Algún día en alguna parte

Edgar Allan Poe visto por Jordi Sierra i Fabra.

Posted in Libros by Alguien on 24 noviembre 2009

Cuando queda poco para que termine el 2009, año en el que se ha celebrado el bicentenario del nacimiento de Edgar Allan Poe, los homenajes a la figura de este maestro de lo gótico siguen muy presentes. Uno de los últimos autores que ha decidido profundizar en la vida y obra del creador de El cuervo ha sido Jordi Sierra i Fabra. El escritor catalán le dedica una especial biografía en Poe (Libros del zorro rojo). La obra, con ilustraciones de Alberto Vázquez, repasa los acontecimientos más importantes del escritor estadounidense.

2009 ha sido, sin duda, el año de Edgar Allan Poe. Cuidadas reediciones de sus cuentos fantásticos y homenajes dentro y fuera de EEUU han recordado que el maestro de autores como Kafka, Lovecraft, Borges o Cortázar nacía en Boston doscientos años atrás. A punto de cerrarse el año del bicentenario, Jordi Sierra i Fabra rinde su personal homenaje al genio de lo oscuro con una biografía ilustrada por Alberto Vázquez y publicada por Libros del zorro rojo, una editorial de referencia en el campo de la literatura ilustrada.

Maestro del relato corto, renovador de la novela gótica y precursor de la literatura policíaca, Poe tuvo una vida difícil en la que Sierra i Fabra se ha adentrado para escribir este libro, publicado recientemente y con el que el autor pretende poner su granito de arena en este año de homenajes.

Para el autor catalán, la valía de Poe como autor es innegable, pero como persona fue un hombre de luces y sombras, y de la lectura de este libro se desprende que el autor del poema El cuervo y de relatos como El gato negro o El corazón delator, era “más kafkiano que el propio Kafka”. Uno de los grandes aciertos de este libro, unido a las ilustraciones de Alberto Vázquez – considerado uno de los artistas de más talento de los últimos años -, es que no es una biografía al uso. Sierra i Fabra saca a la luz el lado menos popular de Poe empleando una novela biográfica, en la que sentimientos y, sobre todo diálogos, comparten espacio con ilustraciones en blanco y negro.

Sierra i Fabra incluye fragmentos de algunos de sus relatos más conocidos, y cada capítulo de la vida del escritor estadounidense viene precedido de un fragmento del aplaudido poema El cuervo.

Por literario que pueda sonar, la vida del maestro de lo oscuro fue tan tétrica como muchos de sus relatos. Marcado por las penurias económicas, Poe era un adicto a la bebida y a las drogas y acabó sus días en la más absoluta miseria. Tenía sólo 40 años cuando murió. Muchos críticos apuntan que su alma estaba atormentada por el dolor y que tenía un carácter depresivo. La atmósfera asfixiante de sus relatos estaría, por tanto, más que justificada si se tiene en cuenta su carácter sombrío.

Pero como todos los grandes autores de la literatura, la obra de Poe supo sobreponerse a su vida y renacer con el tiempo hasta ser valorada en todo el mundo. Poco importa hoy que Poe fuera un alcohólico que no pasó de la cuarentena, porque lo que el mundo sigue celebrando es que a pesar de su corta vida nos dejó una extensa obra literaria que aún influye a cientos de autores.

Con más de trescientas obras, Jordi Sierra i Fabra es uno de los autores más importantes de la narrativa actual. Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en el año 2007 y candidato al Premio Andersen, su obra ha sido traducida a más de veinte idiomas, y es de las más leídas en colegios y bibliotecas.

Poe está ilustrado por el joven artista Alberto Vázquez (La Coruña, 1980), licenciado en Bellas Artes, y colaborador habitual del diario El País. Su enigmática obra ha sido distinguida, entre otros, con el Premio Injuve de Cómic e Ilustración y el Premio al Mejor Dibujo en el Salón Internacional del Cómic de Barcelona. Vázquez ha ilustrado numerosas antologías literarias y ha también ha puesto su arte al servicio de proyectos publicitarios.

Capítulo 1 de “Poe” de Jordi Sierra i Fabra.

(25 de noviembre de 1811)

“Los artistas siempre son pobres. Los artistas siempre son únicos, diferentes. Y solidarios. Ah, los artistas…

Para los puritanos eran gente de mal vivir, bohemios, de licenciosas costumbres, y sin embargo necesarios en su esparcimiento. Una ventana al mundo de las sensaciones. Para sí mismos en cambio, envenenados por el influjo de la escena, castigados por penurias económicas, destrozados por giras a través de carreteras infames, mal pagados… El nuevo siglo no había cambiado nada. Sólo un dígito. ¿Qué más daba que la primera década del XIX se hallase ya cumplida y anduvieran por la segunda? Ser artista significaba vivir el peligroso perfume de la libertad al precio de la vida. Un par de horas dominadas por la intensidad todas las noches para borrar las veintidós restantes tal vez infames. Eso suponiendo que en esas dos horas hubiera un público, unos aplausos.

Artistas. Artistas. Artistas.

Las dos damas contemplaban los carteles de la función en el pequeño teatro, con su reclamo humilde. Las personas pasaban y los leían. O no. Hacía demasiado frío para detenerse. A su espalda, la pensión era todavía más lóbrega. Un nido de ratas. Ratas que, cada noche, sonreían, tomaban sus hábitos escénicos y cumplían con su misión de entretener al mundo.

Las dos damas reflejaban consternación en sus rostros.

— Ella no actuará esta noche, ¿verdad?
— Tal vez quiera hacerlo, aunque sea arrastrándose.
— ¡No puede, en su estado! ¡Se está muriendo!
— Es tan tercamente joven, veinticuatro años…—¡Pero tiene los pulmones destrozados!

La señora Allan miró a la señora Mackenzie. Pareció no saber qué decir.

— ¿Qué será de esos pequeños?
— ¿El padre sigue sin dar señales de vida?
— Ni lo hará. Es probable que jamás vuelva a saberse de él. Hace ya más de un año que se fue.

La sensación de pesar las dominó. Ellas, mujeres de la buena sociedad de Richmond, sentían mucho más que lástima por Elizabeth Arnold, la joven perla de la compañía, tan hermosa, tan indefensa, tan especial.

Betty había enviudado de su primer marido para casarse casi de inmediato con David Poe, un actor de segunda, hombre de buena familia que le dio la espalda al preferir él la farándula a una vida digna. Habían tenido un primer hijo, William Henry Leonard, un segundo, Edgar, y un tercero, una niña, Rosalie, apenas un año antes. La función de la noche, demostrando el espíritu solidario de los compañeros, siempre ellos, era benéfica. El señor Placide, el director, así lo anunciaba en el periódico, solicitando la asistencia de un público generoso.

Esta noche no llovía, pero lo había hecho tanto que la malaria, emergiendo de la crecida del río James, causaba estragos en la población.

La peor noche para un milagro.

— ¡Oh, Dios! —suspiró la señora Mackenzie.
— Sí, Dios, ya ves —hizo lo propio la señora Allan—. Esa pobrecilla con tres hijos mientras que otras…
— Quieres al pequeño Edgar, ¿no es cierto? —puso una mano sobre las de su compañera.

Frances Allan, de soltera Frances Velentine, sonrió con ternura.
Cuando no se tienen hijos, todos parecen hermosos.
Pero aquel ángel…

— Vamos a ver a Betty —propuso—. Quizás podamos ayudarla, procurarle consuelo”.

Silencio. Edgar Allan Poe.

Posted in Fragmentos by Alguien on 31 octubre 2009

Un relato del maestro Allan Poe para la noche de Halloween.

Silencio.
Edgar Allan Poe.

“Escúchame -dijo el Demonio, apoyando la mano en mi cabeza-. La región de que hablo es una lúgubre región en Libia, a orillas del río Zaire. Y allá no hay ni calma ni silencio.

Las aguas del río están teñidas de un matiz azafranado y enfermizo, y no fluyen hacia el mar, sino que palpitan por siempre bajo el ojo purpúreo del sol, con un movimiento tumultuoso y convulsivo. A lo largo de muchas millas, a ambos lados del legamoso lecho del río, se tiende un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Suspiran entre sí en esa soledad y tienden hacia el cielo sus largos y pálidos cuellos, mientras inclinan a un lado y otro sus cabezas sempiternas. Y un rumor indistinto se levanta de ellos, como el correr del agua subterránea. Y suspiran entre sí.

Pero su reino tiene un límite, el límite de la oscura, horrible, majestuosa floresta. Allí, como las olas en las Hébridas, la maleza se agita continuamente. Pero ningún viento surca el cielo. Y los altos árboles primitivos oscilan eternamente de un lado a otro con un potente resonar. Y de sus altas copas se filtran, gota a gota, rocíos eternos. Y en sus raíces se retuercen, en un inquieto sueño, extrañas flores venenosas. Y en lo alto, con un agudo sonido susurrante, las nubes grises corren por siempre hacia el oeste, hasta rodar en cataratas sobre las ígneas paredes del horizonte. Pero ningún viento surca el cielo. Y en las orillas del río Zaire no hay ni calma ni silencio.

Era de noche y llovía, y al caer era lluvia, pero después de caída era sangre. Y yo estaba en la marisma entre los altos nenúfares, y la lluvia caía en mi cabeza, y los nenúfares suspiraban entre sí en la solemnidad de su desolación.

Y de improviso levantóse la luna a través de la fina niebla espectral y su color era carmesí. Y mis ojos se posaron en una enorme roca gris que se alzaba a la orilla del río, iluminada por la luz de la luna. Y la roca era gris, y espectral, y alta; y la roca era gris. En su faz había caracteres grabados en la piedra, y yo anduve por la marisma de nenúfares hasta acercarme a la orilla, para leer los caracteres en la piedra. Pero no pude descifrarlos. Y me volvía a la marisma cuando la luna brilló con un rojo más intenso, y al volverme y mirar otra vez hacia la roca y los caracteres vi que los caracteres decían DESOLACIÓN.

Y miré hacia arriba y en lo alto de la roca había un hombre, y me oculté entre los nenúfares para observar lo que hacía aquel hombre. Y el hombre era alto y majestuoso y estaba cubierto desde los hombros a los pies con la toga de la antigua Roma. Y su silueta era indistinta, pero sus facciones eran las facciones de una deidad, porque el palio de la noche, y la luna, y la niebla, y el rocío, habían dejado al descubierto las facciones de su cara. Y su frente era alta y pensativa, y sus ojos brillaban de preocupación; y en las escasas arrugas de sus mejillas leí las fábulas de la tristeza, del cansancio, del disgusto de la humanidad, y el anhelo de estar solo.

Y el hombre se sentó en la roca, apoyó la cabeza en la mano y contempló la desolación. Miró los inquietos matorrales, y los altos árboles primitivos, y más arriba el susurrante cielo, y la luna carmesí. Y yo me mantuve al abrigo de los nenúfares, observando las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad, pero la noche transcurría, y él continuaba sentado en la roca.

Y el hombre distrajo su atención del cielo y miró hacia el melancólico río Zaire y las amarillas, siniestras aguas y las pálidas legiones de nenúfares. Y el hombre escuchó los suspiros de los nenúfares y el murmullo que nacía de ellos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.

Entonces me sumí en las profundidades de la marisma, vadeando a través de la soledad de los nenúfares, y llamé a los hipopótamos que moran entre los pantanos en las profundidades de la marisma. Y los hipopótamos oyeron mi llamada y vinieron con los behemot al pie de la roca y rugieron sonora y terriblemente bajo la luna. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.

Entonces maldije los elementos con la maldición del tumulto, y una espantosa tempestad se congregó en el cielo, donde antes no había viento. Y el cielo se tornó lívido con la violencia de la tempestad, y la lluvia azotó la cabeza del hombre, y las aguas del río se desbordaron, y el río atormentado se cubría de espuma, y los nenúfares alzaban clamores, y la floresta se desmoronaba ante el viento, y rodaba el trueno, y caía el rayo, y la roca vacilaba en sus cimientos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado.

Entonces me encolericé y maldije, con la maldición del silencio, el río y los nenúfares y el viento y la floresta y el cielo y el trueno y los suspiros de los nenúfares. Y quedaron malditos y se callaron. Y la luna cesó de trepar hacia el cielo, y el trueno murió, y el rayo no tuvo ya luz, y las nubes se suspendieron inmóviles, y las aguas bajaron a su nivel y se estacionaron, y los árboles dejaron de balancearse, y los nenúfares ya no suspiraron y no se oyó más el murmullo que nacía de ellos, ni la menor sombra de sonido en todo el vasto desierto ilimitado. Y miré los caracteres de la roca, y habían cambiado; y los caracteres decían: SILENCIO.

Y mis ojos cayeron sobre el rostro de aquel hombre, y su rostro estaba pálido. Y bruscamente alzó la cabeza, que apoyaba en la mano y, poniéndose de pie en la roca, escuchó. Pero no se oía ninguna voz en todo el vasto desierto ilimitado, y los caracteres sobre la roca decían: SILENCIO. Y el hombre se estremeció y, desviando el rostro, huyó a toda carrera, al punto que cesé de verlo.

Pues bien, hay muy hermosos relatos en los libros de los Magos, en los melancólicos libros de los Magos, encuadernados en hierro. Allí, digo, hay admirables historias del cielo y de la tierra, y del potente mar, y de los Genios que gobiernan el mar, y la tierra, y el majestuoso cielo. También había mucho saber en las palabras que pronunciaban las Sibilas, y santas, santas cosas fueron oídas antaño por las sombrías hojas que temblaban en torno a Dodona. Pero, tan cierto como que Alá vive, digo que la fábula que me contó el Demonio, que se sentaba a mi lado a la sombra de la tumba, es la más asombrosa de todas. Y cuando el Demonio concluyó su historia, se dejó caer, en la cavidad de la tumba y rió. Y yo no pude reírme con él, y me maldijo porque no reía. Y el lince que eternamente mora en la tumba salió de ella y se tendió a los pies del Demonio, y lo miró fijamente a la cara”.

Fuente: Ciuda Selva.

Revista Digital de Literatura Comparada 452ºF.

Posted in Andanzas by Alguien on 9 julio 2009

“Acaba de publicarse el primer número de una interesante revista a la que deseamos una larga andadura. Se trata de la revista de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada 452ºF, y está constituida con la intención de funcionar como portal de diálogo en torno a los estudios literarios desde un punto de vista multidisciplinar, fomentando la participación de los estudiosos de la literatura.

452ºF dedica su primer número al estudio de la figura de Edgar Allan Poe, y lo hace presentando artículos inéditos sobre la obra del autor así como una bibliografía en torno a su figura y trabajo. Los títulos son muy interesantes: “Poe y lo grotesco moderno” o “El discurso científico en la obra de Edgar Allan Poe”, entre otros.

Otros artículos sobre Enrique Vila-Matas y su discurso en “París no se acaba nunca” o sobre “Los cuentos de la Selva” de Horacio Quiroga también resultan atractivos.

Desde el editorial nos damos cuenta de la voluntad integradora de la publicación, y podemos leerlo en castellano, catalán, euskera e inglés. Otros artículos en inglés y alemán completan esta revista que reivindica la construcción de un discurso científico plurilingüe.

La entidad responsable de la edición de esta revista es la Asociación Cultural 452ºF, que ha visto la necesidad de sacar a la luz una publicación seria y avalada con la participación de autores especialistas en Literatura al tiempo que accesible al mayor número posible de personas.

La revista 452F, tras la publicación de cada número, abre la convocatoria para la recepción de artículos para el siguiente ejemplar. Se pueden leer las bases de la convocatoria para el segundo número se puede consultar desde la web de la revista, así como descargarnos en pdf. el primer número completo. Realmente una propuesta muy atractiva en esta primera edición”.

Sitio Oficial | 452F
En Algún Día | Edgar Allan Poe.

Fuente | Papel en Blanco.

Escritos sobre poesía y poética. Edgar Allan Poe.

Posted in Libros by Alguien on 9 julio 2009

Título: Escritos sobre poesía y poética. Autor: Poe, Allan Edgar. Editorial: Hiperión. Versión castellana: María Condor.Edición: 1ª edición: 2001. 2.ª ed. 2009.Páginas: 250 pp. Idioma: Inglés/EE.UU. ISBN: 978-84-7517-903-2 Precio: 15 euros.

Sinopsis: La filosofía de la composición de Edgar Allan Poe es uno de los textos fundacionales de la poesía de la modernidad, pero no fue lo único que Poe escribió sobre el tema. A él se suman en este libro otros sobre El principio poético, Los fundamentos del verso, Fantasía e imaginación, o sus comentarios sobre la poesía de Elizabeth Barret Barret (sic) o la de Longfellow, además de otros textos menores. Imprescindible para conocer las concepciones poéticas del primer poeta moderno norteamericano.

Reseña de Jaime Siles en ABCD.es. Nº 910. Fecha: 05.07.2009.

Para muchos Edgar Allan Poe es el padre de la lírica moderna, como es también el primero que esboza una teoría del relato que -como en el caso de sus poemas- él mismo se encarga de llevar a su máxima perfección. Y es que el Poe poeta es inseparable del Poe pensador. Incluso en los textos que podríamos llamar dispersos, sus reflexiones poéticas constituyen un corpus orgánico, en el que la precisa formulación de las frases es tan analítica como certera y hasta despiadado su inteligente humor.

Se propuso hacer una filosofía que lo fuera del verso, del ritmo, de la rima, del punto y de la composición. Y la llamó de diferentes modos: El principio poético, Los fundamentos del verso y La filosofía de la composición. Todos ellos están recogidos en este volumen, en el que también se ha incluido una serie de trabajos más breves, pero no el abundante material crítico-filosófico contenido en sus cartas y que ratifican, desarrollan o completan no pocas de las opiniones expuestas o vertidas aquí. Algunas de ellas las he comentado en una conferencia reciente -«Filosofía del verso y filosofía de la composición: el pensamiento poético de Edgar Allan Poe», publicada en el volumen Poe, la mala conciencia de la modernidad, editado en el Círculo de Bellas Artes por Félix Duque- y no voy a repetirlas. Pero en lo que sí conviene insistir es en su idea del poema breve, heredada de Calímaco; su idea del fragmento, procedente de los románticos; y en su concepto de la música y de lo que llama poesía de las palabras, que están en la base de su teoría de la versificación.

Análisis del lenguaje. Para Edgar Allan Poe lo significativo de un verso -y también de un poema- es el sistema en el que se produce y que obliga a seguir; la ordenación para él «no es al arte de ordenar, sino la ordenación real» misma, y la gramática consiste en «el análisis del lenguaje». A Poe le interesa, sobre todo, la prosodia: mide de modo heterodoxo, pero no falto de razón, algunos versos de Silio Itálico; teoriza sobre el carácter antiguo del espondeo, la evolución de los metros clásicos y el origen de la rima; y afirma que «la longitud de un verso es enteramente una cuestión arbitraria».

En este capítulo -que es uno de los más revolucionarios del pensamiento poético del autor- la traductora confunde «pírrico» y «pirriquio». Lo que, en próximas ediciones debería subsanar, al igual que la transcripción del nombre de la patria de Homero y algunas erratas que hay en los citas latinas y griegas. La filosofía de la composición tal vez sea su texto más famoso, y el hecho de que se inicie con un ataque a Dickens obliga a pensar si no es, todo él, una humorada. Pero, lo sea o no, nadie ha sido capaz de explicar las leyes internas y el funcionamiento de un poema de un modo tan exacto como Poe lo hace aquí. Lector de Gravina y de los Schlegel, y conocedor de lo que califica de «errores esencialmente germánicos», critica el didactismo de Wordsworth y el «metafisicismo» de Coleridge, se burla de los poetas byronianos «que eran todo guiones»; y sostiene que «toda obra de arte debe contener dentro de sí misma todo lo que sea requisito para su propia comprensión», y que un boceto «conmueve muchas veces el espíritu más gratamente que la pintura más elaborada».

Cree – como Bacon – que «no hay belleza exquisita sin algo extraño en sus proporciones», y su obsesión era escribir el mejor poema que se pueda componer. Su deseo no es construir la máquina de hacer poemas, sino fijar las leyes que los pueden producir.

Deudor de la Poética de Aristóteles, que no pocas veces transparece, y de la idea de la mímesis entendida como ficción, Poe es un poeta doblado de teórico, un gramático disfrazado de versificador y un filólogo que quiere dar cuenta de la más mínima partícula de su propio texto.

Teoría poética moderna. Con Edgar Allan Poe la poesía, sin dejar de ser misterio, se convierte en ciencia y en investigación. Lo más próximo a su teoría literaria es la teoría física que explica a George W. Eveleth en una carta fechada el 29 de febrero de 1848 y que él mismo resumía así: «Lo que he propuesto revolucionará a su tiempo el mundo de la ciencia física y metafísica. Lo digo con toda calma, pero no dejo de decirlo». De Edgar Allan Poe parte no poca de la crítica de Eliot -hasta el título The Use of Poetry and the Use of Criticism- y una buena parte de lo mejor del último Juan Ramón: «Cada alma es, en parte, su propio dios, su propio creador», dice Edgar Allan Poe. Eso, por no hablar de la deuda contraída con él por los franceses y que Hugo Friedrich, en un libro ya clásico, explicó. Edgar Allan Poe, pues, es padre y madre de muchas cosas, y de la teoría poética moderna también.

En Algún Día: Edgar Allan Poe.

Novela Policiaca.

Posted in Artículos by Alguien on 20 febrero 2009

Acorde con los tiempos de crisis y violencia que sufrimos, la novela policiaca está más de moda que nunca, cuantitativa y cualitativamente hablando. La cosecha literaria es abrumadora, al punto que, según los editores, uno de cada cuatro libros que se venden en España es una novela negra. De Poe a Carlos Salem, El Cultural repasa los grandes hitos de un género considerado hasta hace poco menor y que hoy reivindican los autores más destacados. Además, enfrentamos en un cara a cara singular a cuatro grandes damas del misterio: Sue Grafton, Donna Leon, Alicia Giménez Bartlett y Mercedes Castro.

 

Cosecha  Negra. Texto: David Torres. El Cultural.es – 20.02.2009.

 

En diciembre de 1841, Edgar Allan Poe (Boston, 1809-Baltimore, 1949) publicó en la revista “Graham´s MagazineLos crímenes de la rue Le Morgue, el relato donde dio carta de ciudadanía a Auguste Dupin, el abuelo de todos los detectives, un tipo elegante, irónico y frío que mediante un impecable análisis deductivo descubrió que los brutales asesinatos habían sido obra de un orangután enloquecido armado con una navaja.

 

Poe fue el Homero del género policíaco: su detective no sólo era un diletante de monstruosa inteligencia que se burlaba de la policía sino que también contaba, para narrar sus aventuras, con un interlocutor no tan despierto. Arthur Conan Doyle (Edimburgo, 1859, Crowborough, Sussex, 1930) elevó la fórmula a su máxima perfección con la invención de Sherlock Holmes y Watson (uno de los binomios míticos de la literatura) y llevó al extremo la arrogancia intelectual del detective revistiéndolo de una lupa, una gorra y una pipa.

 

Muchos y variopintos han sido los homenajes que, desde los libros, el cine y la televisión, se han hecho al inquilino misántropo y morfinómano de Baker Street 221B (el penúltimo de ellos es médico, adicto a las pastillas y toca el piano en lugar del violín), pero la prole literaria del personaje alcanzó sus momentos más altos en la figura del padre Brown, el inolvidable y bonachón sacerdote ideado por G. K. Chesterton (Londres, 1874-1936), y del pedante y rollizo Hercules Poirot, el detective belga obra de Agatha Christie.

 

Ambos llevan hasta el paroxismo las situaciones rocambolescas, los misterios imposibles y los razonamientos acrobáticos que desembocan en una solución asombrosa y cristalina. En las manos de estos artífices, el crimen se convierte en un juego de salón, un pasatiempo especulativo que por lógica debía desembocar en el más difícil todavía. Jorge Luis Borges (que usó algunos trucos del género en algunos de sus relatos) se juntó con Adolfo Bioy Casares para pasárselo en grande con don Isidro Parodi, un recluso que solucionaba enigmas irresolubles sin moverse de la celda donde estaba preso.

 

La misma voluntad de parodia y vasallaje anima las creaciones del escocés Michael Innes (1906-1994), cuyo inspector Appleby siempre riza el rizo de la paradoja. Dicho de otro modo, nacido en los Estados Unidos, el género se trasplantó a Gran Bretaña y allí floreció, madurando entre tazas de té, crucigramas y humo de pipa. Pero en el regreso a la tierra natal, el policíaco se oscureció, adquirió músculos, bebió alcohol, pasó de los salones de alta sociedad a los turbios callejones de las grandes urbes. En una palabra, se volvió “negro”.

 

Dashiel Hammett (Saint Mary County, 1894-Nueva York, 1961) dio a luz a Sam Spade, un tipo solitario, duro, desengañado y lo bastante cínico como para entregar a la justicia a la mujer que ama. Raymond Chandler (Chicago, 1888-La Jolla, California, 1959) suavizó la aspereza de Spade en la figura de Philip Marlowe, el detective de Los Ángeles cuyas ácidas réplicas bien podía haber firmado Groucho Marx y que, sin embargo, no acepta casos de divorcio. De Hammett y de Chandler viene una larga y compleja estirpe de escritores que usaron el género negro no tanto para resolver un misterio como para descubrir la podredumbre del entramado social y las miserias del alma humana.

 

Ross McDonald (Los Gatos, California, 1915-Santa Barbara, California, 1983), James M. Cain (Annapolis, Maryland, 1892-University Park, Maryland, 1977), Chester Himes (Jefferson City, Missouri, 1909-Moraira, España, 1984), Lawrence Block (Buffalo, Nueva York, 1938) y James Ellroy (Los ángeles, 1948), entre muchos otros, bucean cada uno a su estilo por las aguas putrefactas del sueño americano. Jim Thompson (Oklahoma, 1906-California, 1977), el Philip K. Dick del género, descubrió que el asesino podía esconderse dentro del héroe y levantó un delirante mapa de la psicopatía. Thompson definió con precisión el mecanismo esencial de una novela negra: “Hay treinta y dos maneras de contar una historia y yo las he probado todas, pero sólo hay una trama: las cosas no son lo que parecen”.

 

De regreso a Europa, el detective americano se institucionalizó, se afilió al cuerpo de policía, abandonando el altivo y secular desprecio de Dupin y Holmes por sus colegas de uniforme. El belga Georges Simenon (Lieja, 1903-Lausana, 1989) esculpió al comisario Maigret, que mordisquea tercamente su pipa mientras intenta familiarizarse con el entorno de la víctima. La inglesa P. D. James (Oxford, 1920) apadrinó al inspector Adam Dalgliesh, comandante de Scotland Yard y hombre de gustos refinados que escribe poesía en sus ratos libres. En Suecia, de la mano de Henning Mankell (Estocolmo, 1948), surgió el inspector Kurt Wallander, un cincuentón divorciado y enfermizo que suele comenzar sus investigaciones con una reunión en equipo y luego las acaba solo.

 

Ian Rankin (Cardenden, Escocia, 1960) alumbró en Escocia a John Rebus, otro inspector divorciado, indisciplinado y terco como una mula, que escucha música rock en lugar de ópera. En la Barcelona de la Transición, Vázquez Montalbán (Barcelona, 1939-Bangkok, Tailandia, 2003) creó a Pepe Carvahlo, tal vez el más célebre de los detectives de por libre europeos, a quien el siciliano Andrea Camilleri (Porto Empedocle, 1925) homenajeó parafraseando el apellido de su creador en la figura del comisario Montalbano.

 

El género ha pasado de adornar los kioscos a copar escaparates en las grandes librerías. Lejos están los tiempos en que Jim Thompson tenía que matarse para llegar a fin de mes: hoy Mankell, Donna Leon (Nueva Jersey, 1942) o Fred Vargas (París, 1957), traducida a 32 lenguas, son invitados de honor en cualquier congreso literario. Conan Doyle despreciaba el éxito mundano de Holmes hasta el punto de hacerlo desaparecer en una catarata, pero tuvo que resucitarlo. Unas décadas después, un teórico de la literatura tan ilustre como Umberto Eco vistió a Holmes y a Watson con hábitos de monje medieval, inaugurando un cruce genético -el “policíaco-histórico” – que está muy lejos de acabar. Hoy los descendientes de Auguste Dupin circulan por la Roma imperial, por la Alemania nazi y hasta por las profundidades del espacio. Pero nunca hay que olvidar que este humilde artefacto literario que proclama la razón como instrumento de indagación supremo empezó, en un atrevido esbozo de la teoría de Darwin, con un mono y una navaja.

 

Desde la aparición de Pepe Carvahlo en “Yo maté a Kennedy (1972) y “Tatuaje (1974) de Vázquez Montalbán, la novela negra en España no ha dejado de crecer y ramificarse, de parir personajes y sagas, y de buscar cada vez más lectores entre un público que al principio sólo admitía detectives con nombre inglés. Es cierto que, antes del inolvidable ex agente de la CIA, gastrónomo por vocación y pirómano poético, habían surgido algunos intentos de adoptar el género negro en España (uno de los más serios fue El inocente de Mario Lacruz) pero la férrea censura franquista obligaba a que la acción se situara en parajes imaginarios.

 

Tras la estela de Carvahlo, a comienzos de los 80, surgió una hornada de narradores que utilizaría el género negro para poner al descubierto las contradicciones y miserias de la España de la época. De la mano de Juan Madrid (Málaga, 1947), el detective Toni Romano husmea en los bajos fondos de la capital desde la primera novela de la serie, “Un beso de amigo (1980). Por esos mismos años, Andreu Martín (Barcelona, 1949), un verdadero todoterreno de la literatura de género, logra una cínica exploración de la venganza en Prótesis. González Ledesma (Barcelona, 1927) y Jorge Martínez Reverte (Madrid, 1948) dan a luz, respectivamente, a los inspectores Méndez y Gálvez, dos perfectos ejemplos de la descreída fauna de las comisarías.

 

Con tales fundamentos a su espalda, los escritores de la siguiente generación podrían ensayar nuevas fórmulas narrativas y así, Fernando Marías (Bilbao, 1958) desarrolla una intensa trama de thriller en “Esta noche moriré (1992), mientras que Javier Azpeitia (Madrid, 1962) logra un híbrido entre lo policíaco y psicológico en “Hipnos (1996) y Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963) cruza la novela negra con la ciencia-ficción en “Sangre a borbotones (2002). Más respetuosos con las convenciones del género, Alicia Giménez Bartlett (Almansa, 1951) y Lorenzo Silva (Madrid, 1966) , darían cada uno a su modo un nuevo rumbo al género: la primera con la aparición de la inspectora Petra Delicado en “Ritos de muerte (1996) y el segundo con la pareja de guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro, cuyo protagonismo en “El lejano país de los estanques (1998) dio comienzo a una exitosa saga “benemérita”.

 

Las últimas incorporaciones no hacen sino confirmar la salud de un género que, lejos del desprecio académico de los primeros tiempos, cada vez atrae a más lectores. Y a más escritores: desde algunos veteranos, como los argentinos Raúl Argemí (Buenos Aires, 1946) y Carlos Salem (Buenos Aires, 1959) , hasta otros más jóvenes, como los debutantes Antonio Jiménez Barca (Madrid, 1966) y Mercedes Castro, está claro que el negro nunca pasa de moda.

 

Edgar Allan Poe. Bicentenario.

Posted in Memorias by Alguien on 19 enero 2009

Hoy 19 de enero, se cumplen 200 años del nacimiento de Edgar Allan Poe. Desde aquel lejano día en Boston, su fama no ha dejado de crecer, al amparo de una obra pionera y rica tanto en prosa como en verso y una biografía plena en desdichas y en esperanzas frustradas.


Poe es para muchos una vieja fotografía con un gesto contrariado, cabellos desordenados y una corbata torcida, para otros puede que sea un autor de relatos que deja marcados a sus lectores adolescentes, para otros un ejemplo, tal vez el más levado, el más claro, de frustración e infelicidad. Pero 200 años después de su nacimiento, Poe, más allá de todo ello, es un maestro indiscutible. Un clásico de los que justifican la literatura de una nación entera.

Roberto Bolaño, otro autor que tras su reciente y temprana muerte (Poe murió con sólo 40 años de edad, el escritor chileno a los 50) va agigantando su fama, situó al inicio de sus relatos completos un jugoso texto titulado “Consejos sobre el arte de escribir cuentos”, en el que a través de doce enunciados aconseja o desaconseja autores y procedimientos. En los puntos nueve y diez afirma lo que sigue: «9) La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra. 10) Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas».


Del mismo modo, Chales Baudelaire, temprano biógrafo y traductor de Poe, se declaraba en deuda con el norteamericano; mientras que Arthur Conan Doyle afirmó en un artículo, en el centenario del nacimiento del autor, que «si cada autor de una historia en algo deudora de Poe pagase una décima parte de los honorarios que recibe por ella para un monumento al maestro, se podría hacer una pirámide tan alta como la de Keops».


Referente de rigor. Paul Valéry lo asumía como referente para el rigor compositivo y lógico en la escritura; Ramón Gómez de la Serna le dedicó una curiosa y apasionada biografía, plena de admiración, titulada “Edgar Poe, genio de América”; fue alabado por Ernst Jünger por su economía y parquedad; Borges lo saludó como maestro confeso; y lo mismo hizo Julio Cortázar, que además tradujo sus relatos, su única novela y sus ensayos. El cine de Tim Burton también se explica merced a la imaginería de Poe, e incluso su figura ha dado lugar a una novela reciente, “La sombra de Poe”, de Matthew Pearl, muy vendida pero decepcionante, que aporta interesantes datos sobre este autor al que algunos gustan de llamar maldito.


Edgar Poe nació en Boston, fruto de la unión de dos actores (ella, Elizabeth Arnold, con una legión de admiradores y muerta cuando sólo tenía 24 años, y él, hijo de un héroe de la Independencia norteamericana y dedicado a las tablas en un esfuerzo insensato y desaparecido en la niebla de la historia cuando Edgar sólo tenía un año). Su hermano mayor, William Henry, fue acogido por sus abuelos; su hermana menor, Rosalie, por una acomodada familia de Virginia; y Edgar, por el comerciante de tabaco John Allan y su esposa, Frances Keeling.


De la pensión a la mansión. El tránsito entre la habitación miserable de una pensión, a la vera de la madre muerta, y una mansión, cuando pasó a adoptar también el apellido de su padre adoptivo para pasar a ser para siempre Edgar Allan Poe, se produjo en veinticuatro horas. Su mejor biógrafo, Georges Walter, señala el papel clave y contradictorio de la orfandad de Poe:


«En la imagen de Edgar Poe niño que se ha formado, la privación de la madre, por fundamental que sea, ha borrado un tanto la ausencia del padre. La muerte de Betty, descrita “ad nauseam” por los biógrafos sentimentales del siglo XIX para provocar ríos de lágrimas en las lectoras, en el siguiente siglo -el de Freud- se convirtió, y no sin motivo, en indicio clínico, en duelo inicial situado en el centro del psicoanálisis póstumo, pero también de la crítica psicopatológica de la obra de Edgar Poe. Y no deja de ser irónico que esta abundante literatura se haya aplicado a descifrar y a explorar al poeta más consciente de su objetivo, al teórico riguroso de “El principio poético” y al parodista más temible de la literatura».


El periodo en que fue el heredero de una de las mayores fortunas de Richmond durará escasamente 18 años. Durante ese período dorado, vivió con sus padres adoptivos cinco años en Londres con una breve estancia en Escocia en lo que fue su único viaje al exterior. De la etapa inglesa, entre los seis y los once años, le quedará el dominio del latín, del griego, del italiano y del francés, un acento puramente inglés, una sensibilidad romántica y los recuerdos de una escuela que volcará en su relato “William Wilson”.


Los años felices terminarán cuando, de regreso a Richmond, las deudas de juego contraídas en su único año en la universidad, lleven al enfrentamiento irremediable y radical con el austero, cicatero y distante John Allan. El 19 de marzo de 1827, abandonó para siempre el hogar de los Allan y se dirigirá, con nombre falso a Boston. En su menguado equipaje, llevará una caja con cartas de su madre muerta, un pequeño retrato de ella y el manuscrito de su primer libro, “Tamerlán y otros poemas”, que publicará en su ciudad natal con el seudónimo de “Un bostoniano” y que pasará sin pena ni gloria.


En 1828, al borde de la indigencia, se alista en el ejército con el nombre de Edgar A. Perry, pasando a ser suboficial en Fort Moultrie, cerca de Charleston. Allí se licenciará con honores al año siguiente, que es el mismo en que muere su madre adoptiva, con la que había mantenido una relación ejemplar de amor mutuo.


Las primeras creaciones. Otro estimable biógrafo, Walter Lennig, señala las características de los primeros poemas del precoz Poe: «Lo más importante es fundamentalmente la cadenciosa musicalidad de los versos. No se contentaba en ningún momento con el cómodo procedimiento de la rima, sino que aspiraba incluso inconscientemente a imágenes sonoras e ininterrumpidas. Más fuertes que el sentido y el significado de las palabras eran su sonido y su semejanza sonora. Desde muy pronto, Poe tuvo la intuición de que generar una emoción es más importante que describirla». Esta concepción de la poesía hace que incluso sus más voluntariosas traducciones no sean capaces de mantener ese sabor especial de los poemas de nuestro autor y que se mantendrán a lo largo de toda su producción.


Tal vez sea esa capacidad para la imaginación lo que hizo que los años militares, completados con uno final en la academia de West Point de donde saldría con la costumbre de vestir un raído capote militar, fueran narrados por él mismo como un período, inventado, en el que combatió por la libertad de Grecia como un nuevo Byron (como el poeta inglés, Poe era un excelente nadador), había estado en San Petersburgo donde se mezcló en intrigas políticas que la habían puesto al borde de la deportación a Siberia huyendo a Londres y París.


Su fracaso como poeta (había publicado dos nuevas colecciones de poemas) le llevó a probar fortuna con la narrativa. En 1833, abandonada tanto la vida militar como la esperanza de una reconciliación con los Allan, Poe vivía una nueva vida con su tía María Clemm, una mujer afectuosa que lo cuidará toda la vida. Entonces, probó suerte enviando al concurso del “Baltimore Saturday Visitor” seis cuentos para intentar ganar un premio de mil dólares. Lo consiguió con ‘Manuscrito encontrado en una botella’. A partir de ahí, conseguiría ser escritor profesional.


Triunfo y fracaso. Dirigirá la revista literaria “Southern Literary Messenger”, consiguiendo que pasara de 700 ejemplares hasta 3.500 y que su distribución fuese nacional. La vida feliz perdida para siempre parecía ahora salir a su encuentro. Disciplinado, lejos de las tentaciones alcohólicas en las que había caído en la universidad, se decidió a casarse con su prima, hija de Maria Clemm, Virginia. En el certificado de matrimonio, la edad de Virginia era 21 años. Tenía catorce.


Como escritor pasa también por sus mejores momentos: escribe algunas de las primeras piezas de ciencia-ficción (hay quien atribuye la invención del género a Mary Shelley con su novela ‘”Frankenstein, otros conceden el mérito a los relatos de Poe) y como contribución exclusivamente propia, crea el género policial con sus relatos “La carta robada”, “Los crímenes de la rue Morgue” (pdf) y “El misterio de Marie Rogêt”, protagonizados por el primer detective de la historia literaria: M. Auguste Dupin.


Pero la estabilidad durará poco: el alcohol, que le afectaba rápidamente, pone en peligro su estabilidad que estallará en pedazos cuando Virginia fallezca prematuramente, a causa de la tuberculosis, en 1847. Pero cuando esto suceda, al propio Edgar sólo le quedará algo más de dos años y medio de vida. El tiempo apremia, y en su última década, la familia Poe (Edgar, Virginia, la protectora Maria) vive en Nueva York y en Filadelfia.


Edgar publica, en 1838, su única novela, “Narración de Arthur Gordon Pym”, plena de aventuras marinas y episodios atroces; es redactor de las prestigiosas revistas “Gentleman’s Magazine”, “Graham’s Magazine” y “Broadway Journal”; publica en 1840 su libro “Cuentos de lo grotesco y lo arabesco”; concibe la idea de crear su propia revista, que se llamará ‘The Stylus’ y que fracasará; publica en revistas sus mejores relatos (“La Máscara de la Muerte Roja”, “El gato negro”, “El corazón delator”, “El pozo y el péndulo”; recibe en 1842, en Filadelfia, la visita de su admirador Charles Dickens. Llegado este momento, es un autor admirado en su país e incluso más allá, pero es un desdichado. Virginia tiene vómitos de sangre, se siente deprimido, busca consuelo en el alcohol.


La extrema melancolía y musicalidad de su poema “El cuervo, publicado en el “Evening Mirror” de Nueva York en enero de 1845, le valdrá su mayor éxito en vida, por el que sólo cobrará la cantidad de nueve dólares. El poema es aprendido de memoria y recitado con delectación en todo el mundo anglófono. La imagen del cuervo posado sobre un busto en el interior de una biblioteca respondiendo machaconamente “Nevermore”, “nunca”, a un hombre herido de amor y ausencia, es ya un clásico del imaginario literario universal.


Y Poe aprovechó el éxito de su poema para explicar su génesis en un ensayo, que también leyó en forma de conferencia, que tituló “El principio poético”. En este texto, Poe sostenía que más que la imaginación o la emoción, es la lógica la que rige su poema, en el que cada elemento, según explicaba, venía obligado por el anterior. De este modo, más que un romántico, Poe se presenta como un racionalista.


La afirmación en este ensayo de que la muerte de una hermosa mujer es el mejor tema para una poesía le ha valido interpretaciones a su obra basadas en la triple muerte de su madre, su madre adoptiva y su esposa, e incluso un libro, firmado por Marie Bonaparte, en el que el método psicoanalítico llega a extremos bochornosos.


Momento cumbre. Pero la capacidad para el análisis y la filosofía de Poe llegará a su cumbre en 1848, cuando publique el ensayo, que él prefería llamar poema en prosa, “Eureka”. En esta interpretación cosmogónica del universo, astrónomo aficionado desde su niñez, anticipa la posterior teoría del Big Bang y a la vez se extravía en consideraciones metafísicas. Su fe en este texto era tan grande que solicitó a su editor que la primera edición alcanzase un millón de ejemplares. Se publicaron 750 ejemplares, de los que 500 se vendieron en un año.


Cuando volvía a tener esperanzas de una nueva vida, comprometido con una amada de juventud a la que había reencontrado viuda, Sarah Elmira Shelton, será encontrado ebrio e inconsciente a la puerta de una taberna en Baltimore, presa de delirios, y conducido a un hospital en el que morirá seis días después. Antes de morir pidió sucesivamente que alguien le metiera un balazo en la cabeza y que Dios se apiadara de su pobre alma. Murió un hombre. Pero quedaba una obra inmortal.


Fuente | Un clásico inmortal: Edgar Allan Poe- Diario Sur.

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La verdad sobre el caso Poe.

Posted in Artículos, Fragmentos by Alguien on 17 enero 2009

El 19 de enero de 1809 nacía en Boston Edgar Allan Poe (1809-1849), maestro fundador del relato contemporáneo y de la literatura fantástica, de detectives y de terror. De vida atormentada y misérrima, libertino y mujeriego, falsario, alcohólico, poeta y jugador, Poe revolucionó la escritura contemporánea con sus relatos y poemas, sin los cuales, escribió Borges, “es inconcebible la literatura actual”. El Cultural reconstruye, de la mano de Peter Ackroyd, autor de la inminente biografía Poe. “Una vida truncada” (Edhasa) los últimos seis días de su vida, envueltos aún hoy en el misterio, mientras Germán Gullón analiza su influencia posterior.


Pionero del relato moderno, por Germán Gullón.

Leer “Un gato negro” de Poe.

 

La víspera del 26 de septiembre de 1849, Edgar Allan Poe se detuvo en Richmond (Virginia), para visitar al médico John Carter, quien le recetó un remedio a fin de paliar la fiebre alta que sufría. A continuación, cruzó la calle y cenó en un local próximo. Sin darse cuenta, se llevó con él el bastón con estoque del médico.

Poe iba a embarcarse en un vapor rumbo a Baltimore. Esta ciudad sería la primera escala en su viaje a Nueva York, donde tenía asuntos que atender. El barco zarpaba a las cuatro de la mañana del día siguiente, y el trayecto duraría unas veinticinco horas. A los amigos que lo vieron zarpar les pareció de buen humor y sobrio. Poe no pensaba estar fuera de Richmond más de dos semanas. Y ocurrió que se dejó el equipaje en tierra. Ésa fue la última vez que lo vieron hasta que lo encontraron moribundo en una taberna, seis días después.

Arribó a Baltimore el 28 de septiembre, viernes, y en esta ciudad se detuvo, en vez de seguir rumbo a Filadelfia, la siguiente etapa en su viaje hasta Nueva York. En Baltimore varias personas lo vieron beber sin medida. Puede que Poe bebiera para conjurar los efectos de la fiebre, y puede también que temiera un intempestivo ataque del corazón: los médicos le habían dicho en Richmond que una nueva crisis cardíaca tendría consecuencias fatídicas.

Es posible que después viajara en tren a Filadelfia, ciudad en que visitó a unos amigos y donde se emborrachó, o enfermó. A la mañana siguiente, presa de gran agitación, manifestó su intención de proseguir hasta Nueva York. Pero, ya fuera por casualidad ya por decisión propia, el hecho es que volvió a Baltimore. Según testimonios no contrastados, al parecer habría tratado de volver nuevamente a Filadelfia y fue hallado “sin conocimiento” en el tren. El revisor se habría encargado de devolverlo a Baltimore. Es difícil saber la verdad exacta: todo parece envuelto por una especie de niebla.

Neilson Poe, el primo del autor, escribió después a la suegra y cuidadora oficiosa de éste, Maria Clemm, comunicándole que “en qué momento llegó a la ciudad [Baltimore], dónde pasó el tiempo que estuvo aquí o en qué circunstancias, es algo que no he podido averiguar”. A pesar de numerosas pesquisas y especulaciones, no se ha logrado arrojar verdadera luz sobre este asunto. Puede que vagara por las calles, que anduviera zigzagueante entre taberna y taberna. Lo único que se sabe con seguridad es que el impresor de un periódico mandó un mensaje a Joseph Evans Snodgrass el 3 de octubre en los siguientes términos: “Hay un caballero con aspecto bastante deprimente en la 4ª sede electoral de Ryan, que responde al nombre de Edgar A. Poe; que parece encontrarse en un estado muy lamentable, y dice que lo conoce a usted. Le puedo asegurar que necesita asistencia urgentemente”. Snodgrass había sido editor del Saturday Visiter, periódico donde Poe había colaborado. Por la “4ª sede electoral de Ryan” debemos entender una taberna utilizada a este fin con motivo de las elecciones al Congreso que estaban celebrándose aquel mismo día. Ryan era el nombre del propietario de la taberna.

La nota del impresor era suficientemente grave para que Snodgrass hiciera acto de presencia. Al entrar en el bar, encontró a Poe sentado, completamente enajenado, con una multitud de “bebedores” a su alrededor. Su ropa llamó la atención de Snodgrass. Llevaba un sombrero de paja raído y unos pantalones que no eran de su talla. También vestía un abrigo usado, y ni el menor rastro de un chaleco o corbata. A excepción tal vez del sombrero de paja, no era la ropa con la que había salido de Richmond. Y, sorprendentemente, aún tenía en su poder el bastón del doctor Carter. En estado de embriaguez, y de un posible acoso, puede que le pareciera un instrumento de defensa.

Snodgrass no se le acercó, pero reservó una habitación en aquella misma taberna. Estaba a punto de mandar un aviso a los parientes que Poe tenía en Baltimore cuando dio la casualidad de que se personaron dos de éstos. Uno era el primo de Poe, Henry Herring, que había acudido a la taberna por asuntos relacionados con las elecciones; estaba emparentado con un político local. Snodgrass recordaría que “rehusaron cuidar personalmente de Poe”, alegando que en el pasado había sido encontrado numerosas veces en aquel mismo estado de intoxicación; no obstante, aconsejaron que lo trasladaran a un hospital de la localidad. Consiguieron introducirlo en un coche –en el que fue transportado “como si fuera un cadáver”– y Poe ingresó así en el Hospital Universitario de Washington.

El médico residente John Moran manifestó después que Poe permaneció “sin darse cuenta de su estado” hasta las primeras horas del día siguiente. A un recién estupor le sucedió entonces un “temblor de los miembros”, así como un delirio con “incesante e inane conversación con objetos espectrales e imaginarios en las paredes”. Hasta dos días después de su ingreso en el hospital, el 5 de octubre, viernes, no recuperó la calma. Empezó a hablar, aunque de manera incoherente. Le contó al médico que tenía una esposa en Richmond, lo que no era cierto, y que no sabía cuándo se había marchado de dicha ciudad. El médico trató de tranquilizarlo, asegurándole que pronto volvería con sus amigos, pero Poe empezó a reprocharse a sí mismo su degradación, llegando a decir que lo mejor que podía hacer un amigo por él era volarle los sesos. A continuación se quedó dormido.

Al despertar, entró en una fase de delirio. El sábado por la noche, empezó a gritar “Reynolds”, y no paró de chillar hasta las tres de la madrugada del domingo. “Debilitado por tanto esfuerzo –escribió el doctor–, se quedó sosegado y pareció descansar durante un breve tiempo. Luego, moviendo levemente la cabeza, exclamó : “Que el Señor se apiade de mi pobre alma“, y expiró.” Éste es el testimonio del doctor Moran, en una carta escrita a Maria Clemm cinco semanas después de dichos acontecimientos. Esto es lo que más se parece a la verdad, al margen de los ulteriores esfuerzos del médico por presentar la escena bajo una luz más favorable. ¿Qué había estado haciendo Poe durante el tiempo que perdió en Baltimore? La hipótesis más aceptada es la de que fue utilizado como “lacayo” para fines electorales; es decir, lo habrían estado vistiendo con distintos ropajes, de manera que habría podido así votar más de una vez por un candidato concreto. A estos falsos votantes solía encerrárseles en corrales o posadas, donde se les suministraba alcohol en abundancia. También corrió la voz de que “Reynolds”, el nombre que Poe no dejó de gritar en su delirio final, era el apellido de un interventor electoral que se encontraba en la taberna de Ryan.

Es una explicación posible, pero no la única”.

En Algún Día │ El presagio final del cuervo atormentado.

In Memoriam: 7 octubre 1849.

Posted in Memorias by Alguien on 7 octubre 2008

Edgar Allan Poe (Boston, 1809 – Baltimore, 7 octubre 1849), poeta del terror.

Mi vida no ha sido más que capricho, ilusión, pasión, deseo de soledad, desprecio del presente, anhelo del porvenir…” (Reflexión de Poe en una carta dirigida a su amigo James R. Lowell, 2/7/1844)

La muerte de Edgar Allan Poe (Wikipedia)

Todo Edgar Allan Poe en Español (La Máquina del Tiempo).

E.A.Poe Society of Baltimore (en ingles).

The Museum of Edgar Allan Poe (en ingles).

En Algún Día │ El presagio final del cuervo atormentado.

 

El presagio final del cuervo atormentado.

Posted in Fragmentos by Alguien on 22 diciembre 2007

El 29 de enero de 1845 se publicó en el diario Evening Mirror, El cuervo, la obra cumbre de Edgar Allan Poe, un poema que en principio estaba destinado tan sólo a mejorar los escasos ingresos de Edgar. Para sorpresa de su autor, se convirtió en una obra aclamada por círculos literarios y lectores en general. El bostoniano realizó una gira por todo el país recitando su obra. El éxito fue espectacular, elevándolo a la cima de su carrera. En 1847 fallecía Virginia, su amada, su querida esposa (por ella y para ella crea Anabel Lee).


El dolor para el autor fue mucho más intenso, iniciando una alocada carrera hacia el infierno. El 7 de octubre de 1849, Edgar Allan Poe moría en Baltimore víctima del delirium tremens. Con él se fueron sus espectros y monstruos, pero había nacido una leyenda literaria que llegaría hasta nuestros días. Su legado, consistente en sesenta cuentos y varios poemas, se inscribe en los capítulos de oro de la narrativa más asombrosa que tutelaron los dioses del misterio. Solo eso y nada más.

Cierta noche aciaga, cuando, con la mente cansada, meditaba sobre varios libracos de sabiduría ancestral y asentía, adormecido, de pronto se oyó un rasguido, como si alguien muy suavemente llamara a mi portal.

“Es un visitante -me dije-, que está llamando al portal; sólo eso y nada más.”

¡Ah, recuerdo tan claramente aquel desolado diciembre! Cada chispa resplandeciente dejaba un rastro espectral.

Yo esperaba ansioso el alba, pues no había hallado calma en mis libros, ni consuelo a la pérdida abismal de aquella a quien los ángeles Leonor podrán llamar y aquí nadie nombrará.

Cada crujido de las cortinas purpúreas y cetrinas me embargaba de dañinas dudas y mi sobresalto era tal que, para calmar mi angustia repetí con voz mustia: “No es sino un visitante que ha llegado a mi portal; un tardío visitante esperando en mi portal. Sólo eso y nada más”.

Mas de pronto me animé y sin vacilación hablé: “Caballero -dije-, o señora, me tendréis que disculpar pues estaba adormecido cuando oí vuestro rasguido y tan suave había sido vuestro golpe en mi portal que dudé de haberlo oído…”, y abrí de golpe el portal: sólo sombras, nada más.

La noche miré de lleno, de temor y dudas pleno, y soñé sueños que nadie osó soñar jamás; pero en este silencio atroz, superior a toda voz, sólo se oyó la palabra “Leonor”, que yo me atreví a susurrar… sí, susurré la palabra “Leonor” y un eco la volvió nombrar. Sólo eso y nada más.

Aunque mi alma ardía por dentro regresé a mis aposentos pero pronto aquel rasguido se escuchó más pertinaz.

“Esta vez quien sea que llama ha llamado a mi ventana; veré pues de qué se trata, que misterio habrá detrás. Si mi corazón se aplaca lo podré desentrañar.

¡Es el viento y nada más!”. Más cuando abrí la persiana se coló por la ventana, agitando el plumaje, un cuervo muy solemne y ancestral. Sin cumplido o miramiento, sin detenerse un momento, con aire envarado y grave fue a posarse en mi portal, en un pálido busto de Palas que hay encima del umbral; fue, se posóse y nada más.

Esta negra y torva ave tocó, con su aire grave,en sonriente extrañeza mi gris solemnidad.

“Ese penacho rapado -le dije-, no te impide ser osado, viejo cuervo desterrado de la negrura abisal; ¿cuál es tu tétrico nombre en el abismo infernal?”

Dijo el cuervo: “Nunca más”.

Que un ave zarrapastrosa tuviera esa voz virtuosa sorprendióme aunque el sentido fuera tan poco cabal, pues acordaréis conmigo que pocos habrán tenido ocasión de ver posado tal pájaro en su portal. Ni ave ni bestia alguna en la estatua del portal que se llamara “Nunca más”.

Mas el cuervo, altivo, adusto, no pronunció desde el busto, como si en ello le fuera el alma, ni una sílaba más.

No movió una sola pluma ni dijo palabra alguna hasta que al fin musité: “Vi a otros amigos volar; por la mañana él también, cual mis anhelos, volará”.
Dijo entonces:”Nunca más”.

Esta certera respuesta dejó mi alma traspuesta; “Sin duda – dije-, repite lo que ha podido acopiar del repertorio olvidado de algún amo desgraciado que en su caída redujo sus canciones a un refrán:
“Nunca, nunca más”.

Como el cuervo aún convertía en sonrisa mi porfía planté una silla mullida frente al ave y el portal; y hundido en el terciopelo me afané con recelo en descubrir que quería la funesta ave ancestral al repetir: “Nunca más”.

Esto, sentado, pensaba, aunque sin decir palabra al ave que ahora quemaba mi pecho con su mirar; eso y más cosas pensaba, con la cabeza apoyada sobre el cojín purpúreo que el candil hacía brillar. ¡Sobre aquel cojín purpúreo que ella gustaba de usar, y ya no usará nunca más!

Luego el aire se hizo denso, como si ardiera un incienso mecido por serafines de leve andar musical.

“¡Miserable! -me dije-. ¡Tu Dios estos ángeles dirige hacia ti con el filtro que a Leonor te hará olvidar! ¡Bebe, bebe el dulce filtro, y a Leonor olvidarás!”.

Dijo el cuervo: “Nunca más”.

“¡Profeta! -grité-, ser malvado, profeta eres, diablo alado! ¿Del Tentador enviado o acaso una tempestad trajo tu torvo plumaje hasta este yermo paraje, a esta morada espectral? ¡Mas te imploro, dime ya, dime, te imploro, si existe algún bálsamo en Galaad!” Dijo el cuervo: “Nunca más”.

“¡Profeta! -grité-, ser malvado, profeta eres, diablo alado!
Por el Dios que veneramos, por el manto celestial, dile a este desventurado si en el Edén lejano a Leonor, ahora entre ángeles, un día podré abrazar”.
Dijo el cuervo: “¡Nunca más!”.

“¡Diablo alado, no hables más!”, dije, dando un paso atrás; ¡Que la tromba te devuelva a la negrura abisal! ¡Ni rastro de tu plumaje en recuerdo de tu ultraje quiero en mi portal! ¡Deja en paz mi soledad! ¡Quita el pico de mi pecho y tu sombra del portal!” Dijo el cuervo: “Nunca más”.

Y el impávido cuervo osado aun sigue, sigue posado, en el pálido busto de Palas que hay encima del portal; y su mirada aguileña es la de un demonio que sueña, cuya sombra el candil en el suelo proyecta fantasmal; y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal, no se alzará…¡NUNCA MÁS!.

© “The Raven”. El cuervo (1845) de Edgar Allan Poe (1809-1849) poeta y narrador.

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