Algún día en alguna parte

Aire de Dylan. Enrique Vila-Matas.

Posted in Libros by Alguien on 10 marzo 2012

Algo por lo que recordarme. Saul Bellow.

Posted in Artículos by Alguien on 17 septiembre 2011

Texto: Enrique Vila-Matas. El País.com. Babelia. 17/09/2011.

Cada día convivimos más con el ruido de fondo de crisis económicas, invasiones de países árabes, sorpresas de grandes gigantes farmacéuticos, reclamos de la industria del automóvil, tortugas Ninja, crímenes horrendos, pavorosos terremotos devastadores, bolsas europeas que caen y caen y vuelven a caer, episodios de estupidez humana transmitidos día tras día como si fueran una serie televisiva sin guionista.

En semejante ambiente nuestra agitada vida de víctimas de lo mediático nos recuerda a un fragmento irónico de El caballero inexistente de Italo Calvino: “Debéis disculpar: somos muchachas del campo (…) fuera de funciones religiosas, triduos, novenas, trabajos en el campo, trillas, vendimias, fustigaciones de siervos, incestos, incendios, ahorcamientos, invasiones de ejércitos, saqueos, violaciones, pestilencias, no hemos visto nada

Es difícil en estas circunstancias  de información masiva reparar en algo tan antiguo como una buena historia de ficción. Nos da la impresión de que no tenemos tiempo para atender a ella. No en vano hay un escaparate infinito en las nubes con todos los grandes libros olvidados.

Pero aún así, a pesar de situación tan difícil para los buenos libros, ¿hay que empujar a los escritores a que emparenten sus ficciones con los mil y un asuntos que baraja el gran espectáculo mediático? No es una pregunta extravagante. Entre tantas incertezas, una certitud parece que está arraigando peligrosamente entre nosotros: no se concibe una novela recién publicada que no permita un titular de prensa ligado a la más rabiosa actualidad periodística. Para entendernos: hoy en día los movimientos de la conciencia de un anodino ciudadano portugués de la época del dictador Salazar no tendrían cabida como noticia relacionada con la aparición de un libro, salvo que se la pudiera relacionar con el último rescate económico de Portugal, o algo por el estilo.

Por eso quizá hay tantos periodistas que, en su búsqueda desesperada del titular,  no quieren admitir que una novela pueda estar estricta y únicamente vinculada al mundo de la ficción, lo que, dicho sea de paso, en realidad no deja de ser lo más normal del mundo, puesto que ficción y vida se repelen, esa al menos es mi experiencia. John Banville (en una divertida entrevista con Mauricio Montiel que no desentonaría en Dublineses, de Joyce) dice haber descubierto que jamás se puede mezclar ficción y realidad, pues cuando uno trata de insertar en la ficción nociones directas, nociones científicas, no encajan por ningún motivo: “Aún no comprendo cuál es el proceso, pero es cómo someterse a un trasplante de hígado: el cuerpo lo rechaza. La ficción, al menos la mía, repudia las ideas tomadas directamente del mundo”

Todo esto me recuerda que cuando uno comienza a escribir cree que es posible expresar la realidad. Si ha nacido en territorio español, todavía lo cree más, porque aquí en literatura todo el mundo es realista. Sin embargo, creo que lleva un cierto tiempo aprender, descubrir que lo único que se puede hacer es fabricar una realidad alterna y esperar que de alguna forma reproduzca, o parezca reproducir, la vida tal como la vivimos. Esta infantil frase de Banville la suscribo con entusiasmo: “El arte no es para nada la vida, sólo se le parece”.

Aunque nos encontremos ante la novela más realista de la historia, esa realidad nunca puede ser la famosa realidad. Es algo tan simple como discutido hoy en día por algo más de la mitad de las mejores mentes de mi generación. Qué se le va a hacer. Lo mismo digo sobre la cuestión de los millones de novelas y el escaparate infinito de los grandes libros olvidados. ¿Qué hacer ante semejante drama? Queda, de entrada, el consuelo de saber que nuestra conciencia es inmensamente más grande que todo el espacio mental que creen abarcar los responsables del gran lavado de cerebro colectivo. Porque en realidad el gigantesco espacio del Gran Lavado jamás podrá competir con todo aquello que es capaz de percibir, en su espacio natural de libertad, una conciencia humana. Todavía nos quedan, creo, focos de libertad en nuestras mentes, los suficientes para tratar de escapar de la banal representación sin tregua del gran teatro de Oklahoma. Y sirva esto, de paso, para decir que sospecho que ese secreto éxodo trágico, esa gran huída del terror mediático, se está convirtiendo en la verdadera odisea moderna y que alguien debería novelarla, porque a fin de cuentas es tan sigilosa como apasionante.

Ayer, por cierto, releí la odisea tan singular que narra Bellow en Algo por lo que recordarme, relato perfecto, incluido en la gran antología de sus cuentos. El argumento es algo complejo pero, a grandes rasgos, trata de un narrador, ya viejo, que recuerda un solo día de su adolescencia, en el Chicago de la Depresión. En el día que recuerda y que sabe que no olvidará nunca, una mujer le atrajo hasta su dormitorio, y una vez allí huyó dejándole desnudo, pues para robarle  tiró toda su ropa (incluso el libro religioso que él estaba leyendo tan religiosamente) por la ventana. Le tocó entonces volver a su casa, a una hora de distancia, atravesando el helado Chicago. Su odisea, cuando hubo conseguido que le prestaran unos harapos para el regreso, incluyó la idea de volver a comprar el libro –sagrado para él- que le habían robado. Pero, eso sí, para volver a comprarlo tenía que robar a su madre, que escondía su dinero en otro libro sagrado. Según el crítico Robin Seymour, esta historia que no pierde de vista el carácter sagrado de las escrituras que meditan sobre el mundo sitúa en primer plano preguntas que deberíamos hacernos más a menudo; preguntas tan profanas como religiosas, preguntas a nuestra conciencia. ¿Cuáles son los días de nuestra vida que no olvidamos y por  qué los recordamos siempre? ¿Cuáles fueron nuestros días de conmoción y reflexión? ¿Cuántas veces recordamos que la actividad de la lectura  puede tener un carácter profano o religioso, pero en cualquier caso sagrado?

Llevo escritas 981 palabras y me temo que  no conseguiré el efecto de brevedad que pretendía ofrecer en esta divagación literaria que seguramente, por falta de espacio (menuda contrariedad, incluso para el escritor de brevedades), se dirige hacia el final. Pero da igual, voy a terminar, no importa que me sienta como un fardo que tuviera toda una eternidad para arrepentirse de su escasa capacidad para la rapidez.

Ahora recuerdo que Bellow, en el divertido epílogo que escribió para su antología de cuentos, sugiere combatir la invisibilidad de los libros incorporando la brevedad a ellos. Cita a Chejov, por supuesto., y aquella frase maravillosa en su diario: “Es extraño, ahora me ha entrado la manía de la brevedad. De todo lo que leo –obras mías y de otras personas- nada me parece lo suficientemente breve”. Y luego  se acuerda Bellow de un sabio japonés que recomendaba a sus alumnos la mayor brevedad posible y que me ha hecho pensar en un sabio chino que solía decir que hay que hacer rápido lo que no nos corre ninguna prisa y así poder hacer lentamente lo que urge. Se acuerda también Bellow de un clérigo inglés del XIX, un tal Smith, que sólo sabía decir: “¡Opiniones cortas, por Dios, opiniones cortas!”.

En efecto, la brevedad puede ser una solución  para, con sentido del humor, resistir los embates de lo extraliterario. En lo último que hay que caer, por otra parte, es en aquello en lo que cayera una destacada dama de las letras inglesas el día en que la vimos hojear enojada en Segovia el periódico en la mesa de un café y quejarse de pronto “No hay más que deportes, corrupción y disparos. ¡Y nada sobre mi novela!”.

Ese es el gran error, ¿no? Creer que un libro tiene que competir con el asesino en serie o el último emperador mundial de los helados. O lo que es lo mismo: creer que se pueden mezclar las ficciones con ese gran reino del extrañamiento que inventan –una realidad, por cierto, bien falsa y perversa- en el gran teatro de Oklahoma.

Sitio oficial │www.enriquevilamatas.com
Relecturas en Babelia.

En Algún Día │Enrique Vila-Matas.

Dibujado por Kafka.

Posted in Libros by Alguien on 26 julio 2011

Dibujos. Franz Kafka. Edición de Niels Bokhove y Marijke van Dorst. Traducción de Fruela Fernández. Editorial Sexto Piso. Madrid, 2011. 144 páginas. 19,90 euros.

Franz Kafka (Praga, 1883-Kierling, Austria, 1924) fue, qué duda cabe, uno de los más grandes creadores de todos los tiempos. Lo que pocos saben es que, además de escribir, dibujaba y que sus trabajos expresan, de manera sugestiva, el mismo sentimiento atormentado que define sus ficciones. Antes de morir, el escritor checo encargó a su amigo Max Brod que destruyera sus textos y se deshiciera también de los dibujos que había empezado a bocetar a los 15 años. Lejos estaba entonces de imaginar que la historia de la cultura universal le reservaría un lugar privilegiado. Su amigo y albacea, para fortuna de la humanidad, desobedeció el mandato; gracias a él sobreviven las obras literarias y los dibujos del autor de El proceso, que por estos días se publican, por primera vez, reunidos en un mismo volumen.

Franz Kafka. Dibujos, que lanzó este mes la editorial Sexto Piso, incluye 41 imágenes recuperadas de cuadernos de clase, libretas personales y diarios del escritor, hasta ahora dispersos.

Se presume que habría más dibujos, celosamente guardados en cajas de seguridad en Israel y Suiza; pero quien conoce el secreto, Esther Hoffe, asistenta de Max Brod y heredera de su legado, no ha querido aportar detalles al respecto.

En el libro hay algunos dibujos difundidos anteriormente (los que Brod llamó “marionetas de hilos invisibles”, utilizados en las portadas de diversas obras de Kafka) y otros, la gran mayoría, inéditos hasta ahora, que aportan una nueva perspectiva sobre la personalidad del autor de La metamorfosis, El castillo y América . ¿Es Kafka ese hombrecito delineado en tinta negra que aparece en varios de ellos? ¿Representan esos otros personajes sombríos el universo emocional del checo? Muy probablemente. Estas obras causan impacto porque permiten profundizar el conocimiento de una figura clave de la cultura e instan al lector a asomarse a ese abismo de dudas y temores que lo acosaban.

Se presume que la pieza titulada El pensador, una de las que abre el libro, es un autorretrato.

Niels Bokhove y Marijke van Dorst, editores del volumen, presentan los dibujos de Kafka junto con fragmentos de sus novelas, relatos, cartas y diarios. Algunos de los dibujos recuperados estaban originalmente acompañados por reflexiones o comentarios. Otros pasajes kafkianos fueron seleccionados por los editores para integrarse con los dibujos elegidos. Como se desconocen las fechas precisas en que fueron realizados, no es posible analizar de forma clara una posible evolución de su línea. De todas formas, la mayoría corresponde a los años en que el joven Franz -que había tomado clases elementales de dibujo en la escuela primaria- cursaba Derecho en la universidad (1903-1905) y se entretenía garabateando figuras y caras en los márgenes de sus cuadernos.

El arte del dibujo parece haber sido para él, por un lado, una expresión de su amor por las artes plásticas, y por otro, una forma alternativa de composición de relatos, como él mismo admitía. “Mis dibujos no son imágenes, sino una escritura privada“, dijo en cierta oportunidad. “La pasión está en mí. Desearía ser capaz de dibujar. Quiero ver y aferrar lo visto. Ése es mi deseo.”Brod declaró en este sentido: “Su pensamiento se construía en forma de imágenes”.

La temprana vocación por el dibujo de Kafka se remonta a su adolescencia; fue entonces cuando dos cuadros en el escaparate de una tienda le produjeron un fuerte impacto. La figura del pintor Titorelli en El proceso podría ser una proyección de esa veta artística que el escritor checo no desarrolló profesionalmente, pero que lo cautivaba en la intimidad. En la madurez admiraba el arte japonés y las pinturas de Van Gogh.

Su amigo, el artista Fritz Feigl, definía las obras de Franz como expresionistas, mientras que Brod -que siempre expresó su intención de publicar un libro como éste, pero no llegó a hacerlo- entendía que respondían a un escrupuloso realismo.

Hay quienes argumentan que los dibujos complementan la obra literaria y hay quienes desestiman la posibilidad de que esos experimentos de novato puedan compararse con la literatura de Kafka. Sea como fuere, vale la pena verlos, desoyendo la visión del autor, que desestimaba su propio talento. En 1922, dos años antes de su muerte, Kafka dijo:

No son dibujos para mostrar a nadie. Tan sólo son jeroglíficos muy personales y, por tanto, ilegibles. [...] Mis figuras carecen de las proporciones espaciales adecuadas. No tienen un verdadero horizonte. Los dibujos son rastros de una pasión antigua, anclada muy hondo. [?] Vienen de la oscuridad para desvanecerse en la oscuridad.

Al parecer, se equivocaba.

Ficha del libro: Editorial Sexto Piso.

Leer un Fragmento del libro. (PDF)

En Algún día: Franz Kafka.

El Tao de la nada.

Posted in Libros by Alguien on 17 abril 2011

Con cada generación llegan los escritores que se postulan y son postulados como médiums del espíritu de su época: Salinger, Carver, Easton Ellis, Coupland… Ahora, la inmensa maquinaria publicitaria intenta imponer a Tao Lin y su flamante novela que invoca el nombre del sufrido y sensible escritor Richard Yates para su título. Rodrigo Fresán disecciona el paquete que nos quieren vender.

Vaya por delante que no soy una persona prejuiciosa. No sólo siempre me he interesado en el nuevo joven escritor de turno (recibiendo, en ocasiones, sorpresas más que agradables) sino que, además, puedo apreciar cierta genialidad en Bob Esponja (en especial en su sintonía musical de créditos finales evocando en versión idiota al tema de El tercer hombre) y hasta me he preocupado por probar con curiosidad y cierto pasmo la tortilla deconstruida de El Bulli.

Así que antes de adentrarme en la muy promocionada Richard Yates de Tao Lin, decidí hacer bien los deberes y leer no sólo la portada que le dedica este mes la revista Quimera sino también –por orden de aparición– la novela Eeeee Eee Eeee y los relatos de Bed (ambos del 2007), los poemas de Cognitive-Behavioral Therapy (2008) y la nouvelle Shoplifting from American Apparel (2009, lo más interesante y autobiográfico, ya que allí se explican varias de las “técnicas” de autopromoción de Tao Lin). Luego, me deslicé a lo largo de varios perfiles y entrevistas –Tao Lin como “un nuevo Beckett” o “la persona más irritante que jamás existió”– donde se subraya especialmente su maestría para autopromocionarse en la Red o enredar en el mundo real a un creciente número de seguidores que lo consideran la voz de sus tiempos. “El futuro de la literatura”, jadea alguien excitado hasta el orgasmo.

De ser así: NO FUTURE.

(ENTRE PARÉNTESIS I.

La portada de la edición Made in USA de Richard Yates, la foto de un hombre “amordazado” por una caracola. La de la edición Hecha en España, el dibujo de una joven pidiendo silencio con modales de enfermera indie. Consciente o inconscientemente, una y otra son muy elocuentes a la hora de delatar, sin hacer ruido ni emitir palabra, la absoluta falta de elocuencia que nos espera ahí dentro.)

HABLANDO SOBRE MI GENERACION.

Y, se sabe, lo de portavoz generacional no es cosa nueva, pero siempre resulta novedoso porque no deja de renovarse. Allí estuvieron – entre el suicidador Goethe y el suicidado David Foster Wallace – firmas como Francis Scott Fitzgerald, Herman Hesse, Evelyn Waugh, J. D. Salinger, Kurt Vonnegut, Jack Kerouac, Julio Cortázar, Françoise Sagan, Ann Beattie, Alberto Fuguet, Ray Loriga, Bret Easton Ellis, Chuck Palahniuk e incluso el propio Richard Yates con novelas como Vía revolucionaria o los relatos reunidos en Once maneras de sentirse solo.

Y la historia continúa y Tao Lin (Virginia, 1983) es el ya seguramente anteúltimo eslabón –un eslabón más bien débil aunque vistoso, pero sin nada del lirismo y la poética savant de Richard Brautigan– de una larga cadena. Otra ocasión para volver a lustrar términos como ennui o vacío existencial o zeitgeist, esta vez complementados por la potencia viral del autor/personaje con nombre/marca registrada más cerca de lo conceptual que del concepto y (tan lejos del genio único e irrepetible de Andy Warhol) capaz de vender acciones de novela en trámite o de cubrir Manhattan con pegatinas donde sólo se lee “Britney Spears” o de dar conferencias consistentes en la repetición de una única frase.

Ah.
O.K.
Bueno.

(ENTRE PARÉNTESIS II.

Más portadas… La de la revista española Quimera que -–hay que tener cara– muestra a Tao Lin posando à la Marcel Proust en aquel famoso retrato suyo. La de la norteamericana The Stranger, que parodia aquella que Time le dedicó el año pasado a ese otro fatuo fuego que es Jonathan Franzen. Great American Novelist, se lee en una y otra, y diferentes procedimientos para un mismo objetivo: mientras Franzen se presenta como novelista serio con tantas ganas de codearse con Tolstoi & Co; Tao Lin, en cambio, no parece creer que exista nada más ni nadie más que sí mismo: cuando sea grande, Tao Lin quisiera ser como un Tao Lin más grande todavía, más grande de lo que ya es para muchos, demasiados.)

QUIERO SER TU AMIGO.

Y lo del principio, pero con un atendible matiz: no me molesta la existencia de Tao Lin; pero me preocupa, sí, su influencia. Recordar lo des/hecho por muchos de los epígonos de Thomas Bernhardt, Charles Bukowski y Raymond Carver. Recordar también que los tres fueron y son mucho mejores escritores que Tao Lin. Y temblar ante la posibilidad de toda una camada de taolinistas clónicos seducidos por cierta facilidad en estilo y procedimientos. Autores que estarán más cerca del usuario que otra cosa.

Estrategia y recursos que, en Richard Yates (2010), no pasan del ingenio pretendidamente genial. En las eternas conversaciones vía chat de entre dos personajes enamorados a larga distancia y con alias de estrellas juveniles (Dakota Fanning y Haley Joel Osment), vuelve a sonar la siempre encantadora música del desencanto generacional y del sabor a nada, aunque sin los inspirados estribillos del mucho más profético e iluminador Douglas Coupland. Dakota y Haley no son soñadores, aunque sí son sonámbulos de lenguaje básico y prosa monocorde. La generación a la que busca y encuentra Tao Lin es más una Generación Cero que se ha quedado sin letras o letra. Y hace poco más que registrarla más como desteñida polaroid que brillante fresco social brindando el perverso placer de un Big Mac cruzado con plato del día. Una broma nada infinita. Un chiste sin un claro remate que, pienso, tiene los días y los comments contados.

(ENTRE PARÉNTESIS III.

Tarea para el hogar: puesto a adentrarnos en la zona muerta de toda una generación, leer primero Postales de invierno de Ann Beattie o Menos que cero de Bret Easton Ellis y recién después Richard Yates. Se descubrirá entonces que hay vacíos mucho más llenos y tanto mejor escritos… Y reviso estas líneas y llaman a mi puerta y es el cartero con flamante ejemplar de The Pale King de David Foster Wallace a quien tanto se extraña. Y, sí, parece que vamos a peor si es cierto eso de que toda generación tiene el escritor que se merece.)

NOMBRE (IM)PROPIO.

Y advertencia: en lo que hace al caprichoso e injustificado título –la edición norteamericana incluye, a diferencia de la española, un índice onomástico/temático– el autor de Las hermanas Grimes aparece mencionado en la novela en seis ocasiones. Y, en todas y cada una de ellas, con poca o ninguna razón de ser.

Y duele e irrita un poco, bastante, que Tao Lin tome en vano el nombre de Yates: un narrador sensible y preocupado por cada palabra. Alguien que escribió como pocos la tristeza, la derrota y la desesperación de la calma que anticipa la tormenta, y murió casi en el olvido, una década antes de su redescubrimiento y redención.

Justicia poética: de aquí a unos años pocos leerán Richard Yates, muchos seguirán leyendo a Richard Yates y, podría jurarlo, ningún joven narrador escribirá y publicará una novela llamada Tao Lin.

Moby-Duck. Donovan Hohn.

Posted in Artículos, Libros by Alguien on 9 abril 2011

Hay libros que alguien planea y escribe ordenadamente en torno a un tema. Hay otros que parece que se escriben solos y que proliferan guiados más o menos a ciegas por el empuje de una obsesión. Hace unos años, por casualidad, Donovan Hohn leyó la historia de un naufragio que habría tenido lugar en 1992, en lo más desolado del noroeste del Pacífico, al sur de las islas Aleutianas. Más tarde iba a descubrir que en realidad no había sido un naufragio: un buque de carga, el Ever Laurel, se encontró en medio de una espantosa tormenta, y en uno de los bandazos que estuvieron a punto de hundirlo una parte de los contenedores almacenados en la cubierta cayó al mar. Dentro de uno de ellos había un cargamento de 28.800 juguetes de plástico fabricados en China y con destino a Estados Unidos. A raíz de sus primeras lecturas, que muy pronto lo llevaron a descuidar su trabajo y a perder días en hemerotecas consultando oscuras revistas de comercio marítimo o buscando su rastro por Internet, Hohn entendió que los 28.800 animales de juguete eran patitos amarillos con grandes ojos y pico naranja como los que flotan en todas las bañeras infantiles del mundo. Imaginaba las aguas del Pacífico cubiertas por una armada de patitos amarillos, dispersados por las corrientes con el paso de los años, apareciendo en el interior de bloques de hielo en el Ártico o entre las algas arrojadas por la marea en una playa de Brasil o de Nueva Inglaterra.

Hohn tenía un oficio digno, una familia. Su esposa estaba a punto de dar a luz su primer hijo y él trabajaba como profesor en una buena escuela de Nueva York. Al principio su indagación fue más o menos caprichosa. Se enteró de que en realidad los animalitos náufragos no eran todos patos amarillos, cómicamente mecidos por olas de varios metros en los mares más profundos y más alejados de tierra firme del planeta. Había 7.200 patitos, 7.200 ranas verdes, 7.200 castores rojos, 7.200 tortugas azules. Y su pérdida en el mar no era el único desastre sucedido en aquellas aguas: en 1990, en un choque entre dos buques mercantes cerca de Alaska, se había perdido un cargamento de 80.000 pares de zapatillas Nike. Meses más tarde zapatillas sueltas, forradas de algas y de pequeños moluscos de concha, aparecían en las playas de la costa noroeste de Canadá. En 1995, en una playa del Estado de Washington, alguien había encontrado una tortuga todavía perfectamente azul y un patito descolorido. Hohn descubrió un submundo de coleccionistas obsesivos de los objetos arrojados por el mar; y también de científicos dedicados a la oceanografía y a la ecología que estudian las pautas de las corrientes marinas para determinar la trayectoria de las toneladas de basura de plástico que se acumulan hasta en lo más lejano de alta mar, en las costas menos visitadas, en las playas de las islas más parecidas al paraíso terrenal.

Por entonces la búsqueda de Hohn ya no tenía remedio. El libro futuro había estallado en su imaginación, como surge fuera del agua un juguete de plástico que un niño ha arrastrado hasta el fondo de la bañera para luego dejarlo subir. Quizás la gran broma del título se le ocurrió cuando aún no estaba seguro de que se pondría a escribir el libro, porque los mejores títulos no son etiquetas que se adhieren a posteriori a un libro ya terminado, sino semillas imperiosas que lo contienen entero y que confirman la posibilidad, la necesidad de su escritura. Donovan Hohn había leído desde muy joven relatos de exploraciones, y había contraído con Moby Dick esa larga deuda de agradecimiento y devoción que ya no nos abandona una vez que nos hemos contagiado de esa novela que no se acaba nunca y que no se parece a ninguna otra. Moby-Duck es una broma y es un homenaje. Imaginar la historia insensata de la pérdida, la búsqueda, el hallazgo de esos 28.800 juguetes naufragados y darle ese título era casi tener ya el libro en las manos.

Pero el libro, para llegar a existir, no exigiría solo la disciplina de la investigación y de la escritura diaria. Muy pronto Donovan Hohn descubrió que para contar de verdad aquella aventura él mismo tenía que vivirla en primera persona. Obtuvo un permiso temporal en la escuela y decidió viajar a la costa en el extremo norte de Alaska en la que habían aparecido poco tiempo atrás un patito, una tortuga, dos o tres castores. A su esposa le faltaban semanas para dar a luz y él andaba navegando por el extremo Norte del mundo en compañía de investigadores temerarios y de aventureros excéntricos que se juegan la vida intentando remediar en algo la catástrofe inmensa de las basuras de plástico. La ballena blanca de su búsqueda eran aquellos animalitos de juguete, pero el apocalipsis con el que fue encontrándose se le reveló más aterrador que las cacerías que hacia finales del siglo XIX estaban a punto de exterminar a los grandes cetáceos. En bosques de coníferas sumergidos en una perpetua niebla de llovizna marítima sus botas se hundían en extensiones de residuos de plásticos arrojados tierra adentro por la violencia de las tormentas. La playa más sucia del mundo no está en el litoral turístico del Mediterráneo, con su caldo veraniego de cremas de bronceado, sino en el extremo sudoeste de Hawai, donde no vive nadie, y donde la arena brilla al sol con millones de bolitas y de fragmentos y de objetos enteros de plástico. En el laboratorio de un biólogo marino asistió al examen de los estómagos de albatros muertos: pescados y calamares a medio digerir se mezclaban en una pasta hedionda con mecheros, tapones de botellas de agua, anillos de plástico de los que sujetan eso que en los supermercados llaman packs de latas de cervezas o de refrescos.

A cien millas del archipiélago de Hawai, en las muestras de agua de mar recogidas por el velero en el que viaja Hohn, el contenido de plástico es cuarenta y seis veces mayor que el de plancton. Uno de los científicos a bordo se lanza al agua con sus aletas y su máscara de submarinismo y cuando emerge de nuevo trae en la cabeza la bolsa de plástico de una cadena de supermercados japoneses. Millones de mecheros desechables de todo el mundo giran en las corrientes marinas y acaban en los estómagos de los albatros. Cuanto más longevo es un animal marino -un albatros puede vivir cincuenta años- más tiempo tiene para envenenarse de las sustancias tóxicas que contienen los plásticos.

Durante años Donovan Hohn continúa su búsqueda. La gente con la que se encuentra es tan rara, tan estrambótica, tan heroica, que daría para varios libros posibles. Yo leo Moby-Duck y recupero la excitación nerviosa de los grandes relatos de viajes que me gustaban tanto en mi adolescencia apocada y sedentaria, los inventados por Verne y Stevenson y los vividos de verdad por tantos exploradores que le revelaban a uno, aunque no hubiera salido de su pueblo, la maravilla de la amplitud y la variedad del mundo.

Moby-Duck: The true story of 28,800 bath toys lost at sea and of the beachcombers, oceanographers, environmentalists, and fools, including the author, who went in search of them. Donovan Hohn. Penguin, 2011. 416 páginas. http://www.donovanhohn.com. antoniomuñozmolina.es

Apología del plástico.Texto: Antonio Muñoz Molina. Publicado en Babelia. El País.com 09.04.2011.

Bolañomanía XXIV: 2666 Fobias.

Posted in Fragmentos by Alguien on 2 abril 2011

” (…) Hay cosas más raras que la sacrofobia, dijo Elvira Campos, sobre todo si tenemos en cuenta que estamos en México y que aquí la religión siempre ha sido un problema, de hecho, yo diría que todos los mexicanos, en el fondo, padecemos de sacrofobia.

Piensa, por ejemplo, en un miedo clásico, la gefidrofobia. Es algo que padecen muchas personas. ¿Qué es la gefidrofobia?, dijo Juan de Dios Martínez. Es el miedo a cruzar puentes. Es cierto, yo conocí a un tipo, bueno, en realidad era un niño, que siempre que cruzaba un puente temía que éste se cayera, así que los cruzaba corriendo, lo cual resultaba mucho más peligroso. Es un clásico, dijo Elvira Campos. Otro clásico: la claustrofobia. Miedo a los espacios cerrados. Y otro más: la agorafobia. Miedo a los espacios abiertos. Ésos los conozco, dijo Juan de Dios Martínez. Otro clásico más: la necrofobia.

Miedo a los muertos, dijo Juan de Dios Martínez, he conocido gente así. Si trabajas como policía resulta un lastre. También está la hematofobia, miedo a la sangre. Muy cierto, dijo Juan de Dios Martínez. Y la pecatofobia, miedo a cometer pecados.

Pero luego hay otros miedos que son más raros. Por ejemplo, la clinofobia. ¿Sabes qué es? Ni idea, dijo Juan de Dios Martínez. Miedo a las camas. ¿Puede alguien tener miedo o aversión a una cama? Pues sí, hay gente que sí. Pero esto se puede atenuar durmiendo en el suelo y no entrando jamás a un dormitorio.

Y luego está la tricofobia, que es el miedo al pelo. Un poco más complicado, ¿verdad? Complicadísimo. Hay casos de tricofobia que acaban en suicidio. Y también está la verbofobia, que es el miedo a las palabras. En ese caso lo mejor es quedarse callado, dijo Juan de Dios Martínez. Es un poco más complicado que eso, porque las palabras están en todas partes, incluso en el silencio, que nunca es un silencio total, ¿verdad? Y luego tenemos la vestiofobia, que es el miedo a la ropa. Parece raro pero está mucho más extendido de lo que parece. Y uno relativamente común: la iatrofobia, que es el miedo a los médicos.

O la ginefobia, que es el miedo a la mujer y que lo padecen, naturalmente, sólo los hombres. Extendidísimo en México, aunque disfrazado con los ropajes más diversos. ¿No es un poco exagerado?

Ni un ápice: casi todos los mexicanos tienen miedo de las mujeres. No sabría qué decirle, dijo Juan de Dios Martínez.

Luego hay dos miedos que en el fondo son muy románticos: la ombrofobia y la talasofobia, que son, respectivamente, el miedo a la lluvia y el miedo al mar. Y otros dos que también tienen algo de románticos: la antofobia, que es el miedo a las flores, y la dendrofobia, que es el miedo a los árboles. Algunos mexicanos padecen ginefobia, dijo Juan de Dios Martínez, pero no todos, no sea usted alarmista. ¿Qué cree usted que es la optofobia?, dijo la directora. Opto, opto, algo relacionado con los ojos, híjole, ¿miedo a los ojos? Aún peor: miedo a abrir los ojos. En sentido figurado, eso contesta lo que me acaba de decir sobre la ginefobia. En sentido literal, produce trastornos violentos, pérdidas de conocimiento, alucinaciones visuales y auditivas y un comportamiento, por lo general, agresivo. Conozco, no personalmente, claro, dos casos en los que el paciente llegó hasta la automutilación. ¿Se sacó los ojos? Con los dedos, con las uñas, dijo la directora. Sopas, dijo Juan de Dios Martínez. Luego tenemos, por supuesto, la pedifobia, que es el miedo a los niños, y la balistofobia, que es el miedo a las balas.

Esa fobia es la mía, dijo Juan de Dios Martínez. Sí, supongo que es de sentido común, dijo la directora. Y otra fobia, ésta en aumento, es la tropofobia, que es el miedo a cambiar de situación o lugar. Que se puede agravar si la tropofobia deviene agirofobia, que es el miedo a las calles o a cruzar una calle. Sin olvidarnos de la cromofobia, que es el miedo a ciertos colores, o la nictofobia, que es el miedo a la noche, o la ergofobia, que es el miedo al trabajo. Un miedo muy extendido es la decidofobia, que es el miedo a tomar decisiones. Y un miedo que empieza recién a extenderse es la antropofobia, que es el miedo a la gente. Algunos indios padecen de forma muy acentuada la astrofobia, que es el miedo a los fenómenos meteorológicos, como truenos, rayos, relámpagos. Pero las peores fobias, a mi entender, son la pantofobia, que es tenerle miedo a todo, y la fobofobia, que es el miedo a los propios miedos. ¿Si usted tuviera que sufrir una de las dos, cuál elegiría? La fobofobia, dijo Juan de Dios Martínez. Tiene sus inconvenientes, piénselo bien, dijo la directora. Entre tenerle miedo a todo y tenerle miedo a mi propio miedo, elijo este último, no se olvide que soy policía y que si le tuviera miedo a todo no podría trabajar.

Pero si les tiene miedo a sus miedos su vida se puede convertir en una observación constante del miedo, y si éstos se activan, lo que se produce es un sistema que se alimenta a sí mismo, un rizo del que le resultaría difícil escapar, dijo la directora. (…)”

© Bolaño, Roberto. 2666. Editorial Anagrama. Barcelona, 2004.

En Algún Día │Roberto Bolaño.

El brillo de lo auténtico (Joseph Roth).

Posted in Artículos by Alguien on 27 marzo 2011

Texto: Enrique Vila-Matas. El País.com. Babelia. 26/03/2011.

Hallándose Zadie Smith dando unas clases de literatura en la India, en la ciudad de Madrás, un alumno le preguntó por qué tenía tantas ganas de agradar. Creo que éste es el tipo de pregunta que puede obligar a casi todo el mundo a pensar, quizás porque antes de responder conviene revisar el estado de nuestras relaciones con el fracaso, al que tanto tememos. De hecho, queremos agradar porque no nos gusta fracasar y que el destino nos de la espalda. Hay dos formas distintas de derrota: ante los demás, ante nosotros mismos. Fracasar ante los demás, si uno tiene humor y ganas de vivir, carece de importancia porque depende exclusivamente del estúpido o desinformado juicio de los otros. Pero el otro tipo de fracaso es mucho más duro, sobre todo si incluye la traición a nuestra propia moral, a nosotros mismos.

Al comentar la pregunta de Madrás y reflexionar sobre el fracaso, escribe Zadie Smith: “Quienes como yo han crecido bajo el signo de la posmodernidad observamos con escepticismo el concepto de autenticidad. Se nos enseñó que ésta no tenía sentido. Ante esto, ¿cómo asumir el hecho de que para un escritor el fracaso más profundo, el más auténtico, es el de la traición a uno mismo?”

Esto sitúa al concepto de autenticidad en estado de relectura. ¿Pasó a ser lo autentico un concepto trasnochado y rústico cuando se impuso la tendencia moderna a tener muchas personalidades en una sola alma? Está claro que si uno, por ejemplo, es muchos poetas al mismo tiempo, difícilmente va a preocuparse de haber traicionado flagrantemente a una de sus personalidades. Quizás esto explique que hoy en día, cuando los escritores admiten fracasos, generalmente les guste reconocer sólo los pequeños. Es muy fácil aceptar que hay frases que chirrían, que dan pura vergüenza, pero más complicado resulta enfrentarse al hecho (escribe Smith) “de que hay libros completos que escribimos sonámbulos y para los que ‘inauténtico’ sería el calificativo más apropiado”.

La palabra ‘inauténtico’ nos trae a la memoria la hoy en día tan apagada y supongo que pasada de moda  “filosofía del arte”, una manera de ver las cosas que percibe al acto creativo como una manifestación implícita de fidelidad del autor a su mundo propio y no a valores externos a ese mundo como podrían ser la tradición histórica o el valor comercial.  De lo autentico y del gran fracaso que conlleva la traición a uno mismo que provoca la implacable venganza del destino habla El Leviatán, imprescindible libro de Joseph Roth que cuenta la historia de Piczenik, un comerciante de corales de la ciudad de Progrody que ama los corales auténticos, criaturas del pez original Leviatán, y sin embargo no sabe resistir el falso engaño de los falsos corales de celuloide. Sólo una nostalgia ocupa su corazón: nostalgia de la patria de los corales, del mar. Cuando aparece el diabólico Lakatos, un vendedor de corales falsos, Piczenik se aviene a comprar algunos, mezclándolos con los suyos; entonces el destino le vuelve la espalda. Todo el relato tiene la ejemplaridad de la parábola. Quien traiciona lo más auténtico de él mismo, está perdido.

La relectura de El Leviatán me confirma que es una obra maestra que cada día nos recuerda más a la situación actual de lo literario en un mundo en el que hasta la prensa cultural, de forma más que alarmante, está arrinconando las noticias sobre libros. Se dedican grandes reportajes a los avances digitales, al inquietante futuro de internet, al peligro de que se extingan los textos impresos, pero nadie parece hacer mucho para seguir hablando de libros con la normalidad de antes: o se habla de que éstos van a desaparecer, o ya directamente no se habla y se prefiere llenar páginas con un modisto nazi, por ejemplo. Creo que, de vez en cuando, convendría que alguien comentara con mayor amplitud lo que se edita entre nosotros, incluso que explicara algo que es completamente autentico, una noticia bomba que diría una gran verdad: jamás se ha editado como ahora, con tanta pasión y con un nivel –si nos acordamos de las editoriales independientes- altísimo, un verdadero punto elevado en la historia del libro en nuestro país. Y eso a pesar de que esa industria tiene que convivir con los advenedizos que, alejándola de la autenticidad, es decir traicionando a los corales verdaderos, la llevan hacia un clima de fin de trayecto. Ese clima conecta con la traición a sí mismo del comerciante Piczenik  y desde hace tiempo va llevando a la vieja Poética hacia un paisaje de desastre que hace temer que al final, por la vía directa de tanta ruina moral, el destino acabe dándonos la espalda.

Todo esto me lleva a recordar cuando Alberto Manguel apadrinó la palabra “prístino” a la hora de seleccionar una del idioma castellano que precisara ser rescatada del olvido. Sus razones fueron: Se refiere a lo que perdura en el tiempo con vigor y tiene el brillo de lo auténtico. Atribuye un resplandor especial. En estos tiempos de simulacros y falsificaciones, es una palabra que no encuentra fácilmente dónde posarse. De manera que lo prístino se oculta detrás de sinónimos difusos: primitivo, antiguo, original. Más que un arcaísmo es una palabra que debe esperar para ser usada. Esperemos”

Viendo que entre nosotros se va poniendo de moda el engaño, el fraude artístico –el homenaje hispano tardío a Fake de Orson Welles, por ejemplo-, la poética ya trillada de lo heterónimo, el remake que traiciona el espíritu de lo imitado, lo cibernético como ilusoria acreditación de modernidad, todos los tópicos de una posmodernidad que llega a nosotros tan tarde (castizos comentaristas vernáculos registrando ahora la existencia de la ‘autoficción’ cuando ésta pasó a mejor vida hace más de dos décadas), uno termina por decidir que  lo mejor será permanecer en lo auténtico que tiene todo camino propio. A fin de cuentas, seguir esa vieja senda permite alejarse de estilo ramplón, trillado, inane, de tantos escritores americanos que surgen de los departamentos de literatura creativa, llena de fórmulas y carente de una sola voz auténtica. Y, además, permite no tener que pensar más en recurrir a aquello de lo que hablaba Auden cuando decía que los artistas cambian de visión del mundo para renovar su poética. ¿Para qué renovarla si eso no garantiza ser moderno y si, además, ser moderno es una cuestión sólo de clasificación, enteramente ajeno a toda valoración artística?

En todos los tiempos históricos ha habido una modernidad, pero ésta, como tan razonablemente explica Félix de Azúa en su Diccionario de las Artes, no puede conocerse hasta el siguiente momento de la modernidad: “En el siglo XII, por ejemplo, la modernidad de la construcción gótica cortaba con la construcción románica, la cual se veía, de ese modo, lanzada al pasado. Pero que el gótico iba a ser la modernidad del siglo XII es algo que sólo se supo después” A fin de cuentas, nadie puede saber en qué consiste la modernidad del momento presente y de nada sirve que algunos se presenten con esa etiqueta. Es más, cuando haya desaparecido el momento presente, se habrá presentado una nueva modernidad. En medio de ese panorama, la autenticidad parece una carta menos necia si se quiere innovar en medio de la monotonía de lo falso y asegura, de paso, la no traición a nuestro camino de siempre y a nuestra poética inamovible y hasta nos aleja del fracaso más temido, el fracaso más autentico, aquel que amenazaría con destruir lo que debería ser indestructible: nuestro “prestigio propio”.

Ficha del Libro: Siruela.

Sitio oficial │www.enriquevilamatas.com
Relecturas en Babelia.

En Algún Día │Enrique Vila-Matas.

Odiar “El Gatopardo”.

Posted in Artículos by Alguien on 19 marzo 2011

Ningún libro ni ningún autor son imprescindibles por sí solos, y se puede asegurar que el mundo sería exactamente como es si no hubieran existido Kafka, Proust, Faulkner, Mann, Nabokov o Borges. Quizá no sería tan igual si ninguno de ellos hubiera existido, pero la falta de uno solo es indudable que no habría afectado al conjunto. Por eso resulta muy tentador -una tentación fácil, si se quiere- pensar que la novela representativa del siglo XX es la que tuvo mayores posibilidades de no existir, y la que nadie habría echado de menos (al fin y al cabo Kafka no dejó una obra única, y una vez que se supo que había otras, además de La metamorfosis, cualquier lector podía permitirse “añorarlas” o desear leerlas). La que ya en su día fue vista por muchos casi como una excrecencia o una intrusión, como algo anticuado y completamente alejado de las “corrientes” predominantes, tanto en su país, Italia, como en el resto del globo.

Como una obra superflua, anacrónica y que no “añadía” nada ni “avanzaba”, como si la historia de la literatura fuera algo progresivo y en cierto sentido parecido a la ciencia, cuyos hallazgos van siendo arrumbados o eliminados a medida que son superados o que se demuestra la parcialidad, insuficiencia o inexactitud de cada uno de ellos. Cuando la literatura funciona más bien de la manera opuesta: nada de lo que se le agrega borra o anula nada de lo ya escrito, sino que, por así decir, se pone a su lado y convive con ello. Lo más antiguo y lo más nuevo respiran al unísono, y a veces cabe pensar si todo lo escrito no es más que la misma gota de agua cayendo sobre la misma piedra, y si lo único que de verdad varía es el lenguaje de cada época.

Es necesario, claro está, que lo viejo aún aliente pese al tiempo transcurrido desde su creación o su aparición: desde luego hay obras que se borran y anulan -y son la inmensa mayoría-, pero lo hacen por su propia cuenta, no porque nada venga a ocupar su lugar ni a suplantarlas ni a jubilarlas: languidecen y mueren por su escaso brío o porque -precisamente- aspiraban en su nacimiento a ser “modernas” u “originales”, lo cual les facilita luego el pronto envejecimiento, o, como también se dice, quedar demasiado “fechadas”. “Esto es de tal periodo y sólo de ese”, nos decimos al leerlas fuera de su época, y, con la incontenible y siempre creciente aceleración del mundo, “fuera de su época” significa a veces, hoy en día, tan sólo un decenio después de su alumbramiento. Algo de eso sentimos incluso con las narraciones de los más grandes autores contemporáneos: con Kafka, con Faulkner, con Borges en ocasiones, casi siempre con Joyce. De puro innovadores, de puro arriesgados, de puro voluntaristas, de puro distintos o de puro ambiciosos, pueden resultarnos, en ocasiones, levemente anticuados, o, si se prefiere, tan sólo “fechados”.

No ocurre eso con Isak Dinesen, ni con El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Ésta no es en modo alguno una novela decimonónica, como algunos, confundidos acaso por el siglo en que se sitúa su acción, llegaron a afirmar en su momento. Es sin duda alguna una novela contemporánea de las de los escritores mencionados, su autor no desconocía las nuevas técnicas ni los “avances” del género, si es que puede llamárselos así, e incluso tuvo la modestia de descartar una posibilidad -contar una sola jornada en la vida del Príncipe Fabrizio di Salina- con la siguiente frase: “No sé cómo escribir el Ulises”. Pero sí sabía, por ejemplo, hacer un uso magistral de la elipsis, relatar fragmentariamente, sin subrayar y hasta sin contar del todo, dejar sin explicación lo que al lector le basta con vislumbrar o intuir, llevar a cabo iluminadoras asociaciones entre elementos dispersos y en apariencia secundarios o meramente anecdóticos, combinar sin fatiga ni trampa lo dicho y acaecido con lo sólo pensado (todo ello mucho más propio de la novela del siglo XX que de la del XIX), y sobre todo observar, reflexionar, insinuar, matizar.

Como es sabido, El Gatopardo pudo no publicarse, y de hecho así ocurrió para su autor, que no llegó a verla impresa y que pocos días antes de su muerte, el 23 de julio de 1957, recibió una nueva carta de rechazo de una de las mejores editoriales italianas, que de ese modo se sumó en su “ojo clínico” a otra no menos prestigiosa. Pero no es sólo eso, sino que El Gatopardo muy bien pudo no escribirse: Lampedusa no era escritor, o resultó serlo tan sólo después de su muerte; y si en los últimos años de su vida acometió su novela fue, al parecer, por causas enteramente menores: el relativo éxito tardío de su primo el poeta Lucio Piccolo, que lo llevó a hacer la siguiente consideración en una carta: “Con la certeza matemática de no ser más tonto, me senté ante mi mesa y escribí una novela”; otro de los alientos recibidos fue el de su mujer, Licy, quien lo animó a escribir -se supone que cualquier cosa, sin pretensiones- por ver si con esa actividad se le aplacaba un poco la nostalgia; una tercera razón pudo ser su soledad: “Soy una persona muy solitaria”, señaló. “De mis dieciséis horas de vigilia diaria, al menos diez transcurren en soledad. No pretendo, sin embargo, pasarme todo ese tiempo leyendo; a veces elaboro teorías literarias…”. Lo cierto es que sí se pasó la mayor parte de su vida leyendo y acarreando muchos más libros de los que necesitaba, en una cartera, durante sus cotidianos recorridos rutinarios por la ciudad de Palermo. Por leer (lo hacía en cinco o seis lenguas), leía hasta a los escritores mediocres y segundones, que consideraba tan necesarios como los grandes: “También hay que saber aburrirse”, opinaba. De manera que poco ímpetu y escasa ambición hubo detrás de El Gatopardo. En verdad era muy fácil que jamás hubiera existido, y el propio Lampedusa tenía sus dudas acerca de su oportunidad y su valor: “Es, me temo, una porquería”, le dijo en una ocasión a su discípulo Francesco Orlando, y por lo visto se lo dijo sin coquetería y de buena fe. Al mismo tiempo creía que merecía la publicación (lo cual no es mucho creer, dado todo lo que se publicó en el siglo XX bueno, mediano y malo: no digamos lo que se lleva ya publicado en el XXI). En su texto de “Últimas voluntades de carácter privado”, escribió: “Deseo que se haga cuanto sea posible para que se publique El Gatopardo…; por supuesto, ello no significa que deba publicarse a expensas de mis herederos; lo consideraría como una gran humillación”. No hubo mucho ímpetu ni mucha ambición al iniciar la tarea; al menos sí hubo algo de orgullo al terminarla.

No le faltaban motivos para ello a Lampedusa. El Gatopardo, libre de servidumbre, de temores críticos, del agarrotamiento que se apodera a veces de algunos novelistas por el solo hecho de sentirse responsables ante sí mismos y ante su propia trayectoria anterior, libre de ínfulas y de presunciones y de ansias de originalidad, sin ninguna intención de deslumbrar ni de escandalizar ni de “abrir nuevas vías”, se lee, más de cincuenta años después de su publicación y ya en otro siglo, como una obra maestra solitaria por partida cuádruple: por ser la única novela completa de su autor; por haber aparecido cuando éste ya estaba muerto y haberse echado a rodar por el mundo sin acompañamiento alguno, por así decir; por provenir de un isleño apartado de la literatura “pública” hasta el fin de sus días; y por resultar extraordinariamente original, sin haber aspirado a ello, además. Sobre semejante novela se ha escrito mucho en el tiempo transcurrido, y sería presuntuoso por mi parte querer añadir algo más. La novela de Sicilia, bien; la novela de la unificación de Italia, bien; el fin de una época y el declinar de todo un mundo, de acuerdo; el retrato del oportunismo con la famosa frase de cuya cita tanto se ha abusado -”Si queremos que todo permanezca como está, hace falta que todo cambie”, o bien “…que algo cambie”- y que repiten hasta la saciedad quienes jamás han leído El Gatopardo, de acuerdo; aunque esa frase sea sólo anecdótica en el conjunto del libro, un afortunado elemento más. Para mí es sobre todo una novela sobre la muerte, la preparación para ella y su aceptación, incluso sobre cierta impaciencia por su advenimiento. De manera nada insistente, tenue y respetuosa y modesta, casi como una parte de la vida y no por fuerza la más importante, la muerte va rondando. Quizá dos de los pasajes más emotivos de la novela sean la contemplación, por parte del Príncipe di Salina, de la breve agonía de una liebre que acaba de abatir durante una cacería; y el último párrafo, en el que, casi treinta años después de la desaparición del propio Don Fabrizio, su hija Concetta se decide por fin a arrojar a la basura al perro disecado que fue de su padre y por el que éste sintió debilidad, Bendicò.

De la liebre se dice: “Don Fabrizio se vio contemplado por dos grandes ojos negros que, invadidos rápidamente por un velo glauco, lo miraban sin rencor pero cuya expresión de doloroso asombro era un reproche dirigido contra el orden mismo de las cosas; las aterciopeladas orejas ya estaban frías, las patitas se contraían enérgica y rítmicamente, símbolo póstumo de una inútil fuga; el animal moría torturado por una angustiosa esperanza de salvación, imaginando, como tantos hombres, que aún podía superar el trance, cuando ya estaba condenado…”. Y de la momia del perro Bendicò se dice: “Mientras se llevaban a rastras el guiñapo, los ojos de vidrio la miraron con la humilde expresión de reproche de las cosas que se descartan, que se quieren anular”, y esto lleva al lector a acordarse de otra cita, muy anterior, en la que, al hablarse del mundo de Donnafugata, se dice: “…desprovisto, pues, incluso de ese resto de energía que en toda cosa pasada aún alienta …”.

Lampedusa sabe que todo tarda en desvanecerse, que todo se toma su tiempo; hasta lo que ya es “cosa pasada” remolonea y se resiste a marcharse; hasta la vieja momia de un perro que abandonó el mundo decenios atrás. Y a esa lenta desaparición, pero desaparición al fin, sólo se atreve a oponer un humilde reproche hacia el orden mismo de las cosas, sin ni siquiera alcanzar el rencor. Quien conoce o intuye ese orden se va acostumbrando a la idea y a la perspectiva, incluso cuenta con ella como “salvación”: “…había conseguido la parcela de muerte que es posible introducir en la existencia sin renunciar a la vida”, se lee en otro momento; y en otro: “Mientras hay muerte hay esperanza…”. No se trata sólo de los lugares y de los animales, que no comprenden (y menos aún comprenden los ojos que ni siquiera son ojos, sino los vidrios de taxidermista que imitan los del perro Bendicò disecado). Se trata también de las personas, la mayoría aún ignorantes y llenas de vida, aún en la creencia de que la muerte es algo que concierne a los demás, y sin embargo ya dignas de compasión. En la famosa secuencia del baile se dice: “Los dos jóvenes ya se alejaban dejando paso a otras parejas, menos hermosas, pero tan enternecedoras como ellos, cada una sumergida en su propia y efímera ceguera. Don Fabrizio sintió que se le ablandaba el corazón: el desagrado se había transformado en compasión por aquellos seres fugaces que trataban de gozar del exiguo rayo de luz cuya gracia les había sido concedida entre las dos tinieblas: la que había precedido a la cuna y la que los arrebataría tras los últimos estertores. ¿Cómo podía uno ensañarse con quienes, sin duda, iban a morir?… Sólo tenemos derecho a odiar lo que es eterno”.

Cincuenta o más años son sólo un instante “en los dominios donde reina para siempre la certeza”, como asimismo se lee al final de la Sexta Parte. Pero quizá sean suficientes para que todos los novelistas aún vivos, aún fugaces, aún ciegos y enternecedores entre las dos tinieblas, nos estemos ya ganando el derecho a odiar El Gatopardo.

Odiar “El Gatopardo”. Texto: Javier Marías. ElPaís.com.Babelia. 12.03.2011.

Ideas para interrumpir.

Posted in Libros by Alguien on 15 marzo 2011

¿Cuántas veces nos interrumpen al día? Tantas que, aunque solo sea porque nos interrumpiríamos a nosotros mismos, ni contarlas podemos. En Wakefield, cuento inolvidable de Nathaniel Hawthorne, hallamos una de las interrupciones más emblemáticas, por excelencia. Con ilustraciones de Ana Juan, lo publica Nórdica estos días para celebrar el quinto año, sin interrupción, de la editorial. Wakefield es aquel marido que se despide de su mujer por unos días y no es visto por nadie en 20 años. En el centro de Londres se desvincula del mundo. Se instala en secreto en una casa del barrio y espía a su esposa en su viudez. Un día, pasados ya 20 años, llueve. Le parece ridículo mojarse cuando ahí tiene su casa, su hogar. Sube pesadamente la escalera y abre la puerta. Saluda a su mujer como si no hubiera existido interrupción alguna en sus vidas.

Otro paréntesis memorable tiene lugar en un cuento de Bioy Casares. Un hombre se dispone a apretar el gatillo para suicidarse cuando observa que alguien le está deslizando una carta por debajo de la puerta. Se interrumpe, lee la carta. Es su sastre que le reclama una deuda. No sería elegante abandonar este mundo dejando sin pagar una cuenta de esa categoría y posterga el gesto final.

Nos interrumpen mucho al día, pero se da el caso de personas que, viéndose interrumpidas sin cesar, trabajan en un estado de gran felicidad. Cuenta Ricardo Piglia en una reciente entrevista (con Gastón García, Letras Libres) que una vez fue a ver a Manuel Puig y le encontró escribiendo en la cocina mientras la madre le hablaba y él veía una telenovela: “Puig escribía, y la madre le traía mate, y conversábamos y ahí estaba la tele. Es una escena bastante contemporánea”.

Recuerdo que fue a Juan Cueto al primero al que le oí hablar de esas personas que leen dos diarios a la vez mientras ven un informativo de televisión y al mismo tiempo hablan por teléfono y consultan la meteorología en Internet.

¿Es la interrupción, como dice Piglia, un tema de la cultura contemporánea? No lo dudo. Pero hay ciertos misterios ahí por resolver. ¿Por qué, por ejemplo, distinguimos entre interrupciones que nos fastidian y otras que no? ¿Qué hace que no nos parezca que alguien nos interrumpe cuando lo está haciendo ostensiblemente? Y a la inversa, ¿qué hay exactamente de horrible en aquello que percibimos que nos interrumpe?

Tan inmersos nos hallamos en la realidad mediática que hasta nos olvidamos con frecuencia de que, si apagáramos de golpe la machacona mentira oficial, un mundo inédito podría estar aguardando al otro lado. Hablo de interrumpir sistemáticamente el discurso mediático y hablo también del placer -todavía un derecho personal- de dejar con la palabra en la boca a todos los peleles. Hablo de esa posibilidad que tenemos de entrar en otra realidad, de hecho en la realidad real. Hoy cuando ya es una constante que los intereses económicos consiguen que la realidad real no coincida con la mediática, propongo una humilde idea para sobrevivir: interrumpir el discurso mediático cada vez que intuyamos que eso que se llama inspiración consiste en lo que uno logra cuando se aparta de la falsa realidad. Téngase en cuenta que a veces, al apartarnos, hasta surgen destellos de un mundo con carga poética, de un mundo todavía posible.

Para colosal interrupción, aquella de la que nos habla Julio Ramón Ribeyro en La tentación del fracaso: “Leyendo hace poco a Cervantes, pasó por mí un soplo que no tuve tiempo de captar (¿por qué?, alguien me interrumpió, sonó el teléfono, no sé) desgraciadamente, pues recuerdo que me sentí impulsado a comenzar algo… Luego todo se disolvió. Guardamos todos un libro, tal vez un gran libro, pero que en el tumulto de nuestra vida interior rara vez emerge o lo hace tan rápidamente que no tenemos tiempo de arponearlo”.

Y bueno, creo que hemos llegado al final. ¿Algo para arponear? No les interrumpo más, sigan alegres su camino.

Ficha del Libro: Nórdica Libros.

Ideas para interrumpir.Texto: Enrique Vila-Matas. El PAIS.COM.15.03.2011.

En Algún Día │Enrique Vila-Matas.

Código best seller. Sergio Vila-Sanjuán.

Posted in Libros by Alguien on 14 marzo 2011

«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos…». Si afirmamos que casi todos los mejores libros de nuestras vidas —el lector no vive solamente una vez— fueron best sellers, seguro que alguien frunce el ceño. Y, mira por donde, la frase que abre este párrafo es de «Historia de dos ciudades» de Dickens, un best seller de 1859. En «Código Best Seller» (Temas de Hoy), Sergio Vila-Sanjuán indaga en los orígenes de los libros más vendidos y establece el canon de los setenta títulos más relevantes. En el prólogo, José Antonio Marina identifica el best seller con «literatura vivida». Seamos provocadores. Atribuyamos esa característica al «Chacal» de Forsyth y el pedante de turno espetará que él prefiere, cómo no, el «Ulises» de Joyce.

¿De qué hablamos, entonces, cuando hablamos de best seller? El término se identifica con el comercialismo fácil olvidando, como no se cansa de repetir Carlos Ruiz Zafón, que Dickens y Balzac eran de los más vendidos, como el «Ivanhoe» de Scott o «Los misterios de París» de Sue. El marchamo de best seller es aplicable, por ejemplo, al Quijote. Cervantes hubo de batallar con tres ediciones piratas y el plagiario Avellaneda: escribió la segunda parte para que el público no confundiera la mercancía. ¡¡Mercancía!! (otra provocación). Vila-Sanjuán destaca el diálogo de don Quijote en la imprenta barcelonesa de Sebastián Cormellas: «Ya se plantean con claridad las cuestiones que preocupan en el mundo del libro actual: necesidad de rentabilidad, formas de distribución, porcentaje o cesión de beneficios».

La condición de best seller fue tipificada en 1895, cuando «The Bookman» instauró una clasificación que perdió su hegemonía en 1912 con la aparición de «Publishers Weekly». Un siglo después, conocer la cifra real de los más vendidos sigue siendo complicado: «Los editores no siempre quieren decir la verdad, y otras veces no pueden, ya que puesto que el mercado admite el retorno de los libreros de los ejemplares que no han vendido, pasan meses hasta que se sabe aproximadamente la venta firme», asegura Vila-Sanjuán. Es entonces cuando se invoca al oráculo Nielsen. El autor de «Código Best Seller» subraya la paradoja: «Una lista basada en sondeos a libreros, supermercados y grandes superficies, pero externa a las editoriales, les dice más a estas sobre el estado de sus ventas que sus propios cómputos».

Spanish best seller. Índice Nielsen, cómputos… Aunque la industria editorial nace en el siglo XIX con el auge del género histórico-romántico, el folletín y la novela gótica, el verdadero despegue se produce en el XX. La lista del best seller internacional de autoría española se abre con «Los cuatro jinetes del Apocalipsis», de Blasco Ibáñez. Llevado al cine por Rex Ingram, con Rodolfo Valentino de gaucho argentino, fue en los años veinte el libro más vendido en Estados Unidos después de la Biblia. No era, por cierto, la mejor novela del autor de «Cañas y barro», precursor de los Pérez-Reverte, Ruiz Zafón, Julia Navarro o Javier Sierra. Del anecdotario patrio, recordar que en noviembre de 1975, con Franco agonizante, el libro más vendido era «Esta noche la libertad», de Lapierre y Collins, publicado por Plaza & Janés. El título, alusivo a la independencia de la India, sonó tan sospechoso en aquella coyuntura que un representante de la editorial fue retenido en la frontera hispanofrancesa.

Entre los factores que elevan un libro a los altares del comercio, Vila-Sanjuán señala el «boca-oreja», la planificación editorial, la adaptación cinematográfica o televisiva, el autor mediático o muy reconocido, la portada, el escándalo de índole diversa, o las modas imperantes, como sucede ahora con los vampiros. Pero la moda no originó best sellers como «Lo que el viento se llevó», «Sin novedad en el frente», «La casa de los espíritus» o el ciclo de Harry Potter: «No seguían una tendencia, sino que la estaban creando», puntualiza Vila-Sanjuán. Desde los años cincuenta del siglo pasado, cuando triunfaban Harold Robbins, James Michener, Irving Wallace o Irwin Shaw, el best seller se ha hecho global, con Salman Rushdie, Rowling o Murakami.

Canon best seller. Sugería Conrad que «sólo hay dos tipos de libros que se venden muy bien: los «muy buenos y los muy malos» y en el «Código Best Seller» identificamos muchas de las mejores lecturas de nuestras vidas. De la dickensiana «Canción de Navidad», al folletinesco Sue de «Los misterios de París», los mosqueteros de Dumas y la vuelta al mundo de Verne. Están Hesse con su «Siddartha» y los «momentos estelares» de Zweig. Vicky Baum, Pearl S. Buck, Margaret Mitchell, Daphne Du Maurier y Agatha Christie componen un quinteto femenino ligado a cines de sesión continua. El «long seller» lo firma el principito de Saint-Exupéry, el guardian de Salinger y el viejo marinero de Hemingway. Las intrigas corren a cargo de Conan Doyle, Simenon y Larsson. Los anillos, de Tolkien. Los puentes, de Madison y los paisajes románticos, de Pilcher. La dignidad humana del diario de Ana Frank convive con la cruda supervivencia de Charrière en «Papillon» o de «Viven» (clásico de periodismo, reeditado). Está Dan Brown, y el empalagoso Juan Salvador Gaviota, pero también García Márquez, Pasternak, Lampedusa, la rosa de Eco y el perfume de Suskind. Y la gran novela comercial: Forsyth, Follet, Puzo, West, Le Carré, Grisham, Crichton, King, Noah Gordon… Después de leer —o releer— los setenta títulos del canon, Vila-Sanjuán concluyó que «la mayoría han aguantado bien el paso del tiempo y siguen proporcionando un buen rato al lector sin prejuicios. Muchos best sellers son grandes libros… a su manera».

El best seller del mal. El periodista Antoine Vitkine indaga en «Mein Kampf. Historia de un libro» (Anagrama) las razones que mantienen la obra de Hitler entre los best sellers del odio racial junto con los «Protocolos de los Sabios de Sión». Desde su publicación, en 1925, «Mein Kampf», recuerda Vitkine, «se convertirá en uno de los libros políticos más vendidos de todos los tiempos. Incluso antes del ascenso de Hitler al poder, en 1933, lo compran centenares de miles de personas y se traduce a una veintena de idiomas».

La derrota de 1945 no menguará la curiosidad hacia ese libro que nadie ha leído en su totalidad y que se propaga en versiones resumidas. Una obra que anuncia el genocidio y que figura entre las más vendidas del mundo árabe donde «la conjunción del nacionalismo y el antisemitismo, añade Vitkine, inextricablemente ligados a la lógica paranoica y xenófoba de Hitler es objeto de una cálida acogida». Si los «Protocolos» «inspiran» al islamismo, «Mein Kampf» nutrió los textos fundacionales del panarabismo: desde el muftí de Jerusalén Husseini al egipcio Nasser o el libio Gadafi. En 2005, el best seller del nazismo ocupó el segundo lugar de los más vendidos de Turquía con 80.000 ejemplares.

Ficha del Libro: Editorial Temas de Hoy.

Los mejores libros de nuestra vida. Una reseña de Sergi Dori. ABC.es.12.03.11.

Kluge. La azarosa construcción de la mente humana.

Posted in Libros by Alguien on 3 marzo 2011

Kluge es un término inglés que usan los ingenieros para designar algo construido de forma chapucera aunque funcional. En español podríamos traducirlo por «apaño». Con ese nombre se refiere el psicólogo Gary Marcus a la mente humana en un libro en el que pone de manifiesto las incongruencias y fallos de lógica que tiene el cerebro humano. A través de ejemplos como la memoria, el lenguaje o el placer, nos demuestra que incluso un ingeniero lo habría diseñado mejor. Algunos ejemplos sobre la poca fiabilidad del cerebro son verdaderamente inquietantes por sus implicaciones. Según nos demuestra la profesora Elizabeth Loftus, la honradez de un testigo no garantiza su fiabilidad. Por ejemplo, si hemos sido testigos de un accidente de tráfico y nos preguntan: «¿A qué velocidad circulaban los automóviles al estrellarse?», lo normal es que respondamos dando un valor un veinte por ciento más elevado que si nos hubieran preguntado «¿A qué velocidad circulaban los automóviles al colisionar?». Este tipo de hechos suelen ser aprovechados por entrevistadores, fiscales, políticos y demás buscadores de la «verdad». Esta facilidad de manipulación de nuestros juicios es constantemente utilizada por «informadores» interesados en implantar un determinado estado de opinión, desde una elección de compra hasta el alistamiento en una letal aventura guerrera.

Otro ejemplo, realizado por Amos Tversky y Daniel Kahneman, resulta aún más perturbador si cabe, e ilustra cómo un hecho inocuo puede influir en nuestra interpretación del mundo. Si le preguntan «¿Qué porcentaje de países africanos forman parte de la ONU?», probablemente usted no sepa la respuesta exacta e intentará dar un valor aproximado. Ahora bien, si antes de responder a la pregunta le han informado de un valor numérico de algo, como, por ejemplo, de que en la ruleta ha salido el número 10, su respuesta probable será: «El 25%». Sorprendentemente, si el resultado de ese giro de ruleta hubiera sido, por ejemplo, el número 65, su respuesta probable habría sido: «El 45%». El fenómeno, conocido como «anclaje y ajuste», puede repetirse con otras modalidades de cálculo numérico y se interpreta como la predisposición a tomar ese dato aleatorio, el resultado del giro de la ruleta, como punto de referencia a partir del cual «calculamos» la respuesta a la pregunta. La lista de ejemplos podría llevarnos a concluir que somos arcilla moldeable al capricho de los poderosos. Aunque Gary Marcus no entra aquí en este tema, debe saber que no hay mejor antídoto contra la manipulación que el conocimiento, cuanto más vasto mejor, y la sabiduría, hasta donde nuestras capacidades genéticas nos permitan. En ese contexto es fácil entender el celo que muestran organizaciones de todo tipo por alcanzar o mantener el control del sistema educativo en cualquier país.

En esencia, el libro es un lúcido alegato en contra del pretendido diseño inteligente en biología. Sin embargo, no es probable que los admiradores de la perfección humana se sientan alterados por estos argumentos, porque su fe está basada, precisamente, en que un apaño tan tosco, pero que funciona, no podría existir a menos que un ente superior lo haya diseñado así. Es bien sabido que la razón es impotente ante la emoción. Lo paradójico es que este apaño que tenemos por cerebro incluye algún mecanismo por el que necesitamos creer en algo, de forma que nuestra ignorancia quede apaciguada. En cierto modo, esta angustia ante el no saber es el peor fallo de diseño que tiene nuestro cerebro, porque nos lleva a «inventar» el conocimiento que no tenemos. Pero, al mismo tiempo, es también el mejor motor para indagar y progresar. Bien mirado, no parece un fallo tan serio.

Si algo puede criticarse al texto de Gary Marcus es que, ocasionalmente, cae en alguno de los pecados que intenta combatir. Cuando afirma «si bien la evolución nos dotó del razonamiento deliberado, careció de la visión necesaria para asegurarse de que lo utilizásemos sabiamente: nada nos obliga a ser ecuánimes porque en su día no había nadie para prever los peligros», aunque seguramente intentaba hacer una licencia literaria, el sugestionable cerebro de algún lector puede asimilar que la evolución es «alguien con visión, aunque torpe». Conviene recordar que la evolución es un proceso histórico que contemplamos desde el presente y que carece de director, de propósito, de mapa: en definitiva, no es, ha sido. Sin duda habrá evolución mientras haya cambios, pero el proceso y sus resultados no se pueden anticipar desde el presente: serán relatados por quienes existan en el futuro. Los mecanismos genéticos sobre los que tiene lugar el proceso evolutivo han sido tratados por el mismo autor en otro libro, El nacimiento de la mente (Barcelona, Ariel, 2005). Ambos libros solapan argumentos y datos, pero quizá fuera conveniente elaborar un nuevo texto centrado en el proceso que ha llevado a este apaño de cerebro.

Es evidente que somos el resultado de la historia evolutiva. Podríamos haber llegado a ser un apaño diferente con fallos diferentes pero, sin lugar a dudas, un apaño al fin y al cabo. Podría imaginarse un tipo de perfección si nuestro cerebro fuese una adaptación absoluta al medio ambiente en el que viviéramos, incluida la actividad de los demás cerebros, pero, por el momento, los cambios que suceden en el genoma de cada individuo y en el medio externo son independientes entre sí. El escenario evolutivo está definido por el conflicto permanente de adaptación de los seres vivos al medio. Los apaños que no se adaptan desaparecen y así ha sido durante toda la existencia de la vida en este planeta. La autocomplacencia con que solemos analizar nuestra existencia no debería hacernos olvidar que somos una forma de vida, fruto de una historia de cambios aleatorios, y compatible con el escenario actual del planeta. El futuro evolutivo del apaño Homo sapiens no puede predecirse, pero más del 90% de los apaños que alguna vez fueron ya no existen. Por el mero hecho de sobrevivir, el apaño del cerebro ha resultado un éxito hasta ahora. Pero, en todo caso, ¿por qué deberíamos ser perfectos? ¿Cuál es el modelo de perfección?

Elogio de la Imperfección. Texto: Alberto Ferrús. Publicado en Revista de Libros.  Nº 171. Marzo 2011.

Sitio Oficial | Ficha en Editorial Ariel.

Inéditos de Vila-Matas en su colección de bolsillo.

Posted in Libros, Noticias by Alguien on 28 febrero 2011

El magnífico y complejo entramado de la obra de Enrique Vila-Matas es retomado por Mondadori DeBolsillo La editorial inaugura con tres volúmenes  - Chet Baker piensa en su arte (antología de relatos), En un lugar solitario (primera narrativa del autor) y Dublinesca- la Biblioteca Vila-Matas. Seguirá en septiembre 2011 un cuarto tomo, Una vida absolutamente maravillosa, amplia antología de sus ensayos. Y después, continuará con la recuperación de los títulos más celebrados de este autor. Tanto Chet Baker piensa en su arte como En un lugar solitario contienen textos inéditos e importantes novedades.

En Chet Baker piensa en su arte, la novela corta (o relato de ficción crítica, según el autor) que da nombre al libro es una interesantísima pieza de larga extensión, subtitulada Doctor Finnegans y monsieur Hire, donde un crítico literario, encerrado una noche en un hotel de Turín,  busca el punto de unión entre la literatura radical encarnada por el último Joyce y la literatura tradicional de calidad representada por Simenon; busca el libro que uniría idealmente a los lectores de relatos minoritarios y muy exigentes  con los de historias más comerciales. Chet Baker piensa en su arte es una original novela corta, que puede verse como legítima –aunque osada- continuadora de la trilogía o “salto inglés” que inició Dublinesca.

Los demás relatos seleccionados provienen de diversos libros. “Una casa para siempre”, “El efecto de un cuento”, “Mar de fondo” y “Dos viejos cónyuges” aparecieron en Una casa para siempre; “Rosa Schwarzer vuelve a la vida”, “El arte de desaparecer” y “Me dicen que diga quién soy” pertenecen a Suicidios ejemplares; “El hijo del columpio” y “Señas de identidad” fueron publicados en Hijos sin hijos; “Nunca voy al cine” dio título al libro en el que se incluyó; “La gallina robada. Un cuento de Navidad” fue publicado en El traje de los domingos; “Recuerdos inventados” dio título al volumen en el que se publicó; “Porque ella no lo pidió” proviene de Exploradores del abismo. “Sucesores de Vok” apareció en El País el 25 de julio de 2010.

En un lugar solitario, que reúne los cinco primeros libros que publicó el autor, cuenta con un formidable y extensísimo prólogo inédito del propio Vila-Matas donde hay sorprendentes revelaciones mientras se narran  las  extrañas circunstancias que rodearon sus años de principiante en el mundo de la literatura.

En Algún Día │Enrique Vila-Matas.

La última novela épica.

Posted in Libros by Alguien on 25 febrero 2011

La gran novela de Weiss, la que escribió durante su última década de vida, la que terminó un año antes de su muerte, la que alternó con gestos inequívocos de libertad frente al aparato de dominio político e ideológico de los que se llamaron “países socialistas”, cuya redacción coincidió además con obras de tanto calado crítico como El nuevo proceso, es, así, un archivo para la memoria tanto como una proclama contra el conformismo. Peter Weiss en estado puro.

Estética de la Resistencia. Hondarribia, Hiru, 1999 (1.085 páginas). Texto: Carles Guerra. La Vanguardia.16.02.2011.

La estética de la resistencia” es una de esas novelas que aspiran a la categoría de obra clásica. Peter Weiss la concibió al final de su vida imaginándose una autobiografía ficticia, la vida que hubiera deseado vivir. La acción transcurre entre 1937 y 1945, un momento en el que Europa se convierte en un campo de batalla ideológico, de extremo a extremo, transitando de la guerra civil española a la Segunda Guerra Mundial. Se trata, tal vez, de la última novela épica, una obra injustamente olvidada

No tuvo que ser fácil convivir con Peter Weiss (1916-1982) cuando escribía La estética de la resistencia (1975-1981), una novela abrumadora, por mucho tiempo ausente de las listas de novedades editoriales. Pocos libros desprenden esa sensación de un trabajo ingente. Desde su casa de Estocolmo, Gunilla Palmstierna, la viuda del escritor, hace un par de años prefería recordar que esa época estuvo marcada por el nacimiento de Nadja, la hija de ambos. La novela se gestó a partir de 1972 y terminó de publicarse en 1981. Cuando salió a la luz el tercero de los volúmenes, Nadja ya tenía nueve años. Si leer este libro supone un esfuerzo de concentración y perseverancia, el trabajo de escribirlo no lo sería menos. Gunilla Palmstierna advierte de que al principio se trataba de “un pequeño prólogo, un bloque más importante de texto y un breve epílogo”. Sin embargo, acabó dilatándose más allá de las mil páginas.

Tal como reza en la cubierta de la edición española, se trata de “un monumento literario edificado sobre un mar de documentación y pensamiento”. Franquear la página cincuenta exige una voluntad  inquebrantable por parte del lector. Pero una vez cruzado ese umbral se abre un mundo poblado de obreros enfrascados en debates interminables y de una profundidad ideológica abismal.

La estética de la resistencia se sitúa entre 1937 y 1945, aunque su redacción delata los compromisos políticos del autor en las décadas de 1960 y 1970. El contexto de la guerra fría, la guerra de Vietnam y la incipiente decepción de la socialdemocracia sueca se filtran en la novela. Durante los años en los que se enmarca el relato, el protagonista transita de la Alemania nazi al frente republicano en la guerra civil española, para más tarde concluir en el exilio. Suecia será el refugio del personaje principal y narrador, el mismo país en el que el escritor también vivirá hasta su muerte.

Peter Weiss, que recreó de este modo una autobiografía imaginada, llegó al país escandinavo con 22 años. Su álter ego en la novela vive lo que él hubiera deseado vivir. Para los intelectuales de su generación, la guerra civil española tuvo lugar demasiado pronto. A finales de los años treinta, Peter Weiss era sólo un adolescente obsesionado con Herman Hesse, con quien mantuvo una relación de discípulo. En la novela, el protagonista se une a las Brigadas Internacionales, abandona Berlín un día de septiembre de 1937 y llega a Barcelona para continuar viaje por el Levante español. El detalle de los lugares descritos, la precisión de las observaciones y la intensidad de las conversaciones del primer volumen deslumbran por su rigor. Uno puede llevarse a engaño y pensar que el escritor vivió en primera persona aquellos momentos históricos. Que tomó parte en ellos. Lo cierto es que la única guerra que Peter Weiss conoció de primera mano fue la de  Vietnam. A mediados de los años sesenta, él y Gunilla Palmstierna fueron invitados a visitar el norte de aquel país, como tantos otros intelectuales occidentales. Juntos representaban la imagen de la pareja de moda cuyas fotografías aparecían en las revistas ilustradas. Pero el azar hizo que él cayera enfermo en Hanói. Ella fue la única que se adentró en la jungla y él, convaleciente, recibió las visitas de destacadas personalidades en la cama. En una entrevista para la revista Life (28/X/1968) en la que aparecía fotografiado en su estudio, de pie junto a su archivador de cien cajones repleto de recortes de prensa, Peter Weiss se jactaba de que “es mucho más fácil escribir sobre el mundo si lo puedes meter dentro de una habitación”.

Para escribir La estética de la resistencia, la que sin duda puede considerarse “la obra del último autor que se atreve a subsumir en el espacio épico la totalidad social e histórica, con sus  contradicciones”, tal como sugiere Cecilia Dreymüller, Peter Weiss no dudó en revisitar los escenarios donde los protagonistas, todos ellos reales, estuvieron en su día. En 1974, con los diarios personales de Max Hodann en la mano, Peter Weiss y Francisco J. Uriz llegaron hasta  Albacete. Hodann era un sexólogo al que Peter Weiss había conocido en Estocolmo. Durante la  guerra había servido en el único hospital psiquiátrico de la retaguardia del bando republicano, instalado en Cueva de la Tía Potita. Francisco J. Uriz, que desempeñaba las funciones de intérprete personal cuando el primer ministro sueco Olof Palme –el mismo que fue asesinado en 1986– viajaba al extranjero, acompañó a nuestro escritor en su reconocimiento de los lugares mencionados por Hodann y otros ex brigadistas. Peter Weiss había conseguido una plétora de papeles, cartas y documentos de todos ellos, un material que el escritor transcribió sin apenas modificar los textos originales. Por eso la novela se lee a veces como un inventario árido y desapasionado, carente de romanticismo. Lo único que le faltaba a Peter Weiss era dar con las localizaciones. Ver cómo era la luz de los lugares citados, situarse.

Las fotografías de aquel viaje de Peter Weiss a España, además de sus cuadernos de notas, se  guardan en las carpetas de documentos que, tras el fallecimiento del escritor en 1982, Gunilla Palmstierna donó al gran archivo de los autores alemanes en la Akademie der Künste de Berlín –entre los que se encuentran Bertolt Brecht o Walter Benjamin–. En medio de un paraje de la provincia de Albacete, en la residencia que en su día fuera confiscada por las tropas republicanas para convertirla en hospital, Peter Weiss y Francisco J. Uriz dieron con la familia propietaria de la finca. Transcurridos casi cuarenta años, aquel día de 1974 sus ocupantes se muestran ajenos a la historia del lugar. Toman el sol sentados en sillas de plástico fuera de la casa  mientras disfrutan del fin de semana en su segunda residencia.

En una entrevista con Harun Farocki, realizada para la televisión pública alemana en 1979, poco después de aparecer el segundo volumen de la novela, el escritor declaraba que “cuando se escribe sobre una cultura que ya no existe, uno quiere reconstruir exactamente los escenarios, la geografía y la topografía”. Pero está claro que, para revivir la cultura obrera, Peter Weiss también tuvo que obliterar algunos aspectos del presente.

Además, en el archivo se guardan mapas turísticos, guías, postales y  un gran número de  reproducciones de obras de arte vinculadas al proceso de escritura de la novela. Hay ilustraciones del Friso de Pérgamo, de La balsa de la Medusa pintada por Géricault, una doble página de la revista Harpers Weekly en la que se reproduce una tela del siglo XIX firmada por Robert Koehler y que tiene por motivo principal una huelga, y muchas otras que revelan que La estética de la resistencia constituye un itinerario estético para la educación popular de las clases subalternas. Eso que un crítico como Fredric Jameson ha calificado de bildungsroman proletario.

Pero entre todos estos materiales, entre los que también hay textos de divulgación como un  número de la revista Historia y Vida dedicada a la Guerra Civil, destaca una hoja de naranjo seca. En un pasaje de la novela se describe cómo estando en Valencia, “Ayschmann –otro ex brigadista– abrió una revista, Cahiers d’Art, que contenía las reproducciones de las distintas etapas de la evolución del cuadro de Gernika”. El desplegable de la pintura de Picasso, que había sido presentada al público en el Pabellón de la República española durante la Exposición Internacional de París de 1937, contrastaba –tal como escribió Peter Weiss– con el “deslumbrante y extremadamente luminoso azulverde de las hojas de los naranjos”. Una frase inspirada, quizás, por esa única hoja seca, guardada entre carpetas, y que ha perdido todo su color. Pero, en definitiva, un síntoma de la vocación documental de Peter Weiss.

Alfonso Sastre, que se convertirá en el principal valedor suyo en España, a menudo se había referido a él como un representante destacado del teatro documentario. El gran éxito de Persecución y asesinato de Jean Paul Marat –pieza teatral conocida como Marat/Sade– había afianzado la reputación internacional de Peter Weiss. Su estreno en 1963 desató una oleada de  representaciones en diecinueve países. Peter Brook, Giorgio Strehler o Erwin Piscator pusieron en escena aquella pieza teatral con un desacomplejado carácter de investigación, presentada de forma desnuda y sin ornamentos retóricos. Gunilla Palmstierna, que se hizo cargo de la inmensa tarea compiladora que hay detrás del texto y la escenografía de Marat/Sade, aún se queja de que su nombre no apareciera por ninguna parte. Invirtió meses visitando la Bibliothèque Nationale de France en busca de imágenes y textos sobre la locura. Recuerda que el conserje, al que tuvo que convencer para consultar materiales prohibidos en la época, solía recibirla con un “Oh! C’est vous, Madame de Sade!”.

Irónicamente, la importancia de ese trabajo de recopilación documental y acumulación de datos históricos quedó glosada en La estética de la resistencia cuando en el último volumen Peter Weiss relató la estancia de Bertolt Brecht exiliado en Suecia, un episodio que termina con el protagonista (recordémoslo, álter ego de Peter Weiss) ayudando a empaquetar la biblioteca del famoso dramaturgo antes de partir hacia Estados Unidos. El mismo grupo de mujeres comunistas que han acogido a Bertolt Brecht en su huida del nazismo constituirán un ejército de pacientes y laboriosas colaboradoras. Ellas son las que facilitarán al autor los materiales históricos para montar Madre Coraje y sus hijos (1939-1949). La devoción por la inmensidad del tiempo histórico que comparten Bertolt Brecht y Peter Weiss aparece, no obstante, gestionada de modo diferente en cada uno de ellos. Peter Weiss repetirá que él trabaja solo, igual que lo hace un pintor en su taller, sin ayuda de ningún equipo. Por el contrario, Bertolt Brecht se beneficia de un trabajo colectivo que le permite sintetizar los datos.

Excesivo, vulnerable. Pero la desmesurada atención que Peter Weiss pone en la historia como prólogo de cualquier acontecimiento del presente, como en esas secciones en las que una conversación en la costa del Levante se retrotrae hasta la época de los fenicios, hace del texto, por momentos, un discurso farragoso. Cosa que hasta su más declarado admirador llegó a reprocharle. En una carta del profesor Hans Mayer a Peter Weiss, fechada en 1976 y en pleno proceso de escritura de La estética de la resistencia, este le sugería que “después de un extraordinario arranque del texto, la prosa caía en una trivialidad evidente, y después se volvía a recuperar…. y así ocurría una vez tras otra”.

Es probable que Peter Weiss recibiera el comentario con desagrado. Harun Farocki, que lo conoció en los últimos años de su vida, lo describe como una personalidad extremadamente vulnerable a las opiniones de los demás. Nunca dejó de ser una persona insegura. Hasta la publicación de La  sombra del cuerpo del cochero (1960) no se sacudió de encima la sensación de fracaso. Un  sentimiento que arrastraba desde los años en que ejerció de pintor y cineasta experimental.

La estética de la resistencia incorporó esas frustraciones en la recta final de su vida. En lo que se refiere a la pintura, la novela despliega los comentarios sobre un sinfín de obras que a menudo aparecen como reproducciones y no como originales, en situaciones de emergencia bélica, estrés o agotamiento tras una larga jornada de trabajo. Como si el arte ya no pudiera ser contemplado en la plenitud de las facultades perceptivas que imaginan las teorías del arte moderno, y en su lugar, tuviéramos que disponernos a una estética de la fatiga, a una percepción influida por la precariedad de nuestros horarios, a menudo incompatibles con los de las instituciones culturales que idealizan a su público como una panda de burgueses ociosos.

La primera obra que se contempla en la novela es el Friso de Pérgamo al que Coppi, Heilmann y el protagonista llegan exhaustos tras un largo día de trabajo. Allí, frente a las piedras, conversan y aprenden unos de otros. La escena sugiere que la calidad del arte se encuentra en la calidad del conocimiento derivado de él y no en la intensidad de la percepción. Una disyuntiva que el afán didáctico de Peter Weiss le lleva a exponer contraponiendo La huelga (1886) de Robert Koehler con otro cuadro de Adolph Menzel, La laminadora o los cíclopes modernos (1875). Si en el primer cuadro los trabajadores se han organizado para abandonar la fábrica y comunicar sus demandas a un señor con sombrero de copa, “el explotador”, en el segundo los obreros funden sus cuerpos con el calor de la máquina. Se muestran, como escribió Peter Weiss, “relegados a la fabricación de mercancías”. La diferencia revolucionaria, aunque estemos hablando de pinturas del siglo XIX, se encuentra en el descubrimiento de los intercambios comunicativos como lugar natural de una nueva productividad social. Exactamente lo mismo que se estaba pregonando en la Italia de finales de los años setenta cuando se declaró el fin de la fábrica clásica. Aunque a mediados de esa década Peter Weiss ya anticipara esas ideas en una entrevista que Alfonso Sastre publicó al fallecer el escritor, y en la que  ya se lamentaba amargamente: “Ah, Suecia, Suecia… Este país es un ejemplo de lo poco que puede lograrse con la socialdemocracia: bajos salarios…, injusticias tan grandes como en cualquier país capitalista… Claro que al ser más alto el nivel de vida, no hay verdadera miseria…, nadie se muere de hambre, es cierto…, automóviles…, pero un ritmo de trabajo tan inhumano… que los obreros no tienen tiempo para pensar…”.

Arte Menor, el sueño de Juan Ramón Jiménez.

Posted in Libros, Poesía by Alguien on 19 febrero 2011

Se hace realidad uno de los proyectos más anhelados del Nobel español Juan Ramón Jiménez: Arte menor (Ediciones Linteo) Se trata de un nuevo volumen de poemas del poeta de Moguer, que ha rescatado el profesor y especialista juanramoniano José Antonio Expósito, hallados en el archivo de Puerto Rico, un tesoro con casi 200.000 manuscritos y cuya digitalización todavía se está llevando a cabo. El libro se compone de 142 poemas (43 inéditos), la mayoría composiciones de aire popular, que completan la etapa inicial de Juan Ramón Jiménez, que este profesor de Literatura ha rescatado  de diversas revistas del siglo XX, de las que no se sabían que guardasen este importante material. El libro dedicado a “la memoria permanente” de Góngora se intentó publicar dos veces. Sus páginas desvelan las influencias juanramonianas en Lorca o Hernández. Babelia ofrece, en primicia, cinco manuscritos.

Arte menor, datado en 1909, se sitúa cronológicamente en el ámbito inicial de la obra poética de Juan Ramón Jiménez, allí donde se acentúa un lirismo de claro linaje popular, como desglosado de algún cancionero anónimo andaluz, oriundo en sus mejores momentos de cierto modernismo aún contaminado de seducciones románticas. Dentro de los mismos nutrientes sentimentales que comparecen, por ejemplo, en Las hojas verdes (1906) o Baladas de primavera (1907), Arte menor prolonga una idéntica estrategia retórica, pero también anuncia ocasionalmente ese designio poético esencial que va a ir acrecentando su potencia reflexiva a partir de Diario de un poeta recién casado (1916). A medio camino entre la canción de cuño tradicional y una depurada interiorización de la naturaleza, Arte menor se integra en una de las más canónicas fases de la poesía de Juan Ramón, que también fue, con toda probabilidad, la que más notoriamente afectó a los modales neopopularistas del 27, en particular a los de Lorca y Alberti. Junto a canciones de sencilla tonalidad descriptiva, no faltan lo que podrían ser atisbos, perfiles aún inciertos de esa conciencia de penetración en lo absoluto que regula la más visionaria ruta poética de Juan Ramón. Todavía estaba lejos lo que constituye su normativa magistral: la subordinación del pensamiento lógico a la intuición iluminadora. En todo caso, lo que más abundan aquí son las composiciones de común aire popular, tan livianas a veces que dudo que su autor las hubiese salvado de un escrutinio de pocos años después. Siempre se tiene la sospecha de que los textos -los “borradores silvestres”- que por una u otra razón permanecieron inéditos se debe a que su autor no deseaba verlos publicados”.

Verde Juan Ramón, Lorca verdeJosé Antonio Expósito.

En Algún Día: Juan Ramón Jiménez.

Viajar, derrumbarse del sueño.

Posted in Libros by Alguien on 5 febrero 2011

Texto: Enrique Vila-Matas. El País.com. Babelia. 05/02/2011.

Elegancia, humor y niebla de melancolía. O sea, Tabucchi. Salgo hacia las Azores de un modo inmóvil, releyendo Dama de Porto Pim, de Antonio Tabucchi, un artefacto literario que a veces recuerdo como una especie de Moby Dick en miniatura y también como un libro que en su momento me sorprendió -hablamos de febrero de 1984- porque sus menos de cien páginas parecían componer un buen ejemplo de “libro de frontera”, un curioso artilugio compuesto de cuentos breves, fragmentos de memorias, diarios de traslados metafísicos, notas personales, la biografía y suicidio del poeta Antero de Quental contada al modo de una “vida imaginaria” (a lo Marcel Schwob), astillas o restos de una historia cazada al vuelo en la cubierta de un barco, crónicas costumbristas de las ballenas y los balleneros, transcripciones de viejos aventureros que pasaron por las islas, apéndices, mapas, bibliografía, abstrusos textos legales: elementos a primera vista enemistados entre sí y, sobre todo, con la literatura, transformados por una firme voluntad literaria en ficción pura.

Elegancia, humor, melancolía. Y la agazapada idea de viajar para derrumbarse del sueño. “Para Tabucchi, un viaje es, sobre todo, un clima, un estar a solas, un estado discretísimo de saudade y de soledad. En eso está la fascinación sin par de este escritor, y es eso lo que le otorga esa voz distinta, su mágica serenidad de escritura”, escribió José Cardoso Pires en un artículo de extraño título: Elpé juepegopó delpé revevespé.

Llegué en febrero de 1984 a Dama de Porto Pim -primer libro de Tabucchi traducido al castellano- porque me llamó la atención ese artículo de Cardoso y porque además, sólo dos días después, me encontré con una entrevista al propio Tabucchi que me abrió panoramas muy inéditos para mí. En esa entrevista -la primera que le hacían en nuestro país- decía, por ejemplo, que hoy en día es difícil juzgar los propios sentimientos porque, desde que la cultura se ha vuelto laica, falta un ojo que mire: “El hombre no se siente mirado y se vuelve, por ello, un poco inexistente. La idea de ser mirado confiere a la existencia cierta plenitud”.

Uno de los fragmentos más memorables de Dama de Porto Pim es “Una ballena ve a los hombres”. Allí un cetáceo cree ver que “los hombres a veces cantan, pero sólo para ellos, y su canto no es un reclamo sino una forma de lamento desgarrador (…) se alejan deslizándose en silencio y es evidente que están tristes”. Al parecer, esta bella pieza literaria surgió de Tabucchi el día en que presenció cómo una ballena moría bajo los arpones y él experimentó la sensación de ser observado por ella.

“Montes de fuego, viento y soledad. Así describía las Azores, en el siglo XVI, uno de los primeros viajeros portugueses que desembarcó allí”, dice Tabucchi. La verdad es que desde entonces las cosas, en las islas, no han cambiado mucho. No es un lugar donde la gente borre las huellas. Hay un pacto entre las Azores y lo inmutable, y otro con el concepto de la lejanía. Tabucchi escribió hace años: “Azores, en medio del océano, lejos de todo. De Europa y de América. Tal vez sea la lejanía el embrujo de las Azores”. Pero esa lejanía, dice Tabucchi, la dejan los habitantes de las Azores sólo para quienes les visitan. Y es que los azorianos están, sobre todo, cerca de ellos mismos. Pero ¿cercanos a qué? No siendo nada cercanos a las tradiciones ni a la historia, tal vez lo sean sólo del suelo, de su tierra verde y azul. Próximos a lo suyo, que es algo inmediato, sin pasado.

Recuerdo muy bien que en aquella entrevista de 1984 Tabucchi comentaba que, en relación con el pasado, nuestra experiencia moderna es más fragmentada, más frágil y, por tanto, posiblemente la narración, el cuento, se adapten mejor a la vida incompleta de ahora. Para alguien como yo que en aquellos días no estaba muy interesado en las novelas, sus palabras fueron una bendición y abrían un camino para la escritura de lo fragmentario. Ha pasado el tiempo y creo que nada ha cambiado de aquello que sugería Tabucchi. El relato corto es un espacio literario en el que todavía se puede hallar una especie de fogonazo, de flash, con una curiosa y extraña adherencia a la realidad.

Dama de Porto Pim, estilizado “libro de frontera”, se inicia con una inolvidable cartografía sonámbula, “Sueño en forma de carta”, una especie de prólogo soterrado (que Tabucchi ha contado que surgió de una lectura de Platón y del traqueteo de un parsimonioso autocar que iba de Horta a Praia do Almoxarife), donde la escritura parece servir para dar forma a una geografía existencial, a un mapa interior que el autor de la carta diseña recorriendo un grupo de islas pobladas por gentes que veneran pasiones y adoran dioses como el amor o el odio (“el dios del odio es un pequeño perro amarillo de aspecto macilento, y su templo se levanta en una minúscula isla que tiene forma de cono”) o el dios del resentimiento, pero que, como en el mapa interior, son reales sólo en un sueño en forma de carta: “Después de haber surcado las aguas durante muchos días y muchas noches, he comprendido que el Occidente no tiene fin sino que sigue desplazándose con nosotros, y que podemos perseguirle a nuestro antojo sin jamás alcanzarle”.

Todo el libro es la historia de esa persecución sin fin, lo que hace que en un momento determinado, derrumbados por el más lúcido de los sueños, lleguemos a la maravillosa Horta, la capital de la isla de Faial, y allí entremos en el legendario Peter’s Café Sport, el bar más famoso del Atlántico. En realidad, es mucho más que un bar, es una auténtica institución y fue inaugurado en los primeros años del siglo pasado y ya entonces exhibía su fachada pintada de azur, su marca distintiva. En el texto ‘Otros fragmentos’, incluido dentro del libro, es donde Tabucchi incluyó la mención a este acogedor bar del gin-tonic fulminante, donde los balleneros van todas las tardes a recordar las otras tardes, aquellas en las que aún navegaban y, por tanto, aún conservaban ese oficio que, al estar hoy prohibido, les ha convertido en pacíficos agricultores con tabarra de taberna.

Una de las piezas claves de Dama de Porto Pim es el relato de amor y crimen que da título al libro y que Tabucchi oyó a un ex ballenero, convertido en cantante en locales nocturnos para turistas norteamericanos. Es la narración de un amor total, apasionado y violento, la historia de una doble traición que culmina en un final mortal. Pero acaso la cumbre del libro sea la intensa microbiografía del poeta del siglo XIX Antero de Quental. Tras una larga estancia en Lisboa, el gran bardo de las Azores, el más trágico de todos, regresa a sus islas cargado de sueños para ellas, sueños que se derrumban a los pocos meses. Desesperado por la soledad de su patria, descubre la existencia de la nada y se mata en Ponta Delgada de un pistoletazo en un banco verde frente al mar, bajo el blanco muro del convento de la Esperança, donde hay un ancla azul dibujada sobre la pared encalada: “Accionó el mecanismo del revólver e hizo fuego por segunda vez. Entonces el gitano desapareció con el paisaje y las campanas de la Matriz empezaron a tañer el mediodía”.

Un mediodía, en mi primer viaje a las islas, fui a la Matriz para sentarme en el banco verde frente al mar y sentirme así en el mismo lugar que Antero. Lo encontré todo igual que el día en que se mató, incluso seguía allí el ancla azul dibujada en la pared encalada. Pero de todos los bancos verdes de la zona, el de Antero era el único ocupado. Por alguna extraña razón, era casi propiedad de unos vagabundos. Tuve que esperar dos horas a que éstos se marcharan para poder sentarme en el lugar del pistoletazo. Había el mismo mar azul perfecto que aquel lejano mediodía. La misma plaza, los mismos árboles, el mismo resplandor del agua. No son las Azores un lugar donde la gente borre las huellas.

Ficha del Libro: Anagrama.

Sitio oficial │www.enriquevilamatas.com
Relecturas en Babelia.

En Algún Día │Enrique Vila-Matas.

Protegiendo el secreto.

Posted in Artículos by Alguien on 8 enero 2011

Texto: Enrique Vila-Matas. El País.com. 08/01/2011.

Releer suplementos literarios de antaño puede parecerse a profundizar en el rostro cansino de las ovejas que un día nos narcotizaron. Pero no todos los suplementos operaron siempre como somníferos, los hubo también dinámicos y estimulantes y leerlos hoy puede devolvernos de golpe a un cierto clima de entusiasmo que casi habíamos ya olvidado. Recuerdo un Babelia de primera generación (entonces llamado El País Libros) que abría con un reportaje ultramoderno sobre Roland Barthes, visto no como un pensador únicamente, sino como un pensador y un frecuentador de discotecas. Eran tiempos en los que, como veníamos de mojigatas épocas de cerebro plano, todo lo que parecía nuevo nos creaba la sensación de estar alejándonos de la sempiterna gravedad de nuestro paisanaje.

Ayer di con un El País Libros (3 de agosto de 1980) que dedicaba tres páginas a una entrevista a una “desconocida” llamada Patricia Highsmith. Lo hallé perdido en un viejo tomo de filosofía, y estaba ya totalmente ambarino, sin duda aburrido de haber permanecido olvidado tantas décadas, y más aún en un tomo tan severo. Nada más encontrarlo, recordé de inmediato la Gran Sensación -así con mayúsculas- que en su momento me causaron aquellas tres páginas ligeras y heterodoxas, tan desprovistas del polvo de lo metafísico. En ellas, la desconocida era entrevistada por Óscar Ladoire y Fernando Trueba, a los que les decía cosas que entonces a nosotros -pasajeros todavía del túnel estalinista- nos chocaban: “No soy muy popular en Estados Unidos, lo sé, y me da igual. Escribo para divertirme”.

¿Para divertirse? No era frecuente escuchar eso en un escritor, y menos en un entorno de viejas baladas familiares, porque el suplemento lo completaban severos artículos sobre Hoyos y Vinent y Xavier Zubiri, reseñas de libros de León Trotski y Salvador de Madariaga. En aquel duro entorno casi iraní, aquella desconocida que decía en el suplemento que escribía para divertirse parecía la vedette francesa que caía despistada en un pueblo castellano en Nunca pasa nada de Juan Antonio Bardem: “Más leída en Francia, Inglaterra y Alemania que en su país de origen, prácticamente desconocida en España, Patricia Highsmith es la maestra indiscutible de un género que parece pertenecerle, un género donde lo cotidiano y lo psicológico no son sino un anzuelo…”.

El género era el de la “novela policiaca”, que, según contaban Ladoire & Trueba, acababa de conocer un boom editorial en España, “con el regreso de algunos clásicos, el descubrimiento de otros y el injusto olvido de los no favorecidos por la lotería editorial”. Precisamente esa mención a los olvidados les permitía introducir, por primera vez en España, el nombre de la escritora americana que vivía sola en el pueblecito francés de Montcourt, en la región de Seine-et-Marne, donde, refugiada del mundanal ruido, soñaba crímenes.

Aquella entrevista no habría sido la misma sin la tensa descripción inicial de un viaje por carretera hasta la emboscada finca de la creadora del asesino Ripley. La descripción de Ladoire & Trueba, releída hoy, sigue recordándome a la de Eça de Queiroz en “El misterio de la carretera de Sintra”. Era una narración que iba creando un clima de intriga, muy adecuado para ir acercándonos al Lugar del Crimen, como habría podido llamarse perfectamente la casa de la escritora: “Para llegar a Montcourt hay que atravesar multitud de carreteras de segundo orden y cruzar el río Loing. Este y los bosques que lo rodean se nos antojan sembrados de cadáveres. Se diría que a quien vamos a visitar en realidad es a Tom Ripley, el asesino de Dickie Greenleaf, aquel inseguro joven americano…”.

No hacía mucho que Wim Wenders había adaptado con éxito al cine “El amigo americano”, basado en una novela de Highsmith, Ripley’s game. Aquella entrevista del dinámico dúo Ladoire & Trueba la completaba la curiosa inclusión de un recuadro conteniendo la bibliografía de Highsmith íntegramente en inglés, lo que me permitió imaginar una obra tan enigmática como fabulosa. La exótica bibliografía, que parecía querer indicarnos que todavía estaba por publicar entre nosotros la obra entera de aquella señora genial, le abrió sin duda el paso en estas tierras y en noviembre de 1981 aparecían ya dos libros en Anagrama: “La máscara de Ripley” y “A pleno sol” (El talento de Mr. Ripley).

Releo la entrevista y observo que los visitantes de la señora de Montcourt analizan con agudeza los métodos utilizados por ella para escribir algunos de sus libros. Le dicen, por ejemplo, que Ripley comete grandes torpezas, mata impulsivamente, no prepara sus crímenes, los elabora después, cuando dedica todo su esfuerzo a la forma de camuflarlos. Creo yo también que uno de los encantos de Ripley radica en su sofisticada máquina de confeccionar laberintos para no ser descubierto. Pero Highsmith no está por la labor de ser analizada y, tratando de proteger el secreto de su talento, interrumpe la disertación de los entrevistadores:

-A veces no entiendo exactamente las preguntas. No las preguntas de ustedes, sino todas las preguntas. No acostumbro a reflexionar sobre mi trabajo, a dar opiniones definitivas.

Falso. No fue tan alérgica a las reflexiones. Escribió unas estupendas notas recogidas en Suspense, notas de una apabullante sencillez y quizás construidas con la envidiable simpleza de quien sobre su oficio reflexiona lo justo, en realidad lo justo para no entrar en una deriva intelectual innecesaria, seguramente para no revelar de verdad cómo ha hecho sus libros… A veces con su falsa inocencia recuerda las actitudes no intelectuales de Simenon, que también buscaba divertirse cuando escribía. En realidad, tanto ella como él vienen de Chéjov. Y los dos coinciden en la forma simple pero enigmática, de llegar al corazón de las historias después de haber pasado por el hallazgo de un comienzo banal. En Suspense precisamente Highsmith habla de esos acontecimientos insignificantes que pueden poner en marcha una narración: “En todo hay el germen de una idea: en un niño que cae sobre la acera y derrama el helado que lleva en la mano; en un señor de aspecto respetable que está en una verdulería y, furtivamente, se mete una pera en el bolsillo sin pagarla”.

Aquella tarde, sin embargo, ante sus visitantes españoles, como seguramente ante todos los que le hacían preguntas, no estaba dispuesta a soltar prenda y se hizo la inocente y quizás jugó – como Ripley – a camuflar sus delitos, si los hubiere. Su conducta, vista ahora treinta años después, pone en marcha una narración; la historia de una mujer que no está dispuesta a revelar el sencillo secreto de su arte a nadie. Esa actitud de Highsmith me recuerda a Simenon cuando, con ganas de jugar (de divertirse, en definitiva) se mostraba totalmente perplejo con André Gide, que no paraba de escribirle cartas, llenas de preguntas, casi todas sobre sus mecanismos creativos. Según Simenon, “durante toda su vida Gide tuvo el sueño de ser un creador y no un filósofo, y yo era exactamente su opuesto, y creo que estaba interesado en mí por ese motivo”. Simenon tampoco le dio pistas fiables a Gide sobre su proceso creativo y éste murió -ahí habría también una buena historia para una novela- sin saber cómo se podía ser tan sencillote y al mismo tiempo tan extremadamente creativo.

Desde el primer momento, lo que envidié de Highsmith fue que supiera ser una escritora tan astutamente simple. Es muy posible que por eso guardara ese suplemento de aquel 3 de agosto. Haberlo ahora reencontrado puede ayudarme en mi camino. Highsmith me parece alguien que se dedicó siempre a proteger su secreto, suponiendo que lo tuviera, porque cabe sospechar que su único secreto era el poder de su imaginación: “Una calle miserable en alguna parte, llena de cubos de basura, chiquillos, perros vagabundos, es tan fértil para la imaginación como una puesta de sol en Sunion, donde Byron grabó su nombre en una de las columnas de mármol del templo de Apolo”. Dicho de otra forma: todo en esta vida es tan misterioso como la carretera de Sintra, y todo es novelable. Y sencillo. Qué envidia. Envidia sana, claro, pero también dolorosa.

Ficha del Libro: Ediciones Mosaico.

Sitio oficial │www.enriquevilamatas.com
Relecturas en Babelia.

En Algún Día │Enrique Vila-Matas.

Los primeros libros del 2011.

Posted in Libros by Alguien on 5 enero 2011

Las últimas creaciones de Juan Marsé, Martin Amis, Murakami, Tom Sharpe o el fallecido Saramago destacan entre las novedades editoriales que llegarán a España en el primer trimestre de 2011, en el que también se publicará un libro inédito de Juan Ramón Jiménez.

La abundante cosecha de narrativa española estará encabezada por Juan Marsé, que en “Caligrafía de los sueños” (Lumen), presenta una historia de desamor ambientada en la Barcelona de la postguerra. Otras novedades serán “Aguirre, el Magnífico” (Alfaguara), de Manuel Vicent, biografía novelada de Jesús Aguirre; “El hombre del corazón negro” (Destino), de Ángela Vallvey; “Cosas que ya no existen” (Tusquets), de Cristina Fernández Cubas; y “Tanta pasión para nada” (Alfaguara), un volumen de relatos de Julio Llamazares. También aparecerá el inclasificable “Azul sobre azul” (RBA), de Manuel de Lope; o “La flor del Norte” (Planeta), de Espido Freire.

La ficción latinoamericana estará representada por una nueva novela póstuma de Roberto Bolaño, “Los sinsabores del verdadero policía” (Anagrama); así como por “La trilogía de la espera”, con las tres novelas de Antonio diBenedetto en un solo volumen (El Aleph); y “La muerte de Montaigne” (Tusquets), de Jorge Edwards. “El último cuaderno” (Alfaguara), recoge los textos que Saramago escribió en su blog en 2009 y 2010.

Del panorama internacional destacan también “La herencia Wilt”, quinta entrega del célebre personaje de Tom Sharpe; “La viuda embarazada”, de Martin Amis; y “Solar”, de Ian McEwan, todos en Anagrama; y la nueva novela de Philip Roth, “Némesis” (Mondadori). En este trimestre también llegarán los dos primeros volúmenes de la trilogía “1Q84″ (Tusquets), de Haruki Murakami; “Por una buena causa” (Galaxia Gutenberg/Círculo), de Vasili Grossman, sobre la batalla de Stalingrado; la autobiográfica “A la caza de la mujer” (Mondadori), de James Ellroy; y “Chico de ojos azules” (Duomo), de Joanne Harris.

Frederick Forsyth, con “Cobra” (Plaza); Javier Sierra con “El ángel perdido” (Planeta); y Nora Roberts - autora de 130 libros y 85 millones de ejemplares vendidos – con “La piedra pagana” (Suma) serán algunos de los “bestseller” del año.

Los amantes de la novela policíaca podrán disfrutar con “Testamento mortal” (Seix Barral), de Donna Leon; “Gris de campaña” (RBA), de Philip Kerr; “El noveno círculo de hielo” (Roca), de James Thompson; “El factor Scarpetta”, de Patricia Cornwell; “Falsa inocencia” (estas dos en Ediciones B) de Anne Perry; “Alta tensión” (RBA), de Harlan Coben; y “Presagios” (Mondadori), de Karin Fossum. “El caso Mao” (Tusquets), de Qiu Xiaolong, y “Quién mató al ayatolá Kanuni” (Alianza), de Naïri Nahapetian, son relatos policíacos ambientados, respectivamente, en la China de Mao y el Irán islámico.

Dentro de la novela histórica destacan “La tumba de Alejandro” (Grijalbo), de Valerio Massimo Manfredi, quien dirige además el proyecto de una historia ficcionada del Imperio Romano escrita por 6 autores italianos y que comienza con “El rebelde. La fundación de Roma” (Edhasa), de Emma Pomilio. En el mismo género se publicarán “El arqueólogo” (Suma), de Martí Gironell, “Cinco días de octubre” (Plaza), de Jordi Sierra i Fabra, “Los héroes olvidados” (Roca), de Antonio Villanueva Edo, y “La noche de Venus” (Ediciones B), de Luis Racionero.

En la edición de clásicos de la literatura, Cátedra editará el teatro completo de Quevedo, y destacan además “De Buonaparte y de los Borbones” (Acantilado), de Chateaubriand; “La entrada en guerra” (Siruela), tres relatos de Italo Calvino, y “Noviembre de 1918″ (Edhasa), de Alfred Döblin, autor de “Berlin Alexanderplatz”, estos dos últimos inéditos en castellano.

Los lectores de la lírica contarán desde enero con el volumen “Arte menor” (Linteo), que reúne 43 poemas inéditos de Juan Ramón Jiménez, y con “Rapsodia” (Seix Barral), un poema unitario en verso libre, de Pere Gimferrer.

El 25 aniversario del accidente nuclear de Chernóbil se evocará en este inicio de año con la novela “Punto de Fisión” (Algaida), de David Torres, y con una nueva aventura en cómic de Mortadelo y Filemón (Ediciones B), que investigan en la central un nuevo caso.

En no ficción, Alexander Pechmann analiza los libros que desaparecieron o que nunca se escribieron en “La biblioteca de los libros perdidos” (Edhasa), y Richard A. Clarke y Robert K. Knake se centran en el fenómeno Wikileaks en “Guerra en la red” (Ariel). Además, se publicarán el segundo volumen de la obra periodística de Vázquez Montalbán (Debate) y el primer libro escrito por Iñaki Gabilondo, “El oficio de contar las cosas” (Barril&Barral). Global Rhythm publicará “Cadáveres exquisitos”, de Thomas Noguchi, el forense de Hollywood, que en su edición española contiene fotos inéditas de ilustres ‘pacientes’ como Marilyn Monroe, Robert Kennedy, Natalie Wood, Sharon Tate o John Belushi. Eduardo Soto-Trillo analiza el origen del conflicto del Sahara en “Viaje al abandono” (Aguilar); Ernest Belenguer escribe una “Historia de la España moderna” (Gredos); Pekka Hämäläinen una historia del pueblo comanche (Península); y Jorge M. Reverte, “Una historia de la División Azul” (RBA), en su 70 aniversario.

En el ámbito de las memorias aparecerá “3.096 días” (Aguilar), en el que Natascha Kampusch evoca el secuestro de 8 años que sufrió en Viena y conmocionó al mundo. También se publicarán las biografías de Adolfo Suárez (Planeta), Tarradellas (Destino), Joaquín Costa (Ariel), Plácido Domingo (Planeta), Nietzsche (Península), de Sophia Loren (Ediciones B), Lady Gaga (Ediciones B), Grace Kelly (Lumen), a cargo de Donald Spoto, así como de Freud, en la que el filósofo francés Michel Onfray realiza “un ataque virulento” contra el freudismo. Libros del Silencio publicará “Los hermanos Himmler”, en la que Katrin Himmler, sobrina nieta del nazi Heinrich Himmler, habla de la familia del comandante en jefe de las SS.

Fuente: Yahoo Noticias.

Un año de ambiciones e incógnitas.
Protagonistas literarios para 2011

Lo Mejor de 2010 de El Cultural.

Posted in Libros by Alguien on 31 diciembre 2010

Un año más, los críticos de El Cultural han seleccionado las mejor del 2010.

Los mejores libros de 2010:
Ficción: El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa.
Poesía: Barroco, de José Luis Rey.
No ficción: Isabel II, de Isabel Burdiel.

LETRAS:
Las votaciones de nuestros críticos. Lo mejor de 2010: Libros de ficción.
Las votaciones de nuestros críticos. Lo mejor de 2010: Libros de poesía.
Las votaciones de nuestros críticos. Lo mejor de 2010: Libros de no ficción.

El sueño del Nobel .Lo mejor de 2010: Ficción.
El sueño del celta, de la A a la Z Lo mejor de 2010: Ficción.
2010: el año de los deseos cumplidos. Lo mejor de 2010 en Ficción: Análisis.
Bajo el signo de la dispersión. Lo mejor de 2010: Poesía.
Biografías, pensamiento, actualidad e Historia. Lo mejor de 2010: No ficción.
Isabel Burdiel: “La vida privada de Isabel II fue políticamente utilizada para controlarla y/o desacreditarla” Lo mejor de 2010: No ficción.

ARTE:
Las votaciones de nuestros críticos. Lo mejor de 2010: Arte.
Orden en la sala. Lo mejor de 2010: Arte.
El año lento. Lo mejor de 2010 en Arte: Análisis | Elena VOZMEDIANO.
El 1 del 1 del 11 comenzamos desde el principio. Reflexiones en torno a un año de crisis. (también) en la arquitectura española | Antón GARCíA-ABRIL.

CINE:
Las votaciones de nuestros críticos .Lo mejor de 2010: Cine.
Los insobornables. Lo mejor de 2010: Cine nacional.
Javier Rebollo: “Ha habido una guerra civil en el cine español”.Lo mejor de 2010: Cine nacional.
Utopía independiente. Lo mejor de 2010: Cine internacional.

CIENCIA:
Los hitos científicos- Lo mejor de 2010: Ciencia.

ESCENARIOS:
En el reino de los actores. Lo mejor de 2010: Teatro,
Dosmildiez . Lo mejor de 2010 en Teatro: Análisis | Ignacio GARCÍA MAY,
Calidad sin fronteras. Lo mejor de 2010: Música,
Sin sobresaltos. Lo mejor de 2010 en Música: Análisis | Arturo REVERTER,

OPINION:
Bajo mínimos. Lo mejor de 2010: Editorial.

The Best Books of 2010.

Posted in Libros by Alguien on 29 diciembre 2010

10 Best Books of 2010 – The New York Times.
100 Notable Books of 2010 – The New York Times.
Holiday Books: Notable Children’s Books of 2010 – The New York Times.
Notable Crime Books of 2010 – The New York Times.
The Best Illustrated Children’s Books 2010 – The New York Times.
Books About Antiques – The New York Times.
2010 Graphic Novels – The New York Times.

For more lists, check out Largeheartedboy.

Regalos de papel para Navidad 2010.

Posted in Libros by Alguien on 24 diciembre 2010

¿Necesitas un consejo para elegir el libro que quieres regalar estas Navidades? Aquí encontrarás una completa lista de auténticos tesoros de papel, de esos que no suelen aparecer en las estanterías más visibles ni están envueltos en celofán. Los profesores de Escuela de Escritores han confeccionado este directorio de reseñas, dividido en los posibles perfiles del lector (por edades, gustos o circunstancias) para ayudarte en este tiempo de regalos a acertar en la diana de la Literatura.

Para papá
Para mamá
Para los abuelos
Para los que ya saben leer (6-11 años)
Para antes de salir con los amigos (12-15 años)
Para mezclar con el botellón
Para ese chico tan serio
Para aventureros y viajeros
Para el que quiere aprender a escribir

Para el poeta
Para el lector exigente
Para el que lee en el metro
Para reír
Para pensar
Para los locos del cine
Para comparar con la película
Para el melómano

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