que nunca advierten de los efectos secundarios ni de las contraindicaciones. ¿Tu rostro mañana, de Javier Marías, por fin en un solo volumen? Que avisen de que produce intensa somnolencia y hay que evitar su lectura si se va a conducir o a manejar maquinaria pesada. También puede provocar mareos, náuseas, vértigo, incredulidad y hormigueo en las extremidades. Si persisten los síntomas, hay que provocarse el vómito y llamar al Instituto de Toxicología.

Farmacia de guardia. ABCD. 16 de enero de 2010 – número: 932.

Guy de Maupassant, cuentista y viajero.

Posted in Libros by Alguien on 17 noviembre 2009

Texto: José María Merino. Revista de Libros. nº 155 · noviembre 2009

Con su propensión al juicio categórico, Harold Bloom, en un libro heterogéneo que reúne reflexiones suyas sobre casi cuarenta autores de narrativa breve, de Alexander Pushkin a Raymond Carver (Cuentos y cuentistas), cuya única sistemática es la ordenación cronológica de los escritores tratados, apunta al hablar de Maupassant que «Chéjov había aprendido de Maupassant a representar la banalidad» y que «en raras ocasiones alcanza la genialidad de Chéjov o de Turgueniev como escritor de cuentos». Denuncia también, como un problema del autor, que «al igual que muchos escritores de ficción del siglo XIX y de comienzos del siglo XX, veía todo a través de la lente de Schopenhauer, el filósofo de la voluntad de vivir». Y por fin se aproxima a la obra del cuentista francés mediante un brevísimo análisis encomiástico de «La casa Tellier» y otro, también breve, aunque abundante en suposiciones pintorescas –como que «Horla» puede ser un juego sarcástico con la palabra inglesa «Whore», puta– a propósito del cuento del mismo título. Condensar en dos cuentos una visión abundante en opiniones radicales no deja de tener su mérito, pero la alusión a la absoluta influencia de Schopenhauer sobre Maupassant parece exagerada, pues con similar criterio se podría decir eso de otros escritores anteriores y posteriores a Maupassant, como Poe, Baudelaire, Thomas Mann o Borges.

Ahora hay ocasión de leer una edición de los cuentos de Guy de Maupassant en castellano que reúne 119, lo que supone sólo la tercera parte de todos los que escribió, pues Maupassant fue un autor muy prolífico en el género y, aparte de esa influencia sobre Chéjov que señala Bloom, entre nosotros podemos encontrar ecos de su forma de trabajar en escritores de cuentos tan notables, como Leopoldo Alas Clarín y Emilia Pardo Bazán. Esta antología recoge un panorama muy significativo de cuentos del autor, aunque en algunas ocasiones, felizmente pocas, hay textos de los que podría haberse prescindido. Por ejemplo, del último, «Crónica», especie de consideración comparativa sobre ciertos comportamientos en Francia y en Italia, que además rompe el orden cronológico de aparición de los cuentos mantenido a lo largo del libro. También pueden echarse de menos otros magníficos, como «El regreso», pero una antología siempre corre esos riesgos.

Para Maupassant, también escritor de interesantes novelas, el cuento fue el instrumento idóneo para construir un mundo literario homogéneo, marcado por situaciones que se desarrollan narrativamente con precisión, caracterizadas por la concurrencia de pocos personajes, mediante un estilo conciso y muy expresivo. Predomina en casi todos los cuentos una mirada irónica que maneja con maestría la sugerencia, y las descripciones del escenario suelen adquirir mucha relevancia, al resultar un apoyo dramático sustantivo.

Aunque es difícil intentar reducir a un esquema temático un panorama de cuentos tan abundante y diverso como el que presenta este libro, puede decirse de entrada que uno de sus primeros relatos, «Bola de sebo», podría ser muy representativo del conjunto. Además, fue el cuento que hizo alcanzar a su autor temprana notoriedad, ya que Émile Zola lo incluyó en la publicación de los textos de Las veladas de Médan. Cuentos sobre la guerra franco-prusiana de 1870, con cuentos del propio Zola, Joris-Karl Huysmans, Henri Céard, Léon Hennique y Paul Alexis, muestra del ejercicio del «naturalismo» que fue bandera de la época. En él aparecen ya muchos de los factores que, con el ajustado ritmo temporal y la convincente composición del espacio, serán recurrentes en la obra de Maupassant. En cuanto a la trama, «Bola de sebo» sigue siendo ejemplar de la originalidad y destreza con las que Maupassant urde casi todas sus historias, un acontecimiento no diré banal, como Bloom, pero sí ordinario –dentro de las circunstancias bélicas en que se produce–, que permite que se pongan en evidencia los mejores y peores aspectos de los comportamientos humanos.

Normandía, donde nació y transcurrió su primera juventud, es un espacio muy familiar en los cuentos de Maupassant, y acaso las mejores piezas son las que transcurren allí. Muchos de esos cuentos reflejan el mundo rural con magnífica evocación de sus bellezas y de sus miserias, sin ninguna complacencia. Las historias pueden ser muy crueles pero también muy emotivas: desde el mozalbete que, en contra de las instrucciones recibidas, va dejando morir de hambre al viejo caballo que ya no sirve para nada («Coco»), o la mujer que manipula su embarazo y pare niños malformados para vendérselos a la gente del circo («La madre de los monstruos»), o el ciego maltratado por sus vecinos y familiares («El ciego»), hasta el niño hijo de soltera que se empeña en conseguir un padre («El papá de Simón»), o la nodriza de pechos dolorosamente hinchados que los descarga al fin en la boca de un vagabundo hambriento compañero de viaje en el tren («Un idilio»), o el hombre a quien sus padres no consienten casarse con la mujer de color a la que ama al considerarla «demasiado negra» en la aldea natal («Boitelle»), el mundo campesino que nos describe Maupassant, con los rasgos de identidad pintorescos que le corresponden, siempre trasciende lo que pudiera considerarse costumbrismo para universalizar la referencia. En ese mundo hay cazurrería, crimen y desdicha, pero también sentido del humor, conmiseración y amor. Bastantes de los cuentos de ámbito normando y rural tratan de cazadores, de la caza como pasión, y en muchos otros las relaciones eróticas y los adulterios forman el tejido argumental.

Precisamente el adulterio, tema tan usual en la narrativa del siglo XIX, nutre también muchos de los cuentos de Maupassant que pudiéramos adscribir al entorno cosmopolita, un mundo de ocultaciones, astucias y malentendidos donde el engaño al cónyuge es una especie de deporte, a veces practicado con el cómplice a lo largo de los años, en forma de matrimonio paralelo («El señor Parent» y «El perdón», entre otros). No es raro que muchos de estos cuentos surjan desde el planteamiento convencional de una reunión social, o de una cena de viejos amigos, donde alguien relata la historia. El erotismo impregna casi todos ellos con esa sabiduría en la sugerencia a la que antes aludí, aunque a veces, dentro de los pocos cuentos prescindibles, se traten asuntos con un énfasis picante que no puede sino suscitar irrisión en quienes pertenecemos al país de Quevedo («La tos»).

Los adulterios se producen en un contexto social a cuya referencia Maupassant nunca renuncia, pues en todos sus cuentos late, aunque de modo imperceptible a primera vista, un propósito de crítica tan bien presentado que los lectores lo asumimos a través del interés del propio relato y no por la denuncia que pueda llevar aparejada. Ese contexto está marcado por la ambición, la vanidad, el deseo de poder. Una madre, señora distinguida y orgullosa de su belleza, puede volverse loca después de un penoso proceso en el que se negó a despedirse de su hijo, un muchacho moribundo a causa de la viruela («La señora Hermes»). La mujer de un oscuro funcionario puede arruinar a la familia por haber perdido la joya que le prestó una amiga rica para acudir a una fiesta y comprar en secreto, con enormes compromisos económicos, una reproducción del original, que resultó haber sido bisutería («El collar»). Algunos cuentos tienen el tema de la transmisión hereditaria como motivo central. En el cuento –o, mejor, novela corta– «La herencia», podemos asistir a un peculiar abandono de las reglas morales y sociales cuando se trata de que fructifique el retoño beneficiario de la herencia de una tía extravagante.

A veces los personajes centrales son errantes sin trabajo («El vagabundo») o seres desvalidos que cometen fechorías en la que queda clara su condición indefensa («Rosalie Prudent»), o al contrario, personas relevantes en su esfera social que llevan a cabo horribles crímenes con plena conciencia de su acción («Un loco», «La pequeña Roque»), pero también puede tratarse de gentes acomodadas y apacibles que se hacen cargo de la amante del padre («Hautot padre e hijo») o permanecen a través de los años como asistentes del viejo jefe militar cascarrabias por amor a su esposa, a la que siguen atendiendo incluso en su parálisis («Alexandre»).

La guerra franco-prusiana sirve de motivo para bastantes cuentos de Maupassant a partir de «Bola de sebo». El ingenuo e irreductible patriotismo de la prostituta protagonista de este cuento se repite en la prostituta de «Mademoiselle Fifí» y en los dos pescadores fusilados por no confesar la contraseña a los prusianos que los encuentran entregados a su apasionada afición en una zona del río en plena línea de combate («Dos amigos»). Los prusianos están vistos en general como autoritarios, despóticos y prepotentes, sobre todo cuando se trata de los jefes militares pertenecientes a la aristocracia, pero también son tratados con benevolencia cuando representan al civil enrolado por los requerimientos bélicos («La aventura de Walter Schnaffs»).

Dentro del amplio conjunto que nos presenta este libro, se recogen también los cuentos que pudiéramos llamar «de horror» de Maupassant. Tal vez el más característico de todos ellos sea «El Horla», y en la antología se incluye tanto la versión publicada inicialmente en una revista como la que, un año después, encabezó el libro de cuentos que llevaba el mismo título, lo que permite comparar las dos aproximaciones del autor a un mismo tema y cómo lo que en la primera versión es una tentativa titubeante se convierte, sin perder ningún elemento, en una obra maestra. Sin embargo, hay otros cuentos de Maupassant que, con los años, y coincidiendo con su progresiva locura, profundizan en aspectos terroríficos: confesiones de asesinatos por amor sobre cuyo secreto se ha edificado una convivencia fraternal a lo largo de muchos años («La confesión»); crímenes misteriosos en los que sólo las hipótesis que propicia el sentido común pueden oscurecer su aspecto sobrenatural («La mano»); o delirios que hacen ostentar a las lápidas del cementerio los epitafios que verdaderamente corresponderían al comportamiento de los difuntos cuando estuvieron vivos («La muerta»). En alguno de estos cuentos, un maestro asesino de niños («Moiron») aventura la idea de Dios como supremo malvado, como principal exterminador, que crea la vida con el único objeto de irla destruyendo interminablemente.

Si en todos los cuentos de Maupassant hay un cuidado especial en la construcción de la atmósfera, en los que comunican con lo horrible ese aspecto está tratado con peculiar delicadeza, como sustento fundamental de la narración: es el caso de «El albergue», un episodio que transcurre en la soledad del invierno en un refugio perdido de la montaña, «La noche», subtitulado «pesadilla», donde se describe un largo paseo que desemboca en el extravío y en la seguridad de la muerte, o «¿Quién sabe?», otra de las historias muy difundidas de Maupassant, en la que el narrador asiste al extraño desfile de los muebles mientras abandonan su vivienda.

En el libro citado, Harold Bloom concluye, condescendiente, que Maupassant «no es gloria divina, pero gusta a muchos y sirve de introducción a los placeres más difíciles de cuentistas más sutiles», entre los que se encontrarían Turgueniev, Chéjov, Henry James o Hemingway. Me resulta envidiable esa capacidad crítica para afinar tanto en el campo de los cuentistas geniales, pero no creo que Maupassant ocupe en el Parnaso un lugar inferior a Henry James o a Hemingway, aunque comprendo la especial simpatía del crítico norteamericano por sus compatriotas. En cualquier caso, por encima de comparaciones incongruentes, en Maupassant se describe, con estilo y sutileza fuera de lo común, un mundo lleno de belleza natural y de crueldad humana donde pueden florecer, con el crimen y el atropello, la piedad y la ternura.

Maupassant fue traducido en España desde sus primeras obras. Precisamente uno de sus traductores iniciales, el olvidadísimo crítico Leopoldo García-Ramón, escribió en 1889 un Ensayo sobre Guy de Maupassant donde hablaba de la «tersura y limpidez de la lengua»; de su estilo aparentemente sencillo, falto de artificio, muy sonoro y fluido; de su tono entre irónico y melancólico; de la claridad de los argumentos y la cotidianidad de unos personajes que tienden a la «degeneración moral»; de la intensidad de emoción que es capaz de suscitar en el lector.

García-Ramón fue traductor en su día de En el mar, el primero de los tres libros de viajes por ciertas partes del Mediterráneo y el norte de África que Maupassant escribió, en este caso en su velero Bel-Ami, pues aparte de componer tanta buena literatura, en su corta vida fue viajero incansable. «El viaje es una especie de puerta por donde se sale de la realidad conocida para penetrar en una realidad inexplorada que parece un sueño», anota en la introducción a Bajo el sol, el segundo de aquellos libros, que acaba de ser reeditado y que tiene por subtítulo «Argelia 1881: de Argel al Sáhara», aunque la presente edición incluye algunos otros periplos por Italia y el sur de Francia.

El cronista de viajes Maupassant se parece al cuentista: es conciso, no incluye detalles que no sean significativos, goza de una admirable sensibilidad para profundizar en parajes y personajes. De la montaña al desierto, Argel y su provincia, la provincia de Orán, el Zar’ez, la Cabilia y Bujía, con personajes como el insurrecto Bouamama, la mirada de Maupassant sobre el mundo árabe y el de los colonizadores nos permite comprender muy bien aquella realidad compleja, a lo largo de un relato de viajes en el que van alternándose las descripciones y las reflexiones y donde a veces aparecen referencias curiosas, como la de los esparteros españoles asentados en las mesetas altas que al parecer tuvieron sangrientos encontronazos con los árabes. La editorial promete publicar el tercero de estos libros de viajes, La vida errante, en el que parte de la costa italiana y el norte de África, esta vez de Argel a Túnez y Katrouan, son visitados y descritos por el extraordinario narrador.

En Algún Día │ Guy de Maupassant

Blog dedicado a Guy de Maupassant.

El porvenir es parte del presente.

Posted in Artículos by Alguien on 27 septiembre 2009

La Revista de teoría de la literatura de la Universidad de Hofstra (Nueva York), Hofstra Hispanic Review, en su número Nº 8/9, verano/otoño 2008, publicó un artículo firmado por Vicente Luis Mora, (director del Instituto Cervantes de Albuquerque, Nuevo Méjico), titulado, El porvenir es parte del presente: la nueva narrativa española como especies de espacios, en el que se abordaba diferentes aspectos de muchos autores españoles de la nueva narrativa. Ahora ese artículo está disponible AQUÍ.

Fuente: Diario de Lecturas.

Así se hizo Samuel Beckett.

Posted in Artículos by Alguien on 19 mayo 2009

The New York Review of books publicó hace algunas semanas un ensayo escrito por el premio nobel J.M. Coetzee a propósito de la edición del primer volumen (1929-1940) de las cartas del dramaturgo irlandés Samuel Beckett (The Letters of Samuel Beckett: Volume 1, 1929-1940). Pues bien, el suplemento cultural del diario ABC publica en su último número (903) del 17 de Mayo una traducción del texto del cual reproducimos los primeros párrafos.

“En 1923, Samuel Barclay Beckett, con 17 años, fue admitido en el Trinity College de Dublín para estudiar filología románica. Demostró ser un estudiante excepcional y Thomas Rudmose-Brown, catedrático de francés, lo acogió bajo su protección e hizo todo lo que pudo por impulsar la carrera del joven buscándole, tras licenciarse, primero una estancia como profesor visitante en la prestigiosa École Normale Supérieure de París y luego un puesto en el Trinity College.

Tras un año y medio en el Trinity interpretando lo que llamaba la «grotesca comedia de la docencia», Beckett dimitió y huyó a París nuevamente. Incluso después de esta decepción, Rudmose-Brown no abandonó a su protegido. Todavía en 1937 seguía tratando de persuadir a Beckett de que volviese al mundo académico y le convenció para que solicitase un puesto de profesor de italiano en la Universidad de Ciudad del Cabo. «Puedo afirmar sin exagerar -escribía en una carta de recomendación- que, además de poseer unos sólidos conocimientos académicos de los idiomas italiano, francés y alemán, [Beckett] tiene una notable capacidad creativa.» En una posdata, añadía: «Beckett tiene un buen conocimiento del provenzal, antiguo y moderno».

Beckett sentía un cariño y respeto auténticos por Rudmose-Brown, un especialista en Racine interesado en la escena literaria francesa de la época. El primer libro de Beckett, una monografía sobre Proust (1931), le fue encargado al prometedor escritor como una introducción general y, sin embargo, parece más bien un ensayo escrito por un estudiante de posgrado superior que intenta impresionar a su catedrático. El propio Beckett tenía serias dudas sobre el libro. Al releerlo, «se preguntaba de qué estaba hablando», como le confesó a su amigo Thomas McGreevy. Parecía «el equivalente aplastado y distorsionado de cierto aspecto o confusión de elementos de mí mismo… Ligado de algún modo a Proust… No es que me importe. No quiero ser catedrático».

El dinero justo. Lo que más desanimaba a Beckett de la profesión era la docencia. Un día tras otro, este joven tímido y taciturno tenía que enfrentarse en el aula a los hijos e hijas de la clase media protestante irlandesa y convencerles de que Ronsard y Stendhal merecían que les prestasen su atención. «Era un profesor muy impersonal», recordaba uno de sus mejores alumnos. «Decía lo que tenía que decir y luego salía del aula… Creo que se consideraba a sí mismo un mal profesor, y eso es una lástima, porque era tan bueno… Desgraciadamente, muchos de sus alumnos estaban de acuerdo con él.» «La idea de volver a dar clases me paraliza», escribía Beckett a McGreevy desde el Trinity en 1931 al acercarse un nuevo curso. «Creo que me iré a Hamburgo en cuanto cobre mi cheque de Semana Santa… Y tal vez reúna el valor para dejarlo.» Pasó otro año antes de que encontrase ese valor. «Por supuesto, es probable que vuelva arrastrándome con el rabo enrollado en torno a mi ruinoso pene», le escribía a McGreevy. «Y puede que no.»

El puesto de profesor en el Trinity College fue el último empleo estable que tuvo Beckett. Hasta el estallido de la guerra, y hasta cierto punto también durante la guerra, dependió de un subsidio estatal de su padre, que murió en 1933, y de las ayudas ocasionales de su madre y de su hermano mayor. Cuando tenía la ocasión, aceptaba trabajo como traductor y revisor. Las dos obras de ficción que publicó en los años treinta -los relatos Belacqua en Dublín (1934) y la novela Murphy (1938)- le aportaron poco en cuanto a derechos de autor. Casi siempre andaba mal de dinero. La estrategia de su madre, como le comentó a McGreevy, era «mantenerme con el dinero justo para que me viese obligado a buscar trabajo como asalariado. Lo cual suena más cruel de lo que pretende ser».

Leer el artículo completo en ABCD.es

A los Unicornios imbatibles.

Posted in Artículos by Alguien on 21 abril 2009

Roberto Bolaño y la falsa seriedad de un oficio de canallas. Texto: Edgar Borges – Rebelión. 22.04.09.

 

“El escritor chileno (y del mundo) Roberto Bolaño dijo que “la escritura es un oficio poblado de canallas y de tontos, que no se dan cuenta de lo efímero que es.” Y, con esta afirmación, el autor (que anda de moda más allá de la vida) desnudó los prejuicios que enlodan el medio literario a nivel internacional.

Son varios los escritores que han opinado sobre el canibalismo que impera en los círculos literarios. Por estos días, cuando recibió el premio de la Crítica por su novela “Saber perder, el escritor y cineasta español David Trueba afirmó que “espera que el premio sirva para desterrar los prejuicios del mundo de la literatura respecto a alguien que siempre ha tenido un pie en el cine. Los escritores miran por encima del hombro a la gente del cine”. Una nueva piedra (la de Trueba) contra el cristal de esa milenaria torre celestial donde algunos pretenden permanecer de espaldas al mundo.

El ambiente literario opera bajo el formato del clan. Cada vez que un escritor, como Rushdie o Saviano, recibe amenazas de muerte, se habla de los peligros que corre la libertad de expresión. Lo que no se dice es que existen mecanismos silenciosos de condicionamiento y exclusión. No todos los criminales usan balas para asesinar las ideas.

El mundillo literario funciona de acuerdo a las direcciones (totalitarias) de grupos integrados por escritores deseosos de reconocimiento y poder. Y desde la cúpula de la torre se diseña la lista de los elegidos: “Los escritores más grandes son mi amigo y su primo. Después de nosotros el abismo.” Y no me refiero a listas de influencias (elaboración muy lógica si de emitir valoraciones creativas y estéticas se tratara), sino a las listillas caprichosas estructuradas (con mano se seda) para pretender dirigir el gusto del lector. A este clan pertenece buena parte de la poca crítica que tiene espacio público. Y a puerta cerrada se decreta el Olimpo literario.

Se trata de una práctica muy antigua. El escritor (sin generalizar, pues, hay quienes rechazan este carnaval de autogenialidades) cita en público sólo a sus amigos (y a los primos); difícil es que un escritor se levante de su sofá para buscar el libro de un autor desconocido. Cierto es que el virus del amiguismo es una costumbre generalizada en todas las áreas humanas; no obstante, en la literatura adquiere características de secta. Me atrevería a decir que algunos círculos literarios (en pleno siglo XXI) actúan con el fanatismo (y la cerrazón mental) de las religiones más ortodoxas. En otros oficios artísticos, como el cine o la música, existen vías de comunicación más directas entre los creadores y el público.

Las listas siempre son excluyentes; sin embargo, más lo son cuando se repiten por previo acuerdo entre factores interesados. Y con la lista en mano se coordinan eventos, lecturas, premios y demás componentes consagratorios. Y, como si la obra no fuese el motor del asunto, se aplastan propuestas (en el espacio público) de cientos de creadores.

Hace poco me llegó el primer libro de la escritora uruguaya Raquel de León; su título “Unicornios de cristal” me invita a celebrar (desde la acera del canallismo reivindicativo) la larga lista de los creadores del mundo no establecido. Pienso en las novelas poderosas de Pedro Antonio Curto (Asturias); los cuentos periodísticos de Chara Lattuf (Caracas); los relatos políticos de Marcelo Colussi (Buenos Aires); las historias meticulosas de la pareja de Andrea Álvarez (Venezuela) y Ricardo Benítez (Argentina); las opiniones siempre rebeldes de José Saramago (consecuente transeúnte de la acera de enfrente) y en los inmejorables relatos que me contó un individuo anónimo, que una vez encontré paseando por el muro de la playa de San Lorenzo (Gijón); otro día en la Esquina Caliente (Caracas); y otras tantas en un mercado de La Paz o de Bogotá.

Esa lista es universal y diversa. Sus integrantes (como Unicornios imbatibles) andan surcando clasificaciones y torres de cristal. Ellos, con su obra en mano, sólo piensan en llevar su escritura hasta ese lector irreverente que, por convicción, ha renunciado a las leyes de los clanes. Tanto en la calle como en Internet: hay que revolucionar las vías de comunicación entre creadores y pueblo.

Me gusta imaginar que, en los bordes de la listilla de algún clan, Roberto Bolaño escribe un decálogo burlesco sobre la falsa seriedad de un oficio de canallas”.

El amor imposible de Lorca.

Posted in Artículos by Alguien on 9 marzo 2009

Fue un amor de adolescencia desconocido hasta ahora. Los ojos azules de María Luisa Natera impactaron en el joven poeta en un balneario. Uno de sus grandes romances, como Emilio Aladrén, Rodríguez Rapún o Salvador Dalí.

La novia de Lorca y otros amores. Texto: Jesús Ruiz Mantilla. El Pais.com- 08/03/2009.

 

Con el tiempo, el blanco y negro de las fotografías sólo deja entrever la sombra de una luz. La atrayente magnitud en una mirada algo esquiva. Pero esas imágenes sí dan fe de un verdadero misterio que hoy puede aclararse. Aquellos ojos que Federico García Lorca no quería contemplar (“… pero que sin mirarlos dan la muerte / con el puñal azul de su recuerdo”, según dejó escrito en Madrigal triste de ojos azules) no responden a un mero tema poético, como muchos críticos han creído. Tienen nombre y dueña.

 

María Luisa Natera Ladrón de Guevara se llamaba. Y llevaba en la cara dos gotas juguetonas de agua marina en las que el poeta se zambulló apasionadamente. Fue, según sus hijos han reconocido ahora a Ian Gibson, un amor imposible de juventud. El hispanista lo desvela en su nuevo libro, Lorca y el mundo gay (Planeta), para el que, paradójicamente, ha encontrado uno de los secretos mejor guardados en su biografía: la primera novia de Federico García Lorca.

 

Gibson siempre sospechó que aquellos escritos primerizos no podían ser simplemente ensoñaciones. Coartadas de asuntos a explorar teóricamente o fogonazos imaginarios. “Siempre intuí que venían de experiencias traumáticas. De una pérdida que él sufrió como un drama”, comenta el mayor biógrafo del poeta.

 

A menudo se ha ensalzado la preferencia y la fascinación de Lorca por el carácter femenino. En sus obras teatrales, donde realiza un auténtico tratado psicológico de la mujer, y en su poesía. Hasta el momento, su mayor musa poética conocida era otra muchacha con la que coincidía el mismo nombre pero diferente apellido: María Luisa Egea.

 

En ella se encuentran varios rastros de su época de juventud. Pero la aparición de esta otra muchacha, una niña de 15 años cuando se cruza en el camino de Lorca, que contaba 18, abre nuevas interpretaciones a las primeras etapas de su obra. Las que aparecieron en 1994 publicadas por Cátedra en un corpus deslumbrante y que forman una increíble juvenalia.

 

Se conocieron en un balneario. El investigador asegura que muy probablemente en Lanjarón, cerca de Granada, donde doña Vicenta, la madre de Federico, iba a menudo. Solía acompañarla su hijo. María Luisa Natera estaba allí con su abuela. Pronto algo les unió: un piano de cola. “Mi madre tocaba muy bien. A los clásicos. Nos dijo que interpretaba piezas con Lorca a cuatro manos”, comenta su hija María del Carmen Hitos Natera.

 

En los poemas citados aparece claramente un encuentro similar. “El piano de cola de sonido sangraba / con un vago Nocturno que un muchacho tocaba. / Ella vino a mi lado con su oro y su gasa. / ¿Es Chopin?… Sí, Chopin… / Y no dije nada. /… Después de separarnos / la tristeza me ahogaba“.

 

La música unía dos sensibilidades entregadas al temprano romanticismo de Chopin y a la pasión por Beethoven. Lorca dudó durante mucho tiempo entre ser músico o escritor. Justo en esos años empezaba a inclinarse por la literatura, aunque nunca abandonaría su otra vocación. Pero pronto comprobaron que otras cosas les separaban. Luisa Natera venía de una familia rica de Córdoba. Nació en Almodóvar del Río en 1902, según ha constatado en su partida de nacimiento el propio Gibson. Hubiese sido difícil que los suyos permitieran una relación con quien no ocultaba ya su intención de ser poeta.

 

No es casualidad que en Córdoba, por aquella época, corriera un chascarrillo clarificador respecto a aquella familia: “Si quieres hacer carrera, cásate con un Natera”. Pero la impresión que dejó en Lorca la muchacha fue intensa. “Le escribió varias cartas que ella guardó incluso después de casarse con mi padre”, comenta su hija María del Carmen en su casa madrileña del Barrio del Pilar. Al final, Luisa contrajo matrimonio con Enrique Hitos Rodríguez. Era un hombre con alma de artista también. “Se empeñó y lo consiguió. Mi padre pintaba, aunque vivíamos de su farmacia. Ese retrato de mi madre es de él”, indica señalando la pared.

 

En el cuadro, los profundos y arrebatadores ojos azules que embrujaron a Lorca también hipnotizan a quien ahora los contempla. Unos ojos de generoso reparto genético que ha heredado su hija, y también sus nietas, a juzgar por las fotografías que tiene por la casa. Son la marca de los Natera. Pero hubo otras cosas que sin duda impactaron tanto en el poeta que la perdió como en el pintor que se acabó casando con ella. “Mi madre tenía una sensibilidad, una inteligencia y un sentido del humor impresionantes. Era muy ingeniosa, divertida y bromista“.

 

Probablemente aquella mujer fue consciente del rastro que dejó en Lorca: “Tenía una biblioteca muy completa, con todas sus obras conocidas“. El poeta permaneció junto a ella, de alguna manera. También la joven guardó durante años sus cartas. Aunque éstas desaparecieron. “Las quemó mi padre. No creo que fuera por celos. Más bien lo hizo por miedo. Era republicano y temía que en un registro de la Falange descubrieran en su casa las cartas de un represaliado”.

 

Una pena. Sólo la palabra de la familia basta para comprobar la historia. Pero es una palabra que encaja a la perfección en la obra del autor. De ahí la seguridad de Gibson para desvelarla. Aunque falten pruebas. “Existía también una fotografía de ellos dos en el balneario con más gente. Pero por más que la busco, no la encuentro“, asegura María del Carmen.

 

Fueron sus hijos quienes entraron en contacto con el hispanista. A raíz de la serie que emitió Televisión Española dirigida por Juan Antonio Bardem sobre la muerte del poeta. “En ella se hablaba de María Luisa Egea, y ellos me escribieron para contarme la historia de su madre“, recuerda ahora.

 

Durante años, María Luisa Natera nunca les habló de aquel poeta simpático y con encanto, sensible y frágil que se enamoró de ella. Hasta que cuando corrían los años setenta y su hija empezaba a acudir a las fiestas del Partido Comunista, el nombre del artista salió en su presencia. “Me compré libros de Alberti, de Blas de Otero y de Lorca. Fue entonces cuando mi madre empezó a hablarnos de él. Nos dijo que fue su pretendiente“.

 

Federico siempre fue un niño y un joven especial. Consciente de ser diferente del resto. En aquellos tiempos, cuando conoció a su amor de juventud, venía de una época turbia en el instituto de Granada, al que fue a parar después de una infancia feliz en su pueblo. “Se sentaba en el último banco. Le llamaban Federica”, cuenta el hispanista. Su identidad sexual estaba comenzando a abrirse paso de manera ambigua, extraña en un mundo donde no se toleraban ciertas cosas. “Debía de ser horrible sentirse homosexual en la España de aquellos años. Pero mucho peor era serlo en Granada”, añade Gibson.

 

El Lorca joven es un artista que empieza a proyectar los grandes temas que no abandonará nunca. “Es de un anticlericalismo y un antimilitarismo salvajes. Tenía también mucho miedo de parecer afeminado”. Eso, unido a otros complejos: unos andares torpes debido a que tenía una pierna más larga que otra, cierta trabazón física que salvaba con un impresionante don de gentes. Empezó pronto a ser lo que fue: “Un anticlerical cristiano, rebelde, pendiente de las injusticias sociales que vio de niño en Fuentevaqueros y homosexual. No se le puede entender sin esto”, insiste Gibson.

 

Es una faceta que siempre ha resultado incómoda para muchos. Empezando por parte de su familia y acabando por un sector conservador de la crítica. Pero esas reticencias son hoy completamente incomprensibles. Como incomprensible fue la aparición en el Abc de la época de Luis María Anson de sus Sonetos del amor oscuro. Aquello indignó a poetas como el Nobel Vicente Aleixandre, amigo y compañero de generación de Lorca. “No podía comprender cómo un periódico con el consentimiento de la familia, para empezar, cambiaba el título y los llamaba Sonetos de amor. Así aparecieron en la citada portada de 1984. Menos aún que en ninguno de los análisis que los acompañaban se hiciera la más mínima alusión a su inspiración homosexual“. Es más, Aleixandre llegó a decirle a su amigo el poeta andaluz José Luis Cano: “Se ve que la palabra homosexual todavía es tabú en España, en ciertos medios, como si el confesarlo fuese un descrédito para el poeta. Todo eso viene de muy antiguo, de cuando la Inquisición quemaba vivos a los culpables del delito nefando“.

 

Aquel amor oscuro también tenía, en gran parte, cara y nombre: Rafael Rodríguez Rapún, secretario de La Barraca y de Lorca. El poeta se había enamorado perdidamente de él, según le confesó a su amigo Cipriano Rivas Cherif. Aunque no es una obra que deba analizarse sólo en ese sentido. Se lo razonaba el mismo Aleixandre a Gibson en 1982: “Era el amor de la difícil pasión, de la pasión maltrecha, de la pasión oscura y dolorosa, pero no quería decir específicamente amor homosexual”. No tuvo futuro esa pasión adolescente con María Luisa Natera, como tampoco lo tuvieron posteriores historias siempre truncadas. “Es horrible no poder vivir una vida como se desea. Él nunca lo consiguió. Nunca tuvo derecho a esa felicidad”. Cuando algún periodista le preguntaba, no sin cierta mala intención, por qué no se había casado, Lorca siempre respondía: “Me debo a mi madre”.

 

Pero aparte de doña Vicenta, Lorca amó con locura a otras personas. El caso de Rapún fue el más trágico porque su pasión quedó truncada por la muerte de ambos. Con una coincidencia potente en su vínculo. El mismo día que se cumplió un año de que al poeta le asesinaran salvajemente en Granada junto a dos toreros y a un maestro de escuela, el joven Rapún moría en el frente. Dirigía un batallón en Bárcena de Pie de Concha (Cantabria), y uno de sus subordinados, Paulino García Toraño, le contó a Gibson que más bien saltó de la trinchera y se dirigió hacia su triste destino de forma suicida.

 

Tampoco Lorca fue correspondido por otros. No le quiso el escultor Emilo Aldrén. “Ocultó su relación con Lorca, más cuando él se convirtió, con el tiempo, en uno de los artistas del régimen”, asegura Gibson. El autor recuerda también cómo Maruja Mallo una vez le confesó que fue Federico quien le robó a Aladrén que era, según ella, un auténtico efebo.

 

Otra pasión conocida fue la que le unió con ese ser asexuado, medio andrógino y maniaco obsesivo que era Salvador Dalí. Por cierto, el único amigo del poeta que habla de sus experiencias carnales. O de los intentos y el empeño de Federico en que mantuvieran relaciones. Algo que Dalí, según él mismo confiesa en sus memorias, rechazó. Aunque se sintiera muy halagado por el hecho de que el mayor poeta de España quisiera poseerlo.

 

Todos ellos, en su felicidad y su fracaso, proporcionaron al torrente creativo del poeta sensaciones y emociones suficientes como para componer con una angustia rebelde y asfixiante sonetos oscuros y emocionantes como éstos:

 

“Huye de mí, caliente voz de hielo,

no me quieras perder en la maleza

donde sin fruto gimen carne y cielo.

Deja el duro marfil de mi cabeza,

apiádate de mí, ¡rompe mi duelo!

¡Que soy amor, que soy naturaleza!”

  

En Algún Día │ Los cuatro hombres de Federico García Lorca.

 

La inagotable Presencia de Marilyn.

Posted in Libros by Alguien on 19 febrero 2009

Es la primera vez que se editan en español una serie de relatos que Miller escribió en las últimas décadas de su vida: “Presencia” es un libro plagado de buenos momentos, brochazos firmes y sólidos cargados de lucidez y genialidad.

 

Cuenta la biografía de Arthur Miller que sus segundas nupcias fueron con Marilyn Monroe. No lo creo. Sostienen las múltiples biografías de Marilyn Monroe que se casó con Arthur Miller. Tampoco puede ser cierto. Que la novia de América, amante del presidente y actriz más voluptuosa que haya existido se haya casado con un escritor me resulta una pesadilla. Es verdad que Miller era un intelectual, una persona genial pero un gesto torcido y agrio, de forzada sonrisa y no muy agraciado. ¿Qué vio Marilyn en él?

 

Como aspirante a dandi, me lo preguntaré centenares de veces y me seguiré ofendiendo y doliendo ante tan romántica a la vez que torpe decisión. Quizá por no entenderla, no puedo mostrarme comprensivo con ella. Porque ella, la Monroe, fue la culpable del casamiento. Ella no enamoró al premio pulitzer, no lo embaucó sino que se entregó rendida a sus brazos, conocedora de que él era su última oportunidad. Y él ante los besos más cálidos que puedan imaginarse, se rindió.

 

¿Pero por qué le eligió? ¿No pudo el icono sexual del siglo XX comprometerse con un atractivo varón vacío y sencillo, sin complejidad para su felicidad? Parece que no. La espectacular rubia no lo escogió por ser una figura pública destacada, ni por su buena y refinada escritura (delatora de una sociedad norteamericana falsa de sonrisa adolescente). Marilyn lo tomó para que cerrase el argumento de su vida turbulenta. Un epílogo que debería haber sido el broche poético que merecía. ¿Quién hubiera podido resistirse?

 

Soy consciente de que esa idea me obsesiona, por ello no puedo de dejar de ver la silueta curva-contracurva de la mujer más deseada en más de un relato de la última obra publicada de Arthur Miller. En “Presencia”, la sombra de su ex mujer aparece en ocasiones, retazos o mejor retales, que es en cierta manera como siempre se dio a conocer.

 

Publicado por Tusquets, es la primera vez que se editan en español una serie de relatos que Miller escribió en las últimas décadas de vida. La selección procede de diversas publicaciones como Esquire o The New Yorker, con la característica en común para todos ellos de la escenificación de un carnaval de personajes apartados de los cauces de la realidad. Aquella que los rodea, pero en la cual son incapaces de ser aceptados. Los protagonistas desplazados navegan por experiencias vitales que conforman la manera siempre ocurrente y sagaz de describir fracasos y éxitos de la sociedad que envolvía al autor de “Muerte de un viajante”.

 

El libro, “Presencia” como es habitual en las obras del estadounidense, está plagado de buenos momentos, brochazos firmes y sólidos cargados de lucidez y genialidad. Las reflexiones sobre la vida y lo indispensable de ésta nos traducen a un Miller maduro y sosegado que revive experiencias pasadas con la óptica y saber del tiempo. “Presencia”, el último y más entrañable relato, cierra el libro y bautiza al mismo. Lástima que el acierto editorial no se vea en la torpe elección de la portada, burlona y lastimosa.

 

Subrayar por tantas veces que ha sido afirmado como uno de los escritores más importantes del siglo resulta absurdo. Sin embargo, nunca viene mal recordar —en este caso con la excusa de la publicación de unos tardíos relatos en nuestra lengua— al que algunos también lamentaremos fue uno de los maridos más envidiados del mundo.

 

Brindis por un ahogado. Al igual que en las historias del escritor de “Las brujas de Salem” en donde las experiencias vitales, fracasadas o felices, conducen a los personajes a espacios marginales del entorno que les rodea, así discurre la novela de Juana Cortés. “Memorias de un ahogado” (Almirante) expone las vivencias de Jota, un protagonista abocado al alcohol y la represión sexual. Tras superar unos difíciles momentos y cuando parece que sale de la encrucijada alumbrándose como un nuevo ser, dueño de sí mismo y de su futuro, un desenlace inesperado le trastocará de nuevo. Es esta la primera novela publicada de esta interesante escritora, ganadora de diversos premios de relato breve que seguro nos deparará alguna que otra alegría más.

 

Para cerrar el artículo y celebrar la vorágine existencial de las novedades libreras, un “Brindis” (Xórdica). La última novela de Ismael Grasa indaga en los problemas que la persona encuentra al crecer, la confusión de las relaciones personales y las expectativas de vida que se diluyen según abandonamos la niñez. Juan, el pequeño niño de provincias, va desarrollándose a través de las decisiones más o menos precipitadas que aborda. Sus inicios universitarios en la capital, el choque que supone el traslado a una ciudad mayor, las nuevas amistades y una situación social diferente le remarcan las distancias con las imágenes ficticias que soñó en la infancia. Los posteriores viajes en un intento de descubrir el mundo y los amores imposibles nos devuelven la mirada sobre nosotros y las conquistas que hemos supuesto realizar. No es el desaliento ni la tristeza lo que derrama el libro. Es sencillamente la necesidad de vivir.

 

Publicado por Tipos Infames en Soitu.es el 14/2/2009.

 

En Algún Día Presencia. Arthur Miller.

 

Historia de un deicida.

Posted in Artículos by Alguien on 13 febrero 2009

Vargas Llosa sostiene que escribir novelas es un acto de rebelión contra la realidad, contra Dios.

 

José Antonio Garriga Vela. Diario Sur – 13.02.2009.

 

En 1975 leí un libro que a menudo sigo consultando y que me resulta una de las obras más curiosas e interesantes de Mario Vargas Llosa. El libro en cuestión es un ensayo titulado “García Márquez: historia de un deicidio, en el cual el autor examina minuciosamente la novela “Cien años de soledad” y nos remite a la vida del autor para comprender mejor su fantástico contenido. Una de las cuestiones que resalta en el libro, publicado en 1971 por Barral Editores, es la suplantación de Dios por parte del escritor. Vargas Llosa sostiene que escribir novelas es un acto de rebelión contra la realidad, contra Dios, contra la creación de Dios que es la realidad. Afirma que es una tentativa de corrección, cambio o abolición de la realidad real y de su sustitución por la realidad ficticia que el novelista crea. El escritor es un disidente: crea vida ilusoria, crea mundos verbales porque no acepta la vida y el mundo tal como son o como cree que son. La raíz de su vocación es un sentimiento de insatisfacción contra la vida. Cada novela es un deicidio secreto, un asesinato simbólico de la realidad.

 

Vargas Llosa confiesa que no es fácil detectar el origen de la vocación de un novelista, el momento de la ruptura. Y no lo es porque, en la mayoría de los casos, la ruptura no es el resultado de un hecho único, la tragedia de un instante, sino un lento, solapado proceso, el balance de una compleja suma de experiencias negativas de la realidad. En todo caso, la única manera de averiguar el origen de esa vocación es un riguroso enfrentamiento de la vida y la obra: la revelación está en los puntos en que ambas se confunden. El por qué escribe un novelista está visceralmente mezclado con el sobre qué escribe: los demonios de su vida son los demonios de su obra. Los demonios: hechos, personas, sueños, mitos, cuya presencia o cuya ausencia, cuya vida o cuya muerte lo enemistaron con la realidad, se grabaron con fuego en su memoria y atormentaron su espíritu, se convirtieron en los materiales de su empresa de reedificación de la realidad, y a los que tratará simultáneamente de recuperar y exorcizar, con las palabras y la fantasía, en el ejercicio de esa vocación que nació y se nutre de ellos. El proceso de la creación narrativa -apunta Vargas Llosa- es la transformación del “demonio” en “tema”, el proceso mediante el cual unos contenidos subjetivos se convierten, gracias al lenguaje, en elementos objetivos, la mudanza de una experiencia individual en una experiencia universal.

 

La historia de un novelista, según Roland Barthes, es la historia de un tema y sus variaciones: aunque tal afirmación es discutible para autores como Tolstoi, Dickens o Balzac, la fórmula es válida para aquellos que, como Kafka o Dostoievski, parecen haber escrito toda su obra azuzados por una idea fija. Es el caso de García Márquez. Esta voluntad unificadora, es la de edificar una realidad cerrada, un mundo autónomo, cuyas constantes proceden esencialmente del mundo de la infancia. La niñez de García Márquez, su familia, Aracataca, constituyen el núcleo de experiencias más decisivas para su vocación: estos ‘demonios’ han sido su fuente primordial, a los que otros han venido a enriquecer, matizar, pero nunca a sustituir. García Márquez exageraba, según Vargas Llosa, cuando declaró «que todo lo que ha escrito hasta ahora lo conocía ya o lo había oído antes de los ocho años» y que desde la muerte de su abuelo «no me ha pasado nada interesante». En cambio, no exagera cuando afirma: «Yo no podría escribir una historia que no sea basada exclusivamente en experiencias personales». García Márquez se consagrará a demostrar, mediante el ejercicio de una vocación deicida, lo que sus personajes de “Cien años de soledad”, Aureliano y Amaranta Úrsula descubren en un momento de sus vidas: «Que las obsesiones dominantes prevalecen contra la muerte». La elección de esa vocación de suplantador de Dios hará posible que, algún día, todas y cada una de las derrotas que haya sufrido por obra de la realidad se convierta en victoria sobre esa misma realidad. Él también, algún día, podrá decir como el narrador de “Para una tumba sin nombre” de Juan Carlos Onetti: «Al terminar de escribirla me sentí en paz, seguro de haber logrado lo más importante que puede esperarse de esta clase de tareas: Había aceptado un desafío, había convertido en victoria por lo menos una de las derrotas cotidianas».

 

El episodio que hizo al escritor Gabriel García Márquez romper con la realidad y crear su propio mundo, fue a raíz de una visita con su madre a Aracataca para vender la casa familiar; «una casa que estaba llena de muertos». Entonces el adolescente de 15 años descubrió que todo estaba exactamente igual pero un poco traspuesto. Las calles que recordaba anchas se habían vuelto pequeñas y estrechas; la casa estaba carcomida por el tiempo y la pobreza; los muebles más viejos; y el lugar era inhóspito, polvoriento y caluroso. «Entonces, mi madre y yo, atravesamos el pueblo como quien atraviesa un pueblo fantasma: no había un alma en la calle; y estaba absolutamente convencido de que mi madre estaba sufriendo lo mismo que sufría yo de ver cómo había pasado el tiempo por ese pueblo. Y llegamos a una pequeña botica, que había en una esquina, en la que había una señora cosiendo; mi madre entró y se acercó a esta señora y le dijo: ¿Cómo está, comadre? Ella levantó la vista y se abrazaron y lloraron durante media hora. No se dijeron una sola palabra sino que lloraron durante media hora. En ese momento me surgió la idea de contar por escrito todo el pasado de aquel episodio». La venganza de García Márquez consistió en destruir la realidad y reconstruirla con palabras, a partir de esos escombros a que había quedado reducida su infancia. Entonces nació el deicida.

 

Por qué Stieg Larsson vende y las revistas culturales no.

Posted in Artículos by Alguien on 10 febrero 2009

Texto: Esteban Hernández.
Trama & Texturas nº 7, Diciembre 2008.

Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson, primer volumen de la serie Millenium, es uno de esos escasos volúmenes que reúnen éxito de ventas, apoyo crítico y reconocimiento de los lectores. Desde esa perspectiva, bastaría con destacar sus cualidades formales para justificar el ascenso vertiginoso de un autor completamente desconocido. Pero, como bien sabemos, el éxito suele producirse por la reunión de varios factores y lo cierto es que algunos de los que aquí han confluido nos pueden ser muy útiles a la hora de analizar algunas creencias imperantes en el mundo del libro.

En primera instancia, Los hombres que no amaban a las mujeres debe su éxito a su inserción en viejos circuitos. Bien podríamos decir que las grandes ventas de la novela fueron consecuencia del apoyo proporcionado por la prensa escrita, cuyos artículos (en especial los aparecidos en el Cultura/s de La Vanguardia y en El País) activaron un entorno últimamente menospreciado, aquel que une reseñas favorables, librerías de calidad y lectores habituales, que fue el que finalmente impulsó la novela hacia las listas de los más vendidos. Lo curioso es que este es un camino hoy despreciado por las grandes editoriales, que sólo recurren a él cuando han fracasado otras fórmulas o cuando no tienen presupuesto para acciones más ambiciosas.

Y no es el único elemento con aire antiguo que se cita en el éxito de Larsson. Empezando porque su misma obra se adscribe inequívocamente a esa tradición que unía género negro y crítica social y que permitía compaginar cierta calidad literaria con la intención de entretener a un público amplio. Además, Larsson era un novelista de los de antes. Gordo, amante de la comida, gran adicto al tabaco y al café y de pasado políticamente combativo. Cumplía, en fin, casi todos los estereotipos que se adjudicaban a esta clase de escritores. Y ahora que casi todos quienes firman una novela se dicen amantes de los placeres comedidos, de la comida sana, de las bebidas sin alcohol y del gimnasio (y más aún cuando comienza a implantarse la idea de que un buen físico es una baza considerable a la hora de abrirse camino en la literatura), esa imagen no dejaba de ser negativa: alguien que no se cuida, que no se preocupa de sí, no es bien visto en el suelo público; no parece muy de fiar: despide un inequívoco aroma a fracaso.

Sin embargo, si hay algo por lo que se ha valorado la novela de Larsson es precisamente por su modernidad, es decir, por su utilización de rasgos antiguos para nuevos propósitos. O, más precisamente, por la forma en que esos elementos se combinan con las demandas de nuestro tiempo. Lo que se dejó notar especialmente en la acogida que le dispensó la prensa española (más o menos similar a la europea), a la que no le llamó la atención ni la calidad de la obra ni que ésta abordase temas candentes sino la figura del escritor; los periodistas no necesitaban otra novela que reseñar, sino una historia para ser contada. Y la de Larsson era más que llamativa: su muerte, justo en el instante en que entregó las tres novelas que conforman Millenium a su editor, la situación en que ha quedado su viuda, excluida de los beneficios que han procurado los derechos, los apuros económicos en los que vivió y su combate contra la ultraderecha son aspectos que resultaron a los periodistas mucho más interesantes que la novela en sí. Y esa parece ser la primera lección para darse a conocer hoy: que hablen de ti, no de tu obra.

El segundo elemento novedoso, y a decir de muchos especialistas (y de algunos lectores), la verdadera causa de su éxito, está en la frescura que aportó a un género poco dado a ella. En ese sentido, Millenium posee un personaje, Lisbeth Salander, que encarna toda la innovación que requieren nuestros tiempos. Ella es una chica menuda, oscura, herida, de memoria prodigiosa y experta en descubrir secretos ajenos gracias a sus conocimientos informáticos, y su estética y sus creencias parecen corresponderse (ese descreimiento, esa tendencia a autoprotegerse) con los de una época más compleja y ambivalente que aquella del fordismo en que floreció el género negro. Por eso se piensa que esa hacker dura y atormentada es su gran invento y el mejor ejemplo de la evolución a que los autores deben someter a sus obras; gracias a ella (gracias a su renovación de los estereotipos) Larsson consiguió situarse en la misma época que sus lectores, alcanzando así a públicos más jóvenes con personajes en los que pueden reconocerse.

Es cierto que en otras épocas se hubiera enfocado el asunto de otra manera, entendiendo esencial en la buena aceptación de la novela la crítica que realiza su autor a las grandes empresas, a los chanchullos financieros y a una libertad de expresión amordazada por el dinero. Sin embargo, nuestros tiempos encuentran la clave del éxito en una chica de pintas punk, hacker de profesión, que se opera para ponerse tetas y que tiene un notable punto psicópata.

Y es que aún vivimos presa de las metáforas de la modernidad, esas que entendían la novedad, habitualmente ligada a los avances científicos y tecnológicos, como la solución perfecta. Según esa perspectiva, vivimos en un mundo en continuo progreso, que produce nuevos avances a cada instante y donde es imprescindible ser capaces de adaptarse a circunstancias siempre cambiantes. En ese sentido, quien se detenga, quien no sea capaz de seguir aprendiendo y de seguir poniéndose a la altura de las innovaciones, acabará inevitablemente desfasado.

Y ese es también el esquema de pensamiento que suele aplicarse al mundo del libro. Hace pocas fechas Joaquín Rodríguez detallaba en su blog las razones que habían llevado a cerrar Archipiélago, la (notable) revista que codirigía con Amador Fernández Savater. Su diagnóstico, que extendía al conjunto de las revistas culturales, señalaba cómo los suscriptores cada vez eran menos, las dificultades para la distribución se habían multiplicado (los puntos de venta tradicionales de las librerías desaparecían y los distribuidores les huían o ignoraban), no supieron/ pudieron atraer anunciantes y tampoco lograron acercarse al público joven, especialmente al universitario. Una serie de problemas que, además, estarían afectando a la totalidad de quienes trabajan con el papel impreso, desde el libro hasta la prensa y que son producto, según Rodríguez, de la falta de visión de un sector que no ha sabido realizar con éxito la transición al mundo digital. En resumen, el libro habría quedado anclado en viejas formas y certezas mientras que los tiempos digitales exigen nuevos enfoques y conocimientos y el resultado de ese desencuentro sería una brecha enorme entre quienes producen los contenidos y sus destinatarios últimos, los lectores.

Sin embargo, ese diagnóstico, como el que se aplica a Millenium, es el mismo que encuentra en la novedad, esto es, en los adelantos científicos y tecnológicos, la salvación para toda clase de cuerpos: físicos, sociales, literarios…Y no deberíamos dejarnos cegar por tales metáforas. Si el libro de Larsson ha triunfado ha sido porque, en primer lugar, ha recibido el apoyo de la prensa de papel. En segundo, porque después de una época de best sellers de trama y escritura más que deficientes, encontrarse con una novela bien escrita, que se lee de un tirón y que tiene personajes interesantes ha permitido a los libreros y lectores recomendarla sin reservas; y, en tercero, porque la empresa que la editaba poseía los recursos necesarios para aprovechar el interés suscitado y la infraestructura adecuada para que el libro estuviese bien presente en todas las tiendas. Y puestos a encontrar algo novedoso en el texto de Larsson, bien podría hablarse, más que del dibujo del personaje femenino, de su actitud; Lisbeth Salander es un eslabón más en esa tendencia de las narraciones contemporáneas a vestir a sus mujeres con estereotipos antes masculinos. En realidad, ese punto rencoroso y vengativo que hace especial a Salander (y que se incrementa en el segundo volumen de la serie) no está muy alejado de la justiciera reivindicación del ojo por ojo que practicaba Harry el Sucio

Del mismo modo, bien puede decirse que si las revistas culturales y muchas pequeñas editoriales están dejando de vender no es por su nula presencia en la red sino porque no llegan a su público. En ocasiones porque sus contenidos no resultan lo suficientemente atractivos, en otras porque la distribución se ha convertido en su peor enemigo, en otras porque no han sabido encontrar los canales adecuados para que su producto sea conocido. Y en esa tarea de conseguir un nuevo espacio Internet es, sin duda, un arma más, pero no la solución a los problemas: creer que lo virtual puede cambiar por completo el mundo material nos hace caer en frecuentes errores.

El entorno del libro y de las revistas culturales está transformándose, sí, y es imprescindible reflexionar sobre las posibilidades que se abren y las que se cierran. Pero siempre teniendo en cuenta que toda posible solución no debe olvidar ninguna de las patas de la mesa: qué contenidos producir, cómo difundirlos y cómo y dónde venderlos. En ese sentido, más que fijarnos en la potencia de lo nuevo y en las promesas de la tecnología, deberíamos hacer en experiencias más modestas pero reales. Empezando por algunas pequeñas editoriales ligadas a la derecha política que están encontrando dónde distribuir sus productos, que los han promocionado por otros caminos y, sobre todo, que han sabido crear (más que encontrar) a sus lectores.

Fuente │revistasculturales.com

La vida íntima de los libros.

Posted in Artículos by Alguien on 12 enero 2009

Las siguientes son algunas preguntas que usted se hará seguramente a propósito de los libros y a las cuales mi vida íntima con ellos me permite dar respuestas.

 

Libros. El Malpensante.com. Texto: Bernard Pivot.  Número 90. Septiembre 2008. 

 

¿Los libros se reproducen entre ellos? Sí, desde luego. Si no, ¿cómo explicar la presencia, sobre todo en las pilas abandonadas o en los estantes en los que la oscuridad favorece a los audaces, de obras desconocidas? ¿Quién no se ha tropezado en su casa con un libro cuyo nombre y título no evocan ningún recuerdo? Es necesario entonces explicar la reproducción. ¿Cómo, cuándo, bajo qué formas, por cuáles estratagemas? De un natural tímido, los libros son, con excepción de las obras libertinas ilustradas, de un gran pudor. Confieso no haber podido sorprenderlos nunca en sus actividades genéticas. Tal como hay que recibir con reserva mis hipótesis, incluso si las creo seriamente fundadas. A mi entender, las palabras, las frases, los párrafos e incluso capítulos enteros se hastían de pertenecer a un libro que no les agrada o en el cual se sienten superfluos o groseramente utilizados. Deciden entonces escoger la libertad y salir del volumen. Ninguna frase ha querido abandonar nunca Madame Bovary o el Viaje al fondo de la noche, es evidente. Cada palabra allí se siente bien e indispensable. Aunque las condiciones de supervivencia sean espantosas, ninguna palabra tampoco querrá escaparse del Archipiélago Gulag. Pero hay tantos libros en los que las palabras se aburren a morir. Las más valientes deciden, aisladas o en grupo, evadirse. Y cuando, alcanzadas por las descontentas de otras obras, son lo bastante numerosas como para componer un nuevo libro en el que su existencia será mejor, su emplazamiento más agradable, su sentido más afirmado, no dudan en hacerlo, siguiendo los procesos que surgen de la autocreación y de los cuales no conozco el desarrollo. Hasta el presente, los resultados, ¡ay!, no me han parecido muy convincentes. De lo que precede se concluirá que mientras más libros mediocres o inútiles hay en una biblioteca o en una librería, más elevados son los riesgos de reproducción. Las obras maestras, de las cuales las palabras rehúsan escapar, por el contrario no conocen posteridad. De ahí ese principio que conocíamos pero que no había sido demostrado nunca: la cantidad de libros es inversamente proporcional a su calidad.

 

¿Que si los libros tienen, como usted y yo, humores? ¡Evidentemente! ¡Es claro, por Dios, cuando una biblioteca se burla de nosotros! Arrugados, ebrios, los libros tienen el aire obstinado. Se dirían encuadernados todos en un ataque de dolor. Exhiben la arrogancia de los que saben todos los secretos del mundo y, bien apretados los unos contra los otros, desprecian la mano que se tiende hacia ellos y que va a incomodarlos. Además, los días de farra voltean la espalda, se esconden, se esquivan, no están donde la mano los creía. Ella busca, desplaza, se enerva y no encuentra. O, si encuentra, el libro se le escapa y cae. La mano se acusa entonces de ser torpe y cree que el caído lo ha hecho adrede. Y, si lo abre, va a embrollar tan bien sus capítulos y sus páginas, a acentuar la neblina de sus caracteres e incluso del papel, que no tiene ninguna posibilidad de poner el dedo sobre la cita que esperaba encontrar allí, que había además subrayado, está seguro, y que no obstante no encuentra, ¿pero por qué, Dios mío? ¡Cuánto tiempo perdido con los libros cuando están de mal humor! Por el contrario, si están en excelente disposición –eso se advierte de inmediato en su alineamiento agradable, en la suave luz que captan y que exhibe seductores los títulos, los nombres de los autores y de los editores impresos sobre sus lomos expuestos a todas las curiosidades, a su aire de alegre disponibilidad–, si están de buenas pulgas, los libros facilitan las búsquedas. Hemos incluso conocido algunos que tenían la gentileza de abrirse por sí mismos en la página en la que estaba subrayada la cita esperada, y otros, en verdad amables, que libran espontáneamente, muy rápido, dos o tres observaciones interesantes que uno no esperaba encontrar allí y de las que podría sacar provecho. Cuando los libros son simpáticos merecen –con la mano en alto y sobre toda otra criatura el título de mejores amigos del hombre.

 

¿Están los libros influenciados en su comportamiento por su contenido? No. No hay libro sobre el suicidio que se haya suicidado, ni libro sobre los pájaros que haya alzado vuelo, ni libro sobre la obesidad que se vuelva obeso (y si lo es, es de nacimiento), ni libro sobre la delincuencia al que haya que educar, vigilar y castigar, ni libro sobre el revisionismo que, emocionado, se haya empleado en revisar las tesis revisionistas. Los libros rehúsan todo compromiso. Se declaran inocentes de lo que han sabido hacer decir. Nunca están en una actitud que sería la consecuencia de lo que son intelectualmente. Son neutros y sin reacción. Sólo las palabras, las frases, tal como lo he explicado más arriba, pueden no apreciar la manera en que han sido condimentadas. Las más valientes o las más molestas abandonan el libro para, con otras exiliadas, crear otro libro. Pero no son más que reacciones individuales de sustantivos, de adjetivos, de verbos, etc., que no modifican la apariencia ni el tenor de la obra de la que han desertado y que sigue siendo, en el fondo, inmutable.

 

¿Que si los libros pueden moverse solos? Sí. La prueba es que algunos cambian por sí mismos de lugar sobre la estantería, que no se les reencuentra donde se les había puesto y que su movimiento perturba el orden alfabético. A menudo son las querellas de vecindad las que explican esos desplazamientos incongruentes. Si los libros no se tienen por responsables del lugar en el que están, algunos, no obstante, no admiten estar pegados a volúmenes notoriamente mediocres o a obras cuyos autores les parecen indignos de una cohabitación con nombre impreso sobre la carátula. Apretados los unos contra los otros, ¿cómo no van a tener reacciones epidérmicas? Ellos pueden, también, ser juguetes de pulsiones lamentables debidas a las desigualdades sociales o a las jerarquías intelectuales. (…)

 

Leer artículo completo en El Malpensante.com

  


 

El Malpensante es una revista literaria colombiana fundada en octubre de 1996 por Andrés Hoyos Restrepo y Mario Jursich Durán, con un nombre extraído de un libro de aforismos escrito por Gesualdo Bufalino y traducido por Jursich para Editorial Norma. La editorial de dicha revista realiza además el Festival Malpensante, una serie de encuentros anuales que incluye diversas actividades culturales realizadas en Bogotá.

 

Desde hace unos meses está en línea la nueva página Web de la revista – Elmalpensante.com – donde se pueden leer íntegramente los contenidos de esta publicación a partir del número 73 correspondiente a septiembre - octubre de 2006. Una buena oportunidad para conocer esta publicación Colombiana con doce años de prestigio en el mercado.

 

Pacífico. José Antonio Garriga Vela.

Posted in Libros by Alguien on 29 diciembre 2008

Título: Pacífico. | Autor: José Antonio Garriga Vela. | Editorial: Anagrama. | Colección: Narrativas hispánicas. | Género: Novela. | Formato: Rústica. Tapa blanda. 180 x 1420 mm. | Páginas: 176. | Año: 1º Ed. 2008. | ISBN: 978-84-339-7177-7. | Precio: 15 €. 

 

«Mi tristeza era una pose, una forma de llamar la aten­ción, una condición ineludible para convertirme en escri­tor.» Así habla el narrador de Pacífico, testigo de una novela familiar en la que, de puertas adentro, mientras afuera se hace el primer trasplante de corazón o el hom­bre conquista la luna, se van acumulando desgracias. Si la intimidad es aquello que no se debe compartir, porque nos debilita, Pacífico es un relato íntimo que hurga en las entrañas de sus personajes con una delicadeza excepcio­nal, hasta convertirlos en seres inolvidables maltratados por la vida. Los miembros de esta familia han vivido en la inopia, pero la realidad los sacará de ahí a golpes. Un pa­dre que pagará muy caros sus amores con la dueña de una perfumería, una madre que ha impuesto entre ella y sus hijos una especie de grueso cristal, un hermano que construye barcos en miniatura y al que destruirá una ca­sualidad tan verosímil que sólo podrá creerse cuando su­ceda otra vez. Una comparsa de seres frágiles en manos de un destino al que le gustan las bromas macabras.

 

Leer el primer Capítulo de Pacífico. (doc)

 

José Antonio Garriga  Vela nació en Barcelona en 1954, pero reside actualmente en Málaga. Es autor de varios libros de relatos y de galardonadas obras de teatro. Tras debutar como novelista con “Una visión del jardín” (1985), tuvo un formidable reconocimiento con “Muntaner, 38, (Debate, 1996), que se alzó con el Premio Jaén de Novela 1996. Su siguiente novela fue “El vendedor de rosas, (Destino,2000), “Los que no están, (Anagrama, 2001) ganó el Premio Alfonso García-Ramos de Novela 2001.

 

Su última novela, presentada oficialmente en el Salón de Actos del Museo del Patrimonio Municipal de Málaga el pasado 4 de Diciembre, se titula “Pacífico” y desde que salió a la venta el pasado octubre no ha dejado de recibir alabanzas de críticos, escritores, “blogeros” y amigos como el admirado Antonio Soler.

 

En el suplemento cultural Babelia de El País, por ejemplo, el temido y muy influyente crítico Javier Goñi dice que la novela es “excelente, estupenda”, que es “la sorpresa del otoño” (puede leer aquí la crítica completa). Otra voz autorizada más, la del crítico Alfonso Cervera, en el Levante: “Ése enorme escritor que es Garriga Vela no se va nunca de una escritura que ronda la excelencia”. Para abundar en las alabanzas, la que le dedica el suplemento cultural de La Opinión de Málaga: “Una de esas novelas que rezuman literatura”. Más de lo mismo se puede encontrar en las opiniones de Agustín Rivera, Pablo Aranda o Miguel Ángel Oeste o en las críticas y entrevistas que se han hecho en Diario Sur  (“hay que leerla”) o ABC: “Su mejor novela desde Muntaner 38.

 

Después de 7 años de silencio  Garriga vuelve a la novela,  porque sus artículos y relatos (de viajes) los sigue publicando en Diario Sur (viernes y domingos) y los martes en EL MUNDO de Andalucía. Pacífico, un título imprescindible para volver a disfrutar del placer de la lectura.

 

 

“Acabo de publicar una novela y los lectores me hacen preguntas. A menudo son preguntas sobre ciertos hábitos que guardan más relación con la cocina literaria que con el desarrollo de la novela. Los lectores sacan sus propias conclusiones sobre las historias que cuento. Las palabras poseen diversas interpretaciones, tantas como lectores. Cada lector tiene una mirada singular. El escritor no siempre es consciente de todo lo que escribe. Cuando me hablan de las cargas de profundidad que hay en la novela, creo que esa profundidad está construida a medias entre el escritor y el lector. Si no existiera el lector no habría literatura…

 

“He de regresar cuanto antes a la vida real para de aquí a un tiempo volver a sumergirme en una nueva historia, un nuevo mundo abisal, que todavía no existe. Ahí reside el milagro de las palabras que son capaces de construir universos verbales. Mi novela ‘Pacífico‘ ya no me pertenece. Es de todos y cada uno de ustedes, queridos lectores.

 

La nueva literatura de las generaciones de autores.

Posted in Artículos by Alguien on 29 diciembre 2008

¿Tienen relevo los Enrique Vila-Matas, Javier Marías o Quim Monzó? La respuesta es obvia: sí. En primer lugar porque siempre hay un nuevo orden que sustituye y se solapa con el anterior. Y, en segundo, porque los libros publicados en este 2008 que se acaba dibujan un prometedor panorama para una serie de narradores. En este reportaje nos ocupamos tan sólo de aquellos autores nacidos a partir del año 1968, y prestamos atención, sobre todo, a sus últimas obras. En castellano, destacan con luz propia los nombres de Ricardo Menéndez Salmón, Isaac Rosa y Juan Gabriel Vásquez. En catalán, hay que citar a Najat el Hachmi, Llucia Ramis y Francesc Serés. En general, todos ellos suelen abominar de encasillamientos. Hace algunos años, surgió en la literatura catalana el grupo de los imparables, que incluso suscribieron un manifiesto. Hace dos años, hizo fortuna el término generación Nocilla a raíz de la novela de Fernández Mallo. El momento actual se caracteriza por su diversidad y porque muchos autores tienen blogs, los nuevos cafés literarios.

Seguir leyendo artículo completo en La Vanguardia.


“El viaje a la ficción” de Mario Vargas Llosa.

Posted in Libros by Alguien on 7 diciembre 2008

Título: El viaje a la ficción Autor: Mario Vargas Llosa.│Editorial: Alfaguara │Temática: Miscelánea Literaria. │ Fecha de publicación: 19/11/2008. │Páginas: 240. │ISBN: 978-84-204-7442-7 |  EAN: 9788420474427Precio: 17,50

Empieza a leer El viaje a la ficción. (PDF)

 

Viaje prodigioso a Juan Carlos Onetti – ABCD.es

Miguel García-Posada – 22 /11/2008 – número: 878

 

A veces la justicia poética existe, solo a veces. No fue rigurosa -esto es, ejemplar- con Cervantes, pero tampoco con Borges, por citar dos casos eminentes mas no aislados. La justicia poética está en cambio existiendo con Juan Carlos Onetti: la desaparición física del escritor (1994) no ha afectado al prestigio de su obra, cada vez más intenso, pese a ser en buena medida una cima del hermetismo. Onetti suscribía íntegramente la propuesta de Antonio Machado de que la historia fuese «confusa» y «clara» la pena, aunque se precipitaran en el gran escritor otros modelos, como el decisivo faulkneriano, que Mario Vargas Llosa elucida con su habitual precisión.

 

Palabra creadora. Más de diez años después de su muerte, Onetti ha tenido la fortuna de que un escritor y crítico de la talla de Vargas Llosa haya decidido abordar su obra con sistematismo y rigor. Despliega el gran crítico, acaso el más completo y perspicaz de la crítica actual, un punto de vista comprensivo, original, novedoso. Reproduciendo el modelo de los antiguos contadores de historias de las primitivas tribus indoamericanas, Onetti sería un hablador críptico, como el inolvidable Mascarita de aquella novelita ejemplar. Mediante la ficción, crea un mundo alternativo al nuestro, capaz de suplantarlo y derogarlo por la fuerza de la palabra creadora; un mundo alternativo en el que se refugian los seres que encuentran este mundo intolerable. De modo que este universo de elipsis, silencios, derrotas y naufragios se erige, en su turbadora verdad, como una suerte de prodigiosa consolación.

 

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Kafka el pasajero.

Posted in Artículos by Alguien on 22 noviembre 2008

Kafka en tranvía – Babelia

Texto: Enrique Vila-Matas –  22/11/2008

Al encontrarme de nuevo con el penúltimo fragmento de Jakob von Gunten de Robert Walser -aquel en el que Herr Benjamenta y el narrador cabalgan por el mundo en un sueño de libertad absoluta- capto un posible aire de familia con Deseo de convertirse en indio, una de las prosas breves de Contemplación, el primer libro que publicara Kafka. En esa juvenil y breve prosa indecisa, Kafka muestra su deseo de ser de verdad un indio, siempre alerta, sobre el caballo galopante, en viaje sin bridas por el ancho mundo. Aunque es una prosa indecisa, aunque es un texto de sus primeros tiempos, ahí está ya en toda su plenitud el espíritu de un Kafka recién salido de las lecturas de Walser.

Vera Nabokov siempre dijo recordar “aquella cara, su palidez, aquellos ojos tan extraordinarios, ojos hipnóticos resplandeciendo en una cueva”

Reencontrarme con esa breve prosa del Kafka incipiente -esa prosa en la que ya estaba condensado el escritor incomprensible y al mismo tiempo sorprendentemente diáfano que fue- me hace caer en la cuenta de que no siempre Kafka fue Kafka. Hoy estamos acostumbrados a leerlo como tal, pero hubo una etapa -días de indecisiones y de vacilaciones- en la que pasó por el clásico trance por el que transitan aquellos que desean cabalgar sin bridas y ser extranjeros dentro del doméstico y pusilánime paisaje literario de su época. Es decir, también Kafka tuvo que forjarse un estilo. Lo inventó a la sombra de Walser, pero también de Kleist, de Chéjov, de Dickens y del cervantino Flaubert.

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Escritores perseguidos.

Posted in Artículos by Alguien on 16 noviembre 2008

Son ocho casos de persecución intelectual. Cubren un amplio espectro por su perfil profesional, las razones de la amenaza o el desenlace. Algunos murieron en su pulso contra la injusticia, otros obtuvieron una gran repercusión mediática y la salvaron. Para casi todos, la transitoriedad de una situación de riesgo se ha convertido en una vida en permanente zozobra. El peligro y la intolerancia permanecen.

 

SALMAN RUSHDIE

Los versos de la ira.

 

Se acaba de cumplir el vigésimo aniversario de la publicación de Los versos satánicos, el libro que dio lugar a la fatua del ayatollah Jomeini contra Salman Rushdie, escritor británico convertido en el principal icono de la persecución religiosa. Varios de sus traductores fueron asesinados o heridos. En 1989, Teherán retiró la recompensa por su muerte, pero el fallecimiento del autor de la fatua, el único que podría haberla revocado, condena a su víctima a vivir atento a ciertas condiciones de seguridad.

 

WALTER BENJAMIN

La decisión final.

 

A pesar de sus problemas cardiacos, agravados por su estancia en un campo de trabajos forzados, este judío alemán, filósofo del materialismo marxista y crítico literario, cruzó a pie el Pirineo Oriental con otros compatriotas. Cuando llegaron a España, la policía les comunicó la imposibilidad de conceder asilo a “personas sin nacionalidad”. Esa noche, Benjamin se suicidó.

 

KENULE BEESON SARO WIWA

La víctima del petróleo.

 

Periodista, novelista y productor de televisión, el nigeriano Kenule Besson Saro Wiwa fue uno de los primeros activistas que denunciaron los daños de las petroleras en el delta del río Níger y la desprotección de los pueblos autóctonos. Fue encarcelado acusado de unos crímenes nunca probados. El régimen dictatorial lo ejecutó en 1995, pese a las protestas internacionales.

 

ANNA POLITOVSKAIA

El azote de Putin.

 

Su reconocimiento internacional proviene de sus crónicas sobre la guerra de Chechenia, en las que denunciaba las violaciones de los derechos humanos, y de su libro “La Rusia de Putin. La vida en una democracia fallida“. La periodista sufrió amenazas y fue asesinada en el ascensor de su casa en 2006.

 

LYDIA CACHO

Secuestrada por la policía.

 

Hace tres años publicó “Los demonios del Edén“, un libro que revelaba una red de pederastia, pornografía infantil y turismo sexual que contaba con la connivencia de políticos. Desde entonces, esta periodista y novelista mexicana, vive bajo protección y se sigue contra ella un proceso por difamación. En una flagrante violación de la ley, fue secuestrada en su casa de Cancún por la policía de Puebla y trasladada ilegalmente a este Estado. La presión de la opinión pública propició su puesta en libertad bajo fianza.

 

MOHAMED ERRAJI

Blogosfera, el último reducto.

 

Este blogger marroquí de 32 años fue condenado el pasado 8 de setiembre a una multa de 430 euros y dos años de cárcel por publicar un texto en su blog en el que criticaba la política social del monarca alauita. Actualmente, se encuentra en libertad provisional.

 

ROBERTO SAVIANO

El sistema no perdona.

 

Un libro le ha proporcionado la fama y su condena. “Gomorra es un estudio concienzudo de la actividad del Sistema, denominación napolitana de la Camorra, y ha proporcionado ventas millonarias y la fama, incluso fuera de Italia, al periodista y escritor italiano Roberto Saviano. Desde hace dos años vive con escolta policial permanente. El descubrimiento de un plan para asesinarlo ha precipitado su salida del país y su refugio en el norte de Europa. La versión cinematográfica del libro fue presentada en la última edición del Festival de Cannes.

 

Libros secuestrados.

Posted in Artículos by Alguien on 8 noviembre 2008

Memorias del horror – ABCD.es

Rogelio Alonso – 01/11/2008

 

«Un secuestro es una soledad mortificante. Hay un silencio que te desgarra desde las entrañas hasta la desesperación. Un secuestrado es un hombre que se aferra al límite del horror y que siente cómo poco a poco ya no puede más.» Brian Keenan fue secuestrado por terroristas libaneses en Beirut en 1985 y liberado cuatro años y medio después. Al final de ese infierno, este profesor de literatura nacido en Belfast escribió una obra magistral, “An Evil Cradling”, en la que relató el calvario al que milagrosamente logró sobrevivir. Sus páginas son estremecedoras y bellas, pues describen con una emocionante sensibilidad una de las más inhumanas experiencias a las que un hombre puede ser sometido.

 

Casi un centenar de ciudadanos occidentales fueron secuestrados en ese país durante la década de los ochenta. Muchos de ellos permanecieron en cautividad durante largos años, mientras otros eran asesinados. Varios fueron los supervivientes que plasmaron su cautiverio en conmovedores libros. El periodista norteamericano Terry Anderson, retenido desde marzo de 1985 hasta diciembre de 1991, escribió “Den of Lions”, unas impresionantes «memorias de supervivencia y triunfo», tal y como rezaba el subtítulo de la obra.

 

Terrible relato. El periodista británico John McCarthy, secuestrado en abril de 1986 y liberado en agosto de 1991, escribió “Some Other Rainbow”. Sus páginas alternaban el terrible relato de la tortura padecida por McCarthy con el de los denodados esfuerzos de su novia, la también periodista Jill Morrell, por mantener viva una intensa campaña internacional por su liberación. Ese contraste entre sentimientos como el odio y el amor que los seres humanos son capaces de desplegar hacía de éste un volumen especialmente atractivo. La agonía del secuestro también fue relatada en Taken on Trust” por el británico Terry Waite, enviado del arzobispo de Canterbury con la intención de negociar la liberación de los rehenes en Líbano. Waite, secuestrado en 1987, recuperaría la libertad 1.763 días después.

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Los Nobel que la Academia sueca se llevó.

Posted in Artículos by Alguien on 12 octubre 2008

Por Juan Manuel Gómez. Publicado en Suplemento Milenio (11/10/08)

 

¿Quiénes son Karl Gjellerup, Henrik Pontoppidan, Mijaíl Sholojov? Son premios Nobel de Literatura tan olvidados como sus obras, mientras otros como Kafka o Proust, sin haberlo recibido, son inmortales. 

 

El domingo pasado, en su columna “Fusilerías”, Alfredo C. Villeda aclaró el contexto en que Horace Engdahl, secretario permanente del jurado que otorga el Premio Nobel, hizo las declaraciones que cimbraron a la prensa mundial y que puntualizaban de manera tajante que los escritores norteamericanos no eran el centro del mundo literario y que estaban encerrados en una isla. Sin embargo, a qué se referiría Engdahl cuando habló de participar en el “gran diálogo de la literatura”. ¿En dónde se da ese “diálogo”? ¿En Suecia? ¿En la Feria de Francfort? Tal vez Engdahl apuntaba hacia el mercado editorial y las fórmulas del best-seller. Y es cierto, como acotó él mismo, que los estadunidenses son muy apegados a las leyes del mercado, como lo son, habría que agregar para ser justos, todos los escritores del mainstream, comenzando por los premios Nobel, muchos de los cuales fueron elegidos con un claro sesgo político. Pero eso no tiene absolutamente nada que ver con la literatura, cuyo “gran diálogo” se da en el interior de la mente de un lector, a través de un libro.

De izquierda a derecha: D. H. Lawrence, James Joyce, Franz Kafka y Marcel Proust

La mejor reacción ante este arponazo en el orgullo yankee se dio casi de inmediato en el diario virtual Slate. Adam Kirsch recogió el guante lanzado por Engdahl: “Ni los austriacos ni los italianos pensaron que Elfriede Jelinek [2004] y Dario Fo [1997] merecían sus premio Nobel; Harold Pinter [2005] ganó el suyo casi cuarenta años después de su obra más significativa. Sugerir que estos autores son más talentosos o más consumados que los mejores norteamericanos de los últimos treinta años es ridículo”.

Kirsch continuaba diciendo que confiaba en que la Academia Sueca no suscribe declaraciones antiestadunidenses como las que han incluido en sus discursos laureados como Harold Pinter, Doris Lessing (2007), José Saramago (1998) y Günter Grass (1999). “Pero para probar la mala fe de la reciente crítica de Engdahl a la literatura norteamericana, basta mencionar un solo nombre: Philip Roth. Engdahl acusa a los estadunidenses de “no participar en el gran diálogo de la literatura”, pero ningún escritor norteamericano ha sido más cosmopolita que Roth. Como editor de la colección de Penguin ‘Escritores de la otra Europa’, él fue el responsable de dar a conocer a muchos de los grandes autores de Europa oriental: de Danilo Kiš a Witold Gombrowicz. Su ensayo de 2001, El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras (Seix Barral, 2003), incluía entrevistas con Milan Kundera, Ivan Klíma y Primo Levi. En sus libros de narrativa ha sido tan aventuradamente posmoderno como Calvino, a la vez que practica la expresividad del detallado realismo que desde hace mucho ha sido la fuerza de la literatura norteamericana. A menos que y hasta que Roth gane el Premio Nobel, no hay razón para que los estadunidenses presten atención a ningún insulto por parte de los suecos”.

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Hablando de libros no leídos.

Posted in Libros by Alguien on 6 octubre 2008

¿Cómo opinar e impresionar elegantemente de libros que no hemos leído? Esta pregunta se la planteó el  profesor de literatura francés Pierre Bayard en su ensayo “Comment parler des livres que l’on n’a pas lus?” (Cómo hablar de los libros que no se han leído, Anagrama, 2008). El periodista Íker Seisdedos, en un interesante reportaje publicado en El País Semanal, aborda el libro y nos lo cuenta:

  

“Para ser sinceros, aquel ejemplar de El ser y la nada, de Jean-Paul Sastre, encuadernado en piel y de letra enana, fue mucho más paseado por las campas de la universidad que leído. Y aunque se hizo lo que se pudo con el primero de los ocho volúmenes de En busca del tiempo perdido, a veces, cuando sale el tema, a uno le resulta invencible la tentación de mentir al recordar “aquel verano que se fue en engullir la gran obra de Proust enterita”. Y si es cierto que en las brumas de la memoria se ocultan tardes de infancia, reales o inducidas por los recuerdos, con un Moby Dick ilustrado entre las manos, también lo es que, aparte del dichoso arranque (“Llámame Ismael”) y de Zelig -filme de Woody Allen cuyo argumento echa a andar precisamente con un tipo que miente al asegurar que ha leído la novela-, el conocimiento que hoy me queda de la inmortal obra tiende a cero.

 

Hay cosas peores y más útiles, sin duda, que engañar al prójimo sobre si se ha leído esta novela universal o aquel poemario revelador. Bien, pues ahora podrá hacerlo. Con todas las de la ley. Gracias a un libro de próxima publicación en España que no sólo demuestra que es posible hablar, pontificar incluso, de lo que no se ha leído, sino que anima y enseña a hacerlo. Algo bien útil, si se atiende a los datos: un ser humano falta a la verdad unas 60 veces por día y se publican más de 70.000 títulos al año sólo en España.

 

Convivir con la impostura, relajarse y afinar el tan extendido oficio de la mentira literaria es la utilidad de Cómo hablar de los libros que no se han leído (Anagrama), uno de los lanzamientos más irreverentes del otoño literario. Una gamberrada -de cierto tono intelectual, eso sí- que ha sido un éxito en Francia (50.000 ejemplares vendidos) y en Alemania, así como un best-seller allá donde se ha traducido al inglés y vendido bajo el eslogan “¡Si no piensa leer ningún libro este año, que sea éste!”.

 

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